El Jugador

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Ésta es la historia de un hombre que permaneció mucho tiempo muy lejos de su hogar sólo para tomar parte en un juego. El hombre es un jugador llamado «Gurgeh». La historia empieza con una batalla que no es una batalla, y termina con una partida que no es una partida.
¿Yo? Paciencia, ya os hablaré de mí.
Así es como empieza la historia.

Cada paso creaba nubecillas de polvo. Avanzaba cojeando a través del desierto siguiendo a la silueta que caminaba delante de él. El arma guardaba silencio en sus manos. Debían de estar muy cerca. El distante ruido del oleaje retumbaba a través del campo sónico del casco. Estaban aproximándose a una duna de gran altura desde la que deberían poder ver la costa. Hasta aquel momento se las había arreglado para seguir con vida, cosa que no esperaba.
El calor, la luz y la sequedad reinaban a su alrededor, pero el traje le protegía del sol y de aquella atmósfera que le habría cocido en pocos minutos. Estaba cómodo y seguro. El lado del visor de su casco que había recibido un impacto se había puesto negro y la pierna derecha también estaba averiada —la articulación de la rodilla no funcionaba como debería, y le obligaba a cojear—, pero aparte de eso había tenido mucha suerte. El último ataque se había producido un kilómetro más atrás, y ahora ya casi estaban fuera de su alcance.

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La salva de proyectiles apareció por encima del risco más cercano formando un arco resplandeciente. La avería del visor hizo que tardara un poco más de lo normal en detectarlos. Creyó que ya habían empezado a disparar, pero no eran más que los rayos de sol arrancando reflejos a las lisas superficies metálicas. Los proyectiles descendieron un poco y se reagruparon moviéndose con la fluida elegancia de una bandada de pájaros.


El momento en que empezaron a disparar fue indicado por un rojo destellar estroboscópico. Alzó su arma para devolver el fuego. Las otras siluetas del grupo ya habían empezado a disparar. Algunas se arrojaron de bruces sobre la polvorienta superficie del desierto, otras pusieron una rodilla en el suelo. Sólo él siguió en pie.
Los proyectiles volvieron a cambiar de dirección. Giraron al unísono y se separaron bruscamente para seguir rumbos distintos. Los primeros impactos levantaron nubecillas de polvo alrededor de sus pies. Intentó apuntar el cañón de su arma hacia una de las pequeñas máquinas, pero los proyectiles se movían con una rapidez asombrosa y el arma que sostenía en las manos le pareció tan pesada y difícil de manejar que jamás conseguiría acertarles. Su traje empezó a transmitirle el distante ruido de los disparos y los gritos de los demás. El interior del casco se llenó de lucecitas que indicaban los daños. El traje tembló y su pierna derecha quedó repentinamente insensible.
—¡Despierta, Gurgeh! —gritó Yay.
Gurgeh la oyó reír.


La joven giró velozmente sobre una rodilla y dos proyectiles cambiaron repentinamente de rumbo para dirigirse hacia su sección del grupo. Debían de haberse dado cuenta de que era la más débil. Gurgeh vio acercarse las máquinas, pero el arma zumbó locamente en sus manos y el cañón siempre parecía estar apuntando a un lugar en el que ya no estaban. Las dos máquinas se lanzaron velozmente hacia el hueco que había entre él y Yay. Un proyectil emitió un destello cegador y se desintegró. Yay dejó escapar un grito de júbilo. El otro proyectil trazó un arco entre ellos y Yay alzó una pierna intentando liquidarlo de una patada. Gurgeh giró torpemente sobre sí mismo, disparó y consiguió rociar de llamas el traje de Yay. Oyó su grito y las maldiciones que le siguieron. Yay se tambaleó, pero volvió a alzar el arma. Los surtidores de polvo hicieron erupción alrededor del segundo proyectil y Gurgeh vio cómo cambiaba de rumbo disponiéndose para un nuevo ataque. Los parpadeos rojos iluminaron el interior de su traje y llenaron de oscuridad el visor de su casco. Perdió la sensibilidad del cuello para abajo y cayó al suelo. El mundo se convirtió en una inmensidad negra donde sólo había silencio.
—Estás muerto —dijo secamente una vocecita.


Yacía sobre el suelo del desierto, pero no podía verlo. Podía oír ruidos distantes y ahogados, y captaba las vibraciones que hacían temblar el suelo. Podía oír el palpitar de su corazón y el susurro del aire entrando y saliendo de sus pulmones. Intentó contener la respiración y disminuir la velocidad de sus latidos, pero estaba paralizado. Atrapado… Había perdido el control.


Sintió un cosquilleo en la nariz. No había forma de aliviarlo rascándosela. «¿Qué estoy haciendo aquí?», se preguntó.


Las sensaciones fueron volviendo. Oyó el sonido de las conversaciones, y descubrió que estaba mirando a través del visor. Podía ver la polvorienta superficie del desierto a un centímetro de su nariz. Alguien le cogió de un brazo y le incorporó antes de que pudiera moverse.


Desconectó los cierres del casco y se lo quitó. Yay Meristinoux estaba observándole y meneaba la cabeza. La joven también se había quitado el casco. Tenía las manos apoyadas en las caderas y el arma colgando de una muñeca.
—Has estado fatal —dijo.


Su tono de voz hizo que las palabras no sonaran tan hirientes. Tenía el rostro de una niña muy hermosa, pero la voz lenta y algo ronca estaba impregnada de una burlona sabiduría. La voz indicaba que Yay había estado metida en muchos líos y había logrado salir con bien de todos ellos.
Los demás estaban sentados sobre las rocas y el polvo del desierto hablando entre ellos. Algunos ya estaban yendo hacia los edificios del club. Yay cogió el arma de Gurgeh y se la alargó. Gurgeh se rascó la nariz y meneó la cabeza indicando que no la quería.
—Yay —le dijo—, esto es para niños.


Yay le observó en silencio durante unos momentos, apoyó el arma en la curva de su cuello y se encogió de hombros (y los cañones de las dos armas se movieron velozmente bajo los rayos de sol emitiendo un destello fugaz, y Gurgeh volvió a ver la hilera de proyectiles que aceleraba hacia ellos y sintió un leve mareo, pero la sensación sólo duró un segundo).


—¿Y qué? —replicó ella—. Al menos no es aburrido. Dijiste que te aburrías. Pensé que una buena sesión de tiros te animaría.
Gurgeh se quitó el polvo del traje y se volvió hacia los edificios del club. Yay ya se había puesto en movimiento. Los robots de recuperación pasaron junto a ellos y empezaron a recoger los fragmentos de las máquinas destruidas.


—Es terriblemente infantil, Yay. ¿Por qué pierdes el tiempo con estas tonterías?
Se detuvieron en lo alto de la duna. El conjunto de edificios del club estaba a cien metros de distancia interponiéndose entre ellos y la arena dorada y el oleaje blanco como la nieve. El mar cabrilleaba bajo los rayos del sol.
—No seas tan pomposo —dijo Yay.


El mismo viento que desintegraba las crestas de las olas y devolvía la espuma resultante al mar agitaba los mechones de su corta cabellera castaña. Yay se inclinó sobre los restos de un proyectil que yacían semienterrados en la arena, los cogió, sopló sobre las superficies relucientes para quitarles los granos de arena que se les habían pegado e hizo rodar los componentes en la palma de su mano.


—Porque me gusta —dijo—. Disfruto con la clase de juegos que tanto te gustan, pero… Esto también me divierte. —Parecía perpleja—. Esto es un juego. ¿No has obtenido ninguna clase de placer de él?
—No. Y en cuanto pase un tiempo tú también dejarás de encontrarlo divertido.
Yay se encogió despreocupadamente de hombros.
—Bueno… Lo disfrutaré mientras dure.


Le alargó los componentes de la máquina desintegrada. Gurgeh los inspeccionó mientras un grupo de jóvenes pasaba junto a ellos yendo hacia las zonas de tiro.
—¿Señor Gurgeh?


Un joven se había detenido y acababa de lanzarle una mirada interrogativa. Los rasgos de Gurgeh se fruncieron en una fugaz expresión de disgusto rápidamente sustituida por otra de tolerancia divertida que Yay le había visto emplear antes en situaciones parecidas.
—¿Jernau Morat Gurgeh? —preguntó el joven, aún no muy seguro de si le había reconocido o estaba equivocado.
—Culpable.


Gurgeh sonrió afablemente e irguió la espalda un par de grados para quedar más erguido, pero sólo Yay se dio cuenta del gesto. El rostro del joven se iluminó y dobló la cintura en una rápida reverencia. Gurgeh y Yay intercambiaron una rápida mirada de soslayo.


—Es un honor conocerle, señor Gurgeh —dijo el joven con una ancha sonrisa—. Me llamo Shuro… Soy… —Se rió—. No me pierdo ni una sola de sus partidas. Tengo todas las obras de teoría suyas que hay disponibles en los archivos y…
Gurgeh asintió.
—Qué exhaustivo por su parte.


—Las tengo todas, créame. Me sentiría muy honrado si quisiera jugar conmigo a… Bueno, a lo que fuese y cuando a usted le vaya bien. El Despliegue quizá sea el juego que se me da mejor; he llegado a los tres puntos, pero…
—Por desgracia mi eterno problema es la falta de tiempo —dijo Gurgeh—. Pero si alguna vez surge la ocasión, le aseguro que me encantará jugar con usted. —Movió la cabeza en un asentimiento casi imperceptible dirigido al joven—. Es un placer haberle conocido.
El joven se ruborizó y empezó a retroceder sin dejar de sonreír.


—El placer ha sido mío, señor Gurgeh… Adiós… Eh… Bueno, adiós.
Sonrió para ocultar su confusión, giró sobre sí mismo y fue a reunirse con sus compañeros.
Yay le siguió con la mirada.
—Este tipo de cosas te encantan, ¿verdad, Gurgeh?
Sonrió.
—En absoluto —se apresuró a replicar él—. Me resultan muy molestas.


Yay siguió observando al joven recorriéndole con los ojos de la cabeza a los pies mientras se alejaba caminando rápidamente sobre la arena. Suspiró.
—Pero ¿y tú? —Gurgeh contempló con cara de disgusto los fragmentos del proyectil que sostenía en el hueco de la mano—. ¿Disfrutas con toda esta… destrucción?
—Oh, vamos, si a esto le llamas destrucción… —dijo Yay—. Las explosiones separan los componentes de los proyectiles, pero no los destruyen. Soy capaz de volver a montar cualquiera de ellos en menos de media hora.

 

—Una gran mentira, ¿eh?
—¿Hay algo que no lo sea?
—Los logros intelectuales. Ejercitar las habilidades que posees. Los sentimientos humanos.
Los labios de Yay se curvaron en una sonrisita irónica.
—Creo que nos falta mucho para entendernos el uno al otro, Gurgeh —dijo.
—Deja que te ayude.
—¿Quieres que sea tu protegida?
—Sí.

 

Yay ladeó la cabeza hasta que sus ojos se posaron en las olas que se deslizaban sobre la playa dorada y se volvió hacia Gurgeh. Alargó lentamente el brazo hasta colocar la mano detrás de su cabeza, se puso el casco y activó los cierres. El viento soplaba y las olas embestían la playa. Gurgeh se encontró contemplando el reflejo de su rostro en el visor de Yay. Alzó una mano y la pasó por entre los rizos de su negra cabellera.
Yay se subió el visor.

 

—Te veré luego, Gurgeh. Habíamos quedado en que Chamlis y yo iríamos a tu casa pasado mañana, ¿no?
—Si quieres…
—Oh, claro que quiero.
Le guiñó el ojo y empezó a bajar por la pendiente de arena. Gurgeh la siguió con la mirada. Yay pasó junto a un robot de recuperación cargado de brillantes fragmentos metálicos y le entregó su arma.

 

Gurgeh permaneció inmóvil durante unos momentos sosteniendo los restos del proyectil en el hueco de su mano. Después separó los dedos y dejó que cayeran sobre la desnudez del desierto.
 
Podía oler la tierra y los árboles que había alrededor del lago situado debajo del balcón. La noche estaba nublada y muy oscura, y la única claridad visible en el cielo quedaba confinada a las partes de las nubes levemente iluminadas por los reflejos del distante lado diurno de las Placas del Orbital. Las olas se movían en la oscuridad chapoteando ruidosamente contra los cascos de embarcaciones invisibles. Las luces brillaban en las orillas del lago indicando la presencia de los edificios de poca altura medio escondidos entre los árboles que alojaban a los estudiantes. La fiesta era una presencia a su espalda, algo invisible que palpitaba como el sonido y el olor del falso trueno formado por la amalgama de música, risas, los olores de la comida y los perfumes y vapores tan inidentificables como exóticos que llegaban del edificio de la facultad.

 

La oleada de Azul fuerte estaba por todas partes y fue invadiendo poco a poco todo su ser. Las fragancias del cálido aire nocturno que brotaban de la hilera de puertas abiertas que tenía detrás flotaron sobre la marea de ruidos provocados por el gentío y parecieron convertirse en hebras de aire, fibras que se iban separando de la cuerda que habían formado envueltas en un color y una presencia distintas para cada una. Las fibras sufrieron una nueva transformación y Gurgeh pensó en paquetitos de tierra. Algo que desmenuzar entre sus dedos; algo que absorber e identificar…

 

Ahí. Ése era el olor rojo y negro de la carne asada que aceleraba el pulso y estimulaba las glándulas salivares; tentador y vagamente desagradable al mismo tiempo según las partes de su cerebro que lo evaluaran. La raíz animal olisqueaba el combustible de un alimento rico en proteínas; el tronco y la parte media del cerebro captaban la presencia de células muertas e incineradas, y el dosel de la parte delantera del cerebro ignoraba ambas señales porque sabía que su estómago estaba lleno y la carne asada había salido de los tanques de cultivo.

 

También podía detectar la presencia del mar; un olor a sal que había recorrido diez kilómetros o más por encima de la llanura y las marismas, otra conexión de hebras parecida a la telaraña y la red de ríos y canales que unían la masa oscura del lago al incansable fluir del océano que se extendía más allá de los pastizales y los bosques perfumados por la resina.

 

Azul fuerte era una secreción de jugadores, un producto de las glándulas alteradas por la manipulación genética que se hallaban en la parte inferior del cráneo de Gurgeh, ocultas por las primeras y viejas capas cerebrales producto de la mera evolución animal. La panoplia de drogas manufacturadas por el organismo entre las que podían escoger la inmensa mayoría de individuos de la Cultura contaba con más de trescientos compuestos distintos cuya sofisticación y popularidad variaban considerablemente de unos a otros. Azul fuerte era uno de los menos utilizados porque no provocaba ningún placer inmediato y producirlo requería un notable esfuerzo de concentración, pero resultaba muy útil para los juegos. Lo que parecía complicado se volvía sencillo; los problemas que parecían insolubles se revelaban repentinamente fáciles de solucionar y lo que había parecido incognoscible se convertía en obvio. Era una droga utilitaria, un modificador de la abstracción cuyos efectos no tenían nada que ver con los de un intensificador sensorial, un estimulante sexual o un reforzante fisiológico.
Y no la necesitaba.

 

Ésa fue precisamente la revelación traída por la droga en cuanto los efectos iniciales se desvanecieron y la fase de meseta se hubo adueñado de su organismo. El hombre con el que se disponía a enfrentarse y a cuya partida anterior de Cuatro Colores había asistido como espectador tenía un estilo engañoso, pero eso no impedía que el comprenderlo y superarlo fuese relativamente sencillo. Su forma de jugar resultaba impresionante, pero casi todo era pura fachada; elegante e intrincada, de acuerdo, pero también muy hueca y delicada y, en última instancia, terriblemente vulnerable.

 

Gurgeh escuchó los sonidos de la fiesta, el lento chapotear de las aguas del lago y los ruidos que llegaban desde los edificios de la universidad que había en la orilla de enfrente. El recuerdo del estilo de su joven contrincante seguía tan claro como antes.
«Olvídalo —decidió de repente—. Deja que el hechizo se derrumbe.»
Algo se relajó en su interior. Era un simple truco mental, como si un miembro fantasma hubiera dejado de estar tenso. El hechizo —el equivalente cerebral a un minúsculo y tosco subprograma circular que podía mantenerse en acción indefinidamente— se derrumbó y, sencillamente, dejó de ser pronunciado.
Se quedó un rato más en la terraza contemplando el lago, giró sobre sí mismo y volvió a la fiesta.

—Jernau Gurgeh… Creía que habías optado por la huida.
Gurgeh se volvió hasta quedar de cara a la pequeña unidad que había flotado hacia él apenas volvió a entrar en la sala elegantemente amueblada. Los invitados hablaban o formaban grupos alrededor de los tableros de juego y las mesas bajo los inmensos tapices de considerable antigüedad que hacían pensar en estandartes de guerras olvidadas. También había docenas de unidades, algunas jugando, algunas observando las partidas, otras hablando con seres humanos y unas cuantas envueltas en las austeras geometrías vagamente parecidas a celosías indicadoras de que estaban comunicándose mediante un transceptor. Mawhrin-Skel, la unidad que acababa de dirigirle la palabra, era con mucho la más pequeña de todas las presentes en la fiesta y habría cabido cómodamente en un par de manos extendidas. El campo de su aura contenía matices cambiantes de gris y marrón que teñían la banda del azul convencional. La unidad parecía el modelo a escala de una compleja nave espacial bastante antigua.

 

Gurgeh la observó frunciendo el ceño. La unidad le fue siguiendo mientras se abría paso hacia la mesa de Cuatro Colores.
—Pensé que el mocoso quizá te había asustado —dijo la unidad.
Gurgeh acababa de llegar a la mesa donde estaba jugando el joven y se dejó caer en la silla de madera repleta de tallas que acababa de ser abandonada a toda prisa por su recién derrotado predecesor. La unidad había hablado en un tono de voz lo suficientemente alto para que el «mocoso» —un hombre de cabellera desordenada que tendría treinta o treinta y pocos años como máximo— pudiera oírle. El joven puso cara de sentirse herido.

 

El volumen de las voces de quienes le rodeaban se debilitó un poco. Los campos del aura de Mawhrin-Skel  pasaron a una mezcla de rojo y marrón, lo que indicaba placer divertido y disgusto juntos. La unidad acababa de emitir una señal contradictoria muy próxima a un insulto directo.

 

—No haga ningún caso de esta máquina —dijo Gurgeh volviéndose hacia el joven y devolviendo el asentimiento de cabeza con que acababa de saludarle—. Le encanta hacer enfadar a la gente. —Acercó su silla a la mesa e intentó alisar los pliegues de su vieja chaqueta de mangas anchas, una prenda tan holgada que ya no estaba de moda—. Me llamo Jernau Gurgeh. ¿Y usted?
—Stemli Fors —dijo el joven tragando saliva.
—Encantado de conocerle. Bien… ¿Con qué color juega?
—Ahhh… Con el verde.

 

—Estupendo. —Gurgeh se reclinó en la silla. Guardó silencio durante unos momentos y movió la mano señalando el tablero—. Bien… Después de usted.
El joven llamado Stemli Fors hizo su primer movimiento. Gurgeh se inclinó hacia adelante para hacer el suyo y Mawhrin-Skel  se colocó sobre su hombro zumbando distraídamente. Gurgeh golpeó una de sus placas con la punta de un dedo y la unidad se apartó un poco. Mawhrin-Skel  se pasó el resto de la partida imitando el sonido que hacían las pirámides con la punta sostenida por bisagras al ser cambiadas de posición sobre el tablero. Gurgeh dio las gracias al joven y se puso en pie.

 

No le había costado nada derrotarle e incluso se permitió unas cuantas fiorituras al final, aprovechando la confusión de Fors para producir una colocación de cierta belleza estética. Le bastó con mover velozmente una pieza cuatro diagonales con un traqueteo de pirámides en rotación parecido a una ráfaga de disparos y el brusco desplazamiento dibujó un cuadrado tan rojo como una herida sobre el tablero. Algunos espectadores aplaudieron; otros dejaron escapar murmullos de admiración.
—Es un truco de lo más barato —dijo Mawhrin-Skel  lo bastante alto para que le oyeran todos—. Ese chico era presa fácil. Estás perdiendo la finura.

 

Su campo se iluminó con un brillante destello rojizo y la unidad hendió el aire hasta colocarse sobre las cabezas de los presentes y se alejó.
Gurgeh meneó la cabeza y se levantó de la mesa.
La pequeña unidad le irritaba y le divertía a partes casi iguales. Era grosera e insultante y solía hacerle enfadar, pero su presencia también suponía una agradable alteración de la norma. La gente siempre le trataba de una forma tan espantosamente cortés… Mawhrin-Skel  ya debía de haber encontrado otro infortunado al que molestar. Gurgeh avanzó por entre el gentío saludando a unas cuantas personas con la cabeza. Vio a la unidad Chamlis Amalk-Ney junto a una mesa muy larga y no demasiado alta hablando con una de las profesoras menos insoportables de la universidad. Gurgeh fue hacia ellos y cogió una bebida de una bandeja de servicio que pasó flotando a su lado.
—Ah, amigo mío… —dijo Chamlis Amalk-Ney.

 

La unidad medía casi un metro y medio de altura por medio de anchura y otro tanto de profundidad, y las sencillas placas de su estructura mostraban las diminutas señales y la falta de brillo provocadas por el desgaste de los milenios. La unidad volvió su banda de percepción hacia él.
—La profesora y yo estábamos hablando de ti.
La habitual expresión de severidad de la profesora Boruelal quedó algo aliviada por una sonrisa irónica.

 

—¿Acaba de obtener otra victoria, Jernau Gurgeh?
—¿Se me nota? —replicó Gurgeh llevándose su bebida a los labios.
—He aprendido a reconocer los signos —dijo la profesora. Tendría dos veces la edad de Gurgeh y ya había dejado bastante atrás su segundo siglo de existencia, pero su digna hermosura seguía siendo impresionante. Tenía la piel bastante pálida y el cabello blanco, como siempre lo había tenido, y lo llevaba muy corto—. ¿Otro estudiante mío ha sido humillado?

 

Gurgeh se encogió de hombros. Apuró su bebida y miró a su alrededor buscando una bandeja donde depositarla.
—Permíteme —murmuró Chamlis Amalk-Ney.
Quitó delicadamente la copa de entre sus dedos y la colocó sobre una bandeja que pasaba a unos tres metros de distancia de ellos. Su campo teñido de matices amarillos se extendió hasta alcanzar una copa llena del mismo vino que acababa de beber y se la entregó.

 

Boruelal vestía un traje oscuro de tela muy suave adornado en la garganta y las rodillas por delicadas cadenitas de plata. Iba descalza, y Gurgeh pensó que sus pies desnudos no realzaban su atuendo tan bien como podrían haberlo hecho un par de botas de tacón, pero aquella excentricidad casi resultaba insignificante comparada con las que gustaban de exhibir algunos miembros del cuadro académico de la universidad. Gurgeh sonrió, bajó la vista hacia los dedos de sus pies y contempló el contraste de la piel morena sobre los tablones dorados del suelo.

 

—Es usted tan destructivo, Gurgeh… —dijo Boruelal—. ¿Por qué no nos ayuda? Conviértase en parte de la facultad y deje de ser el eterno conferenciante invitado que va de un lado a otro.
—Ya hemos hablado de eso muchas veces, profesora, y creo recordar que siempre le he dado la misma explicación. Estoy demasiado ocupado. Tengo montones de partidas que jugar, tesis y trabajos que escribir, cartas que contestar, invitaciones que me exigen viajar y aparte de eso… Bueno, ya sabe que me aburro con mucha facilidad.
Gurgeh apartó la mirada.

 

—Jernau Gurgeh sería un pésimo profesor —dijo Chamlis Amalk-Ney—. Si un estudiante no lograra comprender algo al momento, sin importar lo complejo y abstruso que fuese, Gurgeh perdería la paciencia y probablemente le derramaría lo que estuviese bebiendo por encima de la cabeza…, o quizá hiciera algo aún peor.
—Sí, he oído algunos rumores al respecto —dijo la profesora poniéndose muy seria.
—Ya hace un año de eso —dijo Gurgeh frunciendo el ceño—, Y Yay se lo merecía.
Contempló a la vieja unidad sin dejar de fruncir el ceño.

 

—Bueno —dijo la profesora lanzando una rápida mirada de soslayo a Chamlis—, quizá hayamos logrado encontrar un rival digno de usted, Gurgeh. Hay una joven que…
Hubo un estruendo lejano y el nivel del ruido de fondo aumentó repentinamente. Unos instantes después los gritos les hicieron volver la cabeza.
—Oh, no, otro jaleo no… —dijo la profesora con voz cansada.

 

A primera hora de la noche uno de los jóvenes conferenciantes había perdido el control de su mascota, un pájaro que se había dedicado a revolotear por toda la sala graznando frenéticamente y posándose en la cabeza de varias personas antes de que la unidad Mawhrin-Skel  lo interceptara en pleno vuelo dejándolo inconsciente, con lo que la mayoría de asistentes a la fiesta perdieron una diversión con la que no contaban y que había estado pareciéndoles muy entretenida.
—¿Y ahora qué? —suspiró Boruelal—. Discúlpenme…

 

Dejó distraídamente su bebida y el canapé que había estado mordisqueando sobre la lisa parte superior de Chamlis Amalk-Ney y se fue abriendo paso entre el gentío dando codazos y pidiendo disculpas. Gurgeh vio cómo se alejaba en dirección al origen de la perturbación.

 

El aura de Chamlis emitió un breve destello gris blanquecino de incomodidad. La unidad dejó la copa sobre la mesa haciendo bastante ruido y arrojó el canapé a una papelera.
—Estoy seguro de que todo es culpa de Mawhrin-Skel . Esa máquina es insoportable —dijo Chamlis con irritación.
Gurgeh alargó el cuello intentando ver algo por encima de la multitud.

 

—¿De veras? —preguntó—. ¿Crees que toda esta conmoción es obra suya?
—Francamente, no comprendo qué encuentras de atractivo en ella —dijo la vieja unidad.
Volvió a coger la copa de Boruelal y derramó el vino de color oro encima de un campo dejándolo suspendido en el aire como si flotara en el interior de un recipiente invisible.
—Me divierte —replicó Gurgeh, y se volvió hacia Chamlis—. Boruelal dijo no sé qué de que había encontrado una rival digna de mí… ¿Estabais hablando de eso cuando llegué?
—Sí. Acaba de matricularse en la universidad… Tengo entendido que se ha pasado la vida en un VGS, y parece tener un don natural para el Acabado.

 

Gurgeh enarcó una ceja. El Acabado era uno de los juegos más complejos de su repertorio, y también uno de los que sabía jugar mejor. Había otros jugadores humanos en la Cultura que podían vencerle —aunque todos eran especialistas en el juego, no generalistas como él—, pero ni uno solo de ellos estaba en condiciones de garantizar que saldría triunfador de una partida, y aparte de eso eran muy pocos y se encontraban esparcidos por toda la Cultura…, probablemente sólo habría unos diez en toda la población.

 

—Bien, ¿quién es ese bebé que parece tener tanto talento?
Los ruidos que llegaban del otro extremo de la sala habían ido debilitándose poco a poco.
—Es una recién llegada —dijo Chamlis. Manipuló el campo que sostenía el vino y dejó que fuese goteando a lo largo de esbeltos haces huecos de energía invisible—. Acaba de desembarcar del Culto del cargamento, y creo que aún está terminando de instalarse.

 

El Vehículo General de Sistemas Culto del cargamento había llegado al Orbital Chiark hacía diez días y se había marchado hacía sólo dos. Gurgeh había estado en él para dar unas cuantas exhibiciones múltiples (y se había llevado la secreta alegría de haber ganado limpiamente en todas, ya que no le habían derrotado en ninguno de los varios juegos que componían la exhibición), pero no había jugado al Acabado. Algunos de sus oponentes habían hecho vagos comentarios sobre una jugadora supuestamente muy brillante (aunque bastante tímida) que viajaba en el Vehículo, pero la jugadora no había dado la cara —o, al menos, Gurgeh no se había enterado de que hubiera decidido hacerlo—, y acabó suponiendo que los informes sobre el talento de aquella joven prodigio habían sido groseramente exagerados. Los habitantes de las grandes naves tendían a sentirse extrañamente orgullosos de sus moradas. Les gustaba pensar que el hecho de que hubieran sido vencidos por el gran jugador no quería decir que en algún lugar de su habitáculo no hubiese alguien capaz de enfrentarse a él y derrotarlo (naturalmente, la nave sí habría podido vencerle con suma facilidad, pero eso no contaba; los que tanto presumían de su VGS se referían a seres humanos o a unidades cuyo valor fuera de 1 o superior).

 

—Eres un artefacto insoportable que siempre está armando jaleo —dijo Boruelal mirando fijamente a la unidad Mawhrin-Skel .
La unidad flotaba sobre su hombro con el aura teñida por el brillo anaranjado del bienestar, pero el campo estaba aureolado por motitas purpúreas que indicaban una contrición avergonzada no demasiado convincente.
—Oh —dijo Mawhrin-Skel  con animación—, ¿de veras lo cree?
—Hable con esta máquina imposible, Jernau Gurgeh —dijo la profesora.

 

Se volvió hacia Chamlis Amalk-Ney, frunció el ceño al ver que la copa había desaparecido y cogió otra. (Chamlis echó el vino con el que había estado jugando en la copa que Boruelal dejó abandonada al marcharse y volvió a colocarla sobre la mesa).
—¿Qué has hecho ahora? —preguntó Gurgeh.
Mawhrin-Skel  se acercó hasta quedar flotando junto a su cabeza.
—Acabo de dar una lección de anatomía —dijo la unidad, y sus campos se convirtieron en una mezcla de seriedad azulada y marrón sardónico.
—Alguien encontró un chirlip en la terraza —explicó Boruelal, lanzando una mirada acusatoria a la pequeña unidad—. Estaba herido. No se quién tuvo la idea de llevarlo dentro de la sala y Mawhrin-Skel  se ofreció a tratarlo.

 

—No tenía nada urgente que hacer —dijo Mawhrin-Skel  con mucha calma.
—Lo mató y lo diseccionó delante de todo el mundo. —La profesora suspiró—. Los que lo vieron… Bueno, quedaron bastante afectados.
—De todas formas habría muerto a causa del shock —dijo Mawhrin-Skel —. Los chirlips son unas criaturas muy interesantes.. Esos encantadores plieguecitos de la piel ocultan un sistema de huesos muy complejo colocado a varios niveles y las ramificaciones del sistema digestivo son realmente fascinantes.

 

—Pero no cuando la gente está comiendo —dijo Boruelal escogiendo otro canapé de la bandeja—. Aún no había dejado de moverse —añadió con expresión lúgubre.
Engulló el canapé.
—Capacitancia sináptica residual —explicó Mawhrin-Skel .
—O «mal gusto», como lo llamamos las máquinas —dijo Chamlis Amalk-Ney.
—Eres todo un experto en ese tema, ¿verdad, Amalk-Ney? —preguntó Mawhrin-Skel .
—Me inclino ante la superioridad de tus talentos en ese campo —respondió secamente Chamlis.

 

Gurgeh sonrió. Chamlis Amalk-Ney era un viejo amigo y, aparte de eso, una auténtica antigüedad. La unidad había sido construida hacía más de cuatro mil años (Chamlis afirmaba haber olvidado la fecha exacta, y hasta el momento nadie había cometido la descortesía de buscar en los archivos para dar con ella). Gurgeh le había conocido toda la vida. La unidad era amiga de la familia desde hacía siglos.
Su relación con Mawhrin-Skel  era mucho más reciente. La irascible y diminuta máquina de pésimos modales había llegado al Orbital Chiark hacía tan sólo unos doscientos días. Era otra personalidad fuera de lo corriente que se había sentido atraída por la exagerada reputación de excentricidad del planeta.

 

Mawhrin-Skel  había sido diseñado como unidad de Circunstancias Especiales para la sección de Contacto de la Cultura, lo cual quería decir que en sustancia era una máquina militar con una amplia gama de sistemas sensoriales y de armamento tan sofisticados como potentes que habrían resultado totalmente innecesarios y carentes de objetivo en la mayoría de unidades. Su carácter y personalidad no habían sido definidos con anterioridad a la construcción, al igual que ocurría con todos los artefactos conscientes fabricados por la Cultura, y se había permitido que fueran desarrollándose libremente durante la estructuración de su mente. La Cultura consideraba que ese factor impredecible incorporado a su producción de máquinas conscientes era el precio que había que pagar a cambio de la individualidad, pero el resultado era que no todas las unidades a las que daba existencia podían considerarse totalmente adecuadas a las tareas para las que habían sido diseñadas en un principio.

 

Mawhrin-Skel  era uno de esas unidades. Se decidió que no tenía la personalidad adecuada para Contacto, y ni siquiera para Circunstancias Especiales. Mawhrin-Skel  era inestable, díscolo y carente de sensibilidad. (Y no había que olvidar que ésos eran los aspectos en que había decidido revelar su fracaso, y que podía haber unos cuantos más que seguían siendo ignorados por todos.) Se le había dado a escoger entre una alteración radical de la personalidad en la que tendría poco o nada que decir acerca del carácter que acabaría teniendo una vez finalizado el proceso o una vida fuera de Contacto con su personalidad intacta, pero con el armamento y los sistemas sensoriales y de comunicación más complejos eliminados para dejarlo a un nivel más cercano al de la unidad promedio.

 

Mawhrin-Skel  había escogido la segunda opción y había puesto rumbo al Orbital Chiark con la esperanza de encontrar un sitio en el que pudiera encajar.
—Sesos de carne —dijo Mawhrin-Skel  bailoteando delante de Chamlis Amalk-Ney.
La pequeña unidad salió disparada hacia la hilera de ventanas abiertas. El aura de la vieja unidad se encendió con un parpadeo blanco de ira y la ondulación de luz irisada que la recorrió reveló que estaba utilizando el haz de su transceptor para comunicarse con la máquina que acababa de alejarse. Mawhrin-Skel  frenó en seco y giró sobre sí mismo. Gurgeh contuvo el aliento y se preguntó qué podía haberle dicho Chamlis y qué podía replicar la otra unidad. Sabía que Mawhrin-Skel  no se tomaría la molestia de mantener sus observaciones en secreto como había hecho Chamlis.

 

—Lo que más me molesta no es lo que he perdido —dijo Mawhrin-Skel  hablando muy despacio desde un par de metros de distancia—. No, lo que me irrita es aquello que he ganado durante el proceso de asemejarme aunque sólo sea remotamente a un caso de fatiga geriátrica como el tuyo al que los años han desgastado de tal forma que ni siquiera tiene la miserable decencia humana de morir cuando el tiempo le deja anticuado. Eres un desperdicio de materia, Amalk-Ney.

 

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