alfred_bester_-_el_lado_oscuro_de_la_tierra 572.42 Kb
No se puede retroceder ni se puede parar. Los finales felices son siempre dulces y amargos al mismo tiempo.
Había un hombre llamado John Strapp; era el hombre más valioso, más poderoso y legendario de un mundo que comprendía setecientos planetas y casi dos billones de individuos. Se le valoraba por una sola cualidad: era capaz de tomar Decisiones. Adviértase la D mayúscula. Era uno de los pocos hombres que podían tomar Decisiones Capitales en un mundo de increíble complejidad, y sus Decisiones eran correctas en un ochenta y siete por ciento. Vendía sus Decisiones a elevado precio.
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Había también una industria llamada, digamos, Bruxton Biótica, con fábricas en
Deneb Alfa, Mizar III, Terra, y oficinas centrales en Alcor IV. Los ingresos brutos
de Bruxton eran de doscientos setenta millones de crs. El desarrollo de las
relaciones comerciales de Bruxton con consumidores y competidores exigía los
servicios especializados de doscientos economistas de empresa expertos cada
uno en una pequeña faceta del inmenso cuadro general. Nadie era lo bastante
grande como para coordinar todo el cuadro.
Bruxton podía necesitar una Decisión Capital sobre política. Un especialista en
investigación llamado E.T.A. Golan, de los laboratorios de Deneb, había
descubierto un nuevo catalizador de síntesis biótica. Era una hormona
embriológica que producía moléculas nucléicas tan plásticas como la arcilla. La
arcilla podía modelarse y desarrollarse en cualquier dirección. Problemas: ¿Debía
Bruxton abandonar los métodos de la vieja cultura y adaptarse a esta nueva
técnica? La decisión implicaba una amplia gama de factores interrelacionados:
costos, beneficios, tiempo, suministro, demanda, formación, patentes,
legislaciones, acciones judiciales, etc. Sólo había una respuesta. Preguntar a
Strapp.
Las negociaciones iniciales fueron breves. Strapp y Compañía contestó que la
factura de John Strapp era de cien mil crs, más un uno por ciento de las acciones
con derecho a voto de Bruxton Biótica. Lo toma o lo deja. Bruxton Biótica lo tomó
con placer.
La segunda etapa fue más complicada. John Strapp tenía muchísima demanda.
Tenía un programa de Decisiones con un ritmo de dos por semana hasta principio
de año. ¿Podía Bruxton esperar tanto? Bruxton no podía. Enviaron entonces a
Bruxton una lista de las visitas concertadas por John Strapp, y se le dijo que
acordase un cambio con cualquiera de los clientes como mejor pudiese. Bruxton
trató, pagó, sobornó, y consiguió su propósito. John Strapp debía presentarse en
la fábrica central de Alcor, el 29 de junio, lunes, exactamente al mediodía.
Entonces comenzó el misterio. A las nueve en punto de aquella mañana del lunes,
Aldous Fisher, el hosco mensajero de Strapp, apareció en las oficinas de Bruxton.
Tras una breve conferencia con el viejo Bruxton en persona, se radió por toda la
fábrica el siguiente mensaje: ¡ATENCIÓN! ¡ATENCIÓN! ¡URGENTE! ¡URGENTE!
TODO EL PERSONAL MASCULINO LLAMADO KRUGER PRESÉNTESE EN LA
OFICINA CENTRAL. REPITO. TODO EL PERSONAL MASCULINO LLAMADO
KRUGER PRESÉNTESE EN LA OFICINA CENTRAL. ¡URGENTE! REPITO.
¡URGENTE!
Cuarenta y siete hombres llamados Kruger se presentaron en la oficina central y
fueron enviados a casa con órdenes estrictas de quedarse allí hasta nueva orden.
La policía de la fábrica organizó una rápida investigación y, acompañada del
irascible Fisher, comprobó los carnets de identidad de todos los empleados a los
que pudieron coger. Nadie llamado Kruger quedaba en la fábrica, pero era
imposible identificar a dos mil quinientos hombres en tres horas. Fisher ardía y
humeaba como ácido nítrico.
A las once y media, Bruxton Biótica estaba inquieta. ¿Por qué enviar a casa a
todos los Kruger? ¿Qué tenía que ver aquello con el legendario John Strapp?
¿Qué clase de hombre era Strapp? ¿Qué aspecto tenía? ¿Cómo actuaba?
Ganaba diez millones de crs al año. Poseía el uno por ciento del mundo. Estaba
tan próximo a Dios en la mente del personal que la gente esperaba ángeles y
trompetas doradas y una criatura gigante y barbuda de infinita sabiduría y
compasión.
A las once cuarenta llegó la guardia personal de Strapp: un escuadrón de
seguridad de diez hombres, de paisano, que comprobaron puertas y vestíbulos
con helada eficiencia. Dieron órdenes. Había que quitar aquello. Había que cerrar
aquello otro. Había que hacer varias cosas. Se hicieron. Nadie discutía con John
Strapp. El escuadrón de seguridad tomó posiciones y esperó. Bruxton Biótica no
respiraba.
Llegó el mediodía y una mancha plateada apareció en el cielo. Se aproximó con
un gran silbido y aterrizó con tremenda velocidad y precisión ante la puerta
principal. Se abrió la puerta de la nave. Salieron dos individuos corpulentos con los
ojos alertas, recelosos. El jefe del escuadrón de seguridad hizo una señal. De la
nave salieron dos secretarias, pelo castaño una y la otra pelirroja. Elegantes,
bellas, eficaces. Tras ellas salió un delgado oficinista de unos cuarenta años, de
traje arrugado, con los bolsillos laterales llenos de papeles, gafas de concha y el
pelo revuelto. Tras él salió una majestuosa criatura, alta, mayestática, recién
afeitada pero de infinita sabiduría y compasión.
Los dos forzudos se situaron a los lados del hombre apuesto y le escoltaron
escaleras arriba y cruzaron con él la puerta principal. Bruxton Biótica suspiró feliz.
John Strapp no desilusionaba. Era realmente Dios y era un placer que poseyese el
uno por ciento de ti mismo. Los visitantes descendieron por el vestíbulo principal
hasta la oficina del viejo Bruxton y entraron. Bruxton les estaba esperando,
mayestáticamente situado tras su mesa. Se levantó casi de un salto y corrió hacia
adelante. Cogió la mano del hombre majestuoso con fervor y exclamó:
—Señor Strapp, en nombre de toda mi empresa, le doy la bienvenida.
El oficinista cerró la puerta y dijo:
—Strapp soy yo.—Hizo una seña a su empleado, que se sentó tranquilamente en
un rincón—. ¿Dónde tiene sus datos?
El viejo Bruxton indicó su mesa. Strapp se sentó ante ella, cogió las gruesas
carpetas y empezó a leer. Un hombre delgado. Un hombre acosado. Un hombre
de cuarenta y tantos años. Pelo negro y liso. Ojos azul porcelana. Una buena
boca. Buenos huesos bajo la piel. Una cualidad destacaba: la falta total de
conciencia de sí mismo. Pero cuando hablaba había un subtono histérico en la voz
que mostraba que había en su interior algo violento y salvaje.
Tras dos horas de implacable lectura y de comentarios en murmullos a sus
secretarias, que tomaban notas crípticas con símbolos especiales, Strapp dijo:
—Quiero ver la fábrica.
—¿Por qué?—preguntó Bruxton.
—Para sentirla —contestó Strapp—. En una Decisión siempre va implícita una
cuestión de matiz. Es el factor más importante.
Salieron de la oficina y se inició el desfile: el escuadrón de seguridad, los forzudos,
las secretarias, el oficinista, el acre Fisher y el majestuoso empleado. Lo
recorrieron todo. Lo vieron todo. El "oficinista" hizo la mayor parte del trabajo
práctico para "Strapp". Habló con obreros capataces, técnicos, y personal alto,
bajo y medio. Pidió nombres, cotilleó, se los presentó al gran hombre, hablaron de
sus familias, sus condiciones de trabajo, sus ambiciones. Exploró, olió y sintió.
Tras cuatro horas agotadoras volvieron a la oficina de Bruxton. El "oficinista" cerró
la puerta. El empleado se fue a su rincón.
—Bueno —dijo Bruxton—. ¿Sí o no?
—Espere, —dijo Strapp.
Repasó las notas de sus secretarias, las asimiló cerró los ojos y estuvo silencioso
y quieto en medio de la oficina como quien se esfuerza por oír un susurro distante.
—Sí—decidió, y pasó a ser más rico en un total de cien mil crs. y un uno por
ciento de las acciones con derecho a voto de Bruxton Biótica. En compensación,
Bruxton tenía una seguridad de un ochenta y siete por ciento de que la Decisión
era correcta. Strapp abrió de nuevo la puerta, se reorganizó el desfile y salió de la
fábrica. El personal aprovechó su última oportunidad para fotografiar y tocar al
gran hombre. El oficinista ayudaba en las relaciones públicas con voluntariosa
afabilidad. Preguntaba nombres, presentaba y amenizaba la charla. El rumor de
voces y risas se incrementó cuando llegaron a la nave. Entonces sucedió lo
increíble.
—¡Tú! —gritó súbitamente el oficinista, su voz horriblemente aguda—. ¡Tú, hijo de
puta! ¡Condenado y piojoso asesino! ¡Llevaba tiempo esperando esto! ¡Hace diez
años que lo espero!
Sacó un aplanado revólver de su bolsillo interior y asestó un tiro en la frente a un
hombre.
El tiempo se detuvo. Los sesos y la sangre tardaron horas en salir por la nuca, y el
cuerpo en encogerse. Entonces el equipo de Strapp se puso en acción. Metieron
rápidamente al oficinista en la nave. Le siguieron las secretarias, luego el
empleado majestuoso. Los dos forzudos saltaron tras ellos y cerraron la puerta. La
nave despegó y desapareció con un silbido. Los diez hombres que iban de
paisano se dispersaron tranquilamente y desaparecieron. Sólo quedó Fisher, el
hombre contacto de Strapp, junto al cadáver, en el centro de una multitud
horrorizada.
—Compruebe su identificación—masculló Fisher.
Alguien sacó la cartera del muerto y la abrió.
—William F. Kruger, biomecánico.
—¡Condenado idiota! —dijo Fisher furioso—. Se lo advertimos. Se lo advertimos a
todos los Kruger. Muy bien. Llame a la policía.
Aquél era el sexto asesinato de John Strapp. Arreglarlo le costó exactamente
quinientos mil crs. Los otros cinco le habían costado lo mismo, y la mitad de la
cifra iba normalmente a manos de un hombre lo bastante desesperado para
sustituir al asesino y alegar locura temporal. La otra mitad, a los herederos del
difunto. Había seis sustitutos encerrados en diversas penitenciarías, cumpliendo
de veinte a cincuenta años. Sus familiares eran doscientos cincuenta mil crs. más
ricos.
En sus habitaciones del Alcor Splendide, el equipo de Strapp evacuaba consultas
sombrío.
—Seis en seis años—dijo con amargura Aldous Fisher—. No vamos a poder
mantenerlo en secreto mucho más. Tarde o temprano alguien se preguntará por
qué John Strapp contrata siempre oficinistas locos.
—Entonces le contratamos también a él —dijo la secretaria pelirroja—. Strapp
puede permitírselo.
—Puede permitirse un asesinato al mes —murmuró el empleado majestuoso.
—No.—Fisher negó con la cabeza vivamente—. Las cosas pueden arreglarse
hasta ciertos límites, pero no más allá. Uno llega al punto de saturación. Ahora
hemos llegado. ¿Qué vamos a hacer?
—¿Pero qué demonios le pasa a Strapp?—preguntó uno de los forzudos.
—¿Quién sabe? —exclamó Fisher exasperado—. Tiene una fijación Kruger.
Conoce a un hombre llamado Kruger Cualquier hombre que se llame Kruger. Y se
pone a gritar, a maldecir. Y lo mata. No me preguntéis por qué. Es algo enterrado
que pertenece a su vida pasada.
—¿No le has preguntado a él?
—¿Cómo iba a hacerlo? Es como un ataque epiléptico. Ni siquiera él sabe qué
sucedió.
—Habría que llevarle a un psicoanalista—sugirió el forzudo.
—Eso es imposible.
—¿Por qué?
—Tú eres nuevo—dijo Fisher—. No comprendes.
—Hazme comprender.
—Te haré una analogía. Allá por mil novecientos la gente jugaba a la baraja con
cincuenta y dos cartas. Eran tiempos sencillos. Hoy todo es más complejo.
Jugamos con cinco mil doscientas cartas en la mesa. ¿Comprendes?
—Voy comprendiendo.
—Un cerebro puede controlar cincuenta y dos cartas. Puede tomar decisiones
sobre ese total. En mil novecientos lo tenían muy fácil. Pero no hay mente capaz
de hacer lo mismo con cinco mil doscientas cartas… salvo la de Strapp.
—Tenemos computadoras.
—Son perfectas cuando sólo se trata de cartas. Pero cuando hay que hacer
cálculos teniendo en cuenta también a los cinco mil doscientos jugadores que
manejan las cartas, lo que les gusta, lo que les disgusta, motivos, inclinaciones,
proyectos, tendencias, etc., lo que Strapp llama los matices, entonces Strapp es
capaz de hacer lo que no puede hacer una máquina. Él es único, y el psicoanálisis
podría destruir su capacidad.
—¿Por qué?
—Porque en Strapp se trata de un proceso inconsciente —explicó irritado Fisher—
. Él no sabe cómo lo hace. Si lo supiese acertaría en un cien por cien en vez de en
un ochenta y siete. Es un proceso inconsciente, y, por lo que sabemos, puede
relacionarse con la misma anormalidad que le empuja a matar a todos los Kruger.
Si le libramos de una cosa, podemos destruir la otra. No podemos correr ese
riesgo.
—¿Qué podemos hacer entonces?
—Proteger nuestra propiedad —respondió Fisher, mirando a su alrededor
sobriamente.— No olvidéis esto ni un instante. Hemos trabajado mucho en Strapp
para permitir que se destruya. ¡Hemos de proteger nuestra propiedad!
—Yo creo que lo que él necesita es amistad—dijo la secretaria de pelo castaño.
—¿Por qué?
—Podríamos descubrir lo que le molesta sin destruir nada. La gente habla con los
amigos. Strapp hablaría.
—Nosotros somos sus amigos.
—No, no lo somos. Somos sus socios.
—¿Ha hablado él contigo?
—No.
—¿Contigo?—preguntó Fisher a la pelirroja.
Esta negó con la cabeza.
—Está buscando algo que no encuentra nunca.
—¿El qué?
—Una mujer, creo. Un tipo especial de mujer.
—¿Una mujer llamada Kruger?
—No sé.