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‘Tiempo sin campanas’ es la tercera novela de la tetralogía de Bienek, un ciclo sobre la Segunda Guerra mundial que ha sido aclamado por los mejores críticos mundiales y que ha conocido un resonante éxito de público en Alemania, Francia y Estados Unidos. Caso relativamente único, Bienek es un escritor alemán católico, con una clara conciencia a la vez de la responsabilidad y del sufrimiento de su pueblo –rasgo que le confiere una singular autoridad moral en una Alemania marcada actualmente por un nefasto revisionismo histórico.
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La primera novela del ciclo, ‘La primera polca’ (Muchnik Editores, 1986), tenía lugar en Gleiwitz, pueblecito de la Alta Silesia del que Bienek es oriundo, el 31 de agosto de 1939, último día de paz antes de la invasión nazi de Polonia. La segunda, ‘Luz de septiembre’ (Muchnik Editores, 1987), al día siguiente. ‘Tiempo sin campanas’ se desarrolla íntegramente durante el Viernes Santo de 1943, el día torpemente escogido por las autoridades, en esa región de profundo sentimiento religioso, para descolgar las campanas de todas las iglesias con el fin de utilizar el metal para hacer cañones. El pueblo entero vive el día pendiente de ese acto a sus ojos sacrílego.
La guerra presiona sobre la vida cotidiana, que querría seguir su curso como si no pasara nada –la familia Piontek espera el nacimiento de un vástago, la familia Ossadnik recibe a un hijo en licencia del frente, y nuestro protagonista, Josel, espera, a sus quince años, el llamado inminente a filas, buscando en la persona de su amiga Ulla, pianista brillante, un puerto en el que refugiarse y al que poder regresar en caso de no morir, quedar lisiado o convertido en un vegetal a manos del enemigo. Mientras tanto, por la ciudad circulan los trenes cargados de judíos con destino a los cercanos campos de la muerte, Birkenau, Auschwitz.
Una aguda sensibilidad psicológica, casi hiriente en su distanciación literaria, caracteriza la descripción que hace Bienek de una cultura mimética al borde de la desaparición. Cuatro años de guerra no han logrado convencer a la población de que están viviendo un desastre histórico. Las pequeñeces, las envidias, la impotencia son las mismas que en tiempo de paz. El lejano rugir de los aviones, el casi imperceptible tronar de los cañones parecerían sólo ser una leve anomalía en un paisaje que rehusa comprender. La inconsciencia resulta ser tan típica de la guerra como de la paz.
No me hable de héroes ni de víctimas. Hábleme de las personas sencillas y de la vida tal como es.
Witold Gombrowicz
1
No comprendo cómo a una persona viva se le pueden atravesar las manos con clavos, es algo que ‘abserlutnik’ no puedo comprender. Andi estaba descalzo y en camisón en la puerta de la cocina y miraba a su madre que se peinaba. Ya estaba vestida. Encima de los hombros llevaba un peinador de color sucio que, junto con la turbia luz de la mañana, hacía que su cara pareciese gris. Andi miró las manos.
Sólo has tenido un mal sueño, dijo Anna Ossadnik, con voz firme y clara, como si hubiese querido ahuyentar los restos de la noche de su cabeza y de la cocina. No miraba al espejo, y sin embargo se peinaba con la seguridad que se adquiere con miles de repeticiones. Luego colocó el cepillo sobre la consola y con ambas manos dividió el pelo en la nuca en dos partes.
Con movimientos rápidos y expertos hizo primero una trenza con el lado izquierdo y metió el extremo en la boca para que no se deshiciese, y luego hizo lo mismo con el lado derecho.
Anda, lávate esa cara de sueño, dijo a través de los dientes y de la trenza. Pero no gastes mucho jabón, es el último trozo que nos queda para este mes.
Y los pies, uno encima del otro, para poder clavarlos con un solo clavo, desde luego tenía que ser bastante largo, de unas cinco pulgadas. Andi parecía hablar consigo mismo. Imaginaba cómo uno de los soldados ponía un pie encima del otro y el otro colocaba el clavo y lo golpeaba con un enorme martillo hasta que atravesaba la carne y los huesos y se introducía profundamente en la madera.
Deslizó su pie derecho sobre el izquierdo.
El hombre de la cruz no pudo defenderse, constató con voz tranquila.
¿Es que ahora ya hablas solo por la mañana temprano?, dijo Anna que acababa de hacer otra trenza. Enrolló ambas trenzas hacia adentro haciendo un moño que sujetó hábilmente con dos horquillas. ¿De qué estás hablando, si se puede saber?
Andi fue a la cocina, abrió el grifo y se echó agua fría en la cara con las dos manos.
Anna soltó el lazo con que estaba sujeto el peinador al cuello y se lo quitó cuidadosamente de los hombros para que no se cayesen los pelos y la caspa. Sólo entonces miró al espejo.
Tras un vistazo se sintió satisfecha con su peinado.
De Jesucristo, al que clavaron a la cruz, dijo Andi en voz alta desde la cocina para hacerse oír a través del ruido del agua. Cerró un poco el chorro, se inclinó hacia adelante, llenó la boca de agua y empezó a hacer gárgaras ruidosamente.
¿Cómo se te ocurre eso?, murmuró Anna delante del espejo. Torció la cara en distintas direcciones para comprobar la tersura de su piel.
Cierto que era Viernes Santo. ¿Pero era necesario que su hijo se ocupase de cosas tan extrañas ya por la mañana?
Hoy hace exactamente mil novecientos diez años, dijo Andi, después de escupir el agua. Se secó la cara con una toalla con rayas azules y las iniciales DR. No había utilizado el jabón. No le gustaba ese nuevo jabón que era tan ligero como una esponja.
La piel tenía después olor a moho podrido durante horas. Desde que Paulek no mandaba jabón de Francia y mamotschka había agotado las reservas que tenía escondidas en el sótano, hubiese preferido no lavarse en absoluto. Ahora se mojó el pelo para poder domarlo de alguna manera con el peine y puso el dedo sobre la cabeza para marcar una raya incierta.
¿Qué dices?, dijo Anna haciendo como si calculase. Si estamos en 1943. Es verdad, tienes razón.
Cristo murió a los 33 años. Dobló el peinador y lo colocó en un cajón de la pequeña cómoda de la que sacó un pañuelo de flores que se ató al cuello. Se observó con más detenimiento en el espejo. Encontró que todavía tenía buen aspecto. Cualquiera que no la conociese le habría echado fácilmente diez años menos. El Domingo de Pascua se haría a ambos lados tres o cuatro ondas con las tenacillas y dos ricitos en las sienes.
Luego se pondría por primera vez el vestido nuevo hecho con el satén azul que había raído Paulek de Francia en Navidades, con un reborde acampanado abajo, plisado en el pecho y los hombros y con mangas de murciélago, o sea completamente a la última moda. ¡A su edad!
Pero Paulek lo había querido así expresamente y la había acompañado incluso a la modista y estado presente cuando ésta le tomó las medidas porque no quería que la madre le regalase la tela a Ulla como hacía siempre.
Si no fuese por ese bocio que había empezado a crecer hacía un mes, despacio, eso sí, pero de manera incontenible –palpó la zona con los dedos y lo notó, a pesar de su blandura elástica, como una hinchazón en forma de bola. Desde ayer no había experimentado ningún cambio, pero no se libraba de la sensación de que se podía distinguir claramente. Desde hacía algún tiempo notaba el bulto cuando giraba la cabeza rápidamente hacia la izquierda. Menos mal que el bocio, si es que era eso, no causaba dolor aparte de molestias ocasionales cuando tragaba por la mañana.
En el espejo no se veía gran cosa, y Franzek aseguraba una y otra vez que quien no supiese que lo tenía no se daría cuenta de nada. Quizá se lo preguntara tan a menudo porque quería oírlo una y otra vez. Hasta ahora había logrado ocultar el bocio ante sus hijos, pero para mayor seguridad llevaba últimamente un pañuelo de seda.
Ahora tenía miedo de empezar a llamar la atención si se ataba siempre al cuello el mismo pañuelo de florecitas azules sobre fondo amarillo, por eso esperaba que Paulek enviase pronto desde Francia telas nuevas y de distintos colores para poder cambiar.
Hablas del Cristo crucificado, dijo, pero no hay manera de que vayas a la iglesia. Y no te hará ningún daño que me acompañes a las tres a la liturgia del Viernes Santo.
¿Qué te parece?
De ninguna manera, dijo Andi, limpiando cuidadosamente sus gafas. Prefiero leer en casa una página de la Biblia, no estoy dispuesto a escuchar los perjurios que predican desde el púlpito.
Lo dijo de la manera más casual que pudo. Después de todo no era la primera vez que se negaba. Creía verdaderamente en Dios, y por eso había tomado la firme resolución de no volver a poner los pies en la iglesia.
Anna suspiró resignada. Si era por su hijo Andi que de pronto se hacía mayor o por su bocio, no era posible saberlo; había suficientes motivos para suspirar por ambos.
Lo terrible del caso era que si el bocio seguía creciendo a ese ritmo lento pero imparable, dentro de dos años tendría el cuello tan gordo como el de la señora Pastuschka. Ahora bebía todas las mañanas agua de sal templada, y por la noche un té de centáurea menor, porque contenía yodo, y también tomaba regularmente una cucharadita de una medicina de sabor espantoso y olor no menos terrible que le había dado el viejo Wieschow, el homeópata de Bilchengrund, a quien había acudido cuando vio que el médico sólo le recetaba píldoras blancas.
Durante algún tiempo había creído que esas píldoras la curaban y que el bocio dejaba de crecer. Se lo dijo al médico que elevó inmediatamente sus honorarios, pero al cabo de dos semanas comprendió que había vuelto a equivocarse.
De todos modos sólo había ido al médico por dar gusto a Franzek porque esas enfermedades sólo podía curarlas un homeópata –si es que se podían curar– y el viejo Wieschow de Bilchengrund era uno de los más famosos de la región. Lo peor era la angustia que sentía todas las mañanas al despertar cuando tocaba el cuello para ver si el bocio había vuelto a crecer un poco por la noche. Esa angustia que duraba hasta que comprobaba que no había cambiado. Y eso todos los días.
En realidad hacía tiempo que el bocio seguía igual, y si unas veces parecía grande y otras más pequeño, la diferencia era tan insignificante que no habría podido detectarla. Eran su aprensión, su esperanza y su miedo los que le hacían creer que el bocio crecía, dejaba de aumentar de tamaño o desaparecía.
¿Debía operarse? Era el último recurso, no porque una operación del cuello se considerase peligrosa, sino porque –y esto era mucho más gravedespués corría el riesgo de quedarse tonta, loca, ‘ogupna’. A veces abrigaba la absurda esperanza de que se secaría y desaparecería del mismo modo que había aparecido –había oído que eso ya había sucedido antes. ¿Debía contarle el secreto a Schielok El Viernes Santo era en realidad el día más apropiado. Pero no, precisamente hoy no reuniría el valor necesario.
Se ajustó el pañuelo y se dirigió a la cocina.
Espero que esta noche estéis todos en casa, dijo Anna con la voz ligeramente ronca y carraspeó. Hoy también vendrá vuestro padre, ahora le toca estar siempre dos días seguidos fuera de casa, a cambio le dan después tres días libres. Qué estupendo, ¿verdad?
Tiene libre hasta el Domingo de Pascua.
Se inclinó delante del fogón y hurgó en la ceniza hasta que brillaron unas brasas rojo oscuras sobre las que echó una bola de papel de periódico.
Luego empezó a soplar hasta que brotó una pequeña llama. Padre conduce al este transportes importantes para la guerra, dijo. Es secreto militar.
Mamotschka ya está otra vez con su cara de mártir, pensó Andi. Pero dijo que más valía que le dijese todo esto a Tonik para que estuviese en casa alguna vez. Si no, no lo veremos ni un solo día cuando tenga permiso.
No hace más que correr detrás de las tías… no sé qué saca en claro, murmuró Andi sin moverse de su sitio.
Dios mío, qué manera de hablar, dijo Anna colocando un puñado de virutas y astillas sobre el fuego. ¡Un Viernes Santo! ¡Más vale que te vistas! Mientras tanto haré el desayuno. ¡Ponte la camisa de ayer! El domingo te daré una nueva.
¿Tenemos otra vez tu famoso desayuno de Cuaresma?, bostezó Andi. Su pelo estaba pegado a la cabeza y la raya era bastante desigual. De buena gana no se hubiese puesto la camisa que sólo le servía para despeinarlo.
Como siempre, una rebanada de pan con margarina y té de escaramujo, dijo ella, lo sabes de sobra. El té de escaramujo también era bueno para su cuello.
Hubo una época en que nos iba peor, entonces todos los días eran Viernes Santo. Pero hoy no sabéis nada de eso. ¡No os lo podéis ni imaginar!
¡Qué mal nos iba! ¡La pobreza que había antes aquí! ¡Esa ‘Bjeda’!
¡Cada vez que lo pensaba! Las astillas humeaban pero no ardían, así que tuvo que volver a soplar. ¿Sería bueno para su cuello?
¡Anda, Schielok, échame una mano!
Hay tantas nubes sobre la ciudad que la chimenea no tira.
Andi sopló y el fogón empezó a tirar con fuerza. Llamitas rojas y azuladas aparecían por aquí y desaparecían por allá hasta que de pronto brotó una llamarada. Así hay que hacerlo, pensó orgulloso.
¡Ahora vístete de una vez, Schielok!, dijo la madre. No perdamos más tiempo. Trae a Kotik, así desayunamos juntos. Y a mediodía se ayuna, ¿comprendido? Y deja a Tonik en paz, tiene que descansar de la guerra, todavía la tiene metida en los huesos.
Ya voy, dijo Andi poniéndose lentamente en movimiento. ¡Pero no me llames Schielok! Miró sus pies claros descalzos que colocó con cuidado sobre el oscuro suelo de linóleo.
Tiene que hacer ‘abserlutnik’ muchísimo daño. Cómo podrá soportarlo una persona, clavos a través de las manos… y de los pies, dijo.
Me imagino que debe ser horrible, dijo Anna Ossadnik colocando un puchero con leche sobre el borde del fogón para que se calentase lentamente y no se saliese la leche. En realidad, no podía imaginárselo.
2
Valeska Piontek se había vuelto más lenta tras la detención de Halina. Todo en ella era más lento, la manera de hablar, los movimientos, la manera de pensar. Hasta la manera de tocar el piano. Ahora necesitaba casi el doble de tiempo para vestirse por la mañana. Y más hoy que estaba sacando cuidadosamente un vestido viejo y un abrigo raído del armario. No quería siquiera peinarse como era debido, pero luego pasó un buen rato delante del espejo para esconder el pelo debajo del turbante negro que había hecho ella misma.
Vio la cara de una mujer vieja en el espejo y le costó trabajo hacerse a la idea de que era la suya. No era la primera vez que hacía este descubrimiento. Antes intentaba borrar con cremas y alumbre las patas de gallo de las sienes y debajo de los ojos para recomponer su cara de antaño. Hoy en cambio le satisfacía esa visión. Una cara de Viernes Santo, pensó.
A Valeska le gustaba pasar por una mujer piadosa. Pero en realidad no sabía ya si lo era verdaderamente.
Había tantas cosas que se habían convertido en rutina, no sólo el trabajo de la casa, y las clases de piano sino también la oración… Iba todos los domingos a la iglesia, asistía a las novenas de mayo y rezaba el rosario, también los días de trabajo. Eso sí, solamente el Viernes Santo pisaba la iglesia dos veces. Iba por la mañana temprano a confesar y a las tres de la tarde a comulgar. A la hora en que había muerto Cristo. ‘Y hacia la hora sexta se oscureció la tierra, hasta la hora nona. Y a la hora nona Jesús gritó con voz potente’: Elí, Elí, lama sabajthaní, ‘que quiere decir:
¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado? Entonces uno de ellos corrió, empapó una esponja en vinagre la puso en una caña y le dio a beber diciendo: Dejad, veamos si viene Elías a bajarlo. Pero Jesús, lanzando un gran grito, expiró’.
Eso ya lo había recitado de niña y lo sabía de memoria. Y no lo olvidaría hasta su muerte. Pero a veces pensaba que sus oraciones debían ser completamente distintas y nuevas, y deseaba sentirse otra vez tan conmovida ante el Crucificado como cuando la niña había vivido por primera vez las estaciones del calvario en la pequeña iglesia de Myslowitz.
Quizá su oración resultaría hoy más fervorosa porque tenía que pensar en Halina como hacía días que pensaba en ella. Oh, Señor, ponla bajo tu amparo protección –pero no le entraba en la cabeza que Halina recorría ahora su propio calvario, lejos de ella, detrás de los gruesos muros de la cárcel.
Preparó un café de cebada y comió un panecillo seco que de cuando en cuando mojaba ensimismada en el café.
Hoy era el día de Cuaresma más importante del año. Hoy no daba clases de piano. Hoy, en el día de la Pasión del Señor, quería estar especialmente cerca de Él. Y sentía que nunca había estado tan cerca de Él como en esa Semana Santa. La noche anterior había presenciado en la iglesia cómo el arcipreste lavaba los pies a unos cuantos viejos.
El viejo Hrabinsky había estado esta vez entre ellos y había mostrado su pie sano, el otro era una prótesis de madera que llevaba metida en un zapato. Parecía muy feliz cuando pasó delante de ella sonriendo. Apenas se notaba ya que llevaba una pierna de madera. Recordó que durante años había ido cojeando por las calles con su muñón de madera sujeto sobre un cojín de cuero desgastado, y casi se sentía culpable porque a veces también se había reído de él.
Y también ante Halina se sentía culpable.
Había dormido mal por la noche. En algún momento se había despertado; afuera todavía estaba oscuro, por las rendijas del ‘store’ no entraba luz en la habitación. No sentía miedo, pero su corazón latía tan fuerte que tuvo la sensación de que el ritmo se comunicaba a la cama, a la habitación, a todas las paredes, penetrando toda la casa. Su cabeza estaba llena de dolor, de imágenes y recuerdos. Empezó a sentir frío y se envolvió aún más en la manta y se echó el abrigo por encima, pero seguía sintiendo frío. Finalmente ocultó la cabeza debajo de la manta como si así hubiese podido aislarse de la noche y del mundo. En esa postura debía haberse quedado dormida.
Cuando se levantó, la casa estaba todavía en silencio. Al ir al cuarto de baño se cruzó con Irma. No fue como en otras ocasiones cuando se encontraban en la estrechez del pasillo y trataban de evitar la proximidad mirando deliberadamente en otra dirección. Esta vez se quedaron una enfrente de la otra y se miraron largamente, en silencio y comprendiendo, como si las dos hubiesen tenido el mismo sueño terrible cuyas huellas creían descubrir ahora en sus rostros.
Valeska había deseado a veces compartir al menos los sueños con su hija.
¿Irás a la iglesia, verdad, mamá?
Llévame contigo, por favor. Hoy quiero confesarme.
Valeska se quedó desconcertada.
Irma le había pedido algo. No había dicho como otras veces: Me voy a la iglesia. Había dicho: ¡Llévame contigo, por favor! ¡Y quería confesar!
Valeska no sabía cómo conciliar aquello con la expresión de la cara de Irma, y reflexionó un instante. En el fondo era mucho mejor que en su estado se quedase en casa.
Mientras se lavaba cayó en la cuenta de que el rosario de Padua que llevaba buscando ya varios días, estaba seguramente guardado desde hacía mucho tiempo en la despensa dentro de una caja vieja. Encontró la caja en seguida; encima había tarros de conserva de uva espina. Rebuscó entre bolas de árbol de Navidad, flores secas, rosas de papel y revistas viejas de cine, y para su sorpresa encontró la gorra a cuadros con la visera de celuloide marrón que Leo Maria solía llevar cuando iba en bicicleta por el campo para fotografiar las viejas iglesias de pueblo y las nuevas torres de agua.
Había épocas en que Valeska ya no pensaba en Leo Maria, entonces no tenía tiempo de recordar su vida en común y su muerte. Siempre eran objetos que aparecían de improviso y que la hacían recordar a su marido. Un objetivo, un paquete de papel fotográfico sin abrir o películas viejas sin revelar (aunque ella había vendido todo lo que le recordaba el estudio).
En el fondo de un cajón descubrió un ramillete de violetas que él había secado una vez, una figurita de plomo, una corbata descolorida –no estaba a salvo de nada. Inmediatamente después de su muerte envió sus camisas y sus trajes a unos parientes lejanos de Cosel y Heidersdorf que probablemente no volvería a ver jamás.
Las mejores prendas se las había regalado a Prohaska que apenas había traído ropa de la zona del Ruhr; desde entonces temía que un día pudiese aparecer en la puerta con un traje de Leo Maria.
De buena gana habría escondido también todos los libros que él hubiese leído alguna vez, y durante mucho tiempo cada taza y cada plato que colocaba sobre la mesa, cada cuchara y cada tenedor, le hacían pensar cuántas veces las habría sostenido Leo Maria en la mano a lo largo de veinte años.
Luego en cambio creía que debía guardar todos los recuerdos –su alfiler de corbata, su pluma, la cadena del reloj, el cenicero de jade– y eso ya era todo, y se daba cuenta de que había poseído pocos objetos personales aparte de su ropa y las viejas fotos, claro. Ella quería guardar sus cosas, pero no volver a acordarse de ellas, y así las escondía en sitios a los que iba raramente… Pero ese plan que había ideado era la causa de que a veces la sorprendiesen esas cosas cuando menos lo esperaba, como en ese momento. Se preguntó si Josel podría llevar aquella gorra de visera. Pero entonces volvió a esconderla en el cajón donde descubrió por fin el sencillo rosario de cuentas de madera marrones.
Su tía abuela Vera lo había traído una vez de un viaje y aseguró que había sido bendecido en la iglesia de San Antonio de Padua. Eso era lo que hacía que fuese tan valioso. Y también era lo bastante sencillo para aquel Viernes Santo que iba a ser un único día de penitencia para ella.
Irma ya estaba vestida. Se había echado un abrigo por encima de los hombros que resaltaba aún más su vientre abultado. Ya estoy lista, dijo, como si fuesen a llevársela presa.
Está bien, dijo Valeska, mirando a su hija de reojo, que te hayas puesto algo abrigado. Afuera no hace frío pero en esta época del año todavía está metido el invierno en los muros de las iglesias. Anda, ven a tomar un poco de café de cebada caliente, ya te lo he preparado.
Estaba satisfecha de que Irma quisiese encomendarse a su cuidado. Por la postura de sus hombros vio que Irma había abandonado la protesta, aunque sólo fuese por hoy.
¿Se ha despertado ya Josel? ¿Has visto a tío Willi?, preguntó Valeska acercando la taza a su hija. Y siguió hablando sin esperar su respuesta.
Antes vio por la ventana a los Schimmel con sus mochilas, harán otra vez una de sus interminables excursiones.
Quizá se arregle el día todavía.
El cielo está gris, pero detrás calienta el solo, sólo está esperando a que se desgarre la capa de nubes, entonces podrá hacer todavía calor.
Irma bebió a sorbitos el café caliente. Bebió de prisa disfrutando con el calor que se extendía por su cuerpo. Guardó silencio. Pero no sólo porque su madre hablase sin parar.
Era más bien al contrario.
¿Estás bien? Quiero decir, ¿está todo en orden… con tu tripa? Y miró a Irma por encima de la mesa, miró su tripa protuberante como si de allí pudiese provenir algo inquietante que no había que perder de vista.
Lucie cuidará de Helga hasta que volvamos, dijo Irma. Creo que lo mío todavía tardará un rato.
Mucho no quedaba ya, eso lo sabía, pero contaba con algunos días de descanso. El niño pesaba ya en el vientre, cada día lo notaba más. Para cualquier movimiento, para cada paso necesitaba ahora más fuerza. Aunque sólo hiciese la compra, perdía en seguida el aliento.
Todos los días calculaba por lo menos dos veces cuándo podría nacer el niño y siempre llegaba a la conclusión de que podía llegar de un momento a otro. Todo menos que naciese un viernes. Allí existía la superstición de que los niños nacidos en viernes eran niños difíciles, y los nacidos en Viernes Santo desdichados. A ella no le importaba que llegase el Sábado Santo. Pero el mejor día era el Domingo de Pascua, así tendría que ser un niño afortunado.
Antes esperaba recibir carta de Skrobek. Estaba preocupada por él, era ya la tercera semana que no tenía noticias suyas y eso no era normal.
Era el chófer de un general y los generales no suelen estar en el frente.
Así que no estaba en peligro directo, pero nunca se sabía lo que podía pasar. Tío Willi decía que ahora los rusos avanzaban tan de prisa por el este que a veces rodeaban a unidades enteras… como lo habían hecho antes los alemanes. Tío Willi lo sabía por las emisoras extranjeras que seguía escuchando a escondidas aunque era muy arriesgado. En los periódicos podía leerse constantemente que había sido detenido alguien por ‘escuchar emisoras enemigas’ y por ‘difundir propaganda enemiga’. Deseaba tanto que llegase mañana la carta de Skrobek…
Hedwig Schuchardt había abortado cuando el cartero le trajo una carta que no era de su marido sino de un departamento militar comunicándole que su marido había muerto por el Führer, el pueblo y la patria… Estampó ruidosamente la taza sobre el plato.
A quién habrá salido Irma, pensó Valeska. A mí desde luego no. Podía estar con ella horas enteras sin que dijese una palabra; podía hablarle entusiasmada del primer recital de piano de Ulla Ossadnik, sin comentario; podía contarle un viaje con todo detalle; ni una pregunta, ni una sola palabra.
Escuchaba, sí. Pues a veces, a menudo mucho después, mencionaba, en un contexto completamente distinto, un recuerdo que demostraba que había escuchado atentamente. Valeska no lo comprendía. Ni siquiera al cabo de veinticuatro años. Las personas estaban para hablarse las unas a las otras. Para poder decir lo que sucedía dentro de ellas. Eso lo notaba incluso con Halina que no hablaba mucho con la lengua pero sí con los ojos, con la cara y con las manos.
Lo que sucedía dentro de Irma era algo que ignoraba desde hacía años. Y no sólo desde la terrible noticia de que su primer marido había caído, pocos días después de su boda, en Polonia, durante la toma de Radom. Hasta hoy no había comprendido por qué se había casado Irma tan precipitadamente con Heiko, del que no sabía nada excepto que venía del oeste. Irma tampoco lloró cuando se quedó viuda.
Ella, en todo caso, no había visto ninguna lágrima en su cara. Tampoco durante el réquiem en la iglesia parroquial de San Pedro y San Pablo, cuando se despidieron del difunto con el que Irma estaba casada civilmente pero no unida por el santo sacramento del matrimonio, y a veces se preguntaba, llena de premoniciones, por qué se habría negado Irma tan rotundamente a casarse por la Iglesia.
Cuando luego se casó con Skrobek, un taxista corriente, había comparecido ante él, sin decir antes una sola palabra, ante el altar de San Pedro y San Pablo y juntos habían recibido el sacramento del matrimonio –y desde entonces había vuelto a ir a la iglesia todos los domingos.
Y había quitado por fin la pala que había clavado en la pared de su habitación como una especie de recuerdo después de su período de ‘Arbeitsdienst’. ¡Una pala en la pared! Ahí tenía que figurar una cruz o la foto ampliada y coloreada de la boda, pero no una pala. Todo eso ya le habría parecido sumamente extraño en una persona desconocida, cuánto más en su propia hija. ¿Qué tenía que suceder todavía para que se confiase a ella? Valeska no lo sabía.
Quizá su hermano Willi comprendiera mejor a su sobrina aunque sólo conversaran raramente. Una vez le había dicho a Valeska: el silencio de Irma es su llanto. Fue una frase sobre la que estuvo pensando mucho tiempo y que le había gustado. Un largo llanto petrificado: eso era ese silencio. Y Valeska no debía dejar que ese silencio creciese demasiado. Podía alejarlas de nuevo como lo habían estado ya una vez. Sólo por eso hablaba tanto en presencia de Irma, mucho más de lo que solía hacer: quería romper el silencio.
Las dos mujeres estaban sentadas una enfrente de la otra sin decir nada. Luego se levantaron en silencio y salieron de la cocina. Ahora no vendría ninguna Halina a recoger los platos. Cuando volviesen de la iglesia habría allí aún más tazas y platos sucios y tendría que recogerlos ella misma. Pobre Halina, dijo Valeska en voz baja.
Deslizó un brazo por debajo del de Irma, que toleró su proximidad.
Este año es todo un poco más tarde, constató Valeska en un tono sencillo y neutro. Incluso la Semana Santa.
En el jardín brillaba el amarillo de las forsicias y la retama ardía y proliferaba difundiendo su perfume hasta los campos y los terraplenes del tren. Los tulipanes habían crecido grandes y relucientes y sus cálices estaban aún medio cerrados.
En la valla del jardín centelleaba el ciruelo silvestre. La magnolia frente al pabellón del jardín de su hermano no mostraba aún ninguna flor, sólo se veían algunos capullos, el invierno frío había helado la mayoría. Quizá debían trasplantarla al lado sur donde recibiría más sol. Sí, recibía muy poco sol. Pero en el lado sur nadie la vería desde la ventana. Habría que salir afuera para disfrutar de sus flores.
Ella siempre era partidaria de enseñar lo que se tenía. Incluso una magnolia tan magnífica como sólo había una en esa calle y dos o tres en todo el barrio. No se le ocurrió pensar que a su edad no resistiría el trasplante. Valeska podía olvidar tan asombrosamente y por completo las cosas que le resultaban desagradables o no le convenían que más tarde aseguraba de buena fe que no había tenido nunca noticias de ellas.
Mira el espino blanco, dijo Valeska a Irma. Si sigue el buen tiempo tendremos aquí dentro de una semana un mar de flores; su olor te emborracha, sí, eso es lo que hace el olor del espino blanco.
Hablaba como si tratara de tapar algo. Doblaron a la Schr9terstrasse.
Si seguían diez minutos en la otra dirección llegarían a la jefatura de policía de la Teuchertstrasse, y detrás, un poco escondida estaba la cárcel. Constantemente tenía que pensar que detrás de una de las ventanas con rejas estaba Halina. Allí o en otro lugar. Ni siquiera habían informado a su hermano. ¡A pesar de las buenas relaciones que tenía con el tribunal!
Pero el asunto era político, por eso se sumían todos en silencio.
Irma conocía ese camino tan bien como su madre. Ninguna primavera había visto en los jardines un mar de flores de espino blanco. A decir verdad, nunca había visto aquí espinos blancos. Sólo narcisos de un blanco sucio, marzoletas raquíticas cubiertas de hollín y tulipanes gruesos, espigados, de una fealdad repulsiva.
Delante de ellas caminaba cojeando un muchacho. Tenía un pie deforme, y a cada paso que daba, su espalda se torcía de una manera verdaderamente alarmante. Tuvieron que hacer un esfuerzo para no mirarlo.
Dónde… dónde está el espino blanco, preguntó luchando contra un recuerdo de la época en que estaba embarazada de su primer hijo, cuando por miedo a tener un anormal, cretino o idiota, veía por todas partes seres anormales, cretinos e idiotas. Por eso dejó que su madre la condujera hasta un seto y aspiró el olor, porque esperaba que así podría ahuyentar los recuerdos. Era la retama lo que olía tanto.
No es el espino blanco. El espino blanco huele de manera diferente.
Respiraba pesadamente y debajo del abrigo empezó a sudar.
Hemos caminado bastante de prisa, dijo Valeska. Quizá demasiado de prisa para tu estado. Se nota ya que te cuesta trabajo llevar dos vidas.
Preocupada miró a los ojos de su hija. A ella le resultó molesto. Por eso prefirió seguir andando.
No, las madres no debían mirar así a los ojos de sus hijos que ya son mayores, pensó Irma. Siempre quieren participar en algo que en realidad han perdido en el instante del nacimiento.
Irma se preguntó por qué tenían que pasar catorce o quince años, o más, para que lo comprendiesen de una vez o quizá no lo comprendiesen nunca –como su madre.
Y Valeska pensó, ni siquiera mi propia hija puede mirarme ya a los ojos. Desde aquella historia con Kaprzik, aquel idiota, no puede mirarme a los ojos. Rezaré por ella, hoy, Viernes Santo, en la Pasión del Señor que fue azotado, escupido y coronado de espinas, que fue clavado a la cruz, que dieron a beber hiel y cuyo costado fue atravesado por una lanza. Rezaré por ella. Y rezaré por Halina. Y por el pobre hombre que ha llevado a Halina al desastre. Sí, también rezaría por él. No lo había visto nunca y apenas lo podía imaginar.
Enrolló el rosario alrededor de la mano y del libro de oraciones y los colocó delante del cuerpo, ambos debían verse claramente allí, en las proximidades de la iglesia.
Desde lejos descubrieron una cinta blanca y roja que cerraba el paso a la puerta principal. Un coche de bomberos estaba delante, pero las escaleras no estaban desplegadas. Todo estaba tranquilo, no se veía ningún bombero.
Sólo algunos niños esperaban a cierta distancia mirando con curiosidad.
Sobre carteles de cartón alguien había escrito torpemente:
Por favor utilicen las entradas laterales
Valeska preguntó a uno de los niños qué significaba aquello. Sólo hicieron conjeturas.
La tormenta ha arrancado un par de piedras de la ventana de la torre, dijo uno señalando hacia arriba.
Valeska e Irma vieron entonces un gran agujero en una de las ventanas de la torre. Pero si no ha habido ninguna tormenta, se extrañó Valeska.
Las dos mujeres prosiguieron su camino. ¿Con quién vas a confesarte?, preguntó Valeska reprimiendo su curiosidad.
Irma miraba de frente. Pues con quien esté en ese momento. Qué más da, dijo irritada.
No confesaré con Mikas, ni con Jarosch. Lo haré con el arcipreste Pattas, si está, hace mucho tiempo ya que no me confieso con él. Se asombrará cuando me oiga. No te imaginas las cosas que tengo que contarle.
Una sonrisa cruzó la cara de Valeska, y por un momento pareció que había olvidado el día que era. Y todo lo que había sucedido.
Pero mamuscha, dijo Irma solamente.
tiempo sin campana
:kiss: :whistle:
tiempo sin campana
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