A través del mar de soles

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Centro Galáctico – Parte II

Arde a popa el fuego, impulsando a la nave hasta casi la velocidad de la luz. Sus toberas magnéticas rizan el uniforme campo dipolar.
… Una saeta que surca la negrura…
… un penacho blanquiazul de rugiente hidrógeno…
… un asteroide de granito gris que surca la rugiente llamarada…
Succiona el polvo interestelar. Agita un caldero de isótopos. Y los vomita a la tiniebla, una bengala ultravioleta en el abismo insondable.
En el interior, Nigel Walmsley comía ostras.
La última copa de vino, pensó con enojo, escudriñándola. Eso era todo lo que quedaba. Hasta donde se podía dar crédito a los rumores de la nave, ningún otro había traído más de una botella, y eso era lo que se había consumido en los últimos dos años.

 

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Hizo girar la copa e ingirió el gélido trago final. El Pinot Chardonnay suprimió el leve sabor metálico de las ostras y dejó sólo el aroma marino y la suculenta textura. Un recuerdo de la Tierra. Se bebió el frío líquido que quedaba en las conchas y lo paladeó.

A ocho años luz de la Tierra, el eco de la Corriente del Golfo se extinguió.
—Se terminaron —murmuró Nigel.
—Hum… ¿qué?
Se dio cuenta de que se había olvidado de su invitado. Ted había llegado de improviso, después de todo, y justo a la hora de cenar.
—Dudo que pueda reponer el California Chardonnay, y las ostras desde luego que no.
—¡Oh! No. Supongo que no. ¿Estás… estás seguro de que las ostras estaban buenas todavía? —Ted 33 Landon se removió desmañadamente.
—¿ Considerando que han estado almacenadas al vacío durante años, quieres decir? — Nigel se encogió de hombros—. Ya veremos. —Se recostó en la alfombra tatami, y estuvo a punto de hacer añicos con el codo una lámpara lacada. Su desnudez molestaba claramente a Ted. El hombre volvió a moverse, se acomodó en su postura, sentado con las piernas cruzadas. ¡Qué se le iba a hacer! Nigel no había tenido tiempo aún de hacerse con algunas sillas en la tienda de maderas.
Ted sacó su bolsa de tabaco.
—¿Te importa?
Nigel negó con la cabeza. Sí le molestaba durante las comidas, pero probablemente Ted ya lo sabía. Lo sabía todo.
Ellos tenían un perfil de la personalidad de Nigel de más de un metro de largo y también almacenado en ferritas. Él mismo nunca lo había visto.
—¿Sabes?, cuando me enteré de que te estabas construyendo un apartamento en el Área  Inferior de Esparcimiento, pensé que estarías viviendo de mala manera. Pero esto tiene un aspecto magnífico.
Nigel asintió y estudió la sala de estar, intentando verla con los ojos de Ted.
Había un jarrón carmesí, brotes de pálidas flores amarillas, una bandeja de palmatorias con un poco de incienso que ardían lentamente, una caja de madera de teca y paredes con papel de gasa fina. Oblicuos haces de luz amarilla descubrían motas de polvo en el aire ventilado —espera a que Ted tenga que evacuar y vea el retrete, un agujero revestido con porcelana traída de Corea, cerrado con una tapa de madera y flanqueado por unos soportes, en forma de pie, para los principiantes tardíos: agáchate y evacúa—. ¿Por qué enmascarar un valioso momento de la jornada…?
—¿Qué hay? —inquirió Nigel, pasando al habla transatlántica abreviada.
Ted lo fulminó con la mirada, algo envarado aún.
—Estoy reorganizando al personal.
—¡Aja! Eres el nuevo Encargado de Ocupaciones.
—No es ése el término, pero… Mira, Nigel, algunas decisiones son difíciles.
—Así es.
Ted, tranquilizado, compuso una sonrisa amplia pero susceptible de desvanecerse junto con el aleteo de uno de los párpados, tan repentinamente como había aparecido.
—Has sido un ExOp hasta ahora.
—Conectado, sí.
Nigel era demasiado viejo para hacer el trabajo directamente, con la fuerza de sus músculos. Pero su coordinación y reflejos, intensificados por el constante servicio médico, todavía eran buenos. Por lo que le conectaban mediante circuitos a robots servoasistidos que operaban en el exterior de la nave.
—Bueno, hay una larga lista de espera para ese tipo de trabajo. Y tú eres…
—Demasiado viejo —dijo Nigel bruscamente.
—Muchos así lo creen. Cuando se recibió la votación de la comunidad, la votación sobre quién hará algo en el espacio Isis, obtuviste un montón de descalificaciones.
—No me sorprende.
—Así que estoy aquí para pedirte que dimitas. Deja el ExOp.
—No.
—¿Qué?
Seguramente no podía haber sido tan difícil de entender.
—No.
—Pero la votación de la comunidad está muy cerca de ser obligatoria.
—No. Es meramente indicativa. Mis compañeros de tripulación no pueden darme el carpetazo, zip, de ese modo. Tú eres la estructura de mando, Ted. Seguramente sabes que puedes derogar cualquier cosa, salvo una mayoría absoluta en la comunidad.
—Bueno…
—Y con 1.266 votos, dudo que la mayoría me quisiera fuera de mi puesto. Gran parte de ellos no conoce mi trabajo, ni les importa.
Ted tenía un pequeño hábito. Apretaba la mandíbula levemente y fruncía la boca, de forma tan leve que Nigel apenas pudo ver cómo la presión blanqueaba el rojo de los labios.
Luego se tocó los dientes frontales y los frotó cuidadosamente arriba y abajo, como si  estuviera afilándolos metódicamente unos contra otros. Los músculos de su barbilla se contrajeron.
—Técnicamente, Nigel, estás en lo cierto.
—Estupendo, pues.
—Pero tu sentido comunitario debería conducirte a ver que la oposición activa a una mayoría significativa es, bueno, contraria a los intereses a largo plazo de nuestra misión y…
—¡Al infierno!
Ted realizó de nuevo su ademán de afilarse los dientes, mientras distendía los músculos de la mandíbula.
—Creo que encontrarás atractiva la labor alternativa.
—¿En qué consiste?
—Una tarea de altos hornos. Se trataba de fundir la roca del asteroide y pretensar puntales, utilizando cortadores láser y rayos e.
—¿Conectado?
—¡Eh! Sí, por supuesto.
Te enganchaban a las grandes máquinas, te conectaban por la cadera, la rodilla, el codo y la muñeca, empalmando la delicada interfaz electrónica directamente con tus nervios. Y experimentabas la máquina, sentías la máquina, hacías funcionar la máquina, servías a la máquina, eras la máquina.
—No.
—Has estado utilizando mucho esa palabra últimamente, Nigel.
—Es enormemente económica.
Ted suspiró. ¿Aquello era espontáneo o calculado? Era difícil de precisar. Se cogió las rodillas con sus grandes manos. La postura zazen era incómoda para él, incluso con los zapatos quitados. Por alguna razón, la mayoría de los invitados adoptaba esa posición, aun cuando Nigel por lo general se repantigaba sobre los cojines. Tal vez estimaban que la simplicidad rectangular de su habitación oriental sugería a sus ocupantes una disciplina de enderezamiento de la columna. A Nigel le sugería justo lo contrario.
—Nigel, sé que no te agrada abandonar las operaciones externas, pero creo que cuando te hayas adaptado al trabajo de fusión te sentirás…
—Como un sello matasellado.
La cara de Ted enrojeció repentinamente.
—¡Maldita sea, espero sacrificios de todos los de a bordo! Cuando te pido que cambies de trabajo, lo elemental…
Nigel le hizo callar. Había descubierto que un gesto especialmente abrupto, que concluía con el índice extendido, casi siempre daba fin a la furia desatada de Ted. Era una valiosa argucia.
—¿Y si no me someto? ¿Las Cámaras de Retardo?
Éste era el efecto esperado. Sacar de pronto las Cámaras de Retardo a colación elevaba las apuestas. Sin embargo, alteraba la manera comedida con la que los administradores gustaban de negociar y, asimismo, recordaba a Ted el hecho de que Nigel había ayudado a desarrollar las Cámaras de Retardo como conejillo de Indias voluntario. Había pagado deudas que eran más que simbólicas.
—Nigel… —balbució Ted, meneando la cabeza con tristeza—. Me sorprende que pienses en esos términos. Nadie de la comunidad del Lancer quiere meterte en una urna de sueño. Tus amigos simplemente están tratando de decirte que quizás es hora de retirarse de las tareas que requieren reflejos, pericia y vigor que, afrontemos los hechos, estás perdiendo gradualmente. Todos…
—De acuerdo. En otras palabras, siempre han visto mi nombramiento para una labor exterior en activo como un pez político arrojado a una foca sublimada por la 3D.
—Éstas son unas palabras muy duras Nigel. Y por supuesto completamente falsas.
Nigel sonrió, juntó las manos en la nuca, y se recostó con los codos alzados para aliviar el silente coro de la tensión en los músculos inferiores de su espalda.
—No tan lejos de la verdad como podrías pensar —repuso casi con ensoñación—. No tan lejos…
Por su mente desfilaron viejas imágenes: la incursión alienígena en el sistema solar; la perlada esfera del Snark, un navío explorador con el que se había encontrado, sólo unos instantes, más allá de la Luna; el naufragio del Mare Marginis, una cáscara de huevo aplastada que había caído de las estrellas hacía un millón de años; la lógica propia del ordenador alienígena de Marginis que les había enseñado cómo construir el Lancer. Había estado allí, lo había visto, pero ahora las imágenes estaban difuminadas.

Ted dijo solemnemente:
—Había confiado en poder impresionarte con el peso de la opinión que hay tras esta votación. Estaremos en el espacio de Isis dentro de unos meses. Los equipos de superficie deben empezar a practicar en serio. No puedo, en aras…
—Pasaré al status de apoyo —declaró Nigel casualmente.
—¿Qué?
—Ponme en la unidad exploradora de reserva. Seguramente habrá horas muertas cuando estemos en la superficie. Horas en las que la mayor parte de la tripulación estará durmiendo o trabajando en alguna otra cosa. No querrás que esos módulos servoasistidos permanezcan ociosos en la superficie, ¿verdad? Yo simplemente mantendré el puesto. Haré guardia hasta que la auténtica cuadrilla de trabajo vuelva a asumir el mando.
—¡Hum! Bueno, aunque no es exactamente lo que yo había…
—Tus planes me importan un comino, si he de serte sincero. Te estoy ofreciendo un arreglo.
—El puesto de apoyo no es de jornada completa.
—Haré pluriempleo, entonces.
—Bien…
—Trabajaré con los hidros. Agricultura, tal vez. Sí, eso me va a gustar.
Observó a Ted sopesando esta nueva posibilidad. El sujeto barajó la idea como si se tratase dé un animalito huidizo. Probablemente no era ninguna amenaza, aunque sí, impredecible, tan presto a clavarle los colmillos en el pulgar como a escurrirse súbitamente en cualquier dirección insospechada. Nigel no era ni una serpiente ni un esturión, y a Ted le disgustaban las cosas sin etiqueta. Tras el aparente grupo de gobierno político del Lancer acechaban esos directivos tradicionales de segunda fila, con instintos tan viejos como Tyre.
La sonrisa de Ted reapareció de pronto.
—Bien. Bien. Nigel, me alegro de que hayas sido capaz de verlo a nuestro modo.
—En efecto.
—Nigel.
Hubo un embarazoso silencio.
—¿ Hay algo más, Ted?
—Sí, lo hay. Creo que debes darte cuenta de que estás algo así como… distante… del resto de tus compañeros de la tripulación. Eso puede haber influido en esa votación.
—Generaciones diferentes.
Ted abarcó con la mirada las planas, casi romas superficies de la estancia. En la mayoría de los interiores del Lancer cada pared estaba cubierta por una vivida imagen de un bosque, de un océano o de montañas. Aquí, en cambio, los ángulos eran severos y no había ningún sucedáneo de exterior. Ted parecía encontrarlo perturbador. Nigel le observó rebullir en su asiento y trató de adivinar lo que el hombre estaba pensando. Nigel sentía dificultad en entender a gente como Ted si no se entregaba al abrumador proceso de adentrarse en ellos por completo. Por otro lado, Ted era americano. Nigel había vivido en Estados Unidos gran parte de su vida, pero retenía sus hábitos mentales ingleses. Muchos de los puestos de relieve en el Lancer los detentaba el afable tipo directivo americano como Ted, y a Nigel le separaba de ellos algo más que la diferencia de edad.
—Mira —comenzó Ted de nuevo. Su voz era resuelta y pragmática—, todos sabemos que eres… Bueno, tu actividad neural de alguna forma resultó incrementada por el ordenador del Marginis. Por lo que tu entrada sensorial, tu procesamiento, tu correlación de datos…
todo puede darse en cantidad de niveles distintos. Simultáneamente. Con claridad.
—Je, je.
—Vas a parecer algo extraño, seguro. —Sonrió quejumbrosamente—. Pero ¿tienes que ser tan reservado? Quiero decir, si tan siquiera mostrases algún signo de que intentas hacernos comprender cómo es eso, incluso, creo…
—Tanaka y Xiaoping y Klein y Mauscher… —Nigel confirió a los nombres una cadencia machacona. Esos hombres habían ido, después de él, a experimentar con la red del ordenador alienígena de Marginis. Todos habían sufrido un cambio, todos pensaban de manera distinta, todos declararon ver el mundo con una oblicua intensidad.
—Sí, conozco su obra —prorrumpió Ted—. No obstante…
—Has leído sus descripciones. Has visto las cintas.
—Claro, pero…
—Si te sirve de algo, ni yo mismo puedo entresacar mucho de ese galimatías.
—¿De veras? Suponía que todos tendríais mucho en común.
—Lo tenemos. Por ejemplo, ninguno de nosotros habla muy bien de ello.
—¿Por qué no?
—¿Para qué? Difícilmente sea ése el camino a seguir.
—El 3D que Xiaoping realizó significa mucho para nosotros. Si tú…
—Pero no para mí. Y ese mismo hecho es más importante que cualquier otra cosa que pueda contarte.
—Si solamente hubieras…
—Muy bien. Mira, hay cuatro estados de conciencia. Está el ¡Aja! y el Yum-yum y el Oy  vey! Pero la mayor parte del tiempo se da el ¡Ho-hum! —Nigel lució una mueca enajenada.
—Vale, vale. Debería haber sido más sensato. —Ted sonrió cansinamente. Sorbió los restos del té.
Nigel cambió de posición y apoyó menos peso en el nudoso extremo de la columna. El apartamento estaba lejos del eje de giro del Lancer, por lo que la atracción centrífuga local era más fuerte que la de sus antiguos alojamientos en la cúpula. Al moverse, su piel se arrugó y plegó como una bolsa demasiado usada. Aún poseía vigor, pero sabía mejor que nadie hasta qué punto se estaban acartonando sus músculos, se volvían fibrosos e inseguros. Se miró las rojas manchas pecosas de las manos y se permitió un suspiro. Ted malinterpretaría el sonido, pero ¡qué demonios!
Ted rió entre dientes.
—Habré de recordar eso. ¡Ho-hum! Sí. ¡Eh!, mira —-dijo animadamente, preparándose para marcharse—, tu respuesta a este asunto del trabajo ha sido de primera categoría. Me alegro de que haya resultado. Me alegro de que hayamos zanjado el problema antes de que se hiciera, bueno, más espinoso.
Nigel sonrió. Sabía que no habían zanjado nada en absoluto.

2

—¿Qué crees que quiere decir Ted en realidad? – inquirió Nikka.
Paseaban por un sendero que cubría todo el ámbito en torno al interior de la cúpula. En su mayor parte era una extensión de cien metros de bosque, cuajada de pinos, de robles y frondosos matorrales. Podía ser fruto de su imaginación, pero el aire parecía mejor allí, menos rancio.
—Probablemente no más de lo que dice. Por ahora.
—¿Crees que me harán a mí lo mismo?
Una tenue bruma se acumulaba sobre las copas de los árboles y oscurecía los campos que pendían directamente sobre sus cabezas. En la distancia, a lo largo del eje, Nigel acertaba a divisar el otro extremo de la cúpula. Nubes como bolas de algodón se amontonaban a lo largo del eje de cero g de la cúpula, y a través de ellas pudo avistar la distante alfombra verde, tan remota que sólo las rayas euclidianas de las hileras de cultivos resultaban evidentes. Era una zona ajardinada.
—No dijo nada al respecto. —Nigel se volvió hacia ella, extendiendo las manos—. Y en cualquier caso, ¿qué más da?
—Junto contigo, soy el miembro más viejo de la tripulación.
—¡Maldita sea! Tú no eres vieja.
—Nigel, aventajamos en dos décadas a cualquier otro miembro de la tripulación. Él se encogió de hombros.
—Mi labor requiere habilidades motoras. Y están consumidas, me estoy volviendo torpe y pesado. Pero tú eres de las que se mantienen ágiles. No hay ningún…
—Los años que has pasado en las Cámaras de Retardo han atrasado eso.
—Algo. No mucho.
Nikka caminó más aprisa. Su enérgica irritación se traslucía en el modo particularmente cargante que tenía de contonear las caderas al dar cada zancada. Se hallaba todavía en magnífica forma, pensó él. Su cabello negro y liso estaba recogido en un moño espartano enmarcado sobre el franco rostro. Confluía en cascada natural en la coronilla, para convertirse en negro torrente saltarín a mitad de la espalda. Nigel se obligó a mirarla como si fuese una extraña, intentó verla desde la perspectiva de Ted.
Con la edad, la piel se había atirantado sobre sus altos pómulos. Era verdad que ya no poseía toda su fortaleza, o el esplendor de la mediana edad inicial que una vez tuvo. Pero disfrutaba de un magnífico y esbelto edificio que no mostraba signo alguno de estar venciéndose o desmoronándose.
Ella aspiró el aire con evidente regocijo. Se estaba mejor allí, junto a las plantas y cubetas de algas. Si cerrabas los ojos casi podías llegar a creer que te encontrabas en un bosque auténtico. Podías ignorar el grave rumor amortiguado de la interminable llama de fusión.
—Nigel, ¡parece que haga tanto tiempo! —dijo ella súbita y quejumbrosamente.
Él asintió. Doce años desde que el Lancer encendiera sus aceleradores de despegue y se impeliera dolorosamente hasta la velocidad de la luz. Él le cogió la mano y la apretó. Todos habían pasado prolongados períodos de tiempo en el trabajo; en el estudio; en los experimentos, como las Cámaras de Retardo, y en las observaciones astronómicas. Mas los años poseían peso y presencia.

El Lancer fue un trabajo rápido. En el 2021 una gigantesca red de radio, enlazada a través de la cara oculta de la Luna, recogió una extraña señal. Era una pauta débil, variable, de amplitud modulada. Llegó de improviso en 120 megahertzios y dio de lleno en el centro de la banda de radio comercial. Al principio, la red radiofónica del lado oculto había sido prevista para llevar a cabo estudios astrofísicos en el alcance de la baja frecuencia, hasta la región de los 10 kilohertzios. Sólo recientemente los diseñadores de Goldstone, Bonn y Beijing habían instalado un equipo para ampliar el sistema hasta un alcance de megahertzios, porque las atestadas bandas comerciales resultaban ya tan ruidosas que la sensible labor astrofísica era imposible desde la superficie de la Tierra. La Luna era un escudo eficaz.
La pauta de emisión tenía, al decir de la jerga, significativos elementos no achacables al azar y recordaba, quizás, al decamétrico farfullar de Júpiter. La radiación provenía de enjambres de electrones en los cinturones magnéticos de Júpiter. El paso de las ondas a través de los cinturones hacía que los electrones se aglutinasen, por lo que irradiaban como una antena natural. Las emisiones de Júpiter tenían longitudes de onda de cientos de metros, muy por debajo del alcance de los megahertzios. Para explicar estas nuevas emisiones, los astrónomos invocaron a un gigante gaseoso con campos magnéticos mucho más potentes, o densidades electrónicas más elevadas.
Cuando localizaron la fuente, este modelo cobró sentido. Era BD +36° 2147, una oscura estrella roja a 8,1 años luz de distancia, y parecía poseer un planeta grande. Esto resultó algo embarazoso.
La agencia patrocinadora, AIE, se preguntaba por qué una estrella tan próxima no había sido examinada rutinariamente en busca de emisiones inusuales. Una explicación obvia era que la actividad y los fondos se concentraban en los objetos espectaculares de alta energía: pulsares, quásares y emanaciones de radio. Asimismo, las enanas rojas eran un fastidio. Resultaba difícil verlas y llevaban una vida anodina. BD +36° 2147 nunca había recibido un nombre. El batiburrillo de letras y números significaba meramente que la estrella había aparecido por vez primera en el catálogo Bonne Durchmeisterung en el siglo diecinueve. El ángulo de declinación era de +36 grados y 2147 correspondía al número de serie del catálogo, relacionado con la otra coordenada de la estrella, la ascensión vertical.
Por la leve oscilación de la estrella, se podía inferir que algo grande y oscuro giraba a su alrededor. Era una candidata perfectamente lógica para la superjoviana. Los telescopios ópticos orbitales habían descubierto, hasta la fecha, cientos de compañeras oscuras en torno a estrellas cercanas, se había demostrado que esos sistemas planetarios eran bastante comunes, finalizando una controversia centenaria.
Este primer hecho perturbador salió a relucir cuando la AIE hurgaba en los viejos informes de reconocimiento de los radiotelescopios con base en la Tierra. Se evidenció que BD +36° 2147 había sido observada, repetidamente. No había habido emisión detectable alguna. Las ondas de radio actuales debían haberse iniciado en algún momento de los últimos tres años.
La segunda sorpresa se presentó unos meses más tarde. Durante un anómalo intervalo de dos minutos, se filtró una potente pauta ondulatoria. La señal de amplitud modulada era una onda portadora, como la radio comercial de AM. Cribada, acelerada e insertada en una salida de audio, dijo claramente la palabra “y”. Nada más. Una semana después, otro fragmento de tres minutos dijo “Nilo”. La gran antena de radio se hallaba ahora continuamente orientada a BD +36° 2 1 47. Siete meses más tarde interceptó la palabra “después”.
Las palabras se sucedían con exasperante lentitud. Algunos radioastrónomos aseguraban que podía ser debido a un modo extraño de reducción del costo. Dado que la señal se extinguía y reaparecía, un oyente que se perdiese una parte de un largo sonido podía aún reconocer la palabra. Mas esta teoría no explicaba por qué la señal se volvía difusa y variaba de modo tan frustrante. Era como si la remota estación comenzara a transmitir una palabra y luego cambiase a otra antes de que la primera hubiese acabado.
Las señales continuaron. Escupían ocasionalmente un fragmento, una sílaba, pero nunca lo suficiente para dar lugar a un mensaje claro. No obstante, tenían que ser artificiales. Eso erradicó la teoría de la magnetosfera superjoviana. Se mantuvieron en una frecuencia bastante alta, sin embargo, y esto resultó útil.
Ocho meses de minuciosas observaciones interceptaron un desplazamiento Doppler en la frecuencia. El desplazamiento se repitió cada veintinueve días. La explicación lógica era que los pulsos diseminados provenían de un planeta, y que éste se movía alternativamente, acercándose y alejándose de la Tierra como si orbitara a la enana roja. Las observaciones ópticas determinaron la luminosidad de la estrella, y una teoría fidedigna pudo entonces dar la masa probable de la estrella. Era de 0,32 masas solares, una estrella M2. Dado el “año” de veintinueve días del planeta, y la masa de la enana, las leyes de Newton postulaban que la proximidad del planeta a su fría estrella era nueve veces mayor que la de la Tierra al Sol.
Hasta ahí podían alcanzar las observaciones desde las cercanías de la Tierra. Los equipos de radio pasaron años tratando de ver un desplazamiento Doppler debido a la resolución del planeta mismo. No apareció, pero nadie esperaba que lo hiciera. Un planeta tan próximo a su estrella estaría inmovilizado con una cara eternamente hacia el sol, a causa de la atracción de marea entre ellos. La Luna de la Tierra y los satélites galileanos de Júpiter estaban inmovilizados por la misma razón a sus planetas. Mercurio estaría inmovilizado hacia el Sol, de no ser por la atracción en sentido contrario de los demás planetas.
Era sabido por todos que los mundos inmovilizados por la marea eran letales. Un lado estaría calcinado y el otro helado. ¿Quién podría sobrevivir en lugar semejante y erigir un transmisor de radio? ¿Vivían únicamente en la banda crepuscular?
El único medio de descubrirlo era ir allí. En el 2029, la AIE lanzó pequeñas sondas relativistas en misiones de reconocimiento hacia BD +36° 2147. Una fracasó por una explosión de rayos gamma a 136 años luz de la Tierra. Los diagnósticos de a bordo revelaron mucho acerca de la llamarada en la combustión por fusión, antes de que la nave se desintegrara. La AIE ajustó la combustión en la segunda sonda y ésta sobrevivió y se internó en el sistema BD +36° 2147 a un 0,99 de la velocidad de la luz.
Divisó un gigante gaseoso, en el lugar exacto, como causa de la oscilación de la estrella, según se viera desde la Tierra. Pero el crepitar de radio provenía de un mundo del tamaño de la Tierra más próximo a la estrella. La sonda había sido programada para pasar junto al gigante gaseoso, dado que su órbita pudo ser deducida del leve ritmo de BD +36° 2147. El otro planeta se hallaba exactamente al otro lado de la enana roja cuando la sonda penetró con celeridad, por lo que los aparatos automáticos, en denodada pugna por reajustarse, no obtuvieron muchos datos.
Las sondas pequeñas y veloces eran más baratas. La Agencia Internacional del Espacio las favorecía. Pero no podían responder con flexibilidad y la teoría de juegos demostraba que eran una mala elección estratégica, a tenor de los riesgos desconocidos.
Según calcularon quienes valoraron el problema, la mejor actitud era el reconocimiento en firme: el Lancer. Por ello, las tres superpotencias utilizaron su primacía y se apropiaron del recién terminado proyecto Colonia de Liberación. La AIE se hizo con la zona interior del mundo asteroide rotatorio, perforó más dependencias en la roca y agregó cámaras con tracción de duralita que podían contener un horno de fusión. El diseño era una copia del naufragio del Mare Marginis y funcionó bien. Removieron la tierra, plantaron cosechas, abrieron galerías, cortaron rocas y armonizaron una ecología en miniatura dentro de la agujereada cúpula elipsoidal.
Todo esto para volar a velocidades una fracción por debajo de la luz. Hacia el rojo faro de BD +36° 2147, ahora denominado Ra. La palabra “Nilo” en la transmisión, aun cuando parecía irrelevante y posiblemente una equivocación —los niveles de error en la decodificación sí eran significativos— se convirtió en un pretexto para invocar la mitología egipcia. Al mundo transmisor se le llamó Isis, la diosa de la fertilidad. El gigante gaseoso externo recibió el nombre de su hijo, Horas. A la comunidad astronómica le llevó dos años decidir todo esto. En el Times de Londres se publicaban cartas poniendo en discusión el asunto. A los ingenieros, por descontado, aquello les importaba un comino.

Las mieses susurraban mientras seguían caminando por los plantíos, y el seco sonido era como el de Kansas en un exuberante día otoñal. Nigel se protegió los ojos del fuerte resplandor de los fosforescentes. Los enormes cuadrados estaban regularmente espaciados en el curvado suelo de la cúpula, iluminaban los campos del lado opuesto, fortalecían la ecología del Lancer. Era un fulgor envolvente.
La combustión de fusión de la tobera del Lancer suministraba abundante electricidad a los paneles de fósforo, pero a Nigel le seguía pareciendo un fútil despilfarro de fotones.
Nikka interrumpió sus pensamientos.
—¿Cuál crees que puede ser nuestra mejor táctica?
—Hemos de salir al paso de las críticas. Sobre nuestras…
—Habilidades físicas en declive.
—Sí.
—De acuerdo, pues… deberíamos trabajar en tareas modestas. Superfluas.
—Hasta que alcancemos Isis.
—Entonces… bueno, nos agenciaremos un trabajo interesante.
—No les dejaremos que nos convenzan para hacer un trabajo de oficina.
—Exacto. Tal vez tengamos que contentarnos con el control de robots o algo así, pero…
—Nada de papeleos.
—Eso es. Mientras tanto…
—Evitaremos a los bastardos.
Ella sonrió y repitió con cierto alivio:
—Evitaremos a los bastardos.

Meses antes, el Lancer había soltado una emisora de radio auto constructora, dejándola caer en su estela. Al navegar en el interior de un capullo de plasma ionizado por descargas, no podían elaborar mapas de radio de alta resolución. La emisora se desovilló y desplegó. Alex controlaba las antenas servoasistidas mediante control remoto y preparó concienzudos mapas de apertura sintética del sistema Ra. La estrella misma refulgía violentamente, enviaba lenguas de fuego a gran altura en su corona. La detallada cartografía de su meta, Isis, llevó mucho más tiempo.

Nikka despertó a Nigel zarandeándole cuando repiqueteó el Sec del apartamento.
— Déjame — masculló él.
— Basta de representar al lagarto tendido al sol. Es el examen de la Asamblea.
— ¡ Ah! Le echaré una ojeada.
Nikka tecleó en su muñeca y la pantalla mural se encendió. Acalló la voz de Alex que daba explicaciones e hizo más grande el mapa. Nigel escrutó la imagen redondeada. El disco de Isis era un revoltijo de curvas de nivel parecidas a espaguetis.
—Acné planetario —comentó él. Nikka dijo:
—Eso de ahí, parece el sistema de un valle fluvial.
—No puede ser. Es un engaño de la vista, probablemente. Recuerda que esto no es un radar. Están recogiendo las transmisiones de Isis.
—¿Cómo pueden venir del planeta entero? Él entornó los ojos.
—La manera más sencilla y eficaz de emitir, a través de distancias interestelares, es con una antena fija.
—Sí… —Ella se peinó el negro y liso cabello con los dedos—. O eso es lo que creemos.
—Las ondas electromagnéticas son independientes de la cultura. No tiene sentido utilizar montones de antenas.
Él se conectó al sistema interactivo de discusión, tumbado aún en la cama. Pero no surgió ninguna idea interesante.
—Espera a que estemos más cerca —dijo él. Nikka amplió el mapa hasta la escala máxima.
—Sigo diciendo que esto parece un valle fluvial.

3

Isis era un mundo rojo. Del color de Marte, pensó Nigel al mirarlo. Más pródigo en aire, abarrotado de nubes.
Una cálida faz vuelta siempre hacia Ra. La otra mirando gélida e inexpresiva hacia el frío eterno. Estaba inmovilizado por la marea. En la noche inmemorial, la Tierra gemía bajo inmensos glaciares azules. La mitad de un planeta coronado de hielo.
Los vientos, que provenían del ocaso, nutrían a las grandes montañas adormecidas, revestidas de blanco, trayendo hálitos de fresca humedad. En la línea perpetua del amanecer, donde resplandecía la lóbrega luz rosácea, los icebergs surtían a un rojo océano. El mar circundaba a Isis de polo a polo y separaba hielo y tierra. Era rosáceo y especular, azotado por vientos y tachonado de nubes amarillo-anaranjadas.
Más hacia la estrella aún, amplios abanicos de olas batían contra precipicios de pedernal cortados a pico. El mar desgarraba los altos acantilados del único continente de matiz parduzco.
Dedos de agua se adentraban en la tierra, hacia Ra. Los valles fluviales tallaban el granito gris, como si quisieran aferrar la faz del mundo para obligarla a ir hacia el fuego. Eran dedos que hurgaban el Ojo.

Canal=11: Sí, la pauta, como digo, corrobora la teoría. Allí hay una perfecta pauta de tensión. Puedes ver las fallas y depresiones normales en los polos…
Canal=20: Un momento, no hay ningún polo y, si entiendo tus cálculos, tu equilibrio es erróneo desde el primer paso…
Canal=5: ¡Jesús!, comprobad el inventario químico los de abajo, yo…
Canal=11: No, dispongo de todo un continuum de equilibrio teórico que puedo utilizar y este caso encaja. Todo encaja si asumimos que por el movimiento de rotación de Isis se formó una protuberancia en el ecuador y, luego, cuando Ra lo invirtió, quedó liberada la energía centrífuga, por lo que Isis intentó reajustar su superficie para deshacerse de esa panza. Así, se obtiene una fractura en una pauta global…
Canal=5: … demasiada absorción en esos océanos, y algunas líneas extrañas, mira esos picos en torno a los 5.840 angstroms, eso no es…
Canal=18: Es curioso, los lagos de aquellas tierras altas, parcialmente fuera del Ojo, son azules, pero el océano es rosa. Supongo que lo que quiera que…
Canal=5: Aquello de allí arriba es agua de lluvia fresca en los pasos de montaña, nieve fundida, debería parecer azul…
Canal=11: … eso deja libre el ecuador, ¿ves?, por lo que el empuje de las fallas escindió el esquema cupular, y la energía quedó desencadenada hacia el borde…
Canal=20: Vale, nada de polos, tus cálculos estipulaban una capa limítrofe y eso es lo que hace que éstos se adecuen. ¿Ves aquellos desfiladeros con forma solapada de gubia? Imagino que demuestran algún tipo de distensión de la corteza al detenerse e iniciar todo un proceso tectónico…
Canal=5:… la estructura 5.840 es sólo un bancal de las colinas. Así ha de ser, Nigel, porque está tan claro como el agua que ése es el grupo de silicato de hierro, si no fuera por el día tan asqueroso que hace ahí abajo, y…
Canal=11: … obtienes redes de compresión que dan lugar a esas fallas dislocadas, o fallas laterales. Puedo verlas en esta ampliación IR, aquí, cantidad de grietas, toda una morfología erigida cuando aminoró la rotación del planeta…
Canal=3:… pero, entonces, ¿qué son esos espantosos picos justo en el centro del esquema de polarización, eh? Seguramente no me vas a pedir que crea que una llanura de barro nos está dando esos picos, ¿verdad? Difícilmente. Nos los está dando el mar, y ha de tener óxidos de hierro para hacerlo y proporcionar potencia lineal suficiente…
Canal=18: Los lagos azules implican que lo que hace rojo el mar no opera a grandes altitudes…
Canal=5: Eso es una patraña, no puede haber un efecto de altitud con un gradiente tan nimio, no soportaría un…
Canal=18: Vale, entonces lleva tiempo hacer que la química entre en acción, así que para cuando la lluvia ha discurrido hasta las tierras bajas algo está…
Canal=29: … se había equivocado por dos veces, Cristo, por lo que me encogí de hombros y refunfuñé, no hay nada malo en no tener nada que decir, claro, pero intenta no decirlo en voz alta, y el hijoputa entonces se lo soltó a Gulvinch sin tapujos…
Canal=20:… intensifica todo eso hasta que el estrato abovedado… Sí, así me gusta… no pueden soportar la presión lateral y se quiebran, apuesto a que también todo ese hielo debajo del otro hemisferio, hum, y tienes cantidad de ciclos en los materiales de superficie que desgajan la vetas cada dos milenios hunnert. Piensa en lo que eso hace al promedio reiterativo con la atmósfera cuando horneas ese hierro recién expuesto cada vez…
Canal=5: Mira, eso es algo que sabemos. Observa ese espectro, debería tratarse de una atmósfera reducida con todo ese hierro, por descontado, de no ser porque los niveles de oxígeno se elevan, pero incluso así es únicamente a un nivel de un dos por ciento, dos por ciento de O2. Puedes verlo aquí mismo, mira, es sólo un pico en ese viento. Las líneas son erróneas, no son en nada similares a las de la Tierra, pero apuesto a que es el mismo condenado proceso, el mismo modo en que nuestro aire se transformó en lugar de reducirse hace millones de años. El problema es que no hay mucho O2, ¿verdad? No mucho si quieres respirar ahí abajo.
Canal=6: Es de ambas formas, abre los ojos, pon éste sobre el otro y te quedará claro…
Canal=3: ¡Ah, ferroso y férrico! Ambos. Así que hay cantidad de oxígeno ahí abajo, tanto como en la Tierra, pero está asociado al hierro.
Canal=29: … nada de lo que pudiera decir serviría…
Canal=20: … así que esto corrobora lo que dicen los muchachos del espectrógrafo de radicación reflejada dispersa, las fallas revientan de tal forma la maldita turba que el hierro resulta reprocesado continuamente junto con el aire. No pudiendo retener el oxígeno, el agua se vierte cada vez que llueve, y el mar es una solución de mierda ferrosa, ahí es donde está el O2, hombre, te digo…
Canal=56: A ese mequetrefe del P4 se le ha ocurrido alguna idea disparatada, escúchalo, cree que todo es hierro. Pero fíjate en esto, el punto grande de allí, mira ese inmenso volcán. Eso es azufre, sin duda, grandes emanaciones que, emergen de forma tan regular como en el Maybelle; volcanes sulfurosos engastados en el centro del Ojo, y si eso no retiene un montón de oxígeno, con tales vientos… Quiero decir que hemos medido la velocidad de expulsión de los cráteres en activo y enrarece rían toda la maldita atmósfera en dos, quizá tres años; por lo que todo eso de abajo es óxido de azufre, eso es el Ojo no dunas de arena, ni dióxido de silicona, es dióxido de azufre…

La imagen cobró nitidez cuando los ordenadores eliminaron las refracciones fortuitas del grumoso aire de abajo. Isis se avecinaba.
Era de color amarillo. Un amarillo reseco, antiguo. Tersas arenas amarillas rielando, tachonadas de oscuras crestas de roca erosionada. Desde el centro calcinado, el punto subsolar, se levantaban vientos cargados de un polvo ácido y acre. Las dunas marchaban delante de los vientos en hileras de cien kilómetros de longitud. Se torcían lentamente al girar las corrientes de aire, de forma semejante a un sistema de vientos alisios, y regresaban a la pupila abrasada del Ojo, en un oleaje con un ciclo intemporal.
El Ojo se tornó rojizo y más tarde marrón. Un vestigio de humedad. Lo demás era un desierto. Un conjunto de escabrosas colinas rojas, erigidas en un anillo concéntrico de montañas: la cuenca del Ojo. La nieve moteaba de blanco las cumbres. Los altos valles acogían el frío aire por encima del acerado fulgor de los lagos.
El azote constante de los vientos del Ojo había alisado la tierra. La brisa levantaba un polvo rosáceo en gruesas columnas que se derramaban sobre las altas laderas de la montaña hacia abajo, lejos del Ojo, e inundaba los valles con un envolvente calor. Sólo en los cambiantes parajes donde ni las nubes ni el polvo se cernían sobre la tierra podían los distantes telescopios avistar las secas llanuras y los valles esculpidos de Isis.
La única, inmensa y concéntrica cadena montañosa era intrincada y cortada a pico. Ríos fangosos descendían por las anchas faldas, lejos del Ojo, hacia el mar que circundaba el planeta. A mayor distancia del Ojo, el ralo desierto cedía el paso a la enmarañada vegetación. La hierba era parduzca. Había algo semejante a árboles. Eran sombras verdosas, rosáceas, grises y de un naranja pálido.
Una fina capa de polvo flotaba en el aire inferior y enturbiaba las imágenes ópticas, hurtando la nitidez. Sólo mediante los rayos infrarrojos la visión era lo bastante buena para distinguir objetos en la escala de los cinco metros. La flora era abundante. Franjas de vegetación invadían los ríos serpenteantes.
El IR escudriñó lo de abajo e identificó algunos detalles. Eran lechos oscuros de vida vegetal en el mar. Praderas. Y después, movimiento.

—ReppleDex, soy el comandante. ¿Habéis instalado ya ese sistema, o tendremos que daros una patada en el culo?
—Acabamos de conseguir buena definición en la radio. Ted. Échale un…
—Lo estoy viendo, Alex. Lo que queremos es la interferometría…
—Son fuentes puntuales, ¿no?
—Nigel, soy Ted. Sal de las líneas del comunicador.
—Soy un consejero, ¿recuerdas? Sólo estoy fisgoneando, de todas formas.
—Bien, mientras no entorpezcas… ¿Eh, RD, cuándo podremos tener…?
—Tiene razón, Ted, todavía no podemos determinar las fuentes. Son condenadamente pequeñas. Podríamos ver cualquier disco realmente grande en un alcance de una A U, por lo que creo que ya deberíamos haber detectado…
—Vale, vale, eso es interesante. Pero…
—… y la razón por la que nunca hemos conseguido descifrar las señales, tendríamos que habernos imaginado a estas alturas…
—¡Oh! ¿Qué?
—Están estas fuentes puntuales, puede que un millón, pero no están transmitiendo al unísono. Quiero decir que no están acopladas en sincronía de fase. Todas las fuentes están intentando emitir la misma cosa, pero todas van un poco por detrás o por delante de las demás, por lo que resulta un desbarajuste.
—Que me aspen, ¿por qué iba alguien a escoger ese método de comunicación interestelar?
—Alex, ¿sobre qué longitud están correlacionadas las señales?
—Nigel, te he pedido…
—Piérdete un rato, ¿eh? ¿Alex?
—Bueno, déjame activar esto de aquí… Sí, la longitud de la correlación espacial es de unos treinta Klicks, puede que algo más.
—¿Cómo se corresponde con la topografía?
—Escucha, conéctame a ese multicanal, Ted, y… Sí, ahí está.
—¿Siguen los perfiles del valle?
—¡Hum!, sí. Más o menos. Las fuentes están repartidas a lo largo de los valles. No hay muchas en las montañas.
—Es en los valles donde se dan las mejores condiciones de vida. El agua. Te doy paso, Ted.
—Muchas gracias, Nigel. Es estupendo intercalar una palabra de vez en cuando. Déjame poner esto en orden, Alex. Si exploras el valle con el interferómetro hallas que la señal es coherente. ¿Todas las fuentes puntuales están emitiendo juntas?
—Correcto.
—Pero si vas al siguiente valle, las fuentes están emitiendo algo ligeramente por delante o por detrás del primero.
—Sí. Eso es lo condenadamente extraño. El promedio de bits es todavía bajo, igualmente. Y las fuentes no son regulares.
—¿Cómo es eso?
—Bueno, en el plazo de unos minutos alguna de ellas se extingue. Asimismo, aparece una nueva de vez en cuando, por lo que el número es aproximadamente constante.
—¡Hum! Mira, Alex, llamaba para preguntarte por el disco exterior. Ibais a tenerlo en línea a las 14 horas, y ya han pasado. Necesitamos esa línea de base más grande, para obtener la definición que precisamos, y la necesitamos ahora.
—Dale tiempo, Ted.
—Nigel, creí que…
—Estoy meramente curioseando, si no te importa. Estoy seguro de que Alex tendrá las cosas a punto, en su momento, si dejas de incordiarle por ello. Deseaba disponer de un instante para revisar todo esto, Ted. Tienes los perfiles óptico e IR delante de ti, a buen seguro.
—Sí, puedes bajar a Control para verlos, si quieres.
—Ya lo he hecho. Estoy limitado a esta consola, para utilizar las capacidades de autoprogramación. De todas formas, Control está abarrotado.
—Vale, vale. Si esperases la entrada como el resto de la tripulación…
—Me estaba preguntando si has considerado las implicaciones, Ted. Ninguna traza de ciudades. Ninguna área urbana. Ningún rasgo rectilíneo de envergadura, ni campos, ni carreteras. Y las emisiones EM son débiles, a excepción de la señal interestelar.
—Sí. Condenadamente curioso. Aunque puede que estén viviendo bajo el suelo, que utilicen toda la tierra para la agricultura y se sirvan de cables para las transferencias de información. ¡Demonios!, nosotros hacemos eso en la Tierra. Despilfarramos energía en transmisiones atmosféricas sólo en los primeros días de la radio y de la TV.
—Incluso la agricultura se evidenciaría a esta distancia. Podríamos ver sembrados.
—Puede que sí, puede que sí.
—He estado haciendo correlaciones cruzadas de las ubicaciones preliminares de Alex sobre las fuentes de radio (los puntos EM, los llama así por el electromagnetismo) con el IR. ¿Ha hecho eso alguien de Control?
—¡Eh! Yo no…
—Me gustaría cotejar mi trabajo. Hay problemas por la relación señal-ruido y he estado sirviéndome de los subsistemas de autoprogramación para desplegarlo…
—No, mira, Nigel, hemos estado demasiado ajetreados para intentar eso aun. Sugeriría…
—La cuestión es que algunos de los puntos EM y de los puntos IR son los mismos.
—¿Cuáles?
—Ahí está la dificultad. Son las fuentes IR móviles, al parecer.
—¿De las que hemos obtenido ubicaciones variables? No entien…
—Lo que estoy diciendo, Ted, es que los transmisores de radio desprenden calor igualmente. Y lo más importante, están en movimiento.
—Bueno, no…
—Eh, hemos acoplado todo esto, pero tenéis que manteneros alineados con nosotros o no conseguiremos una mierda cuando…
—Alex, soy Ted, pásanos una proyección de tus mapas. Quiero compararlos…
—¿Con el IR?
—¿Eh? Sí.
—Nigel me ha estado dando la paliza con ese rollo. Quería los primeros resultados. Acabo de reiterar y verificar los puntos que me pidió. Son variables. Lentos, pero en movimiento.
—¿Estás seguro?
—Sí. Los puntos IR son bastante débiles, casi suprimidos por el fondo térmico del paisaje. Jenkins me ha dicho que se trataban probablemente de leves vientos volcánicos…
—No es en absoluto plausible.
—¿Desde cuándo te has convertido en geólogo? Mira el polvo y los detritus de ahí abajo, nadie sabe a qué atenerse con ese IR.
—Cierto. Hemos de bajar a ver.
—Eso es algo prematuro, Nigel. Nos mantenemos a una distancia segura. Pasar ahora al estadio de superficie sería violar nuestras normas, y lo sabes.
—Desde luego que lo sé. Pero eso es lo que tendremos que hacer.

 

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