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La bella joven que salió del edificio de genética tenía un cuerpo extraordinario. Desde lejos, sólo parecía esbelta y hasta quizá se la juzgaría delgada; pero al lado de las dos feas estatuas seudogriegas que flanqueaban la entrada del edificio, podía verse que su estatura era fenomenal: medía por lo menos dos metros y medio.
Miró con indecisión hacia abajo de las escaleras; sus ojos, rasgados como los de un gato soñoliento, brillaban a la luz del sol matinal. Un pequeño grupo de estudiantes que se encontraba al pie del último peldaño suspendió su charla y se volvió hacia la joven. Sena sabía la hostilidad que significaba aquel silencio.
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Contoneándose como un petimetre, inició el descenso. Aquellos escalones no habían sido diseñados para la esbelta diosa; por lo menos debían de haber sido unos cinco centímetros más altos y con la base dos veces más ancha. Al irse aproximando ella, los estudiantes fueron dándole la espalda y con ademanes simularon estar averiguando el estado del tiempo.
—Malditos gigantes torpes —murmuró uno.
—Todos los que midan más de tres metros de estatura salgan del cuarto —dijo otro.
Sena había oído esas diatribas con anterioridad; pero no pudo acostumbrarse a ellas y todavía la lastimaban. Se le hacía difícil no contestar con alguna frase semejante a esta: "Quítense de mi camino, pigmeos", o alguna otra, para poner a aquellos insolentes en su lugar.
Algunos gigantes lo habían hecho en los primeros días; un grupo de ellos había adquirido complejos de superioridad, no solamente respecto a los ordinarios diploides humanos, sino hasta sobre el propio doctor Fred, su creador. El final de tal grupo no había sido bonito, pero sí ejemplar. El señor Fred, doctorado en ciencias biológicas, contaba la historia muy a menudo:
—No piensen ustedes —decía— que son superiores a sus prójimos diploides sólo porque físicamente pueden mirarlos desde arriba. Llegará el día en que la duplicación de cromosomas será cosa corriente. Si esto llega a ocurrir, será porque el proceso tenga verdaderas ventajas para la reproducción normal; pero esto todavía deberá probarse. Si ustedes quieren ver tales pruebas, no se den esos aires de suficiencia, o no vivirán para verlo.
Por aquellos días, los gigantes obedecían al doctor Fred. Él los había creado; pero, como ya era tan viejo, se pensaba que podría morir antes de que el año finalizara; sin embargo, sus colosos no esperaban que eso ocurriera. Lo consideraban un hombre diferente de todos los demás diploides y les parecía imposible que las limitaciones físicas de aquellos seres comunes pudieran aplicarse a su creador.
¡Cuidado, cuidado! La brevedad del promedio de vida de los diploides no era necesariamente una desventaja. Ese modo de pensar podría conducirlos a la locura.
Sena pasó frente al grupo de estudiantes, dándose el pequeño placer de disimular que los había visto. Como la mayoría de los gigantes, Sena se sentía un poco incómoda entre las personas normales; se sentía como pudiera sentirse el padre de una familia numerosa en una juguetería.
Pero había algo más que eso. Ni siquiera los edificios más altos del mundo eran suficientemente altos para ella, ya que aun éstos tenían demasiado bajas las entradas y no permitían entrar con comodidad a los gigantes. Toda la civilización humana parecía estar esperando ser reconstruida, más grande, mejor, más limpia y alta.
¡Y el tiempo! A los gigantes les sobraba. Su promedio de vida todavía no había sido precisado, pero, por lo que se sabía, ninguno de ellos había muerto, excepto por la violencia, como en la matanza ocurrida en Pasadena quince años atrás. El doctor Fred aseguraba que de no provocarles la muerte, podrían vivir seis veces más que los diploides humanos normales. De las primeras investigaciones biológicas realizadas en el año 1800, en Francia, por el naturalista francés Lamarck, se desprendía que la naturaleza producía solamente un organismo tetraploide adulto en un millar, y éste alcanzaba a vivir seis veces más que los organismos normales. Y, confirmando estas investigaciones, los primeros tetraploides sintéticos que se habían probado en la época del doctor Fred, acusaron los mismos resultados.
Los experimentos iniciales de tetraploides fueron con plantas, con la "Datura", el común estramonio de flores grandes, que había sido desarrollado en el Colegio Smith en 1937. El Departamento de Agricultura de los Estados Unidos extendió el provechoso proceso hacia plantas comestibles de todas clases.
Ya habían iniciado también, dirigidos por Haggqvist y sus asociados, en el Instituto de Karolinska, de Estocolmo, Suecia, los experimentos con cerdos y conejos. Con ellos se probó que el poliploide artificial en los animales era posible. Desde esos días de 1950 en adelante, el camino que guiaba hacia Sena estaba claro.
Para Sena, que aún no tenía cuarenta años, el pequeño mundo entero estaba en las angustias de una oleada de primavera interminable; una juventud que duraría más de un siglo, con puentes de juguete, casas y pistas de aviones a sus pies, más tiempo del necesario para aprender todo lo que ella necesitaba saber y con los amantes de cejas arqueadas y figuras de dioses caminando a pasos largos por las calles de los ordinarios diploides humanos…
El mundo esperaba, inundado de un delicado verdor que nunca moriría.
—¡Sena!
Se volvió al llamado. Era Sam Ettinger, el joven de pelo negro, experto en radiación, que corría tras ella, cruzando los cuadros de cemento a grandes zancadas. Los estudiantes se separaron de los escalones para verlo pasar.
—Hola, Sam.
Se acercó a ella sonriendo. Tenía arrugas en los extremos de los ojos y un modo de mirar a la gente como alguien que estuviera mirando a un cachorrito de tigre, soñoliento: con curiosidad y admiración, pero con cierta cautela al mismo tiempo.
—Te has alejado en estos días —le dijo él—. Uno pensaría que tú y yo no tenemos nada en común para este ciclo.
—No digas eso, Sam —le contestó ella, tomando sus manos—. Siempre tenemos muchas cosas en qué pensar; ya lo sabes. ¿Qué pasó con la casa?
—No logré nada —dijo Sam, frunciendo un poco la boca—. Cuando llegué, los encargados dijeron que ya la tenían toda comprometida.
—¿Construida a escala?
—Sí, "a su escala", como siempre. El agente estaba dispuesto a rentármela si podía pagar tres veces más que la renta ordinaria, y me negué a dársela.
—No te culpo —Sena le soltó las manos, descorazonada. Todo el placer que la luz del sol le había proporcionado se le esfumó—. ¿Qué vas a hacer ahora, Sam? El doctor Fred puede darse el lujo de tener paciencia porque ya es viejo; pero nosotros tenemos que convivir con esta maldita sociedad.
—Tiene sus ventajas —le contestó Sam—. Pero probablemente podremos sobrevivirles. De todos modos, tengo ese trabajo al aire libre acerca del cual te platiqué.
—Todavía no lo puedo entender bien. Yo pensé que nos estaba prohibido tomar parte en los deportes de los diploides regidos por sus propias reglas —dijo Sena.
—No podemos, no podemos. Pero hay un equipo de exhibición de fútbol formado por tetras, al igual que para otros deportes, hockey y boxeo también, pero todos de exhibición solamente. Vamos a usar unís armaduras de protección y la bola de fútbol pesará 12 kilos. Naturalmente, jugaremos contra otro equipo de tetras y acudirán por millares a vernos matar los unos a los otros.
—¡Sam, Sam! —dijo Sena, sollozando. Los estudiantes, interesados, no dejaban de observarlos cuchicheando—. Qué cosa tan bestial tienen que hacer; considero que hasta cavar zanjas no sería tan malo.
—¿Cavar zanjas? —comentó Sam pausadamente—. Ya lo he tratado, Sena. También traté de conseguir un trabajo de estibador y de acarrear ladrillos a los albañiles, y otras cosas semejantes, pero las uniones sindicales no me lo permitieron; quizá para cuando me gradúe, ¡también habrá Unión de Radiólogos!
Miró abstraído hacia el cielo y prosiguió:
—Tienen razón desde su punto de vista. Nosotros somos máquinas que les economizamos trabajo. Pedemos hacer más rápidamente cualquier labor pesada que los diploides. Si las uniones nos admitieran, tarde o temprano acabaríamos por desplazar a los ordinarios humanos. Pero esa exhibición de fútbol no los afecta económicamente, porque no nos está permitido jugarlo contra ellos, sino exclusivamente contra equipos de nuestra nueva generación de tetras. ¿Sabes lo que Methfessel, el promotor, quiere llevar a cabo después de los juegos de fútbol?
—¿Qué? —replicó Sena, con un nudo en la garganta.
—Quiere organizar torneos en forma real: hacer que los tetras monten grandes caballos percherones; proveerlos de flechas, espadones y todo lo que se usaba para esos torneos en la época medieval. Dice que si consigue el permiso del gobierno, pagará cien dólares diarios y quizá algo más.
—¡Por asesinato!
—No precisamente. Maurey dice que una aleación de acero con molibdeno proporcionará una armadura lo suficientemente fuerte para detener las flechas de acero cromado, y que, por supuesto, los espadones serán como de juguete.
—¿Te das cuenta, Sam? ¡Nos están haciendo pelear entre nosotros! Muy pronto estaremos tomando esos torneos seriamente y nos dividiremos en grupos rivales como los antiguos aurigas romanos, convirtiéndonos en sobornadores y asesinos. Claro que Maurey ni siquiera se pondrá a considerarlo.
—Bueno, Maurey es muy listo —replicó Sam—; de todos modos a mí no me atrae la idea de participar en esos torneos. Simplemente tomaré parte en el fútbol como un medio para vivir por el momento. Quizá hasta podremos encontrar muy pronto una casa.
—Puede ser —dijo Sena—. Pero mientras tanto no tendremos otro recurso que acudir a los dormitorios públicos. Envidio a los que tienen sus padres que viven cerca de la Universidad…
—No los envidies —la interrumpió Sam—. Mis padres me tienen miedo. Lo único que ellos pensaron acerca del tratamiento de paracolchicina fue que harían de mí un hombre fuerte y grande. Y ahora soy, ¡oh!, bueno, no muy velludo, ya sabes. Mi hermano mayor me detesta. Le hago sentirse como un pony y alega que sus negocios se ven afectados por tener un tetra en la familia. Del modo como lo dice parece que alguien tuviera un cocodrilo atado con una cuerda.
—Lo entiendo, Sam. Pero vale la pena. Hay un viejo cuento indio que habla de la oruga cornuda que se acercó a mamá tortuga a lamentarse de su fealdad. Ésta tenía una copa llena hasta la mitad de un vino delicioso y la otra mitad contenía un líquido de sabor desagradable. Hizo que la oruga bebiera; pero al hacerlo se mezclaron los dos contenidos, y desde entonces, las orugas se convirtieron en bellas mariposas, pero no pudieron evitar el ser tan feas mientras dura su metamorfosis.
Sam rió burlonamente, y comentó:
—Esos cuentos son como el colocar un pastel en el firmamento: la vieja ley de compensación de Emerson. Yo no trato de mejorar las cosas para nosotros, pobres orugas malditas; no me consuelas al prometerme que en el futuro me convertiré en una bella mariposa. Caminemos o llegaremos tarde a la clase de filosofía.
El cachorro tenía apenas seis semanas de nacido; ya empezaba a caminar, vacilante aún, sobre el piso del laboratorio; ensayaba pequeños saltos, pero caía sobre sus patas traseras, e inesperadamente, se sumía en profundo sueño en medio de alguno de sus intentos. Le habían designado su propia caja para dormir, pero prefería hacerlo en un cesto de desperdicio que se encontraba volcado y era demasiado pequeño para él.
El doctor Fred, Frederick R. Hyatt, en días formales, miraba a la perrita mientras ésta mordisqueaba la pata de una mesa. Maurice Saint George observaba a los dos con una expresión que parecía indicar no saber quién de los dos le divertía más.
—Pero, ¿por qué escogió usted un perro, doctor Fred? Con seguridad quería usted llevar a cabo todos los experimentos necesarios en animales antes de hacerlo con humanos. ¿Hay algo nuevo?
—¿Eh? ¿Nuevo? No; no es nada nuevo —respondió el doctor Fred—. Es algo que había abandonado en las primeras etapas del trabajo. Esta perrita es como un niño de probeta; su madre fue inseminada con espermatozoides conservados en una solución de suero fisiológico y le agregué una dosis adecuada de paracolchicina.
—Entonces, ¿solamente pretende duplicar los espermas cromosomas?
—Correcto. Es una triploide, no una tetraploide, aunque parece que va a ser tan grande como un caballo, como el resto de mis criaturas.
La perrita no pudo mantenerse de píe, y dio una voltereta en el suelo, quedando con las patas tendidas. Lanzó hacia Maurey un sordo ladrido, como culpándolo por su caída. El doctor Fred la levantó, poniéndola de nuevo en su caja y diciéndole cariñosamente:
—A dormir, Decibelle.
Al encontrarse de repente en la oscuridad, Decibelle, obediente, aunque no por su voluntad, se durmió.
—Será una bonita mascota —dijo Maurey.
—No lo crea usted así, Maurice. No nos atreveremos a exhibir en público animales gigantes en esta etapa evolutiva. Decibelle tendrá el ladrido más imponente de todos los de su especie en el mundo entero; más que los Gran Daneses o San Bernardos. Si la exhibiéramos, se nos vendría encima una prohibición judicial inmediatamente.
Se levantó Maurey de su silla. El doctor Fred advirtió con interés que al ponerse de pie no inclinó la cabeza como era habitual en los otros tetraploides. El techo del laboratorio tenía suficiente altura para que aun el más alto de ellos pudiera estar cómodamente; pero de todas maneras era difícil para ellos vencer la tendencia que adquirieron al penetrar en las habitaciones ordinarias. Evidentemente, Maurice se había sacudido aquel hábito; en general, Maurice parecía ser el que mejor se había ajustado a su estatura de gigante y también, sin discusión alguna, tenía el más elevado cociente de inteligencia.
Bueno, en realidad no había por qué sorprenderse. A pesar de inducirlo a doblar los cromosomas, o mejor dicho, impedirle la división reductora durante la mitosis, el tratamiento con la paracolchicina en realidad no tuvo ningún efecto genético, esto es, que no afectó los genes en sí. Lo que se produjo en él, fue una mutación completa; no ocurrió una metamorfosis catastrófica resultante de cambios químicos en la heteromatina genética. En vez de eso se hizo posible un cambio para la esencial expresión somática de la herencia individual, elevándola a una enorme escala. La inteligencia en aquella gran negra cabeza de Maurice, no tenía ninguna relación con la obra del doctor Fred.
Pero una inteligencia elevada no implicaba precisamente una habilidad superior en lo que se refería al medio ambiente social en el cual vivía; sin duda, había una extraña correlación entre su alto intelecto y la acumulación de aberraciones en las cuales incurría. El doctor Fred emitió un débil suspiro al pensar en ello. Los experimentos pioneros en poliploides, no habían tenido tales complejas frustraciones fuera de tono, ni los conejos ni las daturas se vieron acosados por depresiones emocionales. El doctor deseaba intensamente saber la naturaleza del ajuste de Maurice; pero no era psicólogo y no había tenido ninguna instrucción en ese campo, además de que un sentido vigoroso de la inviolabilidad personal de sus "niños", no le permitía pedirles que se sometieran a un psicoanálisis.
A través de la manchada ventana del laboratorio vio a Sena y a Sam que charlaban animadamente en la acera cercana al edificio. Todos ellos en realidad eran aún niños solitarios en un mundo ya establecido; propensos a murmuraciones, a que se rieran de ellos en aquellas sociedades secretas de largos nombres. Sujetos a que sus mayores los mataran por conservar sus secretos o por razones menos justificadas.
—Me gustaría tener esa perra —dijo Maurey, metiéndose las manos en los bolsillos de la chaqueta—. No creo que me darían miedo las censuras de mis vecinos diploides.
—Lo siento, Maurice. Todavía no. La necesito aquí de todos modos.
—Estoy de acuerdo en que usted la necesite, desde el momento en que es una triploide —dijo Maurey frunciendo el ceño y mirando al confuso abrigo que la cubría—; pero la quiero cuando haya usted terminado con ella. No importa cuánto crezca, la ley no puede clasificar como animal salvaje a un perro ordinario que ha conservado su forma natural, y no hay ningún modo legal de que me la puedan quitar, a menos que contraiga la rabia o algo por el estilo.
El doctor Fred se arregló los anteojos contra las cejas. Su vista se había estabilizado muchos años atrás y aún conservaba el mismo anticuado modelo de anteojos, con una pieza de concha que descansaba sobre su nariz, pero cada vez que se inclinaba tenía que volver a subírselos porque se le venían hasta el final del órgano del olfato.
—Se meterá usted en aprietos —le dijo—. No dudo que usted podrá ampararse con la ley en ese asunto, Maurice; pero no creo aconsejable que trate de hacerlo. No son las leyes existentes las que deben preocuparnos, sino las que en el futuro vayan a establecer los diploides si es que les damos motivos para ello.
—Perdóneme, doctor Fred; pero creo que usted se excede tomando precauciones; y quizá también en honradez. Nosotros, los gigantes, vamos a vivir muchos años, y no veo por qué razón hemos de continuar con esa política de evitar conflictos con los diploides. Hay muchas probables ventajas con los animales tetraploides. Gatos, por ejemplo. Un gato tetraploide será la respuesta perfecta para resolver el problema de los ratones. Tales gatos no jugarían con ellos y los erradicarían por completo.
—Los gatos —replicó el doctor— tienen su manera de echarse, de agarrar las cosas y patear con sus patas traseras cuando juguetean. Un gato tetraploide que tratara de jugar con un niño ploide, lo harían trizas.
—Tal gato no sería más peligroso para un niño humano que una tina de baño, estadísticamente hablando.
—Maurice, usted no está tratando con estadísticas, sino con emociones. Los quince tetras de Pasadena tenían la lógica y la razón de su parte. Pero, ¿ha olvidado usted lo que les sucedió?
Con las manos metidas todavía en los bolsillos, Maurey giró sobre sus tacones, dio tres pasos rápidos y se golpeó en la coronilla con el dintel de la puerta. El doctor Fred lo miró con tristeza. Maurey permaneció en silencio en el lugar y posición en que quedó cuando el golpe. Al fin, nuevamente se dirigió al doctor y le dijo:
—No, no lo he olvidado —sus ojos estaban llenos de lágrimas, pero sonreía como si el haber reprimido una maldición por el accidente, hubiera sido una victoria—. No lo olvidaré jamás. Los diploides están tratando de hacernos creer que nunca ocurrió aquello, pero yo siempre lo tendré presente. Aquel grupo de quince no era inteligente, sin embargo, nosotros hemos aprendido una lección. Ellos únicamente contaban con la fuerza y se olvidaron de unificarse.
—Por favor, ¿qué significa eso?
—Engaño —dijo Maurice, saliendo.
El doctor Fred vio con tristeza su salida. Quizá el ajuste de Maurice como tetraploide era…
El cachorrito, gruñendo, sacó la cabeza de la frazada que lo abrigaba. El doctor le empujó el hocico hacia el fondo de la caja, ordenándole:
—¡Duerme, maldito!
DOS
Los titanes, como Ira Methfessel había bautizado a su primer equipo, siguieron las prácticas obedientemente; pero aun sin las armaduras, eran lentos; así tan lentos como eran para pensar, lo eran para correr. Muchos de los jóvenes tetraploides habían visto juegos de fútbol, pero jamás les había sido permitido jugar durante sus días de escolares, de modo que ya siendo adultos y sin ninguna experiencia, el tener que correr con armaduras y protectores en los hombros y rodillas era una doble desventaja.
De cualquier forma, ya Ira tenía todo planeado y era hombre que no se daba por vencido fácilmente; llevó a sus tetras a un gran salón y con suma paciencia empezó a explicarles en lo que consistía el juego, describiéndoles en un gran pizarrón las primeras jugadas rudimentarias, pases de pelota en corto, varias formas de burlar a los jugadores contrarios, jugadas laterales, pases por aire, cómo penetrar por línea estando al borde de la zona final, etc. Al cabo de varios días de teoría los trasladó al campo de prácticas, teniendo siempre en cuenta que el uso de la fuerza bruta del equipo sería lo que esencialmente habría de divertir a los espectadores.
Las primeras carreras, prácticas con la pelota, jugadas desplegadas y laterales fueron un desorden completo: tropezaban unos con otros, se interferían en las carreras, tiraban la pesada bola sin lograr un solo pase, su lentitud para mover piernas y brazos era desesperante; pero Ira se consolaba pensando que el equipo contrario, los Atlántidas, estaba también formado por tetras, y consideraba que no podrían ser mejores que sus Titanes, y no olvidaba que la multitud en lo que principalmente estaba interesada era en ver a aquellos colosos en acción, sin importarle mucho su torpeza.
Methfessel era un diploide, promotor, entrenador y parte activa del propio equipo. Medía dos metros veinte centímetros, estatura poco común entre los diploides normales, tenía una fuerza extraordinaria, pero al lado de sus gigantes parecía una mascota. Sin embargo, los trataba como si fueran chicos de escuela.
Durante los entrenamientos sudaba y maldecía. Sus tetras respondían a sus improperios con otros semejantes, pero lo hacían alegremente porque en medio de todo respetaban su inteligencia.
Para el día del juego, Ira había logrado transformar el inicial rebaño de torpes e imponentes rinocerontes en un grupo más o menos organizado que podía coordinar sus jugadas con algunos recursos que a fuerza de tesón les inculcó y se los hacía presentes a toda hora. Los jugadores de ambos equipos utilizarían modernos cohetes de retropropulsión debajo de sus hombreras, y también fue una labor dura enseñarles su funcionamiento y poder sacar provecho de ellos. El objeto era ayudarlos a movilizarse hacia adelante cuando fuera necesario.
Llegó al fin el día de la exhibición. Se agotó el boletaje y el estadio se llenó a su cupo máximo. Quedaron algunos miles de gentes a las puertas de entrada, ansiosas también de presenciar aquel nuevo espectáculo.
Ira Methfessel pudo apreciar inmediatamente los buenos resultados del duro entrenamiento a que había sometido a sus Titanes. Desde los primeros momentos del juego se manifestó la mejor organización y menor lentitud de sus tetras.
El pateo inicial correspondió a los Atlántidas. Lo hizo el pateador con tal fuerza que salió la bola de 12 kilos disparada fuera del estadio. Esto arrancó risotadas y gritos de admiración del público. Más tarde fue recogida aquella pelota parcialmente deshecha en los suburbios de la ciudad.
Se repitió el saque y, ya con menos impulso, quedó la bola dentro del campo, logrando Sam Ettinger apoderarse de ella. Los Titanes, sus compañeros de equipo dirigidos por Methfessel, fueron protegiéndole y le abrieron paso, un poco con habilidad, pero más con la fuerza bruta y el impulso de los cohetes que funcionaban eficazmente debajo de sus hombreras; penetró Sam en la zona final para anotar su primer down.
La aclamación que se desató en el estadio fue unánime. En las tribunas no había partidarios; el deseo general que los había llevado era uno solo: presenciar a aquellos dos grupos de colosos oponiendo sus descomunales fuerzas unos contra otros. Por tal razón los miles de espectadores aplaudieron aquella primera anotación, sin diferencia de opiniones.
El entusiasmo entre las filas de ambos equipos era visible. Se prepararon para reanudar el juego. Ira reunió a sus Titanes y los felicitó, recomendando, especialmente a Sam, que no hiciera uso exagerado de sus cohetes.
—Nos podrían aplicar una severa sanción si golpeas demasiado a los contrarios, Sam.
—Lo tendré presente, Ira —le contestó Sam—. Yo sólo traté de hacer a un lado a esa defensa izquierda y lo logré.
—De acuerdo, pero no abuses —le replicó Ira—. Fue mucha suerte que los referís no te vieran. Bueno, y ahora la jugada número ochenta.
Llegó el turno de patear a los Titanes. Los Atlántidas se apoderaron de la bola, pero al primer pase, el jugador fue despojado de ella y pasó nuevamente a poder de los tetras de Ira. Tuvieron su primero y diez yardas por avanzar. Se extendieron en forma de abanico por el campo; sus relucientes armaduras brillaban a la luz del sol y ya se iban acercando por segunda vez a la línea de meta. Sam tomó su posición de medio izquierdo y se inclinó para esperar. Le causó agradable sorpresa el darse cuenta de que estaba gozando del juego. Las emociones del primer esfuerzo brutal, la resistencia que le ofrecían los contrarios con sus abultados hombros y pechos, le estaban proporcionando un gran alivio a la contenida obligación de odiar todo lo que le rodeaba y que los cincuenta años de adoctrinamiento por parte del doctor Fred no habían logrado calmarlo.
Hammy Saunders, uno de los mejores tetras del equipo, lanzó la bola hacia atrás; se apreciaban las rayas pintadas de negro y amarillo girando en el espacio. Ira la recibió y corrió a colocarla en las manos de Sam que empezó a correr. Las figuras armadas ya se extendían rechazando a sus oponentes con recios golpes de guanteletes. La multitud rugía entusiasmada.
Sam localizó las hombreras rojas de Hammy que iba por delante de los dispersos gigantes y no se encontraba marcado. El casco de Saunders era como el de los demás: de plástico, con enrejado de protección para ojos y nariz. Ya empezaba a obscurecerse por la tierra cuando un atlántida se precipitó sobre Sam, pero éste tuvo tiempo para disparar la bola hacia Hammy Saunders. Éste retrocedió un poco para alcanzarla, y con sus cohetes escupiendo fuego, dio un tremendo salto. La recibió en el pecho y fue tan tremendo el impacto que voló cinco o seis metros sobre el campo para caer pesadamente.
Allí quedó sin movimiento.
Sonó el silbato del referí. Los dos equipos y hombres de campo se agruparon alrededor de Hammy olvidando sus rivalidades. Sam se abrió paso entre el compacto grupo.
El casco de Hammy se había partido a lo largo del enrejado. Una de las barras se desprendió y, al incrustársele en el ojo izquierdo, se lo arrancó de cuajo, quedando al lado de la oreja, suspendido solamente de un fino nervio. A pesar del estado de inconsciencia en que cayó, aún retenía la pesada bola con ambas manos pegadas al pecho. La multitud en las graderías rugía de entusiasmo por la formidable jugada.
—Retírate, Sam —se oyó la voz de Ira—. Cripes, déjalo en paz. Ustedes, muchachos, háganse a un lado, Hammy necesita que lo lleven al hospital. Retírense, retírense…
Los gigantes de ambos bandos emitieron un ronco gruñido. Los referís los apartaron apresuradamente. Hammy fue sacado del campo en una camilla especial.
Sam recordó las palabras de Sena:
"¿Te das cuenta, Sam? ¡Nos están haciendo pelear entre nosotros!"
Para calmar el alboroto, Ira, tratando de organizar de nuevo a sus Titanes, les gritó:
—¡Contra ellos, muchachos! ¡No dejemos que se salgan con la suya! ¡Vamos a matarlos! ¡En formación de grupo contra el defensa izquierdo! ¡Ese tipo no ha sentido todavía lo que es un puñetazo en la cara!
—Yo no lo haré —dijo Sam.
—¿Eh? No me salgas con eso. ¿Quién dirige el equipo?
—Tú —le contestó Sam—. Pero yo me retiro. Los Atlántidas no le hicieron nada a Hammy. Fue un accidente. Él perdió el ojo por seguir tus consejos y participar en esta salvaje exhibición. Yo me retiro.
—¡Eres un cobarde! —le gritó Ira—. ¡Gigante torpe!
Con la manaza aún cubierta con el guantelete, Sam cogió a Ira por el hombro izquierdo. La hombrera que le cubría crujió con la fuerte presión, y mientras el diploide se tambaleaba perdiendo el equilibrio, gritaba:
—¡Suéltame!
—Modera tu lenguaje, ¡asno imbécil! —le respondió Sam, tratando de controlar su enojo. La armadura crujía en su pecho y los ojos le brillaban con furia—. Estoy cansado de tus juegos. Te haría pedazos si alguien ofreciera dos centavos por ello.
Lo soltó bruscamente y le desprendió la hombrera que se le vino entre las manos con un chirrido al romperse el metal. La fue estrujando lentamente como si fuera de papel, y al hacerlo, se estremeció por el placer que le causaba imaginarse que trituraba huesos.
—Tómala —le dijo Sam, devolviendo al promotor la estrujada hombrera. Su boca se contraía con la amargura que ponía en sus palabras—. Alégrate de que no te hice eso a ti. Yo me retiro, ¿lo entiendes ahora?
Ira tomó torpemente el despojo mirando a través de la reja de su casco al furioso tetra.
—Mira, Sam —le dijo—; me estás achacando esto a mí. Nadie es culpable, como tú mismo dijiste. Tú sabías que esta exhibición era peligrosa y tampoco Hammy lo ignoraba…