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—¡ANA… ANA! —llama Aimée con impaciencia—: ¡Ana… ¡
—Aquí estoy, señora Aimée, ya llego… corriendo llego…
—¿Corriendo? Hace tres horas que te envié. Si te parece, po¬días haber tardado más.
—¡Ay!, señora Aimée, si es que el señor Renato me mandó a una cosa y tuve que hacerla.
—¿Renato? ¿A qué te mandó Renato?
—A que acompañara a la señorita Mónica a su cuarto y a que le dijera a la señora Catalina que la señorita no se encon¬traba bien. El señor me mandó que hiciera eso y tuve que hacerlo.
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—Naturalmente… olvidando por completo mis encargos, sabiendo que estoy aquí muriendo de impaciencia, esperando que llegues… Habla pronto. ¿Pudiste ver a Juan… hablar con él?
—No, señora, el señor Juan dejó al notario con la palabra en la boca, cogió un caballo y se fue…
—¿A dónde?-¿Qué rumbo tomó? ¿No te fijaste?
—No, señora, con la boca abierta me quedé mirando al caballo correr. Y cuando venía para acá a contárselo a usted, ¡zas!, el niño Renato que me llama y yo que tengo que acom¬pañar a la señorita Mónica, que tampoco me dejó que entrara a su cuarto ni que le dijera nada a doña Catalina. Entró ella primero, me cerró la puerta en las narices y me dejó fuera. Para mí que no estaba enferma, sino como asustada. Seguro que la asustó el señor Juan, que estuvo peleando con ella.
—¿Peleando con ella? ¿Cuándo?
—Cuando la encontró sonsacando al negrito ese que siempre va con él, al Colibrí… ¡Muchacho más revoltoso y más tra¬vieso, y más atrevido también! Se robó una empanada dé la cocina, ¿y sabe lo que le contestó a la cocinera?
—¿Qué puede importarme? Contéstame a lo que necesito saber. Antes de irse Juan, ¿con quién habló?. ¿Qué dijo? ¿Se fue inmediatamente después de discutir con Mónica?
—No, señora, luego estuvo también con el notario pelea que te pelea. De ahí se fue como un tiro – a buscar un caballo que ya había mandado ensillar. Se montó de un brinco, y des¬pués no se veía más qué la polvareda…
—Óyeme, Ana —se impacienta Aimée—, es preciso, indis¬pensable, que yo vea a Juan antes de que anochezca, que yo le hable. Tienes que encontrarlo, que darle ese recado de mi parte, pero sin que te sienta la tierra, sin que nadie sospeche que fui yo quien te mandé, ¿entiendes?
—Entiendo, señora. Pero, ¿cómo voy a hacer eso? Yo no sé ni a dónde fue…
—Pregúntale a, quien sea, a quien pueda darte razón. Es¬pera, ¿el muchacho fue con él?
—No, él se fue solo y hecho una furia.
—Pues busca al muchacho y tráemelo sin que nadie te vea, sin que nadie se entere de que soy yo quien va a hablar con él. Sírveme bien. Ana, sírveme bien y tendrás la sortija más linda del mundo… y además dinero, todo el dinero que. quieras… ¡Anda… ve, corre!
Con gesto de determinación desesperada ha empujado Ai¬mée a la oscura doncella nativa, obligándola a acelerar el siem¬pre pausado ritmo de sus movimientos. Luego va de un lado a otro por la lujosa alcoba sin saber cómo calmarse, cómo aplacar sus nervios, sometidos desde hace varias horas a -la penosa ten¬sión de la espera. Nunca pudo pensar que Juan del Diablo to¬mara tan rápidamente una determinación semejante. Seguirle, huir con él, dejarlo todo, cambiar su posición y su riqueza por la suerte de aquel aventurero, por muy atractivo que fuese pa¬ra ella, por muy grande que fuese la sugestión que sobre sus sentidos ejerce, es más de lo que humanamente está dispuesta a dar. No, no irá con él de aquella manera. Pero, ¿cómo apla¬carlo? ¿Cómo evitar la feroz venganza de sus celos? Pensando en él se estremece de temor y deseo a la vez. Lo anhela y lo repudia, lo ama y lo aborrece, se desespera al no poder domi¬narlo a su antojo y le ama más al verlo como es: duro y re¬belde, feroz en-su dominio, implacable en aquella amargura que ahora destilan sus caricias y sus besos.. .
Ha caído de rodillas al pie de la ventana, apretadas una contra otra las manos engarfiadas, dilatadas las pupilas que es¬pían inútil y ansiosamente. Una fiera determinación se levanta también en su alma y prorrumpe en voz alta:
—¡No será como a él se le antoja! ¡Será como yo quiera! 1 Tendrá que ser como yo quiera!
—¡Ana… Ana.. .! —se exaspera Aimée—. ¿Acabarás de mo¬ver esos malditos pies? ¿Acabarás de llegar?
—Ya llego, señora Aimée. Pero es que hace un calor…
—jEl demonio cargue contigo! ¿Dónde está el niño?
—Pues no lo encontré, pero me dijeron dónde estaba el se¬ñor Juan. Fue al ingenio… Yanina le estaba diciendo a Bau¬tista que el señor Juan.., Juan del Diablo como dice ella, ha¬bía mandado ensillar el caballo blanco del amo y había tum¬bado en él para el ingenio, y que había que ver cómo mandaba y cómo disponía, como si el amo fuera él. Si usted quiere, yo puedo irme para allá. Ahora mismo están cargando en el patio os carretones grandes con todo lo que van a mandar para el ingenio. .Yo puedo ir en uno de ellos y le digo al señor Juan lo que usted me mande que le diga, mi ama. Que venga, ¿no?
—Sí. Que necesito hablarle, verlo… Pero espera, espera… No me fío mucho de que llegues a tiempo. —Con angustia cre¬ciente ha ido hacia la ventana. Ya el sol está muy bajo, apenas dora con sus últimos rayos la cumbre altanera del Mont-Pelée, y murmura como para sí—: El me espera esta noche a las doce…
—De aquí a las doce hay mucho tiempo…
—¿Nadie ha preguntado por mi en la casa?
—Nadie ha salido de su cuarto desde esta mañana. Ni la señora Sofía, ni la señorita Mónica, ni la señora Catalina… Y el señor Renato está con el notario en el despacho que fue del amo don Francisco, y lo único que pidieron que les entraran fue coñac y café. Yanina misma entró a llevárselo. Dijo que no podía entrar otro a molestarlos, porque estaban arreglando las cuentas…
—Menos mal. Bueno, vas a buscar, dónde esté, al señor Juan. Vas a decirle que estoy enferma, muy enferma; que por piedad aguarde a la mañana para hablarme y para verme. Dile que se lo ruego llorando… Dile…
—¿Por qué no me escribe todo eso en un papel, mi ama?
—¿En un papel? Sí, tienes razón… Pero…
—En un papel sin firmarlo. Yo ya le digo que es de usted. En su propia mano lo pongo. Sólo a él se lo entrego. Se lo juro, mi ama, sólo a él… No tenga miedo…
—Voy a confiar en ti, Ana, voy a escribir ese papel, pero me respondes con tu vida de que sólo a Juan lo has de entre¬gar. .. ¡Júramelo, Ana, júramelo!
—¡Por Dios y la Virgen del Cielo! ¡Sólo al señor Juan le daré el papel, y si no es así, que me caiga muerta!
La oscura doncella ha jurado cruzando los dedos, y un ins¬tante Aimée parece vacilar entre la necesidad perentoria de con¬fiarse a ella y el pensar el arma terrible que fabrica contra sí misma en aquellas letras. Con ansia febril va hasta el pequeño secreter y nerviosamente rebusca hasta hallar lo que necesita.
—Ana, vas a tener mucho' cuidado con esto. Si alguien quie¬re quitártelo, si te ves en cualquier aprieto…
—¡Me como la carta antes que dársela a otro! Juradíto, mi ama…
—Está bien, está bien… —acata Aimée poniéndose a escri¬bir, mas de pronto duda y rompe el papel—. ¡NO puedo ven¬derme de esa manera! Espera… ¿No sabes tú escribir. Ana?
—¿Yo escribir? ¡Qué va! Sé sacar cuentas y pintar muy bo¬nito. Yanina sí sabe escribir y leer. Le pusieron maestro como a las niñas blancas. De las sirvientas, es la única que sabe es¬cribir. Pero usted no va a fiarse de ella… Además, si el señor Juan no ve su letra no va a creer que el papel es de usted…
—El nunca vio mi letra. Pero espera… espera… Puedo escribir un papel que no me comprometa demasiado. Sí, eso es, él comprenderá. El comprenderá que no puedo mandar otra cosa contigo… El entenderá…
Ahora sí escribe, rápida y firmemente, una carta ambigua, ceremoniosa, que es, sin embargo, un ruego desgarrador. Lue¬go la dobla, guardándola en un sobre con sus dedos que tiem¬blan, y murmura:
—Para Juan… Para Juan de Dios… Sí… Es mejor así…
—¿Juan de Dios? —se extraña la sirvienta.
—Alguien le llama así… El entenderá perfectamente… Pero tú dile que la carta es mía, que estoy realmente enferma, que la escribí llorando desesperada… Anda…. Ve, corre, no vayas a perder la oportunidad de esa carreta…
—¡Qué va, mi ama! El que la lleva es Esteban y ése sí que es amigo mío para todo lo que sea…
Aimée ha empujado violentamente a la sirvienta y ha vuel¬to a la ventana. El último rayó de sol ha desaparecido y una sola estrella, enorme, refulgente, brilla en el cielo azul muy pá¬lido, sobre la cima del Mont-Pelée…
—Bueno, Renato, en definitiva…
La voz se ha apagado en labios del notario, dándose cuenta de que Renato D'Autremont no le escucha… Cruzados los bra¬zos, de pie en medio de la amplia habitación que fuera el des¬pacho de su padre, los claros ojos inquisitivos recorren los es¬tantes que llegan al techo, como si interrogasen a los viejos vo¬lúmenes pretendiendo arrancarles el secreto que encierran…
—¿Qué tanto miras ahí, muchacho?
—Era en este panel… Si… Detrás de los libros, no sé si más arriba o más abajo, pero por aquí se abría un hueco.:. Era un escondite, una especie de caja de hierro a la moda del siglo pasado… Seguramente ahí guardaría papá valores, pape¬les, cosas importantes…
—Tu padre tenía cuentas corrientes en todos los bancos de Saint-Pierre. No creo que guardara nada importante en los es¬condrijos del despacho.
—Pues algo guardaba. Noel, y más de una vez, siendo yo niño, vi a mi. padre registrar en él. La última fue la noche que precedió a la madrugada en la que nos lo trajeron moribundo después de su accidente… Esta casa es muy vieja. La mandó hacer uno de mis abuelos… La han ensanchado y renovado en muchas partes, pero el despacho no lo ha tocado nadie des¬de entonces…
—El despacho tiene, electivamente, una puerta secreta en aquella esquina, y tú la conociste de niño. Al menos, eso me dijo doña Sofía esta mañana…
—¿Mamá? ¡Habló mamá esta mañana con usted?
—Acabo de cometer una indiscreción diciéndotelo; pero, en fin, ya está hecho y no es posible recoger velas. En efecto, hijo, hablamos… Entró aquí cuando menos lo esperaba, precisamen¬te por la puertecilla esa, y me dio el gran susto…
—¿Por qué entró mi madre de esa manera? Por esquivar a Juan, ¿verdad? Por no verlo ni siquiera de lejos…
—Bueno, hijo, sí. Es inútil que te lo niegue. Tu madre lo aborrece… y algo peor: le tiene miedo. A veces parece uno tonto y supersticioso dejándose llevar de esas cosas, pero cuan¬do el corazón de una madre da un aviso…
—No .diga tonterías. Noel. Usted también le tiene miedo a Juan del Diablo y no es por corazonadas ni por presentimien¬tos. Hay algo más positivo, más concreto… ¿Qué es lo que teme? ¿Que reclame su herencia? No, no se alarme, Noel. Sién¬tese. .. vuelva a sentarse. Ya le dije, al traerlo a éste despacho, que tenía que contarme varias historias viejas, y la primera de ellas la de mi padre… La de mi padre y la de Juan…
—De Juan nadie sabe nada, hijo mío…
—Usted si sabe. Noel, y mi madre también sabe… Y algo de Juan había en aquellos papeles que yo le vi esconder a mi padre. Después de eso ocurrió la única escena realmente des¬agradable y vergonzosa que recuerdo de mi niñez… Prefiero no hablar de eso, pero vuelvo a preguntarle, Noel: ¿Qué temen de Juan mi madre y usted? Digame la verdad… la verdad, por cruda, por desagradable que parezca…
—Bueno, hijo, yo sólo temo a su carácter, a sus arrebatos, a su poca educación…
—Pero mi madre le temió siempre. Desde niño le inspiró odio y horror, y ahora evita el verlo porque su presencia le hace daño. Cuando se enfrentó con él, se puso tan pálida que temí verla caer sin sentido. ¿Y sabe por qué? Juan se parece extraordinariamente a mi padre… Puede ser una coinciden¬cia… pero puede no serlo. Y son tantos los detalles alrededor de ese asunto, que yo…
—Renato, hijo mío… yo te ruego… —le interrumpe Noel hondamente apurado.
—Yo soy quien le ruego que se calle. Noel. Soy ya un hom¬bre hecho y derecho. Conozco la vida y no voy a asustarme a estas alturas de que mi padre me haya dado un hermano fuera de la ley. ¿Por qué esa turbación? ¿Por qué ese susto. Noel?
—No es susto, es preocupación y angustia… ¿Cómo has lle¬gado a pensar todo eso?, ¿Y cómo tomará tu madre que lo sepas?
—¡Luego es cierto! Cálmese, cálmese. Noel, no le he ten¬dido una trampa. Tenía la convicción moral… La tengo desde hace mucho tiempo… Creo que desde niño, aunque en forma inconsciente. Hasta hace.poco no he querido pensar en ello por¬que a mí también me molestaba, pero lo he hecho y no ha sido difícil. Anoche mismo estuve rondando por todos esos li¬breros. ¿Ve usted? En uno de estos lienzos, en uno de estos tres, estaba el escondrijo…
—¿Para qué buscar escondrijos? —observa Noel dándose por vencido.
—Es cierto. ¿Para qué? Tengo la convicción y con ella de¬be bastarme, pero también me interesan los detalles. ¿Cómo fueron las cosas? ¿Hasta qué punto tuvo razón mi madre para ser implacable? ¿Hasta dónde sabe Juan quién es?
—A tu madre no la culpes, hijo mío, sufrió mucho y todavía sigue sufriendo,
—Supongo que su conversación secreta con usted fue alre¬dedor de eso…
—Pues bien, si. Ella está ahora dispuesta a ser generosa…
—Con tal que Juan se vaya, naturalmente —apostilla Rena¬to con un dejo de amargura.
—Bueno, hijo, no hay que pedirle demasiado a una, mujer que vio su vida amargada y destrozada por causa de esos amo¬res que le dieron a Juan la existencia. Ella quiere borrar huellas que le hieren, olvidar un pasado cuyo recuerdo le es in¬soportable, verte feliz sin lastres ni taras en tu vida, y nada de eso es criticable. Yo siempre sentí por Juan compasión y afecto…
—Lo sé muy bien y por eso me sorprende su actitud de es¬tos días. Aparte de nacer… como nació, ¿qué ha hecho Juan para que usted haya cambiado así con él?
—No es lo que ha hecho…
—Ya. Es lo que puede hacer. Pero, ¿qué es ello? ¿Ha reda¬mado? ¿Ha amenazado? ¿O acaso son temores de otro género?
Su mano se ha apoyado, apremiante, en el hombro del no¬tario. Tras breve lucha con su indecisión. Noel parece decidirse:
—Mira, Renato, yo no sé más que lo que presiento, y lo que presiento son amarguras y disgustos que pueden evitarse sin darle a las cosas tantas vueltas. Juan quiere irse, quiere volver al mar. .. Déjale que se vaya… Más adelante, cuando las cosas cambien, buscaremos la fórmula de compensarle con una buena cantidad de dinero que en una u otra forma se haga llegar a él. Pero, de momento…
—No, Noel, no decidiré nada hasta hablar con Juan, hasta mostrarle mi corazón y obligarle a que me muestre el suyo. Es mi hermano, ¿se da usted cuenta? Esta verdad que para mi sólo existia a medias, ahora está clara y diáfana. Tengo un hermano, un hermano en el que la noble figura de mi padre parece re¬vivir. Usted no puede imaginarse lo que significa esto para mí, y acaso tampoco pueda medir toda la felicidad que me negaron de niño al negarme esta verdad íntima y humana. —Renato ha hablado con exaltado entusiasmo, y en un arranque de emo¬ción, ruega—: Cuéntemelo todo. Noel, dígame cuanto sepa de eso… Es la historia de mi propia sangre… ¡NO me la niegue!
El viejo notario empieza a relatar la historia, tan bien co¬nocida de él, desde aquella noche tormentosa en la que el pe¬queño Juan del Diablo hizo el papel de mensajero de la muer¬te. Renato bebe, sediento de saber, el relato pormenorizado, y, de pronto, indaga:
—¿Y esa carta. Noel?
—Bueno… quedó en manos de tu padre, desde luego. Yo supongo que él la quemó o la rompió después…
—O la guardó. ¡ Quién sabe…!
—Tal vez; aunque no lo creo. Tu padre, al principio, se mostró muy desconfiado. Bertolozi era un hombre vengativo, cruel y traicionero… Cualquier cosa podía esperarse de él: la mayor mentira, la mayor infamia… Estoy bien seguro que después de su perdón aparente, atormentó a Gina hasta ha¬cerla morir de pena. Y en cuanto a Juan…
—Puedo muy bien adivinar su horrible infancia. ¡Qué fácil es perdonar su rudeza y sus defectos sabiendo todo esto!
—Con cuánta razón temía tu madre que el saber todo esto te desarmara más frente a Juan, te quitara la poca voluntad de defenderte que puedas tener…
—¿Qué piensa usted que pueda hacer Juan contra mí?
—Yo no pienso, pero tu madre teme y tiene razón en temer. No quiero ni pensar lo que dirá cuando sepa todo esto.
—Yo hablaré con ella después de haber hablado con él… y acaso les dé a ella y a usted la sorpresa de comprobar que se equivocaron. A veces, el corazón sabe más que la cabeza… Juan no puede odiarme si yo voy a él como hermano, si le de¬muestro todo lo sinceramente que le quiero, si noblemente me adelanto a ofrecer lo que aun no ha pedido…
—¡No caigas en una locura de generosidad, Renato! Piensa que la sola existencia de Juan es, para tu madre, una ofensa viva, candente; que aun el solo nombre de Gina Bertolozi la hiere como un cuchillo envenenado.
—No puede ser. Mi madre tiene que ser más generosa… Gina Bertolozi ya está muerta…
—Hay odios que no se aplacan ni con la muerte… Hay rencores .y celos de los que no tienes una idea. Tú no has su¬frido nunca, Renato, no puedes medir la amargura, el dolor, la desesperación a que el alma desciende en algunos momentos. Tú no puedes ser juez, porque la vida fue hasta hoy, para ti, camino de rosas…
—Tal vez por eso comprendo y compadezco más a los que sufren, y a Juan el primero. Voy a mandar a buscarlo. Noel, para hablarle como a hermano. Para decirle…
—Seguramente, él lo sabe…
—Pero piensa que yo lo ignoro… Y si no lo piensa, cree algo peor: que soy insensible, egoísta. Quiero que sepa que es¬toy dispuesto a reparar, a devolver… que el mundo no es tan malo como él piensa…
—Ni tan bueno como tú imaginas, Renato. ¡Déjalo que se vaya. .. es el mayor deseo de tu madre!
—Hasta ahora mi madre cumplió en esta casa todos sus de' seos, hasta los más injustos. Voy a contrariarla por una sola vez y confío en que su contrariedad no dure demasiado.
Renato se ha levantado, ha ido hacia la pared y toca un timbre, ante lo cual, extrañado, Noel pregunta:
—¿Qué haces, hijo?
—Llamo a un sirviente para que vaya en busca de Juan. He aguardado quince años este momento.
—¿Y si Juan no mereciera tu generosidad, Renato? ¿Si no fuera ni siquiera capaz de comprenderlo? ¿Si contestara a tu buena voluntad con sarcasmos, con desprecio, acaso con una amarga ingratitud?
—Pensaría que la culpa no es de él, sino de los que le con¬virtieron en un paria, de los que le desposeyeron de todo. Mi buen Noel, déjese de dudas y vacilaciones. No hay más que un camino y es el que me señala mi conciencia… —Unos golpes discretos, dados en la puerta, le interrumpen momentáneamen¬te y, alzando la voz, invita—: Adelante… Si, Luis, yo fui quien te llamó. Busca al señor Juan por toda la hacienda y dile que lo espero en mi despacho, pues necesito hablar con él inme¬diatamente. Que se apresure, que no se detenga por ninguna razón, y apresúrate tú también.
2
—¿QUE ES ESO, tío Bautista?
—¿Eso… ? Luis que pasó al galope, rumbo al ingenio. En¬tró en las cuadras pidiendo el mejor caballo que hubiera por¬que tenía que ir, por orden del amo, en busca de Juan del Diablo.
—Conque mandaron a buscar a Juan del Diablo…
—Sí, el amo tiene mucha urgencia de hablar con él… Vamos a ver qué regalo le ofrecen ahora a ese pordiosero que para nada sirve.
Junto a la ancha arcada del portal que da acceso a las ha¬bitaciones del ala izquierda, Bautista da rienda suelta a su có¬lera, a su despecho. Acaba de salir de las caballerizas,-donde la última orden de Sofía le confinara. Crecida la barba, revuelto el cabello, cubiertas de fango las altas botas y el látigo en la mano, es algo bien diferente del otro tiempo omnipotente ca¬pataz de Campo Real. Junto a él, atenta siempre a los meno¬res ruidos, en aquel espionaje que es su vida entera, queda Yanina alerta a todo ruido y movimiento, y comenta pensativa:
—Lo único que quieren Noel y doña Sofía es que Juan del Diablo se vaya para siempre; pero hay alguien que no quie¬re dejarle marchar…
—¿A quién te refieres?
—Ya lo verás… ya lo verán todos. Te dije que tuvieras paciencia… Cálmate, tío.
—No me da la gana de calmarme. En las venas me hierve la sangre de ver lo que veo… Soy menos que un perro en esta casa, pero el primer sirviente que vuelva a contestarme mal va a saber quién soy, aun cuando me hayan quitado el mando pa¬ra dárselo a un cualquiera. .
—Calla. Estáte quieto un momento. ¿Ves?
—No veo sino a la señora Aimée que se asoma a la venta¬na de, su cuarto.
—Todo el día ha estado en él, pero Ana ha entrado y sa¬lido más de cien veces… Es su confidente… su criada de ab¬soluta confianza. Seguramente cuenta con ella hasta para los encargos más íntimos… ¡Oh, mira! Ana sale Otra vez.. Algo va a pasar esta noche, y apostaría a que sé lo que es.
—¿Pero qué locura… ?
—Baja la voz… Ana se acerca… no, va para el otro pa¬tio… Voy tras ella. Algo va a pasar esta noche…
Ha echado a andar en pos de Ana. Bautista, preocupado, la sigue. Muy cerca está el enorme carretón que debe salir rumbo al ingenio. A él enfila sus pasos Ana, mientras el rostro de Bautista se descompone de cólera, al protestar:
—¿Adonde va esa imbécil? Ese es el carro que va para el ingenio;
—Naturalmente. Ana va a buscar a Juan del Diablo, va a llevarle un encargo o un recado de Aimée de Molnar, estoy segura de eso. .
—No va a llevar nada, porque no va a subir a ese carro. Está prohibida que las mujeres vayan en los carros del ingenio. Soy el jefe de las caballerizas, doña Sofía me nombró ayer, y bastantes ganas tengo que ajustarle las cuentas a esa… —Se ha dirigido con pasos rápidos al encuentro de Ana, y gritando enfurecido, la conmina—: ¡ Fuera de ese carro… abajo… fuera.! ¡Bájate o te bajo arrastrando, ladrona!
—¡No soy ladrona… y no me bajo! Tengo que ir para el ingenio.
—¿Que no te bajas… ? Te bajarás de cabeza
—Esteban va a llevarme… La señora mandó que fuera…
—protesta Ana, forcejeando con Bautista, y alzando la voz, gri¬ta angustiada—: ¡Esteban…. Esteban.. .!
—He dicho que no van mujeres en los carros del ingenio —recalca Bautista imperioso, mientras sujeta a la mestiza sir¬vienta—. Esteban, maldito pollino… Coge las riendas y lárgate de una vez. ¡Que te largues, dije. o vas a arrepentirte! ¡Largo!
Bautista ha azotado a los caballos que parten asustados, mientras Esteban apenas acierta a sujetar las riendas. Luego zarandea como un guiñapo a la doncella de Aimée, arrojándola lejos de un violento empellón, al tiempo que afirma furioso:
—¡Que aprendan que todavía mando en las cocheras!
—¡Ana… Ana…! ¡Tío Bautista! —grita Yanina, que lle¬ga a todo correr—. Mírala… Está como muerta… ¡Se golpeó la cabeza al caer!
—¡Ojalá reviente! Pero no tiene nada… ¡Lo está fingien¬do! ¡Es una perra maldita! Me voy por no patearla, por no acabar con ella de veras…
Bautista ha vuelto a las cocheras… El carro se aleja por el camino en sombras. Nerviosamente, Yanina toca el rostro frío y ceniciento de Ana, y la sacude llamándola insistente:
—¡Ana… Ana… ¡ No tienes nada… No sigas fingien¬do. .. Abre los ojos… ¡Ay, Jesús.. .! ¡Ana.. .!
Temblando por el miedo de ver aparecer a Renato o a cualquiera capaz de informarle, sin atreverse a llamar, Yanina levanta la cabeza de Ana busca algo con qué poder auxiliar¬la… Al fin desabrocha totalmente el corpiño, desnudándole el pecho, buscando el latido del corazón que apenas percibe dé¬bilmente… Ha tropezado con un sobre blanco… A la poca luz del farol de las cocheras lee en un instante a quién va dirigido, y con rápido movimiento lo oculta entre sus propias ropas, poniéndose de pie acto seguido. La emoción es tan fuer¬te que le parece ahogarse, pero- un paso y una voz conocida se acercan investigando:
—¿Qué pasó? ¿Qué fueron esas voces? —Yanina se ha en¬cogido buscando las sombras, ha retrocedido de espaldas, hu¬yendo de la figura que aparece en el corredor iluminado, que cruza hacia las cocheras al no hallar respuesta, y que persiste en su llamado—: ¿Quién está ahí? ¿Qué es esto? ¡Ana…!
Sorprendida, la señora D'Autremont se ha inclinado sobre el desmayado cuerpo de Ana. Rápida y silenciosa, Yanina sé aleja, mientras la voz de Sofía se eleva llamando insistentemente:
—¡Yanina… Yanina… Esteban… Esteban…!
—¡Doña Sofía! —exclama Aimée acercándose asustada. Y de pronto, con verdadero pánico al reconocer la figura inerte que se halla en el suelo, prorrumpe—: ¡Oh, Ana! ¿Qué pasó? ¿Qué pasó?
—Es lo que quisiera saber… Oí voces, un carro… Llamé y no respondieron; salí a ver lo que ocurría y… No sé qué es lo que tiene esta mujer…
—Parece desmayada, pero…
Aimée ha mirado con ansia el corpiño abierto; con febril angustia palpa su pecho, sus manos, registra sus bolsillos y vuel¬ve la mirada espantada hacia la dama que se ha puesto de pie, al tiempo que explica:
—Hubiera jurado que había alguien junto a ella… Cuan¬do me sintieron acercarme, huyeron… ¡Y me sorprende mu¬chísimo que nadie aparezca!
—¡Oh! Tengo que ir al ingenio… —murmura Ana entre gemidos, ya volviendo poco a poco en si.
—¿Qué dice?—quiere saber Sofía.
—Nada… Locuras… Parece que delira… —replica Ai¬mée sumamente nerviosa—, ¡Ana, soy yo, y aquí está doña Sofía • también! ¿Entiendes? ¡Aquí está doña Sofia!
—Doña Sofía, sí… —murmura Ana haciendo un esfuerzo—. ¡Ay, mi cabeza.. .! —se queja. Y de pronto, con espanto repen¬tino, exclama—: ¡La carta! ¡Me la quitaron!
—¿Qué carta era ésa? —se aviva la curiosidad de Sofía.
—¡Estás delirando, Ana! —Las uñas de Aimée se han cla¬vado en la muñeca de la mestiza.
Recobrando del todo el sentido. Ana mira el rostro furio¬so de Aimée, y luego aquel otro rostro pálido, grave y atento, inclinado sobre ella, y aquella voz que es ley en tierras de los D'Autremont:
—¿Qué te ha ocurrido. Ana?
—¡Ay, señora! No sé… no sé… no sé… —rompe a llorar Ana con visible angustia.
—¡No llores y responde! —recrimina Sofía—. ¿Dices que te quitaron la carta? –
—Ha debido resbalar y caerse —interviene Aimée, concilia¬dora, tratando de desviar la investigación de su suegra.
—Pero a tu lado había alguien. Ana. ¿Quién era? —insiste la señora D'Autremont.
—¡No sé… no sé…! —trata de eludir la sirvienta.
—No sabe nada, doña Sofía —vuelve a intervenir Aimée—. Ya sabe usted cómo es ella… Tiene poca cabeza… No se pre¬ocupe más…. La llevaré a la cocina y haré que la atiendan… No se moleste usted…
—Sí, hija, ve con ella… Yo me he llevado un susto atroz… No sé dónde se meten los criados, que nunca aparecen cuando más se les necesita. —Y alzando algo la voz, llama de nuevo—: ¡Yanina.. .!
Por el lado opuesto ha apareado Yanina, impecable, co¬rrecta, con el mismo gesto de perfecta solicitud con que se acer¬ca siempre a su señora, y se ofrece humildemente:
—Aquí estoy, madrina, ¿me llamaba usted?
—Te llamé hace rato… Ana se ha dado un golpe, ha sufrido un desmayo… No sé, en realidad… No sabemos… Haz que la atiendan, Yanina…
—No, por Dios… Yo la atenderé —advierte Aimée rápi¬damente—. Que Yanina la acompañe a usted, doña Sofía… La señora está asustada, Yanina. Creo que necesita una taza de tila inmediatamente… ¡Vamos, Ana!
—¡Qué accidente más extraño! —comenta Sofía.
—Todo es ahora extraño en esta casa, señora. Pero lo úni¬co lamentable es que la hayan asustado a usted. Voy hasta la cocina para hacerle una taza de tila'..
—No, Yanina, déjalo… Dame el brazo y acompáñame a mi cuarto. Hemos de hablar nosotras también…
—¿Quién te quitó la carta? ¿Quién? —apremia Aimée en un deplorable estado de nerviosidad.
—¡Ay, señora… no sé… ¡ —lloriquea Ana.
—¡Maldita imbécil! Pero, ¿qué te pasó? ¿Qué pudo pasarte?
—Ya le he contado… El Bautista ese… Yo estaba mon¬tada en el carro, el .Esteban venía ya e íbamos a salir para el ingenio… Llegó el Bautista hecho un demonio y me bajó a tirones. Luego le gritó al Esteban que se fuera y él mismo le arreó los caballos… Yo quise salir corriendo detrás del carro y el Bautista me empujó… Si, me empujó y me dio una pata¬da también. Después, ya no me acuerdo… Me-di contra una piedra… Ya no sé nada más, mi ama, ya no sé…
—Estabas totalmente desabrochada. Alguien te registró, te quitó la carta… ¿Quién fue? ¿Quién pudo ser? ¿Bautista aca¬so? ¿Quién más estaba ahí?
—Nadie… yo no vi a nadie… Yo estaba sola, el Esteban venía… El Bautista llegó corriendo… ¡Seguro fue Bautista, señora!
—Si Bautista tiene esa cana, no se la entregará a Renato, no se atreverá a ponerse frente a él, preferirá vendérmela a mi a buen precio. Tengo que buscarlo, que hablar con él… —Una campanada del reloj de pared la interrumpe, y con so¬bresalto exclama—: ¡Oh.. .! La hora que es… Tengo que res¬catar esa carta como sea.
Aiméé ha mirado de nuevo por las ventanas. No hay nadie en los portales ni en las galerías, ni en el ancho trecho que se¬para el edificio central de las cocheras. Ningún ruido se perci¬be tampoco del otro lado de la casa. Temblando de angustia vuelve hasta el armario cercano, toma un espeso chal de seda, envolviéndose en él la cabeza y los hombros, mientras Ana le mira sorprendida, los gruesos labios entreabiertos, y pregunta:
—¿Adonde va, señora Aimée?
—A buscar a Bautista. Seguramente está escondido en las cocheras. ¡Buen cuidado tuvo de no asomarse cuando lo llamó doña Sofía!
Ha ceñido más el chal alrededor de su cuerpo estatuario, se lo ha echado más a la cara cubriéndola casi por completo, donde sólo brillan sus ojos encendidos de fiebre. Con las dos manos en el pecho, donde el corazón parece golpear, espía un momento el desierto pasillo, y sale rápida y silenciosa como una pantera.
—¿Quieres abrir esa ventana? Esta noche parece que faltara el aire… Esta noche he vuelto a sentir que me ahogo, como en los primeros años en que llegué a estas tierras.
Precisa, silenciosa, con la rapidez y la perfección que son características en ella, Yanina ha abierto la ventana de la am¬plia alcoba de Sofía, pero en nada cambia el ambiente de la lujosa estancia, no hay una ráfaga de viento, no hay una nube en el oscuro cielo tachonado de estrellas. Es una de esas noches sin luna en que se entretejen los luceros, tan apretados como una red de plata, sobre el terciopelo del firmamento. Con suave paso, la pálida soberana de Campo Real se acerca a la ventana, y el cuerpo delgado, oscuro y vibrante de Yanina, retrocede un paso cediéndole el sitio respetuosamente.
—Durante muchos años aborrecí esta tierra hasta en lo que tiene de más hermoso: su campo, su cielo, su sol de fuego, sus noches inmóviles… ¡Cuántas noches como ésta creí asfixiarme y eché a andar desesperada por esos senderos!
Sofía ha extendido la mano hacia los oscuros campos si¬lenciosos, mientras se siente como invadida, como golpeada por una marejada de recuerdos… ardientes recuerdos de sus pri¬meros meses de casada, amargas memorias de los largos años en que esperara cada noche a Francisco D'Autremont, calculan¬do con áspero despecho en qué brazos olvidaría su nombre, en qué labios estaría bebiendo la miel de un amor que a ella sólo llegaba ya como una sonrisa, como una ternura deferente, co¬mo un amable y frío respeto…
—¿No va usted a acostarse, madrina? Necesita descansar…
—Esta noche no tengo sueño. Hemos de hablar, Yanina. ¿Quieres escucharme?
—Desde luego, madrina.
Yanina ha inclinado la cabeza con aquel gesto de frío res¬peto que suele hacer como una autómata, pero las manos tem¬blorosas se juntan, apretándose sobre el pecho, y tiembla más al contacto de aquella carta. Allí tiene la prueba, el arma te¬rrible, el puñal con que puede de un golpe certero destronar a su odiada rival… Pero, ¿rival en qué? Al bajar la cabeza se ha mirado a si misma, contemplando a su pesar el traje típico con que se viste; la ancha falda de tela floreada, el delantal blanquísimo, y vuelve a mirar también, como otras veces, sus delgadas manos morenas… Son finas y bellas, cuidadas con esmero… manos color de cobre claro, forzadamente castas, que se crispan en el ansia de todas las candas, que se cierran como queriendo atrapar un anhelo imposible. manos a la vez pu¬ras y lúbricas, generosas y perversas… manos que al fin se saben dueñas del turbio destino de Aimée…
—¿Estás cansada? Siéntate, Yanina…
—No, madrina, no estoy cansada —afirma Yanina refrenan¬do a duras penas su impaciencia—. Pero temo que usted… que usted si se fatigue más de la cuenta…
—Sí… Mi corazón marcha despacio… Ha amado y ha sufrido demasiado. Es natural… Pero dejemos eso; quiero ha¬blar de Renato… Por él, y para él, necesito que haya paz ab¬soluta en esta casa. Renato la necesita; es el único ambiente en el que respira su corazón tan sensible, tan tierno… y tan apa¬sionado también. Renato es como un niño, Yanina… y contra sus años, contra su fuerza y contra su orgullo de hombre, co¬mo a niño tengo que defenderlo. No sé si me comprendes; pero necesito que me comprendas para que no te parezca una in¬gratitud lo que voy a decirte… Es preciso que Bautista, y que tú misma, se alejen de esta casa…
—¿Cómo? ¿Qué? —se sorprende dolorosamente Yanina—. ¿Va usted a echarnos, madrina?
—¿Para qué emplear ésa frase tan fea, y que al mismo tiem¬po no es cierta? No, Yanina. He pensado que tu tío debe volver a Francia y que es justo que tú le acompañes. ¿No te gusta la idea de hacer un viaje a Europa?
—Yo lo único que quiero es estar junto a usted, madrina…
—Esperaba esa respuesta… Te la agradezco, y desde luego, es la justa en el primer momento. Pero a poco que pienses en él, le tomarás gusto al viaje… Te echaré de menos, es para mí un verdadero sacrificio…
—Pero piensa usted que el señor Renato no quiere verme, ¿verdad?
—Al menos por algún tiempo, más vale evitarle la ocasión de ver a Bautista… Tú nada has hecho, ya lo sé… pero se lo' recuerdas. Piensa que se quedó aquí Bautista contra la volun¬tad de mi hijo. En estos días espero que también Juan del Dia¬blo se aleje. He puesto los medios, y se irá… Quiero darle a Renato una verdadera luna de miel, pues no la ha tenido por la intranquilidad de estos días, por los continuos problemas que se le presentan…
—Si el señor Renato volviera a poner a mi tío en su puesto, no tendría problemas. Con él no los había… El señor Renato está ciego, no sabe dónde están sus amigos y sus- enemigos… No sabe distinguir…
—Yanina, ¿por qué dices eso? —le ataja Sofía con severidad.
—Usted lo sabe igual que yo, madrina…
—Tal vez lo sepa, pero no quedan bien esas palabras en tus labios. Además, quiero que me digas qué razón has tenido para decirlas. ¿A quién te refieres? ¿Has visto, has oído algo para…?
Yanina se ha llevado las manos al pecho, ha palpado de nuevo el duro papel de aquella cana, pero su rostro permanece impasible, nada delata en él la hoguera en la que se abrasa… Suave y cortésmente, dice su mentira:
—Sólo sé lo que le he oído decir a usted, madrina. Per¬dóneme si…
—No es nada… Comprendo lo que sientes… Tengo por ti gratitud y cariño, hijita, y no te abandonaré nunca. ¿Com¬prendes? Si no te hallas bien en Europa, puedes volver, seguir¬me acompañando, y cuando aquí o allá te llegue el momento en que quieras casarte con un buen muchacho de tu clase, te daré una dote con la que has de sentirte dueña y señora de tu hogar….
—Gracias, madrina. No esperaba menos de usted —observa Yanina en forma fría, aunque cortés.
—Sé que te he hecho pasar un trago amargo… Vete a des¬cansar. Pareces nerviosa e impaciente… Anda, vete a buscar a tu tío, hablale de esto y dile que, no volverá a Francia con las manos vacias, sino con dinero para vivir sin trabajar o para establecer por su cuenta un pequeño negocio…
—Gracias otra vez, madrina.
Yanina ha besado la mano de Sofía con un gesto automá¬tico y se ha alejado después. Frente a la puerta cerrada del des¬pacho, se detiene, con las manos en el pecho para sentir el roce de aquella carta. Y sintiendo también el golpeteo de su corazón desbocado, sintiendo en sus labios, ardidos por el fuego de una pasión sin esperanza, que la hiel del rencor es más amarga que nunca, murmura con rabia:
—¡Echarme de esta casa, alejarme de él…! ¡Ya veremos! ¡Ya veremos quién es la que se aleja!
Hasta el fondo de las cocheras ha llegado Aimée, el pasó rápido y nervioso, la mirada escrutadora… Pero el antiguo mayordomo no se halla en las cocheras, ni en los establos, ni en el departamento de los gañanes, ni en los cuartones destar¬talados donde se guarda el pienso. Aimée esquiva el encuentro con el somnoliento mozo de guardia, cruza bajo los arcos y se detiene con sorpresa frente a una figurilla fina y oscura que, trepada en lo alto de un montón de heno, parece devorar algo a escondidas.
—Colibrí, ¿qué haces aquí?
—Yo… yo, nada… comer… Pero yo no me robé la em¬panada. Ana me dijo…
—Acércate y no hables fuerte. ¿Dónde está Juan del Diablo? ¿Por qué no andas con él como siempre? ¿No sabes dónde está? ¡Contesta!
—Pues no sé dónde está, mi ama, de veras que no sé. El se fue esta mañana para el ingenio… —Y en tono de misterio, agrega—: Se llevó dos caballos… Uno primero y otro después, y me dijo que no hablara con nadie, que no le dijera nada a nadie, que si me buscaban para preguntarme, me escondiera. Y toda la tarde estuve escondido, hasta que se fue ese viejo malo que le pega a la gente… Bautista, ¿no?
—¿Bautista? ¿Que Bautista se fue?
—Si, mi ama, se fue. Metió ropa en un saco, y dos panes y un queso… Luego metió el saco en la alforja de una muía negra que estaba de aquel lado, se puso la chaqueta y el som¬brero, cogió la escopeta del sereno, se montó en la mula y se fue…
—¡Bautista se fue… se fue… ¡ —murmura Aimée cons¬ternada—. ¿Y tu amo. Colibrí? Dime todo lo que sepas de él. ¡Dimelo!
—Usted también lo sabe, porque es el ama nueva, ¿no? Eso me dijo el amo… Que íbamos a tener ama nueva y que era usted. Yo a, nadie, a nadie le digo nada, pero usted si lo sabe… Usted lo sabe todo…
—¿El qué? ¿El qué es todo?
—El barco está en la playa chiquita, al lado del ingenio, y esta noche a las doce estará el amo detrás de la iglesia, y usted se va con él… ¡ Usted y yo nos vamos con él ¡
Aimée ha cerrado los OJOS sintiendo que algo helado la re¬corre de pies a cabeza. Es terror, es espanto… Todo es cierto, respiran verdad las ingenuas palabras del muchachuelo que se ha acercado a hablarle en tono de misterio, brillantes los. negros ojos sobre el rostro oscuro, tembloroso y asustado él también. Con angustia mira Aimée a todas partes hasta comprobar que nadie ha escuchado las palabras del pequeño… Luego piensa en aquella carta, caída sabe Dios en qué mano. ¿Pero qué im¬porta aquel papel, comparado con el apremio del momento? El Luzbel escondido muy cerca, aguardándoles, listo para partir quién sabe hacia qué rumbos, hacia qué aventuras, hacia qué puertos… El Luzbel, un barquichuelo ridículo donde la volun¬tad de Juan es omnipotente, donde habría de someterse, como una esclava, a su dominio, perdido todo: fortuna, dignidad, posición, derechos… hasta el nombre. Ha juntado las manos, ha alzado los ojos al cielo… Si supiera rezar, rezaría en es¬te instante; pero como un relámpago pasa un nombre por su pensamiento:
—¡Mónica! ¡ Mónica! Ella puede salvarme… ¡Sólo ella.. .!, Como una fiera perseguida, ha salvado Aimée el ancho te¬rreno que separa las caballerizas del lujoso edificio central, pe¬ro no tuerce hacia el lado izquierdo… Va directamente hacia las habitaciones de los huéspedes, salva la escalinata de piedra, llega junto a la puerta del cuarto de Mónica y alza sin llamar el picaporte, entrando de repente…
Lentamente, Mónica se levanta del reclinatorio en que ora¬ba inclinada la frente, y poco a poco va dominando su emo¬ción, su angustia, su extrañeza, mientras juntas las manos, vi¬viendo un minuto de verdadera agonía, Aimée le aguarda,..
—¿Qué te pasa, Aimée? ¿Qué tienes? ¿Para qué vienes a buscarme así?
—No sé ni para qué vengo ni sé cómo me arriesgo acudir a ti… No merezco tu ayuda m tu apoyo. Merezco que me vuelvas la espalda, que me eches de aquí sin oírme siquiera;..
—Habla, que ya te estoy oyendo…
—No, no me atrevo ni a hablarte siquiera… Perdóna¬me… ¡Estoy perdida si tú no me salvas, si tú no me ayudas, si tú no lo detienes!
—¿Detener a quién? —apremia Mónica francamente alar¬mada.
—¡A Juan del Diablo.. .! —estalla Aimée.
—¡Ah! —se tranquiliza Mónica—. Pensé…
—Renato no sabe nada. Me cree pura, limpia, inocente, y no me importa morirme cien veces con tal de que siga creyén¬dolo. .. Es por él, Mónica, te juro que es por él… ¡Es por Renato que no quiero cometer esa infamia! ¿Cómo puedo des¬trozar el corazón de un hombre tan bueno? ¿Cómo puedo amar¬gar su vida para siempre? ¿Cómo puedo clavarle el puñal de una desilusión así? Si te pido que me ayudes, si te pido que me salves, es por él, Mónica… Tú me comprendes… ¡Hermana .. .Hermana. ..!
—He resuelto apartarme de tu camino, Aimée. He resuelto dejar que sigas tu suerte… Mi lucha fue inútil, y la abandono. ¡Haz lo que quieras, todo lo que quieras…!
Como desplomada en la alfombra, a los pies de Mónica, está Aimée, que ahora se. ha incorporado, tomando desespera¬damente entre las suyas las manos heladas y blancas de su hermana. Como lejana, como ausente, ha permanecido Mónica sin dar muestras de que aquel dolor, verdadero o fingido, le con¬moviera. Ha hecho el ademán de alejarse, de apartarse, pero Aimée, desesperada, le cierra el paso:
—¡No puedes abandonarme ahora!
—Cien veces me pediste que me fuera, que te dejara en paz…
—Cien veces lo pedí, y no lo hiciste. Continuaste aquí im¬pidiendo con tu presencia que yo resolviera mis cosas mal o bien, exasperándome, enfureciéndome… Y ahora… precisamente ahora…
—¿Pretendes echarme a mi la culpa? —le ataja indignada Mónica.
—No, hermana, no es eso… Al contrario… Mido, veo, palpo que tienes razón en todo, que tus reproches eran mereci¬dos, que tus pronósticos eran ciertos. Como una loca seguí la ley de mis instintos. Ciega por una pasión malsana, rodé y ro¬dé, y ahora estoy al borde del infierno… Pero no quiero caer más abajo, no quiero seguir rodando, no quiero hundirme en el cieno definitivamente, y hundir conmigo el nombre de mi esposo…
—¡Ahora piensas en tu esposo! ¡No mientas más!
—Te lo juro, hermana… Me enloquece la idea de perder¬lo, de ser indigna a los ojos de él… Estoy desesperada, arre¬pentida … No quiero más que a Renato, no quiero vivir más que para él… ¡Pero Juan no me deja! ¿No lo comprendes?
—¿Que no te deja? ¡No sigas mintiendo! ¡Tú eres quien lo busca, quien lo enloquece, quien le has jurado que lo amas a pesar de todo, que estás dispuesta a seguirle a donde quiera que él te lleve.. .!
—¡No… No… No iré con él! Antes se lo diré todo a Renato. Si tú no me ayudas, si tú no me salvas, buscaré la muerte… Le confesaré la verdad a Renato, y que me mate. Sí, que me mate, para acabar con todo de una vez… ¡Que venga el escándalo! ¡Que venga la muerte! ¡Yo misma le saldré al encuentro!
—¡Aimée! ¿Dónde vas? —detiene Mónica con un grito a su hermana que empieza a alejarse con pasos rápidos—. ¿Estas loca?
—¡POCO me falta! Pero antes que Juan venga a buscarme a esta casa, antes de ponerlos a él y a Renato frente a frente, en una lucha en la que Renato será vencido… Porque Juan le matará; Juan es más audaz, más fuerte… Antes que Juan le mate a él, prefiero que Renato me mate a mí. Y ahora mismo…
—¡Quieta, Aimée! ¿Dónde está Juan? ¿Qué quieres que haga?
—¿Vas a ayudarme? ¡Mónica de mi alma! Ya sé que no lo haces por mí… A mí quisieras verme muerta… —No, Aimée. Eres mi hermana, mi sangre… Debiera abo¬rrecerte, abandonarte a tu suerte, pero no puedo hacerlo. No es sólo por Renato; es por ti también. Si hay algo que yo pue¬da hacer..'.
—Juan te escuchará. A ti tiene que escucharte… Eres la única que puede detenerlo, aunque sea de momento… Un plazo, una prórroga, unas horas de tiempo para hacer algo, algo con qué librarme de ese maldito Juan…
—Ahora le maldices…
—¡Le maldigo y le aborrezco! ¡Quiero a Renato y viviré para él! ¡Te lo juro! Si me salvas de ésta, seré la mujer más buena, más sumisa, más honesta, más dedicada al amor de mi esposo…
—¿Pero cómo salvarte, Aimée?
—Juan quiere llevarme esta noche… A las doce me espera con dos caballos detrás de la iglesia… Si no voy, si no llego, si falto a esa cita, vendrá a buscarme, me arrastrará con él… Ha jurado que me llevará, aunque sea delante de Renato…
—¡Pero es un salvaje, un demente! —exclama Mónica con el espanto reflejado en su blanco rostro.
—Es… quien es. Ya lo sabes… Procura sólo que no dé el escándalo esta noche. Dile que estoy enferma, prométele en mi nombre que me iré con él… Pero no esta noche, no en es¬te momento.,. —Y, visiblemente alarmada, señala—: ¡Porque ya son las doce! Seguramente que en este instante llega… Espera¬rá sólo unos minutos si yo no me presento, si tú no llegas a detenerlo. No le importará matar ni destrozar a Renato. ¡Lo odia, lo odió siempre! ¡Corre, Mónica, corre, ve y háblale…! Yo me quedaré aquí rezando porque Dios tenga piedad de nos¬otros, y porque acepte mi arrepentimiento…
Ha caído a los pies del crucifijo que preside la alcoba de Mónica, y llora… llora de espanto, de angustia, de miedo … Mónica le mira un instante, perladas de sudor las sienes, y venciendo su horror, ofreciéndose entera al momento terrible, sale arrastrando el cuerpo helador el alma ardiente…
3
NERVIOSO, INQUIETO, CON una impaciencia que es alegría febril, va Renato de un lado a otro del despacho, segui¬do por los cansados pasos del viejo Noel. Un instante, los ojos del joven D'Autremont miran compasivos al viejo notario, para en seguida proponerle:
—Está usted rendido. Vayase a descansar si quiere…
—¿Piensas que podría descansar sin saber en qué acaba todo esto? Vamos a hacer un trato, hijo: tú te vas a descansar, y yo lo espero.
—¡Qué ocurrencia! Usted sí que se ve que no puede más. Vaya, Noel, vaya a reposar…
—Me voy, pero sólo a dar una vuelta. Mucho me temo que doña Sofía no se haya acostado esperando que pase yo a hablar con ella. Si me permites usar esta puerta secreta… Da directamente frente a la alcoba de tu madre, según me dijo ella. Se abre oprimiendo la moldura, creo que en este lado… Aquí … Si …t se hunde la moldura, pero no se abre la puerta…
—¡Oh! ¡El escondrijo que buscábamos! ¿No le dije que que¬daba en este panel? Se abrió al apretar usted la moldura…
Han ido los dos hacia el estante, donde efectivamente se encuentra el hueco de una puertecilla… Pero en la oscura cavidad sólo hay un papel arrugado… un papel del qué los de¬dos de Renato se apoderan rápidamente y, emocionado exclama:
—¡Aquí está! ¡Esto era! Delante de mí, mi padre arrugó es¬ta carta y la arrojó aquí dentro.
—¿Era esa la carta que…?
—Si… Creo que si… Usted, naturalmente, sabrá lo que dice…
—No, hijo, nunca llegué a leerla. Bertolozi la envió con el' propio Juan, como ya te conté, y tu padre la leyó frente al ca¬dáver del que había sido su implacable enemigo…
Fija la vista en aquellas líneas que le queman, Renato per¬manece silencioso e inmóvil mucho tiempo, y al fin comienza a leer en voz alta lo que ya leyó con la mirada. Comienza a leer con la misma angustia, con el mismo invencible respeto conque leyó su padre frente al cadáver de Andrés Bertolozi.
Con mis últimas fuerzas te escribo, Francisco D'Autremont, y te pido que vengas a mi lado..: Ven sin miedo… Es tarde para que yo me cobre en sangre todo el mal que me has hecho. No he de repetirte cuánto te odio. Tú lo sabes… Si se matase con el pensamiento, te habría aniquilado, pero sólo yo mismo me he consumido inútilmente en la hoguera de este rencor que me pudre el alma. Me mata el odio más que el alcohol… Por odio he callado durante años enteros. Hoy quie¬ro decirte algo que acaso te interese. Esta carta la pondrá en tus manos un muchacho. Tiene doce años y nadie se ocupó ja¬más de bautizarlo. Yo le llamo Juan, y los pescadores de la costa le dicen algo más… Juan del Diablo. Es una fiera, un salvaje, lo crié en el odio… Tiene tu corazón malvado, y yo le he dado, además, rienda suelta a todos sus instintos, he destilado sobre su corazón rencor y veneno… ¿Sabes por qué? ¡Es tu hijo!"
La vieja carta de Bertolozi ha temblado en las manos de Renato, como tembló primero en las de Francisco D'Autremont. Sus ojos, agrandados de angustia, se alzan para recorrer la es¬tancia, sin verla, y la figura desolada del viejo notario, inmóvil, mudo junto a él… Un instante respira con dificultad, ahogado por la emoción de aquella tragedia, no por lejana menos cruel; pero de nuevo los renglones desiguales le atraen como si ardie¬sen. Otra vez vuelve a ellos, y otra vez bebe en aquellas letras todo el veneno que Andrés Bertolozi pusiera en ellas:
—“Si tu hijo está frente a tí, míralo a la cara. A veces es tu vivo retrato, otras se parece a ella… a ella… la maldita ramera que me traicionó, la que me arrancaste, la que fue tuya, como es tuyo ese hijo, vergüenza de mi vida. Tómalo, llévate¬lo… Tiene el corazón podrido y el alma dañada de rencor. No sabe más que odiar, que aborrecer… Si lo llevas contigo, será tu enemigo, envenenará tu hogar y turbará tus sueños. Si lo abandonas, rodará a lo más bajo, será un asesino, un pirata, un bandido que acabará en la horca… Y es tu hijo… ¡Tu hijo.. .! Tiene tu misma sangre… ¡Esa es mi venganza!"
Con dolor intenso, pálido de espanto primero, rojo de in¬dignación un instante después, Renato D'Autremont estruja aquella carta, último mensaje del rival vencido, del enemigo triunfador en la muerte. Y como Francisco, en aquella madru¬gada fatal, siente el anhelo de escupir sobre el rostro muerto, sobre la tumba de Bertolozi…
—¿Puede un hombre ser tan vil. Noel? ¿Puede alguien ven¬garse de este modo en la carne indefensa de una criatura ino¬cente? ¿Sabía usted todo esto?
—Lo .presentía, aun sin haber conocido hasta ahora esta carta horrenda…
—¿Y Juan? El pobre Juan…
—Mi compasión por él tenía, como ves, toda la razón del mundo. Era bien justa, como justo era el empeño de tu padre en protegerlo. Pero todo se puso contra él…
—Fue mi madre la que se puso contra él… Recuerdo aque¬llas horas, como si las viviera de nuevo. Recuerdo aquella noche en que mi padre salió a caballo por última vez, y el recuerdo es como una quemadura… ¡Porque yo también me volví con¬tra él!
—Renato, hijo, ¿qué dices?
—Fue por defender a mi madre, y sus últimas palabras fueron para librar del peso a mi conciencia… Sí, Noel… En Su lecho de muerte, mi padre me dijo dos cosas: que había hecho bien defendiendo a mi madre, aun contra él, y que ayudara a Juan, que le tendiese mi mano de amigo, de hermano… De hermano, sí, esa fue la palabra que usó, la recuerdo perfecta¬mente… Y esa palabra se clavó para siempre en mi corazón de niño, y le juré cumplir su deseo. ¡Y contra el mundo entero lo cumpliré, Noel.!
Ha dejado caer la carta sobre la mesa, Se ha enjugado las sienes, húmedas de un sudor de angustia. Luego, con rápido movimiento, toma el viejo papel estrujado y lo enciende en la llama amarilla de la lámpara, comentando:
—Ahora quemo esta infamia, este papel odioso, este grito de rencor y bajeza, que es la herencia de Juan… Yo le daré otra, le daré la qué mi padre quiso que le diera: mi confianza mi afecto, mi cariño de hermano… y la mitad de estas tie¬rras que por su sangre le pertenecen…
—Hijo, por Dios… Ten prudencia…
—Prefiero tener justicia, Noel. Que al fin haya justicia so¬bre la tierra de los D'Autremont… Justicia, comprensión, amor y piedad para. los que viven, y perdón para los pecados de los que han muerto…
Ha dejado caer sobre el ancho cenicero de porcelana la carta que es ya sólo un puñado de ceniza negra; luego, con rá¬pido ademán, va hada la puerta, y el viejo notario pregunta:
—¿Dónde vas, Renato? ¿No esperas a Juan?
—No puedo ya esperarlo. Noel. ¡Ahora voy a su encuentro! En el ancho portal casi en penumbras, Renato retrocede un paso contemplando a Yanina. Ha estado a punto de tro¬pezar con ella al salir del despacho. Por primera vez, los ojos claros y dulces del hijo de Sofía se fijan en ella con suavidad. Tiene el corazón henchido de ternura, de comprensión humana, de amor y compasión para todos los seres de la tierra. Se siente inmensamente generoso, dispuesto a la bondad y a la indulgencia, y domina hasta él movimiento instintivo de anti¬patía que le produce la delgada y oscura mestiza, y pregunta afectuoso:
—¿Qué pasa, Yanina, por qué me miras de esa manera?
—Parece usted contento, señor…
—Sí, Yanina, estoy contento…
—Sin embargo, es preciso que sepa la verdad, que no le engañen más, que no se burlen más de usted… Que sepa quién le miente, quién le deshonra…
—¡Yanina! ¿Qué estás diciendo? —se exalta Renato, endu¬reciéndose el gesto de. su expresión, hace un momento todo dulzura.
—¡Lea usted esta carta, señor Renato! ¡Léala! Las palabras de la mestiza han sido una sacudida brutal, un descender violento del exaltado y luminoso clima de ternu¬ra, de amor y de nobleza en qué su alma vivía. Es un halo que se le derrumba, un mundo de ilusiones que se despeña, una espantosa sensación de caer en el vacio… De un manota¬zo ha arrebatado el sobre de manos de Yanina sin mirar siquiera a quién va dirigido. Luego lee de golpe, como si tragase de un solo sorbo un vaso de veneno, y conmina a la mestiza:
—¿Qué significa esto? ¿Quién te dio esta carta? ¿Para quién es?
—¡ Para Juan del Diablo!
—Para Juan de Dios… —rectifica Renato, leyendo—. ¿Quién escribió esta carta?
—¿No lo está viendo? ¿No lo sabe? ¿No conoce la letra de…?
Otra vez ha vuelto Renato a mirar aquellas líneas, aque¬llas letras que parecen danzar ante sus ojos, arder en chisporro¬teo de burla y de ignominia… aquellas palabras cuyo signifi¬cado horrible no quiere comprender, y que, sin embargo, va penetrándole más y más, hasta clavarse en su fibra más sensi¬ble. Con ojos de loco mira a Yanina, que retrocede como dis¬poniéndose a huir, cuando él le cierra el paso:
—¡Te he' preguntado quién te dio esta carta!
—No me la dieron a mi… La robé, la recogí cuando la dejó caer la estúpida con quien la enviaron. Esta es la carta que la señora Aimée mandó a Juan del Diablo con Ana su cria¬da de confianza. ¡La mandó entregarla a Juan del Diablo!
—¡A Juan del Diablo! ¡A Juan del Diablo! ¡Lo que dices es mentira! .
—¡Es verdad! ¡Lo juro! La señora Aimée… ,
—¡No la nombres para mancharla, porque te va en ello la vida! ¡Mientes… Mientes…! '
—¡No miento! ¡La señora Aimée quiere a Juan del Diablo! ¡Se ven a solas, tienen entrevistas.. .!
—¡Calla! ¡Calla!
Rudamente, la mano de Renato ha tomado la garganta de la mestiza y aprieta enloquecido, mientras, sin defenderse, lanza Yanina su postrer chorro de veneno:
—¡Es la verdad, es la verdad! ¡Máteme a mí si quiere, por decírselo; pero mátela también a ella por serie traidora!
—¡Oh, basta! ¡Basta!
La ha soltado haciéndola caer; un instante la mira como fuera de sí, luego vuelve la espalda y corre hacia su alcoba…
Aimée se ha puesto de pie apoyándose en el reclinatorio, donde ha permanecido inmóvil, de rodillas, juntas las manos, sin llorar ni rezar, doloridos por la tensión el cuerpo y el al¬ma … Ahora sacude la oscura cabeza, ante la llegada de su madre, que la interroga: •
—Hija, ¿qué ha pasado? ¿Dónde está tu hermana? Ha ido a un recado mío. Le pedí que me hiciera un fa¬vor, y -está. haciéndomelo… Eso es todo… Iba a esperarla aquí…
Aimée se ha dirigido hacia la ventana, ha tratado de percibir todos los ruidos, pero ninguno llega hasta ella en el hon¬do silencio de la noche… Todo está en sombras, todo parece totalmente tranquilo, sólo un paso que llega muy de prisa hace helarse la sangre en sus venas. Quiere retroceder, escon¬derse, huir, pero ya es tarde, pues Renato irrumpe en la habi¬tación y ordena autoritario:
—¡Aimée! ¡Ven!
La ha arrastrado casi, llevándosela consigo, los dedos co¬mo garfios de acero clavados en el brazo de ella, obligándola a alejarse de aquella alcoba donde queda sola la asustada Ca¬talina, que no ha tenido tiempo siquiera de pronunciar pala¬bra alguna. ..La ha empujado, colocándola por la fuerza bajo el farol de luz amarilla, y queda mirándola muy de cerca de hito en hito, con expresión? fiera y terrible, mientras ella tiembla y en vano intenta retroceder… No tiene dónde dar un paso atrás, y él está allí… En sus ojos daros hay una llama¬rada de cólera infinita, de rencor sin nombre, un- fuego que Aimée nunca ha visto en aquellas pupilas, pero que bien co¬noce en otros ojos, y suplica asustada:
—¡Renato! ¿Estás loco?
—¡Loco y ciego tuve que haber sido! ¡Hipócrita! ¡Perdida!
—¿Por qué hablas' de ese modo? ¿Por qué me miras así? —Y con ahogado espanto intenta defenderse—: Renato, ¿has perdido el juicio?
—¿Recuerdas esta carta? ¡Dime!
—Yo… Yo… Yo… —balbucea Aimée sin encontrar sa¬lida.
—Es tuya… No lo niegues, no puedes negarlo. ¡Es tuya, sí, tú la. escribiste! ¡Me engañabas!
—¡No, Renato, no… ¡
—En esta carta gimes, suplicas, le pides compasión a otro hombre, y es a mí a quien debías pedirla… Pero no lo hagas, porque será inútil… ¡Será inútil!
Aimée ha tratado de huir, pero las manos de Renato la atenazan oprimiéndola, suben a su garganta, rudas y decidi¬das. .. Con la suprema audacia del terror, Aimée logra re¬huirlas para destilar el veneno de una acusación:
—No soy yo la culpable. ¡Te lo juro! ¡Es ella… ella.. .! Pido compasión, pero no para mí. Pido piedad, pero es para ella. Me humillo y suplico, pero es para salvarla a ella. ¡A Mónica!
—¿Qué es lo que dices?
—¡Mónica es la amante de Juan del Diablo!
—¡No! ¡Imposible!
—Juré callar a costa de todo… Juré no decirlo… Por mi madre. Renato, por nuestra pobre madre, quise salvar a mi hermana. Quise salvarla a costa de mi misma. ¡Ten piedad de ella, Renato! ¡Ten piedad de ella, y ten piedad de mi!
Como si un golpe brusco le despertara, como si ascendiera del fondo de un abismo, como si en sus tinieblas se hiciera la luz de repente, como si en medio de su desesperación sin lími¬tes un rayo de esperanza llegara deslumbrándole, Renato ha retrocedido buscando la verdad en los ojos de Aimée, que ahora lloran de espanto, en sus manos extendidas que piden compasión y piedad, es aquella voz que el terror ha quebra¬do en sollozos, mientras torpe y desesperadamente barbota su mentira: —Es Mónica… Es Mónica… Mi pobre hermana que está loca, ya te lo dije. Le escribí a esa fiera de Juan para dete¬nerlo. No era posible abandonarla en manos de esa bestia sin corazón. Darla a Juan es igual que entregarla indefensa en las / garras de un tigre… ¿No me entiendes, Renato? ¡Móníca es la amante de Juan! Se entregó a él en un momento de locura, sin saber lo que hacía, y él la ha convertido en su esclava, en su víctima. ¿No comprendes?
—¿Y cómo puedo comprender…?
—Ella le quiso, perdió la razón un momento, y ahora él es el amo. Manda, ordena, la arrastra como a un guiñapo.., y amenaza con el escándalo. Y ella .se muere de espanto, y su¬fre, y llora y… ¡Es un canalla, Renato, un canalla, un bandido! Pero no le provoques, no te pongas frente a él… Deja que sea yo quien le hable, quien le diga…
—¡NO mientas más! —estalla con furia Renato.
—¿No crees lo que te digo? ¡Te juro que es por Mónica que escribí esta carta! Ella estaba enloquecida de espanto y me pidió auxilio. La tiene acorralada, aterrada, y ahora mismo…
—Ahora mismo, ¿qué?
—¡Están discutiendo allí, tras la iglesia! Ella lucha por convencerlo de que se aleje, de que la deje volver a su conven¬to… Es lo único que le pide, lo único que-le implora…
——¿Detrás de la iglesia dijiste?
—Renato querido, ten lástima de Mónica… y perdóna¬me… Perdóname por no habértelo dicho. Ella no me perdo¬naría jamás si supiera que tú lo sabes. Ella está arrepentida… Quiere matarse, morirse…
—¿Por Juan del Diablo? —prorrumpe Renato con desbor¬dado sarcasmo y amargura.
—No por él, sino por su pecado, por su vergüenza… Yo quiero ayudarla a que él se aleje. Se lo he prometido… Com¬prar su, marcha y su silencio… Tal vez un poco de dinero bastaría… a
—¿Crees tú que basta con un poco de dineros—salta Rena¬to con ira concentrada—. ¿Crees que Juan es el más vil, el más canalla, el más prostituido de los hombres?
—Si, Renato, sí. Es todo eso… Por ello Mónica está en¬loquecida. Sabe que mamá se moriría si ella diera un escánda¬lo así. Le prometí hablar con esa fiera, detenerle, pedirle… —Se interrumpe de pronto y al observar el movimiento de Re¬nato, pregunta espantada—: ¿Dónde vas? –
—¡Voy allí, y tú vienes conmigo!
Ha arrastrado a Aimée, llevándola consigo. En vano ella lucha, en vano se resiste… El va como loco, como ciego, sin acertar siquiera a distinguir en qué caos de sentimientos, en qué torbellino de locura van envueltas su razón y su vida. Y forcejeando, Aimée suplica:
—¡NO, Renato, no! ¡Por favor, espera… óyeme!
—¡Frente adiós dirás lo que tengas que decir!
—¡No… no.;.! ¿Estás loco? ¡No me lleves así! —Y en su desesperación grita Aimée—: ¡Por favor… ¡
—¡Renato… Aimée… Hija… Hija.. .! —En vano ha clamado la voz espantada de Catalina, pues tomo una tromba cruza Renato salas y jardines, arrastrando a Aimée consigo, mientras la voz de Catalina de Molnar, persiste en un grito—: ¡Renato… Aimée… ¡
La anciana intuye la tragedia, la presiente, la adivina. Quiere correr, pero le falta el aire, se le nubla la vista, y cae fin de rodillas… Ha visto cruzar una pequeña sombra os¬cura. … Es Colibrí, pero éste no se detiene a la voz desespe¬rada que clama en un sollozo:
—¡Muchacho… muchacho! ¡Pronto… Socorro…!
—¿Qué pasa? ¿Quién llama? —Es la voz del viejo notario que espantado ante los gritos de auxilio se acerca y, asombra¬do, exclama—: ¡Doña Catalina…!
—¡Oh, Noel, amigo mío! ¡Pronto! ¡Hay que impedirlo! ¡Llame a doña Sofía! ¡Hay que impedirlo!
—Pero, ¿impedir qué?
—¡Va a matar a mi hija! ¡Ay….
Se ha quedado inmóvil, sin sentido. Noel, trémulo, mira a todas partes. Sombra y silencio caen sobre campos y jardines … Un trueno cercano parece agitar el espado y una ráfaga de viento silba entre el follaje y la espesura. También él pre¬siente, intuye, adivina, tiembla ante el terror de lo que ve ve¬nir, y alza en vano los ojos al cielo mientras la tormenta se avecina… Tan inútil como el deseo de detener la tormenta, tan, imposible-como sujetar el rayo, es impedirlo… Y ante su impotencia, exclama como en un rezo:
—¡Dios mío! ¡Dios mío…!