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Para la primera representación de La matanza de los inocentes, de Pierre Grossgemüth (novedad absoluta en Italia), el viejo maestro Claudio Cottes no dudó en ponerse el frac. Ciertamente, el mes de mayo estaba ya avanzado, época en que, a juicio de los más intransigentes, la temporada de la Scala comienza a decaer y es buena norma ofrecer al público, compuesto en gran parte por turistas, espectáculos de éxito garantizado, no excesivamente ambiciosos, seleccionados del repertorio tradicional menos conflictivo; y no importa que los directores no sean primeras figuras, que los cantantes, en su mayoría elementos de vieja routine escalígera, no despierten curiosidad.
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En esta época los exquisitos se permiten confianzas formales que escandalizarían en los meses más sagrados de la Scala: parece casi de buen gusto en las señoras no insistir en las toilettes de noche y vestir sencillos trajes de tarde y en los hombres ir vestidos de azul o gris oscuro con corbata estampada, como si se tratase de una visita a una familia amiga. Y hay abonado que, por esnobismo, llega hasta el punto de no dejarse caer siquiera por allí, sin por ello ceder a otros el palco o la butaca, que permanecen, por tanto, vacíos (y tanto mejor si los conocidos quieren darse cuenta de ello).
Sin embargo, aquella noche había espectáculo de gala. En primer lugar, La matanza de los inocentes constituía un acontecimiento de suyo, a causa de las controversias que la obra había suscitado cinco meses antes en media Europa cuando se había escenificado en París. Se decía que en esta ópera (a decir verdad se trataba, según la definición de su autor, de un «Oratorio popular, para coro y solistas, en doce cuadros») el músico alsaciano, uno de los principales maestros de la época moderna, había emprendido -bien es verdad que a una edad tardía- un nuevo camino (después de haber probado tantos), adoptando formas todavía más desconcertantes y audaces que las precedentes, con la intención declarada, no obstante, de «rescatar por fin al melodrama del gélido exilio en que los alquimistas intentan mantenerlo vivo con potentes drogas, hada las olvidadas regiones de la verdad»; es decir, según sus admiradores, había roto los puentes con el pasado reciente, volviendo (aunque hacía falta saber cómo) a la gloriosa tradición del diecinueve: había incluso quien le había encontrado vínculos con las tragedias griegas.
Comoquiera que fuese, el interés mayor nacía de las repercusiones de género político. Nacido en una familia evidentemente originaria de Alemania, de aspecto casi prusiano, si bien ennoblecido ya su rostro por la edad y la actividad artística, Pierre Grossgemüth, establecido en Grenoble hacía ya muchos años, había observado en los tiempos de la ocupación una conducta ambigua.
Una vez que los alemanes lo habían invitado a dirigir un concierto con fines benéficos, no había sabido negarse, pero por otra parte, se contaba, había ayudado con generosidad a los maquis de la región. Había hecho, por tanto, todo lo posible para no tener que tomar una actitud declarada permaneciendo enclaustrado en su rica villa, de donde, en los meses más críticos antes de la liberación, ni siquiera salía ya la acostumbrada e inquietante voz del piano. Pero Grossgemüth era un gran artista y aquellos días difíciles no se habrían desenterrado si no hubiese escrito y dado a la escena La matanza de los inocentes. La interpretación más obvia de este oratorio -con libreto de un jovencísimo poeta francés, Philippe Lasalle, inspirado en el episodio bíblico- la calificaba como una alegoría de las matanzas llevadas a efecto por los nazis, identificando a Hitler con el torvo personaje de Herodes.
Sin embargo, críticos de extrema izquierda habían atacado a Grossgemüth acusándole de ocultar bajo la superficial e ilusoria analogía antihitleriana las eliminaciones perpetradas por los vencedores, desde las venganzas menudas acaecidas en todos los pueblos hasta las horcas de Nuremberg. Pero había quien iba más allá: según éstos, La matanza de los inocentes pretendía ser una especie de profecía y aludir a una futura revolución y a las matanzas con ella relacionadas; una condena anticipada, pues, de tal revuelta y una advertencia a cuantos tuvieran la potestad de sofocarla a tiempo: en resumen, un libelo de espíritu absolutamente medieval.
Como era previsible, Grossgemüth había desmentido las insinuaciones con pocas pero tajantes palabras: si acaso, La matanza de los inocentes debía considerarse un testimonio de fe cristiana y nada más. Pero en la premiére de París había habido incidentes y durante mucho tiempo los periódicos habían polemizado a sangre y fuego.
Añádase a esto la curiosidad por la difícil ejecución musical, la expectación por los decorados -que se anunciaban demenciales- y por la coreografía ideada por el famoso Johan Monclar, al que se había hecho venir expresamente de Bruselas. Grossgemüth hacía una semana que estaba en Milán con su mujer y su secretaria para seguir los ensayos; y naturalmente iba a asistir a la representación. Todo esto, en suma, daba al espectáculo un sabor de excepción. No había habido en toda la temporada una soirée tan importante. Los principales críticos y músicos de Italia se habían trasladado a Milán para la ocasión, y de París había llegado un pequeño grupo de fanáticos de Grossgemüth. El cuestor, por su parte, había organizado un extraordinario dispositivo de orden para la eventualidad de que se desencadenase la borrasca.
Con todo, varios funcionarios y muchos agentes de policía destinados en un primer momento a la Scala se vieron trasladados a otros lugares. A última hora de la tarde se había perfilado de improviso una amenaza diferente y mucho más preocupante. Varios indicios apuntaban a una inminente acción de fuerza, quizá para esa misma noche, por parte de la agrupación de los Morzi. Los jefes de este movimiento nunca habían ocultado que su último objetivo era subvertir el orden constituido e instaurar la "nueva justicia". Los últimos meses había habido síntomas de agitación. Actualmente estaba en marcha una ofensiva de los Morzi contra la ley relativa a la migración interna, pendiente de ser aprobada en el Parlamento. Podía ser un buen pretexto para una intentona seria.
Durante todo el día se habían visto en las plazas y calles del centro pequeños grupos de aspecto decidido, diríase provocador. No llevaban ni distintivos ni banderas ni pancartas, no estaban encuadrados, no intentaban formar grupos.
Pero no era difícil en absoluto adivinar su ralea. Nada raro, a decir verdad, porque manifestaciones como ésta, inocuas y en sordina, hacía años que se repetían con frecuencia. Y también esta vez la fuerza pública había dejado hacer. No obstante, las informaciones secretas de la Prefectura hacían temer en un plazo de pocas horas una maniobra de gran envergadura para conquistar el poder. Se había avisado inmediatamente a Roma, se había puesto a policía y carabineros en estado de alerta y acuartelado, asimismo, a las unidades del ejército. Tampoco se podía excluir, sin embargo, que fuese una falsa alarma. Ya había ocurrido otras veces. Los propios Morzi difundían rumores de este tipo, siendo éste uno de sus juegos favoritos.
Sin embargo, como suele suceder, una vaga y sorda sensación de peligro se había extendido por la ciudad, No había ocurrido nada concreto que la justificara, no había siquiera rumores que hicieran referencia a nada preciso, nadie sabía nada, y sin embargo reinaba en el ambiente una tensión palpable. Aquella noche, después de salir de las oficinas, muchos ciudadanos apretaban el paso en dirección a su casa, escrutando con aprensión el camino, temerosos de ver avanzar desde el fondo una masa oscura que bloqueara la calle. No era la primera vez que la tranquilidad de los ciudadanos se veía amenazada; muchos comenzaban a estar acostumbrados. Por esta razón, la mayoría continuó dedicándose a sus ocupaciones como si fuera una noche como otra cualquiera. Con todo, resultaba singular una circunstancia que muchos advirtieron: si bien, filtrado a través de quién sabe qué indiscreciones, un presentimiento de cosas grandes había empezado a serpentear por aquí y por allá, nadie hablaba de ello.
En un tono acaso diferente del habitual, con sobreentendidos herméticos, se desarrollaban las conversaciones nocturnas de costumbre, se decía hola y adiós sin apostillas, se quedaba para el día siguiente, se prefería, en definitiva, no aludir de forma abierta a aquello que de un modo u otro reinaba en todos los ánimos, como si hablar de ello pudiera romper el encanto, traer mala suerte, provocar la desgracia; del mismo modo que en los buques de guerra es ley no formular a bordo ni siquiera en son de broma hipótesis de torpedeos o cañonazos.
Entre aquellos que pasaban por alto tales preocupaciones más que los demás se hallaba sin lugar a dudas el maestro Claudio Cottes, hombre cándido, en determinados aspectos incluso obtuso, para el cual nada existía en el mundo fuera de la música. Rumano de nacimiento (si bien pocos lo sabían), se había establecido en Italia siendo muy joven, en los años dorados, a principios de siglo, cuando su prodigiosa precocidad como virtuoso le había procurado la celebridad en poco tiempo, Extinguidos luego en el público los primeros fanatismos, había seguido siendo un magnífico pianista, quizá más delicado que potente, que recorría periódicamente las principales ciudades europeas para ciclos de conciertos, invitado por las más renombradas instituciones filarmónicas; esto aproximadamente hasta el año 40. Lo que más le agradaba recordar eran los éxitos que más de una vez había alcanzado en las temporadas sinfónicas de la Scala. Obtenida la ciudadanía italiana, se había casado con una milanesa y ocupado con suma probidad la cátedra de piano del curso superior en el Conservatorio. Ahora se consideraba milanés y menester es admitir que, en su ambiente, pocos había que supieran hablar el dialecto mejor que él.
Si bien estaba jubilado -no conservaba más que el cargo honorario de miembro del tribunal en algunas sesiones de exámenes en el Conservatorio-, Cottes seguía viviendo sólo para la música, no frecuentaba más que a músicos y melómanos, no se perdía un concierto y seguía con una especie de azorada timidez los éxitos de su hijo Arduino, compositor de veintidós años de prometedor talento. Decimos timidez porque Arduino era un joven muy reservado, extremadamente parco en confianzas y expansiones, de una sensibilidad incluso exagerada. Desde que se había quedado viudo, el viejo Cottes se hallaba, por decirlo así, inerme y cohibido frente a él. No le entendía. No sabía qué vida llevaba. No dejaba de darse cuenta de que sus consejos, también en materia musical, caían en el vacío.
Cottes nunca había sido un hombre guapo. Ahora, a los sesenta y siete años, sí era un viejo guapo, de aquellos que se acostumbra llamar aparentes. Con los años se le había acentuarlo un vago parecido a Beethoven; él, quizá sin saberlo, se complacía en tratar con cariño esos cabellos blancos, largos y vaporosos que daban a su cabeza un halo muy "artístico". Un Beethoven no trágico, más bien bondadoso, de sonrisa fácil, sociable, dispuesto a ver lo bueno en casi todos sitios; "casi", porque en materia de pianistas lo raro era que no torciera el gesto. Era su único punto débil y se le perdonaba con facilidad. «¿Qué, maestro?», le preguntaban sus amigos durante los descansos. «Por mí bien. Pero si hubiera sido Beethoven…», respondía en dialecto; o bien: «¿Que por qué? ¿Lo habrá oído alguna vez? Pero si se ha dormido … », o parecidas gracias fáciles de viejo cuño, ya tocara Backhaus, Cortot o Gieseking.
Esta natural sencillez -de hecho, tampoco se había amargado al verse excluido, por causa de la edad, de la activa vida artística-, hacía que resultara simpático a todo el mundo y le garantizaba un tratamiento preferente por parte de la dirección de la Scala. En la temporada lírica lo de menos son los pianistas y, en las veladas algo difíciles, la presencia en la platea del bueno de Cottes constituía un pequeño núcleo de optimismo garantizado. Cuando menos, se podía contar con sus personalísimos aplausos como norma; y era probable que el ejemplo de un concertista antaño famoso indujese a muchos discrepantes a moderarse, a los indecisos a aprobar, y a los tibios a un respaldo más manifiesto.
Eso sin contar con su aspecto sumamente escalígero y sus pasados méritos como pianista. Su nombre, por tanto, figuraba en la secreta y parca lista de los «abonados perpetuos exentos de pago». La mañana de cada día de premiére aparecía sin falta en su buzón de la portería de la via della Passione 7 una entrada con una butaca. Sólo para los estrenos que se auguraban de escasa recaudación las butacas eran dos, una para él y otra para su hijo. Esto, por lo demás, a Arduino le traía sin cuidado; prefería apañárselas solo, con sus amigos, y asistir a los ensayos generales, en que no hay obligación de ir bien vestido.
Precisamente, Cottes hijo había escuchado el día anterior el último ensayo de La matanza de los inocentes. Había hablado incluso de ello con su padre durante el almuerzo, en términos muy nebulosos, tal como acostumbraba. Había hecho alusión a ciertas «interesantes resoluciones tímbricas», a una «polifonía muy elaborada», a las «vocalizaciones más deductivas que inductivas» (palabras, éstas, pronunciadas con una mueca de desdén) y demás. Su ingenuo padre no había conseguido saber si la obra era buena o no, ni siquiera si había gustado o no a su hijo. Tampoco se empeñó en lograrlo. Los jóvenes le habían acostumbrado a su jerga misteriosa, a cuyas puertas, intimidado, se quedó también esa vez.
Ahora estaba solo en casa. La sirvienta, que iba por horas, se había marchado. Arduino comía fuera y el piano, gracias al Cielo, estaba mudo. Él "gracias al Cielo" se hallaba sin duda en el ánimo del viejo concertista; con todo, nunca habría tenido valor para confesarlo. Cuando su hijo componía, Claudio Cottes entraba en un estado de extrema agitación interna. De aquellos acordes aparentemente inexplicables aguardaba a cada momento, con una esperanza casi visceral, que saliese finalmente cualquier cosa parecida a música. Comprendía que era una debilidad de músico caduco, que no se podían recorrer de nuevo los antiguos caminos. Se repetía que lo agradable debía evitarse como señal de impotencia, de decrepitud, de marchita nostalgia. Sabía que el nuevo arte debía ante todo hacer sufrir a los oyentes, y que ésa era la señal, decían, de su vitalidad. Pero era superior a él.
A veces, mientras escuchaba en el cuarto de al lado, entrelazaba los dedos de las manos con tanta fuerza que los hacía crujir, como si con ese esfuerzo fuera a ayudar a su hijo a "liberarse". Sin embargo, su hijo no se liberaba; fatigosamente, las notas se enredaban cada vez más, los acordes adoptaban sonidos aún más hostiles, todo quedaba allí suspendido o caía a plomo abruptamente en nuevas fricciones obstinadas. Que Dios lo bendijera. Burladas, las manos del padre se separaban y, temblando un poco, se apresuraban a encender un cigarrillo.
Cottes estaba solo, se sentía a gusto, un aire tibio entraba por las ventanas abiertas.
Eran las ocho y media, pero el sol todavía brillaba. Se estaba vistiendo, cuando sonó el teléfono. «¿Está el maestro Cottes?», dijo una voz desconocida. «Sí, soy yo», respondió. «¿El maestro Arduino Cottes?» «No, yo soy Claudio, el padre.» La comunicación se cortó. Volvió al dormitorio y el teléfono sonó de nuevo. «Pero Arduino ¿está o no?», preguntó la misma voz de antes con un tono de voz casi grosero. «No, no está», respondió el padre intentando devolver la brusquedad. «¡Pues peor para él!», dijo el otro, e interrumpió la comunicación. Qué modales, pensó Cottes, ¿y quién podía ser? ¿Qué clase de amigos frecuentaba ahora Arduino? ¿Y qué podía significar aquel «peor para él»? La llamada le dejó un poco fastidiado. Afortunadamente, le duró poco.
Ahora, el viejo artista contemplaba en el espejo del armario su frac a la antigua, largo, con una caída perfecta, apropiado a su edad y al mismo tiempo muy bohémien. Inspirándose, al parecer, en el ejemplo del legendario Joachim, Cottes, para distinguirse del chato conformismo, tenía la vanidad de ponerse el chaleco negro. Como los camareros, exacto, pero ¿quién en el mundo, aunque fuera ciego, habría podido confundirle a él, Claudio Cottes, con un camarero? Aunque tenía calor, se puso un abrigo ligero para evitar la curiosidad indiscreta de los transeúntes y, después de coger unos pequeños binoculares, salió de casa sintiéndose casi feliz.
Era una noche deliciosa de principios de verano, de esas en que incluso Milán consigue representar el papel de ciudad romántica, con las calles tranquilas y semidesiertas, el perfume de los tilos que salía de los jardines y la luna como la hoja de una hoz en medio del cielo. Saboreando por anticipado la brillante velada, el encuentro con tantos amigos, las conversaciones, la contemplación de mujeres hermosas, el vino espumoso que habría seguramente en la recepción anunciada para después del espectáculo en el salón de descanso del teatro, Cottes tomó por la via Conservatorio; el camino era así un poco más largo, pero le permitía ahorrarse la visión, para él sumamente desagradable, de los Navigli cubiertos.
Allí el maestro se topó con un espectáculo extraño. Un joven de largos cabellos rizados cantaba en la acera una romanza napolitana sosteniendo un micrófono a pocos centímetros de su boca. Del micrófono salía un cable que iba a una caja con un acumulador, una instalación de amplificación y altavoz de la cual la voz salía con tanta insolencia que resonaba entre los edificios.
Había en aquel canto una especie de desahogo salvaje, cólera, y aunque las conocidas palabras fueran de amor, habríase dicho que el joven profería una amenaza. Alrededor, siete u ocho muchachitos de aspecto pasmado y punto. A un lado y otro de la calle, las ventanas estaban cerradas y echadas las persianas, como si se negaran a escuchar. ¿Estaban vacías todas aquellas viviendas? ¿O acaso los inquilinos se habían encerrado, simulando estar ausentes, por temor a alguna cosa? Cuando Claudio Cottes pasó, el cantante, sin moverse, aumentó tanto la intensidad de las emisiones que el altavoz comenzó a vibrar: era una perentoria invitación a poner dinero en el platillo colocado encima de la caja.
Pero el maestro, perturbado en su ánimo, ni siquiera sabía él cómo, pasó de largo apretando el paso. Y durante muchos metros sintió en sus hombros el peso de un par de ojos vengativos.
«¡Además de bellaco, malo!», imprecó en su interior el maestro al pedigüeño. La desvergüenza de la exhibición le había estropeado, vaya a saber por qué, el buen humor. Pero todavía le fastidió más un breve encuentro con Bombassei, un joven formidable que había sido alumno suyo en el Conservatorio y ahora trabajaba de periodista. «¿A la Scala, maestro?», le preguntó al ver por el escote del abrigo la corbata blanca.
-¿Acaso pretendes insinuar, insolente muchacho, que a mi edad ya sería hora…? -dijo él solicitando, ingenuo, un cumplido.
-Bien sabe usted -dijo el otro- que la Scala no sería la Scala sin el maestro Cottes. Pero ¿y Arduino? ¿Cómo es que no va?
-Arduino vio ya el ensayo general. Esta noche tenía que hacer.
-Ah, ya entiendo -dijo Bombassei con una sonrisa de astuto entendimiento- Esta noche… habrá preferido quedarse en casa…
-¿Y por qué tendría que hacerlo? -preguntó Cottes advirtiendo la segunda intención.
-Esta noche hay demasiados amigos de paseo… -y el joven hizo un gesto con la cabeza señalando a la gente que pasaba-. Por otra parte, en su lugar, yo haría lo mismo… Pero perdone, maestro, viene mi tranvía… ¡Que lo pase bien!