Xenogénesis 3 – Imago

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 La tercera parte de esta saga comienza así:

Caí en mi primera metamorfosis de un modo tan suave que nadie se dio cuenta. Se supone que las metamorfosis no deben de comenzar de esta manera. En la mayoría de personas se inician con pequeños, pero obvios, cambios físicos: la pérdida de dedos en las manos y los pies, por ejemplo, o la aparición de nuevos dedos, de diferente diseño.
¡Ojalá mi experiencia hubiera sido tan normal, tan segura!

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Durante varios días estuve cambiando sin llamar la atención. Normalmente, los estadios primarios de la metamorfosis no duran varios días sin provocar un sueño profundo, pero en mí sí que lo hicieron. Mis primeros cambios fueron sensoriales. Los sabores, los olores…, de repente, todas las sensaciones se convirtieron en complejas, confusas y, sin embargo, inesperadamente seductoras.
Tuve que volverlo a aprender todo. Por ejemplo, ahí está el agua del río: cuando nadaba en ella, observaba que tenía dos principales sabores distintivos —¿hidrógeno y oxígeno?—, y muchos otros sabores secundarios. Ahora podía diferenciarlos y saborear cada uno de ellos por separado. De hecho, no podía evitar el separarlos. Pero los aprendí con rapidez y los acepté en su nueva complejidad, de modo que sólo me llamaban la atención los cambios ocasionales en los pequeños sabores.
En Lo, el agua del río siempre nos llegaba enturbiada por el sedimento.
—Rica —la definían los oankali.
—Embarrada —la llamaban los humanos, y la filtraban, para que la arcilla se depositase en el fondo, antes de bebérsela.
—Simplemente agua —decíamos nosotros, los construidos, encogiéndonos de hombros. No habíamos conocido otra clase de agua.
Tan rápidamente como pude, aprendí de nuevo a comprender y aceptar mis impresiones sensoriales sobre la gente y las cosas que me rodeaban. Esta experiencia absorbió tanto de mi atención que no pude entender cómo mi familia no veía que me estaba pasando algo raro. Pero, aparte de mencionar que soñaba demasiado con los ojos abiertos, ni siquiera mis padres se dieron cuenta de las señales.
Después de todo, eran señales equívocas. Y, como nadie las estaba esperando, nadie se fijó en ellas.
Cuando yo nací, mis cinco progenitores, todos ellos, eran ya viejos. Naturalmente, no parecían tener más edad que mis hermanos y hermanas mayores, pero lo cierto es que habían ayudado a la fundación de Lo. Tenían nietos que también eran ya viejos. No creo que yo los hubiera sorprendido nunca antes, y no estaba seguro de que me gustase sorprenderlos ahora. No quería decírselo. En especial, no deseaba decírselo a Tino, mi padre humano. Se suponía que él debía de permanecer conmigo durante toda mi metamorfosis…, dado que era mi progenitor humano del mismo sexo; pero yo no me sentía atraído hacia él, como debiera haberme sentido. Ni tampoco me sentía atraído por Lilith, mi madre de nacimiento. Ella también era humana, y lo que me estaba pasando, desde luego, no era humano. Cosa extraña, tampoco deseaba acudir a mi padre oankali, Dichaan, y eso que él era la elección lógica después de Tino. Mi madre oankali, Ahajas, habría hablado por mí con uno de mis padres: ya lo había hecho por dos de mis hermanos, que le tenían miedo a la metamorfosis…, que temían cambiar demasiado, perder todo rastro de su humanidad. Esto podía sucederme a mí, a pesar de que era algo que jamás me había preocupado. Ahajas me hubiera hablado a mí, y hubiese hablado por mí, sin importarle cuál fuese el problema. De todos mis progenitores, era con ella con quien me resultaba más fácil hablar. Hubiera ido con ella, si me hubiese parecido más apetecible tal idea… o si hubiera comprendido por qué no me lo parecía. ¿Qué andaba mal en mí? No es que yo fuera tímido o tuviese miedo, pero, cuando pensaba en ir a verla, en un primer momento me sentía atraído por la idea, pero luego… casi me repelía.
Finalmente, estaba mi progenitor ooloi, Nikanj.
Él me diría que me fuese con uno de mis progenitores de mi mismo sexo. ¿Qué otra cosa podía decirme? Yo sabía perfectamente que me hallaba en la metamorfosis, y que ésa era una de las pocas cosas en las que los padres ooloi no podían ayudar. Algunos humanos insistían aún en ver a los ooloi como algún tipo de combinación macho-hembra, pero no eran tal cosa. Eran lo que eran: un sexo distinto, totalmente diferente a los otros dos.
Así que me fui a ver a Nikanj, esperando disfrutar un rato de su compañía. Él terminaría por darse cuenta de lo que me estaba pasando y me mandaría con mis padres. Pero, hasta que lo hiciese, descansaría a su lado. Yo estaba cansado, adormilado. La metamorfosis era, por encima de todo, sueño.
Encontré a Nikanj dentro de la casa de la familia, hablando con una pareja de desconocidos, humanos. Estos humanos se mantenían apartados de Nikanj: la hembra se protegía tras del macho, y éste llevaba a cabo un doloroso esfuerzo por parecer valiente. Ambos parecieron alarmados cuando abrí una pared y entré en la habitación. Luego, cuando me hubieron echado una mirada, parecieron relajarse un tanto. Yo tenía un aspecto muy humano…, sobre todo si me comparaban con Nikanj, que no lo era nada.
Estos humanos olían, demasiado obviamente, a sudor y adrenalina, a comida y sexo. Me senté en el suelo y me puse a desentrañar la compleja combinación de olores. Mi nueva percepción no me permitía hacer otra cosa. Para cuando hube terminado, pensé que sería capaz de seguirles la pista a aquellos dos humanos por cualquier parte.
Nikanj no me prestó atención, excepto para ver quién entraba. Estaba acostumbrado a que sus niños entrasen y saliesen a su libre albedrío, acostumbrado a que todos pasásemos algún tiempo con él, aprendiendo lo que estuviera dispuesto a enseñarnos.
Tenía un aroma increíblemente complejo, porque era un ooloi. Había recogido dentro de sí no sólo el material reproductor de los otros miembros de la familia, sino también células de otras especies animales y vegetales, con las que recientemente se había encontrado. Cuando pudiera las estudiaría, memorizaría y, o bien las consumiría, o las almacenaría. Consumiría aquellas que sabía que podía recrear de memoria, utilizando su propio ADN. Mantendría a las otras vivas en una especie de estasis, hasta que fueran necesitadas.
El subaroma más fácil de notar en él era Kaal, el grupo familiar en el que había nacido. Yo no conocía a los padres de Nikanj, pero conocía el aroma Kaal de otros miembros de ese grupo familiar. No obstante, por algún motivo, nunca me había fijado en ese aroma en Nikanj, jamás lo había diferenciado de este modo.
Naturalmente, el aroma principal era Lo. Se había unido a cónyuges oankali del grupo familiar Lo y, al atriarse, había cambiado su aroma como debía hacer todo ooloi. El término «ooloi» no tenía una traducción exacta en los idiomas terrestres, porque su significado era tan complejo como el aroma de Nikanj… «Forastero precioso», «Puente», «Comerciante de vida», «Tejedor», «Imán».
Imán es como lo llama mi madre de nacimiento. La gente se siente atraída hacia el ooloi y no le puede escapar. Desde luego, ella no podía…, aunque también es verdad que tampoco Nikanj podía escapar de ella o de ninguno de sus cónyuges. Los oankali decían que los nexos químicos del atriamiento eran tan difíciles de romper como pudiera serlo el dejar el hábito de respirar.
Aromas…, los dos humanos visitantes eran compañeros desde hacía largo tiempo, y cada uno olía al otro.
—Aún no sabemos si queremos emigrar —estaba diciendo la hembra—. Hemos venido a ver cómo sería eso, tanto para nosotros como para nuestro pueblo.
—Os lo enseñaremos todo —les dijo Nikanj—. No hay secretos acerca de la colonia de Marte o los viajes a la misma. Aunque, justo en este momento, todos los transbordadores destinados a la emigración se hallan en uso. Pero tenemos una zona para invitados, que los humanos pueden usar para esperar.
Los dos humanos se miraron el uno al otro. Aún olían a asustados, pero ambos estaban haciendo un esfuerzo por aparentar valentía. Sus rostros casi no registraban expresión alguna.
—No queremos quedarnos aquí —dijo el macho—. Volveremos cuando haya una nave.
Nikanj se puso en pie…, o, como dicen los humanos, se desplegó.
—No puedo deciros cuándo habrá una nave —les explicó—. Llegan cuando llegan. Dejadme mostraros la zona de invitados. No es como esta casa: los humanos construyeron el edificio con madera cortada.
La pareja trastabilló, apartándose de Nikanj.
Los tentáculos del ooloi se aplastaron contra su cuerpo, mostrando su jocosidad. Se volvió a sentar.
—Hay otros humanos aguardando en la zona de invitados —les dijo con suavidad—. Son como vosotros: quieren tener su mundo, totalmente humano. Viajarán con vosotros cuando os marchéis.
Hizo una pausa y me miró.
—Eka, ¿por qué no se lo enseñas tú?
Ahora más que nunca deseaba quedarme con él, pero pude ver que los humanos parecían más tranquilos al ser confiados a alguien que se parecía tanto a ellos. Me alcé y les di la cara.
—Éste es Khodahs —les dijo Nikanj—. Uno de mis hijos más pequeños.
La mujer me lanzó una mirada que yo ya había visto demasiadas veces como para no reconocerla.
—Pero, pensé… —tartamudeó.
—No —le dije, y le sonreí—. No soy humano. Soy un construido, nacido de humana. Venid conmigo. La zona de invitados no está lejos.
No me siguieron a través de la pared hasta que ésta no estuvo totalmente abierta…, como si creyesen que la pared se les iba a cerrar mientras pasaban, como si les pudiese hacer daño.
—Sería como si os aferrase suavemente una gran mano —les dije, cuando estuvimos fuera.
—¿Cómo? —me preguntó el macho.
—Si la pared se cerrase sobre vosotros… No os haría daño, porque estáis vivos. Aunque quizá se os comiese la ropa.
—¡No, gracias!
Me eché a reír.
—Nunca he visto que pasase eso, pero he oído que puede suceder.
—¿Cuál es tu nombre? —me preguntó la hembra.
—¿Entero? —Parecía interesada en mí: olía a sexualmente atraída, lo cual, a su vez, la convertía en interesante para mí. Yo acostumbraba a gustarles a las hembras humanas, siempre que mantuviese cubiertos con ropa los pocos tentáculos de mi cuerpo y mi cabello ocultase los de mi cabeza. En cuanto a los puntos sensibles de mi cara y brazos, parecían piel normal, pese a que para mí no lo eran, en absoluto.
—Tu nombre humano —me dijo la hembra—. Ya sé que te llamas… Eka y Khodahs, pero no estoy muy segura de por cuál de ellos te he de llamar.
—Eka es sólo un apelativo cariñoso para los niños pequeños —le expliqué—, como lo es lelka para los niños casados y chka entre los cónyuges. Khodahs es mi nombre propio. La versión humana de mi nombre completo es Khodahs lyapo Leal Kaalnikanjlo. O sea mi nombre, los apellidos de mi madre de nacimiento y mi padre humano, y el nombre de Nikanj, precedido por el grupo familiar en el que él nació y terminado por el grupo familiar de sus cónyuges oankali. Si yo fuera nacido de oankali o te diera la versión oankali de mi nombre, sería mucho más largo y complicado.
—He oído algunos de ellos —dijo la mujer—. Supongo que, con el tiempo, los dejaréis correr.
—No. Los cambiaremos para que se adapten a nuestras necesidades, pero no los abandonaremos. Dan una información útil, sobre todo para la gente que anda buscando atriarse.
—Khodahs no se parece a ningún nombre que yo haya oído antes —intervino el hombre.
—Es un nombre oankali. Un oankali llamado Khodahs murió por ayudar a la emigración a Marte. Mi madre de nacimiento dijo que merecía ser recordado. Los oankali no tienen una tradición de recordar a los muertos a base de poner su nombre a los niños, pero mi madre de nacimiento insistió en ello. Eso es algo que hace de vez en cuando: el insistir en guardar las costumbres humanas.
—Tú tienes un aspecto muy humano —dijo con voz queda la mujer.
Sonreí.
—Soy un niño. De lo que tengo aspecto es de inacabado.
—¿Qué edad tienes?
—Veintinueve.
—¡Buen Dios! ¿Y cuándo te considerarán un adulto?
—Después de la metamorfosis. —Sonreí para mí. Pronto—. Tengo un hermano que la pasó a los veintiuno, y una hermana que no llegó a ella hasta los treinta y tres. La gente cambia cuando sus cuerpos están dispuestos, y no a una edad específica.
Guardó silencio durante un rato. Llegamos a la última de las verdaderas casas de Lo…, las casas que habían crecido a partir de la sustancia viva de ese ser que era Lo. En tales casas, los humanos sin cónyuges oankali no podían abrir paredes o alzar plataformas para tener mesas, camas o sillas. Dejados a solas en las mismas, esos humanos se convertían en prisioneros, hasta que algún construido, oankali o humano atriado los liberaba. Por ello se les había dado primero una casa, y luego toda una zona, para invitados. En esa parte habían edificado sus casas muertas, con madera cortada y paja trenzada. Usaban fuego para cocinar y tener luz y, de vez en cuando, les ardía alguna de las casas. Las casas que no ardían se infectaban de roedores e insectos, que devoraban los alimentos de los humanos e incluso les mordían o picaban. Periódicamente, los oankali entraban en esas casas y echaban de ellas a la vida no humana. Pero ésta siempre regresaba: había estado alimentándose de los humanos, comiendo su comida y viviendo en sus casas, desde mucho antes que llegaran los oankali. De todos modos, la zona para invitados seguía siendo razonablemente confortable. Los invitados comían de árboles y plantas que no eran lo que parecían ser, sino que eran extensiones de la entidad Lo. Ésta había sido inducida a sintetizar frutas y verduras en formas, sabores y texturas que los humanos pudiesen reconocer. Los alimentos crecían en lo que parecían ser sus árboles y arbustos correctos. Y Lo se ocupaba de los desechos humanos, manteniendo limpia su zona, a pesar de que ellos acostumbraban a mostrarse descuidados acerca de donde tiraban los desperdicios en aquél su hogar temporal.
—Ahí hay una casa vacía —les dije, señalando.
La mujer miró mi mano en vez del lugar donde señalaba. Desde un punto de vista humano, yo tenía demasiados dedos, tanto en las manos como en los pies: siete en cada uno. Pero, dado que formaban parte de manos y pies de aspecto totalmente humanos, los seres humanos no acostumbraban a fijarse en ellos, al principio.
Mantuve en alto mi mano abierta, con la palma hacia arriba, para que pudiese verla, y su expresión pasó de una de curiosidad y sorpresa a otra de azaramiento, para volver a ser de curiosidad.
—¿Cambiarás mucho en la metamorfosis? —me preguntó.
—Probablemente. Los nacidos de humana nos hacemos más oankali y los nacidos de oankali más humanos. Yo soy un primera generación. Si queréis ver qué nos depara el futuro, dad una ojeada a los construidos de tercera o cuarta generación. Desde el principio al fin son mucho más uniformes.
—Ése no es nuestro futuro —dijo el macho.
—Vosotros escogéis —les dije. El hombre se alejó, en dirección a la casa vacía. La hembra dudó.
—¿Qué es lo que piensas de nuestra emigración? —me preguntó.
La miré y, como me caía bien, deseé no tener que contestarle. Pero estas preguntas debían ser contestadas. Y, sin embargo, ¿por qué las hembras humanas que insistían en hacerlas eran, tan a menudo, pequeñas y débiles? El ambiente al que se dirigían, en Marte, era mucho más duro que cualquier otra cosa que hubiesen conocido. Nos ocuparíamos de que tuviesen las mayores posibilidades de sobrevivir, y muchas resistirían y tendrían sus hijos en su nuevo mundo. ¡Pero sufrirían tanto! Y, al cabo, todo sería para nada. Su propio conflicto genético los había traicionado y destruido en una ocasión. Y lo volvería a hacer.
—Deberíais quedaros —le dije a la mujer—. Y uniros a nosotros.
—¿Por qué?
¡Sentía tales deseos de no mirarla, de alejarme de ella! Pero seguí dándole cara.
—Comprendo que los humanos deben de ser libres para irse, si así lo desean —le dije con voz baja—. En mi cuerpo hay lo bastante de humano como para poder comprender eso. Pero también hay lo bastante de oankali como para saber que, con el tiempo, os volveréis a destruir a vosotros mismos.
Frunció el ceño, arrugando su lisa frente.
—¿Quieres decir que habrá otra guerra?
—Quizás. O tal vez halléis otro modo de hacerlo. Antes de vuestra guerra ya estabais trabajando en varios métodos para lograrlo.
—No puedes saber nada de eso; eres demasiado joven.
—Deberíais quedaros y juntaros con construidos o con oankali —le dije—. Los niños que nosotros construimos están libres de las taras inherentes. Lo que nosotros construimos durará…
—¡No eres más que un niño, que repite lo que le han dicho!
Negué con la cabeza.
—Percibo lo que percibo. Nadie tuvo que explicarme cómo usar mis sentidos, del mismo modo que no tuvieron que decirte a ti cómo ver o cómo oír. En la Humanidad hay un conflicto genético letal, y eso también tú lo sabes.
—Lo único que sabemos es lo que nos han dicho los oankali. —El macho había vuelto. Rodeó con su brazo a la hembra, apartándola de mí, como si yo representase alguna amenaza—. Podrían estar mintiéndonos…, sus motivos tendrán.
Pasé mi atención a él.
—Sabes que no mienten —le dije, con suavidad—. Vuestra propia historia os lo explica: vuestro pueblo es inteligente, y eso es bueno. Los oankali dicen que, potencialmente, sois una de las especies más inteligentes que jamás hayan hallado; pero también sois jerárquicos…, vosotros, vuestros más próximos parientes animales, y vuestros más lejanos antepasados animales. La inteligencia es una cosa relativamente nueva para la vida en la Tierra, pero sus tendencias jerárquicas vienen de muy antiguo. Lo nuevo ha sido puesto muy a menudo al servicio de lo viejo. Y esto volverá a suceder. Sois lo bastante listos como para aprender a vivir en vuestro nuevo mundo, pero sois tan jerárquicos que os destruiréis tratando de dominarlo y de dominaros los unos a los otros. Quizá duréis largo tiempo, pero al final acabaréis por destruiros.
—Podemos durar un millar de años —dijo el macho—. No lo hicimos tan mal en la Tierra, hasta la guerra.
—Quizá. Vuestro nuevo mundo será difícil y os exigirá la mayor parte de vuestra atención, quizás incluso ocupe vuestras tendencias jerárquicas por un tiempo, convirtiéndolas en inofensivas.
—Seremos libres: nosotros, nuestros hijos, los hijos de nuestros hijos.
—Quizá.
—Seremos totalmente humanos y libres. Ya es suficiente. Quizás incluso algún día volvamos al espacio por nuestra cuenta. Puede que tu gente se equivoque por completo con nosotros.
—No. —Él no podía leer las combinaciones genéticas como yo. Era como si fuera a saltar por un precipicio, simplemente porque no lo podía ver o, lo que aún era peor, porque hasta pasado mucho tiempo él, o mejor dicho su descendencia, no iba a estrellarse contra las rocas de abajo. Y, ¿qué era lo que estábamos haciendo, nosotros que sabíamos la verdad? Le estábamos ayudando a llegar hasta el borde del abismo…, le llevábamos allí en los transbordadores.
—Quizá duremos más que lo que dure tu gente aquí en la Tierra —dijo.
—¡Ojalá! —Su expresión me decía que no creía en mis buenos deseos, pero eran auténticos. No estaríamos aquí…, la Tierra que él conocía no seguiría aquí, más que unos pocos siglos. Nosotros, los oankali y los construidos, éramos un pueblo de navegantes espaciales, tan curiosos acerca de las otras formas de vida, y tan adquisitivos de las mismas, como jerárquicos eran los humanos. Llegaría un día en el que tendríamos que iniciar la larga, larga búsqueda de nuevas especies con las que combinarnos, con las que construir nuevas formas de vida. Buena parte de la existencia de los oankali se empleaba en esas búsquedas. Dejaríamos este sistema solar más o menos dentro de unos tres siglos. Yo mismo viviría para ver este adiós. Y, cuando nos separásemos y nos dispersásemos, dejaríamos tras de nosotros un despojo de rocas esquilmadas, que se parecería más a la Luna que a la azul Tierra de antaño. Naturalmente, él no sabía esto; y el decírselo sería una crueldad.
—¿Alguna vez piensas en ti o en tu especie como humanos? —me preguntó la hembra—. ¡Algunos de vosotros tenéis un aspecto tan humano!
—Sentimos nuestra humanidad. Nos ayuda a comprenderos tanto a vosotros como a los oankali. Por sí solos, los oankali no os hubieran dejado jamás tener vuestra colonia en Marte.
—¡Me habían dicho que nos estaban ayudando! —dijo el macho—. ¡Tu…, tu padre ha dicho que nos estaban ayudando!
—Os ayudan por lo que les decimos nosotros los construidos: que debe de seros permitido el ir allí, incluso a pesar de que, al final, acabaréis por destruiros. Los oankali creen…, no, los oankali saben en lo más profundo de su ser que es un error ayudar a la especie humana a regenerarse incambiada, porque se destruirá de nuevo a sí misma. Para ellos, es como causar deliberadamente la concepción de un niño que es tan defectuoso que, indefectiblemente, morirá en su infancia.
 

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