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Cañas y barro llegó a mis manos en plena transición política española.
Una transición que ya era histórica y que se había iniciado con un auténtico
estallido cultural, innovador e irrepetible en donde casi todo parecía
posible de realizarse y se respiraba una auténtica sensación de libertad
cultural.
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Se contó incluso con la colaboración de un ente tan peculiar como
Televisión Española, que asumió la coproducción y el riesgo que suponía
un autor como Blanco Ibáñez: anticlerical, progresista y liberal.
Nada más leerla, comprendí que me encontraba ante una heroína absolutamente
anticonvencional. Neleta pertenecía a ese tipo de personajes
mágicos que sólo a veces aparecen en la vida de una actriz y marcan su
carrera para siempre. Tenía además el aliciente de sumar una vez más la
coincidencia de interpretar de nuevo a un autor hasta el momento prohibido.
Neleta aparecía ante mí como una mujer políticamente incorrecta y
eso fue precisamente lo que me hizo encontrarla fascinante. Poseía esa
fuerza demoniaca que los hombres de finales del XIX identificaban con las
mujeres, hasta el extremo de cuestionar la existencia del alma femenina.
Creo que entre nuestros mejores escritores de finales del XIX aquellos que
se ocuparon de esa alma femenina, ya que no todos estuvieron igualmente
interesados, dos son fundamentales a mi modo de ver: Blasco Ibáñez y
Galdós. Ambos, desde una visión completamente masculina, nos ofrecen
un mundo femenino por el que sienten comprensión e indulgencia, con sus
faltas o errores a la hora de decidir su futuro. Ellas nunca se sintieron completamente
felices (siempre tienen ese punto de insatisfacción tan genuinamente
femenino) y es el amor, el hombre, la única salida o escape que
hace posible sus ambiciones, ya que la falta de recursos domina sus vidas
e impide su realización. Aunque Blasco nos ofrece también heroínas triunfadoras
que lo tienen todo, o lo han tenido, como Leonor de Entre naranjos;
todo menos lo más importante, el amor de verdad. Cuando creen
haberlo encontrado, el hombre se les aparece débil, sin fuerza, como
Tonet,, ambicioso, rudo y patán como Cañamel, o como Tono, con ese exceso
de honestidad que cierra toda posible comprensión hacia su hijo Tonet,
convirtiéndolo así en una víctima de la historia.
Su galería de personajes es riquísima y sus caracteres no tienen límites,
como al parecer su vida, una vida llena de actividad, no sólo como escritor
sino también como político. Siete veces fue diputado por Valencia y fundó
su propio periódico, El Pueblo, y viajó, viajó mucho, algo que no era común
entre sus colegas. Como personaje que vivió entre dos siglos, le tocó el horror
de la Primera Guerra Mundial y la inspiración fue esa magnífica novela,
Los cuatro jinetes del apocalipsis, una de sus obras más internacionales
llevada al cine por la industria de Hollywood.
Blasco era un hombre especialmente interesado por la tierra que le vio
nacer: Valencia, y eso le hizo profundizar en historias tan fascinantes
como Los Borgia o Sonnica la cortesana. Esa historia, reflejo de su propia
tierra, llena de contradicciones, con sus ríos desbordados, sus pasiones
casi siempre prohibidas y peligrosas, que llevan al hombre hacia senderos
y abismos llenos de equivocaciones que transforman sus vidas.
Entre sus personajes, casi nadie consigue ser lo que se propuso, incluso
Neleta cuando parece que lo ha conseguido todo, lo pierde, lo pierde mientras
escucha las palabras del abuelo: «Llora, perra, llora» y Neleta llora; sin
embargo uno tiene la impresión de que no está ante una perdedora. Si
Blasco hubiera escrito una segunda parte, posiblemente la habríamos
encontrado rehecha con su vida, asumiendo su falta, pero sin haber perdido
una brizna de ambición, llena de dignidad.
Casi como la Tristana de Galdós (a quien también he tenido el placer de
interpretar), coja, sí, de mal humor, pero entera, entera con su vida. Si las
heroínas de Galdós poseen un destino generalmente devastador, sumergido
en las dificultades de la vida, para Blasco, esa vida cambia según el
curso del río o las alteraciones de los vientos. El hombre paga su cobardía,
la mujer su osadía, sin embargo la reprimenda moral no existe, nadie es
bueno o malo, simplemente es así, y ésa es su gran modernidad y su
aportación a un naturalismo carente de castigo, el castigo de ser de una
determinada manera.
Autor oscurecido durante un largo período, recuerdo la visión raquítica
de su vida y su obra reflejada en el libro de literatura que yo estudiaba.
A menudo, en la historia de España, nos encontramos con personajes
similares, cuya grandeza viene rubricada con el insulto y la mezquindad.
Si Galdós era para algunos españoles «el garbancero», Blasco era melodramático
y sensiblón. El primero nos dejó la obra más importante de
nuestra propia historia, Los episodios nacionales. Blasco nos dio la
galería de personajes y situaciones más reales e interesantes de la época
con ese tono universal que hacía de su tierra valenciana un mundo complejo
de ambiciones, deseos incontrolados, donde las alteraciones de la
naturaleza influían considerablemente en el destino de sus personajes.
Una obra literaria valiente y crítica, crítica con la situación política, como
en la magnífica novela El intruso, donde nos describe la formación del
Partido Nacionalista Vasco parapetado tras los viejos carlistas y con el
apoyo de los jesuitas de Deusto, y crítico feroz de los convencionalismos
sociales de la época que él se saltaba para ofrecernos esa alma humana
especialmente femenina que era objetivamente la menos defendida por la
sociedad.
Supo como nadie hacernos amar a las gentes transgresoras que consiguen
mantener intacta su esencia, esa esencia que hace de algunas
heroínas del XIX auténticas joyas irrepetibles.
Creo que Cañas y barro, en nuestra versión cinematográfica, contribuyó
un poco a descubrir su magnitud y estar ahí en ese momento que para mí
fue espléndido.
Creo que la figura de Blasco Ibáñez está inmersa en ese grupo especial
de hombres de este país que han aportado cosas reales e identificables.
Cuando uno se adentra en su lectura se encuentra conmovido por un
mundo de sentimientos que son universales y ahí radica su grandeza.