Ceram, C.W. – El Misterio de los Hititas

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Casi todas las traducciones de los textos egipcios e hititas que se citan, existen en varias versiones, difieren bastante unas de otras, según el punto de vista particular de los arqueólogos y el estadio en que se encontraba la ciencia cuando se realizaron las respectivas traducciones. Para su inclusión pura y simple en este libro se ha hecho caso omiso de los comentarios eruditos que generalmente acompañan a dichas traducciones. Las citas egipcias se basan en las obras de Adolf Erman, Günther Roeder, Hermann Ranke, Alexander Scharff y Siegfried Schott, y las hititas principalmente en las interpretaciones de H. T. Bossert, Johannes Friedrich y Heinrich Zimmern, algunos de cuyos textos han sido reproducidos por Antón Moortgat y Margaret Riemschneider. A quien le interesase profundizar en el estudio de la hititología hallará otras referencias, debajo de esos nombres, en los grupos I y VI de la bibliografía.

 

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Introducción

Esta información sobre el descubrimiento del imperio de los hititas constituye un libro completo por sí solo. Podría muy bien ostentar el título de «Libro de las Rocas», en cuyo caso se agregaría orgánicamente como quinto libro, a los cuatro anteriormente publicados y que hace algún tiempo reunía en una «novela de la arqueología» bajo el nombre de «Dioses, Tumbas y Sabios».
En ella describí la historia de cuatro eras de la civilización, pero no a la manera directa y minuciosa de los historiadores, sino antes bien dando un rodeo que me permitiera poner de manifiesto los métodos a menudo novelescos del investigador, gracias a los cuales fue posible redescubrir aquellas antiguas civilizaciones.
De modo semejante he obrado esta vez. Este libro, cuyo título exacto es en alemán: «Desfiladero angosto y montaña negra», trata de los arqueólogos y de sus excavaciones; de viajeros y de descifradores, y en el transcurso de la narración, gracias a los objetos desenterrados, va perfilándose, por decirlo así, una realidad que necesita ser interpretada: la imagen del imperio de los hititas, el cual, basta fecha relativamente reciente, era poco menos que desconocido. De todos modos, en un punto esencial difiere este quinto libro de los precedentes.
No puedo iniciar esta introducción prometiendo, como entonces hice, que «voy a relatar aventuras emocionantes». La verdad es que entre los adeptos de la hititología no se dan figuras novelescas tales como Schliemann, el descubridor de Troya; el atleta Belzoni, el médico Botta y los agentes consulares Layaré, Stephens y Thompson. Por otra parte, el territorio que dominaron los hititas no ha sido pródigo en hallazgos suntuosos como los de Egipto, ni en él se descubrieron tumbas cuyo mobiliario nos haya legado evidencias de acontecimientos de la historia primitiva, como es el caso de las tumbas reales de Ur, en Caldea. Puede que esta constatación decepcione a primera vista. Lo cierto es que ni los mismos grandes reyes hititas parecen haber atesorado fabulosas riquezas como los demás príncipes orientales, ni haber destacado como promotores y mecenas de las artes, a pesar de que reinaron sobre un pueblo que, según ahora sabemos, en el segundo milenio antes de nuestra era llegó a ser la tercera gran potencia del Oriente Medio, al lado de Egipto y de los imperios babilónico y asirio.
Tengo esperanzas, no obstante, de que la lectura de este libro no dejará de tener interés; cuando menos para aquellos que saben apreciar la afirmación de Woolley, el descubridor de Ur y de Alalakh, según el cual «el arqueólogo prefiere adquirir conocimientos nuevos a encontrar objetos materiales».
Con respecto a la adquisición de «conocimientos», si puedo hacer buenas promesas al que leyere este libro, por cuanto aquí por primera vez enfrentase el lector con una primera relación coherente y detallada del sorprendente descubrimiento de la civilización de los hititas. En la bibliografía de que se disponía hasta fecha muy reciente, esta cuestión se ventilaba en unas pocas páginas del prólogo, mientras que aquí será revelado un mundo antiguo verdaderamente nuevo por lo desconocido; un mundo que no figuraba aún en nuestros manuales de historia.
Al quedar la hititología tan sensiblemente despojada de fantasía y de fascinación humana, no me ha sido posible esta vez presentar este libro como una «novela de la hititología». Lo que ofrezco no es, en verdad, más que un relato, una crónica, pero me ha sido dado el poder tratar minuciosamente algunos métodos de investigación arqueológica, tales como los que hicieron posible el desciframiento y la reconstitución de la cronología antigua.
Como en el libro anterior, también en éste topé con grandes dificultades, entre otras con el problema de la trascripción de los nombres, en cuyo dominio reina una completa anarquía, incluso en las obras especializadas, puesto que el intento de trascripción fonética de los nombres turcos antiguos y modernos dio resultados distintos en cada idioma. Todavía hoy persisten interpretaciones ortográficas diferentes en los manuales de arqueología de un mismo país.
Así, por ejemplo, encontramos que el nombre turco de Bogazköy, se escribe también Boghazköy, Boghaz-keui, de modo que a veces el lector ajeno a nuestra especialidad no puede saber que se hace referencia al lugar en donde estaba situada la antigua capital hitita: Hattusas (o Hattuscha, o Hatusa). A fin de disponer de una ortografía uniforme, he adoptado la trascripción del doctor O. R. Gurney, de la Universidad de Oxford, por considerar que constituye la mejor combinación y la más legible entre las distintas concepciones sustentadas por los ingleses y los alemanes. Pero en el caso —muy frecuente— de existir modos completamente diferentes de escribir algún nombre (así por ejemplo: Sendjirli por Zinjirli o Zenjirli) he dado cabida a todas las grafías en el índice, remitiendo al lector a los nombres empleados en el libro. De la misma manera he procedido con los nombres modernos de localidades antiguas, de modo que al lado de Tell Atchana se halla la referencia de la antigua Alalakh.
Para terminar esta introducción séanme permitidas unas palabras de agradecimiento. Me hubiera sido totalmente imposible el escribir este libro sobre una exploración que está todavía en plena actividad, de no haber tenido ocasión de recorrer los lugares donde se realizan las excavaciones más importantes.
A la intervención del profesor Carl Rathjen, de la Universidad de Hamburgo, debo el haber sido invitado al XXII Congreso Oriental de Estambul, lo cual me permitió no solamente participar en muchas charlas extraordinariamente interesantes, y entablar fructuosos contactos, sino que, además, me dio ocasión de poder tomar parte en las excursiones organizadas y comentadas por especialistas en la región del antiguo Imperio de los hititas. De este modo pude estar presente en la primera visita a través de Maya Huyuk teniendo por guía al director de las excavaciones, el doctor Hamit Zübeyr Kosay, ex director general de Museos y Antigüedades de Turquía. Estoy muy agradecido también a la señora Nimet Özgüç, esposa del entonces director de las excavaciones de Kultepe, por las explicaciones que tuvo a bien darme. Gracias al profesor Kurt Bittel (actualmente director del Instituto Arqueológico Alemán de Estambul) me fue posible trasladarme por primera vez a Bogazköy y a Yazilikaya, donde él dirigió las excavaciones de 1931 a 1939.
Fue también el mismo profesor Bittel quien en el transcurso de nuestras largas conversaciones en Estambul me facilitó la primera información sistemática sobre las recientes investigaciones realizadas y me inició en la historia hitita en general, un terreno casi impenetrable sin guía.
Pero, sobre todo, rindo homenaje de gratitud al doctor Helmuth Th. Bossert, de la Universidad de Estambul, el descubridor de las ruinas de Karatepe. Desde un principio pude contar con su más decidido apoyo, y durante el otoño del 1951, hasta que se inició el período de lluvias, fui huésped de la expedición. No debo seguir sin dar las más expresivas gracias a los miembros de la Sociedad Turca de Historia, a la Dirección General de Museos y Antigüedades de Turquía y a la Facultad de Letras de la Universidad de Estambul, que me han prestado todo su apoyo para el buen éxito de mi cometido. Jamás podré olvidar su hospitalidad en plena selva y aquel ambiente de cordialidad en que se desarrollaba la labor; las conversaciones nocturnas de sobremesa, acompañadas por el eco lejano del aullido de los chacales, y las largas discusiones que sobre los nuevos hallazgos sostenía con el doctor Bahadir Alkim, con el doctor Halet Cambel, con otro huésped de la expedición, el padre O’Callaghan, que luego sufrió un accidente mortal frente a Bagdad, y con la doctora Muhibbe Darga, la discípula más joven del profesor Bossert.
También quiero recordar al doctor Bahadir Alkim y a su esposa la señora Handan Alkim, los cuales no solamente fueron los más perfectos anfitriones que uno imaginarse pueda durante mi segunda estancia en el Karatepe el año 1953, sino que, además, el doctor Alkim tuvo la deferencia de examinar un primer proyecto de este libro, y tanto a él como al doctor Franz Steinherr (actualmente en la Embajada alemana de Ankara) les debo innumerables e importantes sugestiones.
Y, por fin, debo hacer constar también que me prestaron la mayor y la más cordial ayuda, una vez hube terminado este libro, de nuevo el profesor H. Th. Bossert y la doctora Margarete Riemschneider, de Schwerin, al corregir las primeras pruebas, y así pudieron eliminarse algunas faltas que inevitablemente se habían deslizado en la obra.

C. W. CERAM

Marzo 1955.

I. El enigma de la existencia

Capítulo 1 – Presentimiento y revelación

Cuando en la remota antigüedad Leandro adolescente cruzaba de noche el Helesponto para ir a descansar en brazos de su amante Hero, nadaba desde Asia a Europa. Hoy llamamos Dardanelos a este estrecho brazo de mar, el Helesponto, que enlaza el mar de Mármara con el Mediterráneo, y no constituye una divisoria hidrográfica, sino antes bien un puente lanzado entre el Asia Menor y Europa, según demostraron los pueblos que participaron en la invasión del Egeo, y también Jerjes I (480 antes de Jesucristo) y Alejandro el Magno (336 a. de J. C).
Debido a su situación, desde un principio fue el Asia Menor, la actual Turquía, país de tránsito de huestes guerreras, o, lo que es lo mismo, se convirtió en un campo de batalla y en un crisol de razas.
Aquí la historia se produjo únicamente en estado salvaje, imperando la ley del más fuerte, con la sola alternativa de muerte o de supervivencia, tal como siempre ha sucedido hasta nuestros días, hasta Stalingrado, cuando chocan el Este y el Oeste. Solamente eran posibles soluciones como aquellas de las que Alejandro dio un ejemplo simbólico al cortar el nudo gordiano.
Para nosotros, hombres del siglo XX después de Jesucristo, es de una actualidad palpitante el período de historia que tuvo su origen en este lugar en el siglo XX antes de Jesucristo precisamente, cuando irrumpieron en él los hititas indogermanos; pues, según expresión del hititólogo Albrecht Götze, «fue la primera vez que pueblos europeos penetraron en el mundo civilizado, y éste no es precisamente uno de los menores alicientes de la historia de los hititas…».
Es una de las curiosidades más desconcertantes de la historia el que el imperio responsable del choque entre los dos universos haya sido «descubierto» por la ciencia hace tan sólo unas pocas décadas; y es verdaderamente asombroso que, al cabo de tan poco tiempo, los arqueólogos estén ya en condiciones de poder escribir una minuciosa historia de este imperio, habiendo incluso logrado interpretar y comprender el lenguaje y la escritura de un pueblo desaparecido hace más de 3.000 años.
En este libro me he propuesto describir las excavaciones y exponer los métodos de investigación que debieron emplear los hombres de ciencia para poder llegar rápidamente a este resultado admirable.
Han transcurrido unos doscientos años desde la aparición de la primera gran Enciclopedia francesa de las Ciencias y de las Artes. Desde entonces no hay nada mejor que las viejas enciclopedias para quien quiera contrastar la rapidez con que avanzó una ciencia cualquiera en un período dado. En este aspecto es muy significativo, como ejemplo, el artículo publicado bajo el epígrafe de «Hititas» en la edición del año 1871 de la Nueva Enciclopedia Meyer: Dice así: «Tribu cananea que los israelitas encontraron en Palestina; vivía al norte de Hebrón junto con los amoritas; más tarde se estableció en la región de Bethel y era tributaría de Salomón. Sin embargo, posteriormente existió cerca de Siria un pueblo hitita independiente bajo régimen monárquico». O sea que el año 1871 los historiadores sabían bien poco de los hititas, mientras que ahora sabemos de cierto que este pueblo constituía en el segundo milenio antes de J. C. una gran potencia política, cuya dominación se extendía por toda el Asia Menor hasta Siria, habiendo no sólo subyugado a Babilonia, sino también guerreado victoriosamente contra Egipto.
Nos parece increíble hoy que una potencia semejante, indiscutiblemente legitimada por una cultura y una civilización propias, y que poseía además su jurisprudencia peculiar, pudiera haber caído en el olvido y pasar inadvertida a las palas de los arqueólogos y a las sospechas de los historiadores hasta bien entrado el siglo xx.
Pero es aún más sorprendente que, a partir del momento en que se iniciaron las excavaciones, un puñado de eruditos, que no llegaban a veinte, hayan podido, en tan poco tiempo, aclarar el misterio de una civilización.
Debemos precisar, desde ahora, que el primer golpe de azadón resultó ser uno de los más afortunados en la historia de la arqueología. Pero antes de empezar nuestro relato, vamos a dar una ojeada al país cuya historia reconstruiremos de la mano de los investigadores.
El Asia Menor es, no solamente un apéndice del extenso continente asiático, sino también su microcosmos. Así la bautizaron los antiguos: Asia Menor, porque, en su opinión, reproducía el contorno y la forma de la Gran Asia: mesetas en el centro, cordilleras en la periferia. No puede decirse, desde luego, que la comparación sea muy afortunada, pero hay que tener en cuenta que los que así la llamaron desconocían los límites septentrionales y orientales de Asia.
Hoy se atraviesa el Asia Menor en ferrocarril, en camiones, en ómnibus y en taxis americanos, pero es a caballo como debería recorrerse para conocer bien el país, y formarse una idea de cómo era antiguamente. Todavía hoy se encuentran en el interior de Anatolia (cuyo nombre significa Oriente, o Levante) carretas de bueyes con ruedas macizas cuyos chirridos sonorizan el paisaje.
Las aldeas grises de hoy se acurrucan al sol semejantes a las que hace más de 3.000 años servían de morada a los primeros comerciantes asirios, los cuales, procedentes de la rica Asur, penetraron en el interior de Anatolia. Estas aldeas se componen todavía de casas de adobes, cubiertas de tejas que se encogen al sol abrasador, y que la más ligera lluvia resquebraja, de manera que cuanto más pobre y más abandonada es, tanto más se parece una aldea al engendro de la fantasía más extravagante. Las casas duran apenas veinte años, y cuando se derrumban, la generación siguiente las reconstruye sobre sus ruinas. De este modo se forman los estratos arqueológicos.
El Asia Menor no es mayor que España, que Alemania o que California, y es más pequeña que la provincia australiana de Queensland.
Del vilayato Kayseri, situado en su centro geográfico, dícese que tiene inviernos tan fríos como los del norte de Alemania y veranos abrasadores como los del sur de Francia. Por los desfiladeros del Tauro todavía puede encontrarse algún que otro oso errabundo y solitario, y manadas de lobos irrumpen de vez en cuando en las majadas, reptiles africanos se tuestan al sol por las peñas y, cuando el mundo se hunde en las tinieblas, las fieras se deslizan por los tojales de la jungla, mientras los chacales aúllan su serenata nocturna.
Al Noroeste crece la planta del té, y al Sudeste el algodonero y el limonero. En Adana vimos a un campesino cuidando su plantación de limoneros, que las antiguas murallas resguardaban del viento, y en Yazilikaya, santuario hitita cerca de Bogazköy, un guarda entregaba a una mujer las cebollas de un plantel situado a la entrada misma del templo, a la sombra de los bajorrelieves de los dioses hititas.
En los valles y en los estrechos llanos a lo largo del litoral también se da el tabaco, adormideras, el trigo y el olivo. Pero, ¡hay tan pocos valles en Asia Menor! No existe ni un solo río navegable. El más caudaloso de ellos es el Kizil-Irmak, el antiguo Halys, del que se cuenta que antes de cruzarlo consultó Creso al oráculo, el cual contestó que si lo atravesaba, un gran Imperio desaparecería. Y así fue, en efecto, pues Creso perdió el suyo en lugar de destruir el de los persas. Procediendo del Este, este río avanza formando un gran recodo hacia el interior de Anatolia, abriéndose paso luego por la cordillera septentrional para acabar desembocando en el mar Negro. Los demás ríos son todavía mucho más modestos.
Una tercera parte del Asia Menor la componen agostadas mesetas sin agua ni vegetación, formando un vasto páramo con la uniformidad de una alfombra, bajo la que apunta la roca desnuda, y sólo de vez en cuando, acá y allá, brilla al sol un inmenso lago salado. El paisaje es de una monotonía majestuosa, sus colores son como quemados y esmaltados al fuego. Incluso causa cierto desasosiego la aparición de un jinete solitario que se le cruce a uno en el camino. Al acercarse a las cordilleras uno se siente sobrecogido como ante la amenaza de un mundo desconocido y todavía peor que aquel de donde procede. Cuando se llega por fin a un villorrio, se tiene la sensación de acercarse a una necrópolis, y bajo la reverberación que agrieta las piedras, las puertas de las casas tienen todo el aspecto de órbitas vacías, de ojos sin vida. Luego aparecen los hombres —las mujeres se ocultan— y también algunos niños curiosos, que un simple ademán ahuyenta. Los hombres se acercan lentamente y sus caras inmóviles no demuestran ninguna curiosidad; forman círculo alrededor de los extranjeros y les contemplan en silencio. Se ofrece una taza de té al desconocido, que trata de sonreír y contempla desconcertado aquellas caras inexpresivas que le rodean. Aquí nada de la atmósfera ruidosa de los países de Levante, ni el colorido pintoresco del Oriente legendario. Sólo una curiosa dignidad apropiada al paisaje; a este paisaje que ha moldeado la raza.
Los pueblos que contendieron en el Asia Menor fueron tan numerosos y pertenecían a razas tan diversas, que con una sola excepción nunca pudo hablarse aquí de un gran Imperio. Hasta los umbrales del cuarto milenio antes de J. C, podemos seguir ahora las huellas de las hordas, de las tribus y de los pueblos hostiles entre sí.
Pero como el objeto de este libro tiene más que ver con la descripción de los descubrimientos arqueológicos que con la geografía y la historia propiamente dichas, vamos a cerrar este paréntesis. Esta digresión habrá servido para poner de relieve nuestra extrañeza ante el hecho que en una época remotísima de la historia de este país abrupto, salvaje y desgarrado por las luchas entre hordas heterogéneas, lograra un pueblo, a pesar de todos los descalabros sufridos, fundar una confederación que se convirtió rápidamente en una gran potencia en el Próximo Oriente, y cuya influencia se extendió hasta el mundo griego. ¡Quién sabe si esta influencia se dejó sentir más profundamente de lo que suponemos!
Por una rara coincidencia, el primer contacto de la investigación moderna con este pueblo tuvo lugar precisamente en el mismo sitio donde se alzara su capital.
A principios del primer tercio del siglo pasado, un explorador francés, Charles Marie Félix Texier, planeó con todo detalle un viaje al interior de Anatolia. «Mi intención era —manifestó más tarde —averiguar el emplazamiento de la antigua Tavium, la cual, según todas las probabilidades, debía de haber estado situada en una comarca fértil a orillas del antiguo Halys.» Texier no podía apoyarse en los relatos de otros viajeros que le hubieran precedido, y lo que podía servirle de orientación era más bien escaso. A pesar de ello se trasladó a Turquía y, aun cuando disponía de una información bien incompleta, su caravana se puso en marcha en dirección al Norte el 28 de julio de 1834. Pocos días después, durante una de sus cabalgadas solitarias, se halló de repente, no lejos de la pequeña aldea de Bogazköy, en el gran recodo del Kizil-Irmak (Halys), en presencia de unas ruinas que le dejaron atónito, al propio tiempo que le ponían en un gran aprieto, pues no acertaba a intercalarlas en el plano histórico.
Charles Félix Texier (1802-1871), arqueólogo y viajero por temperamento, era uno de aquellos hombres de los que es pródigo el siglo XIX, que andaban a la caza de las reliquias del pasado. Su obra es fiel reflejo de los conocimientos técnicos de su época, gracias a los cuales se abrieron tan formidables perspectivas para el futuro que contribuyeron a conmover los mismos cimientos sobre los que se fundaba la ciencia de entonces.

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