Presiona aqui para descargar el libro Brevísima relación de la destrucción de las indias
El nombre de fray Bartolomé de Las Casas despierta todavía ecos polémicos. Si algunos lo consideran, como defensor de los indios, el primer gran español americano, otros le acusan de haber proyectado tonos demasiado sombríos sobre la conquista española y de propiciar, en consecuencia, el nacimiento de la leyenda negra. En verdad, la intransigencia de sus posiciones ha contribuido a conformar su imagen de personaje discutido, lanzado con gran decisión a la lucha por la justicia, tarea que comparte con otros religiosos en territorio americano. La polémica doctrinal acerca de la licitud de las formas adoptadas por la conquista y gobernación de las Indias no fue iniciada, es cierto, por Las Casas, pero a él se debe que cobrara vigor hasta alcanzar manifestaciones institucionales.
Sus primeros alegatos a favor de los indios tienen lugar en 1514, para ganar intensidad cuando la explotación de mano de obra indígena, estimulada por el «ciclo del oro» en las Antillas, comienza a producir bajas alarmantes en la población sometida a las encomiendas y estimula otras prácticas, como las incursiones para capturar esclavos con destino al trabajo en las arenas auríferas, en las estancias o el cultivo de la tierra. La defensa de la libertad y los derechos de los indios se convierte en el núcleo central de su actividad, y testimonio de ello son sus cartas, memoriales, propuestas de reforma, planes de colonización, e intervención en el desarrollo de las Leyes Nuevas de 1542; una vigorosa labor polémica e intelectual continuada hasta su muerte en 1566.
En consecuencia, cualquier ensayo de análisis de una obra escrita en buena medida con fines pragmáticos, e incluyendo textos que amplifican los traumas de una realidad violenta y cambiante, exige tener presente el complejo mundo de la conquista. Durante el siglo XVI, las posturas encontradas, sobre todo en temas como la naturaleza del indígena americano, o los procedimientos evangelizadores, surgieron como resultado de acontecimientos producidos con el avance de la expansión española en el Nuevo Mundo. Porque mientras para los soldados de la conquista el derecho a esclavizar a los prisioneros «infieles» tenía larga tradición, e incluso era de práctica reciente durante la guerra contra los musulmanes en la Península, para muchos religiosos trasladados a las Indias, especialmente los dominicos, este procedimiento no podía hacerse extensivo a los territorios recién descubiertos. Para éstos, los derechos de la Corona de Castilla sobre las Indias estaban estrechamente vinculados, según la bula ínter caetera, al cumplimiento de un designio evangelizador que legitimaba la soberanía temporal. Y esa misión debía cumplirse protegiendo la libertad de los indígenas; así lo había entendido, incluso, la reina Isabel cuando declaró «vasallos libres» a los que, en 1495, fueron conducidos a Sevilla como esclavos. En los decenios siguientes tendrá lugar, entonces, una confrontación doctrinal ante las autoridades metropolitanas. Podrán percibirse en esa instancia los intereses que se oponen a toda reforma de la situación de los indios, así como las posiciones ideológicas conformadas a partir de la inédita realidad del Nuevo Mundo.
La colonización de las islas del Caribe, insinuada en el período de Colón, cobra fuerza, en los hechos, con la llegada de fray Nicolás de Ovando para asumir la gobernación de La Española, en 1502. Se inicia ahora una etapa en que la conquista cobra carácter de empresa privada. También se clausuraba el ensayo de colonizar La Española por medio de labriegos, fracasada porque éstos se sintieron muy pronto atraídos a la búsqueda de rápidas fortunas. Comenzaron a llegar nuevos contingentes; grupos heterogéneos integrados por aventureros, soldados de fortuna, hombres perseguidos por distintas causas, personajes que decidían la aventura de la navegación para participar en la conquista y obtener algún beneficio.
Con la llegada de Colón a La Española se conceden los primeros repartimientos; se instituía el sistema de «recomendar» los naturales a la custodia de un español, una práctica que pervive a través de la Edad Media y llega al nuevo continente. El titular de este beneficio estaba autorizado a exigir de los indios un tributo, o prestaciones en trabajo, utilizadas al descubrirse las zonas auríferas en Cibao. El régimen de la encomienda fue inaugurado oficialmente con Ovando; era un medio de recompensar a ciertos partícipes en la conquista «confiando» un contingente de indios a su servicio, bajo la responsabilidad de su instrucción en la fe cristiana. Era, asimismo, una forma de acordarle derechos de tipo señorial. La encomienda se concedía generalmente por dos vidas —según pautas introducidas en la Península durante la Reconquista—, pero tenía carácter de merced revocable con la finalidad de evitar la formación de enclaves feudales, difíciles de controlar para la Corona, dada la distancia.
El primer ciclo del oro produjo expectativas en estos hombres que llegaban a las Indias para intentar un ascenso en la escala social. Como ha señalado Fierre Chaunu, la economía minera es el núcleo de la América colonial del siglo XVI. La extracción de oro produjo, tan sólo en Santo Domingo, alrededor de 35 toneladas de metal en una primera etapa que llega hasta 1520. La avidez de riquezas no está ausente en los soldados de la conquista: el botín de guerra, los fabulosos tesoros arrancados a las grandes culturas del Nuevo Mundo, las perlas de Cubagua y el oro de La Española, excitaban la imaginación de los peninsulares. Así, en conocida frase, Bernal Díaz del Castillo reconoce que los españoles llegan a las Indias «por servir a Dios y su Majestad, y dar luz a los que estaban en las tinieblas, y también por haber riquezas, que todos los hombres comúnmente venimos a buscar». La literatura recogerá, a su vez, esta mentalidad, que imprime una dinámica perceptible incluso en el mundo peninsular. Tanto en la obra de Mateo Alemán, Guzmán de Alfarache, que se burla de quienes soñaban con unas calles de Sevilla empedradas con el oro de las Indias, como en Lope de Vega, cuyo teatro refleja, en algunos de sus textos, el clima de ilusiones creado por América.
Por otra parte, a la frustración generada por la inexistencia de las especias que esperaba encontrar Colón, habrá de sumarse pronto el agotamiento del oro proporcionado directamente por los indígenas, mediante trueque o tributo. De tal manera, la encomienda, al abrir nuevas posibilidades, proporcionando mano de obra gratuita para explotar la minería y la agricultura, se convierte en la vía inmediata para obtener fortuna. En este período comienza, también, una etapa de conquistas que tienen como base de operaciones La Española primero y Cuba más tarde. En 1508, Ponce de León conquista Puerto Rico; Juan de Esquivel desembarca en Jamaica, y Diego de Nicuesa en Castilla del Oro, en 1509; Diego de Velázquez comienza la campaña de Cuba en 1511. En 1513, Vasco Núñez de Balboa atraviesa el istmo de Panamá hasta el Pacifico, y Ponce de León explora la Florida; en 1517 Hernández de Córdoba llega a Yucatán, y en 1519, Hernán Cortés penetra en México. Desde las islas el conquistador español llegaba a Tierra Firme, donde entraría en contacto con los grandes imperios americanos.
Esta etapa de la expansión tiene carácter privado, con licencias otorgadas por la Corona y controladas por un nuevo organismo: la Casa de Contratación, instalada en Sevilla desde 1503 y siguiendo el modelo de las portuguesas Casa de Guinea y Casa da Mina e India. En 1519, la creación del Consejo de Indias estuvo destinada a la administración política del Nuevo Mundo. El jefe expedicionario debía hacerse cargo de los costos de la empresa y dependía de banqueros, o comerciantes, que financiaban los gastos en calidad de asociados en los beneficios, condiciones que por regla general se formulaban en un contrato, o comanda. La operación exigía compra de navíos, provisiones, armamento y pertrechos necesarios para la navegación, puesto que las tripulaciones estaban integradas por marinos, y una hueste que debía proveerse de su armamento, e incluso de caballos.
Por consiguiente, el riesgo económico afectaba tan sólo a los particulares. La Corona intervenía para controlar el quinto real, para dejar constancia de la toma de posesión de los territorios descubiertos, y otros aspectos de la conquista; los funcionarios reales embarcaban a cargo del jefe de la expedición. Estas condiciones tenían que alterar, fatalmente, todas las disposiciones de la monarquía para moderar el comportamiento de sus capitanes. Los conquistadores estimaban que su esfuerzo y su dinero incorporaban nuevos territorios y considerables riquezas al patrimonio de la Corona, a la vez que convertían a su rey en emperador de los reinos sometidos. Este pensamiento de estar ofreciendo un poderoso imperio en las Indias al rey de España se encuentra, insinuado con frecuencia, en las Cartas de relación de Hernán Cortés. Asimismo, consideraban que su empresa beneficiaba a la cristiandad, extendiendo el ámbito de la fe. Ya López de Gómara apuntaba esa apertura de una nueva frontera en la lucha contra el infiel en su Historia General de las Indias [volúmenes 12 y 13 de esta colección], al escribir: «Comenzaron las conquistas de indios acabada la de los moros, para que siempre guerrearan españoles contra infieles».
Si la codicia de los capitanes crecía por la necesidad de cubrir gastos y alcanzar el máximo de beneficios, el aspecto social de la conquista explica los problemas generados por los hombres de armas. El saqueo, el expolio y la violencia eran consecuencia lógica de una empresa que, por su propia dinámica, traslada al Nuevo Mundo los símbolos del prestigio de la sociedad feudal: la posesión de la tierra y el dominio sobre masas de indígenas permitían gozar de la vida señorial vislumbrada en España. Porque si algunos jefes pertenecían a la pequeña nobleza, como Hernán Cortés, Pedro de Alvarado o Pedro Ponce de León, otros eran apenas hidalgos o segundones que aspiraban a obtener riqueza y también prestigio social —tal es el caso de Bernal Díaz del Castillo—, y los más eran plebeyos, como Diego de Almagro y Francisco Pizarro. En verdad, pocos fueron los agraciados con una posesión nobiliaria en las Indias. Un Cortés, nominado Marqués del Valle de Oaxaca, o un Francisco Pizarro, elevado a marqués e investido como caballero de Santiago, son casos excepcionales. Pero las cimas del poder colonial les estuvieron oficialmente vedadas por la Corona, que pronto instauró la figura del virrey. Es que Carlos V, recientemente enfrentado a la revuelta de las Comunidades de Castilla, no ignoraba que América podía convertirse en último refugio de las pretensiones feudales; un Cortés distribuyendo tierras por su cuenta entre sus seguidores y un Gonzalo Pizarro aspirando a reinar en Perú luego de destituir al virrey, en 1544, avivaron esos temores. Pero los más, entre los capitanes de la conquista, gastaron años de su vida en elevar a la Corona memoriales de méritos y servicios para solicitar mercedes compensatorias, o mejorar una situación que consideraban injusta, como demuestra la historia personal de Bernal Díaz del Castillo. Por debajo, una gran diversidad de situaciones sociales, entre quienes hicieron preceder su nombre por el título de «Don» y una enorme mayoría de colonos surgidos de las capas bajas que obtuvieron un pequeño lote de tierra para subsistir. Las grandes propiedades y las encomiendas quedaron concentradas entre un reducido número de conquistadores y de altos funcionarios.