El invitado del día de accion de gracias

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¡Hablemos del mal! Odd Henderson es el ser humano más malvado que he conocido.
Y estoy hablando de un muchacho de doce años, no de un adulto que ha tenido tiempo para madurar una innata inclinación hacia el mal. Porque Odd tenía doce años en 1932 cuando ambos éramos alumnos de segundo grado y asistíamos a la escuela de un pueblecito de la Alabama rural.
Era un muchacho alto para su edad, huesudo, de cabello rojo sucio y achinados ojos amarillos, que descollada entre todos sus condiscípulos; y era lógico que así fuese, pues todos los demás teníamos sólo siete u ocho años. Odd había suspendido el primer grado dos veces y repetía por primera vez segundo. Este lamentable record no se debía a torpeza —Odd era inteligente, quizás astuto sea una palabra más adecuada— sino a que se parecía al resto de los Henderson. Toda la familia (diez, sin contar a Pa Hender-son que era contrabandista de alcohol y estaba casi sie mpre en la cárcel, hacinados en una casa de cuatro habitaciones, junto a una iglesia de negro) eran una cuadrilla de holgazanes y camorristas, todos dispuestos a jugarte una mala pasada; Odd no era el peor del grupo, y hermano, eso es decir algo.
Muchos niños de la escuela procedían de familias más pobres que la de los Henderson; Odd tenía un par de zapatos, mientras otros niños, y niñas también, se veían forzados a andar descalzos en el tiempo más crudo, tal era la dureza con que la Depresión se había cebado en Alabama. Pero nadie, que yo sepa, resultaba tan desarrapado como Odd: un espantajo flaco, pecoso, con un sudado mono de desecho que hubiera sido una humillación para un presidiario. De no haber sido tan odioso, se hubiera sentido piedad por él. Todos los niños le temían, no sólo nosotros los más pequeños, sino los muchachos de su misma edad e incluso mayores.
Nadie buscó jamás pelea con él, excepto cierta ver una muchacha llamada Ann “Jumbo” Finchburg, que resultó ser la otra matona del pueblo. Jumbo, una piruja, bajita pero recia, con una técnica de mil dia-blos para retorcer muñecas, agarró a Odd por detrás durante el recreo en una gris mañana, y a tres profesores, que debían desear que los combatientes se mataran, les llevó un buen rato separarles. El resultado fue una especie de empate: Jumbo perdió un diente y la mitad de su cabello y adquirió una nube gris en el ojo izquierdo (nunca pudo volver a ver bien); los infortunios dedo incluían un pulgar roto, más cicatrices de arañazos que le acompañarán hasta la tumba. En los meses siguientes Odd ensayó todo tipo de tretas para coger a Jumbo desprevenida y conseguir la revancha; pero jumbo había preparado sus golpes y le llevaba considerable ventaja. Como yo hubiera hecho si él me hubiera dejado; pues, ay, yo era objeto de las constantes atenciones de Odd.
Considerando el lugar y la época, yo estaba bastante bien acomodado. Vivía en una antigua casa de campo de altos techos situada donde acababa el pueblo y empezaban los bosques y las fincas. La casa pertenecía a unos parientes lejanos, viejos primos, y estos primos, tres mujeres solteras y su herma no, también soltero, me habían tomado a su cargo debido a un desacuerdo surgido en mi familia más cercana, una lucha por mi custodia que, por diversas razones, me dejó perdido en aquella remota casona de Alaba-ma. No es que yo fuera desdichado allí; en verdad, algunos momentos de aquellos pocos años resultaron ser los más felices de mi, por otro lado, dura infancia, princ ipalmente porque la más joven de los primos, una mujer de unos sesenta y tantos años, se convirtió en mi mejor amigo. Dado que ella misma era como un niño (y muchos la consideraban todavía menos, y murmuraban acerca de ella como si fuera gemela de la pobrecita Lester Tucker, que correteaba las calles en un dulce aturdimiento), entendía a los niños y me entendía a mi perfectamente.
Quizá resultara extraño para un muchachito tener como su mejor amigo a una solterona entrada en años, pero ninguno de los dos tenía una experiencia ni una perspectiva normales, y así fue inevitable, en nuestra separada soledad, que llegáramos a compartir una amistad aparte. Excepto las horas que yo pasa-ba en la escuela, los tres, yo y la vieja Queenie, nuestra vivaracha terrier ratonera, y Miss Sook, como todos llamaban a mi amiga, estábamos casi siempre juntos. Buscábamos hierbas en el bosque, íbamos de pesca a remotos riachuelos (con cañas de azúcar secas por cañas de pescar) y cogíamos extraños helechos y plantas que trasplantábamos y cuidábamos con esmero en botes y orinales. Pero nuestra vida transcurría principalmente en la cocina, una cocina de campo, presidida por un gran hogar negro de madera, que a menudo estaba oscura y soleada al mismo tiempo.
Miss Sook, sensible como un tímido helecho, una reclusa que jamás había traspasado los limites del condado, no se parecía en nada a su hermano y hermanas, siendo estas últimas mujeres realistas, vaga-mente masculinas, que llevaban una tienda de lencería y varias otras empresas mercantiles. El hermano, Tío B., poseía una serie de granjas de algodón extendidas por la localidad; y como se negaba a conducir un coche o soportar contacto alguno con maquinaria móvil, andaba a caballo, trotando todo el día de una propiedad a otra. Era hombre afable, aunque callado: gruñía sí o no, y realmente no abría la boca más que para comer. Ante cualquier comida se le despertaba un apetito de osos gris de Alaska tras el periodo de hibernación, y era tarea de Mis Sook dejarle harto.
El desayuno era nuestra comida principal; la comida del mediodía, excepto los domingos, y la cera, eran menús accidentales, casi siempre consistentes den sobras de la mañana. Estos desayunos, servidos puntualmente a las 5,30 de la mañana, atiborraban el estómago. Todavía hoy conservo un hambre nostálgi-ca de aquellas colaciones al alba a base de jamó y pollo frito, chuletas de credo fritas, pescado frito, ardilla frita (en temporada), huevos fritos, sémola de maíz con caldo, guisantes, coles con licor de col y pan de maíz para mojar en él, bizcochos, pastel, tortitas y melaza, miel, leche cuajada y un café con cierto gustillo a achicoria y caliente como los infierno s.
La cocinera, acompañada por sus asistentes, Queenie y yo, se levantaba cada mañana a las cuatro para encender el fuego, poner la mesa y prepararlo todo. Levantarse a esta hora no resultaba tan duro co-mo puede parecer; estábamos acostumbrados, y de cualquier modo, siempre nos acostábamos tan pronto como el sol se ocultaba y los pájaros se recogían en los árboles. Además, mi amiga no era tan frágil como parecía; aunque había estado delicada de pequeña y sus hombros estaban encorvados, poseía manos fuertes y piernas firmes. Podía moverse con briosa, decidida rapidez, los raídos zapatos de tenis que siem-pre calzaba rechinando sobre el encerado suelo de la cocina; y su distinguido rostro de rasgos delicada-mente desmañados, con unos ojos bellos, juveniles, indicaba una fortaleza que parecía ser más el premio de un resplandor espiritual interior que la superficie visible de simple salud mortal.
No obstante, según la estación y el número de obreros empleados en las granjas de tío B., a veces se reunían hasta quince personas e aquellos ágapes de madrugada. Los obreros tenían derecho a una comida caliente al día, era parte de su salario. Teóricamente, venía una mujer negra para ayudar a lavar los platos, hacer las camas, limpiar la casa y lavar la ropa. Era vaga y de poco fiar, pero amiga de toda la vida de Miss Sook, lo cual significaba que mi amiga no pensaba en sustituirla y sencillamente hacia ella el trabajo. Partía leña, se cuidaba de un considerable número de pollos, pavos y cerdos, fregaba, sacudía el polvo, remendaba toda nuestra ropa; pero cuando yo regresaba de la escuela, siempre estaba allí dispuesta a hacerme compañía: jugar a un juego de cartas llamado Rock, o salir a buscar setas, o hacer una lucha de almohadas o, cuando yo me sentaba en la cocina a la lánguida luz del atardecer, ayudarme en mis deberes.
Le entusiasmaba escudriñar mis libros de texto, mi atlas especialmente. (“Oh, Buddy”, diría ella, pues así me llamaba, “piénsalo bien, un lago llamado Titicaca. Y realmente existe e alguna parte del mundo”) Mi educación era también la suya. Debido a su enfermedad infantil, apenas había asistido a la escuela; su escritura era una serie de melladas erupciones, la pronunciación un artilugio fonético totalmente personal. Yo ya podía leer y escribir con seguridad más fluida que la de ella (aunque ella se las arreglaba para “estu-diar” un capítulo de la Biblia cada día, y nunca se perdía las tiras cómicas de “Anne la huerfanita” o “Katzen-jammer Kids” del periódico de Mobile) Estaba muy orgullosa de nuestra “nuestras” notas (“¡Dios mío, Buddy! Cinco ases. Hasta en aritmética. No me atrevía ni a pensar que sacaríamos una A en aritmética”.) Para ella era un misterio que yo odiara las escuela, que algunas mañanas llorase y suplicase a tío B., el mando de la familia, que me dejara quedarme en casa.
Desde luego, no era que yo odiara la escuela, quien yo odiaba era a Odd Henderson. ¡Qué tormentos ideaba!.Solía, por ejemplo, esperarme a la sombra de una encina que cubría parte de os terrenos de la escuela. Llevaba en la ma no un abolsa de papel atiborrada de espinosos cardillos recogidos en el camino a clase. No tenía sentido intentar escapar de él, pues era rápido como una culebra; como una serpiente, avanzaba, me derribaba, brillantes de gozo los ojos mezquinos, y me restregaba los cardos por la cabeza. Generalmente un círculo de niños nos rodeaba para reír o intentar reír; en realidad no consideraban que aquello tuviera gracia pero Odd les excitaba y los predisponía al jolgorio. Luego, ocultándome en los lavabos de la clase de los chicos, yo desenredaba los cardos enredados en mi pelo; esto me llevaba tiempo y significaba perder siempre la primera campana.
Nuestra profesora de segundo grado, la seorita Armstrong, se mostraba benévola, pues sospechaba lo que estaba ocurriendo; pero finalmente, esperada por mis continuos retrasos, se encolerizó conmigo ante toda la clase:
— Vaya con e caballerete. ¡Qué cara tiene! Aterrizando aquí veinte minutos después de la campana. Media hora.
Ante lo cual perdí el control. Señalé a Odd Henderson y grité:
—Ríñale a él. Suya es la culpa. ¿El muy hijo de perra!
Yo conocía muchas maldiciones, pero me sorprendí a oír mis propias palabras resonando en un es-pantoso silencio, y la seorita Armstrong caminó hacia mí empuñando una pesada regla y dijo:
—Extienda sus manos, caballero. Las palmas hacia arriba, caballero.
Y a continuación, mientras Odd observaba con una crítica sonrisilla, llenó de ampollas las palmas de mis manos con su regla de bordes metálicos hasta que la clase se me hizo borrosa.
Lle varía toda una página impresa en letra menuda enumerar los castigos que Odd me infligió. Pero por lo que yo más me resentí y sufrí fue por las lúgubres perspectivas que he hacía prever.
Una vez que me tenía acorralado contra una pared, le pregunte abiertamente qué había hecho yo para desagradarle de aquel modo; de pronto se relajo, me soltó y dijo:”Eres un marica” Yo sólo te estoy refor-mando”.Tenía razón. Yo era una especie de marica, y en el instante en que lo dijo comprendí que no había nada que yo pudiera hacer para que cambiara de opinión, si no era convencerme a mi mismo y aceptar defender el hecho.
Tan pronto como recobraba la paz de la cálida cocina donde Queenie podía estar royendo un viejo hueso desenterrado y mi amiga entretenida con un pastel, el peso de Odd Henderson se deslizaba venturo-samente de mis ho mbros. Con demasiada frecuencia, sin embargo, los achinados ojos leoninos aparecían por la noche en mis sueños, mientras su fuerte y áspera voz silbaba en mis oídos crueles amenazas.
El dormitorio de mi amiga estaba junto al mío. Los gritos provocados por mis pesadillas la desperta-ban algunas veces. Acudía entonces y me sacaba del coma Odd Henderson. “Mira”, decía encendiendo la luz. “Incluso has asustado a Queenie. Está temblando” Y “¿Serán fiebres” Estas empapado de sudor. Quizás debiéramos llamar al Dr. Stone”. Pero ellas sabía que no eran fiebres, sabía que el motivo eran mis problemas en la escuela, pues yo le había dicho y redicho cómo me trataba Odd.
Pero tuve que dejar de hablar de ello, no volver a mencionarlo, pues mi amiga se negaba a reconocer que persona alguna pudiera ser tan malvada como yo pintaba a Odd Henderson. La inocencia, preservada por la falta de experiencia que había aislado siempre a Miss Sook, la incapacitaba para abarcar un mal tan completo.
“Oh”, podía decir ella, frotando mis manos heladas para hacerlas entrar en calor, “lo que pasa es que te tiene envidia. No es guapo ni listo como tú”. O, menos en broma: “Has de pensar, Buddy, que es lógico que se porte mal; no cabe otra cosa. Todos esos niños Henderson las han pasado moradas,:Y puedes echar la culpa a Pa Henderson. No me gusta decirlo, pero ese hombre fue siempre un pícaro y un necio. ¿Sabías que tío B. Le apaleó una vez? Lo cogió pegando a un perro y le dio sin duelo. Lo mejor que pudo suceder fue que lo encerraran en la cárcel. Pero yo recuerdo a Molly Henderson antes de casarse. No tenía más de quince o dieciséis años y acababa de llegar de algún lugar del otro lado del río. Trabajaba para Sade Danvers carretera abajo, como aprendiza de modista. Solía pasar por aquí y me veía cavando e el jardín — una muchacha tan educada, con un precioso pelo rojo, y tan considerada. A veces le dada un manojo de alverjillas o un membrillo, y siempre se mostraba muy agradecida. Luego empezó a pasearse del brazo de Pa Henderson, mucho mayor que ella y un perfecto bribón, borracho o sobrio. En fin, el Señor debe tener sus razones. Pero es una vergüenza; Molly no debe tener más de treinta y cinco años, y ahí está, sin un solo diente en la boca ni un centavo a su nombre. Nada excepto una caterva de hijos que ali-mentar. Has de tener todo eso en cuenta, Buddy, y ser paciente.”
¡Paciente! ¿Qué sentido tenía discutirlo? Pero finalmente mi amiga comprendió la gravedad de mi de-sesperación. La compresión llegó de modo sencillo y no fue resultado de pesadillas o escenas de suplicas a tío B. Sucedió un lluvioso atardecer de noviembre, estábamos solos sentados en la cocina junto al mortecino fuego, la cena sobre el rescoldo, los platos amontonados y Queenie roncando acurrucada en una mecedora. Me llagaba la susurrante voz e mi amiga a través del ruido saltarín de la lluvia en el tejado. Mi mente estaba en mis pesares y no atendía, aunque era consciente de que el tema era la fiesta de Acción de Gracias, para la cual faltaba una semana.
Mis primos no se habían casado (tío B. Casi se había casado, pero su novia le devolvió el anillo de compromiso al darse cuenta de que compartir la casa con tres solteronas singularísimas formaba parte del contrato); no obstante, presumían de amplias conexiones familiares por todo el vecindario: primos en abun-dancia, y una tía, Mrs. Mary Taylor Wheelwright, que contaba ciento tres años. Como nuestra casa era la más amplia y mejor situada, era tradicional que estos familiares nos visitaran anualmente el Día de Acción de Gracias. Aunque rara vez había menos de treinta participantes, no resultaba oneroso, ya que nosotros sólo poníamos el asiento y un considerable número de pavos rellenos.
Los invitados suministraban los accesorios. Cada cual contribuía con una especialidad particular: un primo trasladado dos veces, Harriet Parker de Flomaton, hacía una perfecta ambrosia, transparentes gajos de naranja con coco fresco triturado; la hermana de Harriet, Alice, llegaba habitualmente cargada con un plato de batatas batidas y pasas; la tribu Conklin, el señor y la señora Bill Conklin y su cuarteto de encanta-doras hijas, traían siempre una deliciosa variedad de verduras enlatadas durante el verano. Mi favorito era un n pastel helado de banana, receta conservada por la anciana tía que, a pesar de su longevidad, era aún domésticamente activa; y para pesar nuestro se llevo consigo el secreto cuando murió en 1934, a la edad de ciento cinco años (y no fue la edad la que bajó el telón, fue atacada y pisoteada por un toro en un prado).
Miss Sook estaba reflexionando sobre todo esto mientras mi menta vagaba por un laberinto tan me-lancólico como el húmedo atardecer. De pronto la oí golpear la mesa de la cocina:
— ¡Buddy!
— ¿Qué¿
— No has oído ni una sola palabra.
— Lo siento.

— Calculo que este años necesitaremos unos cinco pavos. Cuando hable con tu tío B. De esto, me dijo que quería que tú los mataras, Y que los aliñaras.
— Pero ¿por qué?
— Dice que un muchacho ha de saber hacer cosas como ésas.

La matanza era asunto de tío B. Para mi constituía una ordalía verle matar un cerdo o retorcer el pes-cuezo a u pollo. A mi amiga le pasaba lo mismo. Ninguno de los dos podía soportar una violencia más sangrienta que matar moscas. Me desconcertó por tanto su despreocupada comunicación de esta orden.
— Pues no lo haré. —Sonrió.
— Claro que lo harás. Se lo diré a Bubber o a algún otro chico de color. Por un níquel. Pero— siguió bajando la voz en tono de conspiración— dejaremos que tío B. crea que tú lo hiciste.
Así estará satisfecho y no volverá a decir que está tan mal.
— ¿Qué es lo que está mal?
— Que estemos siempre juntos. Dice que debes tener otros amigos, muchachos de tu edad. Bueno, tiene razón.
— Yo no quiero ningún otro amigo.
— Calma, Buddy. Ahora calma. Tú has sido una bendición para mí. No sé qué habría hecho sin ti. Sólo convertirme en una vieja amargada. Pero yo quiero verte feliz, Buddy. Fuerte, capaz de andar por el mundo. Y no servirás para ello hasta que llegues a un acuerdo con ind ividuos como Odd Henderson y consigas que sean amigos tuyos.
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— ¡El! Es el último ser del mundo que quisiera tener como amigo.
— Por favor, Buddy, invita a ese muchacho a comer con nosotros el Día de Acción de Gracias.

Aunque mi amiga y yo discutíamos ocasionalmente, nunca reñíamos. De momento no pude creer que su petición fuera algo más que una broma sin ninguna gracia; pero después, viendo su cara seria, com-probé aturdido que estábamos bordeando la ruptura.
— Creía que eras mi amiga.
— Lo soy, Buddy. No te quepa duda.
—  Si lo fueras, ni se te ocurriría algo semejante. Odd Henderson me odia. Es mi enemigo.
— No puede odiarte. No te conoce.
— Bueno, yo le odio.
— Porque no le conoces. Eso es todo lo que yo pido. La oportunidad de que os conozcáis un poco. Creo que después no habrá problemas. Y quizás tengas razón tú, Buddy, quizá nunca seáis amigos. Pero dudo que él vuelva a molestarte.
— No lo entiendes. Tú nunca has odiado a nadie.
— No, nunca. Se nos signa un tiempo determinado en la tierra, y no quisiera que el señor me viera desperdiciando el mío de ese modo.
— No lo haré. El pensaría que estoy loco. Y lo estaría.
La lluvia había cesado, dejando un silencio que se extendía angustiosamente. Los claros ojos de mi amiga me contemplaban como si yo fuera una carta del Rock que estaba pensando cómo jugar. Aparto de su frente una guedeja de cabello pimentón y suspiró.
— En tal caso lo haré yo — dijo— . Mañana me pondré mi sombreo y haré una visita a Molly Hender-son.
Estas palabras certificaban su decisión, pues nunca había visto yo que Miss Sook proyectara visitar a nadie, no sólo porque carecía totalmente de talento social, sino también porque era demasiado modesta para esperar un buen recibimiento.
— No creo que haya muchos festejos en su casa. Probablemente Molly estará encantada de que Odd nos acompañe. Oh, sé que tío B. nunca lo permitiría, pero lo más correcto sería invitarles a todos.
Mi risa despertó a Queenie. Y, tras u instante de sorpresa, también mi amiga rió. Sus mejillas se colorearon y una luz se encendió en sus ojos. Levantándose, me abrazó y dijo:
— Oh, Buddy, sé que me perdonarás y reconocerás que mi idea tenía sentido.

Estaba equivocada. Mi alegría tenía otra causa. Dos,. Una era la imagen de tío B. trinchando pavo para todos los escandalosos Henderson. La segunda era que seme había ocurrido que n o tenía motivo alguno de alarma. Miss Sook podía hacer la invitación a la madre de Odd y ella podía aceptarla en su nom-bre, pero Odd no se presentaría ni en un millón de años.
Era demasiado orgulloso. Por ejemplo, durante los años de la Depresión en el colegio se daban bo-cadillos y leche gratis a todos los niños cuyas familias eran demasiado pobres para procurarles el almuerzo. Pero Odd, hambriento como estaba, se negó a tener nada que ver con estas limosnas. El podía virárselas y devorar un puñado de cacahuetes o roer un nabo crudo. Este tipo de orgullo era característico de la casta de los Henderson: podían robar, arrancarle los dientes de oro a un muerto, pero nunca aceptarían un regalo ofrecido abiertamente, pues cualquier rasgo de caridad les ofendía. Sin duda Odd consideraría la invitación de Miss Sook como un gesto de caridad; o lo vería — y no equivocadamente— como un artilugio de chantaje destinado a facilitar su reconciliación conmigo.
Aquella noche me fui tranquilo a la cama, pues estaba seguro de que mi fiesta no se echaría a perder con la presencia de un invitado tan poco adecuado.
A la mañana siguiente desperté con un fuerte resfriado, lo cual resultaba agradable. Significaba no ir al colegio. Significaba también que tendría fuego en mi habitación y sopa de crema de tomate y horas de soledad con Mr. Micawber y David Copperfield: la mayor dicha de las enfermedades. Lloviznaba de nuevo; pero, fiel a su promesa , mi amiga cogió su sombrero, una rueda de carro de paja adornada con rosas de terciopelo descoloridas por el tiempo, y se encaminó a casa de los Henderson.

 

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