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Mi último encuentro con don Juan, don Genaro y sus otros dos aprendices, Pablito y Néstor, tuvo como escenario una plana y árida cima de la vertiente occidental de la Sierra Madre, en México Central. La solemnidad y la trascendencia de los hechos que allí tuvieron lugar no dejaron duda alguna en mi mente acerca de que nuestro aprendizaje había llegado a su fin y que en realidad veía a don Juan y a don Genaro por última vez. Hacia el desenlace, nos despedimos unos de otros y luego Pablito y yo saltamos de la cumbre de la montaña, lanzándonos a un abismo.
Antes del salto, don Juan había expuesto un principio de importancia fundamental en relación con todo lo que estaba a punto de sucederme. Según él, tras arrojarme al abismo me convertiría en percepción pura y comenzaría a moverme de uno a otro lado entre los dos reinos inherentes a toda creación, el tonal y el nagual.
En el curso de la caída mi percepción experimentó diecisiete rebotes entre el tonal y el nagual. Al moverme dentro del nagual viví mi desintegración física. No era capaz de pensar ni de sentir con la coherencia y la solidez con que suelo hacer ambas cosas; no obstante, como quiera que fuese, pensé y sentí. Por lo que a mis movimientos en el tonal respecta, me fundí en la unidad. Estaba entero. Mis percepciones eran coherentes. Consecuentemente, tenía visiones de orden. Su fuerza era a tal punto compulsiva, su intensidad tan real y su complejidad tan vasta, que no he logrado explicarlas a mi entera satisfacción. El denominarlas visiones, sue¬ños vívidos o, incluso, alucinaciones, poco ayuda a clarificar su naturaleza.
Tras haber considerado y analizado del modo más cabal y cuidadoso mis sensaciones, percepciones e inter-pretaciones de ese salto al abismo, concluí que no era racionalmente aceptable el hecho de que hubiese tenido lugar. No obstante, otra parte de mi ser se aferraba con firmeza a la convicción de que había sucedido, de que había saltado.
Ya no me es posible acudir a don Juan ni a don Ge¬naro, y su ausencia ha suscitado en mí una necesidad apremiante: la de avanzar por entre contradicciones aparentemente insolubles.
Regresé a México con la intención de ver a Pablito y a Néstor y pedirles ayuda para resolver mis conflictos. Pero aquello con lo que me encontré en el viaje no puede ser descrito sino como un asalto final a mi razón, un ata¬que concentrado, planificado por el propio don Juan. Sus discípulos, bajo su dirección aun cuando él se hallase ausente , demolieron de modo preciso y metódico, en el curso de unos pocos días, el último baluarte de mi capa¬cidad de raciocinio. En ese lapso me revelaron uno de los aspectos prácticos de su condición de brujos, el arte de soñar, que constituye el núcleo de la presente obra.
El arte del acecho, la otra faz práctica de su brujería, así como también el punto culminante de las enseñanzas de don Juan y don Genaro, me fue expuesto en el curso de visitas subsiguientes: se trataba, con mucho, del cariz más complejo de su ser en el mundo como brujos.
1
LA TRANSFORMACIÓN DE DOÑA SOLEDAD
Intuí de pronto que ni Pablito ni Néstor estarían en casa. Mi certidumbre era tal que detuve mi coche. Me encontraba en el punto en que el asfalto acaba abruptamente, y deseaba reconsiderar la conveniencia de continuar ese día el recorrido del escarpado y áspero camino de grava que conduce al pueblo en que viven, en las montañas de México Central.
Bajé la ventanilla del automóvil. El clima era bastante ventoso y frío. Salí a estirar las piernas. La tensión debida a las largas horas al volante me había entumecido la espalda y el cuello. Fui andando hasta el borde del pavimento. El campo estaba húmedo por obra de un aguacero temprano. La lluvia seguía cayendo pesadamente sobre las laderas de las montañas del sur, a poca distancia del lugar en que me hallaba. No obstante, exactamente delante de mí, ya fuese que mirara hacia el Este o hacia el Norte, el cielo se veía despejado. En determinados puntos de la sinuosa ruta había logrado divisar los azulinos picos de las sierras, resplandeciendo al sol a una gran distancia.
Tras pensarlo un momento, decidí dar la vuelta y regresar a la ciudad, porque había tenido la peculiar impresión de que iba a encontrar a don Juan en la plaza del mercado. Después de todo, eso era lo que había hecho siempre, hallarle en el mercado, desde el comienzo de mi relación con él. Por norma, si no daba con él en Sonora, me dirigía a México Central e iba al mercado de la ciu¬dad del caso: tarde o temprano, don Juan se dejaría ver. Nunca le esperé más de dos días. Estaba tan habituado a reunirme con él de ese modo que tuve la más absoluta certeza de que volvería a hallarle, como siempre.
Aguardé en el mercado toda la tarde. Recorrí las na¬ves una y otra vez, fingiendo buscar algo que adquirir. Luego esperé paseando por la plaza. Al anochecer com¬prendí que no vendría. Tuve entonces la clara impre-sión de que él había estado allí. Me senté en uno de los bancos de la plaza, en que solía reunirme con él, y traté de analizar mis sentimientos. Desde el momento de mi llegada a la ciudad, la firme convicción de que don Juan se encontraba en sus calles me había llenado de alegría. Mi seguridad se fundaba en mucho más que el recuerdo de las incontables veces en que le había hallado allí; sa¬bía físicamente que él me estaba buscando. Pero enton¬ces, en el momento en que me senté en el banco, experi¬menté otra clase de extraña certidumbre. Supe que él ya no estaba allí. Se había ido y yo le había perdido.
Pasado un rato, dejé de lado mis especulaciones. Lle¬gué a la conclusión de que el lugar estaba comenzando a afectarme. Iba a caer en lo irracional, como siempre me había sucedido al cabo de unos pocos días en la zona.
Fui a mi hotel a descansar unas horas y luego salí nuevamente a vagar por las calles. Ya no tenía las mis¬mas esperanzas de hallar a don Juan. Me di por vencido y regresé al hotel con el propósito de dormir bien duran¬te la noche.
Por la mañana, antes de partir hacia las montañas, recorrí las calles en el coche; no obstante, de alguna ma-nera, sabía que estaba perdiendo el tiempo. Don Juan no estaba allí.
Me tomó toda la mañana llegar al pueblo en que vi¬vían Pablito y Néstor. Arribé a él cerca del mediodía. Don Juan me había acostumbrado a no entrar nunca al pueblo con el automóvil, para no excitar la curiosidad de los mirones. Todas las veces que había estado allí, me había apartado del camino, poco antes de la entrada al pueblo, y pasado por un terreno llano en que los mu¬chachos solían jugar al fútbol. La tierra estaba allí bien apisonada y permitía alcanzar una huella de caminantes lo bastante ancha para dar paso a un automóvil y que llevaba a las casas de Pablito y de Néstor, situadas al pie de las colinas, al sur del poblado. Tan pronto como alcancé el borde del campo descubrí que la huella se había convertido en un camino de grava.
Dudé acerca de qué era lo más conveniente: si ir a la casa de Néstor o a la de Pablito. La sensación de que no estarían allí persistía. Opté por dirigirme a la de Pablito; tuve en cuenta el hecho de que Néstor vivía solo, en tanto Pablito compartía la casa con su madre y sus cuatro hermanas. Si él no se encontraba allí, las mujeres me ayudarían a dar con él. Al acercarme, advertí que el sendero que unía el camino con la casa había sido ensanchado. El suelo daba la impresión de ser firme y, puesto que había espacio suficiente para el coche, fui en él casi hasta la puerta de entrada. A la casa de adobe se había agregado un nuevo portal con techo de tejas. No hubo perros que ladrasen, pero vi uno enorme, que me observaba alerta, sentado con calma tras una cerca. Una bandada de polluelos, que hasta ese momento habían estado comiendo frente a la casa, se dispersó cacareando. Apagué el motor y estiré los brazos por sobre la cabeza. Tenía el cuerpo rígido.
La casa parecía desierta. Pensé por un instante en la posibilidad de que Pablito y su familia se hubiesen mudado y alguna otra gente viviese allí. De pronto, la puerta delantera se abrió con estrépito y la madre de Pablito salió como si alguien la hubiese empujado. Me miró distraídamente un momento. Cuando bajé del coche pareció reconocerme. Un ligero estremecimiento recorrió su cuerpo y se apresuró a acercarse a mí. Lo primero que se me ocurrió fue que habría estado dormitando y que el ruido del motor la habría traído a la vigilia; y al salir a ver qué sucedía, le hubiese costado comprender en un primer momento de quién se trataba. Lo incongruente de la visión de la anciana corriendo hacia mí me hizo sonreír. Al acercarse, experimenté cierta duda fugaz. El modo en que se movía revelaba una agilidad que en modo alguno se correspondía con la imagen de la madre de Pablito.
¡Dios mío! ¡Qué sorpresa! exclamó.
¿Doña Soledad? pregunté, incrédulo.
¿No me reconoces? replicó, riendo.
Hice algunos comentarios estúpidos acerca de su sorprendente agilidad.
¿Por qué siempre me tomas por una anciana indefensa? preguntó, mirándome con cierto aire de desafío burlón.
Me reprochó abiertamente el hecho de haberla apodado «Señora Pirámide». Recordé que en cierta oportunidad había comentado a Néstor que sus formas me recordaban las de una pirámide. Tenía un ancho y macizo trasero y una cabeza pequeña y en punta. Los largos vestidos que solía usar contribuían al efecto.
Mírame dijo. ¿Sigo teniendo el aspecto de una pirámide?
Sonreía, pero sus ojos me hacían sentir incómodo. Intenté defenderme mediante una broma, pero me interrumpió y me interrogó hasta obligarme a admitir que yo era el responsable del mote. Le aseguré que lo había hecho sin ninguna mala intención y que, de todos modos, en ese momento se la veía tan delgada que sus formas podían recordarlo todo menos una pirámide.
¿Qué le ocurrió, doña Soledad? pregunté . Está transformada.
Tú lo dijiste se apresuró a responder . ¡He sido transformada!
Yo lo había dicho en sentido figurado. No obstante, tras un examen más detallado, me vi en la necesidad de admitir que no había lugar para la metáfora. Francamente, era otra persona. De pronto, me vino a la boca un sabor metálico, seco. Tenía miedo.
Puso los brazos en jarras y se quedó allí parada, con las piernas ligeramente separadas, enfrentándome. Lle-vaba una falda fruncida verdosa y una blusa blanqueci¬na. La falda era más corta que aquellas qué solía usar. No veía su cabello; lo llevaba ceñido por una cinta an¬cha, una tela dispuesta a modo de turbante. Estaba des-calza y golpeaba rítmicamente el suelo con sus grandes pies, mientras sonreía con el candor de una jovencita. Nunca había visto a nadie que irradiase tanta energía. Advertí un extraño destello en sus ojos, un destello tur-bador pero no aterrador. Pensé que era posible que nun¬ca hubiese observado su aspecto cuidadosamente. Entre otras cosas, me sentía culpable por haber dejado de lado a mucha gente durante los años pasados junto a don Juan. La fuerza de su personalidad había logrado que todo el mundo me pareciese pálido y sin importancia.
Le dije que nunca había supuesto que pudiese ser dueña de tan estupenda vitalidad, que mi indiferencia no me había permitido conocerla en profundidad y que era indudable que debía replantearme el conjunto de mis relaciones con la gente.
Se me acercó. Sonrió y puso su mano derecha en la parte posterior de mi brazo izquierdo, dándome un lige-ro apretón.
De eso no hay duda susurró a mi oído.
Su sonrisa se heló y sus ojos se pusieron vidriosos. Estábamos tan cerca que sentía sus pechos rozar mi hombro izquierdo. Mi incomodidad aumentaba a medi¬da que hacía esfuerzos por convencerme de que no ha-bía razón alguna para alarmarme. Me repetía una y otra vez que realmente nunca había conocido a la ma¬dre de Pablito, y que, a pesar de lo extraño de su con¬ducta, lo más probable era que estuviese actuando se¬gún los dictados de su personalidad normal. Pero una parte de mi ser, atemorizada, sabía que ninguno de esos pensamientos servía para otra cosa que no fuese darme fuerzas, que carecían de fundamento, porque, más allá de la poca o mucha atención que hubiese prestado a su persona, no sólo la recordaba muy bien, sino que la ha¬bía conocido muy bien. Representaba para mí el arque¬tipo de una madre; la suponía cerca de los sesenta años, o algo más. Sus débiles músculos arrastraban con extre¬ma dificultad su voluminoso físico. Su cabello estaba lleno de hebras grises. Era, en mi recuerdo, una triste, sombría mujer, con rasgos delicados y nobles, una ma¬dre abnegada y sufriente, siempre en la cocina, siempre cansada. También recordaba su amabilidad y su gene¬rosidad, y su timidez, una timidez, que la llevaba inclu¬so a adoptar una actitud servil con todo aquel que ha¬llase a su alrededor. Tal era la imagen que tenía de ella, reforzada por años de encuentros casuales. Ese día, había algo terriblemente diferente. La mujer que tenía frente a mí no se correspondía en lo más mínimo con mi concepción de la madre de Pablito, y, no obstan¬te, se trataba de la misma persona, más delgada y más fuerte, veinte años menor, a juzgar por su aspecto, que la última vez que la había visto. Sentí un escalofrío.
Dio un par de pasos delante de mí y me miró de frente.
Déjame verte dije. El Nagual nos dijo que eras un demonio.
Recordé entonces que ninguno de ellos Pablito, su madre, sus hermanas y Néstor gustaba de pronunciar el nombre de don Juan, y le llamaban «el Nagual», tér¬mino que yo también había adoptado para las conversa-ciones que sosteníamos.
Osadamente, puso las manos sobre mis hombros, cosa que jamás había hecho. Mi cuerpo se puso tenso. En realidad, no sabía qué decir. Sobrevino una larga pausa, que me permitió considerar mis posibilidades. Tanto su aspecto como su conducta me habían aterrado a tal pun¬to que había olvidado preguntarle por Pablito y Néstor.
Dígame, ¿dónde está Pablito? le pregunté, expe¬rimentando un súbito recelo.
Oh, se ha ido a las montañas me replicó con tono evasivo, a la vez que se apartaba de mí.
¿Y Néstor?
Desvió la mirada, tratando de aparentar indife¬rencia.
Están juntos en las montañas dijo en el mismo tono.
Me sentí aliviado y le dije que había sabido, sin la menor sombra de duda, que se encontraban bien.
Me miró y sonrió. Hizo presa en mí una oleada de fe¬licidad y entusiasmo y la abracé. Audazmente, respondió a mi gesto y me retuvo junto a sí; la actitud me resultó tan sorprendente que quedé sin respiración. Su cuerpo estaba rígido. Percibí una fuerza extraordinaria en ella. Mi corazón comenzó a latir a toda velocidad. Traté de apartarla con gentileza y le pregunté si Néstor seguía viendo a don Genaro y a don Juan. En el curso de nues-tra reunión de despedida, don Juan había manifestado ciertas dudas acerca de la posibilidad de que Néstor es¬tuviese en condiciones de finalizar su aprendizaje.
Genaro se ha ido para siempre dijo, separándo¬se de mí.
Jugueteaba, nerviosa, con el dobladillo de la blusa.
¿Y don Juan?
El Nagual también se ha ido respondió, frun¬ciendo los labios.
¿A dónde fueron?
¿Quieres decir que no lo sabes?
Le dije que ambos me habían despedido hacía dos años, y que todo lo que sabía era que por entonces esta-ban vivos. A decir verdad, no me había atrevido a espe¬cular acerca del lugar al que habían ido. Nunca me ha-bían hablado de su paradero, y yo había llegado a aceptar el hecho de que, si deseaban desaparecer de mi vida, todo lo que tenían que hacer era negarse a verme.
No están por aquí, eso es seguro dijo, frunciendo el ceño . Y no están en camino de regreso, eso también es seguro.