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Punta Sobaco no aparece con ese nombre en las cartas de navegación, ni con ningún otro, pues faltarían denominaciones para designar todos los accidentes geográficos que caracterizan el despedazado archipiélago de las Guaitecas. Sólo los cazadores de focas de Quellón la conocen así, y entre ellos «el capitán Ñato». Tampoco este nombre es conocido en el puerto de Quellón, de pocos habitantes, y el último del sur de la isla grande de Chiloé.
El capitán Ñato es llamado así sólo por sus amigos los indios alacalufes de más allá del Golfo de penas. Es que Luis Andrade tenía una nariz tan aplastada como la de una foca que se hubiera dado un cabezazo contra una roca. Las dos fosas nasales eran lo único que asomaba a la superficie de su rostro; pero le bastaban para olfatear las rutas que seguían sus congéneres del mar, y así fue como dio con la famosa caverna donde paren las lobasen Punta Sobaco.
Los científicos dicen que las focas fueron en tiempos remotos mamíferos de tierra adentro y que se hicieron a la mar por razones aún no bien sabidas. Tal vez fueron acosadas por otras fieras, o las empujó la necesidad, cuando eran anfibios que pescaban en la desembocadura de los grandes ríos. El hambre y la necesidad llevan a animales y hombres por azarosos caminos. Posiblemente se dieron cuenta de que había más peces en el mar que en los ríos y, poco a poco, fueron entrando en él hasta convertirse en lo que son hoy.
Así el capitán Ñato, en busca de sus pieles, se adentraba todos los años en la época de la parición de las lobas de un pelo por todos los roqueríos y cavernas que quedan mar afuera del destrozado archipiélago.
Aquella tarde el sol parecía el ojo de un dios primitivo, como el del buey Apis de los egipcios, cuando en la chalupa ballenera el capitán con sus cuatro remeros empezó a escapular los contornos hacia Punta Sobaco. Generalmente el sol sale así por entre las nubes después que ha pasado la tempestad, como para mirar lo que ha ocurrido entre el mar y la tierra. De la que acababa de pasar, sólo quedaba una mar boba que venía rodando desde la lejanía, donde se perfilaba igual que el lomaje de inmensos toros que estuvieran arando el ancho horizonte del océano Pacífico.
El redoso de Punta Sobaco es sucio. Se presume que ese nombre le fue dado porque en esa parte de la punta, los acantilados se doblan cual gigantesco brazo que abofeteara el mar. El puño queda afuera, con altas coyunturas rocosas agrietadas por el embate del océano que tiene olas de dos metros más altas que las de todos los mares. Estas mareas bobas vienen de tres en tres, con intervalos, para que el mar respire un rato antes de enfrentarse con el puñetazo de piedra de la tierra. De tarde en tarde también emerge, insospechadamente, alguna extraña ola solitaria que no se sabe de dónde viene y remonta triunfante por los altos cantiles cual si se tratara de un maremoto, de los que suceden a veces en la región, capaces de cambiar hasta su curiosa geografía.
Una de estas olas pescó a la chalupa del capitán Ñato mientras enfilaba la grieta profunda que da a la entrada, por mar afuera, de la caverna de la lobería. La estrelló como si se tratara de una brizna contra el alto acantilado cortado a pique. El capitán Ñato gobernaba la bayona y no tuvo tiempo de maniobrar para evitar el estrellón. La embarcación de apenas siete metros de eslora fue tomada en vilo por la cresta de la ola y lanzada contra las piedras con otro puñetazo. Los cuatro remeros fueron lanzados al agua entre las cuadernas y las tablas rotas. El capitán soltó la bayona y logró agarrarse a dos manos en el verduguete de la regala de la popa; allí permaneció sentado por unos instantes como en un trono; pero luego su asiento también fue destrozado, con tan mala suerte que, al empuñar el listón redondeado del verduguete, éste le hizo astillas las cuatro primeras falanges de la mano derecha, al darle contra la roca. El capitán Ñato soltó así su última tabla de salvación y herido, cual un rey destronado que abandona el bastón de mando, siguió nadando a lo perro detrás de sus compañeros.
La mayoría de los chilotes, no obstante ser de los mejores marinos, por lo general no saben nadar, tal vez porque piensan nunca en naufragar.
Debido al susto o por un fenómeno que se explicarían los físicos, la tablazón de la ballenera destrozada quedó afuera en el canalizo de la grieta y sus tripulantes fueron lanzados por el impulso de la resaca caverna adentro. Allí, en aguas más tranquilas, pudieron mantenerse a flote, y nadando instintivamente siempre a lo perro o a lo rana, alcanzaron una estrecha explanada cubierta por los negros cuerpos de las focas y lobeznos recién nacidos, los llamados en jerga lobera «popis», en busca de cuya codiciada piel iban los cinco hombres.
La caverna de Punta Sobaco tiene dos entradas. Una de ellas queda precisamente en la concavidad que debe haberle dado este nombre, una oquedad que semeja la de esa parte del cuerpo humano. Allí la vegetación costera se vuelve umbrosa y se entremezclan las lianas colgantes de los cantiles, de un verde plateado con las ramazones de helechos y pangues, más oscuras, que dificultan la visibilidad de la entrada. Por tal motivo el capitán Ñato prefería la entrada del extremo de la punta, la de mar afuera, que se comunicaba con la otra de más a tierra, por medio de un túnel que casi atravesaba de parte a parte Punta Sobaco. Allí, en las plataformas rocosas formadas por la erosión del mar, parían las lobas de un pelo y las cubrían sus machos, como generalmente lo hacen, después de dar a luz sus «popis».
Al ver a los hombres que salían del mar arrastrándose como ellas, igual que grandes gusanos, deben haberlos mirado como a otras focas, algo extrañas, pero focas al fin. Así, se apartaron con sus crías haciéndoles un hueco en el lugar, puede que el mejor, tal como lo hacen cortésmente los indios alacalufes toda vez que llega un visitante en busca de calor a sus chozas.
Los extraños forasteros echaron un vistazo a su alrededor y se sintieron felices de haber salvado el pellejo; ellos que, precisamente, iban en busca de los pellejos ajenos, de los seres que les daban albergue. Pero tal felicidad no podía durar: luego se dieron cuenta que las bocas de la caverna no podían ser alcanzadas sino con una embarcación como la que había quedado afuera hecha pedazos entre los roqueríos de la entrada.
Los cinco hombres se miraron, no de la manera que las focas los miraban a ellos, con tranquilos ojos, con un parpadeo por momentos tierno y manso, semejante al de los faros de intervalo largo que señalan la entrada a un buen puerto.
Llevaban dos días dentro de la caverna, preocupados por la grave situación, cuando de golpe un milagro de la resaca, porque los hay a veces en el mar, en la tierra y en el cielo, hizo que unas cuantas tablas de ciprés de las Gauitecas, del que estaba hecha su propia chalupa ballenera, llegaran a la precaria playa subterránea, como si el árbol regresara a la tierra para dar de nuevo amparo al hombre. Benedicto Cárdenas, el más prevenido, llevaba cerillas dentro de la tabaquera hacha de una vejiga de oveja. El rollo de tabaco y las cerillas ni siquiera se habían humedecido con el percance. Fue el primero en echar una fumada en su cachimba hecha con un cacho de jaiba y que conservó en su bolsillo como otro milagro entre el mar y el hombre. Convidó algunas pitadas, por turno, a sus ateridos compañeros, para que espantaran un poco los malos pensamientos.
Con sus cuchillos loberos, que llevaban siempre envainados a la cintura, carnearon una foca y con la grasa y las tablas hicieron su primera fogata. También asaron los primeros filetes de lomo. El capitán Ñato, como siempre lo hacía, reservó el corazón para sí, pues era su presa favorita, al igual que otros prefieren la rabadilla de la gallina, y empezó a curarse la mano destrozada con sus propios orines.
Las voces de los hombres tienen una extraña resonancia sobre el mar. Van y vienen colgantes, como péndulos, pequeños soles sonoros que nacen y se esconden con misteriosos pasos de danza. En cambio, bajo tierra la voz del hombre cambia, se opaca como si buscara el silencio. No dan ganas de hablar si se entra a la galería de una mina de carbón submarina.
Benedicto Cárdenas fue también el primero en darse cuenta de lo que estaban haciendo:
-¡Quemamos nuestras naves como Hernán Cortés! -dijo, mirando las tablas que ardían jubilosas entre el chsiporroteo del aceite de foca.
-¿Quién es el tal Cortés? -preguntó Eliseo Vera, a quien apodaban «Liche».
-El español que conquistó México y que ordenó quemar susnaves para no regresar más a España -le explicó Cárdenas, quien había cursado hasta el primer año de humanidades en el Seminario jesuita de Ancud.
-Lo que yo, voy a regresar a Quellón aunque sea a nado -dijo el capitán Ñato, después de echar otra orinada en su mano y levantarla, mirándola semidoblada, como una pequeña bandera en derrota. Las cuatro primeras falanges tenían los huesos totalmente rotos, y el resto de la mano se mantenía unida nada más que por los pedazos de piel y los nervios entre la carne machucada. Los cuatro dedos se movían hacia atrás y hacia adelante, igual que la aleta muerta de una foca.. Otro milagro, esta vez el de sus propios orines, ya que su resto de mano no se infectó y evitó la gangrena.
Benedicto Cárdenas era el más instruido. Trabajaba en una oficina del registro Civil de Quellón pero, tentado por la aventura de la cacería de focas, todos los años se las arreglaba para dejar su trabajo pueblerino y embarcarse en la cuadrilla de cazadores del capitán Ñato. Eres un «chupa lápiz», le decía despectivamente el capitán.
José Leuquén y Pedro renín completaban la tripulación. Todos eran de Quellón, donde la naturaleza de las islas y los esteros adyacentes marcan una zona de transición entre Chiloé y el austro más inhóspito. Hasta esa zona llega una especie de fardela de oscuro plumaje ocre, de tamaño semejante al de una gaviota, y no se sabe por qué no pasa más al norte, aunque es una veloz cazadora a flor de agua. Siempre se vuelve de allí al sur, lo mismo que algunas ballenas que se asoman al golfo de Corcovado y después vuelven a mar abierto por el canal que pasa entre la isla grande de Chiloé y la de Huafo.
Leuquén y Renín, dos indígenas huilliches, se sentaron silenciosos y resignados, como lo hacen los alacalufes en cualquier grieta de una roca para pasar el temporal.
Las focas fueron dejándoles cada vez más espacio a los hombres, a medida que éstos mataban a los «popis» para sacarles la piel y devorar su carne, más tierna y con menos a gusto a pescado que la de los adultos. Carneaban a alguno de éstos nada más que para obtener su grasa para la hoguera y cubrirse con el cuero a manera de frazada, con la carnaza para afuera.
Aquel tercer día Eliseo Vera, el Liche, empezó a reír extrañamente. Fue una carcajada gutural, como si saliera de más abajo de la caverna donde estaban refugiados. Carcajada que a veces terminaba en una especie de hipido o llanto de borracho. Al notar que los otros se molestaban, porque no sabían si era risa o llanto, se apartó de sus compañeros y se fue a reír solo, entre las focas, que no se asustaron por su extraña afectación. Era un hombre desgarbado, flaco, alto, de cabello tirado a rubio y unos ojos rojizos, que parecían los de un aguilucho buscando presas en el camino.
Al día siguiente, siempre riendo, se lanzó al mar. Era el que sabía nadar mejor, y se dirigió braceando hacia la boca de los pangues y helechos, la que daba el nombre a Punta Sobaco. Se perdió en la penumbra, a pesar del coro de sus compañeros, que le gritaban que volviera. Al otro día, la corriente que venía de mar afuera trajo su cadáver, pero sin la cabeza y sin un brazo, desgarrado como las cuadernas de la chalupa ballenera entre las rocas. Sus compañeros volvieron a echar el cadáver al mar, así como los restos de las focas que no servían para la hoguera.. La resaca volvió a traerlos y entonces Cárdenas y Andrade empezaron a reír igual que el Liche, o a llorar, porque tampoco ellos lo sabían bien, como tampoco se daban cuenta dentro de aquella caverna si era de día o de noche. Leuquén y Renín permanecían siempre silenciosos; pero se alejaron de las risas y se fueron entre las focas, que seguían pariendo, y los machos cubriéndolas después del parto. A veces éstos peleaban por una de las hembras y los más jóvenes acorralaban al más viejo, echándolo al mar, como sus compañeros al Liche.
Las focas se aparean igual que los hombres con sus mujeres. Esto entretuvo a los náufragos al principio, pero después les aumentó la risa. La cópula inocente de las focas les recordaba a sus mujeres y los «popis» a sus propios hijos, y el cadáver del Liche traído y llevado por las corrientes y la resaca, le evocaba la muerte. El mar retumbaba afuera con voz poderosa y a veces, cuando salía el viento, se confundía con éste. Por momentos ambos entraban por las gargantas cavernosas, como si fueran a echar un vistazo a los cuatro náufragos, y salían presurosos por las bocas, mezclándose la risa blanca de la espuma con su lóbrego ulular.