El atheling

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Bentnose Peak
El controlador Pitar Ellisen V miró por encima de su escritorio y la ancha tablazón de
madera pulida del suelo a las altas ventanas grises donde los desnudos álamos y zumaques
arañaban un plano y triste cielo.
A Ellisen le gustó lo que vio: un mundo sombrío; no muerto, como el auténtico mundo de
la superficie, allá, muy arriba, sino suspendido, aguardando, mientras él formaba parte de
todo ello. Aguardando el momento de liberar toda su energía almacenada en un ciclo de
vida completamente nuevo.
Los dedos de Ellisen tamborilearon ligeramente sobre el escritorio.
Llevaba cuatro días aguardando, mientras contemplaba aquella imagen proyectada,
cuando en realidad la afligida ladera muy encima suyo espejeaba al calor de finales de
verano. Durante cuatro días, Pitar «El Vikingo» Ellisen, Controlador de la Federación
Panamericana, había permanecido allí sudando en privado, mientras aguardaba el voto que
decidiría quién se sentaba en la presidencia del próximo Consejo Mundial.
Deseaba terriblemente aquel voto.
Los compromisos, como dóminos, habían caído a uno u otro lado del meridiano que
dividía a los Feds de los Reds, la mitad hacia él, la otra mitad hacia el general Voltov, del
bloque Chino-Soviético. Ahora todo dependía del consenso de la Unión Africana y de M’boda.
¿De qué lado? ¿De qué lado? Los dedos de Ellisen se detuvieron bruscamente.
Seguro que los Emiratos no se inclinarían hacia Voltov, no contra el paquete presentado
por Ellisen: una mayor participación en la carrera de armamentos, y un pedazo de
Hengst.
Una luz azul parpadeó en la banda sensora del escritorio junto a la mano derecha de
Ellisen. La luz de Susann. Adelantó una mano, la tocó ligeramente.
-¿Sí?
—Pitar… —Un pequeño silencio—. Déjame esperar contigo.
Ellisen dejó que el silencio se prolongara.
—Está bien. ¿Te veremos entonces, Sven y yo, a la hora de comer?
—No lo sé. Te llamaré más tarde, ¿de acuerdo?
Otra pausa, y Ellisen pudo imaginar los firmes y llenos labios de la mujer
comprimiéndose a una tensa línea recta.
—Supongo que sí.
—Susann…, dale a Sven los buenos días por mí.
—Dáselos tú mismo, Pitar. Está aquí a mi lado.
Ellisen mordió el anzuelo.
—Hola, Sven. ¿Qué has hecho hoy?
Ninguna respuesta. No era una pregunta muy brillante, tuvo que admitirse Ellisen.
Aparte el pequeño gimnasio y una piscina del tamaño de una bañera en el frontón,
había muy poca cosa que hacer allí excepto dormir y leer y ver películas antiguas. De
todos modos, si su hijo prefería mostrarse enfurruñado, era asunto suyo.
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Cuando la luz azul se apagó, Ellisen, con los pensamientos puestos ya en Hengst,
apenas se dio cuenta.
Hengst, no la guerra, había matado al Abuelo.
Manfred Hengst, agazapado como una araña en su telaraña espacial muy por encima
de la supurante Tierra. Space Tektonics, Inc: ocho kilómetros de compañía, botines de la
guerra. Estaciones de investigación, observatorios, muelles, fábricas, fundiciones, minas.
Manfred Hengst, engordando sobre una Tierra enferma.
Pero no por mucho tiempo. Desde la presidencia del Consejo Mundial, Ellisen podría
arrancarle a Hengst las patas, lentamente, una a una.
Una luz amarilla pulsó con un débil zumbido, como una tos cortés tras una mano.
¿M’boda?
—¿Sí, Katz?
—Señor. —La voz sonó tenue en la habitación de techo bajo—. Palo Alto. En rojo.
Por un momento Ellisen quedó desconcertado. ¿Palo Alto? Un insignificante equipo
retransmisor al que nadie había concedido nunca la menor importancia. ¿Quién fuegos
del infierno llamaba a la Casa Blanca Nororiental directamente desde aquel lugar…, y
para qué?
—¿Palo Alto?
—En rojo, señor.
En rojo. Codificación de alta seguridad. Sólo para el Controlador.
—Venga.
Otra pulsación en la banda sensora, y al instante la reconfortante escena invernal de
la ventana desapareció para dejar paso a un mapamundi donde parpadeaban pequeñas
lucecitas, se encendían y apagaban relojes, y bandadas de rápidas y brillantes flechas
marcaban las nubes de torbellineante radiación que envolvían la Tierra al impulso de los
vientos dominantes. Grandes manchas carmesíes, como una lepra mutante, o malignos
líquenes lanzados contra el mapa: zonas letales desprovistas de vida humana: Londres,
Moscú, Tel Aviv, Nueva York, Canberra, Nairobi, Calcuta, Pekín. Otras manchas, desde
un rosa pálido hasta un gris, señalaban las zonas más «afortunadas» que no habían
sido arrasadas sino solamente golpeadas por las bombas antipersonales y
bacteriológicas. En esas zonas grises vivían ahora sus cortas e inútiles vidas miles de
personas, en abrumadoras condiciones porque no había los suficientes domos
protectores ni siquiera después de todo este tiempo, y los refugios subterráneos estaban
atestados hasta el límite de peligro. Y, ahí arriba, Hengst jugaba al Nerón, trasteando
con impulsores estelares y flotillas estelares mientras el mundo aquí abajo se pudría
hasta la muerte.
Maldita sea, ¿dónde estaba Katz?
Los ojos de Ellisen recorrieron el mapa hasta una pequeña señal luminosa a ciento
treinta kilómetros al oeste de Ticonderoga: su actual posición, la Casa Blanca
Nororiental, bajo la dominante masa de los Adirondacks.
La pesada puerta de roble resonó y se deslizó a un lado para dejar pasar a Katz,
con su sempiterno aspecto que le hacía parecer más un intelectual que el veterano
funcionario que era en realidad. El ligero resplandor del mapa se reflejaba en el
cuidadosamente peinado cabello gris, las antiguas gafas de montura de oro que llevaba
siempre, los brillantes zapatos de genuina piel. El traje gris de una sola pieza —de lana,
podía jurar Ellisen— había sido pulcramente cortado a la medida, y el cuello blanco que
asomaba de él estaba cuidadosamente almidonado. De su cinturón colgaba un manojo
de «llaves» de plástico, que contenía entre otras la llave que accionaba la unidad de
comunicaciones personales de Ellisen. Con esa tarjeta, sabía Ellisen, Katz acababa de
desviar directamente la línea roja de la consola de la oficina exterior al estudio.
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Katz se detuvo delante de la puerta que se cerraba a sus espaldas, la puerta
panelada original de la vieja casa de la montaña con su núcleo añadido de sólido
ergomentio que, una vez cerrada, aislaba e insonorizaba completamente la habitación.
—¿La pantalla grande, señor?
—Aja.
Katz se dirigió a la pared al lado del mapamundi, hizo que un panel de madera se
deslizara y dejara al descubierto la banda sensora maestra. Dos pulsaciones y el mapa
desapareció, y un enorme rostro parpadeó pacientemente en su lugar, un rostro
delgado y anguloso, con un bronceado de lámpara solar bajo un cráneo afeitado. Los
ojos eran azules como los de Ellisen, pero sus pesados párpados le daban un aspecto
soñoliento. La tarjeta identificadora en el cuello de su atuendo decía: MacAllister,
Clasificación A.E. #794/8.
—Adelante —ordenó Katz—. Reidentifíquese.
—R.S.W. 32 llamando a Bentnose en rojo, en rojo. —La voz era llana, pausada, sin el
menor asomo de nerviosismo. ¿Un radiointerlocutor de ínfima categoría, una «rata»,
llamando directamente a Bentnose Peak desde algún agujero perdido de la mano de
Dios, sin autorización previa? Ellisen contempló el crono de su escritorio. Las cero siete
horas, tiempo del Pacífico. Los enrojecidos ojos del final de la guardia de noche. ¿Qué
había ocurrido que el hombre no podía aguardar una hora a que el sol iluminara el día
con su bronce? ¿Y cómo fuegos del infierno había conseguido entrar directamente en el
código rojo sin la segunda llave? Ellisen observó el rostro con creciente interés. Alguna
rata de radio, sin duda. Ingeniosa, pero muy posiblemente un loco. Debía haber
pulsado la alarma, alertado a la brigada. Mejor que fuera un incendio…
—Continúe, R.S.W. 32. El Controlador está esperando.
El hombre parpadeó una sola vez.
—Primero quiero verlo.
Ellisen vio que Katz se sorprendía, pero no lo demostró. Se limitó a pulsar de nuevo la
banda sensora, y Ellisen supo que MacAllister, Clasificación A.E. #794/8, podía ver ahora
a su Controlador. Dios, esperaba que fuera algo importante. Ellisen hizo una seña con la
cabeza al otro para que hablara.
—Acaba de entrar un hombre aquí, Controlador. Pylar Fazhakian. Hesikastor. Posee
unos datos que debe usted ver. Transmito… ahora. —El rostro desapareció.
Pylar Fazhakian. Ellisen maldijo. Aquí estaba él, aguardando a saber algo de M’boda, y
la línea se veía ocupada por esto. Mientras adelantaba una mano para cortar la
comunicación, una serie de cifras formando columnas empezó a deslizarse lentamente
por la pantalla, apareciendo por abajo y desapareciendo por arriba. Códigos. ¿De qué?
Ellisen retiró la mano. Misiles PanAmericanos, normalmente dispersos en silos por todo
el territorio. Material delicado, altamente clasificado.
—Katz, ¿qué fuegos del infierno…?
Katz señaló la parte inferior de la pantalla. Ahora los códigos eran menos familiares,
pero aún reconocibles. Las etiquetas identificadoras de igualmente clasificadas cabezas
de combate desplegadas del mismo modo por todo el bloque Chino-Soviético. Y luego…,
antiguallas de diez años o más, introducidas subrepticiamente en los Emiratos
norteafricanos. De la existencia de algunas de ellas no tenía la menor noticia, pero ahora
el conjunto resultaba claro: aquello era una lista de todas las cabezas de combate
activas en el mundo, todas ellas preparadas y apuntando a alguna parte, todas ellas
esperando a que alguien apretara el gatillo. Una lista por cuya posesión algunos jefes de
estado venderían a sus propios hijos. Ellisen lo haría.
La sucesión de cifras se detuvo.
—¿Eso es todo?
El rostro de MacAllister reapareció.
—Sí, Controlador.
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—¿Está Fazhakian ahí con usted?
—Sí, señor. Quiere hablarle.
—Pásemelo…, no. Permanezcan ahí hasta nuevas órdenes. Corto y cierro.
Katz cortó la comunicación.
—¿Quiere que llame a Seguridad, señor?
—No. Que vayan a buscarlos y que me los traigan.
A solas, Ellisen volvió a sentarse y pidió una copia de impresora de lo que acababa de
ver en la pantalla. Una brillante cinta blanca de papel brotó con un suspiro de una
rendija en su escritorio junto a su mano derecha. Fue siguiendo lentamente las columnas
con un dedo, intentando pensar. ¿Dónde podía haber conseguido un hombre como
Fazhakian un material como aquél?
Katz volvió.
—Están de camino, señor.
Ellisen le pasó la copia de impresora.
—¿Qué opina usted de esto?
Katz tomó el papel y lo leyó de arriba abajo.
—O bien ese nombre está realizando la más sorprendente operación de desentierro
de datos que jamás haya visto, o…
—¿O?
—O está intentando sacarnos algo.
—Hummm. —Olvidando por completo a M’boda, Ellisen contempló las columnas de
cifras. ¿Espía? ¿Profeta? No podía creer ninguna de las dos cosas—. ¿Qué tenemos de
él, Katz?
Una rápida sonrisa que dejó al descubierto todos los dientes del hombre.
—Todo un archivo.
Era de esperar.
Ellisen cruzó hasta el fuego, lo removió, luego se sentó y se reclinó en el sillón de
brazos de calicó azul a su lado.
—Páselo —dijo.
—Sí, señor. ¿Pantalla u holoverter?
—Verter.
Katz apagó las luces y la pantalla, y de inmediato el espacio iluminado por las llamas
entre la pared y el escritorio se llenó con pequeñas figuras holográficas en medio de un
brillante paisaje de mar y cielo. De encaladas casitas sobre unos acantilados bañados
por el sol. De unos niños saltando por una enorme y llana playa, con un improbablemente
fofo perro castaño.
—El chico más alto es Pylar Fazhakian, ahora Hesikastor.
El perro se llamaba Lupy. Lugar, Kkannakale, en el Mar Negro. Barrido en el 25, por
supuesto.
—Adelante.
Más fragmentos de aquella extraordinaria vida. Brumosos, discontinuos, pero eso no era
extraño, cuando la mayor parte de los registros sobre cualquier cosa y cualquier persona
habían desaparecido en la guerra junto con la mitad del mundo civilizado. Noticias de la
aparición del hombre como el Hesikastor, y de la difusión de su mensaje de hermandad y
vida sencilla. El gurú de los pobres, lo llamaban irónicamente los media. Su creciente
popularidad. Las manifestaciones en pro de la paz. Las masas siguiéndole. Las revistas
llenas de su imagen y de sus tenebrosas profecías de un holocausto global. Y las Alianzas
forjándose y rompiéndose a todo su alrededor. Traiciones, guerras insignificantes, más
tratados.
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Ellisen se envaró en su sillón. Julio de 2025. Atisbos archivados de Chambertin, entonces
presidente de las Naciones Unidas, con sus papadas de tortuga tendidas hacia un moreno e
intenso Hesikastor, inclinado para decirle algo al oído presidencial; Chambertin, el viejo y
torpe pacificador, yendo de un lado para otro a los puntos calientes del mundo. Allí, al
marcharse de Israel después de su última reunión con el Gobierno Provisional Palestino,
mirando fijamente a los periodistas, asintiendo gravemente y con aspecto sabio y
ponderado. Pero pese a todas las advertencias y juiciosos asentimientos, los fedayines se
lanzaron y la primera bomba cayó el cuatro de agosto sobre Tel Aviv, el tronco clave que
retenía la represa. Lo demás siguió como por reflejo, en una escalada que cubrió la mitad del
planeta. Aquel día perecieron millones de personas, y durante los días y meses y años que
siguieron muchos millones más, en un mundo enfermo, quizás agonizante.
¿No estaba juzgando con demasiada dureza a Chambertin? Desde la subida de Ellisen al
poder, el Hesikastor había intentado ponerse en contacto varias veces con él, en vano.
¿Era posible que aquel viejo tuviera realmente el don de ver el futuro? ¿Iba a repetirse
la historia con él, Ellisen, como un segundo Chambertin? ¿Acaso su ascensión en el Consejo
Mundial no había sido a través de su intensa diplomacia hacia el rearme? Ellisen volvió a
las imágenes que desfilaban ante sus ojos, con el Hesikastor emergiendo ahora después de
la guerra, con el pelo largo y una tupida barba negra, un santo de nuestros días, descalzo,
en peregrinaje por entre las humeantes cenizas de Europa para ofrecer consuelo allá
donde le fuera posible. Harapientos supervivientes llorando, besando sus pies,
aferrándose al dobladillo de su túnica.
Cuando Katz dijo bruscamente algo, Ellisen se sobresaltó.
—Reunió a algunos de ellos bajo los Balcanes. Un par de miles, dicen. —Katz se
interrumpió y miró a Ellisen desde el otro lado de la habitación, esperando
evidentemente su reacción—. Tengo entendido que edificó un auténtico complejo.
Debía serlo, visto su tamaño.
—¿Con qué?
—Con sus propios recursos, sin ayuda de nadie. Su gente reunió todo lo que tenía,
cavó un agujero con sus manos desnudas, y empezó a edificar con materiales sobrantes
de todo tipo. Y con el producto de los trueques.
—¿Trueques?
—El viejo obtenía bienes y servicios a cambio de… —Katz tosió— curar.
—¿Curar?
Katz volvió a encender la luz.
—Eso es oficial, señor. El viejo tipo no tiene crédito de ningún tipo en ninguna parte,
no se le conocen bienes.
¿Ningún crédito? Aquello no encajaba. Fuera del sistema, un hombre no era más que
un puñado de harapos con las mismas expectativas de vida que un perro. Tendría que
llamar a Seguridad después de todo.
—Quiero un informe completo sobre él, Katz. Llame a Pear-son.
—Esto…
—¿Ocurre algo?
—Controlador, si el hombre es genuino, Seguridad no podrá manejarlo.
—¿Alguna alternativa?
—La psiónica.
—¡Por el amor de Dios, Katz! Además, ¿quién queda en ese campo?
—No muchos. Schiller ha desaparecido. Wong casi: leucemia. Encontré un Tannis Ord
en Denver.
—¿Quién es?

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