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El Caballero era un hombre distinguido. Desde los inicios de su carrera había amado la caballería, la lealtad, honorabilidad, generosidad y buenos modales. Había luchado con bravura al servicio de su rey5. Además había viajado más lejos que la mayoría de los hombres de tierras paganas y cristianas. En todas partes se le honraba por su bravura. Había estado en la caída de Alejandría6. Casi siempre se le otorgó el lugar de honor con preeminencia a los caballeros de todas las otras naciones cuando estuvo en Prusia7. Ningún otro caballero cristiano de su categoría había participado más veces en las incursiones por Lituania y Rusia. También había intervenido en el sitio de Algeciras en Granada, luchado en Benmarin8 y tomado Ayar y Atalia9, y en expediciones por el Mediterráneo oriental. Había sobrevivido a 15 mortíferas batallas y entablado combate en Trasimeno para defender la fe en tres torneos, y siempre había dado muerte a su rival. Este distinguido Caballero había asistido al rey de Palacia en sus luchas contra un enemigo pagano en Turquía. Y siempre consiguió una gran reputación. Aunque sobresalía, era prudente y se comportaba con la modestia de una doncella. Nunca se dirigió con descortesía a nadie. A decir verdad, era un perfecto caballero. Por lo que respecta a su apariencia, sus monturas eran excelentes, pero no llevaba vestidos llamativos. Vestía un sobretodo de algodón grueso marcado con el orín de su cota de mallas. Acababa de llegar de sus expediciones y se disponía a peregrinar.
Le acompañaba su hijo, que era un joven Escudero, aprendiz de Caballero y enamoradizo, de rizados cabellos como si se acabara de quitar los rulos. Frisaría, al parecer los veinte años. Era de mediana estatura, lleno de vida y fortaleza. Había intervenido en salidas de caballería en Flandes, Artois y Picardía10. En tan poco tiempo se había comportado excelentemente y esperaba obtener el favor de su dama. Iba adomado como pradera repleta de frescas flores, rojas y blancas. Todo el día tocaba la flauta o cantaba y era alegre como el mes de mayo. Su túnica, corta y de anchas y largas mangas.
Era un buen jinete y sabía dominar a su montura. Podía componer la música y la letra de sus canciones, lidiar en torneos, bailar, dibujar bien y escribir. Era un amante tan apasionado, que de noche no dormía más que un ruiseñor11. Era cortés, modesto, servicial y cortaba la carne para su padre en las comidas.
El Asistente era el único criado que acompañaba al Caballero en aquella ocasión: así lo había querido. Iba vestido de verde -jubón y capucha-, con un haz de agudas flechas rematadas con plumas brillantes de pavo real que llevaba a mano en bandolera. Preparaba, como el mejor, todos los aparejos de su grado: sus flechas nunca dejaban de alcanzar el blanco por no tener las plumas bien dispuestas.
En la mano llevaba un potente arco. Su tez era morena, su cabello cortado a cepillo y era hábil en todo lo relacionado con el trabajo de la madera. Llevaba el brazo protegido por una pieza de cuero, y a un costado, la espada y el escudo; al otro, una daga de buena montura, aguda como la punta de una espada; sobre el pecho, una medalla de San Cristóbal de plata brillante. De un cinturón verde, en bandolera, le colgaba el cuerno. Era un verdadero hombre de los bosques
También había una Monja, una Priora que sonreía de modo natural y sosegado; su mayor juramento era: «¡Por San Eligio!»12. Se llamaba señora Eglantine. Cantaba bonitamente las horas litúrgicas, pero entonadas con voz nasal13. Hablaba un francés bueno y elegante, según la escuela de Strafford at Bow, porque desconocía el francés de París 14.
En la mesa mostraba en todo sus buenos modales. De su boca nunca caía migaja alguna o se humedecían sus dedos por meterlos codiciosamente en la salsa. Cuando se llevaba la comida a la boca tenía cuidado en no derramar gota alguna sobre su toca. Mostraba gran interés por los buenos modales. Se secaba el labio superior con tanto cuidado, que no dejaba la más mínima señal de grasa en el borde de su copa después de haber bebido. Al comer tomaba los alimentos con delicadeza. Era muy alegre, agradable y amistosa. Se esforzaba en imitar la conducta cortesana y cultivar un porte digno, de forma que se le considerase persona merecedora de respeto.
Era tan sensible y de corazón tan delicado y lleno de compasión que lloraba si veía a un ratón atrapado, sobre todo si sangraba o estaba muerto. Cuidaba unos perrillos, a los que alimentaba con carne frita, leche y pan de la mejor calidad. Si uno de ellos moría o alguien cogía un palo amenazándolos, lloraba amargamente. Era todo sensibilidad y ternura de corazón. Llevaba su toca adecuadamente plegada. Su nariz estaba bien formada; sus ojos eran grises como el vidrio; su boca, pequeña, pero suave y roja. Su frente, sin embargo, era amplia; posiblemente tendría un palmo de amplitud. A decir verdad, estaba bastante desarrollada.
Sus vestidos eran, a mi entender, elegantes. Llevaba en el brazo un rosario de pequeñas cuentas de coral, intercaladas con otras grandes y verdes; de él colgaba un broche dorado y brillante que tenía escrita una A coronada y debajo el lema: Amor vincit omnia15.
Como secretaria y ayudante le acompañaba otra Monja, su capellán y tres sacerdotes16. Se hallaba también un Monje de buen aspecto, administrador de las posesiones del convento y amante de la caza; un hombre cabal con cualidades más que sobradas para convertirse en abad. Guardaba muchos y hermosos caballos en el establo. Mientras cabalgaba, se podía escuchar a pleno viento silbante el tintineo de las campanitas con la misma claridad y fuerza que el de la campana de la capilla del convento filial del que era prior. Como la regla de San Mauro o de San Benito17 le resultaba anticuada y demasiado estricta a este monje, descuidaba las normas pasadas de moda y se guiaba por otras más modernas y mundanas.
Le importaba un comino el texto en donde se afirmaba que los cazadores no pueden ser santos; o que monje que no guarde la clausura, o sea, monje fuera del convento, es como un pez fuera del agua; para él todo esto eran tortas y pan pintado.
Su opinión me parecía correcta. ¿Por qué debía estudiar y malgastar su talento en libros de convento, o dedicarse al trabajo manual y trabajar como lo ordenó San Agustín? Que se quede Agustín con su trabajo manual. Por eso era un cazador empedernido de a caballo. Poseía podencos veloces como pájaros. Todo su placer consistía en perseguir y cazar liebres, sin reparar en gastos.
Vi que sus bocamangas estaban ribeteadas con pieles, grises y costosas, las mejores del país. Le sujetaba la capucha un broche labrado en oro, rematado con un complicado lazo por debajo de la barbilla. Tenía una calva brillante como bola de cristal, al igual que la cara; parecía que la hubieran ungido. Estaba rechoncho y gordinflón.
Sus ojos, saltones e inquietos, relampagueaban como ascuas bajo el caldero. Llevaba unas botas flexibles y su caballo era perfecto. Más parecía un vistoso prelado que un ajado espíritu. Su plato favorito era el pavo cebado rustido. Su montura, de color castaño bayo.
Nos acompañaba también un Fraile mendicante, un festivo y alegre distrital de aspecto solemne. No existía en las cuatro Ordenes mendicantes18 nadie que le superase en adulación y chismorreo. Había financiado el matrimonio de muchas jóvenes19. Era una firme columna de su Orden. Se le tenía en gran consideración y recibía el trato familiar de los hacendados de toda la zona, así como de las señoras ricas de la ciudad. Tenía más poder de absolución que un simple párroco: era licenciado de su Ordene20. Escuchaba las confesiones con dulzura y absolvía con gusto, si estaba seguro de obtener un buen rancho. La generosidad con una Orden mendicante era, para él, la mejor señal de una buena confesión. Ante la dádiva se vanagloriaba de conocer el arrepentimiento de un hombre. A tanto llega la dureza de corazón, que mucha gente, aun con remordimiento sincero, no puede llorar. Por consiguiente, las oraciones y lágrimas pueden ser sustituidas por la entrega de dinero a los pobres frailes. Llevaba siempre la capucha cargada de cuchillos y agujas para hermosas mujeres.
¡Qué agradable era su voz! Podía cantar y tocar el violín a la perfección y entonaba las baladas como el mejor. Su cuello, blanco como un lirio, escondía la fortaleza de un luchador. Conocía las tabernas, posaderos y mozas de mesón mejor que a los leprosos y mendigos. No resultaba adecuado a un hombre de tan distinguida posición alternar con enfermos leprosos ni era conveniente ni lucrativo tratar con semejante puma; pero sí con mercaderes y acomodados. Por esto ofrecía humilde y amablemente sus servicios allí donde podía sacar tajada.
Era el más capacitado de todos y el más efectivo mendicante de su comunidad. Pagaba una cantidad fija por tener el territorio donde mendigaba; ningún miembro de su fratemidad «trabajaba» furtivamente en sus dominios.
Aunque se topara con una viuda sin zapatos, tan persuasivo resultaba su In Principio21, que siempre obtenía alguna pequeña dádiva antes de partir. Lo que recogía superaba con creces a sus ingresos legales.
En los días en que había que arreglar querellas domésticas era de gran ayuda. Tenía aspecto de maestro o Papa, no el de un monje con hábito raído como de estudiante.
Su capa era doble, redonda como campana recién salida del molde. Tartamudeaba un tanto, con cierto amaneramiento para hacer su inglés más atractivo. Cuando tocaba el arpa y terminaba su canción le brillaban los ojos bajo las cejas como estrellas en noche de helada. Este singular fraile se apellidaba Hubert.
Había también un Mercader de barba partida, de vestido multicolor, montado en silla elevada, botas con hermosas y limpias hebillas. Sobre la cabeza, un sombrero flamenco de castor. Hablaba con engolamiento de los numerosos beneficios que obtenía. Deseaba que los mares entre Middleburg y Orwe1122 quedaran navegables a cualquier precio.
Era un experto en el cambio de escudos. Este distinguido mercader utilizaba su cerebro en provecho propio. Todos ignoraban que estaba adeudado (tan dignamente ejecutaba sus transacciones y peticiones de crédito). Era un personaje notable, pero, en verdad, no recuerdo su nombre.
También estaba un Erudito de Oxford que llevaba largo tiempo estudiando lógica23. Su caballo era delgado como un poste y os aseguro que él no estaba más gordo. Tenía un aspecto enjuto y atemperado. Se cubría con una capa corta muy raída. No había encontrado todavía subvención y era demasiado poco mundano para ejercer un empleo.
Prefería tener en la cabecera de su cama los 20 libros de Aristóteles encuadernados en negro o en rojo que vestidos lujosos, el violín y el salterio. A pesar de toda su sabiduría, guardaba poco dinero en su cofre. Gastaba en libros y erudición todo lo que podía conseguir de sus amigos, y en pago rezaba activamente por las almas de los que le facilitaban dinero para proseguir su formación. Dedicaba la máxima atención y cuidado al estudio.
Nunca pronunciaba palabras innecesarias y hablaba siempre con circunspección, brevedad y concisión, y selecto vocabulario. Sus palabras impulsaban hacia las virtudes morales. Disfrutaba estudiando y enseñando.
No faltaba también un Magistrado24, prudente y habilidoso, que frecuentaba los porches25, y era muy conocido, discreto y distinguido; o al menos así lo parecía; sus palabras rezumaban sabiduría. Había actuado como juez en los procesos por real decreto y tenía jurisdicción plena para enjuiciar todos los casos; por su saber y reputación se había hecho acreedor a muchos regalos y vestidos. Nunca compró nadie propiedades por tan poco; los asuntos más embrollados los clarificaba y dejaba libres de carga.
Era el más ocupado de los mortales y, sin embargo, todavía lo parecía más de lo que en realidad lo estaba. Conocía todos los casos legales y decisiones que se habían dictaminado en los procesos desde los tiempos de Guillermo el Conquistador26. Se sabía las leyes de memoria.
Integraba también el grupo un Terrateniente, de barba blanca como pétalos de margarita. Era de temperamento san guíneo27. Por las mañanas le apetecía pan remojado en vino.
Si Epicuro sostenía que la plenitud de la felicidad consistía en el deleite perfecto, nuestro terrateniente era verdadero hijo suyo. En su casa ejercía la hospitalidad en sumo grado. Era el San Julián28 de su comarca. Su pan y cerveza poseían una calidad exquisita. Su bodega estaba repleta de vinos selectos. La despensa rebosaba de tortas, pescados, carne… Inundaba la casa de alimentos y bebidas con todos los refinamientos que imaginarse puedan y variaba los platos y comidas de acuerdo con las distintas estaciones del año.
Poseía muchas perdices, bien criadas, en pequeñas jaulas, así como peces de agua dulce, brecas y lucios, en un estanque. ¡Ay del cocinero si no condimentaba la salsa fuerte y picante y no estaba preparado para cualquier contingencia! Su comedor siempre se hallaba dispuesto a acoger posibles comensales.
Presidía frecuentemente las sesiones de los jueces de paz y a menudo había sido elegido representante por su condado29. De su cinto colgaba una pequeña daga y una bolsa blanca cual leche recién ordeñada. Había desempeñado también el cargo de sheriffy de supervisor en el pago de impuestos. En resumen, era un respetabilísimo terrateniente.
Entre los demás se hallaban un Mercero, un Carpintero, un Tejedor, un Teñidor y un Tapicero, todos ataviados con librea uniforme, perteneciente a un gremio poderoso y honorable. Su atuendo era nuevo y recién repasado; sus dagas no terminaban en latón, sino que estaban delicadamente montadas con plata forjada cincelada, haciendo juego con sus cinturones y bolsas30. Cada uno parecía un auténtico ciudadano de burgo, digno de tener un lugar en el estrado de la casa consistorial y su capacidad y buen juicio, aparte de suficientes posesiones e ingresos, para ostentar el cargo de concejal. Para esto todos ellos contarían con el entusiasta asentimiento de sus esposas -de lo contrario, dichas señoras merecerían total reprobación. Pues resulta muy agradable ser llamada «Doña» y desfilar en primer lugar en las fiestas de la iglesia y que le lleven a una el manto con gran pompa. Habían llevado con ellos, para tal ocasión, a un Cocinero que se quedaba solo cuando hervía pollo con huesos de tuétano, sazonándolo con pimienta y especias. ¡Y lo bien que conocía el sabor de la cerveza de Londres!31. Sabía asar, freír, hervir, tostar, hacer guisos y repostería. Pero era una verdadera lástima que tuviera una supurante úlcera en la espinilla, o al menos así pensaba yo, pues hacía budín de arroz condimentado con salsa blanca con los ejemplares de pollo más selectos.
Se encontraba, además, en el grupo un Marino que vivía en la parte occidental del país; me imagino que procedía de Dartmouth32. Cabalgaba lo mejor que podía, montado sobre un caballo de granja y vestía una túnica de basta sarga que le llegaba a las rodillas. Bajo el brazo llevaba una daga colgada de una correa que le rodeaba el cuello. El cálido verano había tostado su piel; era todo un pillastre, capaz de echarse al coleto cualquier cantidad de vino de Burdeos mientras los mercaderes dormían. No tenía escrúpulos de ningún género: si luchaba y vencía, arrojaba a sus prisioneros por la borda y les enviaba a casa por mar, procedieran de donde fuera. Desde Hull a Cartagena33 no había quien le igualara en conocimientos marinos para calcular mareas, corrientes y calibrar los peligros que le rodeaban; o en su experiencia de puertos, navegación y cambios de la Luna. Era un aventurero intrépido y astuto; su barba había recibido el azote de muchas tormentas y galemas. Conocía todos los puertos existentes entre Gottland (Suecia) y el cabo Finisterre y todas las ensenadas34 de Bretaña y España. Su barco se llamaba Magdalena.
Nos acompañaba un Doctor en Medicina. No tenía rival en cuestiones de medicina y cirugía, pues poseía buenos fundamentos en astrología. Estos conocimientos le permitían elegir la hora más conveniente para administrar remedios a sus pacientes; y tenía gran destreza en calcular el momento más propicio para fabricar talismanes para sus clientes35. Sabía diagnosticar toda suerte de enfermedades y decir qué organo o cuál de los cuatro humores -el caliente, el frío, el húmedo o el seco– era el culpable de la dolencia. Era un médico modelo. Tan pronto como descubría el origen de la perturbación, daba allí mismo al enfermo la medicina correspondiente, pues tenía sus farmacéuticos a mano para suministrarle drogas y jarabes. De este modo cada uno actuaba en beneficio del otro -su asociación no era reciente. El Doctor estaba muy versado en los autores antiguos de la clase médica36: Esculapio, Dioscóndes, Rufo, Hall, Galeno, Serapio, Rhazes, Avicena, Averroes, Damasceno, Constantino, Bernardo, Gaddesden y Gilbert. Era moderado para su propia dieta: no contenía nada superfluo, sino sólo lo que era nutritivo y digestivo. Raramente se le