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El aire era transparente, fresco, y estaba cargado del penetrante aroma de los árboles de hojas perennes, que permanecían intensamente verdes y resinosos desde el comienzo al final de sus días. La luz resplandecía sobre los campos nevados y el sonido del agua que caía en cascada sobre las rocas para alimentar los ríos de las llanuras de Darshiva y Gandahar, muchos kilómetros más abajo, no cesaba de susurrar en los oídos de Garion. El rugido del agua al precipitarse hacia su inevitable encuentro con el río Magan se sumaba al suave, melancólico suspiro del viento incesante, que acariciaba el verde bosque de pinos y abetos de las colinas, encumbradas hacia el cielo con una especie de ansia inconsciente. La ruta de las caravanas que seguían Garion y sus amigos ascendía de forma constante, serpenteaba a lo largo de los lechos de los arroyuelos y trepaba sobre las ondulaciones del terreno. Desde lo alto de cada una de estas ondulaciones, alcanzaban a ver otra nueva, y sobre todas ellas, se alzaba la columna vertebral del continente, donde picos de altura inimaginable, puros y prístinos bajo sus mantos de nieve eterna, parecían rozar la propia bóveda celeste. Garion conocía muchas montañas, pero nunca había visto picos tan altos. Sabía que aquellas colosales torres se hallaban a muchos kilómetros de distancia, pero el aire era tan claro que tenía la impresión de que podía tocarlas con sólo extender la mano.
Allí arriba reinaba una paz inmutable, una paz que aliviaba la confusión y la ansiedad que se habían apoderado de ellos en las llanuras, haciéndolos olvidar la cautela e incluso la reflexión. Cada giro en el camino y cada nueva colina traían consigo vistas insospechadas, tan llenas de esplendor que no podían hacer otra cosa que contemplarlas, mudos y atónitos, sin dejar de cabalgar. En aquel lugar, todas las obras del hombre parecían insignificantes. Ninguna obra humana podría igualar aquellas montañas eternas.
Estaban en verano, así que los días eran largos y soleados. Los pájaros cantaban desde los árboles que flanqueaban el sinuoso camino y la fragancia de los pinos se fundía con los delicados aromas de las innumerables flores silvestres que alfombraban los ondulados prados. De vez en cuando, el canto agudo y salvaje de un águila resonaba entre las rocas.
—¿Nunca has pensado en la posibilidad de trasladar la capital de tu reino? —le preguntó Garion al emperador de Mallorea, que cabalgaba a su lado.
Hablaba en voz baja, como si temiera profanar la paz que los rodeaba.
—No, Garion —respondió Zakath—. Mi gobierno no funcionaría en un sitio como éste. Casi todos los burócratas son melcenes, y aunque parezcan gente prosaica, en realidad no lo son. Me temo que mis oficiales dedicarían la mitad de su tiempo a contemplar el paisaje y la otra mitad a escribir poesía mediocre, así que nadie trabajaría. Además, tú no sabes lo que es esto en invierno.
—¿Nieve?
Zakath asintió con un gesto.
—La gente del lugar ni siquiera se preocupa en medirla en centímetros, la miden por metros.
—¿Acaso vive gente en este lugar? Yo no he visto a nadie.
—Sólo algunos… Tramperos que comercian con pieles, buscadores de oro, ese tipo de gente. —Zakath esbozó una breve sonrisa—. Sin embargo, creo que sus oficios son sólo una excusa. Hay gente que prefiere la soledad.
—Éste es un buen lugar para encontrarla.
El emperador de Mallorea había cambiado mucho desde que habían abandonado el campamento de Atesca, en la ribera del Magan. Estaba más delgado y sus ojos habían perdido su expresión inerte. Al igual que Garion y todos los demás, cabalgaba cautelosamente, con los ojos y los oídos alerta. Sin embargo, el principal indicio de cambio no estaba en su aspecto externo. Zakath siempre había sido una persona reflexiva, melancólica y con tendencia a la depresión, aunque al mismo tiempo llena de una fría codicia. Garion a menudo había pensado que la ambición del malloreano y su aparente ansia de poder no respondían a una necesidad imperiosa, sino que eran una forma de ponerse constantemente a prueba y quizás, en un nivel más profundo, un medio de autodestrucción. Daba la impresión de que Zakath invertía todos sus esfuerzos —y todos los recursos de su imperio— en batallas imposibles con la secreta esperanza de encontrarse con alguien lo bastante fuerte para matarlo y por consiguiente aliviarlo del terrible peso de una vida casi intolerable para él.
Pero ya no era así. Su encuentro con Cyradis en la orilla del Magan lo había transformado de forma definitiva. El mundo que siempre había considerado opaco y desolado, ahora le parecía nuevo. Por momentos, Garion creía adivinar una levísima esperanza reflejada en el rostro de su amigo, y ésa era una emoción inaudita en Zakath.
Cuando giraban por una gran curva del camino, Garion vio a la loba que habían encontrado en el bosque marchito de Darshiva. Estaba sentada sobre sus grupas, esperándolos pacientemente. La conducta de la loba lo asombraba cada vez más. Ahora que su pata herida había sanado, hacía esporádicos paseos por los campos circundantes en busca de su jauría, pero siempre regresaba sin dar muestras de que la búsqueda frustrada la afectara. Parecía estar perfectamente satisfecha de permanecer con ellos, como un miembro más de aquella extraña jauría. Mientras se encontraran en bosques y montañas deshabitadas, esta peculiaridad suya no les causaría problemas. Sin embargo no siempre estarían allí, y no cabía duda de que la presencia de una loba salvaje y probablemente nerviosa en una calle concurrida de una ciudad populosa atraería la atención de la gente…, aunque ése era el inconveniente más leve que podría llegar a causar.
—¿Qué te ocurre, pequeña hermana? —le preguntó amablemente Garion en el lenguaje de los lobos.
—Todo va bien.
—¿Has encontrado a tu jauría?
—Hay muchos lobos en los alrededores, pero ninguno de mi familia. Tendré que permanecer con vosotros durante un tiempo. ¿Dónde está el pequeño?
Garion se giró para mirar el carruaje de dos ruedas por encima de su hombro.
—Está sentado junto a mi compañera, en el animal de pies redondos.
La loba suspiró.
—Si sigue allí sentado mucho tiempo, no volverá a correr ni a cazar —dijo con tono de reprobación—, y si tu compañera sigue alimentándolo tanto, hará que se le estire el vientre y no podrá sobrevivir en las temporadas de poca caza.
—Prometo hablar con ella al respecto.
—¿Y ella te escuchará?
—Tal vez no, pero hablaré con ella de todos modos. Aprecia al pequeño y le gusta mucho estar cerca de él.
—Pronto tendré que enseñarle a cazar.
—Sí. Lo sé y se lo explicaré a mi compañera.
—Te estaré agradecida. —La loba hizo una pausa y miró a su alrededor con cautela—. Tened cuidado —advirtió—, pues cerca de aquí vive una extraña criatura. No la he visto, pero he olfateado su aroma en varias ocasiones. También sé que es bastante grande.
—¿Cómo de grande?
—Más grande que la bestia sobre la cual te sientas —dijo mirando a Chretienne.
La presencia constante de la loba había conseguido que el caballo se familiarizara con ella y se mostrara menos nervioso, pero Garion sospechaba que el animal hubiera preferido que no se le acercara tanto.
—Se lo diré al jefe de la jauría —prometió Garion.
Por alguna razón, la loba evitaba a Belgarath. Garion suponía que se debía a algún aspecto del protocolo lobuno que él aún desconocía.
—Entonces continuaré la búsqueda —dijo ella mientras se incorporaba—. Es probable que encuentre a la bestia, y así sabremos cómo es. —Hizo una pausa—. Su olor indica que es peligrosa. Se alimenta de todo tipo de criaturas, incluso de aquellas de las que nosotros huiríamos.
Tras esas palabras, la loba dio media vuelta y corrió hacia el bosque, veloz y silenciosa.
—Esto es realmente extraño —observó Zakath—. Ya había oído a algunos hombres hablar con animales, pero nunca en su propia lengua.
—Es una peculiaridad hereditaria —sonrió Garion—. Al principio, yo tampoco podía creerlo. Los pájaros solían acercarse a tía Pol y hablarle todo el tiempo, casi siempre sobre sus huevos. Según tengo entendido, a los pájaros les encanta hablar de sus huevos, y a veces pueden parecer muy tontos. Los lobos, en cambio, son mucho más dignos. —Hizo otra pausa—. Será mejor que no comentes con tía Pol lo que acabo de decirte —añadió.
—¿No es eso una impostura, Garion? —rió Zakath.
—Sólo prudencia —corrigió el joven—. Tengo que ir a hablar con Belgarath. Mantén los ojos bien abiertos, pues la loba afirma que hay un extraño animal en los alrededores. Dice que es más grande que un caballo y muy peligroso. Además, sugirió que podría comer hombres.
—¿Qué aspecto tiene?
—No lo ha visto, pero lo ha olido y ha encontrado sus huellas.
—Estaré alerta.
—Bien —respondió Garion. Se giró y volvió hacia atrás, donde Belgarath y Polgara estaban enfrascados en una acalorada discusión.
—Durnik necesita una torre en algún lugar del valle —decía Belgarath.
—No veo por qué —respondió Polgara.
—Todos los discípulos de Aldur tienen torres, Pol. Es una costumbre.
—Las viejas costumbres suelen persistir aunque hayan dejado de ser necesarias.
—Tendrá que estudiar, Pol. ¿Cómo podrá hacerlo contigo siempre en el medio? —Ella le dedicó una mirada larga y fría—. Bueno, tal vez debería buscar otra forma de expresar esa idea.
—Tómate todo el tiempo que necesites, padre. Estoy dispuesta a esperar.
—Abuelo —dijo Garion mientras tiraba de las riendas—. Acabo de hablar con la loba, y dice que hay un animal muy grande en el bosque.
—¿Un oso?
—No lo creo. Lo ha olido varías veces, y habría reconocido el olor de un oso, ¿no crees?
—Supongo que sí.
—No lo ha dicho claramente, pero ha insinuado que no es un ser muy selectivo en sus hábitos alimenticios. —Hizo una pausa—. ¿Es idea mía, o se trata de una loba muy extraña?
—¿Qué quieres decir?
—Parece sacar el máximo beneficio de la lengua, pero siempre tengo la impresión de que quiere sugerir algo más de lo que dice.
—Es una loba inteligente, eso es todo, No es una característica habitual en las hembras, pero tampoco es tan insólita.
—La conversación ha tomado un curso fascinante —observó Polgara.
—¡Oh! —dijo el anciano con suavidad—. ¿Sigues ahí, Pol? Creí que habrías encontrado alguna otra cosa que hacer. —La hechicera le dirigió una mirada fulminante, pero Belgarath permaneció impasible—. Será mejor que adviertas a los demás —le dijo a Garion—. Un lobo no haría comentarios especiales sobre un animal común. Sea quien fuere esa criatura, debe de tratarse de un ser excepcional y eso suele implicar peligro. Dile a Ce’Nedra que se acerque a los demás, pues lejos del resto del grupo, correrá más riesgos. —Reflexionó un momento—. No le digas nada que la alarme, pero consigue que Liselle se monte al carruaje con ella.
—¿Liselle?
—La joven rubia, la de los hoyuelos.
—Ya sé quién es, abuelo. Pero ¿no sería mejor que fuera Durnik, o tal vez Toth?
—No. Si cualquiera de los dos se montara al carruaje con Ce’Nedra, ella adivinaría que algo va mal y se asustaría. Un animal que está de caza puede oler el miedo y debemos evitar exponerla a ese tipo de peligro. Liselle está bien entrenada y sin duda tendrá dos o tres dagas escondidas en algún sitio. —Esbozó una sonrisa maliciosa—. Seguro que Seda podría decirnos exactamente dónde.
—¡Padre! —exclamó Polgara.
—¿Acaso no lo sabías? ¡Cielos, qué poco observadora eres!
—Un tanto a tu favor —señaló Garion.
—Me alegro de que te gustara —dijo Belgarath mientras dirigía una sonrisa irónica a Polgara.
Garion giró su caballo, para que su tía no advirtiera su propia sonrisa.
Aquella noche montaron el campamento con más precauciones de las habituales. Eligieron un pequeño bosquecillo de álamos, encerrado entre un abrupto peñasco y un arroyuelo de montaña. Beldin regresó de su largo viaje de exploración cuando el sol comenzaba a hundirse en los eternos campos nevados y la luz del crepúsculo cubría de sombras azules barrancos y cañadas.
—¿No es algo temprano para detenerse? —preguntó el hechicero con voz ronca mientras recuperaba su forma natural.
—Los caballos están cansados —respondió Belgarath con una mirada disimulada a Ce’Nedra—. La cuesta es muy empinada.
—Espera y verás —dijo Beldin mientras cojeaba hacia el fuego—. Más adelante se vuelve aún más empinada.
—¿Qué te ha ocurrido en el pie?
—He tenido una pequeña disputa con un águila. Las águilas son pájaros estúpidos y ésta era incapaz de distinguir la diferencia entre un halcón y una paloma, por lo tanto tuve que educarla. Me dio un picotazo cuando yo estaba arrancándole unas cuantas plumas del ala.
—Tío —dijo Polgara en tono de reproche.
—Ella empezó.
—¿Has descubierto si nos siguen los soldados? —preguntó Belgarath.
—Algunos darshivanos. Sin embargo, les llevamos dos o tres días de ventaja. El ejército de Urvon se retira. Ahora que él y Nahaz se han ido, no tiene sentido que sus tropas continúen.
—Al menos de ese modo tendremos menos hombres pegados a nuestros talones —dijo Seda.
—No te apresures a celebrarlo —le advirtió Beldin—. Ahora que se han marchado los guardianes del templo y los karands, los darshivanos tienen el camino libre para concentrarse en nosotros.
—Supongo que tienes razón. ¿Crees que saben que estamos aquí?
—Zandramas lo sabe y no creo que oculte información a sus soldados. Es probable que mañana por la tarde os encontréis con nieve, así que tendréis que pensar en algún modo de ocultar las huellas. —Miró a su alrededor—. ¿Dónde está tu loba? —le preguntó a Garion.
—Cazando. Ha estado buscando el rastro de su jauría.
—Eso me recuerda algo —dijo Belgarath en voz baja para asegurarse de que Ce’Nedra no podía oírlos—. La loba le ha dicho a Garion que hay un animal muy grande en la zona. Pol saldrá a echar un vistazo esta noche, pero no estaría de más que tú también lo hicieras mañana. No estoy de humor para sorpresas.
—Veré lo que puedo hacer.
Sadi y Velvet estaban sentados junto al fuego. Habían colocado la pequeña botella de cerámica en el suelo e intentaban hacer salir a Zith y a su prole, tentándolos con trocitos de queso.
—Ojalá tuviéramos leche —dijo Sadi con su voz de contralto—. La leche es muy buena para las serpientes jóvenes. Les fortalece los dientes.
—Lo recordaré —dijo Velvet.
—¿Estás planeando dedicarte a la cría de serpientes, margravina?
—Son unas criaturas encantadoras —respondió ella—. Son limpias, silenciosas y no comen demasiado. Además, pueden resultar muy útiles en situaciones de emergencia.
—Acabaremos convirtiéndote en una verdadera nyissana —observó él con una sonrisa afectuosa.
—No si yo puedo evitarlo —le dijo Seda a Garion en un murmullo cargado de malicia.
Aquella noche comieron trucha a la parrilla. Después de montar las tiendas, Durnik y Toth se habían dirigido a la orilla del arroyuelo con cañas y carnada. Aunque Durnik había experimentado algunos cambios desde su ascenso a la condición de discípulo de Aldur, nunca había renunciado a su pasatiempo favorito. Su amigo mudo y él ya no necesitaban programar estas excursiones. Siempre que acampaban en las cercanías de un lago o arroyuelo, la reacción de ambos era automática.
Después de cenar, Polgara sobrevoló el bosque sombrío, pero cuando regresó, dijo que no había visto ninguna señal de la enorme bestia que había mencionado la loba.
El día siguiente amaneció frío y el aire anunciaba heladas. El aliento de los caballos se convertía en vapor, y Garion y sus amigos cabalgaban envueltos en sus capas.
Tal como Beldin les había advertido, a última hora de la tarde llegaron a territorio nevado. Los primeros copos blancos caídos sobre el sendero de la caravana eran finos y grumosos, pero era evidente que más adelante se toparían con nevadas más abundantes. Acamparon bajo la nieve y se pusieron en marcha otra vez a primera hora de la mañana siguiente. Seda había diseñado una especie de balancín para los caballos de carga, al que había amarrado con sogas varias rocas redondeadas. Mientras se internaban en el territorio de las nieves eternas, el hombrecillo examinó con aire crítico las señales dejadas por las rocas.
—Bastante bien —dijo con orgullo.
—No alcanzo a comprender la utilidad de tu invento, príncipe Kheldar —confesó Sadi.
—Las rocas dejan huellas idénticas a las de los carros —explicó Seda—. Las huellas de caballos solos despertarían sospechas en los soldados que nos persiguen, pero los rastros de carros no llamarán tanto la atención.
—Muy ingenioso —admitió el eunuco—, pero ¿no es más sencillo arrancar arbustos y borrar las huellas?
Seda sacudió la cabeza.
—Si limpias las huellas con arbustos, parecerá incluso más sospechoso. Ésta es una ruta bastante transitada.
—Piensas en todo, ¿verdad?
—El arte de escabullirse fue una de las especialidades en que más destacó en la academia —observó Velvet desde el pequeño carruaje que compartía con Ce’Nedra y el cachorrillo de lobo—. A veces lo emplea sólo para no perder la práctica.
—No creo que sea para tanto, Liselle —dijo el hombrecillo, ofendido.
—¿No?
—Bueno, supongo que sí, pero la palabra «escabullirse» no suena muy bien.
—¿Se te ocurre alguna mejor?
—Bien, creo que «evadirse» es mucho más distinguida, ¿no te parece?
—Puesto que significa lo mismo, ¿por qué discutir sobre terminología? —dijo con una sonrisa que marcó dos hoyuelos en sus mejillas.
—Es una cuestión de estilo, Liselle.
El sendero se volvió más abrupto y los montículos de nieve que lo flanqueaban eran cada vez más altos. Enormes torbellinos de nieve descendían desde las cumbres de las montañas y el seco viento helado soplaba con creciente furia.
Al mediodía, los picos se oscurecieron de forma súbita, envueltos en un banco de nubes de aspecto funesto. Entonces, la loba corrió cojeando al encuentro del grupo.
—Os aconsejo que busquéis refugio para la jauría y sus bestias —dijo con inusual nerviosismo.
—¿Has encontrado a la criatura que vive aquí? —preguntó Garion.
—No. Esto es más peligroso —dijo y dirigió una mirada significativa a las nubes que se acercaban a su espalda.
—Avisaré al jefe de la jauría.
—Es lo adecuado —respondió la loba y señaló a Zakath con su hocico—. Dile a éste que me siga. Por aquí cerca hay algunos árboles y entre los dos encontraremos un lugar apropiado.
—Quiere que vayas con ella —le dijo Garion al malloreano—. Se aproxima mal tiempo y cree que debemos buscar refugio un poco más adelante, entre unos árboles. Mientras tanto, yo iré a avisar a los demás.
—¿Va a desatarse una tormenta de nieve? —preguntó Zakath.
—Supongo que sí. Tiene que tratarse de algo muy grave, para asustar a un lobo.
Garion hizo girar a Chretienne y volvió atrás para alertar al resto del grupo. El terreno abrupto y resbaladizo les impedía cabalgar aprisa, y cuando todos llegaron al bosquecillo adonde la loba había conducido a Zakath, el viento frío los azotaba con urticantes copos de nieve. Los árboles eran delgados pinos jóvenes, que se alzaban muy cerca unos de otros, formando un grupo compacto. Era evidente que en un pasado no muy lejano una avalancha había abierto una brecha en el bosquecillo, dejando una montaña de ramas y troncos partidos sobre la ladera de un abrupto peñasco de roca. Durnik y Toth pusieron manos a la obra de inmediato, mientras el viento se enfurecía y la nieve se volvía más espesa. Garion y los demás se unieron a ellos y en un momento erigieron una especie de cobertizo enrejado sobre la pared del peñasco. Luego cubrieron la estructura de troncos con las lonas de las tiendas, las ataron con esmero y las aseguraron con pesados maderos. Cuando por fin la tormenta se desató con toda su fuerza, introdujeron a los caballos al improvisado refugio y los condujeron a un rincón.
El viento rugía con frenesí y el bosquecillo desapareció, envuelto en la nieve que se arremolinaba a su alrededor.
—¿Creéis que Beldin estará bien? —preguntó Durnik preocupado.
—No temas por él —le respondió Belgarath—. Ya ha sobrevivido a otras tormentas. Volará por encima de ella o cambiará de forma y se enterrará en la nieve hasta que todo haya pasado.
—¡Entonces morirá congelado! —exclamó Ce’Nedra.
—Debajo de la nieve, no —le aseguró Belgarath—. Beldin no suele dar importancia al tiempo. —Miró a la loba, que contemplaba los remolinos de nieve sentada junto a la puerta del refugio—. Te agradezco la información, pequeña hermana —le dijo con solemnidad.
—Ahora soy un miembro de tu jauría, venerable jefe —respondió ella con idéntica formalidad—. El bienestar de todos es una responsabilidad común.
—Sabias palabras, hermana.
Ella sacudió la cola, pero no volvió a hablar.
La tormenta de nieve continuó durante el resto del día y parte de la noche, mientras Garion y sus amigos aguardaban sentados alrededor del fuego que había encendido Durnik. Luego, cerca de medianoche, el viento se retiró tan repentinamente como había llegado. La nieve siguió cayendo entre los árboles hasta la mañana, pero por fin también amainó. Sin embargo, el daño ya estaba hecho. Fuera del refugio, la nieve llegaba hasta las rodillas de Garion.