El descenso de maelstrom- Edgard Allan Poe

 

Descarga el libro El descenseo de maelstrom

 

Lee las primeras paginas del libro online
Los caminos de Dios en la naturaleza y en la providencia no son como
nuestros caminos; y nuestras obras no pueden compararse en modo alguno
con la vastedad, la profundidad y la inescrutabilidad de Sus obras, que contienen
en sí mismas una profundidad mayor que la del pozo de Demócrito.
(JOSEPH GLANVILL)
Habíamos alcanzado la cumbre del despeñadero más elevado. Durante
algunos minutos, el anciano pareció demasiado fatigado para hablar.
-Hasta no hace mucho tiempo -dijo, por fin- podría haberlo guiado en este
ascenso tan bien como el más joven de mis hijos. Pero, hace unos tres
años, me ocurrió algo que jamás le ha ocurrido a otro mortal… o, por lo menos,
a alguien que haya alcanzado a sobrevivir para contarlo; y las seis horas de
terror mortal que soporté me han destrozado el cuerpo y el alma. Usted ha de
creerme muy viejo, pero no lo soy. Bastó algo menos de un día para que estos
cabellos, negros como el azabache, se volvieran blancos; debilitáronse mis
miembros, y tan frágiles quedaron mis nervios, que tiemblo al menor esfuerzo y
me asusto de una sombra. ¿Creerá usted que apenas puedo mirar desde este
pequeño acantilado sin sentir vértigo?
El «pequeño acantilado», a cuyo borde se había tendido a descansar
con tanta negligencia que la parte más pesada de su cuerpo sobresalía del
mismo, mientras se cuidaba de una caída apoyando el codo en la resbalosa
arista del borde; el «pequeño acantilado», digo, alzábase formando un precipicio
de negra roca reluciente, de mil quinientos o mil seiscientos pies, sobre la
multitud de despeñaderos situados más abajo. Nada hubiera podido inducirme
a tomar posición a menos de seis yardas de aquel borde. A decir verdad, tanto
me impresionó la peligrosa postura de mi compañero que caí en tierra cuan
largo era, me aferré a los arbustos que me rodeaban y no me atreví siquiera a
mirar hacia el cielo, mientras luchaba por rechazar la idea de que la furia de los
vientos amenazaba sacudir los cimientos de aquella montaña. Pasó largo rato
antes de que pudiera reunir coraje suficiente para sentarme y mirar a la distancia.
-Debe usted curarse de esas fantasías -dijo el guía-, ya que lo he traído
para que tenga desde aquí la mejor vista del lugar donde ocurrió el episodio
que mencioné antes… y para contarle toda la historia con su escenario presente.
“Nos hallamos -agregó, con la manera minuciosa que distinguía-, nos
hallamos muy cerca de la costa de Noruega, a los sesenta y ocho grados de
latitud, en la gran provincia de Nordland, y en el distrito de Lodofen. La montaña
cuya cima acabamos de escalar es Helseggen, la Nebulosa. Enderécese
usted un poco… sujetándose a matas si se siente mareado… ¡Así! Mire ahora,
más allá de la cintura de vapor que hay debajo de nosotros, hacia el mar.”
Miré, lleno de vértigo, y descubrí una vasta extensión oceánica, cuyas
aguas tenían un color tan parecido a la tinta que me recordaron la descripción
que hace el geógrafo nubio del Mare Tenebrarum. Ninguna imaginación humana
podría concebir panorama más lamentablemente desolado. A derecha e
izquierda, y hasta donde podía alcanzar la mirada, se tendían, como murallas
del mundo, cadenas de acantilados horriblemente negros y colgantes, cuyo
lúgubre aspecto veíase reforzado por la resaca, que rompía contra ellos su
blanca y lívida cresta, aullando y rugiendo eternamente. Opuesta al promontorio
sobre cuya cima nos hallábamos, y a unas cinco o seis millas dentro del
mar, advertíase una pequeña isla de aspecto desértico; quizá sea más adecuado
decir que su posición se adivinaba gracias a las salvajes rompientes que
la envolvían. Unas dos millas más cerca alzábase otra isla más pequeña,
horriblemente escarpada y estéril, rodeada en varias partes por amontonamientos
de oscuras rocas.
En el espacio comprendido entre la mayor de las islas y la costa, el
océano presentaba un aspecto completamente fuera de lo común. En aquel
momento soplaba un viento tan fuerte en dirección a tierra, que un bergantín
que navegaba mar afuera se mantenía a la capa con dos rizos, en la vela mayor,
mientras la quilla se hundía a cada momento hasta perderse de vista; no
obstante, el espacio a que he aludido no mostraba nada que semejara un oleaje
embravecido, sino tan sólo un breve, rápido y furioso embate del agua en
todas direcciones, tanto frente al viento como hacia otros lados. Tampoco se
advertía espuma, salvo en la proximidad inmediata de las rocas.
-La isla más alejada -continuó el anciano- es la que los noruegos llaman
Vurrgh. La que se halla a mitad de camino es Moskoe. A una milla al norte verá
la de Ambaaren. Más allá se encuentran Islesen, Hotholm, Keildhelm, Suarven
y Buckholm. Aún más allá -entre Moskoe y Vurrgh- están Otterholm, Flimen,
Sandflesen y Stockholm. Tales son los verdaderos nombres de estos sitios;
pero… ¿qué necesidad había de darles nombres? No lo sé, y supongo que usted
tampoco… ¿Oye alguna cosa? ¿Nota algún cambio en el agua?
Llevábamos ya unos diez minutos en lo alto del Helseggen, al cual
habíamos ascendido viniendo desde el interior de Lofoden, de modo que no
habíamos visto ni una sola vez el mar hasta que se presentó de golpe al arribar
a la cima. Mientras el anciano me hablaba, percibí un sonido potente y
que crecía por momentos, algo como el mugir de un enorme rebaño de búfalos
en una pradera americana; y en el mismo momento reparé en que el estado
del océano a nuestros pies, que correspondía a lo que los marinos llaman
picado, se estaba transformando rápidamente en una corriente orientada
hacía el este. Mientras la seguía mirando, aquella corriente adquirió una velocidad
monstruosa. A cada instante su rapidez y su desatada impetuosidad
iban en aumento. Cinco minutos después, todo el mar hasta Vurrgh hervía de
cólera incontrolable, pero donde esa rabia alcanzaba su ápice era entre Moskoe
y la costa. Allí, la vasta superficie del agua se abría y trazaba en mil canales
antagónicos, reventaba bruscamente en una convulsión frenética
-encrespándose, hirviendo, silbando- y giraba en gigantescos e innumerables
vórtices, y todo aquello se atorbellinaba y corría hacia el este con una rapidez
que el agua no adquiere en ninguna otra parte, como no sea el caer en un
precipicio.
En pocos minutos más, una nueva y radical alteración apareció en escena.
La superficie del agua se fue nivelando un tanto y los remolinos desaparecieron
uno tras otro, mientras prodigiosas fajas de espuma surgían allí donde
antes no había nada. A la larga, y luego de dispersarse a una gran distancia,
aquellas fajas se combinaron unas con otras y adquirieron el movimiento giratorio
de los desaparecidos remolinos, como si constituyeran el germen de otro
más vasto. De pronto, instantáneamente, todo asumió una realidad clara y definida,
formando un círculo cuyo diámetro pasaba de una milla. El borde del
remolino estaba representado por una ancha faja de resplandeciente espuma;
pero ni la menor partícula de ésta resbalaba al interior del espantoso embudo,
cuyo tubo, hasta donde la mirada alcanzaba a medirlo, era una pulida, brillante
y tenebrosa pared de agua, inclinada en un ángulo de cuarenta y cinco grados
con relación al horizonte, y que giraba y giraba vertiginosamente, con un movimiento
oscilante y tumultuoso, produciendo un fragor horrible, entre rugido y
clamoreo, que ni siquiera la enorme catarata del Niágara lanza al espacio en
su tremenda caída.
La montaña temblaba desde sus cimientos y oscilaban las rocas. Me dejé
caer boca abajo, aferrándome a los ralos matorrales en el paroxismo de mi
agitación nerviosa. Por fin, pude decir a mi compañero:
-¡Esto no puede ser más que el enorme remolino del Maelström!
-Así suelen llamarlo -repuso el viejo-. Nosotros los noruegos le llamamos
el Moskoe-ström, a causa de la isla Moskoe.
Las descripciones ordinarias de aquel vórtice no me habían preparado
en absoluto para lo que acababa de ver. La de Jonas Ramus, quizá la más
detallada, no puede dar la menor noción de la magnificencia o el horror de
aquella escena, ni tampoco la perturbadora sensación de novedad que confunde
al espectador. No sé bien en qué punto de vista estuvo situado el escritor
aludido, ni en qué momento; pero no pudo ser en la cima del Helseggen, ni
durante una tormenta. He aquí algunos pasajes de su descripción que merecen,
sin embargo, citarse por los detalles que contienen, aunque resulten sumamente
débiles para comunicar una impresión de aquel espectáculo:
«Entre Lofoden y Moskoe -dice-, la profundidad del agua varía entre
treinta y seis y cuarenta brazas; pero del otro lado, en dirección a Ver (Vurrgh),
la profundidad disminuye al punto de no permitir el paso de un navío sin el
riesgo de que encalle en las rocas, cosa posible aun en plena bonanza. Durante
la pleamar, las corrientes se mueven entre Lofoden y Moskoe con turbulenta
rapidez, al punto de que el rugido de su impetuoso reflujo hacia el mar apenas
podría ser igualado por el de las más sonoras y espantosas cataratas. El sonido
se escucha a muchas leguas, y los vórtices o abismos son de tal tamaño y
profundidad que si un navío es atraído por ellos se ve tragado irremisiblemente
y arrastrado a la profundidad, donde se hace pedazos contra las rocas; cuando
el agua se sosiega, los pedazos del buque asoman a la superficie.

Scroll al inicio