Mi vida- Bill Clinton

Descarga el libro Mi vida

 

Lee las primeras páginas del libro online Cuando era un joven licenciado recién salido de la facultad de derecho, ansioso por seguir adelante con mi vida, me dejé llevar por el capricho de abandonar por un tiempo mis lecturas habituales, que se centraban en la narrativa y en la historia, y compré uno de esos libros de autoayuda: Cómo tomar el control de tu tiempo y de tu vida, de Alan Lakein. La idea fundamental del libro consistía en que era necesario fijarse objetivos a largo, medio y corto plazo, y clasificarlos por orden de importancia: empezar por el grupo A, en el que se incluirían los más importantes, seguir con el B y acabar con el C. A continuación había que escribir bajo cada objetivo una lista de las acciones necesarias para conse¬guirlo. Aún conservo aquel ejemplar de bolsillo, que ahora tiene casi treinta años. Y estoy seguro de que, aunque no pueda encontrarla, todavía guardo esa vieja lista, enterrada en algún lugar entre mis papeles. Sin embargo, sí recuerdo lo que puse bajo la categoría A. Quería ser un buen hombre, tener un feliz matrimonio e hijos, tener buenos amigos, lograr el éxito en mi carrera política y escribir un gran libro.
Si soy o no un buen hombre, será Dios quien lo juzgue. Sé que no soy tan bueno como mis más leales seguidores creen, o como espero ser, ni tan malo como mis críticos más acérrimos afirman. He sido bendecido con la suerte en mi vida familiar con Hillary y Chelsea. Como en cual¬quier familia, nuestra vida no es perfecta, pero ha sido maravillosa. Los errores, como todo el mundo sabe, son sobre todo responsabilidad mía, y el compromiso permanente que nos une tiene sus raíces en el amor. No conozco a nadie que haya disfrutado de más o mejores amigos que yo. De hecho, es fácil argüir que llegué a la presidencia a hombros de mis amigos personales, ahora ya legendarios FOB.
Mi vida política ha sido muy dichosa. Me apasionaban las campañas y me gustaba gobernar. Siempre traté que las cosas avanzaran en la direc¬ción correcta; quise ofrecer a cada vez más personas la oportunidad de alcanzar sus sueños, levantar el ánimo de la gente y hacer que se sintieran más unidos los unos con los otros. En base a ello medía mis progresos.
Y en lo que respecta a escribir un gran libro, ¿quién sabe? Desde luego esta es una buena historia.

UNO

Nací a primera hora de la mañana del 19 de agosto de 1946, tras una violenta tormenta de verano. Madre, que era viuda, dio a luz en el hospital Julia Chester en Hope, un pueblo de unos seis mil habitantes situado al sudoeste de Arkansas, a unos cincuenta kilómetros al este de Texarkana, en la frontera con Texas. Madre me llamó William Jefferson Blythe III, como mi padre, William Jefferson Blythe Jr., que era uno de los nueve hijos de un granjero pobre de Sherman, Texas. Mi abuelo murió cuando mi padre tenía diecisiete años. Según sus hermanas, mi padre siempre intentó cuidar de ellas; era un joven muy guapo, traba¬jador y amante de la diversión. Conoció a mi madre en el hospital Tri-State de Shreveport, Louisiana, en 1943, cuando ella estudiaba para ser enfermera.
Cuando crecí, le pedí muchas veces a Madre que me contara la historia de cómo se conocieron y de cómo se hicieron novios y se casaron. Mi padre fue un día al hospital donde trabajaba Madre para que atendieran a la mujer que le acompañaba; estuvo hablando y flirteando con Madre mientras la otra mujer recibía atención médica. Mientras salía del hospital, le tocó a Madre el dedo en el que ella llevaba el anillo de su novio y le preguntó si estaba casada. Ella balbuceó «no» . . . era sol¬tera. Al día siguiente, envió flores a la otra mujer y mi madre sintió que se le encogía el corazón. Pero luego la llamó y le pidió una cita; le dijo que siempre enviaba flores cuando daba por terminada una relación.

Dos meses más tarde se casaron, y partió a la guerra. Durante la invasión de Italia, estuvo en una unidad mecánica reparando jeeps y tan¬ques. Después de la contienda, volvió a Hope en busca de Madre y se mudaron a Chicago, dónde recuperó su antiguo empleo de vendedor en la empresa de equipamientos Manbee. Compraron una pequeña casa en el barrio de Forest Park, pero como no podían mudarse hasta al cabo de un par de meses y Madre ya estaba embarazada de mí, decidieron volver a Hope hasta que se trasladaran a la casa nueva.
El 17 de mayo de 1946, después de transportar todos los muebles a su nuevo hogar, mi padre salió en coche de Chicago para ir a recoger a su esposa a Hope. A última hora de la noche, mientras circulaba por la carretera 60 en las afueras de Sikeston, Missouri, se le reventó el neumático de la rueda delantera derecha y perdió el control de su coche, un Buick del 42, que patinó sobre el asfalto mojado. Salió despedido fuera del automóvil, y cayó, o se arrastró, hasta una zanja que había sido excavada para drenar una zona pantanosa. En la zanja había casi un metro de agua.
Cuando lo encontraron, después de dos horas de búsqueda, vieron que su mano estaba agarrada a una rama que estaba por encima de la superficie del agua. Había intentado salir, pero no lo había logrado. Se ahogó; solo veintiocho años. Su matrimonio había durado dos años y ocho meses, de los cuales solo había pasado siete con Madre.
Esto es prácticamente todo lo que llegué a saber realmente de mi padre. Durante toda mi vida he ansiado poder llenar los vacíos; me he aferrado con avidez a cualquier foto o pedazo de papel que me dijera más del hombre que me dio la vida.

Cuando tenía unos doce años, mientras estaba sentado en el porche de mi tío Buddy, en Hope, un hombre se acercó, subió los peldaños, me miró y dijo: «Tú eres el hijo de Bill Blythe. Eres calcado a él». Resplan¬decí de alegría durante días.

En 1974, yo me presentaba al Congreso. Era mi primera campaña, y el periódico local hizo un reportaje sobre mi madre. Estaba en su cafete¬ría de costumbre, a primera hora de la mañana, comentando el artículo con un abogado amigo suyo cuando uno de los clientes habituales del lugar, al que ella solo conocía de vista, se acercó y le dijo: «Yo estaba allí. Fui el primero en llegar al lugar del accidente esa noche». Luego le contó a Madre lo que había visto; mi padre debió de permanecer lo suficientemente consciente, o había tenido el suficiente instinto de supervivencia, como para aferrarse a la rama e intentar salir del agua antes de morir. Madre le dio las gracias, se fue a su coche y allí se echó a llorar; luego se secó las lágrimas y se fue a trabajar.

El Día del Padre, en 1993, el primero en que ya era presidente, el Washington Post publicó un extenso reportaje de investigación sobre mi padre, al que sucedieron durante los dos meses siguientes otros artículos de investigación de la Associated Press y de otros periódicos locales. Las historias que contaban confirmaban lo que mi madre y yo sabíamos. Pero también descubrieron otras cosas que ignorábamos, entre ellas que mi padre probablemente había estado casado tres veces antes de conocer a Madre, y que aparentemente tenía otros dos hijos.
El otro hijo de mi padre era un hombre llamado Leon Ritzenthaler, ex propietario de una agencia de vigilancia escolar en el norte de California. En el artículo, decía que me había escrito durante la campaña de 1992 pero que no había recibido respuesta. No recuerdo haberme enterado de la existencia de esa carta, y teniendo en cuenta todos los ataques que tra¬tábamos de esquivar en aquel entonces, es posible que mi equipo deci¬diera no hablarme de ello. O quizá la carta se perdió entre las montañas de sacos de correo que recibíamos. En cualquier caso, cuando me enteré de la existencia de Leon, me puse en contacto con él y más tarde le cono¬cimos, y también a su mujer Judy, durante una de mis visitas al norte de California.
Fue una visita agradable, y desde entonces nos escribimos en las fiestas señaladas. El y yo nos parecemos y, según su certificado de naci¬miento, su padre fue también el mío; hubiera deseado saber de é mucho antes.

Por aquel entonces también recibí una información que me confir¬maba las historias publicadas acerca de una hija, Sharon Pettijohn, nacida como Sharon Lee Blythe en Kansas City en 1941, hija de una mujer de la que más tarde mi padre se divorció. Envió una copia de su certificado de nacimiento, de la licencia de matrimonio de sus padres, de una fotografía de mi padre y de una carta dirigida a su madre, en la que preguntaba acerca de «nuestro bebé» a Betsey Wright, mi ex jefa de gabinete durante mi etapa de gobernador. Siento decir que, por el motivo que sea, no he llegado a conocerla.
Todas estas informaciones salieron a la luz en 1993, y aunque fueron un duro golpe para Madre, que en aquellos momentos llevaba bastante tiempo luchando contra el cáncer, supo sobrellevarlo con entereza. Dijo que, durante la Gran Depresión y la guerra, los jóvenes hicieron muchas cosas que la gente de otras épocas quizá no hubiera aprobado. Lo único que importaba era que mi padre había sido el amor de su vida, y que ella estaba segura de que la amó. Al margen de los demás hechos, eso era todo cuanto ella necesitaba saber ahora que se acercaba al final de su vida. Y en cuanto a mí, yo no estaba muy seguro de qué pensar, pero teniendo en cuenta la vida que he llevado difícilmente podía sorprenderme que mi padre fuera una persona más compleja de lo que yo había pensado durante casi medio siglo.

En 1994, cuando nos dirigíamos a la celebración del cincuenta aniver¬sario del Día D, vi que varios periódicos habían publicado el historial de guerra de mi padre y una instantánea vestido de uniforme. Poco des¬pués recibí una carta de Umberto Baron, de Netcong, New Jersey, en la que recordaba sus experiencias personales durante la guerra y la posgue¬rra. Contaba que era muy joven cuando las fuerzas norteamericanas lle¬garon a Italia y que le encantaba ir a su campamento, donde cierto soldado se hizo muy amigo suyo y le daba caramelos mientras le enseñaba el fun¬cionamiento de los motores y cómo repararlos. Solo sabía su nombre: Bill. Después de la guerra, Baron vino a Estados Unidos, y gracias a lo que había aprendido del soldado que le llamaba «pequeño infante Joe», abrió su propio garaje y formó una familia. Me contó que había vivido el sueño americano y que ahora era propietario de un próspero negocio y tenía tres hijos. Dijo que, en gran medida, debía su éxito en la vida a ese joven soldado, pero que no había tenido oportunidad de decirle adiós entonces, y que a menudo se había preguntado qué habría sido de él. Luego, dijo: «Este año, el Día de los Caídos, estaba hojeando un ejemplar del Daily News de Nueva York mientras tomaba mi café matutino, y de repente sentí como si un rayo hubiera caído sobre mí. En el rincón inferior izquierdo del periódico había una fotografía de Bill. Sentí escalofríos al descubrir que Bill no era otro que el padre del presidente de Estados Unidos».

En 1996, los hijos de una de las hermanas de mi padre vinieron por primera vez a nuestra fiesta familiar de Navidad, que se celebraba en la Casa Blanca, y me trajeron la carta de condolencias que mi tía había reci¬bido de su congresista, el gran Sam Rayburn, tras el fallecimiento de mi padre. Solo es una breve carta estándar, que parece haber sido firmada con el bolígrafo automático de la época, pero me abracé a esa carta con el júbilo de un niño de seis años que recibe de Papá Noel su primer tren de juguete. La colgué en mi despacho privado, en el segundo piso de la Casa Blanca, y la miraba cada noche.
Poco después de dejar la Casa Blanca, estaba a punto de subir a un avión de USAIR para ir de Washington a Nueva York cuando un emple¬ado de las líneas aéreas me detuvo y me dijo que su padrastro acababa de contarle que había estado en el ejército con mi padre durante la guerra, y que se habían caído muy bien. Le pedí la dirección y el número de telé-fono del veterano; el hombre me dijo que no lo tenía pero que me lo enviaría. Todavía lo estoy esperando, pues alimenta mi ilusión de encon¬trar otra relación personal entre mi padre y el mundo.
Al término de mi presidencia, escogí algunos lugares especiales para despedirme y dar las gracias al pueblo norteamericano. Uno de ellos fue Chicago, donde Hillary nació; donde me hice con la nominación demó¬crata el día de San Patricio de 1992; donde muchos de mis más fieles seguidores viven y donde se demostró la validez de gran parte de mis ini¬ciativas políticas más importantes sobre el crimen, el bienestar y la educa¬ción. Y por supuesto, el lugar dónde mis padres decidieron vivir después de la guerra. Solía bromear con Hillary, diciendo que si mi padre no hubiera perdido la vida en aquella carretera de Missouri, yo habría cre¬cido a pocos kilómetros de donde vivía ella y probablemente jamás nos hubiéramos conocido.
El último evento al que asistí tuvo lugar en el hotel Palmer, escenario de la única fotografía que tengo de mis padres juntos y que se tomó justo antes de que Madre regresara a Hope en 1946. Después del discurso y de las despedidas, fui a una pequeña estancia donde conocí a una mujer, Mary Etta Rees, y a sus dos hijas. Me dijo que había crecido con mi madre y que había ido a la escuela con ella; después viajó al norte, a Indiana, donde trabajó en la industria de la guerra, se casó, se estableció y crió a sus hijos. Mary Etta me entregó otro preciado regalo: la carta que mi madre, a los veintitrés años, le había escrito a su amiga con motivo de su cumpleaños, tres semanas después de que mi padre hubiera muerto; de eso hacía más de cincuenta y cuatro años. Era muy propia de Madre. Con su bella caligrafía, hablaba de su pesar y de su determinación de seguir adelante: «Al principio me pareció imposible, pero verás, estoy embara¬zada de seis meses y nuestro bebé me infunde fuerzas y pone el mundo a mis pies».
Madre me dejó en herencia el anillo de matrimonio que le dio mi padre, unas pocas historias conmovedoras y la seguridad absoluta de que ella me amó por los dos.

Scroll al inicio