Veinte Años Después – Alejandro Dumas

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Veinte añosTítulo de la segunda novela que conforma los tres romances sobre D’Artagnan. Es el año 1648, veinte años después de los sucesos de Los tres mosqueteros. La historia de Francia ha cambiado: han muerto Luis XIII y el cardenal Richelieu; la reina Ana de Austria asume la regencia del país debido a la minoría de edad de Luis XIV, de sólo diez años; el nuevo primer ministro es el cardenal Julio Mazarino, de origen italiano, quien mantiene una no muy secreta relación con la reina; y nace el movimiento revolucionario conocido como la Fronda, motivado por las protestas por la presión fiscal exigida por la Guerra de los Treinta Años. D’Artagnan se ha quedado estancado en el grado de teniente de mosqueteros, y hace años que no ve a sus amigos, hasta que un día Mazarino decide contratarle como su agente personal. A tal fin, le instará a que reúna a los héroes de veinte años antes, sus amigos.

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  1. ––LA SOMBRA DE RICHELIEU

En un cuarto del palacio del cardenal, palacio que ya conocemos, y junto a una mesa llena de libros y papeles, permanecía sentado un hombre con la cabeza apoyada en las manos.

A sus espaldas había una chimenea con abundante lumbre, cuyas ascuas se apilaban sobre dorados morillos. El resplandor de aquel fuego iluminaba por detrás el traje de aquel hombre meditabundo, a quien la luz de un candelabro con muchas bujías permitía examinar muy bien de frente.

Al ver aquel traje talar encarnado y aquellos valiosos encajes; al contemplar aquella frente descolorida e inclinada en señal de medita­ción, la soledad del gabinete, el silencio que reinaba en las antecáma­ras, como también el paso mesurado de los guardias en la meseta de la escalera, podía imaginarse que la sombra del cardenal de Richelieu habitaba aún aquel palacio.

Mas ¡ay! sólo quedaba, en efecto, la sombra de aquel gran hombre. La Francia debilitada, la autoridad del rey desconocida, los grandes con­vertidos en elemento de perturbación y de desorden, el enemigo hollan­do el suelo de la patria todo patentizaba que Richelieu ya no existía.

Y más aún demostraba la falta del gran hombre de Estado, el ais­lamiento de aquel personaje; aquellas galerías desiertas de cortesa­nos; los patios llenos de guardias aquel espíritu burlón que desde la calle penetraba en el palacio, a través de los cristales, como el hálito de toda una población unida contra el ministro; por último, aquellos tiros lejanos y repetidos, felizmente, disparados al aire, sin más fin que hacer ver a los suizos, a los mosqueteros y a los soldados que guarnecían el palacio del cardenal, llamado a la sazón Palacio Real, que también el pueblo disponía de armas.

Aquella sombra de Richelieu era Mazarino, que se hallaba aislado, y se sentía débil.

––¡Extranjero! ––murmuraba entre dientes–– ¡Italiano! No saben decir otra cosa. Con esta palabra han asesinado y hecho pedazos a Concini, y me destrozarían a mí, que no les he hecho más daño que oprimirles un poco. ¡Insensatos! Ignoran que su enemigo no es este italiano que habla mal el francés, sino los que saben decirles bellas y sonoras frases en el más puro idioma de su patria. Sí, sí ––continuaba el ministro, dejando ver una ligera sonrisa que en aquel momento pa­recía algo extraña en sus descoloridos labios––, sí, vuestros rumores me hacen conocer que la suerte de los favoritos es muy variable; pero si sabéis eso, también debéis saber que yo no soy un favorito como otro cualquiera. El conde de Essex tenía una rica sortija guarnecida de brillantes, regalo de su real amante, y yo no tengo más que un sim­ple anillo con una cifra y una fecha; pero este anillo fue bendecido en la capilla del Palacio Real,1 y no me derribarán tan fácilmente. No co­nocen que a pesar de sus gritos incesantes de «¡Abajo Mazarino! » yo les hago gritar a mi antojo: «¡Viva el señor de Beaufort!» lo mismo que: «¡Viva el príncipe!» o «¡Viva el Parlamento!» Pues bien, el señor de Beaufort permanece en Vicennes, el Príncipe irá a juntarse con él de un momento a otro, y el Parlamento…

  1. Es sabido que no habiendo Mazarino recibido órdenes que le impidieran contraer matrimonio, casóse con Ana de Austria. Véanse las Memorias de Lapor­te y las Memorias de la Princesa Palatina.

 

Al pronunciar esta palabra la sonrisa de Su Eminencia tomó una expresión de odio, impropia de su fisonomía, generalmente dulce.

––Y el Parlamento… ––prosiguió–– bien; ya veremos lo que debe­mos hacer con él: por de pronto ya tenemos a Orléans y a Montargis. ¡Ah! Yo me tomaré tiempo; pero los que han gritado contra mí acaba­rán por gritar contra toda esa gente. Richelieu, a quien odiaban mien­tras vivía y de quien no cesaron de hablar después de muerto, se vio peor que yo todavía, porque fue despedido no pocas veces y otras tan­tas temió serlo. A mí no me puede despedir la reina, y si me veo obli­gado a ceder ante el pueblo, ella tendrá que ceder conmigo; si huyo, también ella huirá, y entonces veremos qué hacen los rebeldes sin su reina y sin su rey… ¡Oh!, ¡si yo no fuera extranjero!, ¡si hubiera nacido en Francia!, ¡si fuera caballero! ¡Con esto sólo me contentaba!

Y volvió a sus meditaciones.

Efectivamente la situación era difícil, y el día que acababa de ter­minar la había complicado más todavía.

Aguijoneado por su insaciable codicia, Mazarino cada vez oprimía al pueblo con más impuestos, y el pueblo, al que, según la frase del abogado general Talon, no le quedaba ya más que el alma, y esto por­que no podía venderla; el pueblo, a quien se trataba de aturdir con el ruido de las victorias, pero que conocía que los laureles no pueden usarse como alimento, empezaba a murmurar.

Pero no era esto lo peor, porque cuando sólo es el pueblo el que murmura, la corte, alejada de él por la nobleza, no lo oye; pero Ma­zarino había cometido la imprudencia de meterse con la magistratu­ra, vendiendo doce nombramientos de relator; y como estos cargos daban pingües derechos, que necesariamente habían de disminuir aumentando el número de magistrados, se habían éstos reunido y ju­rado no consentir semejante aumento, y resistir a todas las persecu­ciones de la corte; prometiéndose mutuamente que en el caso de que alguno de ellos perdiese el cargo a consecuencia de aquella actitud rebelde, los demás le resarcirían de sus pérdidas por medio de un re­parto.

He aquí lo que hicieron unos y otros:

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