Un Trato Perfecto – Jude Deveraux

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un trato perfectoTexas 1882. Diego Hunter, que se considera a sí mismo un pacificador, alquila sus pistolas a quien necesite sus servicios. Pero no está dispuesto a aceptar el extraño trato que le propone la señorita Roberta Latham: el matrimonio. Dominada desde niña por su padre, Roberta ha crecido a la sombra de la belleza de su hermana Rowena. Ahora, al morir su padre, Rowena está dispuesta a buscarle un marido. Pero Roberta está dispuesta a «comprarlo», y ¿qué mejor que todo un «heróe», el tipo de hombre que le gustan a su hermana?

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—Señor Hunter, me gustaría que me pidiera en matrimonio.

Cole no pudo pronunciar ni una palabra; fue una de las pocas veces en su vida en que de veras se quedó mudo. En varios momentos había optado por no hablar, pero en esas ocasiones unos cuantos miles de palabras habían cruzado por su mente y él simplemente se había negado a dejarlas salir de su boca. Sin embargo, ahora no sucedía nada de eso.

No era que le sorprendiera que una mujer le pidiera que se casara con ella. No deseaba jactarse, pero en su época había recibido algunas propuestas de matrimonio. En fin, quizás habían sido sugerencias más comerciales y no provenían de mujeres a quienes se las pudiera considerar respetables, pero sin duda habían existido mujeres dispuestas a mencionar la palabra «matrimonio».

Lo que resultaba sorprendente era que esa mujer en particular le estuviera hablando de matrimonio. La pequeña criatura pertenecía al tipo de mujeres propensas a fingir que los hombres como él no existían. Era una de esas señoras que apartaban sus faldas cuando él pasaba junto a ellas. Quizá más tarde se encontraban con él detrás del granero, después de la iglesia, pero no le hablaban de matrimonio ni lo invitaban a cenar el domingo por la noche.

Sin embargo, sí creía que esa cosita pequeñita pudiera tener problemas para conseguir un hombre. No había nada que hablara en su favor. Salvo porun frente bastante curvilíneo ———y él ciertamente los había visto mejores—, era del tipo de mujer que uno no notaría ni aun teniéndola sobre las rodillas. Nada bonita, nada fea, ni siquiera acogedora, simplemente muy común. Tenía un insulso pelo marrón, no muy abundante, y parecía que ni una docena de pinzas al rojo vivo pudieran rizarlo. Ojos marrones comunes, naricita común, boquita comun y ordinaria. Nada de una figura de la cual se pudiera hablar, excepto la agradable forma redondeada de la parte superior. Nada de caderas, ninguna curva de verdad.

Y luego estaba su actitud. A Cole le gustaban las mujeres que daban la impresión de ser divertidas en la cama y fuera de ella. Le gustaba una mujer que se riera y que lo hiciera reír, pero esa criaturita estirada no parecía capaz de agudezas, y mucho menos de humor. Se parecía a una maestra no dispuesta a aceptar excusas por una tarea no realizada. Se parecía ala señora que arreglaba las flores de la iglesia todos los domingos, la mujer que uno veía todos los días mientras crecía y cuyo nombre nunca se le ocurría preguntar.

No daba la impresión de estar casada. Tampoco daba la impresión de haber tenido alguna vez a un hombre en su cama, un hombre acurrucado a su lado en busca de calor. Si había tenido un hombre, probablemente había sido uno de esos adictos a una larga camisa de noche y un gorro, y lo que habían hecho había sido únicamente en nombre de la continuación de la raza humana.

Mientras encendía un delgado cigarro, se tomó tiempo para pensar… y recobrarse. Viajaba tanto y conocía tanta gente, que había debido entrenarse a fin de saber juzgar tanto a hombres como a mujeres. Cuando tenía menos de sus treinta y ocho años presentes, solía pensar que las mujeres como ésa se morían por un hombre que las animara un poco. Había aprendido que las mujeres de apariencia fría eran, en su mayor parte, mujeres frías. Cierta vez se había pasado meses tratando de seducir a una sencilla y recatada mujercita parecida a ésta, imaginando sin cesar el volcán dormido debajo de su vestido abotonado en exceso. Pero cuando por fin consiguió sacarle la ropa interior, ella se limitó a yacer allí, con los puños apretados y los dientes rechinantes. Fue la única vez en su vida en que no pudo actuar. Después de eso, decidió que era más fácil ir detrás de las mujeres que parecían dispuestas a aceptar sus avances.

De modo que allí estaba una de esas cositas frígidas y ratoniles, con el vestido abotonado hasta la barbilla, los codos apretados contra el cuerpo y, aunque él no podía verlas, estaba seguro de que tenía las rodillas entrecruzadas.

Estaba sentado en una de esas duras sillas tapizadas que la casera consideraba de moda, haciendo tiempo mientras encendía su cigarro y la observaba, esperando a que ella diera el paso siguiente. Por supuesto, hasta ese momento había dado todos los pasos. Le había escrito con el objeto de decirle que deseaba contratar sus servicios para un asunto muy personal y que deseaba ir a verlo a Abilene.

Por su carta —escrita en papel tipo pergamino con caligrafía perfecta— había supuesto que era rica y deseaba que él matara a algún hombre que se había burlado de ella. Ése era el tema por el cual solían escribirle las mujeres. Si un hombre deseaba contratarlo, en general quería que matara a alguien debido a una cantidad de tierra o de ganado, a derechos sobre el agua, a una venganza o a algo por el estilo. Pero con las mujeres se debía siempre al amor. Años atrás, Cole había dejado de intentar que hombres y mujeres creyeran que era un asesino profesional. En realidad, era un pacificador a sueldo. Se sentía un verdadero diplomático. Tenía aptitudes para dirimir discusiones y usaba su talento para hacer lo que podía. Era cierto que a veces la gente resultaba muerta durante las charlas, pero Cole sólo se defendía. Nunca era el primero en sacar.

—Por favor, continúe —dijo cuando el ratoncito se interrumpió. Le había ofrecido un asiento, pero ella había preferido quedarse de pie. Acaso se debiera a que su rígida espalda se rehusaba a doblarse. y ella había insistido en que la puerta de la habitación permaneciera abierta quince centímetros… a fin de que nadie pensara mal.

La mujercita se aclaró la garganta.

—Sé lo que parezco. Seguramente usted cree que soy una solterona solitaria y que necesito un hombre.

Cole debió esforzarse para evitar una sonrisa, dado que eso era justamente lo que estaba pensando. ¿Acaso ahora iba a decirle que no necesitaba un hombre? Todo lo que ella quería era que encontrara al hijo del vecino, que la había dejado plantada, y que lo hiciera desaparecer de la faz de la tierra.

—Trato de no engañarme —prosiguió ella—. No me ilusiono con respecto a mi apariencia ya mi atractivo en relación con los hombres. Por supuesto, me habría gustado tener un marido y media docena de hijos.

Él sí sonrió ante esas palabras. Por lo menos, era sincera acerca de su necesidad de un hombre vital en su cama.

—Pero si realmente anduviera buscando un marido, un padre para mis hijos, por cierto no pensaría en un pistolero envejecido sin medios visibles de subsistencia y con una panza incipiente.

Ante eso, Cole se sentó más derecho en la silla y trató de echar para adentro el abdomen. Tal vez fuera conveniente mantenerse alejado del pastel de manzana de su casera durante unos días. Le costó un gran esfuerzo no apoyarse la mano en el estómago. No es que él estuviera dispuesto, de ninguna manera, a aceptar ese encargo, pensó. ¿ Qué quería decir con eso de «pistolero envejecido»? iVamos, era tan bueno con el revólver como veinte años atrás! Ninguno de esos jovencitos de ahora… Interrumpió sus pensamientos cuando ella empezó a hablar de nuevo.

—No sé qué contarle primero. —Le dedicó una mirada dura, escrutadora. —Me dijeron que usted era el hombre más buen mozo de Texas.

Cole volvió a sonreír.

—La gente habla demasiado —comentó con modestia. —Personalmente, no lo veo.

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