El exilio de Sharra

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 Los ojos me dolieron cuando miré hacia el horizonte donde el sol se hundía —un extraño sol amarillo, no rojo como debía ser un sol, sino un sol resplandeciente que me hería los ojos. Pero ahora, por un momento, justo antes del anochecer, era súbitamente rojo y enorme y se hundía detrás del lago en una repentina gloria carmesí que me inundaba de dolorosa nostalgia por mi hogar; y una pincelada de color carmesí atravesaba el agua… Me quedé mirando hasta que se desvanecieron los últimos reflejos y sobre el lago, pálida y plateada, la solitaria luna de Terra exhibió el más delgado y elegante cuarto menguante.

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Aquel día, horas antes, había llovido, y el aire estaba denso de olores extraños. En realidad, no extraños; en lo más profundo de mis genes, de alguna manera ya los conocía. Mis ancestros habían bajado de los árboles en este mundo, habían sobrevivido a la larga evolución que les había transformado en humanos, y más tarde habían enviado las naves colonizadoras, una de las cuales —yo había oído el relato— se había estrellado en Darkover y había colonizado el lugar; se habían arraigado tan profundamente en el nuevo mundo que yo, que había sido
Exiliado de mi mundo natal y había regresado, me sentía ajeno y extrañaba el mundo de exilio de mi gente.
No sabía desde cuándo ni por cuánto tiempo mi gente había vivido en Darkover. Los viajes entre las estrellas tienen extrañas anomalías; las enormes distancias interestelares hacen extrañas jugarretas con el tiempo. Las gentes del Imperio Terrano no tenían manera de decir cuál nave colonizadora había fundado Darkover, o si fue tres mil o quince mil años atrás… El tiempo que había transcurrido en Terra era algo así como tres mil años. Sin embargo, el tiempo transcurrido en Darkover era de diez mil años, de modo que Darkover tenía una historia de civilización y caos casi tan larga como la de Terra. Yo sabía cuántos años hacía que Terra, mucho antes de que el Imperio Terrano se expandiera por las estrellas, había enviado la nave. Sabía cuántos años habían transcurrido en Darkover. Pero ni siquiera el historiador más avezado podía reconciliar ambas fechas: yo había dejado de intentarlo hacía mucho.
Tampoco yo era el único en sentirme desgarrado entre dos lealtades, tan profundamente arraigadas que afectaban incluso al mismo DNA de mis células. Mi madre había nacido en Terra bajo aquel cielo de un azul imposible y aquella luna incolora; sin embargo había amado a Darkover, se había casado con mi padre darkovano, y le había dado hijos y, finalmente, había descansado en una tumba sin nombre en las Kilghard Hills, en Darkover.
Y me gustaría estar descansando a su lado…
Por un momento no estuve seguro de que aquel pensamiento no fuese mío. Después lo eliminé resueltamente. Mi padre y yo estábamos demasiado próximos, no con la cercanía habitual de una familia de telépatas del Comyn (aunque ya eso hubiera resultado monstruoso para los terranos que nos rodeaban), sino unidos por los miedos comunes, por pérdidas comunes… por la
experiencia y el dolor compartidos. Al ser bastardo, rechazado por la casta de mi padre porque mi madre había sido medio terrana, mi padre había pasado por situaciones difíciles para que yo fuera aceptado como heredero del Comyn. Hasta ahora no sabía si lo había hecho por mí o por él mismo. Mis fútiles intentos de rebelión nos habían atrapado a todos en la frustrada rebelión de los aldaranes, y Sharra…
Sharra. Llamas ardiendo en mi mente… La imagen de una mujer de fuego, encadenada, moviéndose, trenzas de fuego alzándose con un viento de fuego, flotando… alzándose, devastando… Marjorie atrapada en ese fuego, gritando, muriendo…
¡No! Avarra misericordiosa, no…
Negra oscuridad. Borrarlo todo. Cerrar los ojos, agachar la cabeza irme, no estar allí, no estar en ningún lado…
Dolor. Agonía ardiendo en mi mano…
—Bastante mal, ¿no, Lew?
Detrás de mí sentí la presencia tranquilizadora de la mente de mi padre. Asentí, apreté los dientes, golpeé el doloroso muñón de mi mano izquierda contra la barandilla y dejé que la fría extrañeza de la blanca luna me inundara.
—Maldición, estoy bien. Deja de… —Me debatí por encontrar la palabra adecuada, y me salió «deja de revolotear».
— ¿Qué se supone que debo hacer? No puedo evitarlo —dijo con suavidad—. Estabas… ¿Cómo te lo diría? Emitiendo. Cuando puedas guardarte tus pensamientos, te dejaré a solas con ellos. ¡En nombre de todos los Dioses, Lew, fui técnico de la Torre de Arilinn durante diez años!
No exageraba. No tenía por qué. Durante tres años, probablemente los más felices de mi vida, yo también había sido mecánico de matrices en la Torre de Arilinn,
trabajando con los complejos cristales matrices que enlazaban mentes y telépatas para suministrar comunicaciones y tecnología a nuestro mundo pobre en metales y en máquinas. En Arilinn había aprendido qué era ser un telépata, un Comyn de nuestra casta, dotado o maldecido por la capacidad de enlazar las mentes y la hipersensibilidad a las otras mentes que me rodeaban. Uno aprendía a no fisgonear, aprendía a impedir que los propios pensamientos se enredaran con otros, para no ser demasiado dañado por el dolor o las necesidades de los demás, a seguir siendo exquisitamente sensible y a vivir al mismo tiempo sin interferir ni exigir.
Yo también lo había aprendido. Pero mi control había sido eliminado por la matriz del noveno nivel que, en un momento de insensatez, había pretendido manejar con un círculo de telépatas a medio entrenar. Habíamos esperado, vanamente, recuperar la antigua tecnología darkovana de alto nivel, que nos llegaba como una leyenda de las Eras del Caos. Y casi lo logramos por cierto, experimentando con las antiguas artes de Darkover, llamadas por la gente común brujería o magia. Sabíamos que en realidad eran una tecnología compleja, que podría haber hecho cualquier cosa, como dar energía a naves espaciales, lo que hubiera situado a Darkover a la par del Imperio, en vez de ser un pariente pobre, dependiente del Imperio Terrano, un planeta frío y pobre en metales.
Casi lo habíamos logrado, pero Sharra fue demasiado poderosa para nosotros, y la matriz que durante años había estado encadenada, suministrando tranquilamente fuego a las fraguas de los herreros montañeses, había sido liberada, incontenible y voraz, por las colinas. Una ciudad había sido destruida. Y yo, yo también había sido destruido, ardiendo en aquellos fuegos monstruosos, y Marjorie, Marjorie estaba muerta…
Y ahora, dentro de mi matriz, no podía ver más que las llamas y la destrucción de Sharra…
Un telépata se sintoniza con la piedra matriz que utiliza. A los once años me habían dado mi matriz: si me la hubieran quitado, no habría tardado en morir. No sé qué son las piedras matriciales. Algunos dicen que son cristales que amplifican las emanaciones psicoeléctricas de la actividad cerebral en las áreas «silenciosas» donde residen los poderes del Comyn. Otros las consideran formas de vida foránea, simbiótica con los poderes especiales del Comyn. Sea cual fuere la verdad, un telépata del Comyn trabaja a través de su propia matriz; las matrices más grandes, de niveles múltiples, nunca están sintonizadas con el cuerpo y el cerebro de un operario de matrices, sino que se retransmiten y transforman a través de su piedra.
Pero Sharra nos había engullido a todos, y nos había atrapado en su fuego…
¡Basta! Mi padre habló con la fuerza particular de un Alton. Forzó su mente en la mía, y eliminó la imagen. Una misericordiosa oscuridad descendió detrás de mis ojos; después pude ver de nuevo la luna, ver otra cosa que no fueran las llamas.
Mientras yo descansaba mis ojos, cubriéndolos con la mano sana, me dijo con suavidad:
—Ahora no lo crees, pero estás mejor, Lew. Es cierto que te ocurre cuando bajas la guardia. Pero hay largos períodos durante los que puedes librarte del dominio de la matriz de Sharra…
—Cuando no hablo de eso, querrás decir —le interrumpí con ira.
—No —dijo él—, cuando no está allí. Te he estado monitorizando. No estás tan grave como durante el primer año. En el hospital, por ejemplo… No podía liberarte más que por unas pocas horas. Ahora pasan días, incluso semanas…
Sin embargo, nunca sería libre. Cuando nos marchamos de Darkover, con la esperanza de salvar la mano
quemada por los fuegos de Sharra, me había llevado la matriz de Sharra oculta en la ornamentada espada. No porque quisiera llevármela, sino porque después de lo ocurrido, no podía separarme de ella, igual que si fuera mi propia matriz. Llevaba mi matriz colgada del cuello desde los doce años, y no podía quitármela sin sufrir dolor y probablemente daño cerebral. Una vez me la habían quitado —una especie de tortura deliberada— y había estado más cerca de la muerte que nunca. Es probable que de haber estado sin ella un solo día más, hubiera muerto por fallo cardíaco o por lesión cerebral.
Pero la matriz de Sharra, no sé por qué, había cobrado más poder que la mía. No necesitaba llevarla colgando del cuello ni estar en contacto físico con ella, pero tampoco podía distanciarme demasiado sin que comenzara el dolor y surgieran en mi cerebro las imágenes del fuego, como una interferencia que lo enturbiaba todo. Mi padre era un técnico competente, pero no podía hacer nada; los técnicos de la Torre de Arilinn, donde habían tratado de salvarme la mano, tampoco pudieron hacer nada. Al final me habían sacado del planeta, con la vana esperanza de que la ciencia terrana fuera más efectiva. Era ilegal que el Guardián del Dominio Alton, mi padre, Kennard Alton, abandonara el planeta al mismo tiempo que su Heredero. Pero lo había hecho a pesar de todo, y yo sabía que por eso sólo debía sentirme agradecido. Pero lo único que sentía era cansancio, ira, resentimiento.
Deberías haberme dejado morir.
Mi padre dio un paso y se situó bajo la luz de la pálida luna y de las estrellas. Apenas podía ver su silueta: alto, antes pesado e imponente, ahora encorvado por la enfermedad ósea que le había aquejado durante muchos años, pero todavía poderoso, dominante. Nunca estaba seguro de si veía la presencia física de mi padre o la poderosa fuerza mental que había avasallado mi vida des-
de que, a los once años, había obligado a mi mente a abrirse al Don telepático de los Alton —el don de forzar el contacto telepático incluso con los no telépatas, que caracteriza al Dominio Alton—. Lo había hecho porque no había otro modo de demostrar al Concejo del Comyn que yo era digno de ser el Heredero de Alton. Pero yo había tenido que soportarlo —y soportar su dominio— desde entonces.
La mano me latía en el lugar que había golpeado con lo que me quedaba del brazo. Era un dolor peculiar, podía sentirlo en el cuarto y el sexto dedo… como si me hubieran arrancado una uña. Y sin embargo, no había nada allí, nada salvo una cicatriz vacía… Me lo habían explicado: dolor fantasma, los nervios que quedaban en el resto del brazo. Condenadamente real para ser fantasma. Al menos ahora los médicos terranos, e incluso mi padre, se daban cuenta de que no se podía hacer nada más por mi mano, y habían hecho lo que tenían que haber hecho desde el principio: la habían amputado. Nada que hacer, ni siquiera con su (ciertamente) famosa ciencia médica. Mi mente todavía se encogía de horror ante el recuerdo de la cosa aterradora y retorcida que había coronado el último intento experimental de regeneración. Esa parte de las células del cuerpo que ordena a una mano ser una mano, con palma, dedos y uñas, y no una garra, una pluma, o un ojo, había sido destruida por Sharra, y un día, medio atontado por las drogas, había visto en qué se había convertido mi mano.
Alejar mi mente también de eso. ¿Había algo inofensivo en qué poder pensar? Contemplé el cielo sereno del que se había esfumado el último rastro de carmesí.
—Creo que es peor al atardecer —dijo él con voz tranquila—. Yo ni siquiera era adulto la primera vez que vine a Terra; solía venir aquí al atardecer para que mis primos y mis hermanos adoptivos no lo vieran. Uno se
cansa tanto… —me daba la espalda, y en cualquier caso estaba demasiado oscuro como para ver algo más que la opaca silueta de su presencia, pero aún así, en algún lugar de mi mente, pude ver su despreciativa sonrisa— de la misma vieja luna. Y mis primos terranos pensaban que era una vergüenza que alguien de mi edad llorara. De modo que, después de la primera vez, me aseguré de que no me vieran.
En Darkover hay un proverbio: «Sólo los hombres ríen, sólo los hombres danzan, sólo los hombres lloran.»
Pero para mi padre había sido diferente, pensé con envidia feroz. Había venido aquí por voluntad propia, y con un propósito, el de construir un puente entre los dos pueblos, terrano y darkovano. Larry Montray, su amigo terrano, se había quedado en Darkover para ser criado en el Dominio Alton. Kennard Alton había venido aquí para ser educado como terrano en las ciencias de este mundo.
Pero ¿y yo?
Yo había llegado aquí exiliado, destruido, lisiado, con mi amada Marjorie muerta porque yo, como mi padre antes, había intentado construir un puente entre el Imperio Terrano y Darkover. Yo tenía un motivo mejor: era hijo de ambos mundos, porque Kennard, Comyn del todo, se había casado con la media hermana de Montray, Elaine. Así que yo lo intenté, pero elegí mal el instrumento —la matriz de Sharra—, y fracasé. Y ahora, todo lo que había dado luz a mi vida estaba muerto, o en un mundo a media Galaxia de distancia, y yo seguía viviendo. Incluso aquella esperanza que había impulsado a mi padre a traerme aquí —la esperanza de que mi mano, quemada por los fuegos de Sharra, podría ser salvada o regenerada— había resultado ser un mero espejismo; a pesar de todo lo que yo había soportado, tampoco aquello había sido posible. Y aquí estaba, en un mundo que odiaba, desconocido y familiar a la vez.
Mis ojos se iban acostumbrando a la oscuridad. Ahora podía ver a mi padre, un hombre al borde de la vejez, encorvado e inválido, su pelo antaño llameante ahora gris, su rostro profundamente marcado por el dolor y el conflicto.
—Lew, ¿quieres regresar? ¿Sería más fácil para ti? Yo estaba aquí por una razón, era estudiante de intercambio en una misión formal. Era un asunto de honor. Pero a ti nada te ata. Puedes embarcar y regresar a Darkover cuando quieras. ¿Quieres que volvamos a casa, Lew? —Ni siquiera me miró la mano, no era necesario. Si aquello había fallado, no había ningún motivo para quedarse aquí y esperar algún milagro.
(Pero yo seguía sintiendo aquel dolor sordo en el pulgar, como una uña arrancada. Y el sexto dedo me dolía como si me hubiese pillado en un torno o me hubiera quemado. Extraño. Perseguido por el fantasma de una mano que ya no existía.)
—Lew, ¿regresamos a casa?
Sabía que él lo deseaba. Aquella tierra extraña también le estaba matando. Pero entonces cometió un grave error:
—El Concejo quiere que regrese. Ahora saben que ya no engendraré más hijos. Y tú eres el Heredero reconocido de Alton. Cuando partí, dijeron que era ilegal que el señor del Dominio Alton y su Heredero abandonaran el Dominio al mismo tiempo. Si tú volvieras, el Concejo se vería obligado a reconocer…
— ¡Maldito sea el Concejo! —exclamé, en voz tan alta que mi padre retrocedió. Las mismas condenadas y viejas maniobras políticas. Nunca había dejado de intentar que el Concejo me reconociera. Aquello había convertido mi infancia en una pesadilla, le había obligado a tomar la dolorosa y peligrosa determinación que había tomado, la de forzar un despertar prematuro de mi Don de laran. Más tarde, su actitud me había llevado
hacia mis parientes de Aldaran, hacia el desdichado intento de generar poder a través de Sharra, y hacia Marjorie. Cerré las puertas de mi mente, un lugar cerrado, negro, vacío. No pensaría en eso, no lo haría. No quería tomar parte para nada en el condenado Concejo, ni en el Comyn, ni en Darkover… Le di la espalda y caminé hacia la cabaña del lago: le sentía detrás de mí, cerca, demasiado cerca.
¡Vete de mi mente! ¡Vete! ¡Déjame solo! Cerré mi mente como si fuera la puerta de la cabaña, la oí abrirse y cerrarse, y le sentí allí, a pesar de que tenía los ojos cerrados. No me volví hacia él ni le miré.
—Lew. No, maldición, no me vuelvas a dejar fuera. ¡Escúchame! ¿Crees que eres el único en el mundo en saber lo que es perder a un ser querido? —Su voz era dura, pero era una dureza que yo conocía: significaba que si hablaba con suavidad, lloraría. Me había llevado veintidós años saber que mi padre podía llorar.
—Tú tenías dos años, y tu hermana murió al nacer. Ambos sabíamos que no tendríamos más hijos. Elaine… —Nunca antes había mencionado su nombre en mi presencia, aunque yo lo conocía por sus amigos. Siempre había usado el distante y formal tu madre— Yllana… —prosiguió, pronunciando ahora la versión darkovana del nombre—. Ella sabía tan bien como yo hasta qué punto es frágil el poder de un hombre con un solo hijo. Y tú no eras un niño fuerte. Créeme, yo no se lo pedí. Fue su decisión. Y durante quince años he llevado esa carga, y he tratado de que Marius no la sintiera… de que no supiera que me resentía que su nacimiento le costara la vida a Yllana…
Nunca había dicho tanto antes. En la dureza de su voz percibí hasta qué punto le costaba decirlo.
Pero mi madre había decidido arriesgar su vida para que naciera Marius. Marjorie… no había tenido elección…
Fuego. Llamas devastadoras elevándose hasta el cielo, las grandes alas trémulas de las llamas. Marjorie ardiendo, ardiendo en las llamas de Sharra… Caer Donn, el mundo, Darkover, todo en llamas…
Cerré de golpe la barrera y cayó la oscuridad dentro de mi mente Me oí gritar «¡No!» con toda mi fuerza, y una vez más golpeé mi brazo lisiado contra cualquier cosa, cualquier cosa que causara en mi mente tanto dolor que no me permitiera pensar en nada más. Él no debería hacerme ver que he matado lo único que he amado nunca o que podré amar.
Desde muy lejos le oí pronunciar mi nombre, y sentí el preocupado roce de sus pensamientos. Hice más impenetrable la barrera, sentí que la oscuridad se acrecentaba. Me quedé allí sin escuchar, sin ver, hasta que se marchó.
LIBRO PRIMERO
  EL EXILIO
1
Darkover: el tercer año de exilio
Regis Hastur estaba en un balcón del Castillo Comyn, que dominaba Thendara y el valle que se extendía a sus pies, mirando la ciudad y la Ciudad Comercial Terrana.
Detrás de él se erguía el castillo, a la sombra de las montañas. Ante él se extendía la Ciudad Comercial Terrana, con el puerto espacial más allá y los altísimos rascacielos del Cuartel General terrano. Pensó, como muchas veces antes: Esto tiene su propia belleza extraña.
Durante muchos años había tenido un mismo sueño. Cuando llegara a la mayoría de edad, abandonaría Darkover, obtendría un pasaje en una de aquellas naves interestelares terranas y se iría a viajar por las estrellas, entre soles extraños y mundos increíblemente diversos. Abandonaría todo aquello que odiaba de su vida: su in-comodísima posición como Heredero de una antigua familia, y una Regencia que era un anacronismo cada vez mayor con cada año que transcurría; la continua presión para que se casara, aun siendo tan joven, y diera herederos para el legado de los Hastur: el desconocido potencial del laran, la capacidad psíquica congénita transmitida en los huesos, el cerebro y los genes. Abandonaría el gobierno de los Dominios en conflicto, cada uno de los cuales luchaba por algo diferente en el siempre cambiante mundo que era el Darkover moderno. Regís tenía dieciocho años; legalmente, era mayor de edad desde hacía tres, y había jurado lealtad hacia Hastur. Ahora sabía que nunca realizaría su sueño.
No hubiera sido el primer Comyn en abandonar Darkover para viajar al Imperio. La aventura, el atractivo de una sociedad extraña y de un universo vasto y complejo, habían atraído a más de un darkovano, incluso de la nobleza, hacia el Imperio.
El Dominio Ridenow, pensó. Ellos no ocultan su convicción de que Darkover debería ponerse del lado del Imperio, convertirse en parte de este mundo moderno. Lerrys Ridenow ha viajado mucho por el Imperio, y sin duda esta temporada, en el Concejo, volverá a cantar sus glorias. Kennard Alton fue educado en Terra, y allí está ahora con su hijo Lew. Y entonces Regís se preguntó cómo le iría a Lew, allí en aquel universo desconocido.
Si pudiera librarme del peso de la herencia de Hastur, yo también me marcharía y no regresaría jamás. Y una vez más le invadió la tentación, tal como lo había planeado cuando era un niño rebelde en su primer año en los Cadetes de la Guardia —el período de aprendizaje obligatorio por el que debían pasar los hijos del Comyn. Él y su amigo Danilo lo habían tramado juntos: ambos se embarcarían en una de las naves terranas, encontrarían allí un lugar propio… se perderían en las inmensidades de mil mundos desconocidos. Regis sonrió con nostalgia. Sabía que había sido un sueño infantil. Para bien o para mal, era el Heredero de Hastur, y el destino de Darkover era parte de su vida, una parte tan íntima como su cuerpo o su cerebro. Danilo era Heredero de Ardáis, adoptado por Lord Dyan, que no tenía hijos, y era preparado para aquella alta posición tal como lo era Regis para la suya. El año pasado había sido su tercer año juntos en los cadetes: oficiales subalternos que habían aprendido a gobernar y a gobernarse. Había sido una época apacible, pero ya había acabado. Regís había pasado el invierno en la ciudad de Thendara, asistiendo a las sesiones de las cortes, tratando con los magistrados, con los enviados diplomáticos de otros Dominios y de las Ciudades Secas establecidas más allá de los Dominios, con los representantes terranos y del Imperio. Había aprendido, en resumen, a ocupar el lugar de su abuelo como representante de los Dominios.
Danilo sólo había hecho un par de fugaces visitas a la ciudad desde la Noche del festival, cuando había terminado la temporada de sesión del Concejo; había tenido que regresar al castillo Ardáis con Dyan para aprender el gobierno del Dominio que, de morir sin hijos, sería suyo. Regís se había enterado de que después Danilo había sido llamado a Syrtis debido a la grave enfermedad de su propio padre.
¿Por qué pienso en Danilo ahora, tan de repente?, y entonces lo supo: no era un telépata poderoso, pero el vínculo entre Danilo y él era fuerte. Dio con brusquedad la espalda al espectáculo de la ciudad y del puerto espacial que se extendían a sus pies, y echó las cortinas al tiempo que entraba.
Es un sueño infantil, eso de quedarse aquí imaginando las estrellas. Éste es mi mundo. Entró en el vestíbulo de las habitaciones de Hastur justo en el momento en que un criado llegaba en su busca.
—Dom Danilo Syrtis, Heredero y Custodio de Ardáis —anunció, y Danilo entró en la habitación, un joven esbelto y apuesto, de pelo y ojos oscuros. Regís se acercó a él para darle un formal abrazo de pariente, pero al ver de reojo que el criado abandonaba la habitación, ambos transformaron el saludo formal en un caluroso abrazo.
— ¡Dani! ¡Estoy tan contento de verte! ¡No te imaginas lo aburrida que es la ciudad durante el invierno!
Danilo se rió y miró a Regís con afecto. Ahora era un poco más alto que su amigo.
—Yo la hubiera elegido. Te juro que el clima de Ardáis tiene mucho en común con el del infierno más frío de Zandru. ¡No creo que Lord Dyan pasara más frío en el monasterio de Nevarsin!
— ¿Sigue Dyan en Nevarsin?
—No, se marchó a principios del invierno pasado. Estuvimos juntos en Ardáis todo el invierno. Me enseñó muchas cosas que creía que debía saber como Regente del Dominio. Después viajamos hacia el sur, hacia Thendara, los dos juntos… Es raro, nunca pensé que me agradaría su compañía, y sin embargo se ha tomado muchas molestias para que me educaran de acuerdo con la posición que tendré que ocupar.
—Eso lo haría por el honor de su propia casa —dijo secamente Regís.
—Sin embargo, cuando mi padre murió, fue la amabilidad misma.
—Tampoco eso me sorprende —dijo Regís—. Eres apuesto, Dani, y Lord Dyan siempre ha tenido buen ojo para distinguir la belleza de un muchacho.
Danilo se rió. Los dos podían reírse de eso, ahora, aunque tres años atrás, no había sido tema de risa.
—Oh, ahora soy demasiado viejo para Dyan, prefiere a los muchachos todavía imberbes, y como puedes ver… —Con dedos nerviosos se retorció el pequeño bigote oscuro que coronaba su labio superior.
— ¡Pues, me maravilla entonces que no te hayas dejado crecer la barba!
—No —dijo Danilo, con extraña y tranquila persistencia—. Ahora conozco mejor a Dyan. Y te doy mi palabra que ni una sola vez ha hecho algún gesto o me ha dicho una palabra impropia entre un padre y un hijo. Cuando mi propio padre murió, le rindió todos los honores. Dijo que era un placer honrar a alguien que lo había merecido. Eso le compensaba, tal vez, de los honores que había tenido que rendir a parientes que no lo merecían. —El viejo Lord Ardáis había muerto hacía tres años, demente y senil tras una larga vida disoluta.
—Una vez, Dyan me dijo algo parecido —asintió Regís—. Pero basta de eso; me alegra que estés aquí, bredu. ¿Este año ocuparás un lugar en el Concejo entre los Ardáis, me imagino?
—Eso dice Dyan —respondió Danilo—. Pero el Concejo no empezará hasta mañana, y esta noche… Bien, no he estado en Thendara desde hace años.
—Rara vez ando por las calles —dijo Regís, con tanta suavidad que su comentario ni siquiera reveló amargura—. No puedo caminar ni unos metros sin que me siga una multitud…
Danilo estuvo a punto de soltar una respuesta irrespetuosa, se interrumpió, y la vieja comprensión empezó a entrelazarles una vez más, un contacto más íntimo que el de las palabras, el contacto telepático del laran, del juramento de hermandad y más aún.
Bueno, eres el Heredero de Hastur, Regís; eso esparte de la carga que implica ser quien eres. Yo te aliviaría si pudiera, pero ningún ser vivo puede hacerlo. Y además, tú mismo no lo permitirías.
Tu comprensión me alivia, y ahora que estás aquí, ya no me siento completamente solo…
No era necesario pronunciar las palabras. Al cabo de un rato, Danilo dijo con levedad:
—Hay una taberna a la que van los oficiales de la Guardia. Al menos ellos están acostumbrados al Comyn y no creen que somos todos monstruos sobrenaturales, ni que caminamos sin rozar el suelo como algunos héroes de las viejas leyendas. Podríamos ir a tomar algo allí sin que todo el mundo nos mire.
La Guardia del Castillo de Thendara almenas sabe que somos humanos, con todos los errores y los defectos
Humanos, y a veces con algunos más. Regís no estuvo seguro de si la idea había sido suya o si la había captado de la mente de Danilo. Descendieron por el gran laberinto del Castillo Comyn, y salieron a las calles abarrotadas de la primera noche del Festival.
—A veces, durante el Festival, vengo aquí enmascarado —dijo Regis.
Danilo esbozó una sonrisa.
— ¿Cómo…? ¿Y privas a todas las muchachas de la ciudad del goce de un amor sin esperanzas?
Regis hizo un gesto de nerviosismo, el gesto de un esgrimidor que reconoce haber sido tocado. Danilo vio que había golpeado demasiado cerca del nervio, pero no empeoró las cosas ofreciendo una disculpa. De todos modos, Regis captó la idea: El Regente ha vuelto a presionar-lo para que se case. ¡Maldito viejo tirano! Al menos mi padre adoptivo comprende por qué yo no lo hago. Danilo consiguió entonces aislar sus pensamientos; entraron en la taberna próxima a las puertas de la Sala de Guardia.
La sala principal estaba colmada de jóvenes cadetes. Algunos muchachos saludaron a Regis, y éste tuvo que dirigirles algunas palabras, pero finalmente lograron llegar al salón trasero, más tranquilo, donde bebían los oficiales de mayor edad. La sala estaba sumida en la penumbra a pesar de la hora. Algunos de los hombres saludaron con cordialidad a Regis y a su acompañante, pero inmediatamente volvieron a sus asuntos, no como un gesto poco amistoso sino como una manera de darle al Heredero de Hastur la única intimidad y anonimato de que podía gozar. A diferencia de los muchachos de la sala principal, que disfrutaban al saber que incluso el poderoso señor de Hastur estaba obligado, por ley y por costumbre, a devolverles el saludo y reconocer sus existencias, aquellos oficiales sabían algo más de la carga que llevaba Regis, y estaban dispuestos a dejarle tranquilo si así lo deseaba.
El tabernero, que también le conocía, le trajo su vino de siempre sin preguntarle.
— ¿Qué quieres tomar, Dani?
Danilo se encogió de hombros.
—Lo que sea que hayan traído.
Regís empezó a protestar, después se rió y sirvió el vino. De todos modos, la bebida era tan sólo una excusa. Alzó su tosco jarro, tomó un sorbo y dijo:
—Ahora cuéntame todo lo que ha pasado mientras no estabas. Lamento lo de tu padre, Dani. Sentía afecto por él y esperaba traerlo a la corte algún día. ¿Estuviste todo ese tiempo en los Hellers?
Pasaron las horas mientras conversaban, con el vino casi olvidado sobre la mesa. Finalmente, oyeron el redoble de tambores que anunciaba la «Primera Guardia» procedente de la Sala de Guardia. Regís se sobresaltó y empezó a incorporarse. Luego se rió, recordando que ya no estaba obligado a acudir a ella. Volvió a sentarse.
— ¡Te has convertido en un verdadero soldado! —se burló Danilo.
—Me gustaba —dijo Regís al cabo de un momento—. Siempre sabía exactamente qué se esperaba de mí, quién lo esperaba, y qué hacer al respecto. Si hubiera habido guerra, las cosas habrían sido diferentes. Pero los problemas más graves que se me plantearon fueron disolver tumultos callejeros, escoltar a borrachos hasta el calabozo si se ponían molestos, investigar el robo de alguna casa, o hacer que su dueño encadenara a un perro agresivo. El año pasado hubo un tumulto en la plaza del mercado… No, no, esto es divertido, Dani: la esposa de un ganadero le había dejado, dijo… ¡porque le había encontrado en su propia cama con su propia prima! De modo que fue al puesto del hombre y ¡soltó en estampida a los animales que él había traído para vender! Por todas partes quedaron puestos destrozados y cosas rotas. Aquel día, yo era el oficial de turno. ¡Así que me tocó a
mí! ¡Uno de los cadetes protestó y dijo que se había marchado de su casa para no tener que perseguir al ganado todo el día! Bien, al final los reunimos a todos y tuve que atestiguar ante la magistratura de la ciudad. Las cortes impusieron a la mujer una multa de doce reís por los daños causados por los animales… ¡y el marido tuvo que pagar la multa! El hombre protestó, alegando que él había sido la víctima, y que su esposa era quien había soltado los animales, y la magistrada, que era una Renunciante, le dijo que así aprendería a mantener sus asuntos sentimentales en la intimidad, decentemente, ¡ de manera que no se sintiera injuriada ni humillada su esposa!
Danilo se rió, más por la diversión nostálgica que veía en el rostro de Regís que por el relato. En la otra sala, los cadetes se daban empujones y discutían mientras pagaban sus cuentas y regresaban a los cuarteles.
— ¿No era ése uno de los hijos de tu hermana, allí entre los cadetes? Deben ser ya mayores.
—Este año todavía no —dijo Regis—. Rafael sólo tiene doce años, y el joven Gabriel once. Supongo que Rafael ya tiene la edad justa, pero como su padre es el Comandante de la Guardia, me imagino que le pareció que todavía era demasiado pronto. O se lo parecería a mi hermana, que viene a ser lo mismo.
Danilo pareció sorprendido.
— ¿Gabriel Lanart-Hastur es el Comandante de la Guardia? ¿Cómo puede ser eso? ¿No ha regresado Kennard Alton?
—No ha habido ninguna noticia de él, ni siquiera si está vivo o muerto, dice mi abuelo.
—Pero la comandancia de la Guardia del castillo es un cargo de los Alton —protestó Danilo—. ¿Cómo ha llegado a manos de los Hastur?
—Gabriel es uno de los parientes más cercanos de los Alton de Armida. Con Kennard y su Heredero fuera del planeta, ¿qué otra cosa se podía hacer?
—Pero seguro que habrá algún Alton más cercano que tu cuñado —insistió Danilo—. El otro hijo de Kennard, Marius, debe tener ahora quince o dieciséis años.
—Aun cuando fuera reconocido como Heredero de Alton —dijo Regis—, no sería lo bastante mayor para mandar la Guardia Y el hermano mayor de Kennard tuvo un hijo, al que encontraron en Terra. Pero es técnico jefe en la Torre de Arilinn, ¡y sabe tanto de mandar soldados como yo de puntos de bordado! De todos modos, su educación terrana es un punto en contra; no le perjudica en Arilinn, ¡pero ellos no le quieren aquí en Thendara, donde les recordaría que hay terranos en el centro mismo del Concejo del Comyn! —Su voz sonaba amarga—. Después de todo, lograron librarse de Lew Alton, y el año pasado, el Concejo se negó de nuevo a concederle a Marius los derechos (y los deberes) de un hijo del Comyn. Mi abuelo me dijo… —una sonrisa se esbozó en sus labios— que habían cometido un error con Lew y que no pensaban volver a cometerlo. Sangre terrana, sangre mala, traición.
—Lew se merece algo mejor —dijo Danilo con suavidad—. Y si no lo merece, Kennard al menos es inocente de cualquier traición, y debería ser consultado.
— ¿Crees que yo no lo dije? Soy lo bastante crecido para ocupar un lugar en el Concejo y escuchar a mis mayores, Dani, ¿pero crees que me escuchan a mí cuando hablo? Mi abuelo dijo que sabía que Lew y yo habíamos sido bredin cuando éramos niños, insinuando que eso perturbaría mi juicio. Si Kennard estuviera aquí, ellos le consultarían y sí le escucharían. Casi todos lo hacen. Pero no están descuidando a Marius, a pesar de que no le han concedido el status de Alton de Armida. Nombraron a Gabriel su Guardián, y le han enviado al Cuartel General Terrano para que reciba una buena educación terrana. Está mejor educado que tú o que yo, Dani, y lo que ha aprendido allí probablemente tenga
Más sentido en esta época del Imperio que esto. —Señaló la taberna y a los Guardias que portaban espadas. Regis estaba completamente de acuerdo con el Pacto darkovano, que prohibía el uso de armas que excedieran el alcance del brazo del hombre que las portara, insistiendo en que el hombre que mataba también debía correr el riesgo de resultar muerto. Sin embargo, las espadas no eran solamente armas, sino también símbolos de un modo de vida que no parecía tener demasiado sentido ante la presencia de un Imperio Interestelar. Danilo siguió sus pensamientos, pero sacudió la cabeza con obstinación.
 

7 comentarios en “El exilio de Sharra”

  1. Rodolfo Miguel Moreira

    El Exilio de Sharra
    no he podido bajar el libro ¿que hago? igual me sucedió con los otros. Cordialmente

  2. Rodolfo Miguel Moreira

    Todos los libros me han sido de mucho provecho y me ha gustado su contenido, como por ejemplos Dos para conquistar, pero el libro El Exilio de Sharra, no he podido bajarlo ¿Qué hago? Cordialmente

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