El sol sangriento

 pdf bradleymarionzimmer-elsolsangriento 994.37 Kb

 

Esta es una novela de Bradley, Marion Zimme.

Leonie Hastur estaba muerta.
La anciana leronis, hechicera del Comyn, Celadora de Arilinn, telépata, entrenada en todos los poderes de las ciencias de matriz de Darkover, murió como había vivido, sola, aislada en las alturas de la torre de Arilinn.

Lee las primeras páginas online>>

 

 
Ni siquiera su sacerdotisa novicia, la aprendiza Janine Leynier de Storn, supo a qué hora había llegado silenciosamente la muerte a la torre, para llevarse a Leonie a uno de los otros mundos que ella había aprendido a transitar con tanta soltura como si fueran su propio jardín amurallado.


Murió sola, y nadie la lloró. Pues, aunque Leonie era temida, reverenciada, venerada casi como una Diosa en todos los Dominios de Darkover, no era amada.


Una vez había sido muy amada. Había habido una época en la que Leonie Hastur había sido joven, bella y casta como una luna distante, y los poetas habían hablado de su gloria, comparándola al rostro exquisitamente centelleante de Liriel, la gran luna violeta de Darkover, o a una Diosa que había descendido para vivir entre los hombres.

 

Había sido adorada por aquellos que vivían bajo su dominio en la torre de Arilinn. Una vez, a pesar de la austeridad de los votos según los cuales vivía (que hubieran convertido en blasfemia indecible el hecho de que algún hombre le rozara las puntas de los dedos), Leonie había sido amada. Pero eso había sido mucho tiempo atrás.


Luego, a medida que los años pasaban por encima de su cabeza, dejándola cada vez más sola, más alejada de la humanidad, había sido menos amada y más odiada y temida. El viejo Regente Lorill Hastur, su hermano mellizo (pues Leonie había nacido en la real casa de los Hastur de Hastur y, si no hubiera elegido la torre, habría ocupado una posición más alta que la de cualquier Reina de los Dominios), había muerto hacía mucho tiempo. Un sobrino al que sólo había visto raras veces estaba detrás del trono de Stefan Hastur-Elhalyn y era el verdadero poder de los Dominios. Pero para él Leonie era sólo un susurro, una vieja leyenda y una sombra.


Y ahora estaba muerta y yacía, como era costumbre, en una tumba anónima dentro de los muros de Arilinn, donde no podía entrar ningún ser humano salvo los de sangre Comyn: en la muerte estaba tan recluida como lo había estado en vida. Quedaban pocos con vida que pudieran llorarla.


Uno de los pocos que la lloraron fue Damon Ridenow, quien se había casado años atrás dentro del Dominio de Alton y había sido durante algún tiempo Guardián de ese Dominio en nombre del joven Heredero de Alton, Valdir de Armida. Cuando Valdir llegó a la mayoría de edad y tomó esposa, Damon y toda su larga familia se habían mudado a la propiedad del lago Mariposa, situada en la agradable región de las estribaciones de las Kilghard Hills.

 

Siendo Leonie de corta edad y el joven Damon un mecánico de la torre de Arilinn, él había amado a Leonie; la había amado castamente, sin una caricia ni un beso ni ninguna idea de quebrantar los votos que la ataban. No obstante, la había amado con una pasión que más tarde había dado forma y color a su vida; cuando se enteró de su muerte, fue solo a su estudio y allí vertió las lágrimas que no podía verter ante su esposa ni ante la hermana de su esposa, quien una vez había sido la Celadora-novicia de Leonie en Arilinn, ni ante ningún otro miembro de su familia.

 

Si ellos advirtieron su dolor –y en una familia de telépatas del Comyn tales cosas no podían ocultarse demasiado–, nadie lo había mencionado; ni siquiera sus hijos e hijas adultas preguntaron por qué su padre lloraba en secreto. Para ellos, por supuesto, Leonie era sólo el nombre de una leyenda.


Así, cuando la noticia se difundió por los Dominios, hubo muchas especulaciones exaltadas, incluso en los rincones más distantes, acerca de la pregunta que ahora se esparcía y ardía en todas partes, desde los Hellers hasta las planicies de Arilinn: ¿Quién será ahora Celadora de Arilinn?


Y un día más tarde se presentó ante Damon, en la intimidad de su estudio, su hija más joven, Cleindori.
Le habían dado el anticuado nombre, legendario y tradicional, de Dorilys: Flor-dorada. Pero de niña tenía el pelo de un pálido color solar, dorado, y sus ojos eran tan grandes y azules que sus niñeras la vestían siempre de azul y le ponían lazos de ese color; su madre adoptiva, Ellemir, la esposa de Damon, decía que se parecía a la campanilla azul de la flor del kireseth, cubierta con su dorado polen. De modo que cuando era apenas un bebé la habían apodado Cleindori, Campanilla Dorada, que era el nombre común de la flor del kireseth. Y, a medida que pasaban los años, casi todos habían olvidado que Dorilys Aillard (pues su madre había sido una hija nedestro de ese poderoso Dominio) hubiera llevado alguna vez otro nombre que no fuera Cleindori.


Se había convertido en una jovencita de trece años alta, tímida y seria, con cabellos brillantes, de un cobre dorado. En el clan Ridenow había sangre de las Ciudades Secas, y se rumoreaba que también el padre de su madre había sido un bandido de las Ciudades Secas, de Shainsa; pero ese antiguo escándalo se había olvidado hacía mucho tiempo. Damon, observando el cuerpo femenino y los ojos graves de su hija menor, sintió por primera vez en su vida que se acercaba a la vejez.
–¿Has cabalgado hoy todo el camino desde Armida, pequeña? ¿Qué ha dicho al respecto tu padre adoptivo?
Cleindori sonrió y fue a dar a su padre un beso en la mejilla.
–No ha dicho nada, porque no se lo he comunicado –dijo alegremente–; pero no estaba sola, ya que Kennard, mi hermano adoptivo, ha cabalgado hasta aquí conmigo.
A los nueve años, como era costumbre en los Dominios, Cleindori había sido enviada a criarse hasta la edad adulta bajo una mano menos tierna que la de una madre. Había sido criada por Valdir, Lord Alton, cuya esposa, Lori, sólo tenía hijos y anhelaba tener una hija de crianza. Existía una suerte de acuerdo tácito con respecto a que, cuando Cleindori tuviera edad suficiente, se casaría con el hijo mayor de Lord Alton, Lewis-Arnad; pero Damon suponía que Cleindori no tenía aún ninguna idea de casarse; ella y Lewis y el hijo menor de Valdir, Kennard, eran como hermanos. Damon saludó con un abrazo de pariente a Kennard, un muchacho robusto, de ojos grises y anchas espaldas, un año menor que Cleindori, y dijo:
–Veo que mi hija ha estado bien protegida durante el viaje hasta aquí. ¿Qué os ha traído hasta mí, muchachos? ¿Habéis salido a cazar con halcones y se os ha hecho tarde, por lo que habéis preferido venir aquí, pensando que aquí os daríamos tortas y dulces en vez del castigo de pan y agua que os hubiera esperado en casa?
Pero se reía.
–No –repuso Kennard con seriedad–. Cleindori dijo que debía verte, y mi madre nos dio autorización para cabalgar, aunque no creo que supiera muy bien lo que le pedíamos ni lo que nos respondió, pues hay en esta época gran confusión en Armida, desde que llegaron las noticias.
–¿Qué noticias? –preguntó Damon, inclinándose hacia adelante. Pero, como ya lo sabía, sintió que se le apretaba el corazón.
Cleindori, que estaba acurrucada en un almohadón a sus pies, mirándole, dijo:
–Querido padre, tres días atrás, la Dama Janine de Arilinn llegó hasta Armida en busca de alguien que pudiera llevar el nombre y la dignidad de la Dama de Arilinn que ha muerto, la leronis Leonie.
–Le llevó bastante tiempo llegar a Armida –comentó Damon con un gesto desdeñoso–. Sin duda ha hecho pruebas antes por todos los Dominios.
Cleindori asintió.
–Eso creo –dijo–. Pues, cuando supo quién era yo, me miró como si percibiera mal olor y preguntó: «Como eres de la Torre Prohibida, ¿te han enseñado alguna de sus herejías?» Cuando Lady Lori le dijo mi nombre, se puso furiosa. Tuve que decirle que mi madre me había dado el nombre de Dorilys. Pero Janine añadió: «Bien, la ley me exige que pruebe tu laran. No puedo negarte eso.»
Hizo algunos gestos imitando a la leronis, y Damon se cubrió con la mano la parte inferior del rostro, como pensando, aunque en realidad lo hacía para ocultar su sonrisa, ya que Cleindori tenía verdadero talento para imitar y había captado el tono agrio y la mirada desaprobatoria de la leronis Janine.
–Sí –dijo Damon–. Janine estaba entre los que hubieran querido quemarme vivo o cegarme cuando combatí contra Leonie por el derecho a usar el laran que los dioses me habían concedido como yo mismo eligiera y no sólo como lo exigía Arilinn. El hecho de que seas mi hija no debe haber provocado su amor hacia ti.
Cleindori volvió a sonreír alegremente.
–Puedo vivir perfectamente bien sin su amor… ¡Creo que jamás debe de haber amado ni a un gatito doméstico! Pero intentaba decirte, padre, lo que ella me dijo y lo que le dije yo… Pareció complacida cuando le comuniqué que todavía no me habías enseñado nada y que había sido criada en Armida desde los nueve años; de modo que me dio una matriz y probó mi laran. Cuando terminó, dijo que me quería para Arilinn; después frunció el ceño y me notificó que no me hubiera elegido para eso, pero que había muy pocas que pudieran soportar el entrenamiento y que deseaba entrenarme como Celadora.
A Damon se le cerró la garganta, pero la exclamación de protesta murió sin ser pronunciada, pues Cleindori lo miraba con ojos centelleantes.
–Padre, le dije, como sé que debía hacerlo, que no podía entrar a una Torre sin el consentimiento de mi padre y después cabalgué hasta aquí para pedírtelo.
–No lo tendrás –exclamó Damon con brusquedad–; no mientras yo esté erguido y sin sepultar. Ni tampoco después, si puedo impedirlo.
–Pero padre… ¡Ser Celadora de Arilinn! Ni siquiera la reina…
A Damon se le volvió a hacer un nudo en la garganta. De modo que después de todos estos años la mano de Arilinn volvía a caer sobre alguien que él amaba.
–Cleindori, no –dijo y extendió la mano para rozar sus rizos claros, que relucían con la luz del cobre fundido y el oro–. Sólo ves el poder. No conoces la crueldad de ese entrenamiento. Para ser Celadora…
–Janine me informó. Me explicó que el entrenamiento es muy prolongado y muy difícil de soportar. Me dijo algo de lo que debo jurar y de lo que debo abandonar, pero también que creía que yo era capaz de hacerlo.
–Niña… –Damon tragó con esfuerzo y agregó–: ¡La carne y la sangre humanas no pueden tolerarlo!
–Eso es una tontería –replicó Cleindori–, ya que tú lo toleraste, padre. Y también Calista, que fue la Celadora-novicia de Leonie en Arilinn.
–¿Tienes idea de lo que eso le costó a Calista, niña?
–Tú te aseguraste de que lo supiera cuando todavía era una criatura. Y también Calista, que me contó, antes de que yo llegara a la femineidad, que era una vida muy cruel y antinatural. Me salieron los dientes escuchando esa vieja historia de cómo tú y Calista combatisteis contra Leonie y todos los de Arilinn en un duelo que duró toda una noche…
–¿Tanto creció esa historia? –la interrumpió Damon con una carcajada–. Duró menos de un cuarto de hora, aunque sin duda la tormenta pareció rugir durante muchos días. Pero luchamos contra Arilinn y nos ganamos el derecho a usar el laran como quisiéramos y no como lo decretara Arilinn.
–Pero también puedo ver –argumentó Cleindori– que fuiste entrenado al estilo de Arilinn, lo mismo que lo fue Calista, que es extraordinariamente experta; en tanto que aquellos que han recibido el entrenamiento de laran aquí tienen menos habilidades y son más torpes en la utilización de sus talentos. También sé que todas las otras Torres se atienen todavía al estilo de Arilinn.
–Estos poderes y habilidades… –Damon se interrumpió y se recompuso, tratando de hablar con calma, pues estaba gritando–. Cleindori, desde que era joven he creído que el estilo de Arilinn y de todas las otras Torres a las que Arilinn impone su voluntad es cruel e inhumano. Eso he creído y he luchado, arriesgando mi vida, para que los hombres y mujeres de las Torres no se vieran obligados a convertir sus vidas en una muerte en vida, aislados dentro de los muros. Las habilidades que tenemos pueden ser dominadas por cualquier hombre o mujer, Comyn o plebeyos, siempre que tengan el talento innato. Es como tocar el laúd: se nace con oído musical y se puede aprender a tañir las cuerdas, pero ni siquiera en nombre de esa vocación tan difícil se justifica que se le pida a alguien que abandone su hogar y su familia, su vida o su amor. Les hemos enseñado muchas cosas a otros y hemos ganado el derecho de enseñarles sin castigo. Llegará el día, Cleindori, en que las antiguas ciencias de matriz de nuestro mundo estarán a disposición de cualquiera que pueda usarlas y las Torres ya no serán necesarias.
–Pero todavía seguimos siendo descastados –argumentó Cleindori–. Padre, si hubieras visto la cara de Janine cuando hablaba de ti, de la Torre Prohibida, como la llamaba…
El rostro de Damon cobró una expresión tensa.
–No amo tanto a Janine como para que su mala opinión de mí me provoque insomnio.
–Pero Cleindori tiene razón –replicó Kennard–. Somos renegados. Aquí en la campiña la gente acepta nuestra modalidad, pero en todos los Dominios recurren exclusivamente a las Torres para aprender el laran. También yo iré a una Torre, tal vez a Neskaya, o quizás a la misma Arilinn, cuando concluya mis tres años de servicio en la Guardia; si Cleindori va a Arilinn, dicen que yo no podría ir hasta que ella no complete sus años de reclusión, pues una Celadora, durante su entrenamiento, no puede tener cerca a un hermano adoptivo, ni a ninguna persona a la que esté afectivamente ligada…
–Cleindori no irá a Arilinn –sentenció Damon–, y punto. –Y repitió con mayor vehemencia–: ¡La carne y la sangre humanas no pueden soportar el estilo de Arilinn!
–Repito que eso es una tontería –dijo Cleindori–, pues Calista lo soportó y Margwenn de Thendara y Leominda de Neskaya y Janine de Arilinn y la misma Leonie y, según dicen, más de novecientas veinte Celadoras antes que ella. Si debo hacerlo, también podré soportar lo que ellas soportaron.
Apoyó el mentón sobre las manos, mirándole con toda seriedad.
–Me has dicho con mucha frecuencia, desde que era niña, que una Celadora sólo es responsable ante su propia conciencia. Y que en todas partes, entre los mejores hombres y mujeres, la conciencia es la única guía de las acciones. Padre, siento que estoy destinada a ser Celadora.
–Puedes ser Celadora entre nosotros, cuando crezcas –dijo Damon–, sin padecer los tormentos que deberás sufrir en Arilinn.
–¡Oh! –Se puso de pie con furia y empezó a recorrer la habitación–. ¡Tú eres mi padre y querrías que fuera una niñita para siempre! Padre, ¿crees que no sé que sin las Torres de los Dominios nuestro mundo estaría sumergido en la oscuridad de la barbarie? No he viajado mucho, pero he ido a Thendara y he visto allí las naves espaciales de los terranos, y sé que sólo hemos resistido al Imperio porque las Torres proporcionan a nuestro mundo lo que necesitamos, con nuestras antiguas ciencias de matriz. Si las Torres se extinguen, Darkover caerá en manos del Imperio como una ciruela madura, ¡pues el pueblo rogará la tecnología y el comercio del Imperio!
Damon dijo con suavidad:
–No creo que eso sea inevitable. No siento odio por los terranos; mi mejor amigo nació en Terra, tu tío Ann'dra. Pero para eso estoy trabajando, para que cuando todas las Torres se extingan, haya en el pueblo de los Dominios laran suficiente para que Darkover siga siendo independiente y no tenga necesidad de suplicarles a los terranos. Ese día llegará, Cleindori. Te aseguro que llegará el día en que cada Torre de los Dominios esté desnuda y vacía y sea tan sólo presa de las aves de rapiña…
–¡Pariente! –protestó inmediatamente Kennard e hizo un rápido gesto en contra de tal malignidad–. ¡No digas esas cosas!
–No es agradable escucharlo –dijo Damon–, pero es cierto. Cada año son menos nuestros hijos e hijas que tienen el poder o el deseo de tolerar el antiguo entrenamiento y entregarse a las Torres. Una vez Leonie se quejó de que había entrenado a seis muchachas y, de todas ellas, sólo una había podido completar el entrenamiento para ser Celadora; se trataba de la leronis Hilary, que enfermó y hubiera muerto si no le hubieran permitido salir de Arilinn. Tres de las Torres… –Janine no te lo diría, Cleindori, pero yo que fui entrenado en Arilinn lo sé bien– tres de las Torres están trabajando con un círculo de mecánicos porque no tienen Celadora, y sus necias leyes no les permiten aceptar a una Celadora para sus círculos si ella no está dispuesta a ser un enclaustrado símbolo de virginidad. Dicen que su fuerza y los poderes de su laran son menos importantes que el hecho de ser una diosa virgen, recluida y objeto de una veneración supersticiosa. Hay al menos cien o más mujeres de los Dominios que podrían hacer la tarea de una Celadora, pero no encuentran razones suficientes para pasar por un entrenamiento que no las convertirá en mujeres sino en… ¡máquinas para la transmisión del poder! ¡Y no las culpo! Las Torres desaparecerán. Deben desaparecer. Y cuando desaparezcan, cuando sean desnudos y ruinosos monumentos del orgullo y la locura del Comyn, entonces el poder del laran y las piedras matrices que nos ayudan a usarlo podrán ser utilizados como siempre deberían de haberlo sido. ¡Como ciencia, no como hechicería! ¡Para la cordura, no para la locura! Toda mi vida he trabajado para eso, Cleindori.
–¡No para derribar las Torres, tío! –Kennard parecía consternado.
–No. Nunca para eso. Pero sí para estar allí cuando sean abandonadas o descartadas, para que no sea necesario que nuestras ciencias del laran perezcan por carencia de Torres que trabajen con ellas.
Cleindori se detuvo a su lado y le apoyó una mano en el hombro con levedad.
–Padre –dijo–, te honro por eso. Pero tu trabajo es demasiado lento, pues todavía te llaman descastado y renegado y cosas peores. Por eso es aún más importante que personas jóvenes como yo, y mi medio hermana Cassilde y Kennard…
–¿También Cassilde irá a Arilinn? –exclamó Damon, consternado–. ¡Matará a Calista! –Cassilde era la hija de Calista, cuatro o cinco años mayor que Cleindori.
–A su edad ya no necesita autorización –dijo Cleindori–. Padre, es necesario que las Torres no mueran hasta que no les llegue el momento, aunque sea inevitable que llegue el día en que ya no sean necesarias. Y mi conciencia me dicta que debo ser Celadora de Arilinn. –Extendió una mano hacia él–. No, padre, escúchame. Sé que tú no eres ambicioso; despreciaste la oportunidad de comandar la Guardia de la Ciudad, podrías haber sido el hombre más poderoso de Thendara, pero no lo aceptaste. Yo no soy así. Si mi laran es tan poderoso como me dijo la Dama de Arilinn, quiero ser Celadora de una manera que me permita hacer algo útil con ello; ¡algo más que cuidar a los campesinos y enseñar a los niños de las aldeas! ¡Padre, quiero ser Celadora de Arilinn!
–¡Te impondrías esa prisión de la que liberamos a Calista con un coste tan alto! –replicó Damon con una voz que revelaba una amargura indescriptible.
–¡Ésa era su vida! –le espetó Cleindori–. ¡Ésta es la mía! Pero escúchame, padre –dijo volviendo a arrodillarse a su lado. La furia había desaparecido de su voz, reemplazada por una gran seriedad–. Me has dicho, y yo lo he visto, que Arilinn dicta las leyes para la utilización del laran en este mundo, salvo para ti y los pocos que desafían a Arilinn.

4 comentarios en “El sol sangriento”

Los comentarios están cerrados.

Scroll al inicio