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Miles tiene 28 años. Danza de Espejos es una de las mejores novelas de Lois McMaster Bujold, y sin duda, la más compleja.
Por segunda vez en la serie (lo conocemos por primera vez en Brothers in Arms), entra en escena Mark, el hermano/clon de Miles, creado y educado por un grupo de rebeldes del planeta Komarr, con un único fin, aniquilar a Miles Vorkosigan y reemplazarle.
En Danza de Espejos, Mark intenta emular a su hermano en Jackson's Whole, paradójicamente esta vez para rescatar a Miles, que ha desaparecido en una misión con la Flota de Mercenarios Dendarii. En realidad Miles estaría muerto si no fuera por la rápida actuación del médico de su flota que lo envía a buen recaudo en estado de criogenización.
Como quiera que Mark es el clon de Miles, aquél también tiene la particularísima habilidad de embrollar cualquier situación. El devenir de los hechos no deja al lector otra posibilidad que agotar al máximo la lectura del libro.
Al final…, mejor no lo cuento. LEELO, MERECE LA PENA.
Lois McMaster Bujold obtuvo los premio Hugo y Locus por esta novela en 1995.
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La fila de cabinas de consolas de comunicaciones que bordeaba el pasillo de pasajeros en la estación de transferencia orbital comercial más grande de Escobar tenía puertas con espejos, divididas en sectores diagonales por líneas de luces en todos los colores del arco iris. Sin duda, una idea de algún decorador. Los sectores de los espejos no se correspondían, y fragmentaban el reflejo deliberadamente. El pequeño hombre vestido con uniforme militar gris y blanco hizo un gesto de burla frente a su yo enmarcado en las puertas.
Su imagen le devolvió el desprecio. El equipo de descanso de un oficial mercenario, un equipo si insignias — chaqueta con bolsillos, pantalones remetidos en botas altas hasta los tobillos — era correcto en todos sus detalles. El hombre estudió el cuerpo debajo del uniforme. Un enano estirado con la espalda torcida, el cuello corto, la cabeza grande. De una deformidad sutil descartaba cualquier posibilidad de que su figura, tan perturbadora siempre, pasara desapercibida. Imposible pasar desapercibido con semejante estatura… El cabello negro estaba bien cortado. Bajo las cejas negras, el brillo de los ojos grises se hizo más intenso. El cuerpo también era correcto en todos sus detalles. Y él lo odiaba.
La puerta de espejos se deslizó hacia arriba y una mujer salió de la cabina. Tenía puesta una túnica suave y pantalones que ondulaban al moverse. Una bandolera a la moda con equipo electrónico caro colgaba de una cadena enjoyada que le cruzaba el torso: un aviso de su estatus. Al verlo pasar, la mujer se detuvo y retrocedió, asustada por la mirada negra y vacía. Luego dio una vuelta alrededor del hombre, evitándolo con cuidado, mientras murmuraba:
—Perdón… Lo siento…
Un poco tarde, él torció la boca en la imitación de sonrisa y musitó algo medio inaudible que transmitía la suficiente relación con el decoro social como para pasar sin más trámites. Golpeó el teclado para bajar la puerta otra vez y se ocultó de la vista de todos. Por fin un último momento de soledad, aunque fuera en los reducidos confines de una cabina comercial de comunicación. El perfume de la mujer persistía empalagoso en el aire junto a un combinado de olores de la estación: aire reciclado, comida, cuerpos, estrés, plásticos, metales y productos de limpieza. Él exhaló y puso las manos abiertas sobre el pequeño mostrador para detener el temblor.
No estaba de todo solo. Había otro maldito espejo enfrente, para uso de clientes que quisieran controlar su aspecto antes de transmitirlo por holovídeo. Los ojos rodeados de un tinte oscuro lo miraron con un brillo malévolo, pero él ignoró la imagen. Vació los bolsillos sobre el mostrador. Todos sus recursos cabían en un espacio un poco más grande que sus dos palmas extendidas. Un último inventario, como si contar de nuevo pudiera incrementar la suma…
Una tarjeta de crédito por unos trescientos dólares betanos: en esa estación orbital se podía vivir bien durante una semana con esa cantidad, administrándola con cuidado, claro. Tres carnés falsos de identificación, ninguno con el nombre del hombre que era en ese momento. Ninguno con el nombre del hombre que era, fuera quien fuese. Un peine corriente de plástico. Un cubo de datos. Y nada más. Devolvió todo excepto la tarjeta de crédito a los bolsillos de la chaqueta. Se le terminaron los objetos antes que los bolsillos y dejó escapar un bufido. Por lo menos podrías haberte traído el cepillo de dientes… Demasiado tarde…
Y cada vez más tarde. Había horrores que seguían adelante, sin pausa, sin que nadie los detuviera, y mientras tanto él se quedaba sentado reuniendo coraje. Vamos, vamos. Ya lo hiciste: eres muy capaz de volver a hacerlo. Metió la tarjeta de crédito en la ranura y tecleó el número de código cuidadosamente memorizado. Compulsivamente, miró por última vez al espejo y trató de suavizar los rasgos para darles una expresión neutral. A pesar de la práctica, no creía que pudiera sonreír en ese momento. Y además despreciaba la sonrisa que le salía.
La pantalla de vídeo siseó, encendiéndose, y se formó un rostro de mujer en ella. Vestía grises y blancos, como él, pero con una insignia de rango y la etiqueta con el nombre. Recitó con voz militar:
—Comandante Oficial Hereld, Triumph, Corporación… Dendarii Libres.
En el espacio de Escobar, una flota mercenaria precintaba las armas en la estación Externa del punto de salto bajo los ojos vigilantes de los inspectores militares escobarianos y presentaba pruebas de sus intenciones puramente comerciales. Sólo después de ese trámite se le permitía pasar. Y esa ficción amable se mantenía, aparentemente, en la órbita de Escobar.
Él se humedeció los labios, y dijo con tono parecido:
—Comuníqueme con el oficial de guardia, por favor.
—¡Almirante Naismith, señor! ¿De vuelta ya? — Incluso a través del holovídeo, un estallido de placer y excitación pasó sobre la postura erguida y la cara luminosa de la mujer. Eso lo golpeó como una bofetada —. ¿Qué pasa? ¿Nos vamos pronto?
—A su debido tiempo, teniente… Hereld. — Un nombre adecuado para una oficial de comunicaciones. Él a duras penas consiguió esbozar una sonrisa crispada. El almirante Naismith hubiera sonreído, sí —. Ya se enterará, a su debido tiempo. Mientras tanto, quiero un transporte en la estación de transferencia orbital.
—Sí, señor. Puedo hacerlo, sí. ¿La capitana Quinn está con usted?
—Ah… No, no.
—¿Y cuándo viene?
—Más adelante…
—Correcto, señor. Lo único que necesito es autorización para… ¿Vamos a cargar equipo?
—No. A mí solamente.
—Entonces, autorización de los escobarianos para un vehivaina de personal… — La oficial se volvió un momento —. Dentro de unos veinte minutos puedo tener a alguien en el muelle E17.
—Muy bien. — Le llevaría por lo menos ese tiempo llegar de ese sector al otro brazo de la estación. ¿Sería bueno agregar una palabra personal para la teniente Hereld? Ella lo conocía, sí, pero era un riesgo, el riesgo de lo desconocido; cada vez que hablaba corría el riesgo de cometer un error. Los errores se castigaban. ¿Estaba imitando bien el acento betano? Odiaba todo eso, lo odiaba con un terror que le atenazaba el estómago —. Quiero que me transfieran directamente al Ariel.
—Correcto, señor. ¿Quiere que se lo notifique al capitán Thorne?
¿Sería costumbre del almirante Naismith caer sobre su gente en inspecciones sorpresa? Bueno, no esta vez.
—Sí, hágalo. Dígales que tengan todo listo para salir de órbita.
—¿Sólo el Ariel? — Hereld levantó las cejas.
—Sí, teniente — dijo con el acento arrastrado de los betanos, esta vez perfecto. Se felicitó a sí mismo, y ella se puso erguida. El tono había sugerido exactamente el toque de crítica ante la idea de romper las reglas de seguridad, o los modales, o las dos cosas, con preguntas peligrosas.
—De acuerdo, almirante.
—Naismith fuera. — Cortó el comu. Ella se desvaneció en una niebla de chispas y él dejó escapar un suspiro. Almirante Naismith. Miles Naismith. Tenía que acostumbrarse a responder a ese nombre otra vez, incluso en sueños. Dejar la parte de lord Vorkosigan totalmente fuera del asunto por ahora; ya era bastante difícil ser la parte Naismith del nombre. Práctica. ¿Cómo te llamas? Miles. Miles. Miles.
Lord Vorkosigan fingía ser el almirante Naismith. Él también. ¿Cuál era la diferencia, después de todo?
¿Pero cuál es tu verdadero nombre?
Su visión se oscureció en un horror de desesperación y rabia. Parpadeó, controlando la respiración. Mi nombre es el que yo quiera. Y ahora quiero que sea Miles Naismith.
Salió de la cabina y caminó con firmeza por el pasillo; las piernas cortas le latían con el esfuerzo, atrayendo y repeliendo al mismo tiempo las miradas fugaces de desconocidos asustados. Vean a Miles. Vean cómo Miles recibe lo que se merece. Marchaba con la cabeza baja. Nadie se cruzó en su camino.
Apenas los sensores de cierre de la compuerta parpadearon verde y la puerta se dilató, se agachó para entrar en el vehivaina de personal, un pequeño transbordador de cuatro plazas. Golpeó el teclado para que la compuerta volviera a cerrarse inmediatamente. El vehivaina era demasiado pequeño para mantener un campo de gravedad. Sintió que flotaba sobre los asientos. Tiró con cuidado de sí mismo para llegar al que estaba junto al del solitario piloto, un hombre vestido con un mono gris de técnico de los Dendarii.
—Listo. Vámonos.
El piloto sonrió y le hizo un saludo militar mientras se pasaba el cinturón. En lo demás era un oficial adulto y sensato pero tenía la misma mirada que la comandante oficial, la tal Hereld: excitada, sin aliento, alerta, ansiosa, como si el pasajero estuviera a punto de sacar caramelos de los bolsillos y ofrecérselos.
Él miró por encima del hombre mientras el vehivaina se separaba de los ganchos del muelle y giraba. Salieron con rapidez de la piel de la estación al espacio exterior. Los esquemas de control de tránsito formaban un laberinto de luces de colores sobre la consola de navegación, a través de los cuales el piloto se abría paso con rapidez.
—Me alegro de verlo de nuevo, almirante — dijo el piloto apenas el ovillo de luces se hizo menos enredado —. ¿Qué pasa?
El tono de formalidad del piloto lo tranquilizaba. Un camarada de armas, simplemente, no uno de los Queridos Viejos Amigos, o peor aún, una de las Queridas Viejas Amantes. Ensayó una respuesta evasiva.
—Cuando sea necesario, lo informaré. — Utilizó un tono afable, pero evitó nombres o rangos.
El piloto, intrigado, dejó escapar un «Hummm» y sonrió, aparentemente satisfecho.
Él se acomodó de nuevo con una mueca tensa. La enorme estación de transferencia quedó detrás, se fue empequeñeciendo hasta convertirse en el juguete de un crío enloquecido y luego en unas chispas de luz.
—Discúlpeme. Estoy un poco cansado. — Se acomodó mejor en el asiento y cerró los ojos —. Si me duermo, despiérteme cuando atraquemos.
—Sí, señor — dijo el piloto respetuosamente —. Tiene usted aspecto de necesitar un sueñecito.
Él le hizo un gesto con la mano, como de estar cansado, y fingió dormir.
Se daba cuenta instantáneamente cuando alguien a quien no conocía creía estar frente a «Naismith». A todos les brillaban las caras con ese brillo estúpido, hiperalerta. No todos se comportaban como frente a un dios: él había conocido a algunos de los enemigos de Naismith, pero fueran fieles u homicidas, todos reaccionaban. Como si los hubieran encendido de pronto, todos se llenaban de una vida diez veces más poderosa que antes. ¿Cómo coño conseguía encender a la gente de esa forma? Nadie negaba que Naismith fuera un hiperactivo de mierda, pero ¿cómo cojones hacía para contagiar a todos?
Los desconocidos a quienes se presentaba como él mismo no lo saludaban del mismo modo. Eran corteses y vacíos y mal educados, cerrados e indiferentes. Se sentían abiertamente incómodos y preocupados frente a las leves deformidades, y a esa altura de apenas un metro veinticinco.
El resentimiento se le acumuló detrás de los ojos como una sinusitis. Toda esa mierda de adoración al héroe, al héroe o lo que fuera en realidad… Todo para Naismith. Para Naismith y no para mí… nunca para mí…
Ahogó una sacudida de miedo. Sabía lo que estaba a punto de enfrentar. Bel Thorne, capitán del Ariel, sería otro tipo de examen. Amigo, oficial, betano como Naismith, sí, un hueso duro de roer. Pero además, Thorne conocía la existencia del clon desde aquel caótico encuentro hacía ya dos años en la Tierra. Nunca se habían visto cara a cara. Pero un error que otro Dendarii dejaría pasar podía despertar las sospechas de Thorne, la idea loca de que ése…
Naismith le había robado incluso esa distinción. El almirante mercenario, pública y falsamente, decía que él también era un clon. Un disfraz superior que ocultaba su otra identidad, su otra vida. Tú tienes dos vidas — pensó hablándole a su enemigo ausente —. Yo, ninguna. Yo soy el verdadero clon, mierda. ¿Ni siquiera puedo ser único en eso? ¿Tienes que llevártelo todo?
No. Había que tener pensamientos positivos. Ya se las arreglaría para manejar a Thorne. Siempre que pudiera evitar a la terrorífica Quinn, la guardaespaldas, la amante. Con ella sí se había encontrado frente a frente, en la Tierra, y la había engañado una vez, toda una mañana. Pero dos veces no, no lo creía posible. Por suerte Quinn estaba con el verdadero Naismith, pegada a él como con cola: él estaba a salvo. No habría viejas amantes en ese viaje.
Él nunca había tenido una amante, nunca. Tal vez no era justo culpar a Naismith por eso también. Durante los primeros veinte años de su vida, había sido prisionero, aunque no siempre se hubiera dado cuenta. Durante los últimos dos… Los últimos dos años habían sido un desastre continuo, pensó con amargura. Ésa era su última oportunidad. Se negaba a pensar en nada más adelante. No. Esto tenía que funcionar.
El piloto se movió a su lado y él abrió los ojos justo cuando la desaceleración lo comprimía contra el asiento. Estaban llegando al Ariel. La nave pasó de modelo a tamaño real. El crucero liviano construido en Illyria llevaba veinte tripulantes, más lugar para una supercarga y un escuadrón de comando. Mucho poder de fuego para su tamaño, un perfil de energía típico de las naves de guerra. Parecía rápido, casi lascivo. Una buena nave correo, una buena nave para salir corriendo a toda velocidad. Perfecta. A pesar de su malhumor, se le curvaron los labios mientras la estudiaba. Ahora yo recibo y tú das, Naismith.
El piloto, totalmente convencido de que llevaba al almirante, puso el vehivaina de personal en el muelle con un sonido suave, limpio. Una llegada impecable.
—¿Espero, señor?
—No. No voy a necesitarlo.
El piloto se apresuró a preparar los cierres mientras su pasajero se desabrochaba el cinturón y lo saludó militarmente con otra de esas estúpidas sonrisas de orgullo. Él le devolvió una sonrisa retorcida y otro saludo, luego se cogió a las agarraderas que quedaban sobre la compuerta y se balanceó para entrar en el campo de gravedad del Ariel.
Cayó limpiamente sobre los pies en una pequeña entrada de carga. Detrás de él, el piloto de la vehivaina ya estaba cerrando de nuevo la compuerta para volver a su nave de origen, probablemente la nave insignia Triumph. Él levantó la vista — la vista siempre arriba, siempre — hacia la cara Dendarii que lo esperaba, una cara que conocía sólo por haberla estudiado en holovídeo.
Bel Thorne, comandante de la nave, era un hermafrodita betano, una raza que había surgido a partir de un experimento temprano en genética humana e ingeniería social, que en lugar de solucionar los problemas había creado otra minoría. La cara sin barba de Thorne estaba enmarcada por un cabello suave y castaño, con un corte ambiguo que tanto podría llevar un hombre como una mujer. Tenía la chaqueta de oficial abierta y la camiseta negra que llevaba debajo se curvaba sobre pechos moderados aunque claramente femeninos. Los pantalones grises del uniforme de los Dendarii eran lo bastante holgados como para disimular el bulto recíproco en la entrepierna. Algunos se sentían terriblemente turbados frente a los hermafroditas. Él tuvo una sensación de alivio al ver que ese aspecto de Thorne sólo lo desconcertaba ligeramente. Los clones que viven en casas de cristal no deberían arrojar la primera pied… Lo que realmente le molestaba era esa mirada—Naismith radiante y sincera. Se le hizo un nudo en el estómago mientras devolvía el saludo militar.