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Título original en inglés: "Prairie Sun"
Autor: Briant, Edward
(c) 1980 OMNI Pub. Int. Ltd.
Traducción de Cecilia Polisena
Revista Parsec – Año I – Número 5 – Octubre 1984
Quietud.
Y comienza así: A excepción del chico, nada se movía sobre la pradera. Los halcones no cazabanesa mañana. Ni siquiera los buitres dibujaban círculos en el espacio vacío. Lospájaros, evidentemente, estaban esperando que Micah Taverner produjera sumatanza.
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El calor caía como una pesada cortina sobre el mundo. Todo movimiento parecía
suspendido. En la mente de Micah penetró el pensamiento de que en esos prados
podía suceder cualquier cosa. Había madurado repentina y precozmente, y no por
su propia voluntad.
Micah, de trece años de edad, se movió silenciosamente. Tal vez no como lo haría
un indio, pero aun así pisó el pasto dentado con más sigilo que cualquier otro
integrante de la compañía. Balanceó el arma de su padre con cuidado, con el pulgar
listo para quitar el percutor de la posición de medio amartillado. Un antílope
pequeño sería bienvenido. Un ciervo joven de cola blanca sería aún mejor. Una
gran liebre americana ya sería suficiente.
A la derecha de Micah,el río Platte se movía perezosamente hacia el este por el sur,
la dirección por la que había llegado la compañía. En este punto, el camino seguía
una senda más recta que la del río. El curso que llevaba el chico lo elevó
suavemente hasta colocarlo a unos cien metros sobre el nivel del agua. Cinco
metros a cada lado del Platte todo era verde y exhuberante. El pasto y los árboles
crecían lujuriosamente. Debajo de ellos, el mundo se descomponía en sombras
castañas y tostadas y amarillas.
El mundo parecía contener muy pocas cosas además del río y la pradera. Y el
camino. Si el chico hubiera querido pararse en los surcos abiertos por las
incontables ruedas que pasaron por allí, se habría hundido en ellos hasta la cintura.
Micah oyó un ruido en el aire muerto. Se quedó inmóvil, esperando. Oyó algo de
nuevo. Vidrios quebrándose. Murmullo de palabras. Los sonidos llegaban del otro
lado de la elevación más cercana. Dos voces. Quienes fueran los que hablaban,
estaban a pocos metros del sendero.
El chico amartilló lentamente el percutor del rifle. Le pareció que el "click" resonaba
a través de la tierra abrasada como si fuera el disparo del arma. Nuevamente
escuchó palabras demasiado distantes e indistintas como para ser entendidas. Pero
en el tono no había ningún signo de alarma.
¿Hombres blancos? pensó. Pawnee había sido la primera palabra que le había
venido en mente. O Siuox. O Piesnegros. Había escuchado historias de matanzas y
torturas en boca de los narradores en torno al fuego. Los había escuchado con los
ojos muy abiertos y la respiración helada en la garganta, aunque su padre se había
reído sugiriendo con malicia que los hombres de las tribus de pieles rojas no eran
más monstruos que los de la compañía. Y después de todo, hombres de otras
compañías les habían dado a los indios regalos más mortales que las balas.
Micah aferró con más fuerza el rifle de su padre y se acercó silenciosamente a la
cima. De nuevo los ruidos —esta vez un ruido como de objetos de hierro y madera
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que estuvieran siendo guardados juntos en una maleta. Afloramientos de piedras
porosas le proporcionaron una cierta cobertura mientras se acercaba a la cima de la
loma.
¡Blancos! Al menos los extraños no eran pieles rojas, aunque resultaban algo raros
a los ojos de Micah. Había dos, y estaban hurgando entre la basura y los
desperdicios, al costado del camino. El sendero estaba flanqueado por toda clase de
objetos arrojados por hombres y mujeres exhaustos, sobrecargados, que iban
apenas por la mitad del arduo camino. Las carretas, los bueyes, los caballos y las
mulas, la gente… hay un límite en lo que se puede cargar sobre cada uno de ellos.
Micah había visto aparecer las herramientas abandonadas y los utensilios
domésticos al costado de la carreta poco después de Fort Kearney, muchos
kilómetros antes de llegar al vado de South Platte. Antes de que comenzara la
enfermedad, su padre había intentado llevar la cuenta de lo que veía en un
kilómetro o dos.
"Debe haber diez mil dólares en cosas aquí", había dicho, "todo disponible para la
recolección, con sólo tener el tiempo o el deseo".
Pero muy pocos de los esforzados viajeros que se dirigían a California u Oregon
tuvieron, por supuesto, el tiempo o el deseo. De modo que los preciados muebles
de Nueva Inglaterra, los barriles de harina abandonados y lo sacos de habichuelas
blancas, las cocinas Franklin y las impresoras, todo yacía bajo el sol de la pradera,
echándose a perder. Y ahora Micah veía a los dos extraños hombres blancos
hurgando como cerdos entre los alguna vez preciosos objetos desparramados junto
al camino. Los dos eran altos; medían algo más de un metro ochenta. A pesar de
que uno era moreno y el otro tenía el pelo tan claro como el pasto seco, su aspecto
era muy similar. Ambos llevaban ropa parecida: camisas a cuadros con tiradores,
pantalones marrones y botas de suela gruesa. La camisa del rubio era colorada; la
del moreno, verde. Pero Micah notó que había algo incorrecto en aquella ropa. Por
un lado, era lustrosa y brillaba al sol. Por otro, advirtió repentinamente, cuando se
agachaban para recoger las cosas podía verse que las ropas estaban hechas de una
sola pieza. Era como si usaran un conjunto coloreado para que pareciera ropa
auténtica.
El rubio le estaba mostrando al otro un tapete de Nueva Inglaterra, tejido a mano,
parecido al tesoro que la madre de Micah aún conservaba en la carreta, después de
haberse rehusado firmemente a tirarlo cuando cruzara el Platte. Micah se preguntó
si debía abordarlos, o si sería más inteligente volver sobre sus pasos e ir a buscar
víveres en otra dirección. Entonces el moreno se volvió con suavidad, alzó la vista y
clavó los ojos directamente en Micah. Le dijo algo a su compañero. Los dos se
quedaron mirando al chico.
Finalmente, uno de ellos, el rubio, dijo:
-Ven aquí, jovencito.
Dejó el tapete en el suelo y se quedó de pie allí, en silencio, con las manos vacías.
El otro extendió lentamente las manos, con las palmas hacia arriba. Micah advirtió
que estaban mirando el arma de su padre.
Se acercó cautelosamente a la pareja y miró más allá de ellos. El caño del rifle se
alzó.
-No lo hagas -dijo el moreno.
Cualquier otra cosa que hubiera intentado decir fue interrumpida por la explosión.
Dos metros de pradera decapitada saltaron y cayeron flojamente en mortal agonía
cerca de los pies de los hombres, al tiempo que éstos gritaban y se hacían a un
lado. Miraron la serpiente, a Micah y otra vez la serpiente.
-Gracias, muchacho —dijo el rubio.
-Una bien grande -dijo Micah. Se sintió contento con el tiro y procuró no sonreír.
Comenzó a recargar el rifle-. Probablemente la más grande que he visto en mi vida.
Los hombres intercambiaron miradas.
—¿Cómo te llamas, hijo? —preguntó el moreno. Micah les dijo.
—Bien, señor Micah Taverner -dijo el rubio-, por favor, llámame John. Mi amigo es
Droos. —Droos inclinó la cabeza-. Ambos estamos muy agradecidos de que hayas
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eliminado la serpiente.
—No fue nada -dijo Micah, acariciando el cañón de la escopeta-. Estoy contento de
haber ayudado.
Hubo un silencio. Los hombres parecían tratar de comunicarse entre sí mediante
una serie de miradas penetrantes. Micah prestaba atención solamente al arma.
—Supongo que te estarás preguntando qué estamos haciendo aquí.
—No es asunto mío —dijo Micah.
—Admirable -dijo Droos, volviéndose—. Su lengua no está tan extraordinariamente
desatada como la tuya, John. Ahora volvamos al trabajo y veamos si podemos
encontrar más botellas de East Middlebury como la que dejaste caer tan
descuidadamente.
Pero John parecía fascinado por el chico.
—¿Puedo preguntarte qué haces tú aquí? -dijo—. Creo que el último tren pasó por
aquí hace casi una semana, y las próximas carretas no llegaran hasta dentro de
varios días.
—Mi madre me mandó de caza —dijo Micah—. Cree que el caldo de carne aliviará
los dolores de Annie.
—¿Quién es Annie?
—Mi hemana pequeña. Está enferma de viruela y no puede ser movida. Droos se
apartó de las tablas de madera que estaba escudriñando y lo miró.
-¿Viruela? La erradicamos totalmente hace más de un siglo.
-En nuestro tiempo -dijo John.
-¿Su tiempo? -preguntó Micah, confundido.
-No importa -dijo John—. Es una larga historia. ¿Adonde está tu carreta?
-Por allá. -Micah señaló en dirección al río-. A casi cinco kilómetros de aquí.
Deberíamos habernos quedado en Fort Laramie, pero Annie no parecía tan enferma
en aquel momento. El resto de la compañía dijo que esperaría un día más en
Independence Rock. Me temo que ya deben haber seguido camino.
-Pero tu familia se quedó sola.
-Annie llora cuando se mueve la carreta. Está demasiado débil. Mi madre pensó que
el descanso podría ayudar.
-Tu madre -dijo John-. ¿Qué hay de tu padre?
Micah miró el suelo. – Se enfermó de cólera y murió poco antes del cruce del Platte.
-Dios Todopoderoso – dijo Droos.
-¿Entonces tu madre y tú han traído la carreta hasta aquí por sus propios medios? –
inquirió John.
El chico negó con la cabeza.
– Nos ayudaron algunos hombres de la compañía. Pero ellos tienen sus propias
carretas, y familias. Y muchos estaban debilitados por el cólera.
—Increíble -dijo Droos. Inconscientemente, acariciaba una tetera de plata.
—Y ahora hemos visto al elefante -dijo Micah.
Droos alzó una ceja. —¿Elefantes? ¿Has encontrado uno aquí?
Micah lo miró extrañado.
—Quiere decir que nos hemos internado mucho más en nuestro camino de lo que
esperábamos. Volveríamos a Ross County, en Ohio, pero ahora queda tan lejos
volver como seguir. Tal vez podamos unirnos a la compañía cuando Annie mejore.
Antes de seguir, el capitán nos dijo que tendremos que movernos rápido o el
invierno de Sierra Nevada nos atraparía a todos.
Los dos hombres lo miraban, atravesándolo.
—La gente realmente vivía y moría de esta manera -dijo Droos, confundido.
—Micah —dijo John en voz baja— ¿Puedes guardar un secreto?
—Si es un secreto honorable.
—¿Qué pasa si te digo que nosotros vinimos del futuro? El chico sacudió la cabeza.
—No entiendo.
Droos abrió la boca como para protestar. John alzó una mano que lo detuvo.
—Droos y yo somos viajeros, y hemos cruzado una larga distancia para llegar aquí.
Pero no hicimos la clase de viaje que puedes imaginarte. No de Inglaterra, no
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alrededor del Horn, pero sí a través del tiempo. ¿Qué año es éste, Micah?
—El año de Nuestro Señor 1850.
—Nuestro mundo existe más de dos siglos por delante de eso.
Micah sacudió silenciosamente la cabeza. Comida quería decir algo. Enfermedad
quería decir algo. ¿Pero el futuro? Su mente empezaba a vacilar demasiado
sobrecargada.
John se volvió hacia Dross, que estaba guardando cuidadosamente un servicio de té
de plata dentro de una bolsa rústica. -¿Puedes explicarlo más adecuadamente? –
dijo.
Droos miró los objetos que tenía en la mano.
-Estos son realmente exquisitos -dijo-. Standish Barry, Baltimore, probablemente
alrededor de 1820.
-Droos.
El hombre de pelo oscuro lo miró y dijo:
-Esto va en contra de todas las reglas, lo sabes. ¿Por qué tienes que ser un tonto
compulsivo?
-Yo era el único en el departamento en quien podías confiar.
John se arrodilló para mirar a Micah a la cara.
-¿Sabes algo sobre los romanos? Micah asintió.
-Papá nos leía historias.
-¿Has pensado alguna vez en lo que ocurriría si pudieras volver atrás realmente y
visitar a los romanos?
-Sí-dijo Micah.
-Bueno, nosotros podemos hacerlo, Micah. Vivimos en tu futuro. Podemos
retroceder y visitar tu tiempo, el tiempo de los romanos, o cualquier otro que
elijamos. Venimos de un año en el cual la viruela ha sido barrida la faz de la Tierra
y las otras enfermedades también han sido eliminadas.
Micah sabía que no entendía todo lo que se le estaba diciendo. Pero unas pocas
palabras resaltaron de entre la confusión.
—¿Pueden curar la viruela?
—Nuestros ancestros lo hicieron -dijo John—. Tus nietos lo harán.
—¿Pueden curar a Annie?
Nuevamente el tiempo pareció suspendido en la pradera. Todo estaba inmóvil.
Micah miró a los hombres. Ellos lo miraron a él.
—Bueno, supongo… -dijo John.
—No -dijo Droos.
—Droos tiene un equipo médico de emergencia; podría aliviar los síntomas.
—No.
Esta vez la respuesta de Droos fue más vehemente. John giró hacia su compañero,
enojado.
—Sólo por esta vez —dijo.
—Absolutamente no-dijo Droos—.
Si tengo que hacer uso de mi jerarquía, lo haré.
—Un chico -dijo John—. Una vida.
Droos dejó caer una docena de cucharas de plata y las dejó que yacieran entre el
polvo junto al camino.
—Déjame recordarte algunas cosas -dijo-: No soy arbitrario porque rechazo tu
impulso humanitario. Primero: esto no es exactamente una misión autorizada, lo
sabes. Segundo: nos colgarán de los pulgares si los del departamento descubren
que estuvimos recuperando objetos valiosos del pasado para venderlos en el
presente. Tercero: la regla básica referida a viajes temporales…
— ¡Vamos! —dijo John—. Salvar la vida de una chica no puede alterar el futuro de
ningún modo significativo…
Droos lo interrumpió, alzando aún más la voz.
—Eso no lo sabemos. Una cosa es recoger estas antigüedades porque la naturaleza
las hubiera destruido de todas formas. Otra meterse con la vida de las personas.
Además, no sabemos si la hermanita de Micah va a morirse de viruela o no. Puede
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recobrarse. Creo que los hijos de los pioneros eran bastante resistentes…
—Digo que lo hagamos—dijo John.
—Si lo hago será poniendo tu cabeza en el cepo sin arriesgar la mía -dijo Droos,
con la voz calma y sin vida—. Soy capaz de eso, lo sabes.
—Lo sé.—John extendió los brazos, desesperanzado—. ¿Por favor?
—No. Hay reglas —y seguimos implícitamente estas reglas. Vivimos en esa clase de
mundo.
Droos se arrodilló y comenzó a recoger las cucharas, soplándoles el polvo y
sacándoles lustre contra la pierna antes de guardarlas en un bolso de tela blanda.
—Acéptalo —dijo John.
En el silencio que siguió Micah dijo:
—¿Pueden curar a Annie?
John no se atrevió a mirarlo a los ojos. El hombre rubio dudó. Luego dijo:
—No, no podemos. Lo siento, Micah.
Micah consideró aquello. Luego preguntó:
-¿Pero podrían hacerlo? Ninguno de los dos dijo nada.
-¿Pero no lo harán?
John enrojeció. Droos atiborró el bolso de platería y extrajo una jarra de cristal de
una canasta.
—Realmente lo siento —dijo John—. No debí haber abierto la boca.
Muy suavemente, Micah dijo:
—Mi padre solía decirme: "Yo ayudo a mis amigos. Dios ayuda a mis enemigos".
—No somos tus enemigos —dijo John con seriedad—. Hay simples reglas que dicen
que no podemos ser todo lo amigos que quisiéramos ser.
Micah no dijo nada. Solamente se volvió y, recogiendo la serpiente muerta y el
arma que había dejado contra un brillante espejo con marco de madera dura, se
alejó de los dos hombres.
En el camino de vuelta hacia el vagón, Micah le disparó distraídamente a un conejo.
El animal se precipitó desde el matorral y cometió el error de detenerse para
constatar la presencia del intruso en los llanos. La bala le atravesó limpiamente el
ojo derecho. La carne permaneció intacta.
Cuando el chico llegó a la carreta, el sol había pasado el cenit hacía un largo rato.
Los bueyes alzaron la vista, sin curiosidad, para saludarlo, luego volvieron a bajar
las pesadas testas sobre el pasto duro. Micah se detuvo frente a la parte posterior
de la carreta.
—¿Ma? —llamó-. Tengo una serpiente y un conejo, Ma.
La madre corrió a un lado la cortina de lona y apoyó un dedo sobre los labios.
—Silencio —dijo—. Tu hermana está muriéndose.
Los alegres colores de la tela de guinda del vestido de la mujer contrastaban
vivamente con la sombra gris de la cortina.
Esperaron una hora, luego otra hora más, junto a la pequeña cama, pendientes de
la dificultosa respiración de Annie. Se turnaban para aplicarle compresas sobre la
frente. Cada tantos minutos Micah llevaba el balde al río para buscar agua fresca.
La cara de Annie brillaba a causa del sudor, a pesar de las compresas. Al mismo
tiempo se estremecía como si tuviera frío, y debían mantenerla envuelta entre
gruesas mantas de lana, tejidas a mano por la madre.
Finalmente la respiración se detuvo. La madre y el hermano esperaron unos
minutos, en medio de la súbita quietud. Micah hizo un ademán de tocar el hombro
de su madre. Ella le hizo la mano a un lado. -Déjame estar sola -dijo.
Lentamente, desenrolló las mantas de lana y alzó el cuerpo. Sin decir una palabra,
abandonó la carreta y caminó por entre los campos de algodón en dirección al río.
Micah se quedó de pie en la parte trasera de la carreta y la miró alejarse. Un
pensamiento bullía en su mente: ¿Qué clase de gente permitiría que una criatura
muriese de ese modo? ¿Qué forma de la caridad cristiana consentiría que su
hermana terminara de esa manera?
Se dio cuenta de que simplemente lo ignoraba.
Después de lo que pareció ser un largo, largo rato, Micah vació la más preciada
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posesión de su madre, un cofre labrado de madera de sándalo, y lo volvió a llenar.
Los dos hombres que decían provenir del futuro se habían movido un kilómetro
hacia el sur del camino con respecto al lugar del encuentro con Micah. Todavía
estaban escudriñando entre la basura y los objetos abandonados, aparentemente
en dirección a Missouri.
Los álamos, la salvia, un barranco polvoriento, las salientes de rocas porosas, los
mismos surcos hechos por las carretas, todo contribuía a que Micah pasara
inadvertido. El chico sabía que un indio lo hubiera descubierto inmediatamente.
Pero John y Droos no tenían esas habilidades. Por segunda vez, pero sólo por un
momento, Micah se preguntó realmente cómo sería el futuro. Luego su mente fe
recordó una vez más que semejante especulación era un lujo imposible, y
concentró todo su esfuerzo en permanecer escondido.
Por dos o tres segundos quedó completamente a la vista. Pero ambos hombres
parecían absorbidos por la contemplación de un voluminoso artefacto compuesto de
patas y cajones. Micah colocó estratégicamente el cofre de sándalo sobre el suelo
polvoriento, a sólo unos metros de los hombres. Luego se escurrió nuevamente
entre los escondrijos naturales del campo.
Pocos minutos después reapareció bajando la loma en dirección a John y Droos, sin
hacer ningún esfuerzo de conciliación. Los hombres estaban observando una
cómoda William and Mary, tocando su suave terminación, abriendo y cerrando los
cajones, revisando las junturas.
—Observa el detalle de laca china —dijo Droos—. Aunque no fueran realizadas por
artesanos orientales, las figuras son chinas tanto en el sentimiento como en la
técnica.
Absorto en su trabajo, no alzó la vista para averiguar por qué John no le había
respondido hasta que Micah estuvo frente a ellos.
La cara del chico estaba cubierta de polvo; sus ojos parecían hoyos ardientes en
una máscara. Sintió el gusto de la arenisca de la pradera y hubiera escupido, pero
ya no tenía saliva.
John habló con inseguridad y extrañeza.
-Hola Micah. Bienvenido nuevamente. Nos estábamos preparando para… irnos. Ya
casi se nos ha acabado el tiempo, y debemos volver a casa.
Micah miró a uno y a otro, con firmeza. Intentó empezar a hablar varias veces a
causa de la rasposa sequedad que sentía en la garganta.
—¿Siguen decididos a no hacer nada por mi hermana?
—No podemos hacer nada -dijo Droos—. Venimos de un mundo diferente, Micah.
Hay cosas que no debemos hacer. Hay reglas.
Micah trasladó su mirada a John. Este miró hacia el suelo y asintió con la cabeza.
—Muy bien —dijo el chico; parecía cansado y mucho más viejo de lo que
correspondía a sus trece años. Los hombres lo miraron cautelosamente.
—Realmente lo siento —dijo John.
Micah no dijo nada. Tampoco contestó a ningún otro intento de conversación por
parte de los hombres. Retrocedió para sentarse sobre una caja de madera que
contenía herramientas de minería y simplemente se dedicó a observarlos.
—Mejor sería que volviéramos al trabajo —dijo Droos, mirando algo en su muñeca.
Con redoblada energía, ambos hombres se perdieron nuevamente entre los
desperdicios. Cada tanto miraban a Micah. El chico permanecía inmóvil, sobre la
caja.
— ¡Una botella torneada! —dijo Droos—. iOtra más!
—Esto parece un llamador holandés de Pennsylvania —dijo John.
—Un equipo completo de sextantes del siglo XVIII.
—Otra tetera Roosevelt.
—¿Qué es esto? -John se agachó junto al cofre de sándalo.
—Qué artesanía extraordinaria -dijo Droos, arrodillándose también junto al cofre-.
Absolutamente magnífica. —Sus dedos recorrieron ávidamente las incrustaciones
de la madera. Después levantó la fina tapa y dijo-: Oh, sí, sí, sin duda. -Sacando lo
que contenía el cofre preguntó—: ¿Shetland?
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—Eso parece -dijo John.
"Y tejido por las manos de mi madre" pensó Micah, pero no dijo nada.
Droos volvió a inspeccionar su muñeca y dijo:
— ¡Maldición! i Es casi la hora! Sujeta un trazador al cofre. Yo terminaré con el
resto.
La partida no fue dramática.
—Diez segundos —dijo Droos, ajustándose algo en el cinturón.
John finalmente se dirigió a Micah.
-Adiós -dijo, ofreciéndole un lento y triste saludo con la mano-. Lo siento, Micah.
Ambos hombres, simplemente, se habían ido. Como si nunca hubieran existido.
Micah vio cómo, a lo largo del camino, todos los objetos se desvanecían. Las
maderas y las valijas se desvanecieron en el aire. La voluminosa cómoda William
and Mary desapareció. Finalmente el cofre de madera de sándalo de su madre
también se volatilizó y junto con él, las finas mantillas tejidas a mano con buena
lana Shetland, las mantas que habían protegido del frío a su hermana durante las
últimas noches.
Micah se puso de pie y deseó que su madre lo estuviera esperando en la carreta. El
cofre y las mantas se habían ido. Lo habían dejando ahí, de pie, transpirando bajo
el sol de la pradera, en una llanura de una quietud casi absoluta, silenciosa pero ya
no expectante -una llanura en la que, le había parecido, nada podía suceder.
Y sin embargo había sucedido.
quiero que me manden mas libros todos me gustan