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Bruss, B. R.
Si, pese a que desde todas partes me instaban a que lo hiciera, no he redactado antes mi testimonio escrito sobre los singulares y extraordinarios acontecimientos de los que fue teatro nuestro planeta en 1976 y 1977, ha sido porque, durante tres años, como consecuencia del tremendo shock nervioso que sufrí, no he sido capaz de coger la pluma ni de ordenar mis ideas.
Hoy, restablecido por completo, considero mi deber aportar mi concurso a la historia de un período, sobre el cual, para el gran público, existen todavía muchos aspectos obscuros.
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En realidad a nadie voy a descubrir nada nuevo. Los hechos, en su conjunto, son archiconocidos. Además, muchas gentes del hemisferio Norte se vieron mezcladas demasiado directamente a los acontecimientos para que hayan dejado de guardar de los mismos un recuerdo horrorizado. Por lo menos, y éste es mi intento al coger la pluma, podré facilitar precisiones útiles e inéditas sobre el papel preeminente que representó en esta terrible aventura el Instituto de Parapsicología de Halburne, donde, por aquel entonces, estaba yo encargado de ciertas investigaciones y del cual, recientemente, he sido nombrado director.
Otro hombre hubiera estado infinitamente más calificado que yo para rendir tal testimonio: el llorado profesor Daniel Hersan. Pagó con su vida el entusiasmo heroico que desplegó a lo largo de esta gran tragedia y su memoria es, en nuestros días, venerada por todos.
Veo constantemente su imagen, en aquella mañana del 2 de mayo de 1976 que, para mí, marca el comienzo real de los acontecimientos. Sin duda ha de sorprender que señale tal fecha, ya que no fue hasta julio del mismo año que la gente empezó a darse cuenta de que algo raro estaba ocurriendo en nuestro planeta. Pero, para mí, no hay duda posible. Y no la hubo tampoco para el profesor Hersan.
Así, pues, aquella mañana entré, como todos los días, en el despacho en que se encontraba el hombre que admiraba y respetaba más en este mundo — el mismo despacho en que ahora escribo estas líneas: una gran habitación casi desnuda, cuyas dos ventanas se abrían sobre el parque del Instituto.
Tenía prisa en verle, para saber si, en el curso de la noche, había recogido las mismas indicaciones que yo había obtenido.
Estaba sentado a su mesa —en la que jamás había ningún revoltijo de papeles— leyendo su periódico. En el momento en que le eché la primera mirada, comprendí que también él se hallaba perplejo.
Desde hacía ocho años trabajábamos juntos y no habíamos sólo aprendido a conocernos y a estimarnos, sino que la misma naturaleza de nuestras ocupaciones hacía que nos comprendiéramos rápidamente y, muchas veces, sin necesidad de cruzar una sola palabra — incluso cuando no entrábamos en comunicación mental de manera más directa.
El profesor Hersan, que contaba entonces sesenta y cinco años, parecía mucho más joven. Era alto y delgado, con una cara larga y huesuda, muy expresiva, agujereada por dos ojos azules cuya mirada, habitualmente, era grave y un poco soñadora. En determinadas ocasiones, sus ojos resplandecían maliciosos e inteligentes. Al verme entrar, retiró los espesos anteojos con montura de concha que llevaba, y me lanzó su acostumbrado:
—¿Qué hay de nuevo, Bjoern?
Pero en su interrogación había un no sé qué que la hacía más acentuada que de ordinario e incluso un poco de ansiedad. Comprendí en el acto que deseaba saber si, durante las horas precedentes, había sido objeto de fenómenos telepáticos y la forma cómo los interpretaba.
Su curiosidad mejor me satisfizo —pese a la vaga inquietud que experimentaba —, puesto que temía haber dado una interpretación equivocada a lo que me había ocurrido.
No obstante, dudé por un momento antes de darle cuenta de lo que me preocupaba. ¡Tantas veces nos había puesto en guardia contra los errores y los entusiasmos!
—Nada nuevo —le dije—. Por lo menos, nada que pueda anunciarse como una noticia concreta…
Me miró atentamente. Se dibujó en su rostro una leve sonrisa que interpreté como una invitación.
—Sabe usted de sobra que ciertos hechos no pueden anunciarse de manera precisa —me dijo—. Lo que no quiere decir que carezcan de interés. Vamos a ver, estoy escuchando.
Tuve entonces la certeza de que él sabía ya lo que iba a comunicarle y no dudé un momento.
—He tenido esta noche —le dije— una premonición muy vaga, pero muy curiosa. Una premonición que, además, me parece muy inquietante. Eran las dos de la madrugada. La llamada telefónica de un amigo me había despertado. Advirtiendo que no me dormiría de nuevo, de inmediato, me puse a leer. Pero pronto se enredaron las líneas ante mis ojos y me sentí invadido por un denso sentimiento de angustia.
Claro está, como no tenía ningún motivo personal para estar angustiado, puse en seguida en práctica las dos reglas de «aclaración parapsíquica» que deben utilizarse en casos semejantes, y de acuerdo con el método que tan magistralmente usted ha definido: la primera para intentar fijar la situación en el tiempo del acontecimiento que provoca la angustia, y la segunda para procurar determinar el lugar, las circunstancias y, a ser posible, los actores. Tuve pronto la convicción de que no se trataba de seres queridos ni tan siquiera de personas a las que conociera.
En cuanto a la localización, resultaba difícil: a lo máximo tuve la sensación inconcreta de que «la cosa» iba a ocurrir en algún sitio en dirección nordeste, pero lejos de aquí, al otro lado del Atlántico. Por un igual me fue imposible concretar nada respecto al tiempo. Mi conclusión fue que «aquello ocurriría en un tiempo próximo, pero muy indeterminado». En resumen, después de haberme dedicado a diversos ejercicios mentales para hendir la niebla, pero sin lograrlo de manera exacta, tuve por fin la casi certeza de que mi premonición se refería a una amenaza de carácter general, de naturaleza desconocida, y que afectaría, en cuanto se realizara, a una parte importante de la población del Globo…
El profesor Hersan me miró un momento sin decir nada. Parecía algo emocionado.
—Acaba usted de exponer —me dijo— muy exactamente lo mismo que yo he sentido esta noche, más o menos a la misma hora. Al igual que usted, tampoco he podido concretar esta premonición. Pero me parece igualmente inquietante. ¡Ah! nos falta todavía descubrir muchas cosas antes de que la parapsicología sea una ciencia digna de este nombre.
—¿De qué puede tratarse? — pregunté, como hablándome a mí mismo.
—Esta es la pregunta que me hago. Si hubiese en el aire una amenaza de guerra, la contestación sería fácil. Pero creo que podemos excluir esta hipótesis, por lo menos por algún tiempo. ¿Una revolución? ¿Disturbios sangrientos en alguna parte importante del mundo? Estas son cosas que siempre se ven venir. Y no estamos en este caso por ahora. ¿Entonces? Queda una catástrofe de carácter natural: terremoto, un desbordamiento de la marea.
Evidentemente esto no es imposible y nada podríamos contra ello… ¿Propagación relámpago de una enfermedad nueva y peligrosa? No me parece. ¿Explosión de una fábrica atómica? No lo creo posible. Y, además, no existe ninguna fábrica atómica en las regiones donde creo haber podido concretar la amenaza. Ya que a mí también me parece que esto hay que situarlo hacia el nordeste… Pero en forma muy vaga… Groenlandia… Islandia… Países escandinavos… No he podido llegar a concretar de manera más precisa.
El profesor se calló un instante y luego continuó:
—Lo que me sorprende es la intensidad de esta premonición. Nos hemos convertido, mi querido Bjoern, en una especie de sismógrafos que registrasen no sólo en cuanto al espacio, sino también en cuanto al tiempo. Lo único que podemos afirmar es que se prepara una gran sacudida. Es molesto que no podamos decir más, puesto que, tal vez, sería muy útil…
Nos callamos un instante y luego pregunté:
—¿Qué hacemos? ¿Debemos hacer públicos los temores que experimentamos?
Levantó ligeramente los hombros y prosiguió:
—¿Qué podemos hacer? ¿Usted qué piensa que podríamos intentar? ¿Enterar a las autoridades de nuestras suposiciones, nuestros temores, nuestra inquietud? Evidentemente esto sería lo más sensato. Pero no nos tomarán en serio, usted lo sabe. El profesor Hersan puso cierta amargura en sus últimas palabras. Y era una amargura que yo compartía con él…
* * *
Debo decir que el Instituto de Parapsicología de Halburne estaba entonces muy lejos de ocupar en el mundo el lugar eminente y universalmente reconocido que tiene en la actualidad. Llevaba sólo nueve años de vida y, su fundación, gracias a los enormes sacrificios que había aceptado el profesor Hersan, había sido acogida en los medios científicos mejor con ciertas reservas —y puede decirse que con burlas— que con elogios.
No obstante, cuando nuestra escuela había sido creada en 1967, en un extenso parque de Halburne, a treinta millas al sur de Chicago —y sus bellos edificios modernos han sido con demasiada frecuencia evocados luego en las revistas y en la televisión para que yo tenga que describirlos— el profesor Hersan había ya realizado gran cantidad de descubrimientos debidamente controlados.
Tres años antes había publicado su famoso manual Las leyes secretas del espíritu, que se ha convertido en el breviario de todos los parapsicólogos, muy especialmente en lo que concierne a los fenómenos de telepatía. Pero sus tesis revolucionaron demasiadas ideas sólidamente establecidas.
Incluso nueve años después de la edificación del Instituto —en cuya construcción el profesor Hersan había invertido toda su fortuna, con admirable desinterés— nuestros trabajos eran objeto de no pocas reservas.
No obstante, allí estaban las pruebas de nuestros éxitos. Y, personalmente, puedo hablar de ello con perfecto conocimiento de causa.
Cuando conocí al profesor sólo tenía diecinueve años. Sólo tenía una ambición: convertirme en su alumno. Había estudiado a fondo sus obras y me había apasionado. Personalmente me había entregado a ciertas experiencias que me habían permitido comprobar su perfecta exactitud.
Mi primera entrevista con Daniel Hersan duró cinco horas, al cabo de las cuales, después de haberme sometido a centenares de tests y acribillado a preguntas de todo género, me admitió para formar parte de su equipo. Seis meses más tarde, era uno de sus alumnos preferidos. Luego me convertí, con John Wild, en su principal colaborador.
No es mi propósito contar aquí la historia del Centro Parapsicológico de Halburne, ni tampoco dar un breve resumen de sus métodos.
Sólo recordaré escuetamente que el profesor Hersan había partido de esta idea —que a la larga se comprobó perfectamente exacta— que consiste en afirmar que todo ser humano lleva en sí, por lo menos en estado embrionario, facultades psíquicas que quedan por lo común sin utilizar, salvo en algunos sujetos particularmente dotados. No obstante, tales facultades pueden desarrollarse como las demás facultades naturales si se someten a un entrenamiento adecuado. En otros términos, cada uno de nosotros es susceptible de tener premoniciones más o menos concretas, y de entrar en comunicación telepática de manera más o menos intensa y más o menos clara con uno de sus semejantes. Sin hablar de los caminos que se abrían al hipnotismo (ya más conocidos, pero mal explotados), a la sugestión a distancia, a la exteriorización psíquica, a la levitación, etcétera.
Por mi parte me había especializado en el estudio de las premoniciones y la telepatía.
En el momento en que se iniciaron los hechos a que aludimos, tenía ya en mi activo, en materia de premoniciones, un número impresionante de éxitos — si pueden llamarse éxitos las visiones premonitorias de los acontecimientos, en su mayor parte catastróficos.
En el terreno personal y para citar sólo dos ejemplos, diré que fui «advertido» en el mismo instante en que se produjeron de la muerte de mi padre, que se mató en un accidente de automóvil en Noruega —de donde soy originario—, y de la de uno de mis tíos, que pereció en el naufragio de un pequeño yate, en aguas de las Azores. En este último caso, pude anunciar —como pudo comprobarse— los nombres de las otras víctimas, como así también los de los salvados, mucho antes de que fuese conocida la noticia de esta desgracia.
Pero, por decirlo así, en estos casos se trata de premoniciones clásicas del mismo género de aquellas que, tantas veces, fueron señaladas antes de que la parapsicología fuera una ciencia. Por esto he de insistir preferentemente sobre lo que llamaré «registro colectivo» de hechos «impersonales».
Todo el mundo recuerda el terrible choque de dos gigantescos aviones de transporte que se produjo en abril de 1972 encima del continente australiano. Hubo cerca de dos mil muertos. En el Instituto de Halburne fuimos siete los que recibimos una visión premonitoria de este dramático accidente, veinticuatro horas antes de que se encontraran los restos de los aparatos.
Lo mismo ocurrió cuando el seísmo que asoló el norte del Japón en agosto de 1973.Sólo cito estos dos hechos —en cuya premonición participé—, porque son característicos y están presentes en todas las memorias. Podría citar, por decenas, otros igualmente característicos.Por lo que respecta a las comunicaciones telepáticas, nuestras experiencias eran diarias. Gracias a un severo entrenamiento, yo había logrado, a principios de 1976, comunicar telepáticamente —y en la práctica a no importa qué distancia— no solamente con el profesor Hersan, sino también con tres o cuatro de mis compañeros, especialmente con John Wild y todavía más con Olga Darboe, que era mi novia desde hacía poco.
Aquellos que todavía —y son la inmensa mayoría— tienen sólo nociones bastante vagas en materia de telepatía, no deben imaginarse que las conversaciones que teníamos por este sistema fuesen comparables con las que se tienen por teléfono. Ni tan siquiera hoy día hemos llegado a tanto. La telepatía, más que por medio de palabras, se ejerce por la transmisión de flujos nerviosos que se traducen en imágenes. Todo el arte —y es complicado— consiste en saber interpretar correctamente estas imágenes. Pero en el momento en que se produjeron los terribles hechos de que voy a hablar, habíamos precisado, bajo la dirección del profesor Hersan, un «código» que nos permitía sostener «conversaciones» bastante concretas.
* * *
Permítaseme, todavía, antes de entrar en el fondo del asunto, evocar un hecho desgraciado que tuvo una considerable resonancia.
El 14 de marzo de 1976 —y esta fecha no se ha borrado de ninguna memoria— voló hacia la Luna el primer cohete llevando tripulantes humanos. Quisiera, a este propósito, citar un doble ejemplo de premonición y telepatía.
La tripulación se componía de tres hombres, uno de los cuales, Harry Spinger, el radiotelegrafista de a bordo, era amigo mío personal y amigo de nuestro Instituto, donde había hecho una estadía de dos años. Spinger era telépata, como yo mismo.
Aun cuando los organizadores de la expedición, gente muy positiva, no quiso ni oír hablar de este sistema de comunicación —juzgando la radio mucho más segura—, habíamos convenido entre mi amigo y yo que intentaríamos ponernos en contacto en el transcurso de la extraordinaria excursión que iba a emprender.
Sabido es que el Fulgur —tal era el nombre de la astronave— se perdió en cuerpo y bienes en condiciones que jamás han sido dilucidadas.
Intentamos entonces dar a conocer lo que sabíamos — y esto desde el 15 de marzo. Pero en el acto tropezamos con la incomprensión de las gentes que querían seguir esperando contra toda esperanza. Luego, cuando se confirmó que el Fulgur no daría jamás señales de vida, se nos acusó de querer explotar unos cadáveres con fines publicitarios.
Afortunadamente hoy en día nadie pone ya en duda las recensiones que hicimos en aquella época y que eran sólo la expresión de la verdad más estricta.
Por mi parte, entré por tres veces en contacto telepático con Spinger. Las dos primeras veces se limitó a comunicarme que todo iba bien a bordo. Por otro lado la radio funcionaba normalmente y el mundo entero seguía anhelante las peripecias del viaje.
Cuando Spinger tomó contacto conmigo por tercera vez, el aparato había cesado, desde hacía media hora, de estar en comunicación radiofónica con el globo terrestre, y yo estaba muy inquieto. Desde los primeros flujos nerviosos que me transmitió mi amigo, comprendía que todo iba mal a bordo. Intentó darme explicaciones técnicas que yo era incapaz de interpretar correctamente. Comprendí, no obstante, que el Fulgur estaba en peligro de estallar, ya que una de las paredes laterales daba señales de debilidad.
Durante cerca de un cuarto de hora, Spinger permaneció literalmente agarrado a mí por el pensamiento, y yo viví las mismas angustias que él.
Oí literalmente su grito cuando llegó el último segundo, y todas mis facultades exacerbadas me permitieron ver mentalmente la explosión del cohete.
En el mismo segundo penetró en mi despacho —donde yo estaba sin aliento— el profesor Hersan y tres o cuatro de mis colegas. Acababan de tener la premonición de esta horrenda desgracia.
Cuando el nuevo cohete, que debe ser lanzado el año próximo, tome la salida, nuestro concurso, sin duda, no será desdeñado.
He citado todos estos ejemplos para demostrar que, incluso en aquella época, la «telepatía dirigida», según la expresión de Daniel Hersan, no debía haber sido considerada como un mito.
Pero volvamos a aquella mañana del día 2 de mayo de 1976, de la que hablaba hace un momento.
Al igual que nuestro «jefe», he sido siempre muy madrugador. Aquel día, nuestro primer encuentro tuvo lugar muy pronto. La mayor parte de los demás miembros de nuestro equipo o dormían todavía o estaban tomando su desayuno. Pero el profesor tenía prisa por saber si ellos habían también registrado alguna cosa.
Salí pues en su busca y, en el pasillo, tropecé con Olga Darboe.
Olga, que era mi prometida como ya he dicho, había logrado siempre mi admiración no sólo por sus cualidades intelectuales muy notables, sino también por su sangre fría y su serenidad. Hacía falta que ocurrieran cosas verdaderamente extraordinarias y peligrosas para, que comenzara a inquietarse. Siempre había sido así. La había conocido siendo una niña, ya que ambos habíamos nacido en el mismo pueblecito de Noruega, cerca de Bodor.
—¡Hello, Peter! —me gritó al verme—. He tenido esta noche una extraordinaria premonición. Algo terrible se está preparando. Me gustaría saber de qué se trata.
En este momento surgió John Wild, con el que mantenía la más afectuosa amistad. Tenía un aspecto mucho más preocupado que Olga — y era por esto que se había levantado más pronto. También él había tenido la premonición del misterioso acontecimiento. Y esto le inquietaba muchísimo.
Una hora más tarde el estado mayor del Instituto estaba reunido por completo en el despacho del «jefe» — es decir, aparte de éste, siete hombres y tres mujeres, jóvenes en su mayor parte.
Con mayor o menor intensidad, todos habíamos recibido la extraña advertencia.
Habíamos, incluso, recogido las impresiones de algunos de nuestros asistentes y de cierto número de alumnos que, aun cuando menos preparados que nosotros en materia de parapsicología, habían notado en ellos fenómenos de angustia más o menos claros y habían venido a comunicárnoslos.
Así, pues, la duda ya no era posible.
Tuvimos una larga conferencia para ensayar, para ver si confrontando los diferentes datos que habíamos recogido podíamos ver más claro. Pero esto nos hizo adelantar muy poco. Ninguno de nosotros aportó datos nuevos de interés en relación a lo que yo mismo había anotado. Todos estuvimos de acuerdo sobre la dirección —si no sobre el lugar— donde se manifestaba la amenaza: el nordeste. Igualmente estuvimos de acuerdo en que no era inmediata: dentro de unas semanas, tal vez dentro de unos meses.
Lo que más nos impresionó es que, hasta entonces, no se nos había presentado nada para ser investigado tan inquietante y tan impenetrable.
Luc Seabright, el impetuoso Seabright, un muchachote de veintiocho años, de piel rosada y cabellos color de fuego, hizo la misma pregunta que yo había hecho al profesor minutos antes:
—¿Qué hacemos? ¿Advertimos a las autoridades?
El «jefe» quedó un momento en suspenso. Era evidente que esta pregunta le preocupaba.
—Creo que lo mejor —dijo—, sería no hacer nada oficialmente. Pero, con carácter privado, advertiré a algunas personas colocadas en altos puestos y con las que mantengo relaciones de amistad. Ignoro como van a reaccionar. Por otra parte no se me ocurre lo que podrían hacer contra un peligro así difuso, y tan indeterminado… Pero sigamos manteniéndonos en estado de receptividad… Puede que los días que van a seguir nos aporten nuevas luces… En este caso podremos dar a las autoridades noticias más concretas.
Sin duda alguna ésta era la única actitud aconsejable y todos aprobamos la de nuestro maestro. Y, después, nos separamos.
Ni este día, ni durante las semanas que siguieron, ninguno de nosotros, ni tan siquiera el profesor Hersan, llegó a sospechar el papel importantísimo que estaba llamado a representar el Instituto en el desarrollo de los acontecimientos futuros.
Estábamos simplemente inquietos porque nosotros sabíamos algo que los demás habitantes del Globo ignoraban.