Perdidos en Venus

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 Cuando Carson Napier salió de mi oficina para tomar un avión que lo llevase a la isla de Guadalupe, y luego partir con destino a Marte en la gigantesca nave espacial que había construido con tal objeto, yo estaba seguro de que nunca más lo volvería a ver. No dudaba de que sus grandemente desarrolladas facultades mentales, medio por el cual confiaba ponerse en contacto conmigo, me permitirían recibir una representación mental de su imagen y comunicarme con el; pero yo no esperaba recibir ningún mensaje después de que él hubiese hecho el primer disparo para poner en movimiento el cohete. Yo suponía que Carson Napier moriría pocos segundos después del comienzo de su insensato plan.

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Pero lo que yo temía no llegó a realizarse. Durante todo el mes que duró su temerario viaje por el espacio estuve en comunicación con él; temblé cuando la atracción de la Luna desvió de su curso al gran cohete y lo envió en dirección al Sol; contuve el aliento cuando fue atrapado por la fuerza de gravedad de Venus, y me emocioné con sus primeras aventuras en ese misterioso planeta rodeado de nubes al que los seres humanos que lo habitan le han dado el nombre de Amtor.


Me tuvo en suspenso su irrealizable amor por Duare, la hija de un rey, la captura de la pareja realizada por los crueles thorianos y el abnegado rescate que Napier llevó a cabo para salvar a la joven.


Vi que en el preciso momento en que Carson Napier era atacado y hecho prisionero por una numerosa banda de thorianos, la extraña y aterradora ave-hombre volase llevando a Duare hasta el barco que la conduciría de regreso a su patria.
Vi que…, pero ahora será mejor que deje que Carson Napier les cuente sus aventuras con sus propias palabras mientras yo vuelvo a adoptar el papel impersonal de escribiente.
 
 
I
LAS SIETE PUERTAS
A la cabeza del grupo de hombres que me había apresado se encontraban el ongyan Moosko y Vilor, el espía thoriano, quienes habían planeado y llevado a cabo el rapto de Duare a bordo del Sofal.


Los angan, esos extraños seres alados de Venus, los habían llevado a la costa. (Para hacer más comprensible el relato dejaré de usar "kl" y "kloo", los prefijos amtorianos, y, a la manera acostumbrada en la Tierra, le agregaré unas "s" a los nombres para formar su plural.) La pareja había abandonado a Duare a su suerte cuando el grupo fue atacado por los salvajes, de quienes afortunadamente logré salvarla con la ayuda del angan que tan heroicamente la había defendido.


Pero a pesar de que Moosko y Vilor habían abandonado a la joven a sufrir una muerte casi segura, se encontraban furiosos contra mí por haber hecho que el último de los angans la llevase nuevamente a bordo del Sofal. Y al tenerme en su poder, después de que alguien me había desarmado, se envalentonaron y me atacaron con violencia.
Creo que me hubiesen matado en el acto de no haber sido porque a otro integrante del grupo que me había capturado se le ocurrió una idea mejor.


Vilor, que había permanecido sin ninguna arma en la mano, le arrebató su espada a uno de sus compañeros y se plantó ante mí con la evidente intención de hacerme pedazos, pero en ese momento intervino el thorano.
—¡Espera! —le gritó—. ¿Qué es lo que ha hecho este hombre para que se le mate rápidamente y sin que sufra?


—¿Qué quieres decir?—le preguntó Vilor, bajando su espada.
La región en que nos encontrábamos era casi tan desconocida para Vilor como lo era para mí, pues Vilor había vivido en la distante Thora mientras que los hombres que lo habían ayudado a capturarnos eran nativos de aquellas tierras de Noobol. Los seguidores de Thor los habían convencido para que se unieran a ellos en su vano intento de fomentar la discordia y derrocar a los gobiernos establecidos para reemplazarlos por representantes de su oligarquía. Vilor titubeó durante un momento, pero el hombre le explicó:

 

—Las maneras en que acabamos con los enemigos en Kapdor son mucho más interesantes que clavándoles una espada.
—Explícate—le ordenó el ongyan Moosko—. Para este hombre sería piadoso que muriera instantáneamente. Era un prisionero a bordo del Sofal junto con otros vepajanos, y encabezó un motín en el que fueron asesinados todos los oficiales del barco; luego capturó al Sovong, liberó a los prisioneros que llevaba esa nave, la saqueó, arrojó al mar sus grandes cañones y partió en el Sofal para realizar actos de piratería. Atacó al Yan, un barco mercante en el que viajaba yo, un ongyan, como pasajero. Sin importarle mi autoridad abrieron fuego contra el Yan y lo abordaron. Me trató con la mayor insolencia, me amenazó de muerte y me hizo prisionero. Por todo eso merece la muerte, y si ustedes tienen una manera de ejecutarlo adecuada a sus crímenes, los gobernantes de Thora les recompensarán dadivosamente.


—Lo llevaremos a Kapdor —dijo el hombre—. Allí tenemos un cuarto de siete puertas, y te aseguro que si es un individuo inteligente su agonía será mucho mayor encerrado en esa cámara circular que la que pudiera sufrir por el filo de una espada.
—¡Bien! —exclamó Vilor devolviéndole el arma a su dueño. Este hombre merece lo peor.
Me condujeron por la playa, en dirección al punto en que habían aparecido, y, durante la marcha, debido a la conversación, me enteré del desafortunado incidente al cual podía atribuirle la desdichada coincidencia de que me hubiesen atacado en el preciso momento en que era posible que Duare y yo pudiéramos regresar fácilmente al Vepaja y reunirnos con nuestros amigos.


Aquella partida de hombres de Kapdor estaba buscando a un prisionero que se había escapado cuando les llamó atención la pelea sostenida por los salvajes y los a que defendían a Duare, de la misma manera en que había sido atraido hacia aquel lugar cuando buscaba a la bella hija de Mintep, el jong de Vepaja.


Al acercarse a investigar se encontraron con Mintep y con Vilor, que huian del campo de batalla, y entre éstos se unieron a ellos y emprendieron el regreso al lugar del combate en el momento en que Duare, el angan que había sobrevivido, y yo habíamos divisado frente a la Sofal y planeábamos enviarle señales a la nave.


Como el hombre ave sólo podía transportar a uno nosotros en cada vuelo, yo le había ordenado, aun en contra de su voluntad, que llevase a Duare al barco. Ella se negaba dejarme, y el angan temía regresar al Sofal donde había prestado ayuda para que se realizase el rapto de la princesa, pero yo, al fin, en el preciso momento en que la partida de enemigos estaba a punto de atacarnos, logré que se sujetase a Duare y volase con ella.


Soplaba una fuerte tormenta, y yo temía que no pudiese llegar hasta el Sofal volando contra el viento, pero sabía que para Duare seria menos espantoso perecer ahogada en aquellas embravecidas aguas que caer en manos de los partidarios de Thor, y especialmente en mar Moosko.


Mis apresadores, durante unos breves minutos, permanecieron mirando que el hombre ave se alejase con su carga desafiando la tormenta. Luego, cuando emprendieron la marcha hacia Kapdor, Moosko les había indicado que era dudoso que Kamlot, quien se encontraba al mando del Sofal, enviase a tierra a una partida de hombres después de que Duare le hubiese informado de mi captura. Y así, al avanzar y quedar tras de nosotros los rocosos montículos de la costa, Duare y el angan se perdieron de vista, y yo
sentí que estaba condenado a vivir las breves horas de vida que me quedaban sin llegar a saber la suerte que había corrido la maravillosa joven venusina que el destino había deparado que fuese mi primer amor.


El haberme enamorado de esa joven en la tierra de Vepaja, donde había tantas mujeres hermosas, resultaba una tragedia. Ella era la hija de un jong, o rey, y se le consideraba sagrada.


Durante los dieciocho años que tenia de vida sólo se le había permitido ver y hablar con los hombres que eran miembros de la familia real o con unos cuantos servidores de confianza, hasta que entré a su jardín y le dediqué mis atenciones, que fueron muy mal recibidas. Y luego, poco después, le había ocurrido algo terrible. La había raptado un grupo de thoranos, miembros del mismo partido que me habían capturado junto con Kamlot.


Duare se había sorprendido y aterrorizado cuando le declaré mi amor, pero no me había denunciado. Hasta el último momento, cuando nos encontrábamos en lo alto de los rocosos peñascos que se elevaban a orillas del mar de Venus, parecía despreciarme. Yo le ordené al angan que la llevase a bordo del Sofal, y entonces fue cuando ella extendió las manos implorante, y me gritó:
—¡No me alejes de ti, Carson! ¡No me alejes! ¡Te amo ! ¡Te amo!
Aquellas palabras, aquellas increíbles palabras todavía sonaban en mis oídos y me llenaban de gozo aun ante la inminencia de la muerte desconocida que me esperaba en la cámara de las siete puertas.
Los hombres de Kapdor que me escoltaban se hallaban muy intrigados por mis rubios cabellos y mis ojos azules, pues todos los venusinos desconocían esas características raciales. Le preguntaron a Vilor respecto a mi procedencia, pero éste insistió en que yo era vepajano, y como los vepajanos son enemigos mortales de los thoranos, su afirmación me condenaba con toda seguridad a la muerte aun cuando no hubiese sido culpable de las ofensas de las que me acusaba Moosko.
—Dice que llegó de otro mundo que se halla muy distante de Amtor; pero lo capturaron en Vepaja junto con otros vepajanos, y Duare, la hija de Mintep, el jong de Vepaja, lo conocía.
—¿Qué otro mundo puede haber aparte de Amtor?—rezongó uno de los soldados.
—Ninguno. ¡Claro!—aseguro otro soldado—. Más allá de Amtor sólo hay rocas ardientes y fuego.
La teoría cósmica de los amtorianos es tan nebulosa como su mundo rodeado por dos grandes nubes. La lava que brota de sus volcanes les ha sugerido la existencia de un mar de rocas derretidas sobre el cual flota Amtor como si fuera un gran disco. Y cuando ocasionalmente se rasgan las nubes y pueden ver el brillante sol y sentir su fuerte calor, eso les hace pensar que en las alturas sólo hay fuego; y cuando las nubes se rasgan por las noches los amtorianos creen que las miríadas de estrellas que ven son chispas del eterno y ardiente horno que funde el mar de metales que se encuentra debajo de su mundo.
Yo me hallaba exhausto debido a todo lo que me había acontecido desde la noche anterior en que se desencadenó el huracán y el fuerte bamboleo del barco me despertó. Al caer al mar arrastrado por una enorme ola tuve que luchar denodadamente contra la furia de las aguas, lucha que hubiese agotado a cualquier otro hombre que no tuviera tanta fuerza como yo; y luego, después de llegar a la playa, tuve que caminar mucho en busca de Duare y de sus raptores, y después hacerle frente a los salvajes nobargans, los hombres bestias que habían atacado a los secuestradores de Duare.
Ya me encontraba a punto de caer rendido cuando, al llegar a lo alto de una loma, apareció ante nuestros ojos una ciudad amurallada que se extendía cerca del mar y a la entrada de un pequeño valle. Supuse que se trataba de la ciudad de Kapdor, y, aunque sabia que allí me esperaba la muerte, no pude menos que alegrarme al verla, pues me imaginé que tras aquellas murallas habría algo de comer y beber.
Las rejas de la entrada de la ciudad estaban muy bien vigiladas, lo que hacia suponer que Kapdor tenia muchos enemigos. Todos los ciudadanos estaban armados con espadas, dagas o pistolas, estas últimas eran muy parecidas a las que yo había conocido en casa de Duran, el padre de Eamlot, en la ciudad arbórea de Koad, que es la capital de Vepaja, el reino de Mintep, que comprende toda una isla.
Estas armas despiden rayos letales R, que destruyen los tejidos de hombres y animales, y son mucho más mortales que las 45 automáticas conocidas en la Tierra, pues despiden una descarga continua de rayos destructivos mientras no se deje de oprimir con el dedo el mecanismo que genera los rayos.
Había mucha gente en las calles de Kapdor, pero todos tenían un aspecto tan torpe y cansado que ni siquiera ante la magnifica presencia de un prisionero de blondos cabellos y ojos azules mostraban el menor interés. Toda aquella gente me pareció como si fueran bestias de carga que realizaban sus tareas sin el menor estimulo proporcionado por la imaginación o la esperanza. Esos eran los que estaban armados con dagas, y había otra clase que supuse que era la casta militar, cuyos representantes portaban espadas y pistolas. Éstos me dieron la impresión de estar más alerta y animosos, pues evidentemente eran mas favorecidos por el régimen social existente, pero no parecía que fuesen más inteligentes que los demás.
Los edificios, en su mayoría, eran humildes cabañas o cobertizos de un solo piso, pero había otros de mayores pretensiones que contaban con dos y hasta tres pisos. Una gran parte de aquellas construcciones era de madera, pues las selvas abundan en aquella región de Amtor, aunque no vi ningún árbol tan grande como los que crecen en la isla de Vepaja y que conocí a mi llegada a Venus.
A lo largo de las calles por las que me llevaban había cierto número de edificios de piedra, pero todos eran cuadrados, sin ningún atractivo en su estructura y sin el menor rastro artístico o de genio imaginativo.
Mis apresadores me condujeron hasta una plaza que se hallaba rodeada de edificios mayores que los que hasta entonces había yo visto. Pero también en aquel lugar era evidente la suciedad y eran manifiestas las pruebas de ineficacia e incompetencia.
Entramos a un edificio cuya entrada se hallaba guardada por soldados. Viior, Moosko y el jefe de la partida de hombres que me capturaron me condujeron hasta un cuarto en donde, en una silla, un hombre gordo dormía con los pies sobre una mesa que, sin lugar a dudas, le servía tanto como escritorio como para mesa de comer, pues sobre ella había papeles en desorden y restos de una comida.
El hombre despertó cuando entramos, abrió los ojos y nos miró parpadeando repetidas veces.
—¡Salud, amigo Sov!—exclamó el oficial que me acompañaba.
—¡Ah! ¿Eres tú, amigo Hokal?—masculló Sov, soñoliento—. ¿Quiénes son esos hombres?
—El ongyan Moosko, de Thora; Vilor, otro amigo, y un prisionero vepajano que capturé.
Sov se puso en pie al oír que el oficial mencionase el título de Moosko, pues un ongyan es un personaje de la oligarquía y un gran hombre.
—¡Salud, ongyan Moosko! —exclamó con voz estentórea—. ¡Conque nos trae a un vepajano! Por casualidad, ¿no es médico?
—Ni lo sé ni me importa—le respondió ásperamente Moosko—. Es un asesino y un canalla, y sea médico o no, tiene que morir.
—Pero necesitamos médicos—insistió Sov—, estamos muriendo debido a las enfermedades que nos aquejan y a la vejez. Moriremos todos si no nos atiende pronto un médico.
—Ya oíste lo que te dije, ¿no, amigo Sov?—le respondió Moosko.
—Si, ongyan—replicó medrosamente el oficial—; morirá. ¿Quiere que acabemos con él inmediatamente?
—El amigo Hokal me dijo que ustedes dan muerte a sus enemigos de manera lenta y mucho mas placentera que atravesándolos con la hoja de una espada. Cuéntame cómo es eso.
—Me refería a la cámara de las siete puertas—explicó Hokal—. Los delitos de este hombre son graves: apreso al ongyan y lo amenazó con quitarle la vida.
—No tenemos una muerte adecuada a semejante crimen —gritó horrorizado Sov—, pero la cámara de las siete puertas, que es lo mejor que tenemos para ofrecerle, estará lista dentro de unos momentos.
—¡Descríbemela! ¡Descríbemela!—le urgió Moosko—. ¿Cómo es? ¿Qué le pasará a este canalla? ¿Cómo morirá?
—No podemos explicarle eso en presencia del prisionero —le respondió Hokal—, si es que quiere gozar plenamente de la tortura que el sentenciado sufrirá en la cámara de las siete puertas.
—Bien, entonces que lo encierren. ¡Que lo encierren! —ordenó Moosko—. ¡Que lo lleven a una celda!
Sov llamó a dos soldados y éstos me condujeron a un cuarto posterior en el que me empujaron en un sótano obscuro y sin ventanas. Cerraron con violencia la trampa y me dejaron solo con mis sombríos pensamientos.
 
La cámara de las siete puertas. El nombre me fascinaba. Me preguntaba que seria lo que me esperaba allí y cuál seria la entraña manera en que recibiría una horrible muerte. Tal vez no fuese tan terrible, después de todo; tal vez sólo trataban de sugestionarme para hacer más terrible mi fin.
¡Así que aquel iba a ser el término de mi loco intento de llegar a Marte! Iba a morir solo en aquella distante avanzada de los thoranos, en la tierra de Noobol, la que sólo significaba un nombre para mi. Y había tanto que ver en Venus, y había yo visto tan poco.
Recordé todo lo que Danus me había dicho, todo lo referente a Venus y que había estimulado tanto mi imaginación. Sus relatos acerca de Rarbol, la región de los hielos, en la que vivían entrañas bestias salvajes y hombres todavía más extraños y salvajes; y Trabol, la región tórrida, en la que se hallaba la isla de Vepaja, hacia la que la suerte había guiado el cohete en que yo viajaba con destino a Marte. La zona que más me interesaba era la de Strabol, la región caliente, pues estaba seguro de que aquella zona correspondía a las zonas ecuatoriales del planeta y que más allá de ella se extendia una vasta región inexplorada de la que los habitantes del hemisferio meridional, la región templada, ni siquiera suponian su existencia.
Una de mis esperanzas cuando me apoderé del Sofal y me convertí en capitán pirata, era la de encontrar un paso por el mar al norte de esta terra incognita. ¡Qué extrañas razas y qué nuevas civilizaciones podría encontrar allí! Pero ahora había llegado al final, no sólo de mis esperanzas, sino también de mi vida.
Decidí dejar de pensar en todo aquello. No seria difícil que yo comenzara a compadecerme si continuaba con semejantes pensamientos. y eso no tenia ningún objeto práctico. Sólo conseguiría desalentarme.
Guardaba bastantes recuerdos agradables y traté de rememorarlos para ayudarme. Los días felices que había pasado en la India antes de que mi padre muriese eran gratos de recordar. Pensé en el viejo Chand Kabi, mi tutor. y en todo lo que me había enseñado y que no se hallaba en los libros de la escuela, en su satisfactoria filosofía que seria conveniente llamar en mi ayuda en aquellos momentos finales de mi vida. Chand Kabi me enseñó a usar la mente en toda su capacidad y a proyectarla a través del espacio ilimitado hasta alcanzar otra mente entonada para recibir su mensaje, poder sin el cual los frutos de mi extraña aventura perecerían conmigo en la cámara de las siete puertas.
También tenia otros recuerdos agradables para alejar la niebla de tristeza que envolvia mi futuro inmediato; eran recuerdos de los buenos y leales amigos que yo había tenido durante mi breve estancia en aquel distante planeta: Kamlot, mi mejor amigo en Venus, y aquellos "tres mosqueteros" del Sofal: Gamfor, el granjero; Kiron, el soldado, y Zog, el esclavo. ¡No cabía duda de que habían sido buenos amigos!
Y luego, el recuerdo de Duare, el más grato de todos. Me parecía que valía la pena haber corrido todos aquellos riesgos y peligros por ella. Sus últimas palabras me compensaban hasta por la muerte. Me había dicho que me amaba, ella, la incomparable, la inalcanzable, ella, la esperanza de un mundo, la hija de un rey. Casi no podía creer lo que había oído, pues con anterioridad, siempre me había rechazado y había tratado de demostrarme que no sólo no compartía mis sentimientos sino que me aborrecía. Las mujeres son extrañas.
No sé cuánto tiempo permanecí en aquel sótano obscuro. Tal vez pasaron varias horas antes de que yo oyera pasos en el piso del cuarto de arriba y de que la trampa se abriera y me ordenasen salir.
Varios soldados me escoltaron hasta la inmunda oficina de Sov, en la que éste se hallaba en gran conversación con Moosko, Vilor y Hokal. Un jarro y vasos que despedían un fuerte olor a licor, eran prueba de la forma en que habían animado su reunión.
—Llévenlo a la cámara de las siete puertas—ordenó Sov a los soldados que me custodiaban.
Salimos del edificio y, escoltado, avancé por la plaza seguido por los cuatro hombres que me habían condenado a muerte. A corta distancia de la oficina de Sov los soldados dieron vuelta y continuamos por un estrecho y sinuoso callejón; poco después llegamos hasta un gran espacio abierto en cuyo centro se elevaban varios edificios, uno de los cuales, una torre circular rodeada por una alta muralla de piedra, sobresalía de entre los demás.
Pasamos por una pequeña reja y entramos a un pasaje cerrado, un sombrío túnel en cuyo final había una fuerte puerta que abrió uno de los soldados con una gran llave que Hokal le entregó. Los soldados se apartaron y yo entré en el cuarto seguido por Sov, Moosko, Vilor y Hokal.
Me encontré en una cámara circular en cuyas paredes había siete puertas idénticas distribuidas a intervalos regulares alrededor de la circunferencia, en tal forma que no había manera de diferenciar una puerta de otra.
En el centro de la cámara se hallaba una mesa circular en la que había siete vasijas que contenían siete variedades diversas de comida, y siete copas que contenían distintos líquidos. Colgando a cierta distancia del centro de la mesa había una soga con un nudo en el extremo inferior. El extremo superior de la soga se perdía entre las sombras del alto techo, pues la cámara estaba alumbrada muy débilmente.
Como yo me encontraba sediento y medio muerto de hambre, al ver aquella mesa servida se me hizo agua la boca y comprendí que si bien estaba próximo a morir, a pesar de todo, no moriría hambriento. Los thoranos podían ser crueles y desalmados en cierta forma, pero no había duda de que aún conservaban cierta benevolencia, pues, de no ser así, no le hubiesen preparado una comida tan abundante a un condenado a muerte.
—¡Escucha!—gritó Sov dirigiéndose a mi—. Oye bien lo que te voy a decir.
Moosko se hallaba inspeccionando la cámara y una sonrisa malévola se dibujaba en sus labios.
—Ahora te dejaremos solo aquí—continuó Sov—, si puedes escapar de este edificio te perdonaremos la vida. Como puedes ver, hay siete puertas para salir de esta cámara y ninguna tiene cerrojos. Cada una de ellas da acceso a un corredor idéntico al que nos permitió llegar hasta aquí. Quedas en libertad de abrir cualquiera de esas puertas y entrar a los corredores. Después de que pases por la puerta que escojas ésta se cerrará, movida por un resorte, y no podrás abrirla por el lado opuesto, pues fueron construidas de tal modo que no hay manera de abrirlas desde el exterior, con excepción de la puerta por la que entramos, que fue abierta por el mecanismo secreto que la mueve. Sólo esa puerta conduce a la vida; todas las demás, a la muerte. En el corredor a que da acceso la puerta siguiente hay un resorte en el suelo que, al pisarlo, hará que salten sobre ti enormes púas que te matarán. En el tercer corredor un resorte similar al anterior dejará en libertad un gas que te hará prender fuego y te consumirá. En el que le sigue, los rayos R acabarán contigo instantáneamente. En el quinto se abrirá otra puerta en el extremo del corredor y saldrá un tarbán.
—¿Qué es un tarbán?—le pregunté.
Sov me miró asombrado, y rezongó:
—Tú lo sabes tan bien como yo.
—Ya te dije que soy de otro mundo —le respondí—. No sé qué quiere decir esa palabra.
—Se lo podemos decir—indicó Vilor—, pues si por casualidad no lo sabe. se perdería parte del horror de la cámara de las siete puertas.
—Si, estoy de acuerdo con eso—intervino Moosko—. Explícale lo que es un tarbán, amigo Sov.
—Es una bestia terrible—me explicó Sov—, una bestia enorme y terrible. Su cuerpo es de color rojizo con rayas blancas a lo largo y está cubierto de gruesos pelos que parecen púas, y el color de su vientre es azulado. Posee grandes mandíbulas y tremendas garras, y sólo se alimenta de carne humana.
En ese momento se oyó un rugido espantoso que hizo retemblar el edificio.
—Ese es el tarbán —me dijo Hokal sonriendo cruelmente—. No ha comido hace tres días, y no sólo está hambriento sino que está furioso.
—¿Y qué hay detrás de la sexta puerta?—le pregunté.
—En el corredor que hay tras ella te bañará un ácido corrosivo que te quemará los ojos y que consumirá tu carne lentamente; pero no morirás en seguida. Tendrás tiempo suficiente para arrepentirte de los delitos por los que te encuentras en esta cámara de las siete puertas. Yo creo que la sexta puerta es la más terrible de todas.
—Para mi la séptima es peor—intervino Hokal.
—Tal vez —admitió Sov—. En la séptima puerta la muerte tarda más en llegar y la agonía es más prolongada. Cuando se pisa el resorte que se halla oculto en el suelo del corredor que se halla tras la séptima puerta, las paredes comienzan a moverse avanzando lentamente hacia la víctima. Su movimiento es tan lento que casi es imperceptible, pero llega el momento en que llegan hasta ella y la trituran.
—¿Y para qué sirve el lazo que cuelga sobre la mesa? —le pregunté.
—Durante la agonía producida por la indecisión de no saber qué puerta abrir —me explicó Sov— te sentirás tentado a destruirte y…, para eso está allí el lazo. Pero expresamente cuelga a tal distancia de la mesa que no lo podrás utilizar para quebrarte el cuello y morir rápidamente; lo único que puedes hacer es estrangularte con él.
—Creo que se han tomado demasiadas molestias para acabar con sus enemigos—les indiqué.
—En un principio la cámara de las siete puertas no servia para matar a nadie—me explicó Sov—; se usaba para hacer que nuestros enemigos cambiasen de ideas y se aliasen a nosotros, y resultó muy eficaz.
—Ya me lo imagino—le repliqué—. Y ahora que ya me han explicado todo, ¿me permitirían que antes de morir satisfaga el hambre que tengo?
—Todo lo que está en esta cámara es tuyo y puedes hacer con ello lo que quieras. Pero antes de que comas te haré saber que sólo una de esas siete variedades de comida que están sobre la mesa no está envenenada. Y antes de que satisfagas tu sed, creo que te interesará saber que sólo una de esas siete deliciosas bebidas que se hallan en esas vasijas no está envenenada. Ahora, asesino, te abandonaremos. Mira bien a seres humanos por última vez en tu vida.
—Si la vida me deparara solamente la oportunidad de verlos a ustedes, entonces moriría con gusto.
Uno a uno salieron de la cámara por la puerta que conducía a la vida. Me quedé mirando atentamente la puerta para no desconocerla después, y luego, las tenues luces se apagaron.
Crucé la cámara rápidamente en dirección al lugar exacto hacia donde sabia que debía estar la puerta, pues me había quedado mirándola de frente. Sonreí al pensar que se imaginaron que me desorientaría inmediatamente tan sólo con que se apagase la luz. Si no habían mentido saldría de aquella cámara casi tan pronto como ellos, para reclamar la libertad que me habían prometido.
Me aproximé a la puerta con las manos extendidas. Me sentía sumamente mareado. Me resultaba difícil mantener el equilibrio. Mis dedos se pusieron en contacto con una superficie lisa que se movía; era la pared que giraba hacia la izquierda. El tacto me hizo sentir que una puerta pasaba, y luego otra, y otra. Entonces comprendí la verdad: el piso sobre el que me hallaba parado era el que giraba. Ya no sabia cuál era la puerta que me conduciría a la vida
 
 
 
 
II
EL PELIGRO INESPERADO
Mientras me hallaba de pie, abrumado por el desaliento, las luces volvieron a encenderse y vi que la pared y las puertas pasaban lentamente ante mi. ¿Cuál era la puerta que me permitiría vivir? ¿Qué puerta debía escoger?
Me sentí muy cansado y casi perdido. La tortura del hambre y de la sed me acosaba. Avancé hacia la mesa que se hallaba en el centro de la cámara. El vino y la leche que contenían las siete copas se burlaban de mi. Una de aquellas siete bebidas no era mortal y podía dejar satisfecha mi sed inmediatamente. Examiné el contenido de cada uno de los recipientes, olfateándolos. Había dos copas de agua. El agua de una de ellas no era muy clara. Yo estaba seguro de que la otra copa tenia el liquido que no estaba envenenado.
La tomé en mis manos. Sentía reseca la garganta y ansiaba tomar un pequeño sorbo de agua. Levanté la copa hasta mis labios y entonces las dudas me asaltaron. Mientras hubiese una remota oportunidad de vivir no debía arriesgarme a perder la vida. Decidido, dejé la copa sobre la mesa.
Miré alrededor de la cámara y vi una silla y un diván entre las sombras que obscurecían la pared que se hallaba más allá de la mesa; al menos, si es que no podía comer ni beber, podría descansar y, tal vez, dormir. Privaría a mis apresadores, tanto tiempo como fuera posible, del placer de que se realizasen sus propósitos. Y con esa idea me aproximé al diván.
Había poca luz en la cámara, pero la suficiente para que, en el momento en que iba a tenderme sobre el diván, me permitiese ver que estaba erizado de agudas púas de metal, y mi esperanza de descansar se desvaneció. Luego examiné la silla y vi que también estaba provista de grandes púas.
¡Qué ingeniosa perversidad habían desplegado los thoranos para concebir aquella cámara y todas las cosas que allí se hallaban! No había nada que yo pudiese usar que no fuera terrible, con excepción del suelo. Y me encontraba tan cansado que, al tenderme sobre él, me pareció un cómodo diván. Claro que su dureza, poco a poco, se volvió más apreciable; pero me hallaba tan extenuado que comencé a sentirme soñoliento, y cuando estaba a punto de dormirme, sentí que algo me tocaba la espalda desnuda, algo frío y viscoso.
En seguida, recelando alguna nueva tortura infernal, di un salto y me puse en pie. Sobre el suelo se retorcían arrastrándose hacia mí serpientes de todas clases y tamaños. Muchas de ellas eran espantosos reptiles de apariencia horrible: serpientes con colmillos como sables, serpientes con cuernos, serpientes con orejas, serpientes azules, rojas, verdes, blancas, moradas. Salían de agujeros de las paredes y se esparcían por el suelo como si estuvieran buscando algo para devorar, buscándome a mi.
El suelo, que hasta entonces lo había considerado como mi único refugio, me era negado. Salté a lo alto de la mesa, entre las comidas y las bebidas envenenadas, y allí me agazapé y me quedé mirando a los horribles reptiles que avanzaban por la cámara, retorciéndose.
De pronto la comida comenzó a tentarme, pero no era el hambre lo que motivaba la tentación. Aquel lazo podía ser lo que me permitiera escapar de mi desesperante y angustiosa situación. ¿Qué probabilidades tenia yo de vivir? Mis apresadores, desde que me dejaron en aquella cámara, sabían que nunca podría salir con vida. ¡Qué insensatez resultaba guardar esperanzas en tales circunstancias !
Pensé en Duare, y comprendí que aunque, por algún milagro, lograse escapar, no había la menor probabilidad de que la volviera a ver. Yo, ese hombre que ni siquiera imaginaba en qué dirección quedaba Vepaja, la nación de su pueblo, la tierra a la que seguramente la estaba llevando Eiamlot.
Después de mi captura había yo guardado la esperanza de que Eiamlot desembarcase con la tripulación del Sofal para rescatarme; pero no tardé en desechar esa idea, pues yo sabia que la seguridad de Duare estaba por sobre todas las cosas, y que ninguna consideración haría que retrasase el viaje de regreso a Vepaja.
Mientras pensaba y miraba a las serpientes llegó a mis oídos el grito de una mujer, y me pregunté con indiferencia qué nuevo horror estaría ocurriendo en aquella odiosa ciudad. Fuera lo que fuese, yo no podía saberlo ni evitarlo, y, por lo tanto, no me impresionó demasiado y concentré mi atención nuevamente en las serpientes.
Una de las mayores, una enorme y horripilante serpiente de veinte pies de largo, había levantado la cabeza hasta el nivel superior de la mesa y estaba mirándome fijamente con sus ojos sin párpados. Me pareció que casi podía adivinar cómo reaccionaba el cerebro de aquel reptil ante la presencia de alimento.
Asentó la cabeza sobre la mesa y haciendo ondular su cuerpo lentamente comenzó a avanzar hacia mi. Sin perder el tiempo miré alrededor de la cámara buscando inútilmente alguna vía de escape. Las siete puertas, situadas entre si a distancias iguales, se hallaban inmóviles, pues el suelo había dejado de girar poco después de que se encendieran las luces. Detrás de una de esas puertas idénticas estaba la salvación; detrás de las otras seis, la muerte. En el suelo, entre las puertas y yo, se arrastraban las serpientes. No estaban distribuidas de manera pareja sobre todo el espacio que cubrían las baldosas. Había partes por las que uno hubiera podido correr rápidamente sin encontrar más que, casualmente, un reptil; sin embargo, uno solo, si es que era venenoso, resultaría tan fatal como una docena de ellos. Y yo desconocía totalmente todas las especies de serpientes que se hallaban en la cámara.
La espantosa serpiente que había asentado la cabeza sobre la mesa estaba acercándose lentamente hacia mi. La mayor parte de su largo cuerpo se hallaba extendido por el suelo, retorciéndose. Sin embargo, la serpiente todavía no había dado señales de la manera en que efectuaría su ataque. Yo no sabia si debía esperar que me agrediese con sus colmillos envenenados, o que me triturase enroscándose en mi cuerpo, o si solamente me tragaría como, durante mi niñez, había yo visto que otras serpientes hiciesen con sapos y pájaros. De cualquier modo ninguna de aquellas eventualidades era agradable.
Miré rápidamente hacia la puerta. ¿Debería yo apostar todo a favor de la suerte en una sola tirada de dados? La repulsiva cabeza se acercaba cada vez más hacia mi, y yo me alejé de ella dispuesto a correr hacia la puerta por la parte del suelo en que había menos serpientes. Al mirar alrededor de la cámara vi que había un camino casi libre de peligro hacia la puerta que se hallaba tras el diván y la silla.
Cualquier puerta era buena. Sólo una de aquellas puertas daba acceso a la salvación y no había manera de diferenciar ninguna de las siete. La vida podía aguardarme detrás de esa puerta, o quizá la muerte. Tenia que arriesgarme. Quedarme donde estaba para ser víctima de aquel reptil no ofrecía esperanza alguna de salvación.
Siempre me he vanagloriado de la buena suerte que me ha favorecido en la vida, y algo parecía decirme que esa suerte me impulsaba a dirigirme hacia la puerta que me daría la vida y la libertad. Así que fue el optimismo que produce toda empresa cuyo éxito se considera seguro por anticipado lo que me hizo saltar de la mesa para alejarme de las terribles fauces de la gran serpiente y correr hacia la puerta destinada.
Sabía que las puertas se abrían hacia el exterior de la cámara circular, y que toda vez que yo hubiese traspuesto el umbral de una de ellas y la puerta se hubiese cerrado detrás de mí, ya no habría manera de regresar a la cámara. Pero, ¿cómo podría yo evitar eso?
Todo esto que tardo tanto en relatar se realizó solamente en unos cuantos segundos. Corrí rápidamente a través de la cámara evadiendo el encuentro de una o dos serpientes que se hallaban a mi paso, pero no pude dejar de oír los chillidos y silbidos que se produjeron a mi alrededor ni dejar de ver a las serpientes que se retorcían por el suelo y avanzaban para perseguirme o tratar de interceptar mi camino.
No sé qué fue lo que me impulsó a tomar la silla con púas cuando pasé junto a ella la idea me pareció una inspiración Tal vez, subconscientemente, tuve la esperanza de poderla usar como arma. Pero no era para eso para lo que me iba a servir.
Llegué a la puerta cuando las serpientes ya estaban casi junto de mi. No había tiempo para titubeos. ¡Abrí la puerta y entré en el obscuro corredor! Era exactamente igual al corredor por el cual me habían llevado hasta la cámara de las siete puertas. La esperanza me llenó de ánimo, pero impedí que la puerta se cerrara de nuevo valiéndome de la silla.
Había dado solamente unos pasos más allá de la puerta cuando se me heló la sangre en las venas al oír el rugido mas aterrorizador que jamás haya escuchado, y vi dos círculos brillantes que resaltaban entre las sombras del corredor. ¡Yo había abierto la quinta puerta, la que daba acceso a la cueva del tarbán!
No titubeé ni un solo instante. Sabía que la muerte me aguardaba en aquella cueva sombría. No, la muerte no me aguardaba sino que se dirigía, amenazante, hacia mi.
Di media vuelta y corrí en busca de la seguridad momentánea que podía ofrecerme ]a luz y el tamaño de la cámara circular, y, al trasponer nuevamente el umbral de la entrada traté de destrabar la silla para que se cerrara la puerta y no pudiera salir la terrible bestia que me perseguía. Pero algo falló. La puerta, impulsada por un resorte poderoso, se cerró demasiado rápidamente y no pude quitar la silla, la que quedó apresada con fuerza dejando medio abierta la entrada.
Me he encontrado en lugares peligrosos en diversas ocasiones, pero ninguno había sido como este. Ante mi se hallaban las serpientes, entre las cuales la mayor era la que me había perseguido hasta la mesa, y a mis espaldas, estaba el tarbán. No me quedaba más medio para protegerme que volver a lo alto de la mesa de donde había huido tan sólo unos segundos antes.
A la derecha de la puerta había una pequeña parte del suelo en la que no se arrastraba ninguna serpiente. En el preciso momento en que el tarbán entró en la cámara, yo salté hacia aquel espacio libre de peligro, por sobre los reptiles que me amenazaban en el umbral de la puerta.
Por el momento sólo me interesaba llegar a lo alto de la mesa No me preocupé en considerar si aquella idea era tonta o inútil, me aferré a ella, y todos mis demás pensamientos desaparecieron. Tal vez por eso logré mi propósito, pero cuando me hallé de nuevo entre los manjares y las bebidas envenenadas y consideré mi suerte, me di cuenta de que había intervenido otro factor para salvarme por de pronto y permitirme alcanzar la dudosa seguridad de lo alto de la mesa.
El tarbán, un terrible monstruo que rugía y que luchaba furiosamente, estaba siendo atacado por las serpientes. Sus garras despedazaban a los reptiles, los partían por mitad. pero continuaban acercándose a él, silbando, chillando. atacando. Cuerpos partidos en dos y cabezas desprendidas seguían tratando de alcanzarlo. Por cada serpiente que el tarbán mataba salían diez más para reemplazada.
El enorme reptil que había tratado de devorarme, inmenso y amenazador, sobresalía por entre todas las demás serpientes. Y el tarbán parecía darse cuenta de que aquella criatura era un enemigo digno de su coraje, pues aunque con irritable desprecio atacaba a las serpientes menores siempre se enfrentó y dirigió sus más feroces acometidas contra la gran serpiente. ¡Pero todo era en vano! El escurridizo cuerpo del reptil eludía los golpes como si fuese un hábil boxeador y, a cada descuido del tarbán, devolvía el ataque con fuerza terrible y clavaba sus colmillos en la carne de su adversario.
Los rugidos y gritos del carnívoro se mezclaban con los silbidos de las serpientes y producían el más espantoso estrépito que cualquier hombre pudiera imaginarse, o, al menos, así me pareció al encontrarme acorralado en aquel terrible cuarto lleno de implacables máquinas mortales.
¿Quién seria el vencedor en aquella lucha de titanes? Pero, ¿qué importancia podía tener eso para mi, a no ser que quisiera saber en qué estómago terminaría mi existencia? Sin embargo, no pude evitar el interés que me despertaba aquel combate y tampoco mirarlo como cualquier espectador ecuánime contempla una prueba de fuerza y habilidad.
Era un encuentro sangriento, pero la sangre derramada era toda del tarbán y de las serpientes menores. La enorme criatura que por el momento me dejaba libre de peligro y la que después me devoraría, se hallaba ilesa. No comprendo cómo podía mover su cuerpo con tanta rapidez para evadir los salvajes golpes del tarbán, aunque quizá pueda explicarse eso debido a que siempre atacaba propinándole al monstruo un terrible golpe con la cabeza, que lo hacia retroceder medio atontado y con una nueva herida..
El tarbán dio término a su ofensiva y comenzó a retroceder. Vi cómo la ondulante cabeza de la gran serpiente seguía cada movimiento de su antagonista. Las serpientes menores comenzaron a subir por el cuerpo del tarbán, pero éste parecía no darse cuenta. Luego, de pronto, dio media vuelta y corrió hacia la entrada del corredor que conducía hasta su cueva.
Aquello era, evidentemente, lo que había estado esperando la serpiente. Permaneció en el lugar en que había estado luchando, con medio cuerpo enrollado, y luego, como si fuese un resorte gigantesco que se suelta de pronto, saltó por el aire, se enrolló alrededor del cuerpo del tarbán, acercó sus poderosas mandíbulas a la parte posterior del cuello de la bestia y la mordió
El tarbán dejó escapar un terrible grito cuando los anillos de la serpiente se cerraron alrededor de su cuerpo, y luego, el monstruo se desplomó por el suelo.
Suspiré aliviado al pensar en el tiempo que se tardaría en satisfacer su hambre aquella serpiente de veinte pies de largo mientras devorase el cuerpo del tarbán sin pensar en nuevos ataques para proveerse de alimento. Pero cuando pensaba en la satisfacción de aquella tregua, la poderosa serpiente vencedora se desenrolló del cuerpo de su víctima y volvió la cabeza lentamente hacia mi.
Durante un momento miré como hipnotizado aquellos ojos fríos y carentes de párpados, y luego me quedé horrorizado al ver que la criatura se arrastraba lentamente hacia la mesa. No me moví rápidamente como en los combates, sino con toda lentitud. Parecía que había algo predeterminado, inevitable, en aquella ondulante aproximación que era casi paralizante en su horror.
Vi que la serpiente levantara la cabeza hasta lo alto de la mesa, y vi que, por entre los platos, aquella cabeza avanzase hacia mi. Yo no podía soportar más. Di media vuelta para correr sin importarme hacia dónde. Hacia cualquier parte. Aunque fuera sólo para correr a lo largo de la cámara con tal de escapar por un momento del gélido brillo de aquellos ojos malignos.
 
 
 
III
EL LAZO
Al dar media vuelta ocurrieron más cosas: oí de nuevo los gritos apagados de una mujer, y mi rostro se golpeó con el lazo que pendía de las vigas que se hallaban ocultas por las sombras.
No le presté mucha atención a los gritos, pero, al sentir el lazo, tuve una idea. No se trataba de la idea que debía despertar la colocación del lazo en aquel sitio, sino de otra muy distinta. Pensé que tal vez me proporcionase la facilidad de escapar por el momento de las serpientes, y no tarde en valerme de él.
Sentí que el hocico de la serpiente me tocaba en una de las piernas cuando salté para sujetar la cuerda un poco mas arriba del lazo, y oí un agudo silbido de furia mientras subía en dirección a las sombras donde esperaba encontrar una seguridad momentánea.
El extremo superior de la cuerda estaba atado a un perno que se hallaba en una gran viga. Me subí entre esa viga y miré hacia abajo. La poderosa serpiente silbaba y se retorcía debajo de mi. Había erguido una tercera parte de su cuerpo y se esforzaba por enroscarse a la cuerda que se columpiaba de un lado a otro para seguirme hasta lo alto. Pero la cuerda parecía eludir cualquier intento de sujeción.
Pensé que seria difícil que una serpiente tan gruesa pudiese ascender por aquel cable relativamente delgado, pero para no correr ningún riesgo innecesario jalé la cuerda y la doblé sobre la viga. Estaba seguro por el momento y dejé escapar un profundo suspiro de alivio. Luego mire hacia mi alrededor.
La obscuridad era casi impenetrable; sin embargo, me pareció que el techo de la cámara todavía se hallaba bastante lejos de mí. A mi alrededor había un laberinto formado por vigas, puntales y armazones, y yo decidí explorar aquella región superior de la cámara de las siete puertas.
De pie sobre la viga comencé a avanzar lentamente hacia la pared. Al llegar al muro me di cuenta de que había una estrecha pasarela que sobresalía de la pared y que, seguramente, rodeaba toda la cámara. Era de dos pies de ancho y no tenía barandilla. Parecía ser algo así como algún andamio que habían dejado los trabajadores que hicieron el edificio.
Cuando marchaba por la pasarela pisando con cuidado y pasando la mano por la pared, volví a oír los angustiosos gritos que dos veces, anteriormente, me habían llamado la atención aunque no habían despertado mi interés, pues yo estaba mas interesado en mis propias dificultades que en las de cualquier desconocida de aquel raro mundo.
Un momento después toqué algo con los dedos que hizo que me olvidara completamente de los gritos de cualquier mujer. El tacto me indicaba que estaba yo tocando el marco de una puerta o de una ventana. Examiné con ambas manos lo que había descubierto. Si, ¡era una puerta ¡Una puerta estrecha de unos seis pies de altura!
Tenté las bisagras, busqué algún cerrojo, y al fin encontré uno. Lo corrí con mucho cuidado y después sentí que la puerta se movía hacia mi. ¿Qué habría detrás de ella? Tal vez alguna nueva e infernal muerte o tortura, o tal vez la libertad. No podía saberlo hasta que abriese aquel portal del misterio.
Titubeé, pero no por mucho tiempo. Poco a poco tiré de la puerta y sentí que una ráfaga de aire me refrescaba el rostro, y pronto vi la tenue luminosidad de la noche venusina.
¿Seria posible que a pesar de toda su astucia los thoranos le hubiesen dejado aquella puerta de escape a su cámara mortal? Me costaba trabajo creerlo; sin embargo, lo único que podía hacer era trasponer el umbral de la puerta y desafiar cualquier cosa que hubiese más allá de ella.
Abrí la puerta y salí a un balcón que se extendía a lo largo, en ambas direcciones, hasta desaparecer de mi vista al seguir la curva del muro circular del cual sobresalía.
En el borde exterior del balcón se elevaba un pretil bajo junto al cual me agazapé mientras examinaba mi nueva situación. No parecía amenazarme ningún peligro; sin embargo, todavía desconfiaba. Avancé cautelosamente para realizar un recorrido de investigación, y de nuevo un grito angustioso rasgó el silencio de la noche. Esta vez lo oí muy cerca de mi. Anteriormente los gritos habían sido apagados por el espesor de los muros de la cámara en que yo había estado aprisionado.
Yo avanzaba en dirección al ruido, y no me detuve. Buscaba la manera de bajar hasta el terreno y no me interesaba ir en ayuda de una damisela en desgracia. Me temo que en aquel momento me encontraba insensible y era egoísta, y distaba mucho de ser caballeroso. En verdad no me hubiese importado que acabasen con todos los habitantes de Rapdor.
Al rodear la curva de la torre, apareció ante mi vista otro edificio que se hallaba solamente a unas cuantas yardas de distancia. y en aquel mismo momento vi algo que despertó mi interés y mis esperanzas. Era una angosta pasarela que comunicaba al balcón en el que me hallaba con otro semejante del edificio contiguo.
En eso los gritos volvieron a dejarse oír. Parecían provenir del interior de la construcción que acababa de descubrir. Sin embargo, no fueron los gritos los que me hicieron decidirme a avanzar por la pasarela, sino que fue la esperanza de encontrar allí la manera de descender hasta el terreno.
Crucé rápidamente hasta el otro balcón y me dirigí hacia su extremo lateral más cercano. Al avanzar, vi luz que parecía salir de las ventanas que daban al balcón.
Mi primer pensamiento fue dar media vuelta para regresar, pues podían verme al pasar junto a las ventanas; pero una vez más volví a oír gritos, tan cercanos que no podía dudar de que proviniesen del departamento en que brillaba la luz.
Había tal angustia y terror en aquella voz humana que movió mi compasión y me acerqué presuroso a la ventana más próxima.
Estaba abierta y pude ver en la habitación a una mujer que se defendía de un hombre. El individuo la tenia sujeta sobre un diván y le estaba infiriendo pequeñas cortaduras con una afilada daga. No se podía saber si tenia intenciones de matarla después o si su único propósito era torturarla.
El hombre se hallaba de espaldas a mi y me ocultaba el rostro de la mujer. Pero cada vez que le causaba una pequeña cortadura y ella gritaba, él reía con odiosa risa de satisfacción. En seguida me di cuenta de que era un sujeto enfermizo que gozaba al infligir dolor al ser que provocaba su maniática pasión.
Vi que se inclinaba para besar a la mujer, pero ella le cruzó el rostro con una bofetada, y al volver él la cara para evitar el golpe, pude distinguirlo de perfil. Era Moosko, el ongyan.
Al tirarse hacia atrás, Moosko debió de sujetar con menos fuerza a la mujer, pues ésta comenzó a erguirse para levantarse del diván y escapar. Entonces pude verle el rostro y se me helo la sangre de rabia y horror. ¡Era Duare!
Salté por la ventana y cai junto a él. Lo sujeté de un hombro, hice que diera media vuelta, y cuando me vio, lanzó un grito de terror y se echó hacia atrás para desenfundar su pistola. Tropezó con el diván que se hallaba tras de él y cayó sobre Duare, arrastrándome en su caída.
 

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