Alvin era un aprendiz de herrero, bombeaba el fuelle, martillaba clavos, afilaba cuchillos, avivaba.
Presiona aquí para descargar el libro «El aprendiz Alvin y el arado inservible
Lee aquí las primeras páginas del libro online.
Normal 0 false false false EN-US X-NONE X-NONE MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:»Tabla normal»; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-priority:99; mso-style-qformat:yes; mso-style-parent:»»; mso-padding-alt:0in 5.4pt 0in 5.4pt; mso-para-margin:0in; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:11.0pt; font-family:»Calibri»,»sans-serif»; mso-ascii-font-family:Calibri; mso-ascii-theme-font:minor-latin; mso-fareast-font-family:»Times New Roman»; mso-fareast-theme-font:minor-fareast; mso-hansi-font-family:Calibri; mso-hansi-theme-font:minor-latin; mso-bidi-font-family:»Times New Roman»; mso-bidi-theme-font:minor-bidi;}
Alvin era un aprendiz de herrero,
bombeaba el fuelle, martillaba clavos,
afilaba cuchillos, avivaba el fuego.
Era un niño bastante normal,
excepto por esto: veía el mundo al sesgo,
el borde de la luz,- ese embustero
que acecha con sonrisa negra y fría,
una mueca en los ojos y los labios.
Oh, Alvin era sabio.
El herrero no sabía de esas cosas,
sí que el niño era listo pero lento:
listo por sus frases ocurrentes,
lento en el fuelle, pues se distraía,
listo con su vista de avecilla,
lento en la forja cuando había prisa.
A veces el herrero lo apreciaba,
y otras gruñía: «M artillos y tenazas,
¡cuida esas manzanas! ».
Un día de ocio sugirió el herrero:
«Ve al bosque a coger bayas maduras».
Con gratitud Alvin dejó el fuelle
y echó a andar por el camino polvoriento.
Corrió como un potro encabritado,
llegó adonde estaba el bosque umbrío.
Como un musgo se adhirió a las ramas,
sus dedos con el verde se fundieron…
Así entonces le vieron.
Le vieron los pájaros que vuelan,
los puercoespines ocultos en arbustos,
la luz que se filtraba en la arboleda,
la oscuridad que sólo él veía.
La brusca oscuridad derribó a Alvin,
quien riendo y jadeando cayó al suelo.
Lo oscuro por doquier envolvió a Alvin,
echándole en todas partes hielo,
y escarcha en el pelo.
Hielo en verano, y Alvin tiritaba.
Hielo crujiente en el estanque del molino,
niebla invernal mojando la arboleda,
y en el rostro ese contacto frío
que le daba escozor en la mejilla.
Las aves, preguntó, ¿adónde fueron?
¡Idos, Tinieblas, Frío, Nieve!
¡Al norte, Viento, aún no llegó tu hora!
¡Largo de aquí, y ahora!
¡No!, gritó, mas no obtuvo respuesta
de la honda nieve y la tupida niebla.
Tenía las ropas empapadas
y el aliento era hielo en sus pulmones,
un hierro lacerante. Lanzó un grito,
mas el sonido se congeló en sus dientes,
las palabras se quebraban en los labios.
Con la lengua hinchada, alzó las manos:
«¡Demonios, es verano!».
¿Con la nieve cual astros en tus ojos?
¿Con el viento soplándote en los muslos?
«¡Es verano! » ¿Con tu aliento brumoso?
«¡Que sea primavera, o siquiera otoño!»
Pero el borde del mundo lo había hallado,
y el fuego de las forjas moriría,
y el aire seria áspero y espeso.
La llama que bailaba en el hogar
no podía durar.
«¡Puedes engañar al necio árbol,
y hacer creer al ave que es invierno,
mas no a mí! ¡Prefiero congelarme
a aceptar esta mentira descarada!»
Rió mientras el frío lo engullía,
cantó mientras el hielo lo partía,
susurró que su dolor era mentira.
«Podéis sepultarme en falsa nieve,
el diablo os lleve.»
¡Y ved! ¡Un ave de alas rojas!
¡Ved! ¡Verdor en la espesura!
Tocó el tronco que el sol había calentado,
palpó la tierra y exclamó: «Qué diablos».
«Oh, aprendiz de herrero», dijo el ave.
«Has tardado bastante», dijo Alvin.
«Pero he llegado, ¿verdad? No te enfades.»
«Procura no volver a repetirlo.
¿Adónde fuiste?»
«A visitar el sol -respondió el ave-.
A cantarle al viejo sordo de la luna.
Y he vuelto para hacerte un hacedor,
claro que sí, algo haré contigo.»
«Pues ya soy algo -dijo el niño- y me gusta.»
«Eres herrero -dijo el ave- eso no basta.
¡Herraduras, metal y martillazos,
cuando puedes hacer cosas entrañables,
áureas e inefables!»
Mil cosas nombró esa ave parlanchina,
y Alvin escuchó todo su canto.
Se fue al anochecer, ojos brillantes
y sonrisa ligera mas resuelta,
rebosante de canto y áreos
sueños de cosas que con fuego forjaría.
Y preguntó al herrero: « ¿Cuántos años
necesito para usar tus herramientas?
Por favor, no mientas».
El herrero le escrutó los ojos
y vio llamas brincando en ese verde.
«Un pájaro rojo estuvo hablando
-dijo con voz baja y profunda-.
Eres pequeño, aprendiz, pero no tanto.
Veamos si el martillo y las tenazas
te caben en la mano, y si tu brazo,
derecho o izquierdo, las sostiene.
Muéstrame qué tienes. »
A la forja de la vera del camino
se fueron, y el fuego avivaron.
Las tenazas calzaban en la diestra
y la izquierda empuñó bien el martillo.
El herrero, confundido, se reía.
«Venga -ordenó-, te estoy mirando. »
Alvin evitó las fuertes llamas,
mas empuñó el hierro con arrojo,
poniéndolo al rojo.
«¡Ahora cúrvalo, haz una herradura!»
Alvin alzó el martillo en vilo,
dispuesto a golpear, mas titubeaba.
El herrero jadeó: « ¡Usa el martillo! ».
Mas el rojo del negro le evocaba el rojo del ave,
y no podía transformar el hierro en otra cosa.
El herrero, con gran enfado,
tiró el martillo a un lado.
El martillo chocó contra la piedra
pero Alvin vio dónde caía.
«Algunos alzan el martillo y otros… pues martillan
-rezongó el herrero, lanzando un terrible juramento-.
¡largo! ¿Para qué es el hierro?
Para que un hombre fuerte lo moldee,
y sude al ganarse el sustento,
su diario alimento.»
Se fue el herrero, y Alvin se moría.
¿Qué era un herrero que no golpeaba el negro?
Un hacedor, decía el ave roja,
pero, en vez de hacer, él deshacía.
«Actuaré como debo», dijo Alvin.
Cogió el martillo donde había caído,
sopló el fuego hasta avivar la llama,
junto al fuego la escoria acumuló
y a viva voz gritó:
«¡Seré hacedor, tal como dijiste!
¡En mi mano están las herramientas!
Aquí está el crisol, aquí está el fuego,
y aquí mis manos con lo que ellas saben. »
Arrojó la escoria en el crisol
y la empujó a las llamas más ardientes.
«¡Derrítete! -gritó-, hazme hacedor. »
Pues el pájaro rojo había anunciado:
Darás vida a un arado.
El negro se ablandó, se tomó rojo,
llegó al blanco y se vertió en el molde,
y el hierro cantó calor y frío,
blandura y dureza y forma nueva.
Vibró cuando Alvin rompió el molde
y el arado era curvo y tenía filo.
Mas el hierro era negro, estaba muerto,
sin más poder que el del metal opaco,
mudo como un saco.
Se sentó sobre el molde hecho añicos
y preguntó qué había silenciado el ave.
¿0 acaso ni siquiera le había hablado?
¿Ese pájaro era siquiera rojo?
¿Qué debía hacer? ¿Cambiar el molde,
enfriar el hierro, calentar la forja?
Sus pensamientos eran un embrollo.
A fin de cuentas lo que había forjado
era, aunque negro, un arado.
¿Y qué tenía de malo? ¿Acaso el negro
no conformaba a todos los herreros,
no eran sus arados como éste?
¿Quién era un aprendiz para quejarse?
¿Qué era esa ave parlanchina
que le hacía sentir pobre con su canto,
un canto que anunciaba jade y oro?
«¡Ay pájaro, qué pena me has causado!
¿Qué me has dado?»
Le gritó al arado negro y mudo.
Lo golpeó, lo afiló, frotó la hoja,
la dejó reluciente cual un espejo,
con filo de cuchilla, y todavía
era hierro terco y negro y frío.
Desesperado, lo arrojó en el fuego,
lo puso con sus manos en la flama
y aguantó, llorando de agonía.
Sintió el gusto del dolor que no se aplaca:
un arado de plata.
De plata, y en las manos ni una llaga.
Supo lo que el ave había silenciado.
No podía poner el hierro solo
y así infundir vida al arado.
Cogió el arado reluciente
y esta vez, poniéndolo en el fuego,
trepó y se sentó entre las llamas
gritando de dolor mientras ardían.
La era del dolor rindió un tesoro:
un arado de oro.