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Aunque gallego de nacimiento, nacido en Iria Flavia (La Coruña) en 1916, este escritor puede incluirse cono todos los merecimientos entre la nómina de guadalajareños famosos, porque él está de acuerdo, y porque de sobra lo merece. Premio Nobel de Literatura en 1989, su relación con Guadalajara se inicia ya desde antes de escribir su más famosa obra, «El Viaje a la Alcarria» que traducido a decenas de idiomas de todo el mundo, y con más de 10 millones de ejemplares editados, se constituye en el mejor clarín de difusión de la esencia de nuestra tierra.
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Primera dedicatoria
Mi querido don Gregorio Marañón. In Memoriam.
Usted falta de entre nosotros, para desgracia de todos, desde hace ya un cuarto de siglo. Han transcurrido algunos años, veinticinco, uno detrás de otro, y cada año que pasa, al decir de Horacio, nos roba algo muy nuestro: su presencia y su ejemplo, pongamos por caso. Esto que dejé dicho y copiado del poeta latino, sobre parecer un tango, es muy verdadero, Voltaire piensa que el tiempo es la espada de la justicia y pone cada cosa en su lugar; yo no creo que sea cierto del todo porque el tiempo desbarata la vida y el lugar de la vida no es la muerte.
Mi Viaje a La Alcarria se lo dediqué a usted cuando se publicó, en marzo de 1948, el año en que asesinaron a Gandhi, se creó el Estado de Israel y Ortega regresó a España. El camino lo había hecho, un pie tras otro, en junio de 1946, el año en el que termina el proceso de Nuremberg y muere Manuel de Falla. Yo era un hombre joven, alto y delgado, según se lee en el primer capitulo del libro. Desde aquel tiempo han pasado treinta y nueve años y ahora me apresto a repetir la excursión y a pergeñar mi Nuevo viaje a la Alcarria, páginas que también le dedico porque usted tuvo siempre mucha afición a los libros de andar y ver por nuestra vieja España y yo le debo toda la gratitud que confieso y la muy sincera y firme lealtad que proclamo.
Ahora ya no soy joven sino viejo, estoy gastando de mis setenta años, tres menos de los que usted tenía cuando su muerte. No me parece, sin embargo, haber mermado mucho porque sigo en la misma estatura de entonces, pero engordé más de la cuenta, eso sí, engordé cuarenta kilos largos, y estoy fondón y más torpe de movimientos de lo que quisiera y fuera menester. Con estos años y estas arrobas a cuestas, o a rastras, el paseo no he de repetirlo a mero pinrel, como cabe pensar, sino en más reconfortadora, saludable y placentera circunstancia: en Rolls, que es automóvil sólido y de fundamento, y con Oteliña al volante, choferesa que semeja una cometa volando y es tan segura en sus airosas fidelidades como en sus gráciles infidelidades. Oteliña se llama, de verdad, Viviana Gordon y es natural de San Luis, Missouri, y graduada por la Universidad de Stanford, Palo Alto, California; eso de Oteliña se lo puse porque tiene la piel del mismo noble lustre que el personaje de Shakespeare, si bien la encuentro más firme y entera, menos cambiante. Oteliña, como Desdémona, es el puerto de la serenidad.
–¿Y a usted le gusta? –me preguntó una noche el fantasma del abate Giovan Pietro Bellori, que se me apareció en sueños.
–Si, señor, a mi me gusta la mar, podría jurarle que Oteliña me gusta más que el pan frito.
El Rolls no tiene nombre, no se llama de ninguna manera; pensé bautizarlo con la gracia de las viejas locomotoras del The West Galicia, el ferrocarril de los abuelos –Ría de Arosa, Minero Primero, Reina Cristina–, o con la de los submarinos ilustres, Ictíneo, en recuerdo de Monturiol, o Nautilus, en honor de julio Verne, pero al final lo dejé sin nombre. La verdad es que tampoco lo necesita.
–¿Cómo se llamaba el submarino de Isaac Peral?
–Me parece que le decían el Peral, a secas, lo que tampoco pega demasiado.
Los ambos detalles del vehículo y su domadora fueron previstos por mí con suma cautela y con el honesto propósito de buscar paz en la soledad e incluso al revés. La paz hace crecer las cosas pequeñas, mi corazón, verbigracia, y la soledad –pensándolo bien– no es sino una desorientadora y un poco acre bendición de la providencia a la que no puedo ni quiero substraerme. La soledad, escribió Sterne, no recuerdo si en el Tristram Shandy o en el Viaje sentimental, es la mejor nodriza de la sabiduría.
Conmigo y para regalarme el alma de sus canciones antiguas y modernas, vendrán una juglaresa y un juglar, quizá los dos últimos de nuestra zurrada y nunca suficientemente amada piel de toro, Carmen, que tañe la zanfonía, y Servando, que toca el pandero para acompañarse mientras desgranan las tiras de versos del Libro de Buen Amor, del Arcipreste, o de la Farsa y licencia de la reina castiza, de don Ramón del Valle—Inclán; me las prometo muy felices en su compañía y pido a Dios que a todos nos dé paciencia y bienestar. Declaro que prefiero vivir a fingir y confieso que un instante de deleite espiritual, carnal o hasta casual, puede acertar a verter por la borda los siete lances del oprobio.
La dedicatoria del Viaje a la Alcarria la escribí después que el libro, primero escribí el libro y después le puse la dedicatoria, quiero decir que la escribí a pitón pasado y tras haber conocido las honestas delicias campesinas que encerraba el país. Esta del Nuevo viaje, por el contrario, la dejo redactada antes de empezar a rodar por los caminos y cuestas y desgalgaderos, para no poder dar marcha atrás pase lo que pasare. Yo sé bien que la Alcarria sigue donde estaba porque a estos viejos paisajes geográficos e históricos no se les puede ni mover ni falsear con facilidad. Yo sé bien que en cuarenta años se pierden muchas cosas pero también se ganan algunas otras. Veremos qué tal se me dan estos días alcarreños cuyo cuento, o cuya crónica, le dedico. Yo sé bien, mi querido don Gregorio, que el único verdadero dolor en el trance que ahora comienzo va a ser el recuento de las ausencias, la suya la primera. Los chinos dicen que la tinta más débil vale más que la mejor memoria, yo no sé si esto será verdad o no; en todo caso, la muerte es una amarga pirueta de la que no guardan memoria los muertos sino los vivos.
Segunda dedicatoria
A los amigos de mi primer viaje que se fueron quedando en la monótona y cruel estacada de los muertos. De todos hablaré a su tiempo y en su lugar, y a todos recuerdo ahora con más tristura que envidia y también con más dolorosa precisión de la que quisiera. Descansen en la paz de la memoria aquellos amigos a los que no quiero olvidar porque nutren mi nostalgia.
Tercera dedicatoria
A N. N., que entonces era soltera y hoy es viuda. Pecaste con alegría siempre que pudiste hacerlo y eso pesará en tu defensa el día del juicio final. Recuerda que, para Ovidio, peca la que no peca porque no puede.
I.— VÍSPERAS CON CARNERÓN VESTIDO DE CORDERILLO
El día de San Quirino, obispo y propagador de la verdadera fe al que el déspota Galerio de Iliria mandó tirar al río con una piedra de moler atada al cuello, el viajero, que hace ya treinta años que se fue de Madrid, vuela en aeroplano hasta Madrid.
En la ermita de la Virgen de la Salud, en Barbatona, hay exvotos de suertes variadas; los más bonitos son los de mata de pelo: Virgen mía, te daré mis cabellos trenzados si mi novio vuelve de Marruecos; Virgen santa, para ti mis trenzas si la muerte no se lleva al hijo de mis entrañas. También los hay de brazos, piernas y ojos; los de vísceras escasean más, se conoce que no es costumbre porque pudren enseguida.
El viajero tiene casa en Madrid pero la usa poco porque no sabe hacerse ni la cama ni el desayuno y no siempre tiene a mano una mujer que le socorra; ésta su falta de acucia quizá cuelgue a consecuencia y resultas de la educación machista.
En Arbancón, entre Cogolludo y Jócar, vive el tío Hermenegildo, que empezó de botarga en Beleña y talla las máscaras en madera de nogal.
El viajero, ya en el hotel, se corta el pelo, se arregla un poco las uñas, contesta a unas preguntas para televisión atiende a un señor de Alcalá de Henares que le pide un autógrafo y que, según confesión propia, hace unos años era obrero y hoy fabrica dos millones de bolsas de plástico cada día.
–¿Hábiles y feriados?
–No, no; feriados, no.
El viajero almuerza con unos paisanos suyos en una taberna que queda frente al Retiro, duerme después la siesta, se levanta y responde a las preguntas de una periodista que es medio sobrina suya, habla con dos amigos, uno detrás de otro, con uno de un congreso de escritores que va a haber en las islas Canarias y con el otro del establecimiento de relaciones diplomáticas con Israel y, cuando se queda solo, toma una taza de té, advierte que no le pasen ninguna llamada telefónica y se da un baño deleitoso y reconfortador, casi vicioso.
En la habitación del hotel el viajero está sentado en una butaca, en porreta y con las ajadas vergüenzas a su caída, con los pies encima de la mesa, el mirar perdido y medio distraído y la mente deshabitada.
–¿Va usted a llegarse a Cañaveruelas, donde el pocillo de Canta Haber?
–No; no creo que me salga de la provincia de Guadalajara.
Al viajero, que es agradecido de natural, el solo pensamiento de la huida le llena de consuelo y le brinda la conformidad restañadora y la paz serena con que los dioses premian a quienes aciertan a hacerse al monte a su debido tiempo, ni antes ni después.
–¿Se acuerda usted de la Asunción Turmiel Torrubia, la carbonerita de Anquela del Ducado que llegó a acomodadora del cine Carretas?
–¿Cómo no he de acordarme, con lo buena que estaba?
El viajero se dispone a comenzar esta su nueva andadura completamente harto de todo, bueno, no se debe ser nunca exagerado, digamos que ligeramente harto de todo: de la familia, del correo, del telégrafo, del teléfono, de los poetas y los prosistas, de los editores y los traductores, de los pintores y los dibujantes, de los periodistas y los prologuistas, de los profesores y los académicos, de los antólogos y los críticos, de los fotógrafos, de los civiles, los militares y los eclesiásticos, de los sociólogos y los políticos, de los economistas y los pensionistas, de los ejecutivos agresivos y los jubilados resignados, etcétera. Las únicas instituciones de las que el escritor no reniega, quizá porque aún no le escarmentaron, son la literatura, la libertad, la amistad y el manso y deleitoso rijo, cada una a su debido tiempo y por su orden; todo lo demás –piensa a veces– no es sino vana fantasmagoría pompas y vanidades y miedo a dejar de comer caliente. El viajero piensa que quizá sea saludable su relativo hartazgo porque, tras la saturación, suele presentarse el arco iris del nirvana. Ya veremos.
–¿Se va a acercar a Pedregal, el pueblo de los rayanos?
–No; tampoco quisiera salirme de la Alcarria.
El viajero está más solo que la una pero esa sensación no le molesta; hace ya muchos años que el viajero sabe que la soledad es el precio de alguna que otra cosa: la independencia, la paz con uno mismo, el corte de mangas al purgatorio, la libertad de pasar por este valle de lágrimas sin demasiadas bridas en la conciencia y el pensamiento y así sucesivamente.
–La otra noche vi en un pub de Sigüenza a una ranerita amiga suya, la Maruja Luzaga, de Medranda, que me dio recuerdos para usted.
–Muchas gracias. ¿Sigue estando como Dios manda?
–Sí, no hay queja: un poco pechugona y maciza, pero no hay queja.
El viajero siente ganas de mear, se levanta, se llega al retrete y mea. Esto de mear acompaña mucho y, salvo casos extremos, suele gobernarse a voluntad. Los muertos también mean, es cierto, se mean por encima, pero eso es sólo al principio, no más que de recién muertos; después paran y ya no vuelven a mearse hasta el día del juicio. En el valle de Josafat, los resucitados van a poner todo perdido con tanta meada inevitable; quizá esté prevista la circunstancia, el viajero ha oído decir que la divina providencia está en todo.
El viajero ya no es un mozo pero tampoco se siente un carcamal. Al viajero le gusta más el cachondo y alborotador correr de la vida que el inexorable y ruin paso del calendario. El viajero, como el personaje de Jonathan Swift, querría vivir muchos años pero no siente el menor deseo de llegar a viejo.
–¿Es cierto lo que se cuenta de la Blanquita Liestos, la pastora de Torralba de los Frailes, que recién follada es capaz de cruzarse buceando la laguna de Gallocanta?
–¡Jesús, qué ocurrencia! ¡La gente no sabe lo que discurrir! ¡La Blanquita no llega ni a la mitad, ni recién follada, ni follada de vísperas!
El viajero está esperando que pase el tiempo; cuando den las nueve se irá a cenar con sus amigos de la Casa de Guadalajara, que se reúnen en la plaza de Santa Ana, donde antes estaba Villa Rosa con sus juergas flamencas, sus cantaoras morenazas y pasionales, sus señoritos achulados y de buena familia, sus anuncios de anís y sus azulejos de los alfares de Talavera. La verdad es que el viajero ya tiene todo preparado, sólo le falta que llegue el día siguiente, San Bonifacio, obispo de Maguncia que anduvo convirtiendo alemanes y murió en Frisia degollado por los gentiles enfurecidos.
–¿Y de dónde saca usted tamañas sabidurías?
–¡Pues ya ve!
La impedimenta del viajero está dispuesta y en orden, en cuanto la carguen a bordo podrá salir carretera adelante, de nuevo camino de la Alcarria, ese país de hermoso nombre antiguo, sonoro y misterioso al que a la gente, poco a poco, muy poco a poco, ya le va dando la gana ir. El viajero, ¡lo que va de ayer a hoy!, lleva dos maletas, un vademécum de hombre de negocios yanqui o japonés y su cartera de cartero; tuvo dispuesta una bolsa de viaje de una compañía aérea muy capaz y aparente e incluso airosa, pero después prefirió cambiar el plástico y la cremallera por la vaqueta –y aun la badana– y la hebilla, que son materiales más acordes con su manera de ser.
En Madrid hace calor y hay mucha gente por la calle; las señoritas caminan contoneándose dentro de sus pantalones ajustados y sus faldas con una raja a un lado o por detrás y el viajero, que es de natural agradecido, sonríe mientras mira con atención y paladea cuanto ve.
–Parece que le gusta.
–Si, señora, me gusta mucho, gracias sean dadas a Dios, pero recuerde lo que decía Mateo Alemán: que no hay vasija que mida los gustos ni balanza que los iguale. Puede creerme si le digo, señora, que yo me conformo con lo que se me da sin pedirlo: esas cachas transeúntes, verbigracia, que semejan frutas en sazón del más remoto y mejor cuidado huerto del paraíso.
La amistad en la Casa de Guadalajara funcionó mejor que la cocina y no por culpa del cocinero sino por virtud del amigo, cuyas leales eficacias no admiten parangón posible. El maestro Gonzalo Correas nos dejó dicho que el carnero es comer de caballero; lo malo del carnero es cuando cumple las quintas del carnerón y se empeña en fingirse corderillo, que le tiembla la voz en el matadero pero no se le ablandan las carnes en el horno por más que se le dé coba fina y se le arrime paciencia.
II — LA N—II HASTA EL RÍO HENARES
El viajero no se levanta al alba, ¿para qué, si ha de sobrarle el tiempo durante todo el camino? El viajero durmió bien, la verdad es que duerme siempre bien, y soñó sueños elementales y divertidos: un perro corriendo tras un conejo, una señorita en enagua y con sombrilla, un niño haciendo equilibrio en un tejado, etc.
–¿Y no sueña usted con mujeres preñadas y bellísimas volando a ras del suelo?
–Pues, no; casi nunca.
El viajero se levanta a una hora discreta, a eso de las ocho y medía o nueve de la mañana y, sentadito en el excusado, se deshace sin miramiento alguno de cuanto le sobra. El viajero recuerda de cuando niño que los frailes del colegio, al noble acto de la necesidad o deposición o evacuación corporal por cámara, le decían mover o regir el vientre, hacer el cuerpo o de cuerpo y hacer una diligencia. ¡Qué horror! ¡Qué poca razón tienen los poetas añorantes de los tiempos idos!
–¿No le gustan a usted los versos de Jorge Manrique?
–¡Ya lo creo! ¿Cómo no me van a gustar, si son tan hermosos? Lo que les pasa a los poetas es que la verdad, a veces, se les resiste.
El viajero se asea, desayuna, se viste, recoge sus últimos bártulos y baja sin despedirse de nadie porque no tiene de quien hacerlo.
–¿Y no le da pena?
–No.
El viajero baja en el ascensor, según ya es costumbre; antes, los ascensores no eran también descensores, no servían más que para ascender y eso no siempre porque su uso estaba vedado a las criadas, al carbonero, a los niños menores de catorce años si no iban a cargo de persona mayor y a los perros en cualquier caso. El zaguán del hotel está lleno de gente y en la calle aún hay más todavía; la verdad es que la fauna ciudadana está al completo. El viajero piensa.
–¡Si me viera la Florentinita, aunque no fuese más que de refilón!
Florentina Miraveche Méndez, o sea la Florentinita, tuvo amores con el viajero hace ya muchos años, a poco de terminar la guerra civil, y lo dejó colgado porque le pronosticó que no llegaría jamás a nada.
–¡Una no está para que la hagan perder el tiempo! ¡Yo no tengo por qué regalar mis mejores años a un desgraciado!
–¡Ay, hija, pareces un puerco espín!
–¿Un puerco espín, dices?
–Si. Y también un cardo borriquero. ¡Dios, qué modales!
El viajero procura alejar los malos pensamientos. Entre el personal que se junta para despedirle hay un secretario de Estado que se llama don Ignacio y un director general que también se llama don Ignacio. ¡Quién te ha visto y quién te ve!, piensa el viajero por lo bajo.
–¿Decía usted algo, don Camilo?
–No, hija, déjame pensar… (Para sí mismo o sea para su propio coleto.) ¡Si me viera la Florentinita, aunque no fuese más que por el ojo de la, cerradura!
Oteliña está resplandeciente y los juglares reciben al viajero cantando el romance que se titula La verdadera historia de Gumersinda Cosculluela, moza que prefirió la muerte a la deshonra.
–¡Qué costumbres se tenían antes! ¿Verdad usted?
—Y usted que lo diga, hermana, y usted que lo diga.
El viajero piensa curarse en salud y evitar las comparaciones y el antes y el después; se entiende que su intención la llevará no más que hasta donde pueda, que no hasta donde quisiere, porque sabe bien que los buenos propósitos tienen sus límites y tampoco ignora que a todos alcanzan las igualadoras y escarmentadoras rebajas del tío Paco. Las comparaciones no valen o valen poco pero, de cuando en cuando, se cuelan de rondón y sin avisar.
—¿Y entonces, qué se hace?
—Nada; tener paciencia.