Libros Gratis- El arte de soñar

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En un periodo de más de veinte años, he escrito una serie de libros acerca de mi aprendizaje con un brujo: don Juan Matus, un indio yaqui. Expliqué en esos libros que él me enseñó brujería, pero no como nosotros la entendemos en el contexto de nuestro mundo cotidiano: el uso de poderes sobrenaturales sobre otros, o la convocación de espíritus a través de hechizos, encantamientos y ritos a fin de producir efectos sobrenaturales. Para don Juan, la brujería era el acto de corporizar ciertas pre­misas especializadas, tanto teóricas como prácticas, acerca de la naturaleza de la percepción y el papel que ésta juega en moldear el universo que nos rodea.

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Siguiendo la sugerencia de don Juan, me he abstenido de utilizar una categoría propia de la antropología: el chamanis­mo, para clasificar su conocimiento. Siempre lo he llamado como él lo llamaba: brujería o hechicería. Sin embargo, al exa­minar este concepto me he dado cuenta de que llamarlo brujería oscurece aún más el ya en sí oscuro fenómeno que me presentó en sus enseñanzas.

En trabajos antropológicos, el chamanismo es descrito como un sistema de creencias de algunos grupos nativos del norte de Asia; un sistema prevaleciente también entre ciertas tribus de indios de Norteamérica, el cual sostiene que un mundo ances­tral e invisible de fuerzas espirituales, benignas y malignas, predomina alrededor nuestro; fuerzas espirituales que pueden ser convocadas o controladas por practicantes, quienes son los intermediarios entre el reino natural y el sobrenatural.

Don Juan era ciertamente un intermediario entre el mundo natural de la vida diaria y un mundo invisible, al cual él no llamaba lo sobrenatural, sino la segunda atención. Su tarea de maestro fue hacer accesible a mí esta enseñanza que usó con este propósito, al igual que las prácticas que me hizo ejercitar, la más importante de las cuales fue, sin lugar a duda, el arte de ensoñar.

Don Juan sostenía que nuestro mundo, que creemos ser único y absoluto, es sólo un mundo dentro de un grupo de mundos consecutivos, los cuales están ordenados como las capas de una cebolla. Él aseveraba que aunque hemos sido condicionados para percibir únicamente nuestro mundo, efectivamente tenemnos la capacidad de entrar en otros, que son tan reales, únicos, absolutos y absorbentes como lo es el nuestro.

Don Juan me explicó que para poder percibir esos otros reinos, no sólo hay que desear percibirlos, sino también poseer la suficiente energía para entrar en ellos. Su existencia es cons­tante e independiente de nuestra conciencia, pero su inaccesibi­lidad es totalmente una consecuencia de nuestro condiciona­miento energético. En otras palabras, simple y llanamente a raíz de este condicionamiento estamos compelidos a asumir que el mundo de la vida cotidiana es el único mundo posible.

Seguros de que sólo nuestro condicionamiento energético es nuestro impedimento para entrar en esos otros reinos, los bru­jos de la antigüedad desarrollaron una serie de prácticas desig­nadas a reacondicionar nuestras capacidades energéticas de percepción. Llamaron a esta serie de prácticas, el arte de en­soñar.

Con la perspectiva que el tiempo me da, ahora me doy cuenta de que la descripción más apropiada que don Juan le dio al ensueño fue llamarlo «la entrada al infinito». Cuando lo dijo, comenté que su metáfora no tenía ningún significado para mí.

-Descartemos las metáforas ‑concedió‑. Digamos que en­soñar es la manera práctica en que los brujos ponen en uso los sueños comunes y corrientes.

-¿Pero cómo pueden los sueños ser puestos en uso? -pre­gunté.

‑Siempre caemos en la trampa del lenguaje ‑dijo‑. En mi propio caso, mi maestro trató de describirme el ensueño como la manera en que los brujos le dicen hasta mañana al mundo. Por supuesto que él ajustaba su descripción a mi mentalidad. Yo estoy haciendo lo mismo contigo.

En otra ocasión, don Juan me dijo:

‑El ensueño únicamente puede ser experimentado. Ensoñar no es tener sueños, ni tampoco es soñar despierto, ni desear, ni imaginarse nada. A través del ensueño podemos percibir otros mundos, los cuales podemos ciertamente describir, pero no po­demos describir lo que nos hace percibirlos. Sin embargo, pode­mos sentir cómo el ensueño abre esos otros reinos. Ensoñar parece ser una sensación, un proceso en nuestros cuerpos, una concien­cia de ser en nuestras mentes.

En el transcurso de sus enseñanzas, don Juan me explicó detalladamente los principios, las razones y las prácticas del arte de ensoñar. Su instrucción fue dividida en dos partes. Una era la enseñanza de los procedimientos del ensueño, y la otra, las explicaciones puramente abstractas de estos procedimien­tos. Su método implicaba la combinación activa de aguijonear mi curiosidad intelectual con los principios abstractos del en­sueño, y de guiarme a buscar soluciones prácticas en los pro­cedimientos.

Ya he descrito todo esto tan detalladamente como me fue posible. También he descrito el medio ambiente en el que don Juan me situó para poder enseñarme sus artes. Mi interacción en este ambiente de brujos fue de especial interés para mí, ya que tuvo lugar exclusivamente en la segunda atención. Ahí interactué con diez mujeres y cinco hombres que eran los brujos compañeros de don Juan; y con los ocho jóvenes, cuatro hom­bres y cuatro mujeres, que eran sus aprendices.

Don Juan los reunió inmediatamente después de que yo llegué a su mundo. Me explicó que ellos formaban un grupo tradicional de brujos; una copia estructural de su propia agru­pación, y que se suponía que yo los habría de guiar. Sin em­bargo, al tratar más conmigo, descubrió que yo no era como él esperaba. Explicó la diferencia en términos de una configura­ción energética vista únicamente por los brujos: en lugar de tener cuatro compartimentos de energía, como él, yo tenía solamente tres. Tal configuración, la que erróneamente él había esperado fuera un defecto corregible, no me permitía de ningún modo guiar a esos ocho aprendices, o aun interactuar con ellos. La presión que esto creó fue tan intensa que don Juan se vio obligado a reunir otro grupo que fuera más semejante a mi estructura energética.

He escrito extensamente sobre esos eventos, pero nunca mencioné al segundo grupo de aprendices; don Juan no me lo permitió. Argüía que aquellas personas pertenecían exclusiva­mente a mi campo de acción, y que el acuerdo que tenía con él era escribir sobre las acciones y la gente de su campo, no del mío.

El segundo grupo de aprendices era extremadamente com­pacto. Consistía únicamente en tres miembros: una ensoñado­ra, Florinda Donner; una acechadora, Taisha Abelar; y la mujer nagual, Carol Tiggs.

Estas tres personas interactuaban entre ellas y conmigo ex­clusivamente en la segunda atención. En el mundo de la vida cotidiana no teníamos ni la menor idea los unos de los otros. Por otro lado, en términos de nuestra relación con don Juan, no había vaguedad. Él interactuó con nosotros en los dos estados de conciencia y su esfuerzo para entrenarnos fue igual en intensidad y minuciosidad. Hacia el final, cuando don Juan estaba a punto de dejar el mundo, la presión psicológica de su partida empezó a menoscabar, en nosotros cuatro, los rígidos parámetros de la segunda atención. El resultado fue que nuestra interacción irrumpió en el mundo de los asuntos cotidianos y todos nos conocimos, aparentemente, por primera vez.

Ninguno de nosotros estaba consciente de nuestra profunda y ardua interacción en la segunda atención. Puesto que los cuatro estábamos involucrados en estudios académicos, termi­namos más que conmocionados al descubrir que ya nos habíamos conocido antes. Por supuesto que esto era, y todavía es, intelectualmente inadmisible para nosotros. Sin embargo sabemos que fue totalmente parte de nuestra experiencia. Al final, nos quedamos con la inquietante certeza de que la psique humana es infinitamente más compleja de lo que nuestro razo­namiento académico o mundano nos lo ha hecho creer.

Una vez le preguntamos a don Juan al unísono que nos saca­ra de dudas. Dijo que tenía dos posibilidades explicativas. Una era aplacar a nuestra malherida racionalidad diciendo que la segunda atención es un estado de conciencia tan ilusorio como elefantes volando en el cielo, y que todo lo que creíamos haber experimentado en ese estado era simplemente un pro­ducto de sugestiones hipnóticas. La otra posibilidad era no explicar pero sí describir la segunda atención de la manera como se les presenta a los brujos ensoñadores: como una incom­prensible configuración energética de la conciencia.

Mientras llevaba a cabo mis tareas de ensueño, la barrera de la segunda atención no sufrió cambio alguno en ningún mo­mento. Cada vez que entraba en el ensueño, entraba también en la segunda atención, y despertarme del ensueño no signifi­caba, de ninguna manera, que había salido de la segunda atención. Por años enteros, podía recordar únicamente frag­mentos de mis experiencias de ensueño. La masa total de aque­llas experiencias permaneció fuera de mi alcance. Reunir su­ficiente energía para poner todo eso en un orden lineal, en mi mente, me costó quince años de trabajo ininterrumpido, de 1973 a 1988. Recordé entonces una sucesión de eventos de ensueño, y fui capaz, al fin, de llenar los que parecían ser lapsos de mi memoria. De esta manera, pude capturar la intrínseca continui­dad de las lecciones de don Juan sobre el arte de ensoñar; una continuidad al parecer inexistente debido a que al enseñarme don Juan me hacia fluctuar entre mi conciencia de ser en mi vida cotidiana y mi conciencia de ser en la segunda atención. Este trabajo es el resultado de haber puesto todo eso en un orden lineal.

Puesto que no hay más fragmentos disociados en las leccio­nes de don Juan sobre el arte de ensoñar, me gustaría explicar, en trabajos futuros, la posición actual y el interés de sus cuatro últimos estudiantes: Florinda Donner, Taisha Abelar, Carol Tiggs y yo. Pero antes de que pueda describir y explicar el resultado de la tutela y la influencia que don Juan ejerció sobre nosotros, debo revisar, de acuerdo a lo que sé ahora, los fragmentos de las lecciones de don Juan en el arte de ensoñar, a los cuales no tenía yo acceso antes.

Todo esto es lo que tengo en mente como justificación para escribir este libro; la razón definitiva de este trabajo, sin em­bargo, la dio Carol Tiggs. Ella cree que explicar el mundo que don Juan nos hizo heredar es la expresión final de nuestra gratitud a él, y de nuestro propósito de continuar buscando lo que él buscaba: la libertad.

LOS BRUJOS DE LA ANTIGÜEDAD

Don Juan solía decirme, muy a menudo, que todo lo que hacia y todo lo que me estaba enseñando fue previsto y resuelto por los brujos de la antigüedad. Siempre puso muy en claro que existía una profunda distinción entre esos brujos y los brujos modernos. Categorizó a los brujos de la antigüedad como hom­bres que existieron en México quizá miles de años antes de la conquista española; hombres cuya obra fue construir la estruc­tura de la brujería, enfatizando lo práctico y lo concreto. Los presentó como hombres brillantes pero carentes de cordura. Por otro lado, don Juan describió a los brujos de ahora como hom­bres renombrados por su sobriedad y su capacidad de rectificar o readaptar el curso de la brujería, si así lo juzgaban necesario.

Don Juan me explicó que las premisas pertinentes al ensueño fueron, naturalmente, contempladas y desarrolladas por los brujos de la antigüedad. Ya que esas premisas son de importan­cia clave para explicar y entender el ensueño, me veo en la necesidad de discutirlas una vez más. La mayor parte de este libro es, por lo tanto, una reintroducción y una ampliación de lo que en mis trabajos previos ya he presentado.

Durante una de nuestras conversaciones, don Juan expuso que a fin de poder apreciar la posición de los ensoñadores y el ensueño, uno tiene que comprender el empeño de los brujos de ahora por cambiar el curso establecido de la brujería y llevarla de lo concreto a lo abstracto.

‑¿A qué llama usted lo concreto, don Juan? ‑le pregunté.

-A la parte práctica de la brujería -me dijo‑. A la insistencia obsesiva en prácticas y técnicas; a la injustificada influencia so­bre la gente. Todo lo cual era el quehacer de los brujos del pasado.

‑¿Y a qué llama usted lo abstracto?

‑A la búsqueda de la libertad; libertad para percibir, sin obsesiones, todo aquello que es humanamente posible. Yo digo que los brujos de ahora están en busca de lo abstracto, porque buscan la libertad y no tienen ningún interés en ganancias concretas; ni tampoco en funciones sociales, como los brujos del pasado. De modo que nunca los encontrarás actuando como videntes oficiales, o como brujos con titulo.

‑¿Quiere usted decir, don Juan, que el pasado no tiene valor alguno para los brujos de ahora?

-Por cierto que tiene valor. El sabor de ese pasado es lo que no nos gusta. Yo personalmente detesto la oscuridad y la mor­bidez de la mente. Me gusta la inmensidad del pensamiento. Sin embargo, a pesar de mis gustos y disgustos, les tengo que dar crédito a los brujos de la antigüedad; ellos fueron los primeros en descubrir y hacer todo lo que nosotros sabemos y hacemos ahora.

Don Juan me explicó que el mayor logro de los brujos de antaño fue percibir la esencia energética de las cosas. Fue un logro de tal magnitud que lo convirtieron en la premisa básica de la brujería. Hoy en día, con mucha disciplina y entrena­miento, los brujos adquieren la capacidad de percibir la natu­raleza intrínseca de las cosas; una capacidad a la que llaman ver.

‑¿Qué es lo que significaría para mí el percibir la esencia energética de las cosas? -le pregunté una vez a don Juan.

‑Significaría percibir energía directamente -me contestó‑. Separando la parte social de la percepción, percibirías la natu­raleza intrínseca de todo. Lo que percibimos es energía, pero como no podemos percibir energía directamente, procesamos nuestra percepción para ajustarla a un molde. Este molde es la parte social de la percepción, y lo que se tiene que separar.

-¿Por qué hay que separarlo?

-Porque reduce el alcance de lo que se puede percibir y por­que nos hace creer que el molde al cual ajustamos nuestra percepción es todo lo que existe. Estoy convencido de que el hombre, para sobrevivir en esta época, tiene que cambiar la base social de su percepción.

‑¿Cuál es la base social de la percepción, don Juan?

‑La certeza física de que el mundo está compuesto de objetos concretos. Llamo a esto la base social de la percepción, porque todos nosotros estamos involucrados en un serio y feroz es­fuerzo a percibir el mundo en términos de objetos.

‑¿Cómo deberíamos entonces de percibir el mundo?

‑Como energía. El universo entero es energía. La base social de la percepción debería ser entonces la certeza física de que todo lo que hay es energía. Deberíamos empeñarnos en un poderoso esfuerzo social a fin de guiarnos para percibir energía como energía. Tendríamos de este modo ambas alternativas al alcance de nuestras manos.

‑¿Es posible entrenar gente de tal manera? -pregunté.

Don Juan respondió que sí era posible. Y que esto era pre­cisamente lo que estaba haciendo conmigo y con sus otros aprendices. Estaba enseñándonos una nueva forma de percibir; primeramente, forzándonos a darnos cuenta de que procesamos nuestra percepción hasta hacerla encajar en un molde y, luego, guiándonos con mano dura a percibir energía directamente. Me aseguró que su método era muy parecido al que se usa normal­mente para enseñarnos a percibir el mundo cotidiano; y tam­bién me aseguró que él confiaba plenamente que al procesar nuestra percepción, para hacerla encajar en un molde social, ésta pierde su poder cuando nos damos cuenta de que hemos aceptado ese molde como herencia de nuestros antecesores, sin tomarnos la molestia de examinarlo.

-Percibir un mundo de objetos sólidos, que tuvieran ya sea un valor positivo o negativo, debe de haber sido absolutamente indispensable para la sobrevivencia de nuestros antepasados -dijo don Juan‑. Después de milenios de percibir de esta ma­nera, sus herederos, nosotros, estamos hoy día forzados a creer que el mundo está compuesto de objetos.

-No puedo concebir el mundo de ninguna otra manera, don Juan -me quejé‑. Es, sin lugar a dudas, un mundo de objetos. Para probarlo, todo lo que tenemos que hacer es estrellarnos contra ellos.

-Por supuesto que es un mundo de objetos; no estamos discutiendo eso.

‑¿Qué es lo que estamos discutiendo entonces?

-Lo que estoy discutiendo es que, primero, este es un mun­do de energía, y después, un mundo de objetos. Si no em­pezamos con la premisa de que es un mundo de energía, nunca seremos capaces de percibir energía directamente. Siempre nos detendrá la certeza física de lo que tú acabas de señalar: la solidez de los objetos.

Su argumento me dejó perplejo. En aquellos días, mi mente simplemente rehusaba considerar que hubiera otra alternativa de percibir el mundo, excepto aquella con la cual estamos todos nosotros familiarizados. Las afirmaciones de don Juan y los pun­tos que se esforzaba en plantearme eran proposiciones estra­falarias que yo no podía aceptar, pero que tampoco podía rehusar.

-Nuestra manera de percibir es la manera en que un pre­dador percibe -me dijo don Juan en una ocasión‑. Una manera muy eficiente de evaluar y clasificar la comida y el peligro. Pero esa no es la única manera que somos capaces de percibir. Hay otro modo; el que te estoy enseñando: el acto de percibir la energía misma, directamente.

«Percibir la esencia de todo nos hace comprender, clasificar y describir al mundo, en términos completamente nuevos; en términos mucho más incitantes y sofisticados.

Esto era lo que don Juan afirmaba. Y los términos más so­fisticados, a los que se refería, eran aquellos que le enseñaron sus predecesores. Términos que corresponden exclusivamente a premisas básicas de la brujería; premisas que no tienen fun­damento racional, ni relación alguna con las verdades de nuestro mundo de todos los días, pero que sí son realidades evidentes para aquellos brujos que perciben energía directa­mente y ven la esencia de todo.

Para tales brujos, el acto más significativo de la brujería es el ver la esencia del universo. De acuerdo a don Juan, los brujos de la antigüedad, los primeros en verla, la describieron de la mejor manera posible. Dijeron que se asemeja a hilos incan­descentes que se extienden en el infinito, en todas las direccio­nes concebibles; filamentos luminosos que están conscientes de sí mismos, en formas imposibles de comprender.

De ver la esencia del universo, los brujos de la antigüedad pasaron a ver la esencia de los seres humanos. La describieron como una configuración blanquecina y brillante, parecida a un huevo gigantesco. Y por ello llamaron a esa configuración el huevo luminoso.

‑Cuando los brujos ven seres humanos -dijo don Juan‑, ellos ven una gigantesca forma luminosa que flota, y que al mover­se va haciendo un profundo surco en la energía de la tierra; como si tuviera una profunda raíz que va arrastrándola.

La idea de don Juan era que nuestra forma energética con­tinúa cambiando a medida que pasa el tiempo. Dijo que todos los videntes que él conocía, incluso él mismo, veían que los se­res humanos son más como bolas, o aun como lápidas sepul­crales, que huevos; pero que de vez en cuando, debido a razones desconocidas, los brujos ven una persona cuya energía tiene la forma de un huevo luminoso. Lo que don Juan sugirió fue que quizá las personas que hoy en día tienen la forma de un huevo luminoso son más semejantes a la gente de tiempos antiguos.

En el curso de sus enseñanzas, don Juan discutió y explicó repetidamente lo que él consideraba el hallazgo decisivo de los brujos de la antigüedad. Lo describió como la característica crucial de los seres humanos como globos luminosos: un punto redondo de intensa luminosidad, del tamaño de una pelota de tenis, alojado permanentemente dentro del globo luminoso, al ras de su superficie, aproximadamente sesenta centímetros detrás de la cresta del omóplato derecho.

Ya que yo tenía mucha dificultad en visualizar esto, don Juan me explicó que la bola luminosa es mucho más grande que el cuerpo humano; que el punto de intensa brillantez es parte de esta bola de energía; y que está colocado en un lugar a la altura del omóplato derecho, a un brazo de distancia de la espalda de una persona. Dijo que después de ver lo que este punto hace, los brujos antiguos lo llamaron el punto de encaje.

-¿Qué es lo que hace el punto de encaje? -le pregunté.

-Nos hace percibir ‑contestó‑. Los brujos de la antigüedad vieron que en los seres humanos ese es el punto donde la per­cepción tiene lugar. Viendo que todos los seres vivientes tienen tal punto de brillantez, los brujos de la antigüedad llegaron a la conclusión de que la percepción en general ocurre en ese punto.

-¿Qué fue lo que los brujos de la antigüedad vieron para llegar a la conclusión de que la percepción ocurre en el punto de encaje? -pregunté.

Respondió que, primero, vieron que de los millones de fila­mentos de energía del universo que pasan a través de la bola luminosa, sólo un pequeño número de éstos pasa directamente por el punto de encaje, como es de esperarse, ya que es pequeño en comparación con la totalidad de la bola.

Después vieron que un resplandor esférico, ligeramente más grande que el punto de encaje, siempre lo rodea, y que este resplandor intensifica enormemente la luminosidad de los fila­mentos que pasan directamente a través del punto de encaje.

Y finalmente, vieron dos cosas; la primera, que el punto de encaje de los seres humanos se puede desalojar del lugar donde usualmente se localiza. Y la segunda, que cuando el punto de encaje está en su posición habitual, a juzgar por el normal comportamiento de los sujetos observados, la percep­ción y la conciencia de ser, son usuales. Pero cuando el punto de encaje y la esfera de resplandor que lo rodea están en una posición diferente a la habitual, el insólito comportamiento de los sujetos observados es prueba de que su conciencia de ser es diferente y de que están percibiendo de una manera que no les es familiar.

La conclusión que los brujos de la antigüedad sacaron de todo esto fue que cuanto mayor es el desplazamiento del punto de encaje, más insólito es el consecuente comportamiento, y la consiguiente percepción del mundo y la conciencia de ser.

-Date cuenta de que cuando hablo de ver, siempre te digo que lo que veo tiene la apariencia de algo conocido, o es como esto o lo otro ‑don Juan me previno‑. Todo lo que uno ve es algo tan único, que no hay manera de hablar de ello, excepto comparán­dolo con algo que nos es natural.

Dijo que un ejemplo adecuado era la forma en que los brujos tratan el punto de encaje y el resplandor que lo rodea. Los des­criben como una brillantez, y sin embargo no puede ser una brillantez ya que los videntes los ven sin sus ojos. Como de una u otra manera tienen que traducir su experiencia a términos visuales, dicen que el punto de encaje es una mancha de luz, y que alrededor de ella hay una especie de halo, un resplandor. Don Juan señaló que somos de tal modo visuales, y que estamos de tal modo regidos por nuestra percepción de predadores, que todo lo que vemos tiene que ser integrado a lo que el ojo de pre­dador normalmente ve.

Después de ver lo que el punto de encaje y el resplandor que lo rodea parecen hacer, los brujos de la antigüedad ofrecieron una explicación. Propusieron que en los seres humanos, la esfera resplandeciente que rodea al punto de encaje se enfoca en los millones de filamentos energéticos del universo que pa­san directamente a través de él; y al hacerlo, automáticamente y sin premeditación alguna, junta a esos filamentos de energía, unos con los otros, los aglutina, creando la percepción estable de un mundo.

-¿Cómo es que esos filamentos, de los que usted habla, se juntan unos con otros y crean la percepción estable de un mundo? ‑pregunté.

-No hay quien pueda saber eso -contestó enfáticamente‑. Los brujos ven el movimiento de la energía, pero verlo no quiere decir que puedan saber cómo o por qué la energía se mueve.

Don Juan expuso que, viendo cómo ese resplandor que rodea al punto de encaje es en extremo tenue en personas que están inconscientes o a punto de morir, y que está totalmente ausente en los cadáveres, los brujos de la antigüedad se convencieron de que ese resplandor es la conciencia de ser.

-¿Y qué pasa con el punto de encaje, don Juan? ¿Está ausente en los cadáveres? ‑le pregunté.

Contestó que el punto de encaje y el resplandor que lo rodea son la marca de la vida y la conciencia, y que no hay rastro alguno de ellos en los seres muertos. La inevitable conclusión a la que llegaron los brujos de la antigüedad, al observar aquello, fue que la conciencia, la vida y la percepción van juntas, y que están inextricablemente ligadas al punto de encaje y al resplan­dor que lo rodea.

‑¿Hay alguna posibilidad de que esos brujos se hayan equi­vocado respecto a lo que veían? ‑pregunté.

-No te puedo explicar cómo, pero no hay manera de que los brujos se puedan equivocar en lo que ven ‑dijo don Juan en un tono que no admitía argumento‑. Ahora bien, las conclusiones a las que llegan como resultado de ver pueden ser erróneas, quizá debido a que son ingenuos, no instruidos. A fin de evitar este desastre, los brujos tienen que cultivar su mente, de la manera más formal que puedan.

En seguida suavizó su tono, y comentó que realmente sería preferible que los brujos se atuvieran únicamente a describir lo que ven, pero que la tentación de sacarlo en limpio y explicar­lo, aunque sólo sea a si mismos, es tan intensa que es irresistible.

Los efectos del desplazamiento del punto de encaje fueron otra configuración energética que los brujos de la antigüedad pudieron ver y estudiar. Don Juan decía que cuando el pun­to de encaje se desplaza a otra posición, un nuevo conglo­merado de millones de filamentos energéticos entran en juego en esa nueva posición. Los brujos de la antigüedad, al ver es­to, concluyeron que ya que el resplandor de la conciencia está siempre presente en cualquier lugar donde el punto de encaje se encuentre, automáticamente la percepción se realiza en esa ubicación. Por supuesto que el mundo resultante no puede ser nuestro mundo de eventos cotidianos, sino que tiene que ser otro.

Don Juan explicó que los brujos de la antigüedad distinguie­ron dos tipos de desplazamiento del punto de encaje. Uno, era el desplazamiento a cualquier posición en la superficie o en el interior de la bola luminosa; un desplazamiento al cual llama­ron cambio del punto de encaje. El otro, era el desplazamiento a posiciones fuera de la bola luminosa; al cual llamaron movi­miento del punto de encaje. Descubrieron que la diferencia entre un cambio y un movimiento estaba en la clase de percepción que cada uno de ellos permite.

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