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La esencia demoníaca
Lloré la muerte del hermano Justicia.
No era su verdadero nombre, naturalmente. Su nombre verdadero era Quintall; ignoro si se trataba de su apellido o de su nombre de pila o incluso si tenía otro nombre. Sólo Quintall.
No creo que lo matara, tío Mather —por lo menos, no cuando era humano. Creo que su cuerpo humano murió como consecuencia del extraño broche que llevaba, un enlace mágico con el perverso y maligno demonio, según descubrió Avelyn.
Pero lloré por el hombre, por su muerte, en la que desempeñé un importante papel. Actué en defensa de Avelyn, de Pony y de mí mismo, y, si se repitiera la misma situación, no dudaría en obrar como lo hice y pelearía con el hermano Justicia sin escuchar los gritos de protesta de mi conciencia.
Pero lloré por el hombre, por su muerte, por todo el potencial perdido, malgastado, pervertido en un camino maligno. Al reflexionar sobre ello, me doy cuenta de que se trata de genuina tristeza, de auténtica pérdida, pues en todos nosotros arde una vela de esperanza, una luz de sacrificio y de solidaridad que nos permite hacer grandes cosas para mejorar el mundo. En todos nosotros, en todos los hombres y mujeres, se encuentra de forma subyacente esa posibilidad de obrar con grandeza.
¡Qué cosa tan terrible le hicieron al pobre Quintall los jerarcas de la abadía de Avelyn al pervertirlo y transformarlo en ese monstruo llamado hermano Justicia!
Después de la muerte de Quintall, por primera vez me sentí como si tuviera las manos manchadas de sangre. Hasta entonces mi única pelea con humanos había sido con los tres tramperos, y con ellos me mostré clemente —una clemencia recompensada con creces. Pero para Quintall no hubo clemencia; no podía haberla ni siquiera en el caso de que hubiera sobrevivido al impacto de mi flecha y a su posterior caída, incluso en el caso de que el demonio Dáctilo y el broche mágico no hubiesen robado su espíritu de su cuerpo. De ningún otro modo, excepto con la muerte, habríamos podido disuadir al hermano Justicia de su misión de matar a Avelyn. Aquel propósito eliminaba todo lo demás, ardía en todos sus pensamientos mediante un largo y arduo proceso que había ido doblegando su libre voluntad hasta romperla, que le había eliminado la conciencia y le había llenado el corazón de odio.
Tal vez por esa razón el demonio Dáctilo lo encontró y se apoderó de él.
Que lástima, tío Mather, cuánto potencial malgastado.
En mis años de guardabosque, e incluso antes, en la batalla de Dundalis, he matado muchas criaturas —trasgos, powris, gigantes— pero no he derramado lágrima alguna por ellas; le he dado muchas vueltas a la vista de mis sentimientos con respecto a la muerte de Quintall. ¿Se debían mis lágrimas sólo a una elevación de mi propia raza por encima de todas las demás y, si era así, no es ésa la peor clase de orgullo?
No; y lo digo con cierta confianza, ya que con seguridad lloraría si el cruel destino llevara alguna vez mi espada contra un Touel’alfar; con seguridad consideraría la muerte de un elfo tan trágica y tan digna de compasión como la de un ser humano.
¿Dónde está entonces, la diferencia?
Creo que se trata de una cuestión de principios, pues al igual que los humanos, tal vez incluso más, los Touel’alfar poseen la capacidad y la inclinación para elegir el buen camino. No así los trasgos, ni mucho menos los viles powris. No estoy tan seguro en el caso de los gigantes, ya que es posible que simplemente fueran demasiado estúpidos para comprender siquiera el sufrimiento que sus acciones belicosas infligen. En cualquier caso, no derramaré lágrima alguna ni tendré el mínimo remordimiento por los monstruos caídos por un corte de Tempestad o un pinchazo de Ala de Halcón. Su propia maldad les ocasionó la muerte. Son criaturas del Dáctilo, la encarnación del mal, que siembran la muerte entre los humanos —y a menudo entre ellas— sólo por el simple placer de hacerlo.
He hablado sobre ello con Pony, quien me planteó una interesante cuestión. Se preguntaba si una cría de trasgo, educada entre los humanos, o entre los Touel’alfar en el maravilloso Andur’Blough Inninness, sería tan vil como los de su salvaje especie. ¿La maldad de tales seres es innata, endógena y permanente o es una cuestión de educación?
Mi amigo, nuestro amigo, Belli’mar Juraviel conocía la respuesta a la pregunta de la mujer, ya que su gente hace muchos años acogió una cría de trasgo en su encantadora tierra y la educó como a uno de los suyos. Al crecer, el trasgo no fue menos perverso ni menos peligroso que uno de su especie criado en las hondonadas oscuras de las montañas lejanas. Los elfos, siempre curiosos, intentaron lo mismo con una cría powri, y los resultados fueron aún peores.
Así pues, no lloraré por trasgos, powris ni gigantes, tío Mather; no derramaré ni una sola lágrima por una criatura del Dáctilo. Pero lloro por Quintall, que cayó en las garras del demonio. Lloro por el potencial perdido, por la terrible elección que lo empujó hacia las tinieblas.
Y creo, tío Mather, que en ese llanto por Quintall, o por cualquier otro humano o elfo que el cruel destino me obligue a matar, preservo mi propia humanidad.
Me temo que ésa es la cicatriz de las batallas, una marca que perdurará para siempre.
Elbryan, el Pájaro de la Noche
1
Enemigos de la iglesia
El único poder mágico que llevaban era un granate para detectar el uso de gemas hechizadas, y una piedra solar, la piedra de la antimagia. En realidad, ninguno de los dos era muy experto en la utilización de las gemas, pues habían dedicado la mayor parte de los pocos años pasados en Saint Mere Abelle a un riguroso entrenamiento físico y a la manipulación mental necesaria para quien pretenda recibir el nombre de hermano Justicia.
Aquella mañana la caravana había vuelto hacia el este, mientras los dos monjes, después de cambiarse de ropa para parecer vulgares aldeanos, se habían ido hacia el sur, hacia el transbordador de Palmaris; se habían embarcado en el primero de los tres viajes diarios, que cruzaba el Masur Delaval al romper el alba. Llegaron a la ciudad por la tarde e inmediatamente siguieron camino hacia el norte salvando la muralla, sin perder tiempo en desplazarse hasta la puerta. Cuando el sol se acercaba al ocaso, Youseff y Dandelion avistaron sus primeras presas: una banda de cuatro monstruos —tres powris y un trasgo— que estaban montando un campamento en medio de un conjunto de rocas desprendidas a unos quince quilómetros de Palmaris. Enseguida advirtieron que el trasgo era el esclavo de los otros tres monstruos, ya que realizaba casi todo el trabajo y, cuando lo hacía con menos ritmo, uno de los powris le daba un golpe seco en la nuca espoleándolo para que se moviera más deprisa. Y algo aún más significativo: los monjes advirtieron que el trasgo llevaba una cuerda, una traílla, atada a un tobillo.
Youseff se volvió hacia Dandelion y asintió con la cabeza: podrían aprovechar la ventaja que esa situación les brindaba.
Cuando el sol se ocultaba tras el horizonte, el trasgo salió del campo, seguido de cerca por un powri que agarraba el extremo de la cuerda. En el bosque, el trasgo empezó a buscar leña, mientras el powri rondaba tranquilamente por allí. Sigilosos como sombras alargadas, Youseff y Dandelion, tomaron posiciones: el monje más delgado se subió a un árbol, y el pesado Dandelion fue deslizándose de un tronco a otro, para acercarse al powri.
—¡Vamos, date prisa, estúpida criatura! —reñía el powri al trasgo, mientras pateaba las hojas y el barro—. ¡Mis amigos se van a comer todo el conejo, y a mí no me quedarán más que los huesos para roer!
El trasgo, una criatura realmente maltratada, echaba furtivas miradas hacia atrás y luego se apresuraba a recoger más leña menuda.
—Por favor, amo —se quejó—. Ya no me cabe más leña en los brazos y me duele mucho la espalda.
—¡Cierra el pico! —gruñó el powri—. Te crees que ya llevas todo lo que puedes cargar, pero no es suficiente para el fuego de esta noche. ¿Quieres que tenga que recorrer otra vez todo el camino hasta aquí? ¡Te azotaré hasta dejarte la piel roja, apestoso canalla!
Youseff saltó justo al lado del asustado powri, al tiempo que dejaba caer una pesada bolsa sobre su cabeza en un abrir y cerrar de sus sorprendidos ojos. Un instante después y tras una rápida carrera, Dandelion golpeó al enano por detrás, lo alzó con un abrazo de oso y se precipitó a toda velocidad con la cabeza del monstruo por delante contra el tronco del árbol más cercano.
Pero el terco powri se revolvió y lanzó un codazo a la garganta de Dandelion. El corpulento monje apenas lo notó, y apretó con todas sus fuerzas al powri; cuando vio que su compañero se acercaba, pasó el brazo por debajo del de la criatura y se lo levantó muy arriba hasta dejar bien visibles las costillas.
La daga de Youseff, perfectamente dirigida, se deslizó entre dos costillas y atravesó el corazón del tenaz powri. Dandelion aguantó con firmeza al despreciable enano y se las arregló para tener una mano libre con objeto de taponar la herida pues no quería que se derramara mucha sangre.
No allí.
Youseff, entretanto, se volvió hacia el trasgo.
—Eres libre —murmuró excitado mientras le hacía señales con la mano para que se marchara.
El trasgo, a punto de estallar, miró primero al humano con curiosidad y luego su brazada de leña. Temblando por la excitación, arrojó la leña al suelo, se desprendió de la cuerda del tobillo y se internó a toda prisa en la oscuridad del bosque.
—¿Muerto? —preguntó Youseff, mientras Dandelion dejaba que el powri inerte se desplomara al suelo.
El corpulento hombre inclinó la cabeza para asentir y luego vendó la herida. Era imprescindible que no se derramara sangre cuando ambos regresaran a Palmaris y, en particular, cuando entraran en Saint Precious. Youseff le quitó el arma al powri, una espada curvada y dentada de aspecto siniestro, tan larga y recia como su antebrazo, y Dandelion metió al enano en un pesado saco forrado. Después de echar un vistazo alrededor para asegurarse que los otros powris no se habían dado cuenta de la emboscada, prosiguieron el camino hacia el sur; la carga era sólo una pequeña molestia para el forzudo Dandelion.
—¿No deberíamos haber cogido al trasgo para Connor Bildeborough? —preguntó Dandelion al tiempo que aflojaban la marcha al aproximarse al muro norte de la ciudad.
Youseff consideró la pregunta durante unos instantes, intentando no reírse de que el imbécil de su amigo no lo hubiera mencionado hasta entonces, cuando hacía más de una hora que habían dejado escapar al trasgo.
—Sólo necesitamos uno —le aseguró.
El padre abad había dejado muy claro al hermano Youseff lo que quería. Cualquier acción contra Dobrinion tenía que parecer un simple accidente o despertar sospechas en direcciones muy alejadas de Markwart, pues las implicaciones para la iglesia, si Saint Mere Abelle parecía estar relacionada de algún modo, serían muy graves. Connor Bildeborough, no obstante, era un problema muy distinto. Si su tío, el barón de Palmaris, alguna vez sospechaba la responsabilidad de la iglesia en la muerte de Connor, en su ignorancia de las rivalidades entre las abadías, probablemente culparía tanto a Saint Precious como a Saint Mere Abelle, y en el caso de que dirigiera su atención hacia la abadía de la bahía de Todos los Santos, poco, muy poco podría hacer.
No representó esfuerzo alguno para los adiestrados asesinos salvar la muralla de la ciudad y pasar ante los ojos de la débil guardia. El frente de batalla había retrocedido y, aunque bandas de truhanes como la que los monjes habían encontrado todavía andaban por allí, no se creían en peligro al encontrarse protegidos por una guarnición atrincherada en la ciudad —una guarnición reforzada hacía pocos días por una brigada completa de los hombres del rey llegada desde Ursal.
Ahora Dandelion y Youseff volvieron a vestirse con sus hábitos marrones y, con las cabezas humildemente inclinadas, iniciaron su solemne marcha por las calles. Sólo fueron importunados en una ocasión, por un pordiosero que no dejaba de molestarlos e incluso llegó a amenazarlos si no le daban una moneda de plata; el hermano Dandelion, sin perder la calma, lo sacudió contra la pared de un callejón.
Era mucho después de vísperas y Saint Precious estaba tranquila y oscura, pero a los monjes eso no les tranquilizó mucho, pues sabían que los hombres de su orden resultarían ser mejores vigilantes que los perezosos guardias de la ciudad. No obstante, el padre abad una vez más les había dado las instrucciones adecuadas. En la muralla sur de la abadía, donde la muralla de hecho formaba parte del edificio principal, no había ventanas ni puertas visibles.
Sólo había una puerta, hábilmente disimulada, desde la cual los trabajadores de la cocina tiraban los restos de las comidas del día. El hermano Youseff sacó el granate y lo utilizó para encontrar la puerta invisible, ya que el portal, además de estar mágicamente sellado para que no pudiera abrirse desde afuera, también estaba mágicamente oculto.
Además, la puerta estaba teóricamente cerrada —o debía haberlo estado—, pero antes de que los monjes de Saint Mere Abelle se hubieran marchado de Saint Precious, el hermano Youseff había ido a la cocina con la excusa de buscar provisiones, aunque en realidad lo había hecho para destruir el mecanismo que bloqueaba la puerta. Ahora, al considerar que, por lo visto, el padre abad había tenido en cuenta la posibilidad de que necesitaran una forma discreta de entrar en Saint Precious, estaba impresionado por la previsión de su director.
Mediante el uso de la piedra solar, Youseff venció la exigua magia que bloqueaba la puerta y la empujó con cuidado para abrirla. Sólo había una persona en el interior, una joven que canturreaba mientras fregaba un pote en una pila con agua hirviendo.
Youseff se colocó detrás de ella y escuchó la despreocupada canción disfrutando con la ironía maliciosa de la alegre melodía.
Al advertir su presencia, la mujer dejó de cantar.
Youseff se deleitó con su miedo sólo un momento; la agarró por el pelo y le metió la cabeza debajo del agua; la joven se resistió y se debatió, pero de nada le valieron sus esfuerzos ante el eficiente asesino. Youseff sonrió cuando la pobre desgraciada se desplomó en el suelo. Se suponía que tenía que ser un frío asesino, un mero instrumento de la voluntad del padre abad, pero en realidad el monje se daba cuenta de que disfrutaba al matar, disfrutaba al ver el miedo de sus víctimas, disfrutaba con aquel poder absoluto. Al mirar a la joven muerta en el suelo, deseó haber podido disponer de más tiempo para saborear los prolegómenos y el terror creciente que precede a la muerte.
La muerte, en comparación, era suave y fácil.
Saint Precious estaba tranquila aquella noche, como si el lugar, la misma abadía, se hubiera tomado un respiro después de las tensiones de la visita del padre abad. Youseff y Dandelion, los hermanos Justicia, cruzaron con paso decidido los vestíbulos; delante iba el forzudo Dandelion, cargando en la espalda el saco con el powri. En todo el trayecto hasta los aposentos del abad Dobrinion, sólo vieron a otro monje, que no los vio.
Youseff puso una rodilla en el suelo ante la puerta; tenía un pequeño cuchillo en la mano. Aunque podía abrir con facilidad el sencillo cerrojo, raspó y arañó la madera, rebajándola gradualmente, para que pareciera que la puerta había sido forzada.
Después atravesaron otra puerta, más liviana y sin cerrojo, y entraron en el dormitorio de Dobrinion.
El abad se despertó sobresaltado y empezó a gritar, pero enseguida se hundió en un extraño silencio al ver a los dos monjes y la pesada espada dentada que ondeaba de forma amenazadora a pocos centímetros de su cara, brillando bajo la tenue luz de la luna que penetraba a través de la única ventana de la habitación.
—Sabías que vendríamos por ti —dijo Youseff para atormentarlo.
Dobrinion sacudió la cabeza.
—Hablaré con el padre abad —imploró—; se trata de un malentendido, eso es todo.
Youseff se puso un dedo sobre los labios fruncidos, mientras sonreía perversamente, pero Dobrinion insistía.
—Los Chilichunks son criminales, eso es evidente —dijo, y odió aquellas palabras mientras las pronunciaba, se odió a sí mismo por su cobardía. Entonces su espíritu emprendió una gran batalla: su conciencia luchaba con el instinto primario de conservación.