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Banquero desaparecido
Los periódicos se ocuparon del caso durante todo el mes de septiembre. Las noticias
llegaban de puntos tan dispares como Venezuela o Montecarlo: «Localizado el banquero
desaparecido». Pero siempre resultaban erróneas. Por último, la desaparición de Norman
Winters quedó como uno de aquellos misterios que sólo pueden resolver esos grandes
detectives que son el Tiempo y la Casualidad. Sus datos personales fueron difundidos del uno
al otro confín del mundo civilizado: estatura, un metro setenta y ocho; descripción, cabello
castaño, ojos color gris oscuro, nariz aguileña, piel blanca; cuarenta y seis años; aficiones,
historia y biología; señas particulares, un pequeño lunar al borde de la ventana derecha de la
nariz.
Su hijo no pudo dedicar mucho tiempo a la búsqueda, pues un mes antes de su
desaparición Winters se había retirado prácticamente de los negocios, dejándolos en las
capaces manos de aquél. No había ningún indicio en cuanto a sus motivos, porque carecía
absolutamente de enemigos y disponía de todo el dinero necesario para satisfacer sus
inclinaciones científicas. En octubre, sólo la generosamente pagada agencia de detectives que
había contratado su hijo se acordaba del hombre desaparecido. Aquel año la nieve llegó
temprana al suburbio de Westchester donde estaba sita la residencia de Winters, cubriendo la
tierra con su manto blanco. En las colinas de la otra orilla del Hudson, los osos dormían el
sueño invernal en sus madrigueras, debajo de la tierra y el hielo.
En el estanque de la propiedad, los sapos habían desaparecido para ocultarse bajo el
barro del fondo: un milagro de hibernación, un desafío a la agudeza de los biólogos. El mundo
siguió ocupándose de sus asuntos invernales y se desentendió del banquero desaparecido. Y,
sin embargo, les habría bastado fijarse en los sapos… o en los osos, para tener una pista.
Pero el verdadero escondite de Norman Winters era aún más extraño. Yacía quince
metros bajo la helada tierra, en una cámara cuya anchura era de tres metros y medio, hecho
un ovillo entre suaves edredones apilados hasta un metro y medio de espesor, con los ojos
cerrados. Vivía en la oscuridad de la noche eterna y en el silencio absoluto. Durante todo el
mes de octubre su corazón latió lenta y levemente y, si alguien hubiera entrado con una luz,
habría observado que su pecho subía y bajaba de vez en cuando. En noviembre, incluso esos
indicios de vida cesaron y la figura quedó inmóvil.
Transcurrieron semanas y la nieve se derritió. Los osos salieron hambrientos de sus
cuarteles de invierno y se dispusieron a restaurar sus carnes enflaquecidas. Los sapos
regresaron con las primeras noches cálidas de la primavera, tan melodiosos para los amantes
de la naturaleza como odiosos para las personas de sueño ligero.
Pero Norman Winters no despertó de su sueño a estos anuncios primaverales. Su cuerpo
yacía inmóvil; con la inmovilidad de la muerte y sus rasgos tenían una palidez de cera. No se
había iniciado la descomposición, y los tejidos estaban turgentes y frescos. Las heladas no
llegaban a tan gran profundidad. Pero la temperatura que reinaba en la cámara no se
explicaba por este solo hecho. En efecto, una caja cerrada situada en un rincón había irradiado
durante todo el invierno una determinada cantidad de calorías. Por la pared de la cámara
descendía una gruesa cañería de plomo procedente de un conducto tallado en la roca, hasta
llegar a dicha caja cerrada. Otra tubería similar salía de ésta y desaparecía en el suelo. Sobre
la caja había un cuadrante, a primera vista parecido a la esfera de un reloj. Su escala,
expresada en millares, tenía cien divisiones, y el índice apuntaba un poco por debajo de la
correspondiente al dos mil.
Dos hilos de platino iban desde la caja hasta la figura inmóvil entre el rimero de
edredones, conectados a dos bandas de oro: una que ceñía una muñeca, y la otra el tobillo del
lado opuesto. Más allá, una especie de armario empotrado en la roca, cerrado y misterioso
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como todo lo que contenía aquella cámara. Pero allí no había luz que permitiera ver todo esto,
sólo oscuridad, la negrura de la noche eterna, la ciega y sofocante oscuridad de los sepulcros.
La luz, fuente de vida y alegría estaba desterrada de aquel lugar. Un forro de plomo inalterable
aprisionaba el aire; el polvo en suspensión se había precipitado a los pocos días, cosa que
nunca ocurre en la atmósfera de nuestro mundo, dejando la de la cámara tan pura e inmóvil y
tan estéril como un cristal. Porque sin cambio y movimiento, no puede haber vida. En el aire
flotaba un débil olor a desinfectante, como si las bacterias tampoco estuviesen toleradas en
aquel lugar de muerte.
Al cabo del primer mes. Vincent Winters (el hijo del hombre desaparecido) efectuó un
detenido análisis de todos los hechos y posibles pistas que los detectives habían logrado reunir
en cuanto a la desaparición de su padre. No aclaraban nada. El viernes, ocho de septiembre,
su padre había pasado la jornada en su residencia, había cenado solo, leyó un rato en la
biblioteca, escribió una o dos cartas y se retiró temprano a su dormitorio. La mañana
siguiente, no bajó para desayunar. Dibbs, el mayordomo, después de echar un vistazo a la
alcoba, dijo que el señor no había dormido en su cama. Naturalmente, los criados fueron
sometidos a un minucioso interrogatorio, aunque su honradez excluía prácticamente toda
sospecha. Tan sólo uno, el más antiguo y leal de todos, se comportó y respondió a las
preguntas de un modo que despertó la curiosidad de Vincent Winters. Se trataba de Carstairs,
el jardinero, un inglés alto y desgarbado, de rostro alargado y melancólico. Llevaba veinte
años al servicio del señor Winters.
La noche de aquel viernes, cerca de las doce, había sido visto entrando en su cabaña con
dos palas al hombro; este detalle en sí mismo tal vez no fuese una circunstancia acusatoria,
pero la explicación carecía de verosimilitud. Dijo que había estado cavando en el jardín.
—Pero, Carstairs, ¿por qué con dos palas? —preguntó Vincent por centésima vez.
Recibió la misma respuesta invariable:
—Se me olvidó dónde había dejado la primera, regresé y cogí otra, y al volver con ella
encontré la primera.
Vincent se puso en pie, intranquilo.
—Vamos, enséñeme el sitio donde estaba cavando —dijo. Carstairs palideció un poco y
meneó la cabeza—. ¡Pero hombre! ¿Se niega a obedecerme?
—Lo siento, señor Vincent. Sí, debo negarme a mostrarle eso. —Hubo un breve silencio.
Vincent suspiró.
—Bien, Carstairs, no me deja otra alternativa. Usted es casi una institución en esta casa;
mis recuerdos infantiles están poblados de imágenes de su persona. Pero es mi deber
entregarle a la policía —miró con dureza al viejo servidor.
El hombre pareció muy sorprendido y abrió la boca como para hablar, pero volvió a
cerrarla con obstinación verdaderamente británica. No habló hasta que Vincent se volvió y
descolgó el teléfono.
—No lo haga, señor Vincent.
Vincent se volvió en su asiento para mirarlo, con el receptor en la mano.
—No puedo enseñarle el sitio donde estaba cavando, porque el señor Winters me ordenó
que no se lo dijera a nadie.
—¡No pensará que me voy a creer eso!
—Entonces, ¿insiste?
—¡Absolutamente!
—No tengo otra alternativa. Me ordenó que le dijera a usted estas palabras, en caso de
absoluta necesidad: «El metabolismo, de Steubenaur».
—¡Diantre! ¿Qué significa eso?
—No fui informado, señor.
—¿Es decir, que mi padre le dio esas instrucciones, por si recaían sobre usted sospechas
en cuanto a… ¡ejem…! una intervención de usted en su desaparición?
El jardinero asintió en silencio.
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E l h o m b r e q u e d e s p e r t ó e n e l f u t u r o L a u r e n c e M a n n i n g
—¡Hum! Lo que ha dicho parece el título de un libro…
Vincent fue a la biblioteca y consultó el bien ordenado catálogo. Allí estaba el libro, un
viejo volumen encuadernado en piel de color castaño; correspondía a la sección de biología.
Mientras Vincent lo abría con curiosidad, cayó al suelo un sobre. Lo recogió precipitadamente y
descubrió que venía dirigido a él mismo. La letra era de su padre. Lo abrió con dedos
temblorosos, impaciente, ya continuación leyó:
Querido hijo mío: Tal vez sería mejor que no leyeras esto. Pero se trata de una
precaución necesaria. Si quedase algo al azar, Carstairs podría ser relacionado con mi
desaparición. Preveo esta posibilidad, porque es real. En efecto, me ha ayudado a
desaparecer, pero cumpliendo mis órdenes. Obedeció con lágrimas en los ojos y después de
negarse cien veces. Hasta el último instante ha sido, como siempre, un servidor fiel y
abnegado. Por favor, ocúpate de que no pase necesidad hasta el fin de sus días.
Hijo mío, el descubrimiento y el estudio de los llamados rayos «cósmicos» ha sido del
mayor interés para nosotros, los biólogos. La vida es una reacción química que consiste
fundamentalmente en el continuo fraccionamiento de las moléculas orgánicas, y su constante
sustitución por estructuras nuevas, sintetizadas a partir de los alimentos que ingerimos. La
materia inorgánica es, en comparación, muy estable. Un cristal de diamante, por ejemplo, está
compuesto de moléculas que no se dividen fácilmente. En el no hay cambio, no hay vida. Las
moléculas orgánicas y las células pueden considerarse «inestables». El porqué de tal diferencia
no fue correctamente comprendido ni explicado, hasta el descubrimiento de los rayos
cósmicos. Entonces sospechamos la verdad: el bombardeo de los tejidos vivientes por esas
minúsculas partículas de alta velocidad provoca el incesante cambio infinitesimal que nosotros
llamamos «vida».
¿Adivinas ahora la naturaleza de mi experimento? He trabajado tres años en mi idea.
Herkimer, del John Hopkins, me facilitó el medicamento que voy a emplear. Mortimer, de
Harvard, construyó una pantalla aislante conforme a mis instrucciones. Pero ninguno de los
dos conocía la finalidad de mi investigación. La radiación no puede atravesar un espesor de dos
metros de plomo enterrados a gran profundidad en el suelo. El año pasado instalé en mi finca,
con ayuda de Carstairs, la cámara protectora que acabo de describir. Esta noche descenderé a
ella. Carstairs enterrará la entrada del túnel y plantará césped sobre la tierra, para que no sea
descubierta jamás.
En mi cuarto de paredes de plomo tomaré el medicamento especial y caeré en un estado
de coma que en la superficie de la tierra duraría, como máximo, algunas horas. Pero allí abajo,
protegido de todo cambio, no despertaré sino cuando reciba una nueva dosis de radiación. He
instalado en la pared un poderoso tubo emisor de rayos X. Cuando se cumpla el plazo
asignado, se encenderá, recibiendo la energía producida por un caudal subterráneo que he
desviado haciéndolo pasar por mi cámara.
Espero que la dosis de rayos X baste para despertarme de mi largo sueño. Entonces me
levantaré y saldré al mundo después de recorrer el túnel. Y mis ojos verán la gloria del mundo
futuro, en que la Humanidad habrá ascendido por los peldaños de la ciencia hacia su magno
destino.
¡No intentes buscarme! Debes casarte, consagrarte a tus obligaciones y olvidarme. Como
sabes, toda mi riqueza está a tu nombre. Te habrás preguntado en su momento por qué lo
hacía. Ahora ya la sabes. Por favor, cásate. Ten hijos sanos. Espero conocer a tus futuros
descendientes, porque me propongo viajar muy lejos: cuando despierte, habrán pasado por la
faz de la Tierra ciento veinte generaciones, y la sangre de los Winters habrá tenido tiempo de
multiplicarse por todo el mundo.
¡Oh, hijo mío! ¡Estoy impaciente! ¡Son las nueve de la noche, y debo prepararme para mi
aventura! Esta llamada es más poderosa que la de la sangre. Cuando yo despierte, Vincent,
habrán pasado tres mil años desde tu muerte. No volveremos a vernos. ¡Adiós, hijo mío!
¡Adiós!
Y así, la desaparición de Norman Winters pasó a formar parte de la crónica local. La
agencia de detectives presentó su informe definitivo y recibió con pesar el último pago. Vincent
Winters se casó un año después y se estableció en la residencia de su padre. Carstairs
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envejeció pronto, y le fueron asignados jóvenes y vigorosos ayudantes para ejecutar los
trabajos. Años más tarde, pidió una entrevista con Vincent para solicitarle el favor de ser
enterrado en la finca, a su muerte, al pie de un montículo donde crecía un abeto y una mata
de rododendros. Vincent se echó a reír ante esta idea y le respondió que aún viviría muchos
años; pero el viejo jardinero murió menos de un año después y Vincent hizo cavar una fosa
más profunda de lo que se solía. Mientras los obreros trabajaban, lanzó frecuentes ojeadas,
procurando disimular. Pero no vio sino tierra y piedras. Ordenó que erigieran allí mismo una
pesada lápida de hormigón armado.
—Si quieres saber mi opinión, todo esto es muy extraño —comentaba el viejo
mayordomo Dibbs con el ama de llaves—. Como si el señor Vincent quisiera que la lápida de
Carstairs durase mil años. ¡Las letras tienen quince centímetros de profundidad!
Cuando le llegó su hora, Vincent Winters murió también y se le enterró al lado del
jardinero, tal como había pedido insistentemente. En toda la Tierra, nadie se acordaba ya de
Norman Winters.
2 – Despertar en… ¿qué año?
Era de noche, y grandes cortinas de llamas azules iluminaban el cielo con un resplandor
espectral. De súbito le envolvió un fogonazo cegador… sintió mil dolores terribles en todos los
miembros… yacía desvalido en el suelo y sufría, y se desmayó unos instantes.
Hasta doce veces despertó, siempre atormentado por dolores en todo el cuerpo, abriendo
los ojos a un cuchitril alumbrado por una poderosa lámpara eléctrica de color azul. Repetidas
veces intentó mover la mano derecha para cubrirse los ojos, pero no consiguió que sus
músculos obedecieran a su voluntad. Así debió pasar varios días, yaciente, con el rostro
bañado en sudor a causa de los esfuerzos. Al fin, cierto día, su mano se alzó poco a poco.
Esperó un minuto, descansando. No sabía dónde se hallaba. Luego, desde una profundidad
infinita, un vago recuerdo acudió a su cerebro embotado. Un recuerdo que implicaba un júbilo
rebosante. Las cosas que lo rodeaban fueron adquiriendo significado y recorrió su cuerpo un
gran estremecimiento. ¡Estaba despierto! ¿Lo habría logrado? ¿Se hallaría realmente vivo en el
lejano futuro?
Permaneció inmóvil un instante, meditando la gran realidad de su despertar. Volvió los
ojos hacia el armario empotrado en la roca, al lado de su yacija. Alargó poco a poco la mano,
abrió suavemente la puerta. En un compartimiento situado a nivel de su cabeza vio dos
botellas que contenían un licor amarillento. Jadeando de angustia, cogió una y la atrajo hacia
sí. Derramó parte de su contenido, pero consiguió verter un trago en su boca e ingerirlo. Luego
descanso media hora, inmóvil, con los ojos enérgicamente cerrados y los labios apretados,
sufriendo la tortura del lento despertar, mientras la medicina que había ingerido recorría sus
venas como fuego y hacía hormiguear los nervios de los brazos y las piernas, hasta las puntas
de los dedos de manos y pies.
Cuando abrió de nuevo los ojos, se sentía débil pero en posesión de sus recursos. El
armario contenía una caja metálica con pastillas de extracto de carne. Bebió con sumo cuidado
de la otra botella.
Luego sacó las piernas de los edredones, cuyo espesor inicial de metro y medio había
quedado comprimido a menos de sesenta centímetros por su peso secular, y cruzó la cámara
para acercarse al reloj.
«¡Cinco mil!», leyó con una exclamación de asombro, frotándose las delgadas manos.
Pero, ¿podía ser cierto? ¡Era preciso salir! Abrió un grifo de la tubería de plomo, llenó de agua
fría un vaso de vidrio, bebió ávidamente, volvió a llenarlo y bebió de nuevo. Miró con
curiosidad a su alrededor, para observar los cambios que había producido en su cámara el
paso del tiempo. Pero sus proyectos habían sido muy previsores, y casi no se apreciaban
deterioros.
La superficie de la tubería estaba algo resquebrajada. Había partículas de polvo blanco en
los lugares donde el frío había condensado la humedad del aire. Para eso no había podido
hallar solución, pues el caudal de agua que recorría aquel conducto era la única fuente de
electricidad para el minúsculo motor que accionaba la calefacción de la cámara, y para la
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lámpara especial de rayos X que ahora infundía en todo su ser las radiaciones restauradoras de
vida. Winters destapó la caja de mecanismos, y revisó con cuidado el motor y el generador.
Las piezas cromadas y montadas sobre rubíes no mostraban el menor signo de desgaste.
¿Significaba esto, quizá, que no habían transcurrido sino muy pocos años? Desconfió de la
precisión de su reloj. Volvió a colocar la tapa y se frotó las manos, por la capa de polvo que la
cubría todo. Luego Winters revisó los elementos de caldeo y puso a calentar sobre ellos un
recipiente de vidrio lleno de agua. Con una pastilla de extracto de carne hizo un caldo caliente,
que bebió con satisfacción.
Impaciente, se acercó a la compuerta de la coraza de plomo y tiró de la palanca de
cierre, esta resistió, por lo que tiró con más fuerza, y finalmente hasta agotar todas sus
energías. Fue inútil. ¡La puerta no cedía! Descansó un rato apoyado contra ella, jadeando, y
luego se agachó para observar el batiente. Con un estremecimiento de temor, observó que la
rendija entre compuerta y blindaje se hallaba taponada por una fina masilla blanca. ¡La
compuerta se había oxidado, quedando herméticamen
1 comentario en “Hombre que desperto en el futuro”
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pregunta general
¿por qué no ponen los nombres de los autores de los libros que ofrecen…?