Lee las primeras paginas del libro online
Todo el mundo parece recordar con absoluta claridad lo que estaba haciendo el 22 de noviembre de 1963, en el instante en que se enteró de la muerte del presidente Kennedy. Este cayó herido a las 12,22 de la tarde hora de Dallas, y el anuncio de su muerte fue dado a las 13,30 de la misma zona horaria. Eran las 2,30 en Nueva York, las 7,30 en Londres y las 8,30 de una fría noche de aguanieve en Hamburgo.
Peter Miller regresaba al centro de la ciudad en su coche, después de visitar a su madre, que vivía en las fueras, en un barrio llamado Osdorf. Iba a ver a su madre cada viernes por la noche; por un lado, porque quería asegurarse de que tenía todo lo necesario para pasar el fin de semana y, por otro, porque estimaba que debía ir a verla una vez a la semana. De haber tenido ella teléfono, la habría llamado; pero como no lo tenía. iba a su casa en el coche. Y ésta era la razón por la cual no quería la mujer el teléfono.
Miller, como de costumbre, tenía puesta la radio, y estaba escuchando un programa musical de la emisora del Noroeste. A las ocho y media estaba en la carretera de Osdorf, a diez minutos del piso de su madre, cuando la música se interrumpió y sonó, tensa de emoción, la voz del locutor:
—Achtung, Achtung! Noticia de última hora. El presidente Kennedy ha muerto. Repito: el presidente Kennedy ha muerto.
Miller apartó los ojos de la carretera y miró fijamente la tenue luz del cuadrante de frecuencias del borde superior de la radio, como si sus ojos pudiesen desmentir lo que sus oídos acababan de captar, revelándose que tenía equivocadamente sintonizada la emisora: la que sólo radia disparates.
—¡ Jesús !—murmuró .
Pisó el pedal del freno y se arrimó al lado derecho de la carretera. En la ancha y recta autopista que atraviesa Altona hacia el centro de Hamburgo, otros conductores que habían oído la noticia se estacionaban al lado de la carretera como si conducir y escuchar la radio se hubieran convertido de pronto en ocupaciones incompatibles, y así era en cierto modo.
Miller, desde donde se hallaba detenido, veía brillar las luces de frenado de los automóviles que iban delante de él, a medida que los conductores los iban deteniendo en el arcén, para escuchar las nuevas informaciones que brotaban de sus receptores. A la izquierda, los faros de los coches que salían de la ciudad oscilaban violentamente al virar, a su vez, para salirse de la calzada. Dos automóviles le adelantaron, el primero haciendo sonar furiosamente el claxon, y Miller pudo ver cómo el conductor se llevaba el índice a la frente, en ese grosero ademán con que el conductor alemán tilda de loco al que lo irrita.
«No tardará mucho en enterarse», pensó Miller.
En la radio, la música ligera había cedido el paso a la marcha fúnebre, que, al parecer, era lo único que el disk-jockey tenía a mano. A intervalos, el locutor daba nuevos detalles de la noticia, a medida que éstos iban llegándole de la sala de teletipos. Empezaban a conocerse los pormenores: la llegada a Dallas en coche descubierto, el tirador en la ventana del almacén de libros… No se hablaba de ningún arresto.
El conductor del coche de delante se apeó y se acercó a Miller. Se dirigió a la ventanilla de la izquierda, pero, al observar que, inexplicablemente, aquel coche tenía el volante a la derecha, dio la vuelta y se situó al otro lado. Llevaba una chaqueta con cuello de piel sintética. Miller bajó el cristal.
—¿Lo ha oído?—preguntó el hombre, inclinándose hacia la ventanilla.
—Sí.
—¡Qué espanto!—exclamó el otro.
En todo Hamburgo, en toda Europa, en todo el mundo, la gente se acercaba a los desconocidos para comentar el caso.
—¿Le parece que pueden haber sido los comunistas?—inquirió el hombre.
—No lo sé.
—Eso podría provocar la guerra.
—Quizás—admitió Miller.
Estaba deseando que el hombre se fuera. El, en su condición de periodista, podía imaginar el caos que se produciría en todas las redacciones de los periódicos, desde las que se llamaría a todos los hombres de la plantilla, con objeto de lanzar una edición especial que llegara a los lectores antes del desayuno. Habría que preparar notas biográficas, ordenar y componer comentarios… Los teléfonos estarían bloqueados por hombres que vociferarían pidiendo más y más detalles. Y todo, porque un hombre yacía, con el cuello destrozado, sobre una mesa de mármol en una ciudad de Texas.
En aquel momento casi deseaba figurar otra vez en la plantilla de un periódico, para poder intervenir en el jaleo, pues desde que—tres años antes—se independizara, habíase especializado en noticias de carácter nacional, sobre todo las relacionadas con el crimen, la Policía y los bajos fondos. A su madre no le gustaba este trabajo, y solía decir que «andaba con malas compañías», y por más que él aseguraba que estaba a punto de convertirse en uno de los reporteros-investigadores más solicitados del país, no lograba convencerla de que el oficio de periodista era digno de su único hijo.
Mientras por la radio iban llegando noticias, Miller pensaba con rapidez, tratando de decidir si el suceso ofrecía alguna faceta que pudiera encararse desde Alemania en un reportaje complementario. La reacción del Gobierno de Bonn sería comentada desde esta ciudad por los hombres de las plantillas periodísticas, y el recuerdo de la visita de Kennedy a Berlín en junio ultimo sería glosado desde Berlín. No parecía, pues, que el caso diera para un buen reportaje, con fotografías, susceptible de vender a cualquiera de la veintena de semanarios alemanes que constituían los mejores clientes de su especialidad periodística.
El hombre que estaba apoyado en la ventanilla del coche advirtió que Miller no le prestaba atención, y supuso que era por el dolor que le había causado la muerte del presidente. De modo que interrumpió su charla sobre guerra mundial y adoptó una compungida expresión.
—Ja, ja, ja —suspiró, con aire de entendido, como si él ya lo hubiese previsto—.
Gente violenta esos americanos… Tienen un fondo de violencia que nosotros, los de aquí, nunca comprenderemos.
—Sin duda—admitió Miller, aún distraído.
Finalmente, el desconocido se desanimó.
—Bueno, tengo que irme a casa—dijo, enderezándose—. Grus Gott.
Echó a andar hacia su automóvil. Miller advirtió entonces que el otro se alejaba.
—Ja, gute Nacht —le gritó a través de la ventanilla, y subió el cristal, a fin de resguardarse del aguanieve que las ráfagas del viento del Elba lanzaban contra el coche. La radio transmitía ahora una marcha lenta. El locutor acababa de anunciar que aquella noche no habría más música ligera; sólo boletines de noticias, que se alternarían con melodías adecuadas.
Miller se arrellanó en el cómodo asiento de piel de su «Jaguar» y encendió un «Roth-Handl», cigarrillo de tabaco negro, sin filtro, que olía de un modo espantoso, otra de las cosas que reprochaba su madre a aquel hijo que tantos desengaños le deparaba.
Es difícil no caer en la tentación de preguntar qué habría ocurrido si uno hubiese hecho o dejado de hacer… Ello suele ser una especulación inútil, pues lo que hubiera podido ser y no ha sido constituye el mayor de los misterios. Pero tal vez se pueda decir que si aquella noche no hubiera escuchado Miller la radio, no habría parado el coche ni pasado media hora a un lado de la carretera. Tampoco habría visto la ambulancia ni oído hablar de Salomon Tauber ni de Eduard Roschmann. Y, probablemente, cuarenta meses después hubiera dejado de existir la República de Israel.
Miller terminó el cigarrillo mientras seguía escuchando la radio; bajó el cristal y tiró la colilla. Apenas accionó el contacto, el motor de 3,8 litros situado bajo el largo y aerodinámico capó del «Jaguar XK 150 S» dio un rugido y en seguida ajustó la voz a su leve gruñido habitual, cual el de la fiera que trata de escapar de la jaula.
Miller encendió las luces de cruce, miró atrás y se incorporó al creciente aluvión de coches que circulaban por la carretera de Osdorf.
Se hallaba detenido en el semáforo de la calle Stresemann, cuando oyó acercarse la ambulancia. Esta pasó por su izquierda haciendo sonar acompasadamente la sirena en dos tonos, agudo y grave; aminoró la marcha antes de rebasar la luz roja y entrar en el cruce; torció hacia la derecha, por delante de Miller, y tomó por la calle Daimler abajo. Miller actuó movido sólo por reflejos. Soltó el embrague, y el «Jaguar» salió disparado detrás de la ambulancia, a unos veinte metros.
Casi inmediatamente, Miller se arrepintió de su impulso y pensó que hubiera sido mejor seguir hacia su casa. Seguramente allí no habría nada; aunque nunca se sabe. Las ambulancias sugieren una perturbación, y en según qué perturbaciones podía haber un reportaje, sobre todo si uno acudía el primero y la cosa se arreglaba antes de la llegada de los reporteros de plantilla. Podía tratarse de un grave accidente de tráfico, de un incendio en los muelles o de una casa de vecinos envuelta en llamas, con niños dentro. Podía ser cualquier cosa. El llevaba siempre en la guantera del coche una pequeña «Yashica» con equipo de flash, ya que nunca sabía uno lo que podía ocurrir ante sus ojos.
Miller conocía a un hombre que el 6 de febrero de 1958 se encontraba en el aeropuerto de Munich, esperando subir a un avión, cuando a unos cientos de metros de donde él estaba se estrelló el aparato en que viajaba el equipo de fútbol del Manchester United. El hombre ni siquiera era fotógrafo profesional, pero inmediatamente se echó a la cara la cámara que llevaba para sus vacaciones en la nieve, y tomó las primeras fotos exclusivas del avión incendiado. Las revistas ilustradas le pagaron por ellas más de cinco mil libras.
La ambulancia se metió por el laberinto de calles estrechas y sórdidas de Altona, dejando a la izquierda la estación del ferrocarril y manteniéndose siempre en dirección al río. El conductor del vehículo—una furgoneta «Mercedes» alta y achatada— conocía bien su ciudad, y maniobraba con pericia. A pesar de que el «Jaguar» tenía mayor potencia de aceleración y una suspensión muy dura, Miller sentía patinar las ruedas traseras sobre los adoquines mojados.
Observó que pasaban por delante del almacén «Menck», de repuestos de automóviles, y dos calles más allá supo ya cuál era su destino. La ambulancia se detuvo en una mísera y oscura calle, de casas de vecinos y pensiones, que, bajo la oblicua cortina de aguanieve, presentaba un aspecto sombrío y tétrico. La ambulancia se había parado delante de una pensión, cerca de un coche de la Policía, en cuyo techo giraba una luz azul que ponía un tinte macabro en el rostro de los curiosos que estaban congregados frente al portal.
Un fornido sargento de Policía gritó a la gente que abriera paso a la ambulancia. Se hizo un hueco, y en él entró suavemente el vehículo. El conductor y su ayudante saltaron a tierra, abrieron la puerta trasera y sacaron una camilla. Después de hablar brevemente con el sargento, ambos hombres entraron con paso rápido en el portal.
Miller estacionó el «Jaguar» en el lado opuesto de la calle, unos quince metros más abajo, y arqueó las cejas. Ni choque, ni fuego, ni niños en peligro. Probablemente, un simple ataque al corazón. Se acercó al grupo que el sargento mantenía a distancia formando un semicírculo, para dejar paso libre desde el portal hasta la parte trasera de la ambulancia.
—¿Se puede subir?
—No se puede. No es asunto suyo.
—Prensa—dijo entonces Miller, sacando su carnet.
—Y yo policía—dijo el sargento—. No se sube. La escalera es estrecha y, además, insegura. Los de la ambulancia bajarán en seguida.
Era un tipo corpulento, como cumple a un buen sargento de Policía de uno de los distritos más difíciles de Hamburgo. Con su metro noventa de estatura, su capa impermeable y los brazos extendidos para contener a la gente, parecía tan sólido e inamovible como una muralla.
—¿Qué ha ocurrido?
—No puedo decírselo. Pregunte en la Comisaria.
Del portal salió un hombre vestido de paisano. La luz giratoria del techo del «Volkswagen» de la Policía le iluminó la cara, y Miller lo reconoció. Habían estudiado juntos en el Instituto Central de Hamburgo. Ahora era detective inspector de la Policía de esta ciudad y se hallaba destinado en la central de Altona.
—¡Eh, Karl!
Al oír su nombre, el joven inspector se volvió y miró al grupo que estaba detrás del sargento. Al siguiente destello azul descubrió a Miller, que tenía la mano levantada. Le sonrió, entre afable y resignado. Hizo al sargento una seña con la cabeza.
—Déjele pasar, sargento. Es casi inofensivo.
El policía bajó el brazo, y Miller se adelantó rápidamente. El y Karl Brandt se estrecharon la mano.
—¿Qué haces tú aquí?
—Vine siguiendo la ambulancia.
—Eres un buitre sanguinario. ¿A qué te dedicas ahora?
—A lo de siempre. Trabajo por mi cuenta.
—Y, por lo visto, te estás forrando. Siempre veo tu firma en las revistas.
—Me defiendo. ¿Te has enterado de lo de Kennedy?
—Sí. Horroroso. Esta noche estarán revolviendo todo Dallas. Me alegro de que no esté en mi sector.
Miller señaló, con un movimiento de cabeza, el portal de la casa de huéspedes, en el que una bombilla de pocos vatios proyectaba su luz amarilla sobre el deteriorado papel de la pared.
—Un suicidio—dijo Karl—. Con gas. Los vecinos notaron el olor que salía por debajo de la puerta, y nos avisaron. Menos mal que a nadie se le ocurrió encender un fósforo. Toda
la casa apestaba.
—¿No se tratará, por casualidad, de alguna estrella de cine? —preguntó Miller.
—¡Seguro! Como siempre viven en sitios así… No; ha sido un viejo. De todos modos, parece que, en realidad, llevaba ya años muerto. Todas las noches se mata alguien.
—Bueno, adondequiera que haya ido, no será peor que esto.
El inspector esbozó una sonrisa y volvió la cabeza hacia la casa. Los dos enfermeros, con su carga, acababan de bajar la escalera y cruzaban el portal.
—Abran paso—dijo Brandt.
El sargento se apresuró a repetir la orden e hizo retroceder a la gente un poco más. Los de la ambulancia salieron a la acera y se acercaron a la parte trasera del «Mercedes». Brandt los siguió, y Miller se fue tras él. No es que quisiera ver al muerto; ni siquiera se le había ocurrido. Se limitaba a seguir a Brandt. Cuando el primero de los enfermeros enganchó las varas de la camilla en las guías y el otro se preparaba ya para empujarla, dijo Brandt:
—Esperen un momento.—Levantó una punta de la manta y miró la cara del muerto.— Es puro formulismo—comentó, por encima del hombro—. Tengo que escribir en mi informe que acompañé el cadáver a la ambulancia y al depósito.
Las luces interiores de la furgoneta eran potentes, y durante dos segundos pudo Miller ver el rostro del suicida. Su primera y única impresión fue que nunca había visto a un hombre tan feo y arrugado. Aun dejando aparte los efectos de la intoxicación por gas— manchas en la piel y labios amoratados—, aquel hombre tampoco debió de ser muy guapo en vida. Unos mechones de pelo pegados al cráneo; los ojos cerrados, y las mejillas, sin la dentadura postiza, tan hundidas que parecían tocarse, le daban aspecto de vampiro de película. Casi no tenía labios, y la piel, alrededor de su boca, formaba unos frunces profundos que recordaron a Miller una cabeza que vio tiempo atrás, procedente de la cuenca del Amazonas, a la cual los indígenas le habían cosido los labios. Para acabar de rematar el efecto, el hombre presentaba a cada lado de la cara dos cicatrices pálidas y rugosas que le surcaban la mejilla desde la sien hasta las comisuras de la boca.
Tras un rápido vistazo, Brandt volvió a taparlo con la manta, hizo una seña al enfermero que estaba detrás de él y se apartó a un lado en tanto éste encajaba la camilla en su anclaje, cerraba las puertas y subía a la cabina, donde estaba ya su compañero. La ambulancia se alejó rápidamente, y la multitud empezó a dispersarse, mientras el sargento gruñía a media voz: