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UNO
. . . Y ENTONCES, ME SUICIDE.
Y fue cierto: el Negro Jorquera, después de pasar por todo lo que pasó en La Moneda, ese 11 de septiembre, se suicidó. Así, tal como suena.
A un periodista viejo como el Negro, muchas cosas se le tienen que haber esfumado de la memoria, pero nunca un hecho como su propio suicidio.
Tambaleando entre sus recuerdos, ahora no le queda más camino que reconocer la verdad, a prueba de desmentidos, como sentencia el catecismo del oficio.
Y reflexiona:
— No llevo la cuenta de los suicidios que me ha tocado reportear. Y siempre pensé que el principal problema, para nosotros, los periodistas, consiste en que los suicidas no pueden declarar a la prensa después de muertos. Y eso le quita a la noticia una dosis importante de veracidad, la cual habitualmente se suple recurriendo al melodrama; es decir, imaginando lo que seguramente debió haber ocurrido. Hay suicidas que dejan cartas, es cierto. Pero esas nunca sirven de mucho; alo más, para conformar, en algo siquiera, a los familiares y ahorrarle trabajo a la policía. Yo había reporteado fusilamientos, como el de Carreño Meneses, en La Ligua, y aun algo peor: una notificación judicial de la pena de muerte: al Criollito. No diré que sean mejores o peores que suicidarse; precisamente por eso: porque los muertos no hablan. Puedo asegurar, en cambio, que si suicidarse con eficiencia ya es bastante malo, ello no significa que sea tan bueno intentarlo y resultar frustrado. Me parece recordar, a propósito, que el Código Penal no castiga al suicida chasqueado. Con razón, porque con el ridículo es suficiente. Pero sí pena a quien colabore con él. En el caso mío, deberían haber juzgado a Osvaldo Puccio. Él me proporcionó la cápsula que tragué para quitarme la vida, convencido de que era una decisión política convenida por los colaboradores de Chicho Allende, que estábamos sobreviviendo a su muerte. Es decir: acompañarlo hasta el Más Allá. Creo que pocas veces he sido políticamente más responsable que cuando tragué la cápsula y me tendí en un camastro —en uno de los sótanos del Ministerio de Defensa— esperando que la muerte me llegara; ojalá sin tanto alboroto, no como lo estuviera haciendo durante toda esa mañana imposible de olvidar.
Chicho ya estaba muerto. De lo contrario, yo me hubiera ganado una «allendada», por ineficiente: no sólo no me morí, sino que, gracias a esa cápsula, comencé a sentirme un poco más aliviado.
Puccio (Secretario Privado de Chicho), finalizando su libro. Un Cuarto de Siglo con Allende, relata así esta escena:
— De pronto llegó el compañero Carlos Jorquera, que había estado en La Moneda. Estaba físicamente destrozado y arrastraba una pierna. A pesar de que venía escoltado por soldados y dos oficiales, le pregunté a Jorquera: «¡Negro! ¿Y cómo está el Chicho?» Carlos quiso contestarme. Lo empujaron violentamente hacia la otra punta de la pieza. El oficial dijo: «Su Chicho se está pudriendo. Se lo están comiendo los gusanos. Dos metros bajo tierra».
El oficial que mandaba el piquete ordenó a los soldados abandonar la pieza y se quedó a solas con el Negro. Lo trató de «señor», algo que al Negro se le quedó grabado para el resto de sus días… Menos mal, al fin era señor. Más vale tarde que nunca.
— Voy a tener que allanarlo de nuevo, señor Jorquera.
Se quedó mirando la placa del funcionario de la Presidencia: — La voy a guardar como recuerdo.
— Cuidado, mire que parece que trae mala suerte.
En seguida, el oficial observó con más calma a su prisionero: — Puchas que está jodido. ¿Quiere ir al baño?
— Sería bueno: estoy tan mojado, por fuera…
Y entonces una rápida visita a un baño vecino y a la pieza otra vez.
— ¿Qué más necesita, señor Jorquera? — Un cigarrito.
— Yo no fumo, pero voy a ir a buscarle uno por ahí. Ah, y le voy a conseguir un par de aspirinas, a ver si así puede empezar a bajar ese brazo… Son dolores neurálgicos.
Osvaldo Puccio podía contemplar esta escena porque estaba sentado sobre una mesita ubicada en un pasillo que enfrentaba a la pieza.
Cuando el oficial salió, Puccio hizo un movimiento con su brazo derecho, como si fuera a sobarse la espalda, y lanzó la cápsula que cayó en la cama de Jorquera. Este le hizo una pregunta con los ojos y Puccio la respondió con un gesto aprobatorio, grave y compungido: el último adiós entre dos viejos amigos.
El Negro Jorquera asegura:
— Había leído muchas historias acerca de quienes, luego de una derrota, o para evitar las torturas, andan con veneno encapsulado y se lo toman cuando ven que ya todo está perdido. Los alemanes, por ejemplo, habían perfeccionado mucho este sistema y hasta algunos de los procesados en Nuremberg eludieron el castigo tragándose una cápsula. Yo creí que así era la cosa y que ahora me tocaba a mí. Acerté, eso sí, en la nacionalidad de la cápsula: era alemana. El embajador de la RDA se las traía especialmente a Osvaldo, para normalizarle su propensión a los infartos.
Reapareció el oficial con el cigarrillo encendido y los analgésicos. Le estrechó la mano al Negro Jorquera, diciéndole:
— Hasta aquí no más puedo llegar. Lo demás es cuestión de suerte. Yo me voy muy contento de haberle salvado la vida. Espero que alguna vez volvamos a encontramos. Yo sé cómo se llama usted pero usted no sabe cómo me llamo yo. No importa, cuando sea necesario lo va a saber. Adiós y… buena suerte. ¿Qué había ocurrido? Los recuerdos de Jorquera registran lo siguiente, contado mal y pronto:
— Ya estábamos tirados en la otra vereda, la del garage de La Moneda, absolutamente inmóviles, porque cada uno tenía tres o cuatro soldados con sus metralletas pegadas a nuestros cogotes, esperando el menor movimiento para disparar.
Y, de pronto, se escucha una voz muy potente:
— Vuélvanse «chuchasdesumadre» para verles las caras. Poco a poco los caídos empezaron a cumplirla orden. Cuando el oficial que la había dado iba frente al Negro, lo miró con más detenimiento y dijo:
—Este es Jorquera. Ya, ¡arriba!
Y le hizo un gesto con la mano, para que el Negro se levantara. Pero cuando éste iba a medio camino, algunos de los soldados parece que tenían una idea contraria porque hicieron ademán de dispararle. Entonces el oficial se regresó rápidamente y ayudó al Negro a levantarse. Luego cruzó con él la calle Morandé y lo dejó de pie, apoyado en la muralla de La Moneda. Le recomendó:
— No haga ningún movimiento. Porque apenas se mueva le van a disparar.
Y cinco soldados, con sus inquietas ametralladoras, hicieron un semicírculo en tomo al prisionero. El oficial terminó su recorrido de inspección y volvió donde Jorquera.
— Ya, vamos andando.
El, en la vanguardia; al medio, el Negro; y los cinco soldados apuntando, en la retaguardia. En el Ministerio de Defensa, los uniformados se le cuadraron respetuosamente al oficial y el grupo entró, sin dificultades, hasta esa pieza pequeña del sótano, frente a la cual estaba Osvaldo Puccio y donde el Negro quedó en depósito hasta que lo sacaron para llevarlo a la Escuela Militar, junto con otros prisioneros importantes. A partir de ahí, ascendió de «señor»—a «jerarca».
Y, en un quinto piso de uno de los edificios de la Escuela Militar, los presos destinaron los primeros minutos a intercambiar sus propias experiencias. Todas tristes, por supuesto. Es probable que la del negro Jorquera haya sido una de las que aparecieran más inverosímiles.
A poco de llegar a Caracas —exiliado, luego de dos años de prisión, más o menos— pasó por ahí Eugenio Velasco Letelier. Almorzaron juntos, en el hotel donde el Negro Jorquera se hospedaba. La pregunta de rigor: — ¿Cómo te pudiste salvar?
El periodista contó su versión, la única que tenía. Resultó notorio que el hombre de leyes, y gran luchador por los derechos humanos, no fue mucho lo que le creyó. Más bien pareció atribuirlo a un desajuste mental de los que, comprensiblemente, suelen adolecer quienes empiezan a respirar de nuevo aires de libertad.
Meses después, fue el propio Eugenio Velasco el que llegó exiliado a Caracas. Al encontrarse nuevamente con su amigo periodista, exclamó:
—Negro, y era verdad lo que me contaste.
Claro, ya se había celebrado en Santiago la Asamblea de Cancilleres de la OEA, con la presencia del mismísimo Henry Kissinger. Algunos asilados en diversas sedes diplomáticas trataron de aprovechar la oportunidad para denunciar atropellos a los derechos humanos.
Hubo uno que no alcanzó a asilarse en la Embajada de Italia. Solamente pudo llegar hasta la Cancillería italiana (que estaba en otro edificio) y ahí se guareció con su esposa y su hijo de cinco años. Eso fue el 3 de septiembre de 1975.
Le envió un mensaje a Eugenio Velasco pidiéndole que fuera a visitarlo. Velasco fue y sostuvo una larga conversación con ese ex—oficial de Inteligencia, que llegaría a ser el «decano» de los asilados en Santiago. Tuvo que pasar mucho tiempo antes que las autoridades militares chilenas accedieran a darle el salvoconducto. No porque haya salvado al Negro Jorquera, que eso no tenía la menor importancia, sino porque «sabía demasiado».
Cuando estaba en la Cancillería de la Embajada de Italia, se las arregló para hacerle llegar una carta a Carlos Morales Abarzúa (ex—diputado y ex—presidente del Partido Radical, exiliado en Caracas). Un párrafo de esa carta, dice textualmente así:
«Tengo entendido que Carlos Jorquera, el ex—Agregado de Prensa de Allende, se encuentra asilado en Venezuela. Dile que todavía tengo su placa de la Presidencia (…) yo pertenecía a la dotación del Ministerio y no de los regimientos que eran los encargados de los detenidos. Así es que revisé a los que estaban tendidos boca abajo en la vereda y le dije a Jorquera (quien no sabía que de allí partirían a ser fusilados) que se levantara. Me dijo:’No puedo’, pues tenía el brazo derecho contraído por efectos de la tensión nerviosa del bombardeo. Le ayudé a levantarse y le dije: ‘Vamos al Ministerio’ e inmediatamente le dije: ‘Hicieron puras cagadas; él me respondió: ‘Hicimos lo mejor que pudimos’. Yo le contesté: ‘¡Qué lo iban a hacer bien si tenían a la CIA metida hasta en las narices!’ Una vez en el Ministerio lo llevé al subterráneo, donde tomó agua y orinó en el lavatorio; en seguida, le preparé una cama para que descansara y le traje 3 mejorales para que se le quitara la neuralgia que no le permitía mover el brazo. Todo fue en el más cordial diálogo. Siempre admiré su programa en la televisión, antes de que subiera Allende. Después no supe más de él, pero su vida estaba a salvo. El nunca supo cuál era su destino si yo no lo hubiera, «bajo mallete», llevado al Ministerio. Hoy estaría bajo una acacia. Ahora deseo queme devuelva la mano…»
En ese día del golpe militar, cualquier expresión de «realismo mágico» quedó pálida ante tantas historias auténticas ocurridas en un plazo tan breve.
Por lo pronto, la carta en cuestión es una prueba testimonial del caso de un periodista que le debe la vida a su oficio. Al Negro Jorquera lo salvó el recuerdo de su programa de televisión A Ocho Columnas. Por lo menos, así lo asegura el remitente de dicha misiva cuya identificación, ahora que es él quien está a salvo, ya puede revelarse: El Oficial de Inteligencia de la Fuerza Aérea de Chile, Rafael González Verdugo, Serie 27759.
Copias fotostáticas de la carta en cuestión fueron distribuídas entre personalidades extranjeras. Y su original está en los archivos de la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas.
Finalmente, González Verdugo logró vencer la resistencia oficial y llegó a Estados Unidos. Aseguran, quienes han estado con él, que tuvo una participación muy valiosa en la confección del guión de una de las películas más laureadas de las últimas décadas: Missing (Desaparecido), basada en el caso real del norteamericano Gorman, que fuera fusilado en Santiago durante los días inmediatamente posteriores al golpe. González Verdugo parece que conocía todos los detalles de esa dramática historia que, de paso, sirvió para que Jack Lemmon conquistara nuevas glorias como uno de los mejores actores del cine mundial.
Así son las circunstancias que van determinando las vidas. En otras palabras, las vidas son eso: sucesión de circunstancias. Todo loque fue pudo no haber sido, pero fue. Y desde ahí tiene que partir un periodista que pretenda describir un suceso. Con mayor razón cuando fue una vida la que se convirtió en un suceso histórico. Es decir, que trascendió a su tiempo y se instaló en el futuro.
Ese fue el caso del Chicho Allende.
Desde sus primeros pasos, las circunstancias lo fueron determinando para que pudiera culminar su existencia cumpliendo el rol que con tanta pasión anheló. Y que lo domicilió para siempre en la. Historia.
Es claro que él colaboró bastante con sus propias circunstancias. Y con tanta porfía lo hizo que, en el balance final, éstas solamente aparecen como un aporte de menor cuantía en la construcción de su personalidad. La cuota más relevante provino de él mismo; fundamentalmente, de su increíble tenacidad para volver a transitar lo ya recorrido, para saber detectar una centella de optimismo cuando todo parecía sin remedio derrumbado. Y, muy especialmente, para no dejarse contaminar por la mediocridad.
Por sobre todas las interpretaciones que puedan surgir—y de hecho ya han surgido muchísimas— acerca de quién fue y cómo fue Salvador Allende, hay una conclusión en la que coinciden todos los que lo conocieron en la intimidad: fue lo más alejado que pueda concebirse de un mediocre… a pesar de los distintos roles que desempeñara en tantos escenarios políticos donde los adocenados brotan como callampas.
Quizás si la cualidad más notable de Chicho fue su sentido de la Historia: ese carburante de su vitalidad tan asombrosa que le permitió permanecer absolutamente lúcido en sus estremecedores minutos finales.
Porque Chicho Allende entró ala Historia por la puerta grande y se dio el gusto de hacerlo a plena conciencia. Algún poeta pudiera decir que supo «vivir su propia muerte», derrotando sin revanchas a quienes creyeron que con balazos podían no sólo eliminarlo de La Moneda sino también de la memoria de Chile. Por eso, en aquellas horas terribles del 11 de septiembre de 1973, le sobró tranquilidad de espíritu para preocuparse de los demás: de sus hijas y de sus acompañantes en La Moneda y de, quienes, por una u otra razón, no habían podido llegar hasta allá (Tencha, en primer lugar). Y, sobre todo, de ese chileno anónimo que había confiado en su prédica de tantos años y que ahora quedaba tan inerme ante el desenfreno de la fuerza bruta.
Este dominio de sí mismo es la razón que explica cómo pudo decir ese discurso conmovedor de «las grandes alamedas»: sentado en su silla presidencial y agachado para proteger mejor la frágil acústica del teléfono que lo comunicaba con la única emisora democrática que aún sobrevivía (la Magallanes), con su casco en la cabeza, la metralleta al lado, su mano derecha sosteniendo el fono y cubriéndolo con la izquierda, para que sus palabras postreras pudieran llegar a los oídos que siempre fueron los que más lo apremiaron: «¡Trabajadores de mi patria!…»
Fue un discurso improvisado, que le brotó del fondo de su alma, porque era ahí donde venía fermentando.
Esa fortaleza interior fue la que le dio la presencia de ánimo suficiente para ordenar a los compañeros que lo rodeaban, en el segundo piso de la Presidencia, que abandonaran toda idea de resistir y que descendieran —disciplinadamente, compañeros a la planta baja; pero que antes de hacerlo, guardaran un minuto de silencio en homenaje al Perro Olivares, a quien el propio Presidente, en breves frases, consagró como «el primer mártir de la revolución chilena».
Ya desde muchos años antes de terciarse la banda presidencial solía cortar discusiones con amigos íntimos apelando aun argumento muy propio de él y que, obviamente, se prestaba para los comentarios más irónicos. Con una mano golpeándose prepotentemente uno de sus brazos, decía, con sobreactuada seriedad:
—Toca aquí, toca aquí: esta carne es bronce para la Historia. Lo bueno es que resultó cierto. Pero lo malo es que se ha tratado de utilizar esa impronta histórica como abono para una suerte de mitología criolla que pretende presentarlo a las nuevas generaciones como un semidiós, como un superman lleno de virtudes y sin ningún defecto. Y así no se anda ni cerca de lo que Salvador Allende realmente fue y siempre quiso ser.
El hubiera sido el primero en oponerse a ese «fundamentalismo» vernáculo que todo lo ve en blanco y negro, sin reparar en los matices que va imponiendo la vida y, precisamente, sus circunstancias.
Resultaría muy largo y fastidioso enumerar todos los títulos que acumuló en sus 62 años de tránsito por este mundo, antes de conquistar el de Presidente de la República: médico, ministro, senador, diputado, fundador de partidos políticos, autor de libros y textos sobre medicina social, presidente del Colegio Médico, anatomopatólogo, Vicepresidente de la Federación de Estudiantes de Chile, campeón juvenil de decatlón y natación, conscripto con buena antigüedad en dos regimientos, malo para el baile, más o menos para la rayuela y muy bueno para los combos, masón y versallesco galán… con más empeño que fortuna.
Y habría que agregar tres más: buen hijo, buen padre y buen amigo.
Él mismo insistió tantas veces en que no tenía pasta ni de héroe ni de mártir. Se sentía bien cuando lo llamaban Compañero Presidente, a pesar de que tampoco eso le satisfacía plenamente. Quizás si el título que él hubiera elegido para sí mismo habría sido el de «combatiente social», equivalente a «constructor de una nueva sociedad». Vale decir: revolucionario.
Y como el galardón de revolucionario no se gana en conciliábulos ni en maquinaciones politiqueras —ya que tal doctorado únicamente lo propone la mayoría de un pueblo para que lo sancione la Historia—jamás dudó de que sólo podría conquistarlo de una manera: siendo consecuente con su prédica sembradora de conciencia. Pero eso tenía, tiene y seguirá teniendo un solo precio: la vida. La propia, no la de los demás. El Presidente Allende estuvo dispuesto a pagarlo y lo pagó. Por eso está en la Historia y por eso es un ejemplo.
Si Chicho hubiera escrito su autobiografía, puede asegurarse que la habría comenzado definiéndose como un demócrata. Y de verdad que lo fue. Hasta el último minuto. No murió por ninguna causa distinta de la democracia. Y vivió constantemente aferrado a esos valores, o modos de ser, que configuran la chilenidad.
Así, resulta perfectamente coherente con su vida esa angustiosa preocupación por salvar de las llamas el Acta de la Independencia, justamente en medio del bombardeo y cuando lo que más falta hacía era aire para respirar. Pero él insistió en que había que rescatar ese documento, que se encontraba en una pared de la sala de Consejo de Gabinete, y que es la partida de nacimiento de la Patria independiente.
Tuvo similar preocupación por la banda presidencial. Desde el primer día de su gobierno la mantuvo sobre una repisa de su despacho, siempre a su vista y con prohibición absoluta de que alguien fuera a tocarla siquiera. Sólo en la víspera del 11 de septiembre pidió a una de sus secretarias, Patricia Espejo, que la colocara — con mucho cuidado, Patricita — en un anaquel que había ordenado abrir en uno de los murallones de La Moneda, al lado de la pieza pequeña donde dormía sus siestas.