Codigo DaVinci

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Jacques Saunière, el renombrado conservador, avanzaba tambaleándose
bajo la bóveda de la Gran Galería del Museo. Arremetió contra la primera
pintura que vio, un Caravaggio. Agarrando el marco dorado, aquel
hombre de setenta y seis años tiró de la obra de arte hasta que la
arrancó de la pared y se desplomó, cayendo boca arriba con el lienzo
encima.
Tal como había previsto, cerca se oyó el chasquido de una reja de
hierro que, al cerrarse, bloqueaba el acceso a la sala. El suelo de madera
tembló. Lejos, se disparó una alarma.
El conservador se quedó ahí tendido un momento, jadeando,
evaluando la situación. «Todavía estoy vivo.» Se dio la vuelta, se
desembarazó del lienzo y buscó con la mirada algún sitio donde
esconderse en aquel espacio cavernoso.
—No se mueva —dijo una voz muy cerca de él.
A gatas, el conservador se quedó inmóvil y volvió despacio la
cabeza. A sólo cinco metros de donde se encontraba, del otro lado de la
reja, la imponente figura de su atacante le miraba por entre los barrotes.
Era alto y corpulento, con la piel muy pálida, fantasmagórica, y el pelo
blanco y escaso. Los iris de los ojos eran rosas y las pupilas, de un rojo
oscuro. El albino se sacó una pistola del abrigo y le apuntó con ella entre
dos barrotes.
—No debería haber salido corriendo. —Su acento no era fácil de
ubicar—. Y ahora dígame dónde está.
—Ya se lo he dicho —balbuceó Saunière, de rodillas, indefenso, en el
suelo de la galería—. ¡No tengo ni idea de qué me habla!
—Miente. —El hombre lo miró, totalmente inmóvil salvo por el
destello de sus extraños ojos—. Usted y sus hermanos tienen algo que
no les pertenece.
El conservador sintió que le subía la adrenalina. «¿Cómo podía saber
algo así?»
—Y esta noche volverá a manos de sus verdaderos custodios.
Dígame dónde la ocultan y no le mataré. —Apuntó a la cabeza del
conservador—. ¿O es un secreto por el que sería capaz de morir?
Saunière no podía respirar.
El hombre inclinó la cabeza, observando el cañón de la pistola.
Saunière levantó las manos para protegerse.
—Espere —dijo con dificultad—. Le diré lo que quiere saber.
Escogió con cuidado las siguientes palabras. La mentira que dijo la
había ensayado muchas veces… rezando siempre por no tener que
recurrir a ella.
4
Cuando el conservador terminó de hablar, su atacante sonrió,
incrédulo.
—Sí, eso mismo me han dicho los demás.
Saunière se retorció.
—¿Los demás?
—También he dado con ellos —soltó el hombre con desprecio—. Con
los tres. Y me han dicho lo mismo que usted acaba de decirme.
«¡No es posible!» La identidad real del conservador, así como la de
sus tres sénéchaux, era casi tan sagrada como el antiguo secreto que
guardaban. Ahora Saunière se daba cuenta de que sus senescales,
siguiendo al pie de la letra el procedimiento, le habían dicho la misma
mentira antes de morir. Era parte del protocolo.
El atacante volvió a apuntarle.
—Cuando usted ya no esté, yo seré el único conocedor de la verdad.
La verdad. En un instante, el conservador comprendió el horror de la
situación. «Si muero, la verdad se perderá para siempre.»
Instintivamente, trató de encogerse para protegerse al máximo.
Se oyó un disparo y Saunière sintió el calor abrasador de la bala que
se le hundía en el estómago. Cayó de bruces, luchando contra el dolor.
Despacio, se dio la vuelta y miró a su atacante, que seguía al otro lado
de la reja y lo apuntaba directamente a la cabeza.
El conservador cerró los ojos y sus pensamientos se arremolinaron
en una tormenta de miedo y lamentaciones.
El chasquido de un cargador vacío resonó en el pasillo.
Saunière abrió los ojos.
El albino contemplaba el arma entre sorprendido y divertido. Se
puso a buscar un segundo cargador, pero pareció pensárselo mejor y le
dedicó una sonrisa de superioridad a Saunière.
—Lo que tenía que hacer ya lo he hecho.
El conservador bajó la vista y se vio el orificio producido por la bala
en la tela blanca de la camisa. Estaba enmarcado por un pequeño círculo
de sangre, unos centímetros más abajo del esternón. «Mi estómago.» Le
parecía casi cruel que el disparo no le hubiera alcanzado el corazón.
Como veterano de la Guerra de Argelia, a Saunière le había tocado
presenciar aquella muerte lenta y horrible por desangramiento.
Sobreviviría quince minutos mientras los ácidos de su estómago se le
iban metiendo en la cavidad torácica, envenenándolo despacio.
—El dolor es bueno, señor —dijo el hombre antes de marcharse.
Una vez solo, Jacques Saunière volvió la vista de nuevo hacia la reja
metálica. Estaba atrapado, y las puertas no podían volver a abrirse al
menos en veinte minutos. Cuando alguien lo encontrara, ya estaría
muerto. Sin embargo, el miedo que ahora se estaba apoderando de él
era mucho mayor que el de su propia extinción.
«Debo transmitir el secreto».
5
Luchando por incorporarse, se imaginó a sus tres hermanos
asesinados. Pensó en las generaciones que lo habían precedido… en la
misión que a todos les había sido confiada.
«Una cadena ininterrumpida de saber.»
Y de pronto, ahora, a pesar de todas las precauciones… a pesar de
todas las medidas de seguridad… Jacques Saunière era el único eslabón
vivo, el único custodio de uno de los mayores secretos jamás guardados.
Temblando, consiguió ponerse de pie.
«Debo encontrar alguna manera de…»
Estaba encerrado en la Gran Galería, y sólo había una persona en el
mundo a quien podía entregar aquel testigo. Levantó la vista para
encontrarse con las paredes de su opulenta prisión. Las pinturas de la
colección más famosa del mundo parecían sonreírle desde las alturas
como viejas amigas.
Retorciéndose de dolor, hizo acopio de todas sus fuerzas y
facultades. Sabía que la desesperada tarea que tenía por delante iba a
precisar de todos los segundos que le quedaran de vida.
1
Robert Langdon tardó en despertarse.
En la oscuridad sonaba un teléfono, un sonido débil que no le
resultaba familiar. A tientas buscó la lámpara de la mesilla de noche y la
encendió. Con los ojos entornados, miró a su alrededor y vio el elegante
dormitorio renacentista con muebles estilo Luis XVI, frescos en las
paredes y la gran cama de caoba con dosel.
«Pero ¿dónde estoy?»
El albornoz que colgaba de la cama tenía bordado un monograma:
HOTEL RITZ PARÍS.
Lentamente, la niebla empezó a disiparse.
Langdon descolgó el teléfono.
—¿Diga?
—¿Monsieur Langdon? —dijo la voz de un hombre—. Espero no
haberle despertado.
Aturdido, miró el reloj de la mesilla. Eran las 12:32. Sólo llevaba en
la cama una hora, pero se había dormido profundamente.
—Le habla el recepcionista, monsieur. Lamento molestarle, pero
aquí hay alguien que desea verle. Insiste en que es urgente.
Langdon seguía desorientado. «¿Una visita?» Ahora fijó la vista en
un tarjetón arrugado que había en la mesilla.
LA UNIVERSIDAD AMERICANA DE PARÍS
SE COMPLACE EN PRESENTAR
LA CONFERENCIA DE ROBERT LANGDON
6
PROFESOR DE SIMBOLOGÍA RELIGIOSA
DE LA UNIVERSIDAD DE HARVARD
Langdon emitió un gruñido. La conferencia de aquella noche —una
charla con presentación de diapositivas sobre la simbología pagana
oculta en los muros de la catedral de Chartres— seguramente había
levantado ampollas entre el público más conservador. Y era muy
probable que algún académico religioso le hubiera seguido hasta el hotel
para entablar una discusión con él.
—Lo siento —dijo Langdon—, pero estoy muy cansado.
—Mais, monsieur —insistió el recepcionista bajando la voz hasta
convertirla en un susurro imperioso—. Su invitado es un hombre muy
importante.
A Langdon no le cabía la menor duda. Sus libros sobre pintura
religiosa y simbología lo habían convertido, a su pesar, en un personaje
famoso en el mundo del arte, y durante el año anterior su presencia
pública se había multiplicado considerablemente tras un incidente muy
divulgado en el Vaticano. Desde entonces, el flujo de historiadores
importantes y apasionados del arte que llamaban a su puerta parecía no
tener fin.
—Si es tan amable —dijo Langdon, haciendo todo lo posible por no
perder las formas—, anote el nombre y el teléfono de ese hombre y
dígale que intentaré contactar con él antes de irme de París el martes.
Gracias.
Y colgó sin dar tiempo al recepcionista a protestar.
Sentado en la cama, Langdon miró el librito de bienvenida del hotel
que vio en la mesilla y el título que anunciaba DUERMA COMO UN ÁNGEL
EN LA CIUDAD LUZ. SUEÑE EN EL RITZ DE PARÍS. Se dio la vuelta y se
miró, soñoliento, en el espejo que tenía delante. El hombre que le
devolvía la mirada era un desconocido, despeinado, agotado.
«Te hacen falta unas vacaciones, Robert.»
La tensión acumulada durante el año le estaba pasando factura,
pero no le gustaba verlo de manera tan obvia reflejado en el espejo. Sus
ojos azules, normalmente vivaces, le parecían borrosos y gastados
aquella noche. Una barba incipiente le oscurecía el rostro de recia
mandíbula y barbilla con hoyuelo. En las sienes, las canas proseguían su
avance, y hacían cada vez más incursiones en su espesa mata de pelo
negro. Aunque sus colegas femeninas insistían en que acentuaban su
atractivo intelectual, él no estaba de acuerdo.
«Si me vieran ahora los del Bostón Magazine.»
El mes anterior, para su bochorno, la revista lo había incluido en la
lista de las diez personas más fascinantes de la ciudad, dudoso honor
que le había convertido en el blanco de infinidad de burlas de sus
colegas de Harvard. Y aquella noche, a más de cinco mil kilómetros de
casa, aquella fama había vuelto a precederle en la conferencia que había
pronunciado.
7
—Señoras y señores —dijo la presentadora del acto ante el público
que abarrotaba la sala del Pabellón Dauphine, en la Universidad
Americana—, nuestro invitado de hoy no necesita presentación. Es autor
de numerosos libros: La simbología de las sectas secretas, El arte de los
Illuminati, El lenguaje perdido de los ideogramas, y si les digo que ha
escrito el libro más importante sobre Iconología Religiosa, no lo digo
porque sí. Muchos de ustedes utilizan sus obras como libros de texto en
sus clases.
Los alumnos presentes entre el público asintieron con entusiasmo.
—Había pensado presentarlo esta noche repasando su impresionante
curriculum. Sin embargo —añadió dirigiendo una sonrisa de complicidad
a Langdon, que estaba sentado en el estrado—, un asistente al acto me
ha hecho llegar una presentación, digamos, más «fascinante».
Y levantó un ejemplar del Bostón Magazine.
Langdon quiso que se lo tragara la tierra. «¿De dónde había sacado
aquello?»
La presentadora empezó a leer algunos párrafos de aquel superficial
artículo y Langdon sintió que se encogía más y más en su asiento.
Treinta segundos después, todo el público sonreía, y a la mujer no se le
veía la intención de concluir.
—Y la negativa del señor Langdon a hacer declaraciones públicas
sobre su atípico papel en el cónclave del Vaticano del año pasado no
hace sino darle más puntos en nuestro «fascinómetro» particular. —La
presentadora ya tenía a los asistentes en el bolsillo—. ¿Les gustaría
saber más cosas de él?
El público empezó a aplaudir.
«Que alguien se lo impida», suplicó mentalmente Langdon al ver
que volvía a clavar la vista en aquel artículo.
—Aunque tal vez el profesor Langdon —continuó la presentadora—
no sea lo que llamaríamos un guapo oficial, como algunos de nuestros
nominados más jóvenes, es un cuarentón interesante, con ese poderoso
atractivo propio de ciertos intelectuales. Su cautivadora presencia se
combina con un tono de voz muy grave, de barítono, que sus alumnas
describen muy acertadamente como «un regalo para los oídos».
Toda la sala estalló en una carcajada.
Langdon esbozó una sonrisa de compromiso. Sabía lo que venía a
continuación, una frase ridícula que decía algo de «Harrison Ford con
traje de tweed», y como aquella tarde se había creído estar a salvo de
todo aquello y se había puesto, en efecto, su tweed y su suéter Burberry
de cuello alto, decidió anticiparse a los hechos.
—Gracias, Monique —dijo Langdon, levantándose antes de tiempo y
apartándola del atril—. No hay duda de que en el Bostón Magazine están
muy bien dotados para la literatura de ficción. —Miró al público
suspirando, avergonzado—. Si descubro quién de ustedes ha filtrado este
artículo, conseguiré que el consulado garantice su deportación.
El público volvió a reírse.
8
—En fin, como bien saben, estoy aquí esta noche para hablarles del
poder de los símbolos. El sonido del teléfono en su habitación volvió a
romper el silencio.
Gruñendo con una mezcla de indignación e incredulidad, descolgó.
—¿Diga?
Como suponía, era el recepcionista.
—Señor Langdon, discúlpeme otra vez. Le llamo para informarle de
que la visita va de camino a su habitación. Me ha parecido que debía
advertírselo.
Ahora Langdon sí estaba totalmente despierto.
—¿Ha dejado subir a alguien a mi habitación sin mi permiso?
—Lo siento, monsieur, pero es que este señor es… no me he visto
con la autoridad para impedírselo.
—¿Quién es exactamente? —le preguntó.
Pero el recepcionista ya había colgado.
Casi al momento, llamaron con fuerza a la puerta.
Vacilante, Langdon se levantó de la cama, notando que los pies se le
hundían en la alfombra de Savonnerie. Se puso el albornoz y se acercó a
la puerta.
—¿Quién es?
—¿Señor Langdon? Tengo que hablar con usted. —El

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