Descarga el libro Amistades peligrosas
Lee las primeras páginas del libro online
Esta colección, que el público hallará quizá aún demasiado voluminosa,
no contiene, sin embargo, sino el más pequeño número de las
cartas que componían la totalidad de la correspondencia de que está
sacada. Encargado de ponerla en orden por las personas que la habían
adquirido, y que sabía yo tenían intención publicarla, no he pedido por
recompensa de mi trabajo sino permiso de separar lo que me pareciese
inútil, y he cuidado conservar efectivamente sólo aquellas que he considerado
necesario para mostrar los caracteres y hacer más comprensibles
los sucesos, se agrega a este ligero trabajo el de colocar nuevamente en
orden que he conservado -lo que hecho casi siempre siguiendo las fechay
en fin, algunas notas cortas que, en su mayoría sólo tiende indicar la
fuente de algunas citas, o a motivar ciertos cortes que he permitido hacer,
se verá toda la parte que he tenido en esta obra. Mi encargo no se
extendía a más1.
Yo había propuesto otras alteraciones más considerables, y casi todas
relativas a la pureza de la dicción o del estilo, contra la cuál se hallarán
muchas faltas. Hubiera deseado también hallarme autorizado para
abreviar ciertas cartas demasiado largas, y muchas de las cuales tratan
separadamente, y casi sin transición, de objetos que no tienen relación
alguna uno con otro. Este trabajo, que no se admitió, no hubiera bastado,
sin duda, para dar mérito a la obra, pero la hubiera purgado, por lo
menos, de una parte de sus defectos.
Se me ha objetado que el fin era dar a conocer las cartas mismas, y
no tan sólo una obra compuesta según ellas; que seria tan inverosímil
1 Debo advertir también que he suprimido todos los nombres de que hablaban estas cartas,
y si en los que no he sustituído hay algunos que sean propios de alguna persona conocida,
será solamente un error mío, del cual no deberá sacarse consecuencia ninguna.
C H O D E R L O S D E L A C L O S
4
como falso que ocho o diez personas que han contribuido a formar esta
correspondencia, hubiesen escrito todas con igual pureza. Habiendo yo
entonces hecho ver que lejos de ser así no había una sola que no hubiese
cometido faltas graves y que no dejarían de ser criticadas, se me ha respondido
que todo lector razonable esperaría ciertamente hallar faltas en
una colección de cartas particulares, pues cuantas van publicadas hasta
hoy de autores estimados, y aun de algunos académicos, no se halla ninguna
enteramente a salvo de esta reconvención. Estas razones no me han
persuadido y las he hallado más fáciles de ser dadas que admitidas, pero
no dependía de mí y me he sometido. Sólo me he reservado el derecho
de protestar y declarar que no era éste mi dictamen; así lo hago. En
cuanto al mérito que esta obra pueda tener, acaso no me toca hablar,
pues no debe influir mi opinión en la de nadie. Sin embargo, los que
antes de empezar una lectura gustan saber lo que deben esperar, esos,
digo, pueden ver mi dictamen; los otros harán mejor en pasar desde
luego a la obra misma; ya saben de ello lo bastante.
Lo que puedo decir por ahora es que si mi opinión ha sido, como
convengo, la de publicar estas cartas, estoy, sin embargo, lejos de esperar
que agraden; y no se tome esta confesión, sincera de parte mía, como
modestia afectada de un autor, porque con igual franqueza declaro que si
esta colección no me hubiese parecido digna de presentarse al público,
no me hubiera ocupado de ella. Procuremos conciliar esta aparente contradicción.
El mérito de una obra se compone de su utilidad, o del agrado que
procura, o de ambas cosas, cuando es capaz de reunirlas: pero el gustar
(que no prueba siempre el mérito), a menudo depende más de la elección
del asunto que de la ejecución, del conjunto de los objetos que presenta
más que del modo con que son tratados. Ahora, pues, como esta colección
contiene, según lo anuncia su título, las cartas de los individuos de
una sociedad, reina en ellas una diversidad de intereses que disminuye el
del lector. Además, como todos los sentimientos que en ellas se expresan
son fingidos o disimulados, no pueden excitar sino un interés de mera
curiosidad (muy inferior siempre al de la realidad), el cual, sobre todo,
inclina menos a la indulgencia y deja tanto más percibir las faltas que se
L A S A M I S T A D E S P E L I G R O S A S
5
hallan en el pormenor, cuanto éste se opone sin cesar al único deseo que
se quiere satisfacer.
Estas faltas se hallan tal vez compensadas en parte con una calidad
propia de la naturaleza de la obra: la variedad de los estilos, mérito que
un autor consigue con dificultad, pero que en el presente caso se ofrecía
naturalmente, y que, por lo menos, libra del fastidio de la uniformidad.
Mucha gente podrá aún, ante cualquier detalle, hacer una cantidad bastante
grande de observaciones, novedosas o poco conocidas, que se
encuentran esparcidas en estas cartas. Esto es, a mi parecer, lo más grato
que se puede esperar de ellas, aún juzgándolas con la mayor benevolencia.
La utilidad de esta obra, que acaso será más disputada, me parece
no obstante, más fácil de probar. Creo, a lo menos, que es hacer un
servicio a la moral el descubrir los medios que emplean los que tienen
malas costumbres para corromper a los que las tienen buenas; y pienso
que estas cartas podrán contribuir eficazmente a ese objeto. También se
hallará en ellas la prueba y el ejemplo de dos verdades importantes que
podrían tenerse por desconocidas al ver cuan poco son practicadas: la
una, que toda mujer que consiente en recibir en su sociedad a un hombre
sin costumbres acaba por ser su víctima; la otra, que toda madre es
cuando menos imprudente, se permite que su hija ponga en otra mujer y
no en ella su confianza. Los jóvenes de ambos sexos podrán aprender
también que la amistad que las personas de malas costumbres parecen
acordarles tan fácilmente, es siempre un lazo peligroso, tan funesto para
su dicha como para su virtud. Con todo, el abuso, que está siempre tan
cerca del bien, me parece aquí demasiado temible; y, lejos de aconsejar
esta lectura a la juventud, me parece muy importante alejar de ella toda
las de esta clase. La época en que ésta puede cesar de serle peligroso y
comenzar a serle útil, me parece ha sido muy bien entendida, en cuanto a
las personas de su sexo, por una madre que no sólo tiene talento, sino
buen talento: «Yo creería, me dijo después de haber leído el manuscrito
de esta correspondencia, hacer un verdadero ser- vicio a mi hija, dándole
este libro el día de su casamiento.» Si todas las madres de familia piensan
de este modo, me felicitaré eternamente de esta publicación.
C H O D E R L O S D E L A C L O S
6
Pero, aun partiendo de este supuesto, favorable siempre, creo que
esta colección debe agradar poco en la sociedad. Los hombres y mujeres
de una conducta depravada, hallarán interés en desacreditar una obra que
pueda dañarles; y como no dejan de tener destreza acaso tendrán la de
poner de su parte a los hombres rígidos, asustados con la pintura de las
malas costumbres que no se ha tenido miedo de presentar al público.
Los pretendidos despreocupados no se interesarán por una mujer
devota, que por lo mismo mirarán como una pobre mujer, al mismo
tiempo que los devotos se enfadarán de ver que la virtud sucumbe, y se
quejarán de que la religión se muestra con poco poder.
Por otra parte, a las personas de gusto delicado repugnará el estilo
demasiado sencillo y defectuoso de muchas de estas cartas, en tanto que
el común de los lectores, seducidos por la idea de que cuanto se halla
impreso es fruto de un trabajo, creerán ver en algunas otras la obra penosa
de un autor que se muestra detrás del personaje que hace hablar.
En fin, se dirá acaso con bastante generalidad, que cada cosa vale
cuando está en su lugar, y que si ordinariamente el estilo demasiado
trabajado de algunos autores quita la gracia a las cartas familiares, los
descuidos que presentan son faltas verdaderas, y las hacen intolerables
cuando están impresas.
Confieso ingenuame