WILLIAM WILSON – EDGAR ALLAN POE

Descarga el libro William Wilson

Lee las primeras paginas del libro online
Permitid que, por el momento, me presente como William Wilson. La página
inmaculada que tengo ante mí, no debe ser manchada con mi verdadero
nombre. Éste ya ha sido exagerado objeto del desprecio -del horror-, del odio
de mi estirpe. ¿Los vientos indignados, no han esparcido su incomparable
infamia por las regiones más distantes del globo? ¡Oh, paria, el más
abandonado de todos los parias! ¿No estás definitivamente muerto para la
tierra? ¿No estás muerto para sus honores, para sus flores, para sus doradas
ambiciones? Y una nube densa, lúgubre, ¡limitada ¿no cuelga eternamente
entre tus esperanzas y el cielo?
Aunque pudiese, no quisiera registrar hoy, ni aquí, la narración de mis últimos
años de indecible desdicha y de crimen imperdonable. Esa época -esos años
recientes- llegaron repentinamente al colmo de la depravación cuyo origen es
lo único que en el presente me propongo señalar. Por lo general los hombres
caen gradualmente en la bajeza. En mi caso, en un sólo instante, toda virtud se
desprendió de mi cuerpo como si fuera un manto. De una maldad
comparativamente trivial, pasé, con la zancada de un gigante, a enormidades
peores que las de un Heliogábalo. Acompañadme en el relato de la
oportunidad, del único acontecimiento que provocó una maldad semejante. La
muerte se acerca, y la sombra que la precede ha ejercido un influjo
tranquilizador sobre mi espíritu. Al atravesar el valle en penumbras, anhelo la
comprensión -casi dije la piedad- de mis semejantes. Desearía que creyeran
que, en cierta medida, he sido esclavo de circunstancias que exceden el control
humano. Desearía que, en los detalles que estoy por dar, buscaran algún
pequeño oasis de fatalidad en un erial de errores. Desearía que admitieran -y
no pueden menos que hacerlo- que aunque hayan existido tentaciones
igualmente grandes, el hombre no ha sido jamás así tentado y, sin duda, jamás
así cayó. ¿Será por eso que nunca sufrió de esta manera? En realidad, ¿no
habré vivido en un sueño? ¿No me muero ahora víctima del horror y del
misterio de las más enloquecidas visiones sublunares?
Soy descendiente de una estirpe cuya imaginación y temperamento fácilmente
excitable la destacó en todo momento; y desde la más tierna infancia di
muestras de haber heredado plenamente e carácter de la familia. A medida que
avanzaba en años, ese carácter se desarrolló con más fuerza y se convirtió por
muchos motivos en causa de grave preocupación para mis amigos, y de
acusado perjuicio para mí. Crecí con voluntad propia, entregado a los más
extravagantes caprichos, y víctima de las más incontrolables pasiones. Pobres
de espíritu, mentalmente débiles y asaltados por enfermedades
constitucionales análogas a las mías, mis padres poco pudieron hacer para
contener las malas predisposiciones que me distinguían. Algunos esfuerzos
flojos y mal dirigidos terminaron en un completo fracaso para ellos y,
naturalmente, en un triunfo total para mí. De allí en adelante mi voz fue ley en
esa casa; y a una edad en que pocos niños han abandonado los andadores,
quedé a merced de mi propia voluntad y me convertí, de hecho, si no de
derecho, en dueño de mis actos.
Mis más tempranos recuerdos de la vida escolar se relacionan con una casa
isabelina, amplia e irregular en un pueblo de Inglaterra, cubierto de niebla,
donde se alzaban innumerables árboles nudosos y gigantescos, y donde todas
las casas eran excesivamente antiguas. En verdad, esa vieja y venerable
ciudad era un lugar de ensueño, propicio para la paz del espíritu. En este
mismo momento, en mi fantasía, percibo el frío refrescante de sus avenidas
profundamente sombreadas, inhalo la fragancia de sus mil arbustos, y me
vuelvo a estremecer con indefinible deleite ante el sonido hueco y profundo de
la campana de la iglesia que quebraba, cada hora, con su hosco y repentino
tañido, el silencio de la melancólica atmósfera en la que el recamado
campanario gótico se engastaba y dormía.
Tal vez el mayor placer que me es dado alcanzar hoy en día sea el demorarme
en recuerdos de la escuela y todo lo que con ella se relaciona. Empapado
como estoy por la desgracia -una desgracia, ¡ay! demasiado real- se me
perdonará que busque alivio, aunque leve y efímero en la debilidad de algunos
detalles por vagos que sean. Esos detalles, triviales y hasta ridículos en sí
mismos, asumen en mi imaginación una extraña importancia por estar
relacionados con una época y un lugar en donde reconozco la presencia de las
primeras ambiguas admoniciones del destino que después me envolvieron tan
completamente en su sombra. Permitidme, entonces, que recuerde.
Ya he dicho que la casa era antigua e irregular. Se erguía en un terreno
extenso y un alto y sólido muro de ladrillos, coronado por una capa de cemento
y de vidrios rotos, rodeaba la propiedad. Esta muralla, semejante a la de una
prisión, era el límite de nuestros dominios; lo que había más allá sólo lo
veíamos tres veces por semana: una vez los sábados a la tarde cuando,
acompañados por dos preceptores, se nos permitía realizar un breve paseo en
grupo a través de alguno de los campos vecinos; y dos veces durante el
domingo, cuando marchábamos de modo igualmente formal a los servicios
matinales y vespertinos de la iglesia del pueblo. El director de la escuela era
también el pastor de la iglesia. ¡Con qué profunda sorpresa y perplejidad lo
contemplaba yo desde nuestros bancos lejanos, cuando con paso solemne y
lento subía al púlpito! Ese hombre reverente, de semblante tan modestamente
benigno, de vestiduras tan brillosas y clericalmente ondulantes, de peluca
minuciosamente empolvada, rígida y enorme… ¿podía ser el mismo que poco
antes, con rostro amargo y ropa manchada de rapé, administraba, férula en
mano, las leyes draconianas de la escuela? ¡Oh, gigantesca Paradoja,
demasiado monstruosa para tener solución!
En un ángulo de la voluminosa pared rechinaba una puerta aun más
voluminosa. Estaba remachada y tachonada con tomillos de hierro y coronada
con picas dentadas del mismo metal. ¡Qué impresión de profundo temor
inspiraba! Nunca se abría, salvo para las tres salidas y regresos mencionados;
por eso, en cada crujido de sus enormes goznes encontrábamos la plenitud del
misterio, un mando de asuntos para solemnes comentarios o para aun más
solemnes meditaciones.
El extenso muro era de forma irregular, con abundantes recesos espaciosos.
De éstos, tres o cuatro de los más grandes constituían el campo de juegos. El
piso estaba nivelado y cubierto de grava fina y dura. Recuerdo bien que no
tenía árboles, ni bancos, ni nada parecido. Por supuesto que quedaba en la
parte posterior de la casa. En el frente había un pequeño cantero, plantado con
boj y otros arbustos; pero a través de esta sagrada división sólo pasábamos en
contadas ocasiones, como el día de llegada o el de partida del colegio o quizás,
cuando algún padre o amigo nos pasaba a buscar y nos íbamos alegremente a
disfrutar de la Navidad o de las vacaciones de verano a nuestras casas.
¡Pero la casa! ¡Qué extraño era aquel viejo edificio! y para mí, ¡qué palacio
encantado! Realmente sus recovecos eran infinitos, así como sus
incomprensibles subdivisiones. En cualquier momento resultaba difícil afirmar
con seguridad en cuál de sus dos pisos nos hallábamos.
Entre un cuarto y otro siempre había tres o cuatro escalones que subían o
bajaban. Además, las alas laterales eran innumerables -inconcebibles- y
volvían de tal modo sobre sí mismas que nuestras ideas más exactas con
respecto a la casa en sí, no diferían demasiado de las que teníamos sobre el
infinito. Durante los cinco años de mi residencia, nunca pude cerciorarme con
precisión de en qué remoto lugar estaban situados los pequeños dormitorios
que nos habían asignado a mí y a otros dieciocho o veinte alumnos.
El aula era el cuarto más grande de la casa -y desde mi punto de vista- el más
grande del mundo entero. Era muy largo, angosto y desconsoladoramente bajo,
con puntiagudas ventanas góticas y cielo raso de roble. En un ángulo remoto y
aterrorizante había un cerramiento cuadrado de unos ocho o diez pies, allí se
encontraba el sanctum donde rezaba «entre una clase y otra» de nuestro
director, el reverendo doctor Bransby. Era una estructura sólida, de puerta
maciza, y antes de abrirla en ausencia del «dómine» hubiéramos preferido morir
por la peine forte et dure. En otros ángulos había dos cerramientos similares
sin duda mucho menos reverenciados, pero no por eso menos motivo de terror.
Uno de ellos era la cátedra del preceptor «clásico», otro el correspondiente a
«inglés y matemáticas». Dispersos por el salón, entrecruzados en interminable
irregularidad había innumerables bancos y pupitres, negros, viejos, carcomidos
por el tiempo, tapados por pilas de libros manoseados, y tan cubiertos de
iniciales, nombres completos, figuras grotescas y otros múltiples esfuerzos del
cortaplumas, que habían perdido lo poco que en lejanos días les quedaba de
su forma original. En un extremo del salón había un inmenso balde de agua, y
en el otro un reloj de formidables dimensiones.
Encerrado entre las macizas paredes de esta venerable academia, pasé sin
tedio ni disgustos los años del tercer lustro de mi vida.
El fecundo cerebro de la infancia no requiere que lo ocupen o diviertan los
sucesos del mundo exterior; y la monotonía aparentemente lúgubre de la
escuela estaba repleta de excitaciones más intensas que las que mi juventud
obtuvo del lujo, o mi edad madura del crimen. Sin embargo debo creer que mi
primitivo desarrollo mental ya salía de lo común… y hasta tenía mucho de
outré. Por lo general, los acontecimientos de la infancia no dejan un recuerdo
definido en el hombre maduro. Todo se parece a una sombra grisácea, -un
recuerdo débil e irregular- una evocación indistinta de pequeños placeres y
fantasmagóricos dolores. Pero en mi caso no es así. En la infancia debo haber
sentido con la energía de un hombre lo que ahora encuentro estampado en mi
memoria con imágenes tan vívidas, tan profundas y tan duraderas como los
exergos de las medallas cartaginesas.
Y sin embargo -desde un punto de vista mundano

Scroll al inicio