El Mayordomo – Roald Dahl

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Relatos de lo inesperadoEl Mayordomo es un cuento del libro Relatos de lo Inesperado el cual  es una colección de dieciséis cuentos cortos escrita por Roald Dahl y publicada en 1979.

 

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En cuanto George Cleaver ganó el primer millón, él y la señora Cleaver se trasladaron de su pequeña casa de las afueras a una elegante mansión de Londres. Contrataron a un cocinero francés que se llamaba monsieur Estragón y a un mayordomo inglés de nombre Tibbs. Ambos cobraban unos sueldos exorbitantes. Con la ayuda de estos dos expertos, los Cleaver se lanzaron a ascender en la escala social y empezaron a ofrecer cenas varias veces a la semana sin reparar en gastos.

Pero estas cenas nunca acababan de salir bien. No había animación, ni chispa que diera vida a las conversaciones, ni gracia. Sin embargo, la comida era excelente y el servicio inmejorable.

-¿Qué demonios les pasa a nuestras fiestas Tibbs? -le preguntó el señor Cleaver al mayordomo-. ¿Por qué nadie se siente cómodo?

Tibbs ladeó la cabeza y miró al techo.

-Espero que no se ofenda si le sugiero una cosa, señor.

-Diga, diga.

-Es el vino, señor.

-¿Qué le pasa al vino?

-Pues verá, señor, monsieur Estragón sirve una comida excelente. Una comida excelente debe ir acompañada de un vino igualmente excelente, pero ustedes ofrecen un tinto español barato y bastante corriente.

-¿Y por qué no me lo ha dicho antes, hombre de Dios? -exclamó el señor Cleaver-. El dinero no me falta. ¡Les daré el mejor vino del mundo, si eso es lo que quieren! ¿Cuál es el mejor vino del mundo?

-El clarete, señor -contestó el mayordomo-, de los grandes cháteaus de Burdeos: Lafite, Latour, Haut-Brion, Margaux, Mouton-Rothschild y Chevel Blanc. Y solamente de las grandes cosechas, que en mi opinión son las de 1906, 1914, 1919 y 1945. Chevel Blanc también tuvo unos años magníficos en 1895 y 1921, y Haut-Brion en 1906.

-¡Cómprelos todos! -dijo el señor Cleaver-. ¡Llene la bodega de arriba abajo!

-Puedo intentarlo, señor -dijo el mayordomo-, pero esa clase de vinos son difíciles de encontrar y cuestan una fortuna.

-¡Me importa tres pitos el precio! –exclamó el señor Cleaver-. ¡Cómprelos!

Era más fácil decirlo que hacerlo. Tibbs no encontró vino de 1895, 1906, 1914 ni 1921 ni en Inglaterra ni en Francia. Pero se hizo con unas botellas del 29 y del 45. Las facturas fueron astronómicas. Eran tan grandes que hasta el señor Cleaver empezó a reflexionar sobre el tema. Y este interés se transformó en verdadero entusiasmo cuando el mayordomo le sugirió que tener ciertos conocimientos de vinos era un valor social muy estimable. El señor Cleaver compró libros sobre vinos y los leyó de cabo a rabo. También aprendió mucho de Tibbs, que le enseñó, entre otras cosas, a catar el vino.

-En primer lugar, señor, tiene que olerlo durante un buen rato, con la nariz sobre la copa, así. Después bebe un sorbo, abre los labios un poquito y toma aire, dejando que pase por el vino. Observe cómo lo hago yo. A continuación se enjuaga la boca con fuerza y, por último, se lo traga.

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