El destino de un hombre

pdf destinohombre 359.20 Kb

Lee las primeras páginas online>> 

 

Mijaíl Shólojov

EL DESTINO DE UN HOMBRE

La primera primavera después de la guerra
fue en el Alto Don excepcional: llegó impetuosa,
y el deshielo se produjo rápido, a un
tiempo. A fines de marzo, soplaron de las
costas del mar Azov templados vientos y, dos días más
tarde, ya estaban completamente desnudas las arenas
de la margen izquierda del Don; se alzó, abombándose,
la nieve que llenaba barranquillos y cañadas, mientras
los riachuelos de la estepa, rompiendo el hielo, corrían
retozones, primaverales, y los caminos se ponían casi
intransitables.
En esa mala época de caminos anegados me cupo
en suerte ir a la stanitsa de Bukanovskaia. Y aunque la
distancia no era grande —cerca de sesenta kilómetros—
no resultó tan fácil recorrerla. En compañía de unos camaradas,
partí antes de salir el sol. Un par de caballos
bien cebados, tensos como cuerda de guitarra los tiran-

tes de los arneses, apenas podían arrastrar el pesado
carricoche. Las ruedas se hundían hasta las pezoneras
en la arena, húmeda, mezclada con nieve y hielo, y al
cabo de una hora, en los ijares de los caballos y en sus
ancas, bajo las finas correas de las retranquillas, aparecía
ya una espuma abundante, blanca como de jabón,
mientras el aire puro de la mañana se llenaba de un
olor acre y embriagador a sudor de caballo y al recalentado
alquitrán con que fueran pródigamente embadurnados
los arreos.
En los lugares más penosos para los caballos, saltábamos
del carricoche y seguíamos a pie. Bajo nuestras
botas altas chapoteaba la nieve acuosa, costaba trabajo
andar, pero a ambos lados del camino se conservaba
todavía el hielo —refulgente al sol como el cristal— y
por allí era aún más difícil avanzar. Al cabo de unas
seis horas sólo habíamos recorrido treinta kilómetros y
llegábamos al lugar por donde debíamos cruzar el riachuelo
Elanka.
El pequeño río, que se seca parcialmente en verano,
se había desbordado frente al caserío de Mojovski,
en una extensión de un kilómetro entero, por un terreno
pantanoso y cubierto de alisos. Había que pasarlo en
una frágil barquilla, de fondo plano, que únicamente
podría llevar a tres personas como máximo. Desenganchamos
los caballos. Al otro lado, en un cobertizo del
koljoz, nos esperaba un “Willis” viejecillo, que había visto
ya mucho mundo, dejado allá el invierno anterior. El
chofer y yo embarcamos, no sin temor, en la vetusta
lancha. Un camarada quedó en la orilla con el equipaje.
Apenas desatracamos, empezaron a brotar, por diferentes
sitios del podrido fondo, pequeños surtidores. Con
medios manuales, calafateamos la insegura embarcación
y estuvimos achicando el agua hasta que llegamos.

Una hora más tarde, nos encontrábamos en la otra orilla
del Elanka. El chofer trajo del caserío el auto, se acercó
a la barca y dijo, agarrando un remo:
—Si este maldito barreño no se deshace en el agua,
volveremos dentro de un par de horas; no nos espere
usted antes.
El caserío se extendía a un lado, a lo lejos, y junto
al embarcadero había ese silencio que únicamente reina,
en pleno otoño o a principios de primavera, en los
lugares deshabitados. Del agua venía un hálito de humedad,
en unión del acerbo aliento de los alisos putrefactos,
y de las lejanas estepas de Prijoperskie, hundidas
en el humo liláceo de la niebla, el suave vientecillo
traía el aroma, eternamente joven, de la tierra recién
liberada de la nieve.
Cerca de allí, sobre la arena de la orilla, yacía
un seto derribado. Me senté en él y quise fumar, pero,
al meter la mano en el bolsillo derecho de la enguatada
chaqueta, comprobé con gran pena que la cajetilla
de “Bielomor” estaba toda empapada. Durante la travesía,
una ola había barrido la cubierta de la baja barquilla,
hundiéndome en agua turbia hasta la cintura.
En aquellos instantes yo no estaba para pensar en los
cigarrillos, pues hubo que soltar el remo y sacar el
agua con la mayor rapidez posible, para que la lancha
no zozobrara, y ahora, lamentando amargamente
mi imprevisión, extraje del bolsillo con cuidado la
cajetilla reblandecida, me puse en cuclillas y empecé
a colocar sobre el seto, uno tras otro, los mojados y
pardos cigarrillos.
Era mediodía. El sol picaba como en mayo. Yo
confiaba que los cigarrillos se secarían pronto. Los rayos
solares calentaban tanto, que me arrepentí de haberme
puesto para el viaje los acolchados pantalones

y la enguatada chaqueta de soldado. Era aquel el primer
día verdaderamente tibio después del invierno.
Constituía un placer estar sentado en el seto, sumido
por entero en la soledad y el silencio, quitarse el gorro
de orejeras, también de soldado, secar al vientecillo los
cabellos, empapados después del penoso bogar, y, sin
pensar en nada, seguir el movimiento de las nubes que
se deslizaban blancas, henchidas, por el azul pálido
del cielo.
Pronto vi que, surgiendo tras las últimas viviendas
del caserío, salía al camino un hombre. Traía de la
mano a un niño pequeño, que, a juzgar por su estatura,
no debía de tener más de cinco o seis años. Cansinos,
arrastrando los pies, iban en dirección al embarcadero,
pero al llegar adonde estaba parado el automóvil, torcieron
hacia mí. El hombre, de elevada estatura y un
poco cargado de espaldas, se me acercó y dijo con atronadora
voz de bajo:
—¡Salud, hermano!
—Buenos días —repuse, y estreché la mano, áspera
y grande, que me tendía.
El hombre se inclinó hacia el niño y le indicó:
—Saluda al tío, hijito. Ya ves, es también chofer
como tu papá. Sólo que tú y yo íbamos en un camión y
él conduce ese pequeño coche.
Mirándome de frente con sus ojos claros como el
cielo y sonriendo un poquito, el chiquillo me dio con
decisión su manecita, sonrosada y fría. Yo se la estreché
suavemente y le pregunté:
—¿Cómo es eso, viejo? ¿Por qué tienes la mano
tan fría? Hace calor, y tú estás helado.
Con enternecedora confianza infantil, el pequeño
se apretó contra mis rodillas y enarcó asombrado las
claras cejas rubias.

—¡Yo que voy a ser un viejo! Yo soy completamente
un niño. Y no estoy helado, ¡qué va! Si tengo las manos
frías es porque he estado haciendo bolas de nieve.
Luego de quitarse de la espalda el escuálido macuto
y de tomar asiento a mi lado, el padre dijo:
—¡Estoy aviado con este pasajero! Me trae frito.
Cuando caminas a paso largo, él va al trote y, claro,
tiene uno que acomodarse a la marcha de este infante.
Donde debía dar un solo paso, tengo que dar tres, y así
vamos los dos, desacordes, como un caballo y una tortuga.
Apenas me descuido, ya se está metiendo en los
charcos o arrancando un trozo de hielo para chuparlo
como un caramelo. No, no es para hombres viajar con
pasajeros de esta clase, y menos a patita —hizo una
pausa y preguntó—: ¿Y tú qué, hermano, esperas a
tus jefes?
Me fue violento sacarlo de su error, diciéndole que
yo no era chofer, y respondí:
—Hay que esperar.
—¿Vendrán de la otra orilla?
—Sí.
—¿Sabes si llegará pronto la barca?
—Dentro de un par de horas.
—Bastante tiempo es ése. Bueno, descansaremos
entre tanto. Yo no tengo ninguna prisa. Pasaba ya de
largo, cuando, de pronto, veo que un hermano chofer
está tomando el sol. Me acercaré, me dije, y echaremos
juntos un cigarro. Fumar solo es tan triste como morir
solo. Vives a lo grande, fumas emboquillados. Se te han
mojado, ¿eh? El tabaco mojado, hermano, es como el
caballo curado; no sirve para nada. Mejor será que fumemos
del mío, que es fuerte.
Sacó del bolsillo del pantalón caqui, de verano,
una enrollada bolsita de raída seda color de frambue-

sa, la desenrolló y yo alcancé a leer una dedicatoria
bordada en una de las esquinas: “Al querido combatiente,
de una alumna de la escuela secundaria de Lebediansk.”
Fumamos de aquel tabaco campesino, muy fuerte,
y estuvimos callados largo rato. Iba ya a preguntarle
adónde se dirigía con el niño y qué asunto lo obligaba a
viajar con aquel deshielo, pero él se me adelantó:
—¿Te has pasado toda la guerra al volante?
—Casi toda.
—¿En el frente?
—Sí.
—Pues a mí, hermano, también me tocó estar allí
y pasar malos tragos a más no poder.
Puso sobre las rodillas sus oscuras manazas y se
encorvó. Lo miré de reojo y sentí un malestar impreciso…
¿Han visto ustedes alguna vez unos ojos como cubiertos
de ceniza, llenos de una angustia tan mortal e
insoportable, que cuesta trabajo mirarlos? Pues unos
ojos así tenía mi casual interlocutor.
Luego de arrancar del seto una varilla seca y combada,
permaneció en silencio unos instantes trazando
con ella enrevesadas figuras en la arena; después, empezó
a hablar:
—A veces, se pasa uno la noche en vela, escudriñando
en la oscuridad con ojos ciegos y piensa: “Vida,
¿por qué me trataste tan despiadadamente? ¿Por qué
me has castigado de este modo?” Y no tengo respuesta,
ni en la oscuridad ni a la luz del sol… No la tengo, ¡ni la
espero! —y de pronto, al caer en la cuenta, empujó cariñosamente
al hijito y le dijo—: Anda, querido, vete a
jugar un poco junto al agua; junto a las aguas desbordadas,
los chiquillos encuentran siempre algo. ¡Pero ten
cuidado, no te mojes los pies!

Cuando fumábamos en silencio, yo observando a
hurtadillas al padre y al hijo, había advertido ya una circunstancia
que me pareció extraña. El chiquillo iba vestido
con sencillez, pero su ropilla era buena; la hechura de
su larga chaquetita, forrada de fina y desgastada piel de
cabra, las diminutas botas altas, lo suficientemente holgadas
para ponérselas con calcetines de lana, y un zurcido
hecho con mucha maestría para tapar un desgarrón
en la manga, todo ello denotaba cuidados de mujer, la
cariñosa solicitud de unas hábiles manos maternales. En
cambio, el aspecto del padre era distinto: la enguatada
chaqueta, quemada en algunos lugares, había sido recosida
con descuido, burdamente; el remiendo de los pantalones
caqui, de uniforme, no lo había echado como era
menester, y más bien parecía sujeto a la ligera con grandes
puntadas de hombre; llevaba unas botas nuevas de
soldado, pero los compactos calcetines de lana estaban
comidos por la polilla sin que hubieran sido arreglados
por ninguna mano femenina… y entonces, pensé: “Tú
eres viudo o te llevas mal con tu mujer.”
Mas él, después de seguir con la mirada al hijito,
tosió broncamente y volvió hablar; yo, todo oídos, lo escuchaba:
—Al principio mi vida fue corriente. Nací en la provincia
de Voronezh, el año mil novecientos. Durante la
guerra civil, serví en el Ejército Rojo, en la división de
Kikvidze. El veintidós, el año del hambre, me marché al
Kuban, a trabajar como un burro para los kulaks; por
eso escapé con vida. Pero el padre y la madre, con una
hermanita mía, murieron de hambre. Quedé solo. Sin
nadie en el mundo, sin un pariente. Pues bien, al cabo de
un año volví del Kuban, vendí la pequeña jata1 y me fui
1 Casa campesina de Ucrania y el sur de Rusia.

a vivir a Voronezh. Al principio, trabajé en un artel de
carpinteros; luego pasé a una fábrica, aprendí el oficio de
mecánico ajustador. Poco más tarde, me casé. Mi mujer
se había criado en una casa de niños. Era huérfana. ¡Buena
muchacha me tocó en suerte! Sumisa, alegre, complaciente
y lista, ¡bien diferente de mí! Desde niña sabía lo
que eran las penas, y quizás eso se reflejara en su carácter.
Mirándola desde afuera, desde un lado, no era muy
vistosa que digamos, pero yo no la miraba desde un lado,
sino de frente. Y no había para mí en el mundo mujer
más guapa y deseada que ella, ¡ni la habrá!
»Volvía uno del trabajo, cansado, y a veces con
un humor de mil diablos. Pero ella no contestaba nunca
con rudeza a las rudas palabras mías. Cariñosa, apacible,
no sabía que hacer conmigo y se desvivía, incluso
cuando yo traía poco dinero a casa, para prepararme
siempre un plato sabroso. La miraba uno, y se le ablandaba
el corazón, y, al cabo de un ratillo, la abrazaba y
le decía: “Perdona, querida Irina, he estado muy grosero
contigo. Pero, compréndelo, hoy no me ha ido bien el
trabajo.” Y de nuevo reinaba entre nosotros la paz, y la
tranquilidad volvía a mi alma. ¿Y tú sabes, hermano, lo
que eso significaba para el trabajo? Por la mañana me
levantaba como nuevo, iba a la fábrica, ¡y cualquier faena
cundía, marchaba de primera en mis manos! Ya ves
lo que es tener una mujer y compañera inteligente.
»En ocasiones, los días de cobro ocurría que me
iba a beber con los amigos. A veces, también volvía a
casa haciendo tantas eses, que seguramente daría miedo
verme. La calle era estrecha para uno, sin hablar ya
de los callejones. Yo era entonces un muchacho sano y
fuerte como un toro; por mucho que bebiera, llegaba
siempre por mi pie a casa. Mas, alguna vez que otra,
también recorría el último trecho metiendo la primera,

es decir, a cuatro patas; pero llegaba. Y de nuevo, ni un
reproche, ni gritos ni escándalos. Mi Irina se limitaba a
reírse unas miajas de mí, y eso con tiento, no fuera a
ofenderme… Me desnudaba y me decía bajito: “Acuéstate
junto a la pared, Andriusha, no vayas a caerte,
dormido, de la cama.” Bueno, y yo me derrumbaba como
un fardo, y todo se balanceaba ante mis ojos. Sólo, entre
sueños, sentía que ella me pasaba suavemente la mano
por los cabellos y susurraba algo con cariño; me acariciaba,
por consiguiente…
»Por la mañana, me hacía levantarme dos horas
antes de entrar al trabajo, para que me despabilase. Ella
sabía que, después de la borrachera, yo no comería nada;
por eso me traía un pepino en salmuera o alguna otra
cosilla ligera y me llenaba de vodka un vaso de cristal
tallado. “Toma, Andriusha, para que se te quite la resaca,
pero no debes beber más, querido.” ¿Acaso se podía
no hacer honor a semejante confianza? Bebía, le daba
las gracias sin palabras, con los ojos únicamente, la besaba
y me iba al trabajo como un corderito. En cambio,
si me hubiera dicho alguna palabra de más, si hubiera
empezado a dar voces o a regañar, estando yo bajo los
efectos del alcohol, ¡como hay Dios que me habría emborrachado
también al segundo día! Así pasa en otras
familias en que la mujer es tonta; yo he visto a imbéciles
de ésas, y lo sé bien.
»Pronto, empezaron a llegar los hijitos. Primero
nació un niño; luego, dos niñas mas… Y entonces me
aparté de los compañeros. Llevaba a casa la paga íntegra,
pues la familia era ya numerosa, y no era cosa de
beber. Los domingos tomaba un bock de cerveza, y punto
final.
»El año veintinueve empecé a cobrarle afición a
los automóviles. Aprendí a conducir, y empuñé el vo-

lante de un camión. Luego, le tomé el gusto a aquello y
no quise volver a la fábrica. Manejar el volante me parecía
más distraído. Viví de esta manera diez años, sin
darme cuenta de cómo pasaron. Se fueron como un sueño.
¿Qué son diez años? Pregúntale a cualquier hombre
de edad si se ha enterado de cómo fue su vida, y te dirá
que no se ha dado cuenta de nada. El pasado es igual
que esa estepa lejana, envuelta en niebla. Por la mañana,
iba yo por ella, y todo estaba claro en derredor; pero,
después de andar veinte kilómetros, se cubre de niebla
y ahora no se distingue desde aquí el bosque de la maleza,
ni las tierras aradas de los campos segados.
»Trabajé durante esos diez años día y noche. Ganaba
bastante, y no vivíamos peor que las demás gentes.
Los chicos nos daban alegrías: los tres estudiaban
con notas de sobresaliente, y el mayorcito, Anatoli, resultó
tan capas para las matemáticas, que hasta llegaron
a hablar de él en un periódico de Moscú. Yo mismo,
hermano, no sé de quién le vendría tanto talento para
esas ciencias. Pero aquello me halagaba mucho, y estaba
orgulloso de él, ¡muy orgulloso!
»En los diez años ahorramos algún dinerillo y, en
vísperas de la guerra, nos hicimos una casita con dos
habitaciones pequeñas, despensa y pasillo. Irina compró
dos cabras. ¿Qué más necesitábamos? Los chicos
comían gachas con leche, teníamos un hogar, estábamos
vestidos y calzados; por consiguiente, todo marchaba
bien. Sólo que tuve poco acierto para construir la
casa. Me dieron una parcela, de seiscientos metros cuadrados,
no lejos de una fábrica de aviación. De haber
hecho mi nido en otro sitio, tal vez hubiera sido otra mi
suerte.

Scroll al inicio