El libro de los tres

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Esta crónica de la tierra de Prydain no es una remodelación ni una nueva versión de la mitología galesa.

La crónica de Prydain es una fantasía. Cosas semejantes jamás ocurren en la vida real.¿O sí ocurren? A la mayoría de nosotros se nos llama a desempeñar tareas que se hallan mucho más allá de lo que nos creemos capaces de hacer. Nuestras capacidades rara vez están a la altura de nuestras aspiraciones y, a menudo, nos encontramos lamentablemente mal preparados para ellas. En ese sentido, todos somos Aprendices de Porquerizo en lo más hondo de nuestro corazón.

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1 – El Aprendiz de Porquerizo
Taran quería hacer una espada; pero Coll, encargado del aspecto práctico de su
educación, se decidió por las herraduras. Y toda la mañana había estado llena de
herraduras. A Taran le Dolian los brazos y tenía el rostro negro a causa del hollín. Por fin,
dejó caer el martillo y se volvió hacia Coll, que le estaba observando con aire de crítica.
—¿Por qué? —exclamó Taran—. ¿Por qué tienen que ser herraduras? ¡Como si
tuviésemos caballos!
Coll era fornido y rechoncho y su rosada y calva cabezota parecía brillar.
—Es una suerte para los caballos —fue todo lo que dijo, contemplando la obra de
Taran.
—Lo haría mejor con una espada —protestó Taran—. Sé que lo haría.
Y, antes de que Coll pudiese responder, cogió las tenazas, puso sobre el yunque un
trozo de hierro al rojo vivo y empezó a darle martillazos lo más deprisa que pudo.
—¡Espera, espera! —gritó Coll—, ¡no se hace de ese modo!
Sin prestar atención a Coll, sin ni tan siquiera poder oírle por encima del estruendo de
los martillazos, Taran golpeó aún con más fuerza. El aire se llenó de chispas. Pero cuanto
más fuerte golpeaba, más se retorcía y se doblaba el metal hasta que, finalmente, el
hierro escapó de entre las tenazas y cayó al suelo. Taran se lo quedó mirando,
desanimado. Recogió con las tenazas el hierro retorcido y lo examinó.
—No es una hoja muy adecuada para un héroe —señaló Coll.
—Se ha echado a perder —concedió tristemente Taran—. Parece una serpiente
enferma —añadió con cierto arrepentimiento.
—Tal y corno intenté decirte —prosiguió Coll—, lo hiciste todo mal. Tienes que
sostener las tenazas… así. Cuando golpees, la fuerza debe proceder de tu hombro y has
de mantener suelta la muñeca. Cuando lo haces bien puedes oírlo. Hay una especie de
música en el golpe. Por otra parte —añadió—, éste no es metal para armas.
Coll devolvió la hoja retorcida y a medio hacer al horno, donde acabó de perder
completamente su forma.
—Me gustaría tener mi propia espada —suspiró Taran—, y tú podrías enseñarme
esgrima.
—¡Tonterías! —gritó Coll—. ¿Para qué quieres saber tales cosas? No tenemos batallas
en Caer Dallben.
—Tampoco tenemos caballos —objetó Taran—, pero estamos fabricando herraduras.
—Y con eso seguirás —dijo Coll, impertérrito—. Es para practicar.
—Y eso también lo sería —suplicó Taran—. Venga, enséñame a pelear con la espada.
Debes conocer el arte.
La reluciente cabeza de Coll pareció relucir todavía más. La sombra de una sonrisa
apareció en su rostro, como si paladease algo sabroso.
—Cierto —dijo quedamente—. En mis tiempos blandí espadas más de un par de
veces.
—Enséñame —volvió a suplicar Taran.
Cogió un atizador y lo empuñó, acuchillando el aire y bailoteando, adelante, atrás,
sobre el duro suelo de tierra apisonada.
—¿Ves? —le dijo—. La mayor parte ya la conozco.
—Cuidado con la mano —dijo Coll, riendo levemente—. Si me atacases así, con todos
tus saltitos y posturas, te habría hecho trochos hace un buen rato. —Vaciló un momento—
. Fíjate —dijo, hablando con premura—, al menos deberías saber que hay un modo
correcto y uno equivocado de hacer estas cosas.
Cogió otro atizador.
—Venga —le ordenó, guiñando un párpado lleno de hollín—, ponte recto como un
hombre.
Taran alzó su atizador. Mientras que Coll le instruía a gritos, los dos empezaron a
lanzarse estocadas y a pararlas, con gran abundancia de ruido, entrechocar de hierros y
golpes metálicos, Por un momento Taran estuvo seguro de que iba a vencer a Coll, pero
el anciano se alejó de un salto con una sorprendente ligereza de pies. Y le tocó a Taran
luchar desesperadamente para detener los golpes de Coll.
De pronto, Coll se detuvo. Taran hizo lo mismo, su atizador suspendido en mitad de un
golpe. En el umbral de la forja se hallaba la alta y encorvada figura de Dallben.
Dallben, el señor de Caer Dallben, tenía trescientos setenta y nueve años de edad. Su
barba cubría una parte tan grande de su cara que parecía como si estuviese siempre
atisbando por encima de una nube gris. En la pequeña granja, en tanto que Taran y Coll
se ocupaban de arar, sembrar, quitar las malas hierbas, cosechar y todas las otras tareas
de la labranza, Dallben tenía a su cargo la meditación, una labor tan agotadora que sólo
podía llevarla a cabo acostándose y cerrando los ojos. Meditaba una hora y media
después del desayuno y volvía a hacerlo una vez más avanzado el día. El martilleo que
llegaba de la forja le había despertado de su meditación matinal; su túnica revuelta
colgaba sobre sus huesudas rodillas.
—Detened inmediatamente esa tontería —dijo Dallben—. Me sorprendes —añadió,
frunciendo el ceño y mirando a Coll—. Hay trabajo serio que hacer.
—No fue Coll —le interrumpió Taran—. El que pidió aprender a manejar la espada fui
yo.
—No dije que me sorprendieses tú —recalcó Dallben—. Pero, después de todo, puede
que sí me sorprendas. Creo que será mejor que me acompañes.
Taran siguió al anciano saliendo de la forja, a través del patio de las gallinas y al interior
de la blanca cabaña con tejado de paja. En ella, en la habitación de Dallben, volúmenes
mohosos desbordaban de los estantes curvados bajo su peso para esparcirse por el suelo
entre montones de marmitas de hierro, cinturones remachados, arpas con o sin cuerdas y
muchos otros adminículos.
Taran ocupó su lugar en el banco de madera, como hacía siempre que Dallben tenía
ganas de propinarle una reprimenda o una lección.
—Comprendo muy bien —dijo Dallben, acomodándose tras su mesa— que en el uso
de las armas, como en todo lo demás, hay cierto arte. Pero cabezas más sabias que la
tuya determinarán cuándo debes aprenderlo.
—Lo siento —empezó a decir Taran—. No debería…
—No estoy enfadado —dijo Dallben, levantando la mano—. Sólo un poco entristecido.
El tiempo pasa con rapidez; las cosas siempre ocurren antes de lo que uno se espera. Y
sin embargo —murmuró, casi hablando para sí mismo—, me preocupa. Temo que el Rey
con Cuernos pueda tener cierta parte en esto.
—¿El Rey con Cuernos? —preguntó Taran.
—Más tarde hablaremos de él —dijo Dallben.
Se acercó un pesado volumen encuadernado en cuero, El Libro de los Tres, del que
ocasionalmente leía pasajes a Taran y que, creía el muchacho, encerraba en sus páginas
todo lo que era posible desear saber.
—Como ya te he explicado antes —prosiguió Dallben—, y como muy probablemente
habrás olvidado, Prydain es una tierra de muchos cantrevs, de pequeños reinos y muchos
reyes. Y, por supuesto, de muchos jefes guerreros que tienen soldados bajo sus órdenes.
—Pero el Gran Rey está por encima de todos ellos —dijo Taran—, Math, Hijo de
Mathonwy. Su jefe guerrero es el héroe más poderoso de Prydain. Me hablaste de él. ¡El
príncipe Gwydion! Sí —prosiguió Taran lleno de entusiasmo—, sé que…

—Hay otras cosas que no sabes —dijo Dallben—, por la sencilla razón de que no te las
he contado. Por el momento no me preocupan tanto los reinos de los vivos como la Tierra
de los Muertos, Annuvin.
Taran se estremeció ante esa palabra. Hasta Dallben la había pronunciado con un
murmullo.
—Y el rey Arawn, Señor de Annuvin —dijo Dallben—. Entérate de esto —prosiguió
rápidamente—, Annuvin es algo más que una tierra de muertos. Está llena de tesoros, no
sólo oro y joyas, sino toda clase de cosas provechosas para los hombres. Hace mucho
tiempo, la raza de los hombres poseyó esos tesoros. Mediante la astucia y el engaño,
Arawn se los robó uno a uno para sus propios y malignos fines. Algunos de tales tesoros
le han sido arrancados, aunque la mayoría están escondidos en lo más hondo de
Annuvin, donde Arawn los vigila celosamente.
—Pero Arawn no llegó a ser gobernante de Prydain —dijo Taran.
—Puedes dar gracias de que no llegase a serlo —dijo Dallben—. Habría llegado a
gobernar de no ser por los Hijos de Don, los hijos de la Dama Don y su consorte Belin,
Rey del Sol. Hace mucho tiempo viajaron a Prydain desde la Tierra del Verano y hallaron
que este país era bello y feraz, aunque la raza de los hombres poco tenía para sobrevivir.
Los Hijos de Don construyeron su fortaleza en Caer Dathyl, muy lejos al norte, en las
Montañas del Águila.
Desde allí, ayudaron a recobrar al menos una parte de lo que Arawn había robado, y
permanecieron como guardianes contra la amenaza que nos acecha desde Annuvin.
—Odio pensar lo que habría sucedido si los Hijos de Don no hubiesen llegado —dijo
Taran—. Fue el buen destino quien los trajo.
—No siempre estoy seguro de ello —dijo Dallben, con una son risa algo torcida—. Los
hombres de Prydain se acostumbraron a confiar en la fortaleza de la Casa de Don igual
que un niño se aferra a su madre. Incluso hoy lo siguen haciendo. Math, el Gran Rey,
desciende de la Casa de Don, al igual que el príncipe Gwydion. Pero, de momento, eso es
todo. Hasta ahora, Prydain ha seguido en paz, todo lo que los hombres son capaces de
estarlo.
»Lo que no sabes es esto: ha llegado a mis oídos que ha surgido un nuevo y poderoso
señor de la guerra, tan poderoso como Gwydion; algunos dicen incluso que más. Pero es
un hombre malvado para el que la muerte es un negro regocijo. Se divierte con la muerte
como tú lo harías con un perro.
—¿Quién es? —preguntó Taran.
Dallben meneó la cabeza.
—No hay ningún hombre que conozca su nombre, ni que haya visto su cara. Lleva una
máscara con astas, y por tal razón le llaman el Rey con Cuernos. No conozco sus
propósitos. Sospecho que en todo esto está la mano de Arawn, pero no puedo decir de
qué manera. Te lo digo ahora para tu propia protección —añadió Dallben—. Por lo que he
visto esta mañana, tienes la cabeza llena de tonterías sobre hazañas de guerra. Sean
cuales sean tus ideas, te aconsejo que las olvides. Se acercan peligros desconocidos.
Apenas si has llegado al umbral de la edad viril y tengo cierta responsabilidad en cuidar
de que llegues a ella, preferiblemente con tu piel intacta. Por lo tanto, no debes abandonar
Caer Dallben bajo ninguna circunstancia, ni siquiera para ir hasta la huerta, y menos aún
hasta el bosque… Al menos por el momento.
—¡Por el momento! —estalló Taran—. ¡Creo que ese por el momento será eterno, y
toda mi vida consistirá en hortalizas y herraduras!
No chilles —dijo Dallben—, hay cosas peores. ¿Te estás preparando para ser un héroe
glorioso? ¿Crees que todo consiste en espadas relampagueantes y galopar a lomos de
caballo? En cuanto a lo de glorioso…
¿Qué hay del príncipe Gwydion? —gritó Taran—. ¡Sí! ¡Ojalá fuese como él!
—Me temo —dijo Dallben—, que eso está totalmente descartado.

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