Año 1934 es la historia de una famosa aviadora, Jackie O'Neill, que regresa a su pueblo natal dispuesta a abandonar su vida aventurera. Allí encontrará a un hombre joven y terriblemente atractivo, William Montgomery, que la amó en secreto en el pasado.
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CAPITULO 1
Jackie estaba piloteando un avión, de modo que estaba feliz.
Mientras se remontaba hacia lo alto, recibiendo las brisas, entrecerraba los ojos frente al sol poniente, Jackie se desperezó y el avión también se desperezó. Jackie se movía y el avión se movía. Como si la estructura de la máquina fuera una segunda piel para ella, podía moverla tan fácilmente como movía su brazo o su pierna. Con una sonrisa, inclinó un ala hacia abajo para mirar el hermoso desierto de alta montaña de Colorado.
Al principio no creyó en lo que veía. Situado en el medio de la nada, a kilómetros de la ruta más próxima, había un auto. Pensando que el vehículo había sido abandonado, hizo girar al avión, inclinó las alas y accionó una palanca para retroceder y echar una segunda ojeada. El auto no se hallaba ahí el día anterior, de manera que tal vez adentro había alguien que necesitaba ayuda.
Bajó en picada hasta donde se atrevió, para que los árboles de piñones -que rara vez tenían más de seis metros- no interfirieran en la altura que necesitaba para permanecer en vuelo. Al pasar por segunda vez, vio a un hombre que, parado a la sombra del auto, levantaba el brazo en un gesto de saludo. Sonriendo, Jackie dio la vuelta y condujo el avión de regreso a su base de salida. Era evidente que el hombre estaba bien; tan pronto como llegara a su pista de Eternity, ella llamaría al alguacil para que enviara ayuda al viajero varado.
Se reía entre dientes. Los viajeros a menudo quedaban varados en aquella zona. Miraban el chato paisaje a los costados de la ruta y decidían ver la naturaleza de más cerca. Pero no tenían en cuenta las espinas tan grandes como el meñique de un hombre y las rocas cuyas aristas no habían sido desgastadas por la pesada caída de lluvia anual.
Tal vez porque se reía y no estaba atenta a lo que hacía, no vio el pájaro, grande como un cordero, que voló directamente hacia su hélice. Dudaba de haber podido evitarlo, pero lo habría intentado. Tal como pasaron las cosas, todo ocurrió muy rápido. En un instante estaba volando a casa y, al siguiente, plumas y sangre cubrían sus gafas protectoras mientras el avión se iba hacia abajo.
Jackie era buena piloto, una de las mejores de los Estados Unidos. Tenía mucha experiencia, claro; había recibido su licencia a los dieciocho años de edad y ahora, a los treinta y ocho, era una veterana. Sin embargo, arreglárselas con ese pájaro le exigió toda su sabiduría y habilidad. Cuando el motor empezó a chisporrotear, supo que debería hacer un aterrizaje con hélice calada, es decir, sin fuerza motriz. Con rapidez se sacó las gafas protectoras y miró en todas direcciones con el objeto de encontrar un lugar donde bajar. Necesitaba un claro largo y ancho, un espacio libre de árboles y rocas que pudieran destrozar las alas del avión.
El viejo camino al pueblo fantasma de Eternity ofrecía la única posibilidad. No sabía qué cosas habrían crecido o rodado a través de él durante los muchos años en que había permanecido abandonado, pero no quedaba otra elección. En un abrir y cerrar de ojos, enderezó la trompa hacia la "pista" y comenzó el descenso. Una roca enorme bloqueaba el camino -tal vez había rodado hasta allí durante el deshielo de primavera-,y Jackie rogó detener el avión antes de dar contra ella.
La suerte no la acompañaba, puesto que embistió la roca. Cuando el choque se produjo, oyó el crujido deprimente de la hélice al destruirse. Ya no siguió pensando. Su cabeza cayó hacia adelante y golpeó la palanca de mando. Jackie quedó inconsciente.
Lo que supo a continuación fue que la sostenían dos brazos masculinos muy fuertes que la sacaban del avión.
-¿Acaso eres mi caballero que me rescata? -preguntó como entre sueños. Sentía que algo caliente le bajaba por la cara. Cuando levantó la mano para limpiarlo, creyó ver sangre, pero sus ojos no funcionaban correctamente y la luz del día se desvanecía con rapidez. -¿Estoy malherida? -preguntó, sabiendo que el hombre no le diría la verdad. Había visto aun par de mutilados en accidentes de avión y, mientras yacían agonizantes, todos les habían asegurado que al día siguiente estarían muy bien.
-No lo creo -respondió el hombre-. Pienso que sólo te golpeaste la cabeza y te la rompiste un poco.
-Oh, bueno, entonces todo está en orden. Nadie tiene la cabeza más dura que la mía.
Él todavía la llevaba en brazos, pero su peso no parecía molestarlo en absoluto. Lo mejor que pudo, teniendo en cuenta lo mareada que se sentía, echó la cabeza hacía atrás para mirarlo. En medio de la luz menguante parecía alto, pero, recordó Jackie, ella acababa de romperse el cráneo en un accidente de avión y no podía confiar mucho en lo que veía. Nadie podía tener tanta suerte como para chocar en medio de kilómetros y kilómetros de nada y encontrar aun hombre buen mozo en plan de rescate.
-¿Quién eres? -preguntó ella con voz apagada, porque de repente sentía mucho sueño.
-William Montgomery -contestó él.
-¿Un Montgomery de Chandler?
Cuando él dijo que sí, Jackie se acurrucó contra su ancho pecho y suspiró contenta. Por lo menos no tendría que preocuparse acerca de las intenciones de aquel individuo. Si era un Montgomery, entonces era honorable y justo y nunca se aprovecharía de la situación; los Montgomery eran honestos y confiables durante las veinticuatro horas del día.
Una lástima, pensó Jackie.
Cuando se hallaban acierta distancia del avión, cerca del auto, que ella casi no distinguía debido a la poca luz, él la dejó cortésmente en el suelo. Le sostuvo la barbilla con la mano y la miró a los ojos.
-Quiero que te quedes aquí y me esperes. Traeré unas mantas del auto; luego encenderé fuego. Cuando no aparezcas en el campo de aterrizaje, ¿crees que saldrán a buscarte?
-No -susurró Jackie. Le gustaba la voz del hombre, le gustaba el tono de autoridad que tenía. Él la hacía sentir como si fuese a hacerse cargo de todo, incluso de ella.
-Tenía planeado pasar la noche aquí afuera, de modo que tampoco a mí vendrán a buscarme -dijo él-. Mientras yo no esté, quiero que permanezcas despierta, ¿me escuchas? Si tienes una contusión en la cabeza y te duermes, tal vez no vuelvas a despertarte. ¿Entendido?
Jackie hizo un gesto de asentimiento y lo observó mientras se alejaba. Un hombre muy apuesto, pensó mientras yacía en el suelo, y se durmió enseguida.
Pocos segundos después, él estaba sacudiéndola. -¡Jackie! ¡Jacqueline! -repitió varias veces hasta que ella abrió los ojos de mala gana y lo miró.
-¿Cómo sabes mi nombre? -preguntó-. ¿Nos hemos visto antes? Conocí a tantos Montgomery que no puedo recordarlos a todos. ¿Dijiste que tu nombre es Bill?
-William -replicó él con firmeza-. Y, sí, nos hemos visto antes, pero estoy seguro de que no lo recordarás. No fue un encuentro significativo.
-Encuentro significativo -repitió Jackie al cerrar los ojos de nuevo, pero William la hizo sentar, le puso una manta alrededor de los hombros y le frotó las manos.
-Permanece despierta, Jackie -dijo, y ella reconoció el tono de orden-. Quédate despierta y háblame. Cuéntame algo de Charley.
Ante la mención de su esposo, fallecido tiempo atrás ella dejó de sonreír .
-Charley murió hace dos años.
William trataba de recoger madera y vigilarla al mismo tiempo. La luz se iba rápidamente, y él apenas distinguía los pedazos de cholla y las trampas en la tierra. Había estado con el esposo de Jackie varias veces y le había caído muy bien: un hombre grande, robusto, de pelo gris, que se reía mucho, hablaba mucho, bebía mucho y podía pilotear cualquier cosa susceptible de ser piloteada.
Ahora, mirándola a ella, adormecida, sabía que debía darle calor, alimentarla y mantenerla despierta.
En ese momento ella se hallaba en estado de shock, y eso, combinado con la herida, podría impedirle que viera otro amanecer .
-¡Jackie! -dijo en tono cortante-. ¿Cuál es la mentira más grande que dijiste en tu vida?
-Yo no miento -afirmó ella.
-Claro que mientes. Todos mienten. No te pregunté si habías mentido o no; sólo quiero saber cuál fue tu mentira más grande.
Recogía la madera que encontraba mientras la interrogaba en voz bien alta; no podía dejarla dormir.
-Solía mentirle a mi madre acerca de dónde me encontraba.
-Puedes contestar algo mejor que eso.
Cuando Jackie habló, su voz era tan débil que él casi no la oyó.
-Le dije a Charley que lo quería.
-¿Y no lo querías?
William la alentaba a hablar mientras hacía una pila de madera a sus pies.
-Al principio, no. Era mayor que yo, tenía veintiún años más, y al principio yo lo consideraba un padre. Solía faltar ala escuela para pasar las tardes con él y los aviones. Me encantaron los aviones desde la primera vez que los vi.
-De modo que te casaste con Charley porque querías estar cerca de los aviones.
-Sí -respondió ella, con la voz cargada de culpa. Se sentó bien derecha y se llevó la mano a la cabeza ensangrentada, pero William le apartó la mano y le levantó la cara hacia él mientras le limpiaba la sangre con un pañuelo.
Después de haberse asegurado de que el corte, en el costado de la cabeza, no era tan grande, la tranquilizó y siguió interrogándola.
-Continúa. ¿Cuándo te diste cuenta de que lo querías? -No pensé en eso desde ningún punto de vista hasta cinco años después de nuestro casamiento. El avión de Charley se perdió en una tormenta de nieve y, cuando creí que tal vez no lo vería más, descubrí lo mucho que lo amaba.
Tras un instante de silencio, Jackie lo miró mientras él se inclinaba sobre la madera, tratando de inducirla a convertirse en fuego.
-¿Y tú? -preguntó Jackie.
-Ni siquiera una vez le dije a Charley que lo quería -bromeó William.
Jackie sonrió.
-No, ¿cuál es la mentira más grande que dijiste tú? -Le dije a mi padre que no había sido yo quien había abollado el guardabarro del auto.
-Mmm… -dijo Jackie, un poco más alerta–. No es una mentira tan horrible. ¿No puedes contar algo mejor?
-Le dije a mi madre que no había sido yo quien se había comido toda la tarta de frutilla. Le dije a mi hermano que mi hermana le había roto su honda. Le dije…
-Está bien, está bien -lo interrumpió Jackie entre risas-. Te entiendo. Eres un mentiroso consumado. Muy bien, tengo una adivinanza para ti. ¿Qué es lo peor que una mujer le puede decir a un hombre?
William no dudó.
-"¿Qué modelo de vajilla de plata prefieres?"
Jackie sonrió. Ese hombre empezaba a gustarle, y su abrumadora soñolencia comenzaba a disminuir.
-¿Y qué es lo peor que un hombre le puede decir a una mujer? -preguntó él.
Jackie contestó tan rápido como él.
-Cuando estás de compras y el hombre te dice: " ¿Qué es exactamente lo que buscas?"
Entre risas, él recorrió la poca distancia que había hasta el auto para abrir la puerta y sacar el equipo de campamento.
-¿Qué es lo más agradable que un hombre le puede decir a una mujer?
-"Te quiero". Es decir, si de veras lo siente así. Si no lo siente y lo dice, habría que azotarlo. ¿y tú? ¿Qué es lo más agradable para ti?
-"Sí" -contestó él.
-¿"Sí" qué?
-"Sí" es lo mejor que una mujer le puede decir a un hombre -Jackie se echó a reír .
-¿Ante cualquier pregunta? ¿No importa lo que le preguntes?
-Sería muy agradable oír un sí de labios de una mujer, al menos de vez en cuando.
-Oh, vamos. Con tu apariencia, ¿nunca oíste decir sí a una mujer a cualquier cosa que le hayas preguntado?
Con los brazos llenos de mantas y cantimploras y una canasta de comida, él le sonrió.
-Una o dos veces, no más.
-Está bien, es mi turno. ¿Qué es lo más bondadoso que tú hiciste por alguien sin contárselo a nadie?
-Supongo que agregarle un ala al hospital de Denver. Mandé el dinero en forma anónima.
-Oh, caramba -se asombró ella, recordando lo ricos que eran los Montgomery.
-¿y tú?
Jackie se echó a reír.
-Charley y yo estábamos casados desde hacía diez años, y con Charley nunca te quedabas en un lugar el tiempo suficiente para aprender el nombre de los vecinos. Pero ese año habíamos alquilado una casita que tenía una cocina muy bonita, y yo decidí prepararle una maravillosa cena para el día de Acción de Gracias. No hablé de otra cosa durante dos semanas. Hice planes y compras; el día de Acción de Gracias me levanté a las cuatro de la mañana y preparé el pavo. Charley se fue al mediodía, pero prometió volver a las cinco, cuando todo estaría listo. Iba atraer a algunos de los otros pilotos del campo de aviación y todo resultaría una fiesta. Llegaron las cinco y Charley no apareció. Llegaron y se fueron las seis, luego las siete. A medianoche me quedé dormida, pero estaba tan enojada que pasé la noche hecha un nudo. A la mañana siguiente allí estaba Charley, roncando en el sofá, y allí estaba mi hermosa cena de Acción de Gracias en ruinas. ¿Sabes lo que hice?
-Me sorprende que Charley haya seguido vivo después de eso.
-No tendría que haberle permitido vivir, pero pensé que lo peor que podía hacer era que no comiese nada de mi cena. Guardé todo en bolsas de arpillera, fui al campo de aterrizaje, me llevé el avión de Charley y volé hacia las montañas; estábamos en Virginia occidental, de modo que eran las Smokies. Allí vi una vieja cabaña arruinada que casi colgaba de una ladera, con un miserable hilito de humo que salía de la chimenea. Hice caer las bolsas prácticamente frente al porche delantero. -Levantó las rodillas hasta el mentón y suspiró. -Hasta ahora, nunca se lo conté a nadie. Más tarde oí decir que la familia afirmaba que un ángel había hecho caer comida desde el paraíso.
Para ese entonces, él ya había conseguido encender el fuego y le sonrió por encima de las llamas.
-Me gusta esa historia. ¿Qué dijo Charley cuando se quedó sin pavo?
Ella se encogió de hombros.
-Charley estaba contento si tenía pavo y también si tenía habas. Cuando se trataba de comida, Charley prefería la cantidad, no la calidad. -Levantó la vista hacia él. -¿Qué es lo peor que te haya pasado?
William contestó sin pensar.
-Haber nacido rico.
Jackie emitió un prolongado silbido.
-Uno pensaría que eso es lo mejor que podría haberte pasado.
-Lo es. Es lo mejor y lo peor .
-Creo que puedo entenderlo.
Jackie continuaba pensando en eso cuando William echó agua de una cantimplora en un pañuelo y, sosteniéndole la barbilla con la mano, comenzó a limpiarle la herida del costado de la cabeza.
-¿Cuál es tu secreto más profundo, más oscuro, algo que nunca le hayas contado a nadie? -preguntó él.
-Si lo contara, dejaría de ser un secreto.
-¿Crees que se lo diría a alguien?
Ella dio vuelta la cabeza y levantó la vista hacia las sombras que el fuego arrojaba sobre el hermoso rostro de William: pelo oscuro, ojos oscuros, piel oscura, esa larga nariz Montgomery. Tal vez se debiera a las circunstancias poco usuales, a la noche sombría que los rodeaba, al fuego, pero se sentía próxima a él.
-Besé a otro hombre mientras estaba casada con Charley -susurró.
-¿Eso es todo?
-Eso es muy malo según mis reglas. ¿Qué me cuentas de ti?
-Me eché atrás en un contrato.
-¿Eso fue realmente malo? Si habías cambiado de opinión…
-Fue la ruptura de una promesa, y ella pensó que era muy malo.
-Ah, ya veo -murmuró Jackie con una sonrisa, mientras se rodeaba las rodillas con los brazos-. ¿ Cuál es tu comida preferida ?
-El helado.
Ella se echó a reír .
-La mía también. Color preferido. -Azul. ¿El tuyo?
Lo miró.
-Azul.
William se acercó y se sentó junto a ella mientras se sacaba el polvo de las manos. Cuando Jackie tembló, debido al aire frío de la montaña, le pasó el brazo por los hombros, con un gesto tan natural como la respiración, y le hizo apoyar la cabeza en su pecho.
-¿Te importa?
Jackie no podía ni hablar. Era una sensación tan buena la de tocar a otro ser humano. Charley siempre había sido demostrativo y afectuoso, ya menudo ella se había sentado en sus rodillas, acurrucada en sus brazos, mientras él le leía alguna revista de aviación en voz alta.
No se dio cuenta de que el sueño la estaba arrastrando hasta que la voz de él la hizo sobresaltar.
-¿Qué es lo que más lamentas en tu vida? -le preguntó en tono enérgico.
-Haber nacido sin unas cuantas curvas a lo Mae West -contestó ella con rapidez. Solía quejarse ante Charley de que los hombres la trataban como a uno de ellos porque se la veía como a ellos: cara angulosa con mandíbula cuadrada, hombros anchos, caderas derechas y piernas largas.
-Estás bromeando, ¿no es cierto? -dijo William con voz llena de incredulidad-. Eres una de las mujeres más hermosas que yo haya visto. No puedo decirte la cantidad de veces que volví sobre mis pasos para mirarte caminar por las calles de Chandler.
-¿De veras? -se asombró ella, ya despierta del todo-. ¿Estás seguro de saber quién soy?
-Eres la gran Jacqueline O'Neill. Has ganado casi todos los premios de aviación que se otorgan. Has estado en todos los lugares del mundo. Una vez te perdiste durante tres días en medio de la nieve en Montana, pero te las arreglaste para salir caminando.
-En realidad, caí rodando por la ladera de una montaña. Fue sólo suerte haber aterrizado en un campamento de vaqueros.
Él sabía que Jackie mentía, porque había leído todo lo escrito sobre ella en esa época. Después de chocar en medio de una tormenta de nieve, se había abierto camino en el descenso por una ladera escarpada, realizando cálculos estimativos, avanzando con la débil luz solar durante el día y con las estrellas durante la noche. No había perdido la cabeza; a menudo había dejado, sobre la nieve, enormes flechas hechas con ramas de árboles para que los aviones que la buscaban pudieran encontrarla. Sonriendo, la abrazó con más fuerza y se sintió complacido cuando ella se le acercó más.
-¿Y cómo camino?-preguntó Jackie en forma tentativa, sin querer dar la impresión de estar pidiendo un cumplido, aunque así era.
-Con largos pasos que devoran la tierra. Hombres maduros interrumpen lo que están haciendo sólo para verte caminar, con los hombros echados hacia atrás, la cabeza erguida, el hermoso cabello movido por la brisa…
Jackie echó a reír.
-¿Dónde has estado toda mi vida?
-Exactamente aquí, en Chandler, esperando el día de tu regreso.
-Podrías haber tenido que esperar durante toda la eternidad, porque nunca pensé que regresaría. Años atrás me sentía muy temeraria. Lo único que deseaba era salir de este pueblito aislado. Quería moverme, ir a lugares y ver cosas.
-Y lo hiciste. ¿Fue tan bueno como pensaste?
-Al principio sí, pero al cabo de siete u ocho años comencé a desear otras cosas. Quería plantar semillas y verlas crecer. Quería saber con certeza que el lugar donde me iba a dormir sería el mismo donde me despertaría.
-De modo que, cuando Charley murió, volviste al aburrido y viejo Chandler .
-Sí -respondió ella, sonriendo contra el pecho de él-. El deprimente y viejo Chandler, donde nada cambia y todos están al tanto de los asuntos de todos.
-¿Ahora eres feliz?
-Yo… ¡Eh! ¿Porqué estoy dando todas las respuestas yo?
¿Qué me cuentas de ti? ¿Porqué no te vi antes? Pero claro, hubo un encuentro "no significativo". No creo haberte visto antes, porque me habría acordado.
-Gracias. Lo tomo como un cumplido. -Se apartó un poco para tirar más madera al fuego. -¿Qué te parece si comemos algo? ¿Un sándwich? ¿Encurtidos?
-Parece delicioso.
Jackie percibió que él no quería hablar del primer encuentro de ambos, y dedujo que tal vez ella lo había tratado con arrogancia. Solía hacer eso con los hombres; salvaba su orgullo. Prefería decirle aun muchacho que ni muerta la encontrarían en un baile con un sapo como él, antes que decirle la verdad: que no podía comprar un vestido nuevo.
Había crecido en Chandler. Después de morir su padre, cuando ella tenía doce años, su madre, quien se consideraba una belleza sureña, se había postrado en un sofá y allí había permanecido los seis años siguientes. Cobraban dinero del seguro, y el hermano de su madre les mandaba algo, pero casi no alcanzaba. Le tocó a Jackie ocuparse de que la vieja casa decadente de las afueras del pueblo no se derrumbara sobre sus cabezas. Mientras otras chicas aprendían a usar el lápiz de labios, Jackie pasaba los fines de semana martillando en el techo. Cortó madera, levantó una verja, arregló el porche, construyó nuevos escalones cuando los viejos se gastaron. Sabía cómo usar una sierra de mano, pero no tenía idea de cómo usar una lima de uñas.
Cierta vez, cuando Jackie tenía dieciocho años, sobrevoló el lugar un avión con una gran bandera atada a la cola, anunciando una exhibición aérea que se realizaría el día siguiente. La madre de Jackie, tan saludable como un diente de león en un prado bien cuidado, decidió desmayarse ese día porque no deseaba que la muchacha la dejase. Pero Jackie asistió, y ahí conoció a Charley. Cuando él se fue del pueblo, tres días más tarde, Jackie iba con él. Se casaron a la semana siguiente.
La madre volvió a Georgia, donde el hermano se negó a soportar su hipocondría y la puso a cuidar sus seis hijos. A juzgar por las cartas que Jackie recibió hasta la muerte de su madre, hacía unos años, eso había sido lo mejor para ella. Después de dejar Chandler y volver a su propia gente, se sintió feliz.
-Veinte años -susurró Jackie. -¿Qué?
-Hace veinte años que me fui con Charley .A veces parece ayer, ya veces parece tres vidas más atrás. -Levantó la vista hacia él. -¿Nos conocimos en esa época, antes de irme con Charley?
-Sí -dijo William con una sonrisa-. Nos conocimos en esa época. Yo te adoraba, pero tú ni siquiera me mirabas. Ella se rió.
-Te creo. Estaba tan llena de orgullo juvenil… -Todavía lo estás.
-Lo del orgullo puede ser, pero ya no lo de juvenil.
Ante eso, William la miró por encima del fuego y, por un momento, Jackie pensó que se había enojado. Estaba a punto de preguntarle qué le pasaba, cuando rápidamente él rodeó el fuego, la tomó en sus brazos y la besó en la boca.
Jackie había besado sólo a dos hombres en su vida: a su esposo, Charley, ya un piloto que estaba por partir y que tal vez no volvería. Ninguno de esos besos había sido como éste. Este beso decía me gustaría hacer el amor contigo, me gustaría pasar noches contigo, me gustaría tocarte y tenerte en mis brazos.
Cuando la soltó, Jackie cayó hacia atrás con un ruido sordo.
-Creo que todavía hay algo de juventud en ti –dijo William con tono irónico mientras volvía a poner una rama en el fuego.
Jackie había quedado sin habla, pero sus ojos no se apartaban de él. ¿Cómo podía no recordarlo? Por lo menos había cinco chicos Montgomery en su curso de la escuela secundaria, pero no recordaba a uno llamado William. Por supuesto, todos los Montgomery parecían tener cinco o seis nombres de pila antes del apellido familiar. Quizás en aquella época lo llamaban de otra manera, Flash, o Rex, o quizás las chicas se limitaban a llamarlo Maravilloso.
Después del beso de William, hubo un silencioso embarazoso que fue roto por él.
-Muy bien -dijo con entusiasmo-. Tienes tres deseos.
¿Cuáles son ?
Ella abrió la boca para hablar, pero la cerró de nuevo mientras lo miraba con timidez.
-Vamos -insistió William-. No puede ser tan malo. ¿O lo es?
-En realidad, no es un deseo malo en absoluto. Es sólo que resulta tan… tan aburrido.
-¿Jackie O'Neill, la más grande mujer piloto de la historia, tiene un deseo que resulta aburrido? No es posible.
Enseguida se dio cuenta de que no quería decirle su secreto porque no deseaba decepcionarlo. Parecía saberlo todo acerca de ella, si es que uno puede saber algo acerca de otro en base a exagerados relatos periodísticos que dramatizaban hechos que, en realidad, eran muy comunes.
-Quiero echar raíces, quedarme en un lugar, y Chandler me es familiar -respondió Jackie-. Ahora que vi el resto del mundo, sé que Chandler es un buen lugar. Pero no puedo vivir en ninguna parte si no tengo una forma de ganar dinero. -Levantó una mano cuando él empezó a hablar. -Lo sé, lo sé, tu familia y los Taggert me pagan bien cuando desean que vuele a algún lado, pero nunca ganaré bien con una empresa de una sola persona. Quiero contratar a unos cuantos pilotos jóvenes, administrar una pequeña empresa. Me gustaría delegar una parte del trabajo. Me gustaría transportar pasajeros y carga, tal vez algo de correo, entre aquí y Denver, pero necesitaré un capital importante para poder montar una estructura así.
-Pero… -Él no encontraba la manera de formular sus pensamientos con palabras que no resultaran ofensivas.
Jackie supo lo que William estaba pensando.
-Jackie O'Neill la más grande mujer piloto de este siglo, reducida a transportar correo desde Colorado a la Costa Oeste. Reina de la pirueta horizontal reducida a acarrear postales. Ah, qué horror. Ah, qué gran tragedia. ¿Eso es lo que piensas?
William bajó la cabeza, pero ella vio que tenía la cara tan roja como el fuego. Un hombre que se ruboriza, pensó.
-Todo ese asunto de la osadía es para los chicos. Yo ya tuve mi cuota.
Él volvió a sentarse junto a Jackie y la miró con ansiedad.
-Estoy seguro de que podrías instalar tu empresa si lo desearas. Hay maneras de hacer que ese tipo de cosas sucedan.
"Si uno tiene tanto dinero como los Montgomery", pensó ella, pero por supuesto no lo dijo.
-Aun el mejor de los pilotos debe tener un avión y, la última vez que vi el mío, tenía la trompa aplastada contra una roca de tres toneladas.
Había un tono condescendiente en su voz.
-Entiendo. -Mientras la rodeaba con el brazo, él mantuvo los ojos bajos. -Deseo número dos.
-No. Quiero tu deseo número uno.
-Tengo un solo deseo. Quiero hacer algo por mí mismo, algo que el dinero de los Montgomery no pueda comprarme.
-La miró. -Tu turno. Segundo deseo.
-¿Pelo enrulado? -preguntó Jackie, haciéndolo sonreír.
-Dime la verdad. Debe de haber otras cosas que desees en la vida, además de un negocio. -Lo dijo como si ella lo hubiera decepcionado al no desear una alfombra mágica o tal vez paz para el mundo. -¿Qué me dices de otro marido?
Había tanta esperanza en su voz que ella se echó a reír . -¿Te ofreces como voluntario?
-¿Aceptarías mi oferta?
Ante el tono anhelante, casi serio, de la voz de William, Jackie trató de apartarse, pero él la retuvo.
-Está bien, me portaré correctamente.
-¿Cuál es tu segundo deseo? -preguntó ella. -Probablemente, ser tan buen hombre como mi padre. -Con todas tus mentiras, no eres ni siquiera tan bueno como las chicas Beasley.
Él se rió y la tensión que había entre ambos desapareció. -¿De manera que no me dirás cuáles son tus otros deseos, tus otras necesidades en la vida ?
-Si te los dijera, pensarías que soy ridícula. -Inténtalo.
En él había cierta ansiedad que la hizo desear decirle la verdad. Si hubiera estado con alguno de los amigos de Charley, habría inventado algo entretenido como ganar la Taggie, pero en ese momento sólo quería decir lo que de veras deseaba.
-Está bien, lo que más anhelo es normalidad. Durante los primeros doce años de mi vida, tuve un padre achacoso y una madre hipocondríaca. Después de la muerte de mi padre, tuve una madre inválida. Ansiaba ir a los bailes de la escuela y cosas así, pero no lo conseguía. Alguno de mis padres siempre me necesitaba. Durante los últimos veinte años, viajé y volé y tuve una vida muy excitante. A veces parecía que cada día traía algo nuevo y emocionante. Charley era tan movedizo, tan inquieto, como mi madre era inamovible. Almorcé en la Casa Blanca, estuve en casi la mitad de los países del mundo, conocí un gran número de personas famosas. Después del… -Casi no lo miró. Hacía unos años, había prestado un servicio que debía realizarse en aquel momento, y luego Estados Unidos había hecho una gran alharaca al respecto. -Mi foto salió en los periódicos -terminó.
-Una heroína norteamericana -dijo él con los ojos brillantes.
-Tal vez. Fuese lo que fuese, me gustó.
-Pero luego Charley murió y tú cambiaste-afirmó él en tono casi celoso.
-No, fue antes de eso. En algún momento me di cuenta de que la gente quería mi autógrafo por ellos mismos, no por mí. No me malinterpretes; todo eso me encantaba. Pero una vez, después de que Charley y yo, en aviones separados, habíamos pasado tres días sin dormir, en vuelos de rastreo sobre un enfurecido bosque en llamas, me dijeron que el Presidente me llamaba para felicitarme. Yo estaba sentada allí, en una silla dura de alguna oficinita sucia, y pensé "No, de nuevo no".
Sonrió y siguió hablando.
-Creo que, cuando llegas al punto de que una llamada del Presidente de los Estados Unidos te provoca nada más que aburrimiento, también llegó el momento de hacer otra cosa.
William permaneció en silencio un instante.
-Normalidad. Dijiste que querías normalidad. ¿ Qué es lo normal?
Ella le dedicó una sonrisa forzada.
-¿Cómo podría saberlo? Nunca lo vi, y menos lo viví. Pero no creo que recibir llamadas del Presidente, beber champaña en globos de aire caliente, vivir en hoteles y ser rico un día y pobre al siguiente sea lo normal. Es excitante, pero también muy cansador.
Él se rió entre dientes.
-Es verdad que todos queremos lo que no tenemos. Yo tuve la vida más normal del mundo. Fui a las escuelas adecuadas, estudié administración de empresas, y después de la universidad volví a Chandler para ayudar a administrar la empresa de la familia. Lo más excitante que hice fue pasar tres días en México con uno de mis hermanos.
-¿Y?
-¿Y qué?
-¿ Y qué hicieron en México durante esos tres días? -Comimos. Vimos los paisajes. Pescamos un poco. –Se detuvo. -¿De qué te ríes?
-¿Dos hombres jóvenes, solos en un lugar tan divertido como México y fueron a ver los paisajes? ¿Ni siquiera se emborracharon?
-No. -William sonreía. -¿Qué fue lo más excitante que hiciste?
-Sería difícil elegir. Las caídas en picada y con giros son muy excitantes. -Levantó la cabeza. -Cierta vez, un conde veneciano trató de arrancarme el vestido.
-¿Eso te pareció excitante? -preguntó William con frialdad.
-Lo fue, si tienes en cuenta que íbamos volando a diez mil pies y él se arrastraba por el avión hacia mí. Unas pequeñas inclinaciones hacia un costado lograron que volviera a su asiento. Pero gritaba que un aeroplano era el único lugar donde todavía no le había hecho el amor a una mujer.
William rió.
-Cuéntame más. Me gusta escuchar cosas acerca de tu vida. Está muy por encima de la mía.
-No estoy segura de que eso sea cierto. Una vez hice un aterrizaje con hélice calada… Eso quiere decir con motor parado… En un aeroplano sin ruedas y con la mitad de las alas. Eso fue más excitante de lo que yo deseaba.
-¿Qué países te gustaron más?
-Todos. No, hablo en serio. Cada país tiene algo para recomendar, y yo trato de pasar por alto las partes malas.
William permaneció en silencio unos segundos, mirando el fuego.
-Charley fue un hombre de suerte al compartir tantos años contigo. Lo envidio.
Ella dio vuelta la cabeza para mirarlo, frunciendo la frente en gesto de concentración.
-Hablas como un enamorado.
-¿De ti? Sí, lo estuve. Solía adorarte desde lejos.
-Muy halagador. Pero aunque en ese entonces me hubieras dicho que me amabas y me hubieras ofrecido algunos de los millones de los Montgomery, igualmente me habría ido de Chandler .
Permanecían sentados uno junto al otro; el brazo de él se deslizaban sobre los hombros de ella mientras ambos contemplaban el fuego.
-¿Qué necesitas para inaugurar tu empresa de transporte?
-¿Lo preguntas en serio?
-Muy en serio.
Jackie, se concedió un momento antes de contestar. Podía tener un chichón en la cabeza, pero su cerebro todavía estaba intacto. Charley le había inculcado que un piloto sin dinero siempre debía tener en perspectiva aun amante de la aviación que sí tuviera dinero. "Bueno, ése es un matrimonio hecho en el cielo" , solía decir. Ella no quería aprovecharse de ese hombre, pero si estaba aburrido y tenía montones de dinero, tal vez pudieran encontrar algo que lo ayudara a ocupar su tiempo.
Tomó aliento, tratando de borrar su sentimiento de culpa. Si él quería hacer algo por ella, era porque la creía una heroína norteamericana. Pero si Jackie le sacaba dinero, eso iba a tener que ver con algo mucho menos altruista, algo mucho más primitivo, como poner pan sobre la mesa y tal vez algunos vestidos realmente hermosos en su guardarropa.
-Un par de buenos aviones livianos. Un mecánico de tiempo completo, hangares, unos cuantos aeroplanos viejos para desarmar y utilizar las partes en otro aparato, dinero para sueldos hasta que yo pueda pagar a los pilotos.
-¿Alguna otra cosa? ¿Un socio quizá?
Enseguida se dio cuenta de que William se estaba proponiendo a sí mismo. No era el momento de tomar esa decisión. De su cabeza todavía manaba sangre, y sus pensamientos, no eran claros. Sin embargo, resultaba delicioso pensar en ese hombre en calidad de socio suyo. Con una sonrisa, levantó la vista hacia él.
-¿Quiénes son tus padres?
-Jace y Nellie.
-Ah, eso lo explica todo. Esos dos son padres de la mitad del pueblo.
William sonrió. Toda su vida había oído bromas acerca de la cantidad de niños que había en su familia.
-Doce en total.
Comenzó a vaciar la enorme canasta de picnic, que parecía contener la suficiente cantidad de comida para alimentar a media docena de leñadores. Sin decir una palabra, empezó a preparar un sándwich. Jackie lo miraba atónita mientras él le ponía lo mismo que le hubiera puesto ella: carne en cantidad, montones de mostaza, tomate; luego cortó un pepino dulce y colocó las tajadas sobre el tomate, más dos hojas de lechuga para que el pan no se humedeciera. Al observarle la cara, Jackie se dio cuenta de que él no prestaba ninguna atención a lo que hacía; estaba concentrado en vaya a saber qué cosas que le pasaban por la mente. Pero resultaba extraño que le preparara un sándwich tal como a ella le gustaban sobre todo porque sus sandwiches eran únicos.
-Mira lo que hice -dijo William-. Primero te iba a hacer un sándwich y ahora… -La miró. -¿ Qué prefieres?
-Justamente uno como el que estabas preparando.
La hermosa cara de él mostró por un instante una expresión de consternación; luego sonrió.
-¿De veras? Todo el mundo odia mis sandwiches. -Los míos también -dijo ella al extender la mano-.
¿Qué te parece una mitad? Luego yo haré el segundo. Yo les pongo aceitunas en lugar de pepinos.
-Y después todos se quejan porque las aceitunas se caen. -Los estúpidos no saben cómo sostener el pan.
Se miraron por encima del sándwich y sonrieron. -¿Qué piensas del ketchup?
-Lo odio.
-¿Cebollas?
-Abrumadoras. N o te permiten sentir el sabor de las otras
cosas.
-¿Palomitas de maíz? -Podría comer montones. ¿Tú?
-Lo mismo. -Recostándose sobre los codos, William miró hacia el fuego y ella supo que se estaba preparando para decir algo importante. -Si aparezco con el dinero para comprar unos aviones y las otras cosas, ¿me tendrías en cuenta como socio?
-¿Alguna vez volaste?
No importaba si lo había hecho, pero la pregunta le daba tiempo para pensar. Aun cuando no fuera un Montgomery, poseedor de todo lo que el nombre significaba, ella sabía juzgar a la gente, y este hombre era roca sólida. A veces, las cosas podían ponerse turbulentas en un aeroparque, tal vez aterradoras cuando se producía un accidente, pero Jackie presentía que este hombre no sería presa del pánico aun cuando estuviera sobre un volcán. El problema radicaba en que sabía que estaba lista para involucrarse sentimentalmente con él. Habían pasado dos años desde la muerte de Charley y más de un año desde que había vuelto a Chandler, y se sentía sola. Estaba cansada de comer sola, de dormir sola, cansada de sentarse sola a la tarde sin nadie con quien hablar. y este hombre era muy, muy atractivo, tanto física como espiritualmente.
-Tomé clases durante dos años -respondió él, mirándola con ojos casi implorantes.
-Muy bien -dijo ella, y cuando lo hizo sintió un leve estremecimiento en el cuerpo. Le gustaba ese hombre, le gustaba mucho. Le gustaba la manera como encaraba la responsabilidad, le gustaban los temas a que se refería al conversar, le gustaba cómo se movía, cómo comía, lo que comía. Le gustaba su forma de besarla, lo que le hacía sentir cuando la besaba. En toda su vida, no recordaba haber gustado de un hombre de esa manera tan simple y anticuada. Se había sentido atraída por hombres en otras ocasiones -sería una mentirosa si no lo admitiera-, pero había una diferencia entre la atracción sexual y el deseo de ser acunada por un hombre y comer palomitas de maíz con él y contarse secretos.
Unos años antes Jackie, había conocido a un piloto que Charley había contratado para trabajar con ellos. Era tan divinamente buen mozo que ella casi no podía hablarle; la primera vez que lo vio, dejó caer una llave de tuerca justo en el motor, y casi le dio a Charley en la cabeza. Durante varios días permaneció muda en presencia de él. Pero al cabo de unas semanas se acostumbró a su apariencia, y después de pasar seis meses trabajando con él, ya no recordaba que le había parecido buen mozo. En su largo y feliz matrimonio con Charley había aprendido que lo importante entre un hombre y una mujer era la amistad.
-Muy bien -dijo al extender la mano para estrechar la de William-. Pero con una condición.
El le tomó la mano y la sostuvo con firmeza.
-Lo que sea. Lo que tú quieras.
-Deberás decirme cuál es tu deseo más secreto y oscuro y quiero la verdad, nada de contratos de dominio público. William emitió un gemido.
-Eres una negociadora feroz, Jackie O'Neill.
Ella no estaba dispuesta a soltarle la mano.
-Dímelo o no trabajaremos juntos.
-Está bien -repuso él con una sonrisa forzada-. Tú me haces un sándwich con aceitunas de vez en cuando, y yo te cuento la verdad sobre México.
-¿Cómo? -dijo ella, levantando una ceja.
En la vida de una persona hay ocasiones que son mágicas, y esa noche fue una de ellas. Más adelante, Jackie pensó que esa noche fue perfecta, perfecta en todo sentido, desde el novelesco rescate y la romántica herida en su sien, hasta el hombre buen mozo que se hizo cargo de ella. y bien que se hizo cargo. Se aseguró de que estuviera alimentada, a salvo del frío y cómoda. Más que eso, la hizo sentirse bien. La halagó al conocer cada una de las pruebas aéreas que ella había realizado, cada récord que había establecido, cada accidente que había sufrido. Era casi como si hubiera estado enamorado de ella durante años.
Hablaron como si fueran viejos amigos; amigos, no amantes. A menudo, Jackie se cansaba de los hombres cuyo único interés residía en tratar de llevar mujeres a la cama, que dirigían cada una de sus palabras, cada uno de sus gestos hacia ese fin. Se vanagloriaban de sí mismos, hablaban del dinero que tenían, de las tierras que poseían, de cuánto mejor eran que otros hombres. Pero conversar con William resultaba tan cómodo como con una amiga.
En algún momento de la noche le había sugerido que se acostara en el camastro de mantas y que apoyara la cabeza en su muslo fuerte. Apoyado contra un árbol, le acarició el pelo y la impulsó a hablar sobre sí misma. En pocos segundos, Jackie se descubrió hablándole de Charley, de los años vividos con él, de los contratiempos y las frustraciones, los triunfos y los fracasos.
A su vez, él le habló de su vida perfecta, o al menos así describió lo que a Jackie le pareció una situación ideal. Nunca nadie había sido cruel con él, nunca nadie le había mostrado antipatía en forma instantánea, nunca había tenido que luchar por nada.
-Mi vida me obliga a cuestionarme acerca de mí mismo. Si fuera sometido a una prueba, ¿podría salir adelante? -preguntó, frunciendo la frente al fuego-. ¿Podría hacer algo sin el dinero de mi padre y el respaldo del apellido Montgomery?
-Por supuesto que sí -contestó Jackie–. Te sorprendería lo que serías capaz de hacer en caso necesario.
-¿Algo así como aterrizar después de que un águila haya chocado contra la hélice?
-¿Eso fue lo que sucedió?
-Hiciste bajar ese avión con tanta facilidad como alguien que se levanta de una silla. ¿Estabas asustada?
-Tenía demasiado que hacer como para estar asustada.
¡Eh! -Levantó la vista hacia él en medio de la suave oscuridad.
-¿Por qué no te casaste? ¿Por qué ninguna mujer te conquistó todavía?
-No encontré a la mujer que deseaba. Me gusta que la mujer tenga una cabeza sobre los hombros.
-Una cabeza hermosa, sin duda -comentó Jackie con tono sarcástico.
-Eso es menos importante que lo de adentro.
-¿Sabes? Me gustas. De veras.
-Y tú me gustaste siempre.
Ella permaneció en silencio un instante.
-Quisiera poder recordarte.
-Hay tiempo suficiente. ¿Tienes frío? ¿Hambre? ¿Sed?
-No, nada. Estoy perfecta.
-Eso es verdad.
Jackie se sintió incómoda ante el cumplido, pero también complacida.
-¿Cuándo quieres empezar… eh… nuestra sociedad? "¿Cuándo quieres empezar a gastar enormes cantidades de dinero juntos?" , era lo que quería preguntarle.
-Mañana debo ir a Denver por unos días, y allí sacaré dinero del banco. Volveré el sábado. ¿Qué te parece si voy a tu casa a la tarde? ¿Puedes darme una lista de lo que necesitas para que lo consiga en Denver?
Jackie rió.
-¿ Qué te parecen unos pocos aeroplanos, para empezar? -¿De qué tipo te gustarían?
Él hablaba en serio mientras que ella se lo tomaba a broma, pero de repente también Jackie se puso seria.
-¿Qué te parece un par de Wacos? "Y más adelante, tal vez, un aparato que pueda llevar una docena de pasajeros ricos con gran elegancia" .
-Muy bien, veré lo que puedo hacer.
-¿Así, tan fácil? -se asombró ella-. ¿Hago una seña y aparecen dos aeroplanos nuevos?
-No son gratis. Yo vengo con ellos. Tienes que aceptarme con los aeroplanos.
Eso no parecía un gran castigo.
-Supongo que a caballo regalado no se le miran los dientes. -Se desperezó, bostezó y acomodó la cabeza contra la pierna de él.
-Creo que sería bueno que ahora durmieras -dijo William mientras le acomodaba la manta.
-¿Y tú? -preguntó Jackie casi entre sueños-. Tú también necesitas dormir.
-No, me quedaré despierto y vigilaré el fuego.
-Y me protegerás -murmuró Jackie al cerrar los ojos.
No, no creía que fuera a haber problemas con la confiabilidad de ese hombre. Se durmió con una sonrisa, sintiéndose tan segura como si se encontrara en su casa, en su propia cama, no al aire libre con los coyotes aullando a lo lejos.