Aguardando al año pasado

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La Tierra esta inmersa en una guerra interestelar entre lilistarianos (en realidadaguardandoalaopasado antepasados de los hombres) y los reegs (alienígenas azules con exoesqueleto y seis extremidades) Eric Sweetscent, cirujano trasplantador de órganos, y su mujer Kathy, se ven envueltos en las consecuencias de la contienda, sobre todo al caer bajo los efectos de la terrible droga JJ-180, que produce viajes (¿alucinatorios?) bien al pasado, o al futuro, o a presentes paralelos. El líder mundial Gino Molinari sufre una acusada hipocondria psicosomática que le hace objeto de los cuidados de Eric, quien a la guerra entre futuros y presentes alternativos donde habla con los reegs, suma su particular lucha matrimonial con su esposa Kathy.

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El edificio en forma de apteryx, tan familiar para él, dejó escapar su habitual luz gris
humosa cuando Eric Sweetscent plegó su rueda y consiguió meterla en el pequeño
espacio reservado para él en el aparcamiento. Las ocho de la mañana, meditó
melancólicamente. Y su jefe, el señor Virgil L. Ackerman, ya había abierto las oficinas de
la CPTT para el trabajo cotidiano. Era un hombre cuya mente estaba más despejada a las
ocho de la mañana que a cualquier otra hora del día, pensó el doctor Sweetscent. Aquello
iba contra todos los mandamientos de Dios. Vaya excelente mundo que nos están
ofreciendo; la guerra disculpa cualquier aberración humana, incluso las de aquel viejo.
De todos modos se dirigió hacia la cinta rodante…, sólo para detenerse al oír llamar su
nombre.
—¡Oiga, señor Sweetscent! ¡Un momento, señor! —La voz nasal y repelente de un
robant; Eric se detuvo de mala gana, y la cosa se le acercó, toda brazos y piernas en
enérgica agitación—. ¿El señor Sweetscent, de la Compañía de Pieles y Tintes de
Tijuana?
Se sintió irritado.
—Doctor Sweetscent, por favor.
—Le traigo una factura, doctor. —El robant extrajo un papel blanco, doblado, de su
bolsa metálica—. Su esposa, la señora Katherine Sweetscent, hizo el cargo hace tres
meses en su cuenta de Tierra de los Sueños Felices Tiempos Para Todos. Sesenta y
cinco dólares, más el dieciséis por ciento de intereses. Es la ley, ¿sabe? Lamento
demorarle, pero esto es, ejem, ilegal. —Le miró con ojos atentos mientras él, reluctante,
sacaba su talonario de cheques.
—¿Cuál fue la compra? —preguntó, hosco, mientras extendía el cheque.
—Un paquete de Lucky Strike, doctor. Con el verde antiguo, el auténtico. De 1940
aproximadamente, de antes de la Segunda Guerra Mundial, cuando cambiaron el
paquete. «El Lucky Strike verde ha ido a la guerra», ya sabe. —Rió.
No podía creerlo; allí debía haber algún error.
—Pero se supone —protestó— que esto tenía que ser cargado a la cuenta de la
compañía.
—No, doctor —declaró el robant—. El cargo es correcto. La señora Sweetscent dejó
absolutamente claro que esta compra era para su uso particular. —Y entonces añadió una
explicación que él supo inmediatamente que era falsa, aunque no supo decir si su origen
estaba en el robant o en Kathy…, al menos no inmediatamente—. La señora Sweetscent
—añadió de forma mojigata el robant— está construyendo un Pitts-39.
—Y una mierda. —Le tendió el cheque al robant; mientras éste intentaba cazar el papel
al vuelo, siguió andando hacia la cinta rodante.
Un paquete de Lucky Strike. Bien, reflexionó lúgubremente, Kathy ya vuelve a hacer de
las suyas. El ansia creativa, que sólo puede hallar una salida gastando. Y siempre por
encima y más allá de su sueldo…, que, tuvo que admitirse a sí mismo, era bastante mayor
que el suyo. Pero, en cualquier caso, ¿por qué no se lo había dicho? Una compra
importante de ese tipo…
La respuesta, por supuesto, era obvia. La propia factura mostraba el problema en toda
su deprimente sobriedad. Quince años atrás, pensó, yo hubiera dicho —de hecho, lo
dije— que los ingresos combinados de Kathy y míos tenían que ser suficientes para
mantener a dos personas adultas semirrazonables a cualquier nivel de opulencia. Incluso
teniendo en cuenta la inflación en tiempo de guerra.
Sin embargo, las cosas no habían funcionado en absoluto de aquella manera. Y tenía
la profunda y duradera intuición de que las cosas iban a seguir así.
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Dentro del edificio de la CPTT, se encaminó hacia el pasillo que conducía a su propia
oficina, reprimiendo el impulso de dejarse caer por la oficina de Kathy, escaleras arriba,
para una inmediata confrontación. Más tarde, decidió. Después del trabajo, quizá durante
la cena. Señor, y le esperaban un montón de asuntos; no tenía energías —y nunca las
había tenido en el pasado— para aquellas interminables peleas domésticas.
—Buenos días, doctor.
—Hola —dijo Eric, con una ligera inclinación de cabeza hacia la llamativa señorita
Perth, su secretaria; esta vez se había rociado el cuerpo con un producto azul brillante,
moteado con destellantes fragmentos que reflejaban las luces del techo de la oficina—.
¿Dónde está Himmel? —No había la menor señal del inspector de control definitivo de
calidad, y ya había visto algunos de los representantes de los equipos subsidiarios
agruparse en el aparcamiento.
—Bruce Himmel telefoneó para decir que la biblioteca pública de San Diego le está
persiguiendo judicialmente y que puede que tenga que acudir al tribunal, de modo que
probablemente llegará tarde. —La señorita Perth le sonrió animosamente, mostrando
unos inmaculados dientes de ébano sintéticos, una moda que producía escalofríos y que
había emigrado con ella el año anterior de Amarillo, Texas—. Los polis de la biblioteca
entraron ayer en su apartamento y hallaron más de veinte de sus libros que él les había
robado…, ya conoce usted a Bruce, tiene esa fobia acerca de comprobar las cosas…,
¿cómo se dice poner en griego?
Pasó a su oficina interior, que era exclusivamente suya; Virgil Ackerman había insistido
en ello como un símbolo conveniente de prestigio…, en vez de un aumento de sueldo.
Y allá, en su oficina, junto a la ventana, fumando un cigarrillo mexicano de dulce aroma
y contemplando las austeras colinas amarronadas de la Baja California del sur que
rodeaban la ciudad, estaba su mujer, Kathy, de pie. Aquélla era la primera vez que la veía
esta mañana; se había levantado una hora antes que él, se había vestido y había
desayunado sola, y se había marchado en su propia rueda.
—¿Qué ocurre? —preguntó rígidamente.
—Entra y cierra la puerta. —Kathy se volvió pero no miró hacia él; la expresión de su
exquisitamente afilado rostro era pensativa.
Cerró la puerta.
—Gracias por recibirme en mi propia oficina.
—Sabía que ese maldito cobrador de facturas te interceptaría esta mañana —dijo
Kathy con voz lejana.
—Casi ochenta verdes —dijo él—. Con los intereses.
—¿La pagaste? —Le miró por primera vez; el aleteo de sus pestañas artificiales negras
se aceleró, revelando su preocupación.
—No —dijo sardónicamente—. Dejé que el robant me disparara de pie ahí en medio
del aparcamiento. —Colgó la chaqueta en el armario—. Claro que la pagué. Es
obligatorio, desde que la Mole ha eliminado todo el sistema de compras a crédito. Me doy
cuenta de que no estás interesada en ello, pero si no pagas dentro del plazo de…
—Por favor —dijo Kathy—, no me sueltes discursos. ¿Qué es lo que dijo? ¿Que estoy
construyendo un Pitts-39? Mintió; compré el paquete verde de Lucky Strike para un
regalo. No construiría ninguna infantilandia sin decírtelo; después de todo, sería tuya
también.
—No Pitts-39 —dijo Eric—. Nunca viví allí, ni en el 39 ni en ninguna otra época. —Se
sentó ante su escritorio y pulsó su videocom—. Estoy aquí, señora Sharp —informó a la
secretaria de Virgil—. ¿Cómo se encuentra hoy, señora Sharp? ¿Llegó bien a casa tras
esa reunión para la venta de bonos de guerra la otra noche? ¿Ninguno de esos
incitadores a la guerra la golpeó en la cabeza? —Cortó el aparato. Explicó a Kathy—:
Lucile Sharp es una ardiente defensora de la conciliación. Creo que es estupendo que
una compañía permita que sus empleados se dediquen a la agitación política, ¿no crees?
Y más estupendo aún es el hecho duque no te cueste ni un centavo: los mítines políticos
son gratuitos.
—Pero tienes que rezar y cantar —dijo Kathy—. Y tienes que comprar esos bonos.
—¿Para quién era el paquete de cigarrillos?
—Para Virgil Ackerman, por supuesto. —Exhaló el humo del cigarrillo en dos columnas
gemelas—. ¿Crees que deseo trabajar en alguna otra parte?
—Seguro que lo harías, si te ofreciera alguna ventaja.
—No es lo elevado del sueldo lo que me mantiene aquí, Eric, pese a lo que pienses —
dijo Kathy meditativamente—. Creo que estamos ayudando en el esfuerzo de guerra.
—¿Aquí? ¿Cómo?
La puerta de la oficina se abrió; la señorita Perth se silueteó en ella, con sus luminosos,
espectaculares, horizontalmente inclinados pechos rozando el marco cuando se volvió
hacia él y dijo:
—Oh, doctor, lamento molestarle, pero el señor Jonas Ackerman ha venido a verle…, el
sobrino biznieto del señor Virgil viene de los Baños.
—¿Cómo están los Baños, Jonas? —dijo Eric, tendiendo la mano; el sobrino biznieto
del propietario de la fuma avanzó hada él y se la estrechó—. ¿Han burbujeado algo
especial durante el tomo de noche?
—Si lo hicieron —dijo Jonas—, imitaron a un operario que se fue por la puerta
delantera. —Se dio cuenta de la presencia de Kethy—. Buenos días, señora Sweetscent.
¿Sabe?, ví esa nueva config que adquirió usted para nuestro Wash-35, ese coche con
forma de escarabajo. ¿Qué era, un Volkswagen? ¿Es así como los llamaban?
—Un Chrysler aerod —dijo Kathy—. Era un buen coche, pero con problemas de
suspensión. Un error de ingeniería que le hizo fracasar en el mercado.
—Dios —dijo Jonas, con convicción—. Conocer algo realmente a fondo; tiene que ser
extraordinario. Sumergirse en un aspecto determinado del Renacimiento… Yo digo que
hay que especializarse en un área determinada hasta… —Se interrumpió al darse cuenta
de que los dos Sweetscent mostraban un aspecto lúgubre y taciturno—. ¿He interrumpido
algo?
—Los asuntos de la compañía tienen prioridad sobre las distracciones personales —
dijo Eric. Se sentía agradecido de la intervención incluso del miembro más joven de la
intrincada jerarquía familiar de la compañía—. Por favor, vete, Kathy —dijo a su esposa,
sin molestarse en hacer que su tono sonara jovial—. Hablaremos durante la cena. Tengo
demasiado que hacer para perder el tiempo discutiendo acerca de si un robant cobrador
de facturas es capaz mecánicamente de decir mentiras o no. —Escoltó a su esposa hasta
la puerta de la oficina; ella se dejó llevar pasivamente, sin resistencia. En voz baja le
dijo—: Como el resto mundo, no le importa burlarse de ti, ¿verdad? Todos lo hacen. Cerró
la puerta tras ella.
Jonas Ackerman se encogió de hombros y dijo:
—Bien, eso es el matrimonio en nuestros días. Odio legalizado.
—¿Por qué dice usted eso?
—Oh, capté los matices de esa conversación; podían palparse en el aire como el soplo
helado de la muerte. Tendría que haber ley que prohibiera a un hombre trabajar para la
misma empresa que su esposa; infiernos, ni siquiera en la misma ciudad. Sonrió, y su
delgado y joven rostro se vio repentinamente libre de seriedad. Pero es realmente buena,
¿sabe?; Virgil ha ido gradualmente a todos sus demás proveedores de coleccionables
desde que Kathy empezó aquí…, pero por supuesto ella ya debe habérselo mencionado.
—Muchas veces. —Casi cada día, reflexionó cáusticamente.
—¿Por qué no se han divorciado ustedes?
Eric se encogió de hombros, un gesto destinado a mostrar una naturaleza
profundamente filosófica. Esperó haberlo conseguido. Evidentemente, el gesto no alcanzó
su objetivo, porque Jonas dijo:
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—¿Quiere decir que esta situación le gusta?
—Quiero decir —murmuró resignadamente— que estuve casado antes y que no fue
mejor, y que si me divorcio de Kathy volveré a casarme…, porque, como dice mi
hurgacerebros, no puedo hallar mi identidad fuera del rol de marido y padre y sostenedor
de la familia…, y con la próxima ocurrirá exactamente lo mismo porque ése es el tipo de
mujeres que selecciono. Es algo muy arraigado a mi temperamento. —Alzó la cabeza y
miró a Jonas con una expresión de masoquista desafío, tan buena como pudo
encontrar—. ¿Qué deseaba, Jonas?
—Un viaje —dijo alegremente Jonas Ackerman—. A Marte. Para todos nosotros,
incluido usted. ¡Una conferencia! Usted y yo podemos ocupar asientos bien lejos del viejo
Virgil para no tener que discutir con él de los asuntos de la compañía y del esfuerzo de
guerra y de Gino Molinari. Y puesto que tomaremos la nave grande, serán seis horas en
cada sentido. Y por el amor de Dios, no quiero quedarme de pie todo el camino hasta
Marte y regreso…, así que asegurémonos de conseguir asientos.
—¿Cuánto tiempo estaremos allí?
—Francamente, no se sentía entusiasmado con el viaje; iba a separarlo demasiado
tiempo de su trabajo.
—Sin duda estaremos de vuelta mañana o pasado mañana. Escuche; eso lo sacará
fuera del camino de su esposa: Kathy se queda aquí. Es una ironía, pero he observado
que cuando el viejo va a Wash-35 nunca le gusta tener a sus expertos en antigüedades a
su alrededor…, le gusta meterse en la, hum, magia del lugar…, y cada vez más a medida
que se hace viejo. Cuando tenga usted ciento treinta años empezará a comprender…, y
yo también, supongo. Mientras tanto, tenemos que aceptarlo tal como es. —Añadió,
sombríamente—: Es probable que usted ya lo sepa, Eric, puesto que es su médico.
Nunca morirá; nunca tomará la decisión dura, como la llaman, no importa lo que falle y
tenga que ser reemplazado dentro de él. A veces lo envidio por ser… optimista. Por
gustarle tanto la vida; por pensar que es tan importante. Nosotros somos unos
insignificantes mortales; a nuestra edad… —Lanzó una ojeada a Eric—. A unos
miserables; treinta o treinta y tres…
—Yo me siento lleno de vitalidad —dijo Eric—. Tengo una larga vida por delante. Y no
me dejaré ganar por ella. —Extrajo del bolsillo de su chaqueta la factura que el cobrador
robant le había presentado—. Ahora que me acuerdo. ¿Vio usted llegar a Wash-35 un
paquete de Lucky Strike con el verde, hará unos tres meses? ¿Una contribución de Kathy.
Después de una larga pausa, Jonas Ackerman dijo:
—Pobre decrépito tonto suspicaz. ¿Es en eso en todo lo que puede meditar? Escuche,
doctor; si no puede centrar usted su mente en su trabajo, está acabado; hay veinte
cirujanos trasplorg en los archivos de personal del viejo que simplemente están
aguardando la posibilidad de trabajar para un hombre como Virgil, alguien de su
importancia en la economía y el esfuerzo de guerra. Y usted no es tan bueno como eso.
—Su expresión era a la vez compasiva y desaprobadora, una extraña mezcla que tuvo el
efecto de despertar bruscamente a Eric Sweetscent—. Personalmente, si me fallara el
corazón, lo cual no dudo que ocurrirá cualquiera de estos días, no me sentiría muy
inclinado a acudir a usted. Se halla demasiado liado en sus asuntos personales. Vive
usted para sí mismo, no para la causa planetaria. Dios mío, ¿m lo recuerda? Estamos
luchando en una guerra a vida y muerte. Y estamos perdiendo. ¡Estamos siendo
pulverizados cada maldito día que pasa!
Cierto, se dio cuenta Eric. Y tenemos un líder enfermo, hipocondríaco, decaído. Y la
Compañía de Pieles y Tintes de Tijuana es una de esas enormes propiedades industriales
que mantienen a ese líder enfermo, que consigue apenas sostener a la Mole en su cargo.
Sin amistades personales calurosas y bien situadas, como la de Viro Ackerman, Gino
Molinari estaría fuera de la política o muerto o en algún asilo de ancianos. Yo lo sé. Y sin
embargo…, la vida individual tiene que seguir adelante. Después de todo, reflexionó, yo
no elegí liarme en mi vida doméstica en más combates de boxeo con Kathy. Y si tú crees
que lo hice o que sigo haciéndolo, eso se debe a que eres mórbidamente joven. No has
conseguido pasar de la libertad adolescente al territorio donde yo habito: casado con una
mujer que económicamente, intelectualmente, y sí, incluso eso también, eróticamente, es
muy superior a ti.
Antes de abandonar, el edificio el doctor Eric Sweetscent se dejó caer por los Baños,
preguntándose si Bruce Himmel habría aparecido ya por allí. Lo había hecho; allí estaba,
al lado del enorme cesto de desechos lleno de Perezosos Perros Pardos defectuosos.
—Vuelva a convertirlos en groonks —dijo Jonas a Himmel, que sonrió, a su vacía y
descoyuntada manera, cuando el más joven de los Ackerman le arrojó una de las esferas
defectuosas que había rodado fuera de la línea de ensamblaje de la CPTT por donde
pasaban las aptas para ser cableadas a la estructura de control de guía de las
espacionaves interplanetarias—. ¿Sabe? —dijo a Eric—, si toma usted al azar una
docena de esos sistemas de control, y no los defectuosos sino aquellos que irán a parar a
las cajas de embalaje para el ejército, descubrirá que, comparados con los de hace un
año, o incluso con los de hace seis meses, su tiempo de reacción ha aumentado al menos
en varios microsegundos.
—¿Quiere decir con eso —murmuró Eric— que nuestros estándares de calidad han
descendido?
Parecía imposible. Los productos de la CPTT eran demasiado vitales. Toda la red de
las operaciones militares terrestres dependía de aquellas esferas del tamaño de una
cabeza.
—Exactamente. —Aquello no parecía preocupar a Jonas—. Porque estábamos
rechazando demasiadas unidades. Nuestros beneficios disminuirían.
—A veces desearía que s-siguiéramos todavía en el negocio del guano de murciélago
marciano —tartamudeó Himmel. Durante un tiempo, la empresa se había dedicado a la
recolección de los excrementos del murciélago orejudo marciano, había conseguido con
ello sus primeros beneficios, y así se había situado en posición de subrayar los excelentes
aspectos económicos de otra criatura no terrestre, la ameba duplicadora marciana. Este
augusto organismo unicelular sobrevivía gracias a su habilidad de imitar otras formas de
vida —específicamente aquéllas de su mismo tamaño—, y aunque su habilidad había
divertido a los astronautas terrestres y a los oficiales de las Naciones Unidas, nadie había
visto en ella un uso industrial hasta que Virgil Ackerman, rodeado por su aura de fama
gracias al guano de murciélago, había aparecido en escena. En unas pocas horas había
situado la ameba duplicadora frente a una de las caras pieles de su amante de aquellos
momentos; la ameba duplicadora la había copiado fielmente, hasta el punto que, para
todas las finalidades prácticas, entre Virgil y la muchacha existían ahora dos estolas de
visón. Sin embargo, la ameba no había tardado en cansarse de ser una piel, y había
recuperado su propia forma. Esta conclusión dejaba bastante que desear.
La respuesta, desarrollada a lo largo de un período de varios meses de pruebas,
consistió en matar a la ameba durante su intervalo de imitación y luego someter el
cadáver a un baño de productos químicos fijadores que tenían la capacidad de retener a
la ameba en aquella forma final; la ameba no se descomponía, y en consecuencia no
podía ser distinguida, a partir de aquel momento, del original. No pasó mucho tiempo
antes de que Virgil Ackerman hubiera instalado una planta distribuidora en Tijuana,
México, y empezara a recibir cargamentos de sucedáneos de pieles de todas las
variedades procedentes de sus instalaciones industriales en Marte. Y casi
inmediatamente hundió el mercado de pieles naturales de la Tierra.
La guerra, sin embargo, había cambiado todo aquello.

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