Aquí yace el Wub

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En primer lugar, definiré lo que es la ciencia ficción diciendo lo que no es. No puede
ser definida como "un relato, novela o drama ambientado en el futuro", desde el
wub momento en que existe algo como la aventura espacial, que está ambientada en el futuro pero no es ciencia ficción; se trata simplemente de aventuras, combates y guerras espaciales que se desarrollan en un futuro de tecnología superavanzada. ¿Y por qué no es ciencia ficción? Lo es en apariencia, y Doris Lessing, por ejemplo, así lo admite. Sin embargo, la aventura espacial carece de la nueva idea diferenciadora que es el ingrediente esencial. Por otra parte, también puede haber ciencia ficción ambientada en el presente: los relatos o novelas de mundos alternos. De modo que si separamos la ciencia ficción del futuro y de la tecnología altamente avanzada, ¿a qué podemos llamar ciencia ficción?

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En un principio rechacé la invitación a escribir esta Introducción. No tenía nada que ver
con mi opinión hacia la obra de Phil Dick. Sentía que ya había dicho todo con respecto al
tema. Entonces me indicaron que lo había hecho en lugares muy diferentes. Aun en el
caso de no añadir nada nuevo, volver a repetir similares argumentos aquí ayudaría a los
lectores que no los hubieran conocido antes.
Así que le di vueltas al asunto. Repasé también algunas de las cosas que había escrito
anteriormente. Me pregunté qué valdría la pena repetir o añadir. Había coincidido con
Dick en muy pocas ocasiones, en California y en Francia; fue pura casualidad que
colaboráramos en un libro. Durante esta colaboración intercambiamos cartas y hablamos
varias veces por teléfono. Me cayó bien y me impresionó mucho su trabajo. Dejaba
deslizar a menudo su sentido del humor en nuestras conversaciones telefónicas.
Recuerdo que una vez se refirió a unos derechos de autor que había recibido. Dijo: «He
obtenido tantos cientos en Francia, tantos cientos en Alemania, tantos cientos en
España… ¡Caray! ¡Esto ya parece el listado de arias de Don Giovanni…!». Su agudeza
verbal era más punzante que las ironías cósmicas manejadas en su narrativa.
Ya he hablado antes de su sentido del humor. También he hecho hincapié en sus
constantes juegos con la realidad convencional. Incluso me he permitido la libertad de
generalizar acerca de sus personajes. Pero ¿para qué parafrasear cuando al cabo de
estos años he encontrado una razón legítima para citar uno de mis textos?
«Estos personajes son a menudo hombres y mujeres víctimas, prisioneros,
manipulados. Es dudoso que su mundo haya perdido una pizca de maldad cuando lo
abandonen, pero la respuesta es impredecible: ellos no ceden en su esfuerzo. Se hallan,
por lo general, dispuestos a batear en la última mitad de la novena entrada con el partido
empatado, a punto de ser suspendido por la lluvia, con dos hombres expulsados, a falta
de dos lanzamientos de pelota y tres carreras. Pero ¿qué significa la lluvia? ¿Y el
estadio?
»Los mundos en los que se mueven los personajes de Phil Dick están sujetos a
cancelaciones o revisiones imprevistas. La realidad es tan dudosa como las promesas de
un político. El resultado no varía, independientemente de que el responsable del trastorno
de las situaciones sea una droga, un repliegue temporal, una máquina o un ser
extraterrestre: la Realidad, con mayúscula, deviene tan relativa como la sequedad de
nuestros respectivos martinis. A pesar de todo, la lucha continúa, el combate prosigue.
¿Contra qué? En último extremo contra los Poderes, las Autoridades, las Jerarquías y las
Tiranías que, casi siempre, se hospedan en los cuerpos de hombres y mujeres que son
víctimas, prisioneros, seres manipulados.
»Todo esto suena a frivolidad tétricamente seria. Se equivocan. Supriman
"tétricamente", añadan una coma y lo siguiente: pero una de las características de la
maestría de Phil Dick reside en el tono de su estilo. Posee un sentido del humor para el
que no encuentro adjetivos adecuados. Irónico, grotesco, bufonesco, satírico. Ninguno da
en el clavo, aunque todos pueden encontrarse sin necesidad de buscar demasiado. Sus
personajes resbalan ridículamente en los momentos más dramáticos; una patética ironía
invade las escenas más cómicas. No cabe duda de que se trata de una cualidad singular
y estimable para dirigir un espectáculo de tales características.»
Lo dije en Philip K. Dick: pastor eléctrico, y todavía lo asumo.
Me complace ver que Phil está consiguiendo por fin la atención que merecía, tanto a
nivel de la crítica como del público. Lo único que lamento es que haya llegado tan tarde.
Solía quejarse a menudo, pasada ya la edad de esforzarse por alcanzar una meta pero
aún luchando por conseguirla. Me sentí aliviado cuando al fin, un año antes de morir,
logró la seguridad económica y una cierta riqueza. La última vez que le vi parecía muy
feliz y sereno. Fue cuando estaban filmando Blade Runner; cenamos y pasamos una
larga velada hablando, bromeando y recordando anécdotas del pasado.
Se ha escrito mucho sobre el misticismo de su última etapa. No puedo opinar con
conocimiento de causa de lo que creía, en parte porque parecía cambiar incesantemente
y en parte porque a veces era difícil saber cuándo bromeaba y cuándo hablaba en serio.
Sin embargo, tras unas cuantas conversaciones deduzco que jugaba con la teología de la
misma forma que otras personas se interesan en los problemas del ajedrez, que le
gustaba formular la clásica pregunta del escritor de ciencia ficción («¿qué pasaría si…?»)
en todo aquello que se refiriera a nociones de filosofía y religión. Se trataba, sin duda, de
un aspecto más de su trabajo, y me he preguntado muchas veces cuáles hubieran sido
sus creencias de haber vivido diez años más, algo imposible de adivinar o de intuir ahora.
Recuerdo que, al igual que James Blish, estaba fascinado por el problema del mal y su
yuxtaposición con el eventual placer de vivir. Estoy seguro de que no tendría el menor
inconveniente en que les reproduzca un fragmento de la última carta que me escribió,
fechada el 10 de abril de 1981:
«Me pidieron que examinara dos publicaciones en el espacio de un cuarto de hora:
primero, una copia de Wind in the willows, que nunca había leído… En cuanto lo hube
examinado alguien me enseñó una fotografía a doble página del intento de asesinato del
presidente, aparecida en el último Time. A un lado el herido, luego el hombre del servicio
secreto con una metralleta Uzi en la mano, y más allá un montón de individuos que
sujetaban al asesino. Mi cerebro trataba de relacionar Wind in the willows con la
fotografía. Le fue imposible. Nunca lo conseguirá. Me llevé el libro de Grahame a casa y
me senté a leerlo mientras intentaban que la Columbia lo cediera, en vano, como ya
sabes. Cuando me levanté por la mañana no podía pensar en nada, ni en cosas raras,
como suele suceder al salir del sueño: la mente en blanco. Como si los computadores de
mi cerebro se negaran a dirigirse la palabra. Cuesta creer que la escena del intento de
asesinato y Wind in the willows formen parte del mismo universo. Seguro que uno de ellos
no es real. El señor Toad bajando por la corriente en un pequeño bote de remos y el
hombre de la Uzi… Es inútil tratar de otorgarle un sentido al universo, pero creo que
debemos esforzarnos a pesar de todo.»
Cuando la recibí sentí que esa tensión, ese desconcierto moral no eran más que una
versión atemperada de una emoción que recorría la mayor parte de su obra. Es una
cuestión que nunca resolvió; parecía demasiado sofisticado para confiar en cualquier
verdad aparente. A lo largo de los años hizo muchas afirmaciones en muchos lugares
diferentes, pero la que más quedó grabada en mi memoria, la que más se ajusta al
hombre con el que yo solía conversar es la que cité en mi prólogo al primer volumen de
entrevistas publicado por Greg Rickman, Philip K. Dick: In his own words (1984).
Constaba en una carta que Phil había escrito en 1970 a SF Commentary:
«Sólo sé una cosa sobre mis novelas. En todas ellas, una y otra vez, este hombre
insignificante se autoafirma por medio de su atolondrada y fatigosa lucha. En las ruinas de
las ciudades de la Tierra levanta con grandes dificultades una pequeña fábrica que
produce cigarros puros o artefactos de imitación con la leyenda "Bienvenidos a Miami, el
centro del placer del mundo". En A. Lincoln. Simulacros regenta un pequeño negocio de
órganos electrónicos vulgares y, más tarde, robots de apariencia humana más irritantes
que amenazadores. Todo a pequeña escala. El colapso es enorme; la animosa figurita
que se dibuja contra el paisaje en ruinas, al igual que Tagomi, Runciter o Molinari, tiene el
tamaño de un mosquito, apenas puede hacer nada…, pero posee una cierta grandeza. No
sé por qué. Simplemente creo en él y le amo. Prevalecerá. No hay nada más. Al menos,
nada que sea más importante. Nada que nos sea más importante. Pues mientras esté ahí,
como una minúscula figura paterna, todo irá bien.
»Algunos revisionistas han observado "amargura" en mis escritos. Me sorprende, por
cuanto la confianza nunca me abandona. Tal vez les moleste el hecho de que confío en
algo tan ínfimo. Quieren algo más grande. Voy a revelarles un secreto: no hay nada más
grande. Nada más, si me permiten la expresión. De hecho, ¿a cuánto más debemos
aspirar? ¿No es suficiente el señor Tagomi? Para mí, sí. Estoy satisfecho».
Supongo que lo he recordado dos veces porque me gusta pensar en este pequeño
elemento de confianza e idealismo de los escritos de Phil. Puede que esté imponiendo
una interpretación al hacer esto. Era una personalidad muy compleja, y tengo la
sensación de que impresionó deforma muy diferente a muchas y variadas personas.
Teniendo esto en cuenta, el mejor tributo que puedo rendir al hombre que aprecié y
conocí (casi siempre a larga distancia) se reduce a un simple bosquejo, si bien es lo mejor
que puedo ofrecer. Y como la mayoría de estas líneas son autoplagio, no siento el menor
escrúpulo en concluir con algo ya escrito previamente:
«La respuesta subjetiva…, una vez leído un libro de Philip Dick y colocado en la
estantería, es que, más allá de la reflexión, el argumento no se queda prendido en la
memoria; lo que permanece recuerda los efectos posteriores de un poema rico en
metáforas.
»Esto es lo que valoro, en parte porque desafía a toda clasificación, y en parte porque
lo que queda de un relato de Phil Dick cuando se han olvidado los detalles es algo que
recuerdo en momentos esporádicos y me produce una sensación o me provoca un
pensamiento; algo cuyo conocimiento me ha enriquecido.»
Me complace saber que está siendo reconocido y recordado con admiración en
muchos lugares. Creo que no dejará de suceder. Ojalá hubiera conocido el éxito mucho
antes.
ROGER ZELAZNY
ESTABILIDAD
Robert Benton desplegó lentamente sus alas, las agitó varias veces y se elevó con
majestuosidad desde el tejado hacia las tinieblas.
La noche lo engulló al instante. Bajo él, centenares de diminutos puntos de luz
indicaban otros tantos tejados desde los que otras personas le imitaban. Una forma
violácea flotó a su lado y luego desapareció en la negrura. Benton, sin embargo, no se
sentía inclinado a entablar carreras nocturnas. La forma violácea se acercó de nuevo con
un balanceo invitador. Benton la rechazó desdeñosamente y aleteó en busca de una zona
más alta.
Al cabo de un rato descendió y se dejó arrastrar por corrientes de aire que ascendían
desde la ciudad que se extendía a sus pies, la Ciudad de la Luz. Una sensación
maravillosa y excitante le invadió. Hizo entrechocar sus enormes y blancas alas, atravesó
con frenética alegría las nubes que circulaban en dirección contraria, se sumergió en la
puerta invisible del inmenso cuenco negro en el que volaba y, por fin, bajó hacia las luces
de la ciudad, pues su tiempo libre terminaba.
Una luz más brillante que las otras parpadeaba al fondo: la Oficina de Control. Se
dirigió hacia ella lanzando su cuerpo como una flecha, con las alas blancas recogidas. Su
trayectoria dibujó una perfecta línea recta. Extendió las alas a unos treinta metros de la
luz, se afianzó en el aire y se posó en una terraza elevada.
Benton empezó a caminar hasta que una luz se encendió y encontró el camino de la
puerta de entrada guiado por su resplandor. La puerta se abrió hacia dentro al presionarla
con las yemas de los dedos y Benton entró. Empezó a bajar al instante, cada vez a mayor
velocidad. El diminuto ascensor se paró de repente y Benton se introdujo en el despacho
del Controlador.
—Hola —dijo el Controlador—, sácate las alas y siéntate.
Benton obedeció. Las plegó cuidadosamente y las colgó en uno de los ganchos
clavados en la pared. Seleccionó la mejor silla y avanzó con decisión hacia ella.
—Ah —sonrió el Controlador—, veo que aprecias la comodidad.
—Bueno —respondió Benton—, no quiero desperdiciar la ocasión.
El Controlador dejó vagar su mirada más allá del visitante, a través de las paredes de
plástico transparente. Al otro lado se extendían, hasta perderse de vista, los apartamentos
más grandes de la Ciudad de la Luz. Todos eran…
—¿Para qué quería verme? —le interrumpió Benton.
El Controlador tosió y sacudió unas hojas de papel metálico.
—Como ya sabes, Estabilidad es el lema. La civilización ha ido avanzando durante
siglos, especialmente desde el veinticinco. Sin embargo, es ley natural que la civilización
deba avanzar o retroceder; no puede permanecer inerte.
—Lo sé —dijo Benton asombrado—. También sé la tabla de multiplicar. ¿Me la va a
recitar?
El Controlador no le hizo caso.
—Sin embargo, hemos quebrantado esta ley. Hace cien años…
¡Cien años! Parecía ayer cuando Eric Freidenburg, de los Estados de la Alemania
Libre, se puso de pie en la Cámara del Consejo Internacional y anunció a los delegados
reunidos que la humanidad había alcanzado por fin su cota más alta. Progresar más era
imposible. Sólo se habían consignado dos grandes inventos en los últimos años. Después
se habían dedicado a contemplar las grandes gráficas y diagramas hasta ver desaparecer
las líneas por la parte inferior. El gran pozo del ingenio humano se había secado, y por
eso Eric se irguió y dijo lo que todos sabían, pero no se atrevían a decir. Por supuesto,
desde que se había hecho público de manera formal, el Consejo se vio obligado a trabajar
para solucionar el problema.
Se estudiaron tres soluciones. Una parecía más humana que las otras dos. Fue la que
se adoptó. Era…
¡La Estabilización!
Hubo muchos problemas cuando llegó a oídos de la gente. Estallaron disturbios en las
principales capitales. La Bolsa se vino abajo y la economía de muchos países quedó fuera
de control. Los precios de los alimentos se encarecieron y la mayor parte de la población
padeció hambre. Se declaró la guerra… ¡por primera vez en trescientos años! Pero la
Estabilización había empezado. Los disidentes fueron eliminados y los radicales
desterrados. Fue duro y cruel, pero no había otra posibilidad. El mundo, por fin, se plegó a
un estado inflexible, un estado controlado que no admitía cambios: ni adelantos ni
retrocesos.
Todos los habitantes eran sometidos cada año a un difícil examen de una semana de
duración para determinar si se apartaban o no de la norma. Los jóvenes recibían una
educación intensiva de quince años. Los que no podían situarse al mismo nivel de los
demás simplemente desaparecían. Los inventos eran estudiados minuciosamente por
Oficinas de Control para asegurarse de que no podían perturbar la Estabilidad. Ante la
menor posibilidad…
—Y por eso no podemos permitir el uso de tu invento —explicó el Controlador a
Benton—. Lo siento.
Observó a Benton, le vio sobresaltarse, palidecer. Las manos le temblaban.
—Vamos —dijo con dulzura—, no te lo tomes así; puedes hacer otras cosas. Después
de todo, no hay peligro de destierro.
Benton se limitaba a mirarle fijamente:
—Pero usted no lo comprende —dijo al fin —; no he inventado nada. No sé de qué me
habla.
—¡Que no has inventado nada! —exclamó el Controlador—. ¡Si yo estaba presente el
día que lo trajiste! ¡Vi cómo firmabas la declaración de propiedad! ¡Me entregaste el
modelo a mí!
Miró a Benton. Luego apretó un botón de su escritorio y habló frente a un pequeño
círculo luminoso.
—Envíeme el expediente número tres, cuatro, cinco, cero, cero, D, por favor.
Un tubo apareció al cabo de un momento en el círculo luminoso. El Controlador levantó
el objeto cilíndrico y se lo pasó a Benton.
—Aquí tienes tu declaración firmada con tus huellas dactilares impresas en los lugares
correspondientes. Sólo tú pudiste dejarlas.
Benton abrió el tubo como atontado y extrajo unos papeles del interior. Los examinó
unos instantes, los volvió a colocar lentamente dentro del tubo y lo tendió al Controlador.
—Sí —dijo—, es mi letra, y no cabe duda de que son mis huellas digitales, pero sigo
sin comprenderlo, jamás he inventado nada y nunca estuve aquí antes. ¿Cuál es el
invento?
—¿Cuál es? —repitió el Controlador boquiabierto—. ¿No lo sabes?
—No, no lo sé.
—Bien, si quieres averiguarlo tendrás que bajar a las Oficinas. Lo único que puedo
decirte es que los planos que nos enviaste no merecieron la aprobación de la Junta de
Control. Yo sólo soy un portavoz. Tendrás que vértelas con ellos.
Benton se levantó y caminó hacia la puerta. Se abrió al simple contacto de sus dedos,
como la anterior, y él entró en las Oficinas de Control. Antes de que la puerta se cerrara a
su espalda, el Controlador le advirtió severamente:
—¡Ignoro lo que estás tramando, pero ya conoces el castigo por alterar la Estabilidad!
—Temo que la Estabilidad ya esté alterada —respondió Benton, y prosiguió su camino.
Las oficinas eran gigantescas. Desde la plataforma en la que estaba situado podía ver
un millar de hombres y mujeres que manipulaban eficientes y zumbantes máquinas.
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Dentro de las máquinas, un alimentador distribuía montones de tarjetas. Muchos de los
empleados trabajaban en escritorios, mecanografiando informes, trazando gráficas,
descartando tarjetas y descifrando mensajes en clave. Los asombrosos diagramas que
colgaban de las paredes eran reemplazados sin cesar. Hasta el aire parecía haberse
contagiado de la vitalidad del trabajo, el zumbido de las máquinas el teclear de los
mecanógrafos y el murmullo de las voces que daban lugar a un único, apacible y
satisfecho sonido. Y esta inmensa maquinaria, que costaba una fortuna mantener en
funcionamiento, tenía un nombre: ¡Estabilidad!
Aquí residía lo que había hecho del mundo un todo indivisible. Esta sala, estos
esforzados trabajadores, el hombre insensible que agrupaba tarjetas en la pila etiquetada
«para exterminar» funcionaban al unísono como una gran orquesta sinfónica. Un error, un
retraso, y toda la estructura se tambalearía. Pero nadie fallaba. Nadie se detenía ni
vacilaba. Benton bajó por una escalerilla hasta el mostrador de información.
—Déme toda la información sobre un invento entregado por Robert Benton, tres,
cuatro, cinco, cero, cero, D —pidió al empleado, que asintió y abandonó el mostrador.
Al cabo de escasos minutos regresó con una caja metálica.
—Contiene los planos y un modelo a escala reducida del invento —explicó.
Puso la caja sobre el mostrador y la abrió. Benton echó un vistazo al contenido. Una
pequeña maqueta de una maquinaria muy compleja descansaba en el centro, sobre un
grueso montón de hojas metálicas cubiertas de diagramas.
—¿Puedo llevármelo? —preguntó Benton.
—Siempre que sea usted el propietario —replicó el empleado.
Benton le enseñó su tarjeta de identificación. El empleado la examinó y la cotejó con
los datos del invento. Por fin dio su aprobación, Benton cerró la caja, la cogió y salió a
toda prisa del edificio por una puerta lateral.
Desembocó en una de las calles subterráneas más anchas, en la cual había un aluvión
de luces y de vehículos. Se orientó y empezó a buscar un coche de comunicaciones que
le llevara a casa. Detuvo uno y subió. Pasados unos minutos de trayecto, levantó con
grandes precauciones la tapa de la caja y miró el extraño modelo.
—¿Qué lleva ahí, señor? —preguntó el conductor robot.
—Ojalá lo supiera —respondió Benton con pesar.
Dos voladores alados bajaron en picado y se agitaron frente a él, danzaron en el aire
durante un segundo y después desaparecieron.
—Oh, vientos —murmuró Benton—, olvidé mis alas.
Bien, era demasiado tarde para dar media vuelta y recuperarlas, el coche estaba
frenando delante de su casa. Pagó al conductor, entró y cerró la puerta, algo que ya no se
solía hacer. El mejor lugar para examinar el contenido de la caja sería su sala de
«reflexión», donde pasaba la mayor parte del tiempo libre que no utilizaba en volar. Allí,
entre sus libros y revistas, examinaría la caja a sus anchas.
El conjunto de diagramas constituyó un completo misterio para él, y aún más el modelo.
Lo miró desde todos los ángulos, por debajo, por encima. Trató de interpretar los símbolos
técnicos de los diagramas sin resultado alguno. Sólo había un camino viable. Localizó el
interruptor y lo golpeó ligeramente.
No sucedió nada durante cerca de un minuto. Luego, la habitación comenzó a oscilar y
a retroceder. Por un momento tembló como una masa de gelatina. Se mantuvo firme un
instante, y luego desapareció.
Benton cayó a través de un espacio similar a un túnel sin final, y se encontró
contorsionándose frenéticamente, buscando a tientas en la negrura algo a lo que asirse.
Cayó por un lapso de tiempo interminable, indefenso y aterrado. De pronto, tocó suelo,
sano y salvo. La caída no podía haber sido muy larga, aunque así lo pareciera. Ni siquiera
se habían desordenado sus vestiduras metálicas. Se incorporó y paseó la vista a su
alrededor.
El lugar al que había llegado le era desconocido. Se trataba de un campo…, si bien
pensaba que ya no existía. Por todas partes se veían ondulantes terrenos de grano. Sin
embargo, estaba convencido de que no crecía grano natural en ninguna parte de la Tierra.
Sí, así debía ser. Hizo pantalla con las manos para protegerse los ojos y miró al sol, que
parecía el mismo de siempre. Empezó a caminar.
Los campos de trigo se terminaron al cabo de una hora, y fueron sustituidos por un
extenso bosque. Gracias a sus estudios sabía que ya no quedaban bosques en la Tierra.
Habían perecido años antes. ¿Dónde se encontraba, pues?
Imprimió más rapidez a su paso. Después se puso a correr. Divisó una pequeña colina
y la escaló hasta la cumbre. Al contemplar la otra ladera no pudo evitar su asombro. No
había más que un gran vacío. La tierra era completamente lisa y estéril, y hasta donde
alcanzaba la vista no se veían árboles ni signos de vida, sólo el inmenso y calcinado país
de la muerte.
Bajó hacia la llanura. A pesar del calor y la sequedad que sentía bajo sus pies, no
desfalleció. Siguió andando. El suelo lastimaba sus pies, poco acostumbrados a las largas
caminatas, y el cansancio fue en aumento, pero estaba determinado a continuar. Un casi
inaudible susurro en el interior de su mente le impulsaba a no disminuir la velocidad.

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