donoso_jose_-_este_domingo 711.31 Kb
En el día domingo, con sus almuerzos familiares, convergen la vejez y la infancia, la burguesía y el hampa. Presente y pasado se aluden en la historia de la Chepa y don Alvaro (un matrimonio burgués) por una parte y de la Violeta (la criada) y Maya (el delincuente), calando por otra parte. La mutua fascinación entre estos dos mundos revela un destino de incomprensión, soledad y desamor, contra el fondo de una voz implacable y melancólica: el nieto que evoca los domingos en casa de la abuela, paraíso perdido donde el juego y la máscara funcionaban como un reverso iniciático de las convenciones y la represión de los adultos.
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Los «domingos» en la casa de mi abuela comenzaban, en realidad, los sábados, cuando mi padre por fin me hacía subir al auto:
—Listo…, vamos…
Yo andaba rondándolo desde hacía rato. Es decir, no rondándolo precisamente, porque la experiencia me enseñó que esto resultaba contraproducente, sino más bien poniéndome a su disposición en silencio y sin parecer hacerlo: a lo sumo me atrevía a toser junto a la puerta del dormitorio si su siesta con mi madre se prolongaba, o jugaba cerca de ellos en la sala, intentando atrapar la vista de mi padre y mediante una sonrisa arrancarlo de su universo para recordarle que yo existía, que eran las cuatro de la tarde, las cuatro y media, las cinco, hora de llevarme a la casa de mi abuela.
Me metía en el auto y salíamos del centro.
Recuerdo sobre todo los cortos sábados de invierno. A veces ya estaba oscureciendo cuando salíamos de la casa, el cielo lívido como una radiografía de los árboles pelados y de los edificios que dejábamos atrás. Al subir al auto, envuelto en chalecos y bufandas, alcanzaba a sentir el frío en la nariz y en las orejas, y además en la punta de los pulgares, en los hoyos producidos por mi mala costumbre de devorar la lana de mi guante tejido. Mucho antes de llegar a la casa de mi abuela ya había oscurecido completamente. Los focos de los autos penetrando la lluvia se estrellaban como globos navideños en nuestro parabrisas enceguecedor: se acercaban y nos pasaban lentamente. Mi padre disminuía nuestra velocidad esperando que amainara el chubasco. Me pedía que le alcanzara sus cigarrillos, no, ahí no, tonto, el otro botón, en la guantera, y enciende uno frente a la luz roja de un semáforo que nos detiene. Toco el frío con mi pulgar desnudo en el vidrio, donde el punto rojo del semáforo se multiplica en millones de gotas suspendidas; lo reconozco pegado por fuera a ese vidrio que me encierra en esta redoma de tibieza donde se fracturan las luces que borronean lo que hay afuera, y yo aquí, tocando el frío, apenas, en la parte de adentro del vidrio. De pronto, presionada por la brutalidad de mi pulgar, una de las gotas rojas se abre como una arteria desangrándose por el vidrio y yo trato de contener la sangre, de estancarla de alguna manera, y lo miro a él por si me hubiera sorprendido destruyendo…, pero no: pone en movimiento el auto y seguimos en la fila a lo largo del río. El río ruge encerrado en su cajón de piedras como una fiera enjaulada. Las crecidas de este año trajeron devastación y muerte, murmuran los grandes. Sí. Les aseguraré que oí sus rugidos: mis primos boquiabiertos oyéndome rugir como el río que arrastra cadáveres y casas…, sí, sí, yo los vi. Entonces ya no importa que ellos sean cuatro y yo uno. Los sábados a ellos los llevan a la casa de mi abuela por otras calles, desde otra parte de la ciudad, y no pasan cerca del río.
Hasta que doblamos por la calle de mi abuela. Entonces, instantáneamente, lo desconocido y lo confuso se ordenaban. Ni los estragos de las estaciones ni los de la hora podían hacerme extraña esta calle bordeada de acacias, ni confundirla con tantas otras calles casi iguales. Aquí, la inestabilidad de departamentos y calles y casas que yo habitaba con mis padres durante un año o dos y después abandonábamos para mudarnos a barrios distintos, se transformaba en permanencia y solidez, porque mis abuelos siempre habían vivido aquí y nunca se cambiarían. Era la confianza, el orden: un trazado que reconocer como propio,' un saber dónde encontrar los objetos, un calzar de dimensiones, un reconocer el significado de los olores, de los colores en este sector del universo que era mío.
Siempre se habló del proyecto municipal de arrancar esos acacios demasiado viejos:
escorados como borrachos, amenazaban caer sobre los transeúntes, y el tumulto de sus raíces quebraba el embaldosado de la vereda. Es cierto que con el tiempo alguno de esos árboles cayó: nosotros cinco trepados a la reja de madera o con la cabeza metida en un boquete del cerco de macrocarpas, presenciamos la faena de los obreros que cortaron las ramas y se llevaron a remolque el gigante tumbado. Después parchaban la vereda, plantaban un prunus, un olivillo o cualquier otro efímero árbol de moda que jamás pasaba del estado de varilla porque nadie lo cuidaba. La línea de árboles se fue poniendo cada vez más irregular y más rala.
Pero recuerdo también cuando era sábado y era primavera, las ventanillas del auto abiertas y la camisa de mi padre desabrochada al cuello y el pelo volándole sobre la frente, y yo, con las manos apoyadas sobre la ventanilla como un cachorro, asomaba la cara para beber ese aire nuevo. Me bajo en cuanto el auto se detiene ante el portón. Toco el timbre. Alrededor del primer acacio hay un mantel de flores blancas. Mi padre toca la bocina impaciente. Me hinco sobre el mantel blanco sin que él, distraído encendiendo otro cigarrillo, me riña por ensuciarme. Las flores no parecen flores. Son como cosas, cositas: tan pequeñas, tantas. Un labio extendido y una diminuta lengua dura. Las barro con las manos para acumular un montón cuyo blanco amarillea, y el olor a baldosa caldeada y a polvo sube hasta mis narices por entre las flores dulzonas. Mi montón crece. Queda descubierta una baldosa distinta, rojiza, más suave, una baldosa especial que lleva una inscripción. Como si hubieran enterrado a un duende bajo ella: sí, eso le diría a mi abuela. Deletreo cuidadosamente la inscripción.
—Papá…
—Qué…
Toca la bocina otra vez.
—Aquí dice Roberto Matta, Constructor…
—El hizo el embaldosado. Primo mío.
—Si sé. Mi tío Roberto.
—No. No ése. Otro.
—Ah…
La Antonia quita la cadena del portón. Desde la ventanilla del auto mi padre me llama para despedirse de mí, pero yo me cuelgo del cogote de la Antonia, besándola, hablándole, riéndome con ella para que mi padre crea que no lo oigo y así no se dé cuenta de que no tengo ganas de despedirme de él, y parte sin insistir, sin darse cuenta de mí enojo. Nunca se da cuenta de nada. Ahora no se dio cuenta de que mi interés no fue llamarle la atención sobre el fenómeno de encontrar el nombre de mi tío Roberto Matta escrito en una baldosa de la calle. No vio que estaba ansioso por demostrarle otra cosa: que yo ya sabía leer, que sin que él ni nadie me enseñara aprendí en los titulares de los diarios, y que sabía muy bien que esa baldosa rojiza no era la lápida de un gnomo sino que decía Roberto Matta, Constructor. A mi abuela, eso sí, yo le contaría que bajo el acacio de la vereda había encontrado una tumba diminuta. Juntos, en el calor de su cama el domingo en la mañana, muy temprano para que mis primos no hubieran acudido aún a meterse también entre las sábanas olorosas de pan tostado del desayuno, mi abuela y yo bordaríamos sobre el asunto de la tumba del duende. Yo le iba a decir eso para picar su curiosidad y hacerla acompañarme a la calle para mostrarle la baldosa y leer: Roberto Matta, Constructor. Ella
se alegraría. Se lo diría a mi abuelo y a las sirvientas y me haría leer otras cosas ante ellas para probarles que su orgullo en mí era fundado. Iba a llamar a mí madre por teléfono para comentarlo, enojándose por no habérselo dicho antes. Pero mi madre tampoco sabía. Iba a considerar injustificado el telefonazo de mi abuela: cosas de mi mamá, no se le quita nunca lo alharaquienta. Y mi padre desde el sofá o tendido en la cama leyendo el diario movería la cabeza sin siquiera enterarse de qué le hablaba mi madre…, preocupado de otras cosas. De cosas importantes que salen en él diario que él no sabe que yo ya leo: no se dio cuenta de nada porque estaba apurado para regresar a tiempo y llevar a mi madre al cine.
Pero no importa.
No me importaba porque siempre, aun ya grandulón, cuando usaba pantalones de golf, llegar a la casa de mi abuela era por fin quebrar la redoma sin que fuera delito, era por fin fluir, derramarme. Y entraba corriendo por los senderos del jardín gritando abuela, abuela…
—Salió. Ya va a llegar.
Yo iba ansioso de mostrar mis pantalones de golf a mis primos. Sólo Luis, un año mayor que yo, los usaba. Alberto, que tenía mi edad, iba a heredar los de Luis cuando le quedaran chicos, pero seguro que pasarían años porque Luis era lento para crecer pese al aceite de hígado de bacalao, hasta que finalmente Alberto recibiría unos pantalones de golf harapientos. Los míos, en cambio, eran flamantes, estrenados esa semana. La Antonia me alcanzó mientras yo, inclinado bajo el ilang—ilang, estiraba mis medias y fijaba las hebillas de mis pantalones preparándome para una entrada triunfal. Al preguntarle cómo me veía me paré muy tieso para que me examinara. La luz que quedaba era honda como la de un estanque: sí yo me movía, si cualquier cosa se movía, los objetos que reposaban dentro de esa luz fluctuarían silenciosamente y sólo después de un
instante recobrarían la perfección de sus formas quietas. La Antonia me sonrió y dijo que me veía muy «ueks». Entonces seguimos caminando juntos.
—Te atrasaste.
—Mi papá tuvo que ver a un enfermo.
—Ah…
—¿Llegaron?
—Están en el porch de atrás.
—¿ Y la Muñeca?
—Ya te dije que te iba a acusar a tu mamá si le siguen diciendo así a tu abuelito…
—¿Dónde está?
—Esperándote.
—¿Quién?
—La Muñeca…
—Y yo te voy a acusar a mi abuelita por decirle asía tu patrón… Y vas a ver no más lo que te va a pasar, vieja atrevida…
Mi abuelo, encerrado en la pieza del piano, tocaba «El herrero armonioso». Encuchándolo desde el porch mis primos se retorcían de risa. Cuando intenté llamarles la atención sobre mis pantalones me hicieron callar porque estaban jugando al juego de contar los errores de ejecución del abuelo y con cada nota torpe se agarraban la cabeza a dos manos y lloraban de risa: cualquiera de ellos tocaba mejor. Magdalena dejó pasar un buen rato
después del final para calmarse antes de ir a avisarle que yo había llegado.
—Apuesto a que no felicitas a la Muñeca…
—Apuesto a que sí…
Cuando mi abuelo salió parpadeando de la pieza del piano miró un buen rato a la Magdalena antes de reconocerla, como si la viera por primera vez. Pequeño y seco, con el traje ridículamente entallado, era un personaje de farsa que en nuestros juegos llamábamos «la Muñeca» porque era muy blanco, muy blanco, como de porcelana envejecida, y teníamos la teoría de que se echaba polvos. Una vez uno de nosotros se quedó vigilando mientras él tocaba el piano, y nos fuimos a registrar su baño tan meticulosamente ordenado en busca de los polvos que no encontramos.
—Debe usar un esmalte…
—…o alguna fórmula mágica.
—Es distinto, debe tomar algo, tiene el cogote igual y no se va a estar esmaltando el cogote.
Marta, que era gorda y cuyas aspiraciones a enflaquecer destruimos cuando cumplió nueve años, se pasaba la vida con un cordel muy apretado en la cintura, jugando a que era la Muñeca y consolándose con la idea de que por lo menos heredaría su cintura.
—Qué bien tocó hoy, Tata…
—No sé…
—Sobre todo esa parte…
—Ligero, sí, pero Cortot lo toca así.
Seguía parpadeando, mirándola.
—Ya estamos todos, Tata.
—¿Por qué no entran al escritorio, entonces, a acompañarme un ratito?
Todos los sábados, al llegar, pasábamos por esta estricta ceremonia: un estirado ritual, siempre idéntico, suplantaba la relación que mi abuelo era incapaz de tener con nosotros. Sólo después de someternos a ella quedábamos libres. Nos convocaba a su escritorio y nos ofrecía, como para romper el hielo, unos alfeñiques deliciosos hechos en casa, que guardaba en un tarro de té Mazawatte. Charlaba con nosotros durante diez minutos. Después ya casi no nos miraba y jamás nos dirigía ¡apalabra, ni siquiera para reñirnos. Pasaba poco tiempo en casa, y allí, siempre encerrado en su escritorio jugando interminables partidas de ajedrez con un adversario fantasmal que era él mismo.
Los domingos, en los historiados almuerzos familiares donde comíamos las famosas empanadas de la Violeta, ocupaba la cabecera de la mesa, más allá de nuestros padres y de algún pariente invitado, siempre silencioso en medio de las discusiones y los chismes, consumiendo alimentos desabridos y sin color que no dañaban su estómago. Como postre sólo comía unas gelatinas blanquizcas en forma de estrella: siempre las mismas, durante todos los domingos de mi infancia. Allá al otro extremo de la mesa dominical, llena de primos y tíos y visitas, el rostro de mi abuelo, oscuro contra la luz de la ventana a que da la espalda, ingiere esas estrellas translúcidas y tiritonas que reúnen toda la luz. Y yo, al otro extremo de la mesa, lloro y pataleo porque no quiero melón ni sandía ni huesillos ni bavarois, quiero estrella, Nana, quiero estrella, dígale al abuelo que me dé estrella, quiero y quiero y quiero, y lanzo la cuchara al centro de la mesa y mi madre se para y viene a castigarme porque soy malo…, no, no malo, consentido porque es hijo único…, cómo no, tan
chico y tan irrespetuoso, es el colmo. No, no. El no de mi abuela es persuasivo y absolvente: no, que le traigan una estrella al niño para que no llore, para qué tanto boche, qué cuesta por Dios. Y ella misma, con una cuchara, corta un cacho de la estrella y me lo pone en la boca…, lo saboreo con las lágrimas todavía en las pestañas y es malo, no tiene gusto a estrella, y lo escupo sobre mi servilleta bordada de patitos, y entonces sí que me sacan chillando del comedor y me castigan por malo y mi madre y mi padre y mis primos y las visitas siguen almorzando en torno a la larga mesa, comentando lo malo que soy, escuchando mis chillidos que se pierden en el interior de la casa.
Pero los alfeñiques de mi abuelo sí que eran sabrosos. Sentado en el fondo de su sillón colorado, con una rodilla filuda cruzada encima de la otra, nos pregunta a cada uno cómo nos ha ido en el colegio, los decimales no hay quién los entienda, y los quebrados, Luis tiene mala nota en quebrados, sobre todo en división, que es difícil. Su pregunta, mi respuesta, su pregunta, otra respuesta, otra pregunta, más respuestas, interrogatorio, no conversación, como si fuéramos imbéciles, incapaces de mantener una charla durante diez minutos, hasta que después, mucho después, nos dimos cuenta de que la Muñeca era bastante sorda ya en esa época, y por eso interrogaba y no charlaba. A veces nos divertíamos escondiéndonos detrás de la cortina de la pieza del piano para verlo tocar: ahogados de la risa lo oíamos comenzar y recomenzar «El herrero armonioso» diez y veinte veces, la cabeza inclinada sobre el teclado hacia el lado del oído que aún oía algo. Al final de los almuerzos del domingo, declarando que aprovechaba que todos los comensales eran de confianza, se levantaba de la mesa antes que los demás termináramos nuestro menú tanto más complicado y con un ritmo tan distinto al suyo, para ir a encerrarse en su escritorio y buscar la ópera dominical en la radio. La ponía muy fuerte, atronando la casa entera, y él, lo espiábamos por entre los visillos de su ventana, se inclinaba sobre la radio y pegaba su oído tratando de oír algo.
Cuando éramos muy chicos temblábamos ante su forma de mirarnos durante los interrogatorios de los sábados: los cinco enfila ante él, de mayor a menor, respondiendo a sus preguntas. Recuerdo su mirada. Era como si no enfocara los ojos. La Antonia declaraba que mi abuelo miraba así porque era un santo. Pero no tardamos en ver que no enfocaba su vista simplemente porque no nos miraba a nosotros mientras nos agobiaba con sus preguntas. Llegamos a darnos cuenta de que escudriñaba su propio reflejo en los cristales de sus armarios de libros, arreglándose innecesariamente el nudo de la corbata, pasándose la mano sobre el cuidadoso peinado que parecía pintado sobre su cabeza, vigilando y tironeando su chaleco de modo que no hiciera ni una sola arruga, como si en esos cristales fuera a encontrar una imagen perfecta de sí mismo destacada sobre el crepúsculo riquísimo de los empastes.
No oía nuestras respuestas en parte por su sordera, pero más porque no estaba preocupado de eso. Y cuando fuimos percibiendo que no le interesábamos absolutamente nada pudimos descongelarnos, haciendo descubrimientos que nos divertían: bajo sus pantalones planchados como cuchillos colgaban unos cordones blancos, completamente ridículos, con los que ataba a sus canillas los calzoncillos largos que nunca, ni en el verano más tórrido, dejaban de proteger la fragilidad de su cuerpo.
Han tenido que pasar muchos años para que el absurdo de esos cordones blancos retroceda desde el primer plano de importancia. Pienso en el egoísmo, en la indiferencia de
su vida. Pero ahora pienso también en la soledad de su esfuerzo por impedir que sus dedos enredaran hasta lo irreconocible las notas de la pieza más simple. Pienso en su vanidad, en ese terror suyo, mudo, ineficaz, ante la sordera y la vejez que avanzaban. Yo no sé nada de su vida. No sé quién fue. No sé ni siquiera si habrá sido alguien —algo más que ese fantoche que llamábamos la Muñeca. Tal vez ahora, sentado ante mi escritorio, haga este acto de contrición al darme cuenta de que en el momento en que mi abuelo comienza a existir en mi memoria tenía la edad que yo tengo ahora, y su recuerdo nace junto al de su ancianidad y su absurdo. Ahora se me antoja pensar que quizás el abuelo se daba cuenta de que lo encontrábamos ridículo. Que se dejaba los cordones de los calzoncillos colgando intencionalmente, y protegido por la distancia y la irrealidad de la farsa, elegía así no tener ningún contacto con un mundo que no fuera estrictamente adulto, donde las leyes de la jerarquía prevalecieran. No era más que otra forma de liberarse del compromiso que implicaba tener una relación individual con nosotros.
Por otro lado, pienso también que nuestra risa era una manera de disfrazar nuestra extrañeza. En mi caso por lo menos, ahora estoy seguro de que eso era. Viéndolo tan pretencioso, tan aislado, tan temeroso, me parecía totalmente imposible cualquier filiación entre ese ser y yo. Alguna vez me cruzó la mente la idea de que llegar a su gran edad implicara un cambio más misterioso y radical que el que yo intuía, una sustitución completa de células, un trocar absoluto de facultades. Pero no. Yo no iba a ser nunca, en nada, como él. Tenía la impresión, muy incierta desde luego, de que mi abuelo no era un animal como yo y mi abuela y mis primos y las sirvientas y nuestros padres, sino que pertenecía a otro reino, tal vez al de los insectos con sus extremidades flacas y sus gestos angulosos, con esa fragilidad y aridez de materia con que estaba construida su persona. No sé cómo decirlo…, la sensación de que si yo me moría me iba a podrir y que los jugos de mi cuerpo me unirían con la tierra: cuando él muriera, en cambio, se secaría, se astillaría, y finalmente el aire aventaría lo que de él quedara como polvo de escombros.
Esta distancia entre mi abuelo y nosotros me enseñó por lo menos una cosa: que yo no era el ser más extraño y equivocado del mundo entero, de lo que la critica de los grandes me hubiera convencido si no fuera porque él, sin duda, era peor que yo. Yo estaba con los demás, fuera de la redoma, viéndolo nadar adentro, contemplando sus evoluciones, comentando la luz en su espiga de escamas, riéndome con los demás del feo gesto ansioso de su boca al acercarse al vidrio que él no sabía que era vidrio y yo sí, yo sí lo sabía.
Está bien