Visiones peligrosas 3

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Ésta será la introducción más corta de este libro. ¿Porque de todos los escritores
incluidos en esta antología el único que realmente no necesita introducción es Theodore Sturgeon? Bueno, así es, ciertamente. ¿Por qué nada de lo que nadie pueda decir es capaz de preparar al lector a lo que sigue, la primera historia de Sturgeon en más de tres años? Es un punto válido. ¿Por qué cada nueva historia de Sturgeon es una experiencia largamente esperada, sin parangón con ninguna otra, de modo que para qué molestarse en dorar el caviar? De acuerdo, aceptaré eso.

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SI TODOS LOS HOMBRES FUERAN HERMANOS,
¿DEJARÍAS QUE ALGUNO SE CASARA CON TU HERMANA?

Theodore Sturgeon
Ésta será la introducción más corta de este libro. ¿Porque de todos los escritores
incluidos en esta antología el único que realmente no necesita introducción es Theodore
Sturgeon? Bueno, así es, ciertamente. ¿Por qué nada de lo que nadie pueda decir es
capaz de preparar al lector a lo que sigue, la primera historia de Sturgeon en más de tres
años? Es un punto válido. ¿Por qué cada nueva historia de Sturgeon es una experiencia
largamente esperada, sin parangón con ninguna otra, de modo que para qué molestarse
en dorar el caviar? De acuerdo, aceptaré eso.
Pero ninguna de esas razones me sirve para explicar por qué soy incapaz de escribir
una introducción tan suculenta como las otras que figuran en este libro. La verdadera
razón es que Sturgeon salvó recientemente mi vida. De una forma literal.
En febrero de 1966 cometí uno de esos increíbles fallos de la vida que desafían toda
explicación o análisis. Me casé con una mujer…, una persona…, alguien cuya mente es
completamente extraña a uno del mismo modo que puede serlo la mente de un marciano.
La unión fue un desastre, una pesadilla de cuarenta y cinco días que me dejó más al
borde del abismo de lo que nunca había estado. En el preciso momento en que pensaba
con toda seguridad que ya no podría seguir sujetándome a…, a nada, recibí una carta de
Ted Sturgeon. Formaba parte del intercambio de cartas que dieron como resultado el
obtener esta historia para la antología, pero estaba dirigida enteramente a lo que me
estaba ocurriendo a mí. Reunió de nuevo los muelles sueltos de mi vida. Era uno de esos
ejemplos de honesta preocupación a los que (con suerte) uno puede aferrarse en un
terrible momento de impotencia y desesperación. Demuestra la más obvia característica
de la obra de Sturgeon…, el amor. (En una ocasión hablamos de eso. Resultó claro tanto
para Sturgeon como para mí mismo que yo no conocía virtualmente nada acerca del amor
y en cambio estaba totalmente familiarizado con el odio, mientras que Ted no conocía
casi nada acerca del odio pero lo sabía completamente todo del amor en casi todas sus
manifestaciones.) Me gustaría, con permiso de Ted, citar algunos fragmentos de aquella
carta. Dicen infinitamente más acerca de su obra y de sus motivaciones que cualquier otra
cosa que yo pretenda decir. A partir de ahora, pues, habla Sturgeon:
Querido Harían: Desde hace dos días no he podido apartar de mi mente tu situación.
Quizá sería más exacto decir que tu situación está constantemente en mi cabeza, como
una miga seca de inquietud que no puede ser expulsada ni disuelta ni tragada y que cada
vez que me muevo o intento engullirla me estrangula.
Supongo que el aspecto que más me exaspera es el de «injusticia». La injusticia no es
un fenómeno aislado y homogéneo, como tampoco lo es la justicia. Una ley es una ley,
haya sido violada o no, pero la justicia es recíproca. Que una cosa así te haya ocurrido a ti
es una injusticia más grande que si le hubiera ocurrido a los más representativos de esta
población en expansión demográfica.
Sé exactamente el porqué, también. Es una injusticia porque tú te hallas del lado de los
ángeles (que, dicho sea de paso, no parecen muy dispuestos a echarte una mano en este
momento). Perteneces al pequeño grupo de los Buenos Chicos. Y eres así no por algún
proceso de intelectualización y decisión, sino reflexivamente, instantáneamente, de
manera glandular, ya se manifieste en la caja de un supermercado donde tengas que
enfrentarte a esos tipos de la John Birch, o en una sala de billar dando la cara a un
famoso matón, o dejándote las entrañas frente al rodillo de tu máquina de escribir.
No hay falta de amor en el mundo, pero hay una gran carestía de lugares donde
ponerlo. No sé por qué es así, pero la mayoría de la gente que, como tú, tiene una
inherente habilidad para trepar por los más escarpados riscos con uñas y dientes, tiene
poco de él, o está tan equipada con picas y ganchos de acero que no puede verlo.
Cuando se muestra en un hombre así —como ocurre contigo—, cuando se ilumina,
debería ser cuidado y reverenciado. Ésta es la esencia de la injusticia que se ha cometido
contigo. No debería ocurrir, pero si debe ocurrir, no debería ocurrirte a ti.
Tienes motivos para sentir muchas cosas, Harían: cólera, indignación, pesar, tristeza…
Theodor Reik, que ha hecho algunas brillantes autopsias del amor, declara que su fin no
se halla en ninguna de esas cosas; si es así, hay muchas posibilidades de que algunas de
ellas estuvieran ahí desde el principio. Termina con la indiferencia…; realmente termina
con la auténtica indiferencia. Ésta es una de las cosas más tristes que conozco. Y en toda
mi vida sólo he hallado a un escritor, en una ocasión, que fuera capaz de describir el
momento exacto en que se produjo, y era el relato más triste que haya leído nunca. Te lo
envío ahora en tu aflicción. El principio tras el obsequio se llama «contrairritación». Léelo
en una buan disposición…, si puedes. Me gustaría que supieras que si de alguna forma te
ayuda y sostiene, tienes todo mi respeto y afecto. Sinceramente tuyo, T. H. STURGEON.
Así terminaba la carta que me ayudó y me sostuvo. Junto con la carta iba el número 20
de los Twenty Lave Poems based on the Spanish of Pablo Neruda (Veinte poemas de
amor basados en el texto castellano de Pablo Neruda), por Christofer Logue. De Songs
(Canciones), Hutchinson & Co., Londres, 1959. Es esta libertad de dar, esta habilidad y
deseo de encontrar amor y ofrecerlo libremente en todas sus formas, lo que hace de
Sturgeon la criatura mítica que es. Complejo, atormentado, luchador, bendecido por una
increíble gentileza y, sobre todo lo demás, con un enorme talento, lo que acaban de leer
es el alma de Theodore Sturgeon. Se lo ruego, pasen a lo mejor que pueden encontrar en
cualquier escritor: una muestra de la obra que motiva toda una vida. Y gracias.
* * *
El Sol se convirtió en Nova en el año 33 D. E. (D. E. significa «Después del Éxodo».)
También se podría decir que el Éxodo tuvo lugar más o menos un siglo y medio D. I., si
aceptamos que D. I. quiere decir «Después de la Impulsión». La Impulsión, para evitar
tecnicismos, consistía en un dispositivo algo más simple que la mujer y
considerablemente más complicado que el sexo, que posibilitaba que un vehículo espacial
dejara de existir aquí mientras simultáneamente aparecía allí, eliminando las limitaciones
impuestas por la velocidad de la luz. Se podría redactar un informe realmente
impresionante sobre la astrología mediante el empleo de la Impulsión, con todos los
detalles de orientación aquí y allí y las hasta cierto punto filosóficas dificultades de
establecer relaciones entre ellos, pero este relato no encaja en ese tipo de ciencia ficción.
Convendría más a nuestros propósitos, en cambio, informar que la transformación del
Sol en Nova fue plenamente advertida; que los primeros cincuenta años D. I. fueron
empleados en perfeccionar el dispositivo de Impulsión y en explorar con vehículos no
tripulados, que localizaron gran cantidad de planetas aptos para el establecimiento
humano; podríamos agregar que los cien años siguientes se utilizaron en preparar a la
humanidad para la partida. Naturalmente eso dio origen a innumerables grupos
ideológicos con muy interesantes planes para lograr una u otra Cultura Perfecta, la
mayoría de los cuales estaban en desacuerdo con el resto. La Impulsión, sin embargo,
había proporcionado a la Tierra un acopio tan grande de mundos nuevos separados por
distancias subjetivas tan insignificantes entre ellos y el planeta de origen que los
disidentes no necesitaban insistir demasiado en su desacuerdo; bastaba con postularse
para otro mundo nuevo y se eliminaba el problema. Las comparaciones entre tantas y tan
variadas teorías culturales eran realmente fascinadoras, pero este relato tampoco
pertenece a ese tipo de ciencia ficción. Por lo menos, no del todo.
De todos modos, el caso fue que en un lapso de poco menos de tres décadas Terra fue
despoblada con ayuda de muchos miles de naves que partían hacia cientos de mundos
(dejando atrás, por supuesto, a ciertos recalcitrantes que, por supuesto también,
ciertamente murieron); y los nuevos mundos fueron colonizados con gran variedad de
hechos heroicos, así como también de éxito.
Sucedió, sin embargo (de una manera demasiado abstrusa para ser descrita en este
tipo de relato de ciencia ficción) que la Central de Impulsión de la Tierra, un computador
central, era no sólo la única manera de seguir el rastro de todos los mundos, sino también
el único modo de mantenerlos comunicados entre sí, y cuando esta instalación sumó su
efímera mancha brillante al océano deslumbrador de la Nova, desapareció toda
posibilidad de que los nuevos mundos se encontraran unos con otros sin el arduo proceso
de búsqueda por medio de naves no tripuladas. Les llevó largo tiempo a cada uno de los
mundos nuevos desarrollar la necesaria tecnología, e incluso un tiempo más largo aún
para que dicha tecnología se tornara operacionalmente productiva, pero al fin, en un
planeta que se llamó a sí mismo Terratu (el sufijo significaba tanto «también» como
«dos»), pues resultó ser el tercer planeta de una estrella tipo GO, apareció algo que fue
llamado Archivos, una especie de índice y centro distribuidor de todos los mundos
habitados conocidos, que convirtió a dicho planeta en la central de comunicaciones y
despachos, tanto para su propio comercio con ellos como para las relaciones de unos con
otros; en suma, algo muy beneficioso para todos. Un efecto colateral, por supuesto, fue la
convicción desarrollada en Terratu de que, por el hecho de ser la Central de
Comunicaciones, era también el centro del universo, y por lo tanto debía controlarlo; pero
después de todo, esos son los gajes del oficio que aquejan a todas las entidades
conscientes.
Y ahora ya estamos en condiciones de determinar con exactitud qué tipo de relato de
ciencia ficción es éste.
—Charli Bux —restalló la voz de Charli Bux—, para ver al Director de Archivos.
—No lo dudo —contestó la bonita chica del escritorio, con el frío tono que las chicas
bonitas reservan para los visitantes apurados e indignados, que claramente ignoran, o no
les interesa, que la chica sea bonita—. ¿Concertó la entrevista con anterioridad?
El hombre parecía joven y agradable, a pesar de su prisa e indignación. Sin embargo,
el modo en que disimulaba esas cualidades, fijando —por fin— sus ojos entrecerrados en
la cara de ella vuelta hacia arriba, sin demostrar en ningún momento signos de. haber
reparado en su hermosa juventud, logró que la chica lo catalogara como desagradable.
—¿Tiene un libro de citas? —replicó él, fríamente.
Ella no encontró ninguna respuesta adecuada, pues tenía un libro de esa especie; es
más, estaba abierto delante de ella. Colocó una dorada y bien cuidada uña sobre el
nombre inscrito, comparándolo, con entusiasmo negativo, con su cara, y siguió el renglón
hasta la hora anotada. Echó una rápida mirada al reloj de su escritorio, posó una uña en
un intercomunicador y dijo:
—Un tal señor Charli…, este…, Bux quiere verlo, señor Director.
—Hágalo pasar —contestó el intercomunicador.
—Puede pasar.
—Ya lo sé —fue la seca respuesta.
—Usted no me gusta.
—¿Cómo dice? —preguntó él.
Pero evidentemente estaba pensando en otra cosa y antes de que ella pudiera repetir
la observación desapareció por la puerta interior.
El Director de Archivos había desempeñado sus funciones el tiempo suficiente como
para esperar de sus interlocutores cortesía, respeto y sumisión, y además eso le
complacía. Charli Bux irrumpió en su despacho, arrojó estrepitosamente una carpeta
sobre el escritorio, se sentó sin ser invitado, e inclinándose hacia delante rugió:
—Maldita sea…
Gracias a que había sido prevenido, el Director de Archivos no se sorprendió. Había
planeado exactamente todo lo que debería hacer para manejar a aquel joven impetuoso,
pero al tener que enfrentar la medida real del temperamento de Bux comprobó que sus
planes eran menos útiles que despreciables. Estaba sorprendido, pues una rápida ojeada
a su boca abierta y a los febriles movimientos de sus manos —gesto que creía perdido y
olvidado mucho tiempo atrás— echó por tierra cualquier plan que pudiera haber trazado
previamente.
—Uf…, la puta que lo parió —gruñó Bux, mientras su rabia se desinflaba
notoriamente—. La grandísima puta que lo parió. —Miró a las horrorizadas cejas del viejo
e hizo una mueca—. Creo que no es culpa suya. —La mueca desapareció—. Pero de
todas las estúpidas demoras que he soportado en mi vida, ésta ha sido sin duda la peor.
¿Tiene usted idea de la cantidad de oficinas en las que he entrado y salido con esto —
golpeó la pesada carpeta— desde que volví?
El Director de Archivos lo sabía perfectamente, pero de todos modos preguntó:
—¿Cuántas?
—Demasiadas, pero así y todo la mitad de las que recorrí antes de ir a Vexvelt.
Al decir eso cerró los labios con un chasquido y se inclinó hacia delante nuevamente,
clavando su brillante y penetrante mirada, como dos rayos láser gemelos, en el viejo. El
Director se descubrió a sí mismo luchando por no ser el primero en desviar la mirada,
pero el esfuerzo lo obligó a recostarse cada vez más atrás, hasta que por último se apoyó
en los almohadones de su sillón, con la barbilla apenas levantada. Comenzó a sentirse un
poco ridículo, como si se hubiera visto obligado con engaños a trabarse en lucha con el
criado de un desconocido.
Fue Charli quien primero apartó la vista, pero ésa no fue una victoria del viejo, ya que la
mirada del muchacho dejó sus ojos en forma tan perceptible como si su pecho se hubiese
librado de la presión de la palma de una mano, y literalmente se desplomó hacia delante
al aliviarse la fuerza que lo retenía. Sin embargo, aunque hubiese sido una victoria para
él, Charli Bux pareció despreocuparse por completo del asunto.
—Creo que voy a contarle todo acerca de… cómo llegué a Vexvelt —dijo, tras una larga
y concentrada pausa—. No tenía pensado hacerlo, o al menos iba a decirle sólo lo que
creía que usted necesitaba saber. Pero recuerdo lo que tuve que pasar para llegar hasta
allí, y lo que todavía estoy pasando desde que regresé, y al parecer todo es lo mismo.
Ahora las trabas han desaparecido. Ignoro qué las reemplazará pero, por todos los
demonios del infierno, ya han conseguido sacarme de quicio, ¿entiende?
Si esas palabras eran un intento de llegar a un acuerdo, el Director de Archivos no
tenía la menor idea de qué se trataba.
—Creo preferible que empiece por algún sitio —dijo diplomáticamente; y luego agregó,
sin levantar la voz pero con inmensa autoridad—: Y con calma.
Charli Bux lanzó una sonora carcajada.
—Nunca paso más de tres minutos con alguien sin que me pida que me calme.
Bienvenido al Club de Apaciguadores de Charli; miembros: la mitad del universo;
miembros potenciales: todo el resto. Lo siento. Nací y me crié en Biluly, donde no hay
más que vientos alisios, cañones de roca desnuda y arrecifes, y donde la única manera
de susurrar es a gritos. —Hizo una pausa y prosiguió más apaciguado—. Pero no vamos
a ponernos ahora a discutir el asunto. Estoy hablando de un leve detalle aquí, y otro
pormenor allá, que puestos juntos y sumados dan la idea de que existe un planeta del que
nadie sabe nada.
—Hay miles…
—Quiero decir, un planeta del que nadie quiere que se sepa nada.
—Supongo que habrá oído hablar de Magdilla.
—Sí, con catorce tipos de microsporas alucinógenas desperdigadas en la atmósfera y
con carcinógenos en el agua. Nadie quiere ir allí, y nadie quiere que otros vayan, pero
nadie le impide a uno conseguir información sobre Magdilla. No, me refiero a un planeta
que no es noventa y nueve por ciento Terrón Optimum, ni noventa y nueve con noventa y
nueve, sino tantos nueves que se podría cambiar el sistema de referencia y llamar a la
propia Terra noventa y siete por ciento en comparación con él.
—Eso sería lo mismo que decir «ciento dos por ciento del normal» —acotó
presurosamente el Director.
—Si usted prefiere las tablas estadísticas a la verdad… —gruñó Bux—. Aire, agua,
clima, flora, fauna y recursos naturales con seis nueves decimales, tan fáciles de obtener
como en cualquier lugar, o más… Y nadie sabe nada de él. O si lo saben, fingen que lo
ignoran. Y si uno los acorrala un poco lo mandan a otro departamento.
El Director extendió las manos.
—Yo diría que las circunstancias son una prueba suficiente. Si no hay contacto con
ese, hum, notable lugar, eso demuestra que lo que quiera que posea se puede obtener
tanto o más fácilmente mediante las rutas establecidas…
—¡Sí, obtener una mierda! —gritó Bux. Luego se dominó y meneó la cabeza con
amargura—. Perdóneme otra vez, señor Director, pero este asunto ya hace mucho que
me enfurece. Lo que usted acaba de decir es lo mismo que si un par de trogloditas
comentara «No tiene sentido edificar una casa ya que todo el mundo vive en cuevas». —
Al ver los ojos cerrados, los largos y pálidos dedos apoyados en las blancas sienes, Bux
reiteró—: Ya le he dicho que lamento haber vociferado de esa forma.
—En todas las ciudades de todos los planetas habitados —dijo el Director de Archivos
pacientemente—, en todo el universo conocido, existen clínicas públicas gratuitas donde
todas las reacciones a las tensiones pueden ser debidamente diagnosticadas, tratadas o
prescritas con eficacia, rapidez y dignidad. Confío en que no lo tome como una intromisión
en su vida privada si formulo una observación, en absoluto profesional (ya lo ve, no
pretendo ser un terapeuta): en algunos momentos un ciudadano no tiene conciencia de
sufrir agudas tensiones o estrés, aunque ello pueda ser claramente, quizá dolorosamente
evidente para otros. Y no sería una descortesía, ni una falta de delicadeza, que un
comprensivo extraño sugiriera a ese ciudadano que…
—Lo que usted quiere decir con toda esa palabrería es que tendría que hacerme
revisar la cabeza.
—De ninguna manera. No soy un especialista. Pienso, sin embargo, que una visita a
una de esas clínicas…, hay una a pocos pasos de aquí, podría tornar las… relaciones
entre nosotros mucho más fáciles. Me será muy grato concederle otra cita cuando se
sienta mejor. Quiero decir cuando…, este…
Terminó la frase con una sonrisa helada y se inclinó hacia el intercomunicador.
Desplazándose casi como una nave movida por impulsión, Bux pareció dejar de existir
en la silla destinada a los visitantes y reapareció instantáneamente al lado del escritorio,
con un robusto y largo brazo extendido, en tanto su vigorosa mano bloqueaba el camino
hacia el intercomunicador.
—Primero escúcheme —dijo suave, muy suavemente. Eso en sí mismo eran tan
asombroso como si el Director de Archivos hubiese empezado a barritar como un
elefante—. Escúcheme, por favor.
El viejo retiró la mano, pero la entrelazó con la otra y ubicó el nítido juego de dedos en
el borde del escritorio. Parecía la imagen del empecinamiento.
—Mi tiempo es considerablemente limitado, y su legajo es demasiado voluminoso.
—Es muy voluminoso porque soy un perro de presa que persigue detalles; eso no es
una jactancia, es un defecto. A veces no sé dónde detenerme. Puedo ir al grano con
suficiente rapidez…, todo este material lo confirma. Quizá la décima parte sería suficiente,
pero vea, a mí me importa un comino. En realidad me importa tres cominos. De cualquier
forma, usted ha presionado justo el botón correcto en Charli Bux. «Hacer nuestras
relaciones más fáciles.» Bueno, correcto. No voy a putear, no voy a insultar, y no le voy a
tomar demasiado tiempo.
—¿Puede hacer todo eso?
—¡Mierda, sí…! Hum… —Disparó al Director su sonrisa de treinta mil bujías; luego echó
atrás la cabeza y tomó aliento. Miró de nuevo hacia delante y dijo apaciblemente—: Sin
duda puedo hacerlo, señor.
—En tal caso…
El Director de Archivos agitó la mano en dirección a la silla de los visitantes. Charli Bux,
incluso un contrito Charli Bux, era aún demasiado ancho y alto. Pero una vez ubicado, se
quedó en silencio por un lapso tan largo que el viejo se agitó impaciente. Charli levantó
rápidamente la vista y se excusó.
—Sólo estoy tratando de ordenar todo, señor. Gran parte le parecerá digna de que me
prescriban un tratamiento de shock y una larga estancia en el manicomio, lo sé, y eso sin
ser modesto en cuanto a sus conocimientos profesionales. Una vez leí un cuento acerca
de una niñita que tenía miedo a la oscuridad porque había un hombrecito rojo y peludo,
con colmillos venenosos, escondido en el armario. Todo el mundo se empeñaba en
decirle: «No, no, no hay tal hombrecito. Debes ser sensata, debes ser valiente». Hasta
que un día la encontraron muerta; tenía una mordedura similar a la de una víbora, y su
perro había matado a una criatura roja y peluda… Puedo decirle que hubo una especie de
confabulación para impedirme obtener información acerca de un planeta, hasta que me
enfurecí y decidí ir allí para enterarme por mí mismo. «Ellos» hicieron todo lo posible para
impedírmelo; me hicieron ganar un sorteo cuyo premio mayor era un viaje a donde
deseara, excepto allí, y donde pudiera invertir el tiempo de mis vacaciones. Puedo
agregar que cuando lo rechacé me dijeron que no había Guía de Impulsión orbitando
alrededor de ese planeta, y que estaba demasiado lejos para alcanzarlo a través del
espacio normal. ¡Y eso era una maldi…, una sucia mentira, señor! Luego, cuando
descubrí una manera de alcanzarlo mediante sucesivas etapas, comenzaron a poner
trabas a mis registros de crédito, de manera que no me fuera posible comprar mi pasaje.
En resumen, no puedo culparlo por colgarme el rótulo de paranoico y aconsejarme que
vaya a hacerme ver la cabeza. Sólo que todo eso fue real, que todas las cosas sucedieron
realmente y no fueron meros desvarios, sin importar lo que todo el mundo más dos tercios
de Charli Bux (en el momento en que «ellos» terminaron conmigo) creyeran. Poseía
algunas evidencias y creía en ellas. Disponía de una tonelada de opiniones en contra. Se
lo aseguro, señor, tenía que ir. Tuve que hundirme hasta las rodillas en el suave pasto de
Vexvelt, aspirar el olor a cedro de un fogón de campamento y sentir el cálido viento en mi
cara —«y mis manos entrelazadas con las de una chica llamada Tyng, junto con mi
corazón y mi esperanza, y una deslumbrante maravilla coloreada como un amanecer y
con gusto a lágrimas»— para permitirme a mí mismo creer que no me había equivocado y
que existía un planeta llamado Vexvelt, que tenía todas las cosas que sabía que tenía —
«y más, más, oh, mucho más de lo que alguna vez te diré, viejo». Al fin quedó silencioso,
con la mirada lejana y luminosa.
—¿Por qué motivo comenzó esa… búsqueda? Charli Bux levantó la cabeza y su
mirada se perdió a lo largo del tiempo, hasta recalar en detalles siempre presentes en él.
—Uf, casi me había olvidado de todo. Trabajaba en el Interworld Bank and Trust,
alimentando una computadora en el centro distribuidor. No era un trabajo tan aburrido
como pueda parecer. Resulta que durante un tiempo fui minerólogo, y los cargamentos
significaban para mí algo más que un nombre, una cantidad y un precio. Puedo
comentarle exactamente cada uno de los ítems. Feldespato. Se utiliza en las porcelanas y
cristales de estilo antiguo. Creo que tengo una memoria muy retentiva. En ese momento
el feldespato molido y embalado costaba veinticinco créditos la tonelada en los muelles.
Pero había un cliente que lo traía a ocho y medio, F.O.B. Llamé a la firma sólo para
controlar; como podrá imaginar, a mí no me interesaba mucho, pero una cifra equivocada
podía embrollar los resúmenes estadísticos de importación y exportación por varios años.
El tenedor de la compañía revisó los libros y me confirmó que era correcto: ocho y medio
la tonelada de feldespato de alta calidad, molido y embalado. Provenía de un
intermediario de Leteo con el cual no habían podido comunicarse nuevamente.
»No me preocupé más por el asunto hasta que me topé con otra anomalía. Niobio esta
vez. Algunos lo llaman columbio. Entre otras cosas se utiliza en las aleaciones de aceros
inoxidables. Nunca había visto cotizaciones por lingotes inferiores a ciento treinta y siete
créditos, pero allí había algunos, no muchos, sin embargo, a noventa créditos con flete
incluido. Y algunas planchas también, a un treinta por ciento menos de lo que jamás las
había visto, y con flete incluido. Controlé aquellos datos; eran correctos. Bien fundidos y
puros, dijo el encargado. Me había olvidado de eso también, o por lo menos así lo creía,
cuando apareció aquel tripulante del espacio.
—«Moxie Magiddle era su nombre. Un hombrecito de ojos estrábicos, con una enorme
risa que sacudía las paredes del bar del espaciopuerto. Tomaba solamente alcohol, y
nunca se había pinchado con una jeringa. Me contó acerca de un tipo con una enorme
cabeza de tornillo dorada en el ombligo. Y me contó montones de anécdotas de todas las
épocas y lugares. Conocía muchísimas historias y tenía un don maravilloso para
contarlas»—. Mencionó de pasada que Leteo era un sitio donde la ley es «Diviértete» y
nadie la quiebra jamás. El lugar era sólo un gran punto de transbordo, descanso y
rehabilitación. Un mundo acuático con sólo una porción de tierra en los trópicos. Siempre
cálido, siempre plácido. Sin industrias, sin agricultura, simplemente con…, bueno,
facilidades. Miles de hombres gastan cientos de miles de créditos, y unas pocas docenas
se embolsan millones. Todo el mundo es feliz. Mencioné el feldespato. Creí que de esa
forma parecería que yo también conocía Leteo.
—«Y metí asquerosamente la pata; Moxie me miró como si fuera la primera vez que
me veía y no le gustara lo que estaba viendo. Si lo que yo decía era mentira, tal mentira
era bastante estúpida. No se extrae feldespato de un pantano, compañero. ¿Me estás
tomando el pelo o qué? Y así se frustró una velada perfecta.» —.Dijo que no podía
proceder de Leteo pues es un mundo acuático.
»Creo que también podía haber olvidado eso si no hubiera sido por el café. Se llamaba
café Blue Mountain; la etiqueta proclamaba que descendía en línea directa de la Vieja
Tierra, de una isla llamada Jamaica. Agregaba que sólo podía haber sido cultivado en una
tierra alta y fría de los trópicos, ya que era una auténtica planta de montaña. Me gustó
mucho más que cualquier café que hubiera tomado en mi vida, pero cuando fui a comprar
más comprobé que habían vendido la totalidad de las existencias. Conseguí que el
gerente revisara los libros y le seguí la pista a través de un mayorista de Terratu hasta
encontrar al intermediario, y luego al importador; ¡realmente me gustaba ese café!
»De acuerdo con esto último, venía de Leteo. Tierra alta, fresca y montañosa, y todo
eso. El puerto de Leteo era tropical, sin duda, pero para tener algunas tierras frescas
debería poseer montañas que fueran realmente montañas.
»El feldespato que venía, aunque no fuera posible, de Leteo (¡y menos a esos precios!)
me hizo recordar el niobio, así que controlé eso también. No había la menor duda. Leteo
nuevamente. Sin embargo, no es posible obtener lingotes y planchas de niobio puro sin
minas, ni fundiciones, ni talleres de laminación.
»Mi siguiente día libre lo pasé allí, en los Archivos, y conseguí la historia de Leteo
desde su fundación (lo juro) hasta Ylem y la Gran Explosión. Era un pantano.
Prácticamente lo había sido siempre, y había algo que no encajaba.
»Era tan sólo un detalle pequeño, y probablemente existía una explicación simple. Pero
simple o no, me molestaba. —«Y además me había hecho quedar fatal frente a ese
maldito tipo. Viejo, si yo te dijera cuánto tiempo me pasé rondando el espaciopuerto en
busca del pequeño gnomo del espacio, me detendrías ahora mismo y me enviarías
directamente a un tratamiento de shock. Estaba obsesionado… No con el tipo de obsesión
que provoca la adicción, sino como si tuviera una pequeña y profunda astilla clavada en el
pie, que realmente no lastima, pero que no deja de hacerse notar a cada paso que
damos. Y por fin un día, meses más tarde, allí estaba el viejo Moxie Magiddle, quien se
encargó de extraer la espina. Al principio no me reconoció. Pequeño adefesio gracioso…
Tenía los sesos equipados para olvidar cualquier cosa que no le gustara. Aquel asunto del
feldespato… Cuando un compinche con quien le gustaba tomar unas copas y chismorrear
un rato demostraba ser un mentiroso sabelotodo, demasiado estúpido para darse cuenta
de que no podría seguir adelante con la farsa…, aquello reducía a Charli a menos cero, no
importa la cantidad de bebida que pagara. Cuando por fin conseguí acorralarlo (lo único
que faltó fue que luchara con él) y le conté toda la historia del feldespato, el niobio, el café
cultivado en tierras montañosas, todo verificado y vuelto a verificar, facturado, cargado,
embarcado, asegurado, y todo absolutamente producido en Leteo, y le mostré las
malditas pruebas, comenzó a reírse hasta que casi se le saltaron las lágrimas, un poco
por sí mismo, un poco por la situación, y en gran parte por mí. Pasamos una noche
estupenda; bebimos alcohol juntos. ¿Sabe una cosa?: nunca comprenderé cómo Moxie
Magiddle puede soportar tanto licor. Pero me dijo de dónde provenían esos embarques, y
me dio una vaga idea de por qué nadie quería admitirlo. Y me dijo el nombre que les dan
a todos los varones vexveltianos.
»—Lo mencioné un día a un estibador —prosiguió Charli en voz alta—, y me resolvió el
misterio. El feldespato y el niobio, así como también el café, provienen de Vexvelt, y son
transportados a Leteo por intermediarios locales, quienes muy a menudo retienen parte
de las mercancías y las venden por su cuenta para arañar algunos créditos más, y luego
lo sepultan entre todos los misterios locales.
»Pero cualquier planeta que pueda sacar provecho de mercancías de esa calidad a
esos precios, ¡y para colmo transbordadas!, sin duda podría obtener mayores beneficios
si las negociara directamente. Además, el niobio es el elemento 41, y la hipótesis de
Elkhart sostiene que si en un planeta se encuentra algún elemento de los períodos tres a
cinco, hay grandes posibilidades de hallarlos a todos. ¡Y aquel café! En aquella época
solía pasarme las noches en vela preguntándome qué podrían tener en Vexvelt que les
gustara demasiado para exportarlo, si valoraban tan poco aquel café que se desprendían
de él.
»Bueno, después de todo eso, era lógico que viniera aquí a buscar datos sobre
Vexvelt. ¡Oh!, estaba clasificado en los bancos de memoria, es verdad, pero si alguna vez
se había comerciado con ese planeta los datos se habían borrado de los registros mucho
tiempo antes…; cada cincuenta años se eliminan los ítems inactivos de las células de
memoria. Ahora sé que los correspondientes a esa información han sido ya limpiados por
lo menos cuatro veces, pero es posible que las últimas tres ya no contuvieran ningún
dato.
»¿Qué cree que contenían los Archivos sobre Vexvelt?
El Director de Archivos no contestó. Sabía lo que contenían los Archivos con respecto a
Vexvelt. Sabía también, dónde estaba y dónde no estaba. Además sabía cuántas veces
aquel testarudo joven se había preocupado por el misterio, con cuántos ingeniosos
enfoques había encarado el problema, lo poco que había conseguido y lo mucho menos
que conseguiría él o cualquier otro que lo intentara en la actualidad. Pero no dijo nada.
Charli Bux levantó los dedos y empezó a enumerar.
—Astronomía: sin observaciones más allá de los dos años luz. Nada más que planetas
hermanos (todos muertos) y satélites dentro de esos años luz. Cosmología: las
exploraciones por medio de cámaras, si alguna vez se llevaron a cabo (¡y deben de
haberlo hecho, o ese maldito lugar ni siquiera estaría registrado!), han dejado de
efectuarse. Por lo tanto ni siquiera hay manera de saber en qué parte del espacio real se
encuentra. Geología: sin datos. Antropología: sin datos. Luego aparecen algunas
tonterías, como la tensión local del hidrógeno y las emisiones de la estrella madre, pero
no son de mucha ayuda. Y por último el informe de Extrapolaciones Comerciales: sin
intercambio. Considerado indeseable. Ni una palabra sobre quién hizo el informe, ni por
qué dijo lo que dijo.
»Traté de soslayar el problema buscando los informes de exploraciones tripuladas,
pero en conexión con Vexvelt sólo pude encontrar los nombres de tres astronautas.
Trosan: tuvo problemas cuando volvió de allí, y fue ejecutado. ¿Sabía que
acostumbrábamos a matar a cierto tipo de delincuentes hace seiscientos o setecientos
años?… No sé por qué lo hicieron. De cualquier manera, aparentemente fue después de
archivar su informe. Luego vino Balrou. Oh, Balrou sí que entregó un informe. Puedo
repetírselo completo palabra por palabra: «En vista de las condiciones reinantes en
Vexvelt el contacto con ellos no es recomendable». Fin. Dada la cantidad de palabras,
ése debe de ser el informe más caro que jamás se haya archivado.
«Lo es», pensó el Director de Archivos, pero no lo dijo en voz alta.
—Luego alguien llamado Allman exploró Vexvelt, pero según reza el informe, «a su
regreso se comprobó que Allman sufría fatiga mental a causa del confinamiento, y su
juicio estaba tan severamente deteriorado por esa causa que su informe se considera
desechable». Eso significa que fue destituido, ¿no es así, señor?
«Sí», pensó el viejo, pero respondió en voz alta:
—No sabría decirle.
—De modo que así estamos —prosiguió Charli Bux—. Si quisiera podría presentar un
caso clásico de lo que los antiguos libros llamaban manía persecutoria; sólo tendría que
referir los hechos tal como realmente pasaron. Incluso tengo derecho a pensar que
«ellos» me eligieron como blanco perfecto y prepararon todas esas insinuaciones,
feldespato a bajo costo, café de inmejorable calidad…, como carnadas que no me sería
posible ignorar ni tampoco resistir. ¿Y acaso no tengo derecho a preguntarme si una
caricatura viviente con un nombre ridículo, Moxie Magiddle, estaba trabajando para
«ellos»? ¿Y qué sucedió luego, cuando abierta y honestamente reservé pasaje para
Vexvelt como meta de mis vacaciones? Me contestaron que no había Guía de Impulsión
orbitando Vexvelt; sólo se lo podía alcanzar por el espacio normal. Eso era una mentira,
pero no había forma de probarlo desde aquí, o incluso desde Leteo… Moxie mismo nunca
lo supo. Entonces quise hacer una reserva para Vexvelt, vía Leteo y un transporte de
espacio real, y me contestaron que Leteo no era recomendada como escala intermedia
para turismo, y que de todos modos desde allí no había transportes de espacio real hacia
ningún lado. Por lo tanto hice una reserva para Botil, pues sabía que era una escala de
turismo y que poseía lanzaderas de espacio real, así como naves charter. Las cartas
estelares lo designan Kricker III, mientras que Leteo es Kricker IV. Fue entonces cuando
gané esa mier…, ejem, el sorteo, y un viaje gratis al hermoso, hermoso Zeenip, paraíso de
paraísos, con sus dos canchas de golf cubiertas de treinta y seis hoyos cada una, y sus
baños de leche gratuitos. Doné el premio a una sociedad de beneficencia cualquiera (dije
que lo hacía para ahorrar impuestos) y fui a retirar el pasaje para Botil, tal como había
planeado. Pero me encontré con que debía recomenzar todos los trámites desde el
principio, ya que habían anulado mis reservas al enterarse de que había ganado el
premio. Parecía razonable, pero me llevó tanto tiempo rehacer todo que perdí el
transporte reservado y una semana de mis vacaciones. Más tarde, cuando fui a abonar el
pasaje, resultó que mi tarjeta de crédito estaba a cero, y me tomó otra semana completa
corregir ese lamentable error. En ese momento el servicio de turismo disponía de un solo
pasaje, y en vista de que la gira turística completa excedería el tiempo de mis vacaciones
en dos semanas, anularon nuevamente la reserva…; estaban absolutamente seguros de
que el asunto no me interesaba.
Charli Bux se miró las manos y se las estrujó. La Oficina de Archivos se llenó con un
ruido crujiente, pero al parecer Bux no lo advirtió.
—Creo que en ese momento cualquiera en su sano juicio hubiera captado el mensaje,
pero «ellos» me habían subestimado. Déjeme que le explique lo que quiero decir
exactamente. No quiero decir que yo sea un hombre de acero, y que cuando me
propongo algo no hay nada que me detenga. Tampoco pretendo fanfarronear con el
coraje de mis convicciones; tenía muy poco de que convencerme. Pero existía una
cadena íntegra de coincidencias sobre las cuales nadie quería explicarme nada. Incluso
aunque la explicación con toda probabilidad fuera estúpidamente simple. Por otra parte,
nunca me creí especialmente valiente.

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