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Antonio Gala es seguramente el escritor español que con mayor asiduidad visita ese territorio pedestal reservado a los privilegiados: la lista de autores más vendidos. Hasta tal punto está vinculado Antonio Gala al éxito, que todos los años la feria del libro de Madrid parece celebrarse en su honor. El autor de La pasión turca siempre tiene ahí un lugar asegurado. Es ésa, y no otra, la razón por la que su nombre suscita tanto recelo entre el común de los escritores españoles. Cuando un presunto intelectual (o un escritor español con escasa proyección entre los lectores) quiere arremeter contra un best seller, no cita a Tom Wofe, Kundera o Isabel Allende. Cita a Antonio Gala, que lo tiene más cerca. La proximidad excita la envidia y la envidia afina la puntería. Ahí, en medio de la diana, está Antonio Gala, un nombre cuyo eco produce taquicardias entre los santones del negocio editorial.
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Yo misma había llegado a convencerme de que mi matrimonio era perfecto. Las cuestiones que al principio me planteé dejé de planteármelas. No se resolvieron por eso, pero al menos no las tuve a todas horasdelante de los ojos. Miraba hacia otro lado, pensando que la vida es tan grande como el inundo, o más grande aún que el mundo. La desgracia -me repetía- proviene, o se agranda, de no estar pendiente más que de una carencia, de una desilusión, de una añoranza. Si un huerto no da lechugas, no hay que dejarlo yermo, sino sembrar otras hortalizas y encontrar en ellas una compensación.
Ramiro estaba considerado como el muchacho más guapo de Huesca. Ahora me parece que eso no es mucho decir; entonces me parecía suficiente. Era el hermano mayor de Adela, una chica de mi edad, fea y desangelada, con la barbilla hundida, la mandíbula superior en pico, unos dientes pequeños y afilados y unas encías pálidas que enseñaba al reírse, lo que no era frecuente por fortuna. Adela había sido compañera de clase mía en el instituto, y no guardaba de ella los mejores recuerdos. Quizá su fealdad la había transformado en resentida, acusica y empollona; a pesar de t odo, nunca sacaba buenas notas.
Laura, Felisa y yo éramos las que más la detestábamos: fue esa aversión común lo que desde el primer momento nos unió.
Ramiro había decidido no perder tiempo estudiando una carrera larga. Hizo unos cursos de empresariado mientras trabajaba ya en una sociedad de seguros que acababa de inaugurar una sucursal. Como en todas partes, allí empezó a pisar fuerte también. Lo conocíamos todas y, cuando nos lo cruzábamos en el
ir y venir de los Porches de Galicia, antes o después del cine, cogidas las tres amigas del brazo como tres bobas, nos entraba una risa floja y cómplice que a él le hacía sonreír. Era alto y rubio, con los ojos claros.
Oficialmente lo conocimos en la romería al Cerro de San Jorge. Iba vencido abril y hacía un día tan tibio que nos habíamos desabrochado las blusas. Las urracas revoloteaban entre los cipreses y los pinos de la ladera. Se oía, suavizado, el runrún de la ciudad y, desde la cima, se la veía dormida con la catedral al
fondo. De cuando en cuando, se escuchaba el estridente grito de los pavones que semejaba descender del alto cielo azul. Laura, Felisa y yo organizábamos la merienda cuando se presentó Adela con Ramiro. Nos lo presentó de mala gana. Laura los invitó a merendar, y aceptaron. Lo primero que dijo fue:
-¿Sabíais que esta ermita fue un heroico baluarte en la defensa de Huesca cuando la guerra?
-Sí -contestó Laura-, está escrito en la puerta; pero para lo que sirvió…
Ya estudiábamos las tres en Zaragoza y empezábamos a tener nuestras propias ideas morales y políticas.
Supongo que ninguna de ellas se ha cumplido. Una de las más tenaces era reaccionar frente a los matrimonios antiguos, esa cruz de las mujeres de nuestras familias que se limitaban a acatar al marido, organizar la casa y sobrevivir sin personalidad ninguna. Nosotras tres queríamos ser libres, trabajar en lo nuestro y tener opiniones. Laura y yo estudiábamos Letras, aunque ella derivaba hacia la Sicología, yFelisa, Farmacia. Sin darnos cuenta, las tres hacíamos compatible nuestro progresismo, que estimábamos muy avanzado, con la esperanza de un príncipe azul…
Ahora recuerdo -no sé si como fueron, o poniendo yo algo de mi posterior cosecha, tan escasa- las conversaciones que manteníamos las tres en nuestro diminuto piso de estudiantes. Más exacto sería decir que Felisa y yo escuchábamos a Laura. Ella, de tanto en tanto, nos largaba su rollo macabeo, como llamaba a repasar en alta voz sus temas. Las tres entonces íbamos a ser heroínas, a batirnos el cobre por nuestros semejantes, a levantar la bandera de la feminidad y de los logros de nuestro deprimido sexo.
-La debilidad del cachorro humano -comenzaba Laura mientras hacía el té- obliga a cuidarlo y adiestrarlo
durante muchos años. Eso lo convierte en superior a los de otras especies, y hace que conserve la curiosidad
y la capacidad de sorpresa propias de la infancia a lo largo de toda su vida. Tales virtudes son las que
suscitan a los poetas y a los sabios, porque la poesía y la ciencia nacen de la perplejidad.
-Siendo así -interrumpía Felisa, que empezaba a comer la primera los bollos y las pastas, las niñas, que
somos más débiles y más dependientes que los niños, nos transformaremos en mujeres más inteligentes
que los hombres.
-Por lo menos, según la educación que nos han dado -intervenía yo-, habremos aprendido a gustar, a
seducir, a engañar, a conocer el interior de los varones, a verlos venir y, por lo tanto, a dominarlos.
Laura, molesta, retomaba el hilo de su discurso:
-Las hembras de los mamíferos, primas hermanas nuestras…
-No lo dirás por mí: sólo he comido un bollo -la interrumpía Felisa.
-Esas hembras, repito, son, desde luego, más inteligentes que sus machos. Sencillamente porque
luchan por su vida y la de sus crías más que ellos y porque saben a la perfección las tareas de la manada.
-Y, por si fuera poco -interrumpía de nuevo Felisa-, los machos se dedican a pelear por ellas. Que se
jodan.
-En realidad -aclaraba Laura-, también se pelean por el alimento y por el territorio. Incluso, sin el pretexto
del territorio, ni de las hembras, ni de la comida. Los machos se pelean, en general, por el poder.
-Qué desilusión -exclamábamos a un tiempo Felisa y yo.
-Un momento, un momento: las hembras sólo les conceden el derecho a cubrirlas. Se entregan al más
fuerte y, una vez fecundadas, se retiran para dedicarse a ellas mismas y a sus camadas. Hasta hay ocasiones
-se echaba a reír con picardía- en que mientras 104 machos, ya talluditos, litigan sobre quién será
el primero, son seleccionados los más jóvenes por el instinto de las hembras, que se entregan a ellos a
espaldas de los luchadores… Sucede como a menudo con los hombres: el dominante es vencido por la
alianza de los débiles, que imponen su orden nuevo y dejan con tres palmos de narices al macho ganador.
Uno cuida la viña y otro se la vendimia. Lo importante para la Naturaleza es perdurar. Y para eso la maternidad
es lo imprescindible.
-Bueno, pero a la maternidad se llega por… -comenzó Felisa.
-Cállate de una vez, que me cortas el hilo. Es curioso que, así como la maternidad enlaza a cada hembra
con todas las demás, porque significa la solidaridad de la especie y una delegación de la Naturaleza,
la paternidad es lo que individualiza al hombre, no sólo frente al resto de los machos de la zoología, sino
frente al resto de los hombres. Nosotras, al ser madres, somos más animales; el hombre, al ser padre, es
más humano. En los animales la paternidad no es decisiva: se acaba con la fecundación o muy poco
después.
-¿Quieres decir que la mujer madre no es humana? -preguntaba yo con asombro.
-No quiero decir nada de eso, puesto que pare hombres. Lo que quiero decir es que, desde que el patriarcado
destronó al matriarcado, la Humanidad se ha despegado tanto de su animalidad que nosotras
hemos ido perdiendo primacía, poder e independencia. Antes los machos (cualquier macho, era igual)
valían para lo que valían y adiós; ahora las mujeres nos vemos limitadas a cumplir el oficio de madres. Hay
que ver qué timo el patriarcado. No sé si me entendéis: la repartición de los bienes originó la propiedad privada;
la moralidad y el respeto a la familia originaron la prostitución; el nuevo orden machista originó la
desigualdad y el desorden; la búsqueda de la fraternidad originó toda clase de diferencias; el establecimiento
del derecho dio origen a las jerarquías; las religiones, a la culpa y a las penitencias; nuestras
necesidades amorosas y el mantenimiento de la prole originaron el culto a la paternidad… A eso se llama
salir el tiro por la culata. A nosotras ya no nos queda otro destino que la familia: somos hijas, esposas y
madres nada más. En lugar de educar a las niñas para que deseen por su cuenta y riesgo, se las educa
para que deseen sólo ser deseadas.
Felisa y yo nos rebelábamos abandonando las tazas de té.
-Contra eso hay que luchar -gritábamos puestas en pie.
-Es muy difícil. Ya perdimos esa lucha una vez… Claro, que hay que tener en cuenta lo que ha escrito
la Beauvoir: hacerse la deseada es muy distinto de ser un objeto pasivo. Una amante no se está quieta
nunca: se renueva. Debajo del aparente abandono femenino hay una auténtica promoción; si alguna es
elegida es porque subrepticiamente eligió antes; el seductor es seducido de antemano, aunque no lo perciba.
Ese juego de los instintos está a nuestro favor, pero hay cosas en contra. Por ejemplo, la materialidad
misma de los sexos, de los sexos físicos. -Felisa y yo nos mirábamos al mismo tiempo ruborizadas y orgullosas
de nuestro descaro-. El del varón es evidente, exterior, de uso fácil y limpio; en él coinciden la finalidad,
.la disposición y el deseo; o sea, la función ha creado visiblemente el órgano. Por el contrario, nuestro
sexo está oculto (y aún lo ocultamos más, porque el pudor es, por lo visto, nuestra principal virtud); es
mucho más complicado y, como mínimo, doble.
-¿Doble? -preguntábamos Felisa y yo en el colmo del asombro.
Sí, señoras: doble, no os hagáis de nuevas. Por su aspecto: el clítoris y la vagina; por su actitud: tan acti-
va como pasiva; por su ubicuidad: en un sitio el orgasmo y en muchísimos la sexualidad…
-Así es mejor -replicaba Felisa, ya tranquila-. El hombre es más simplón: se gasta en cuanto goza. Mi
novio…
-Cierto, pero eso no implica que lo nuestro sea una cosa simple. Simples son un pene y un escroto; lo
nuestro es una expectativa, una llamada, un recipiente donde se deposita la simiente de la vida; más, donde
se configura la vida, no metafórica, sino materialmente.
Aunque no hablásemos de ellos o lo hiciésemos en abstracto, la vocación de los niños que un día tendríamos
entre los brazos se hallaba detrás de todos nuestros pensamientos. Dijéramos que nuestra independencia
era el fin de la vida, o que nuestro trabajo iba a ocupárnosla entera, las tres escuchábamos sin
querer las voces de los niños que, conscientemente o no, presuponíamos. Era lo que resumía Felisa al
exclamar:
Ah, es que eso es mucho más trascendente que echar un polvo, hija.
-Y más largo y mucho más costoso.
-Yo no estoy descontenta de ser mujer -insistía Felisa-. Si un día quiero tener un pene, lo tendré.
-Por descontado, no faltaba más. Ya lo tienes, menuda eres tú. Pero, de momento, déjanos razonar.
Porque de lo que hemos dicho…
-De lo que has dicho tú.
-De lo que he dicho se deduce una desventaja masculina. Una gran desventaja: ser hombre no es un
don, es una conquista. No se reduce a tener el pene que tú dices; un hombre ha de probar su hombría: no
sólo ante la mujer y ante los demás hombres, es decir, ante la sociedad, sino también ante él mismo. Sin
embargo, las mujeres, nacemos ya mujeres; no tenemos que aprender a serlo.
-¿Cómo que no? -saltaba yo, que estaba siempre dándole a mi tema-. Nuestra sexualidad es reprimida
y controlada hasta que llega nuestra hora, que no sabemos nunca cuál es, y también después. La educación
que nos han impuesto los hombres nos ha vencido, Laura, convéncete; nos ha hecho objetos suyos.
-Ay, hija, de ninguna manera. Cómo se ve que sigues virgen.
-Era Felisa, por supuesto-. ¿Por qué no vamos nosotras a conquistar igual que ellos, en competencia
con ellos, como seres humanos que somos, dejando aparte la maternidad?
-Porque la maternidad no puede ser dejada aparte, o las que nos quedaríamos aparte seriamos nosotras
-le gritaba Laura-. Mira, guapa, el trabajo del hombre, a lo largo de su vida, es transformar en fuerza
su debilidad (en cualquier clase de fuerza), y la fuerza bruta en fuerza inteligente, o sea, en poder, y el
poder, en imposición sobre los demás, o sea, en una ley. No la ley de la selva, que es anterior, sino otra
racional, artificial, humana, que se opondrá con frecuencia a la primera, a la ley natural de supervivencia.
Fíjate la distancia que hay desde la destrucción de los menos dotados a decir que los últimos serán los
primeros o que has de amar al prójimo como a ti mismo.
-Eso ya es religión.
-La religión es la más humana de las leyes.
-No estoy segura. Yo creo que es la más beneficiosa para ciertos grupos -refunfuñaba Felisa.
-Toda ley es provechosa para quien la impone.
-Bueno, bien -intervine yo ante el temor de que se enredaran-. Pero, si ésa es la tarea del hombre, ¿cuál
es la de la mujer a todo esto?
-Las físicas, las del cuerpo: la concepción, el parto, la crianza y todo lo que llevan consigo. Desde este
punto de vista el hombre es un ocioso; cuanto hace, lo hace fuera de él mismo. Su trabajo es decorativo,
como si dijéramos. La Naturaleza, sin él, se habría organizado de otra forma. Su actividad, aun siendo
estrictamente humana, para la especie es superflua. Sería muy difícil convencerlo, pero así es.
-¿Y el arte? —preguntaba yo, que siempre me habla sentido interesada por él.
-La creación quieres decir, supongo… He ahí un enigma sin resolver -respondía Laura, un poquito aficionada
a lo teatral, y para la que cuanto ella ignoraba eran enigmas sin resolver-. El creador es como un
ser bisexual. No porque tenga los dos sexos o los ejerza, sino porque se acumulan dentro de él. Tiene,
como la mujer, el don de dar a luz su propio sentimiento a través de palabras o de colores o de formas; y
tiene, también, como el hombre, una razón conquistadora que ordena y administra la belleza. Porque, a mi
entender, todas las variedades imaginables de la creación se reducen a la bondad, la verdad o la belleza.
El arte es lo que es; ni aspira a más, ni consigue más. Si alguien pretende hacer útil sus lágrimas; dejará
de llorar…
Yo me acordaba de un día en que mi padre me había reñido y castigado no sabía ya por qué, y en que,
llorando apoyada contra la pared del jardín en Panticosa, quise llenar de lágrimas una campanilla azul que
corté de una enredadera. Así -pensaba- podrían ver junto todo mi llanto. Pero lo malo fue que dejé de llorar
en cuanto me propuse llorar más y contabilizarlo. Laura seguía:
-Si alguien persigue una finalidad distinta de la de recrearse, la obra de arte será objeto de mercado y
efímera por tanto. El artista es como un vehículo, un ser prestado a ideas que él no podría siquiera enumerar:
un ebrio, y en la embriaguez no hay cálculo que valga. Por eso encuentro que crear se parece tanto
a concebir y parir.
-Pero de todo lo que estás diciendo se deduce que la mujer es la Naturaleza, y el hombre la cultura. ¿No
podrá la mujer crear también con algo que no sea su sexo? ¿No podremos nosotras hacer arte?
Te he advertido que el creador es bisexual. La creación está siempre al margen de la división de funciones
entre machos y hembras.
-No te contradigas ahora, Laura -intervino Felisa-. Según tú, lo nuestro es parir.
-No sólo eso, cuidado. A veces el poder de parir pasa a un segundo término: la mujer puede animar a
su hombre en su quehacer, puede engrandecerlo y darle la importancia que él ambiciona. Así será como
un motor oculto de la Historia… Y además parir no basta nunca; el instinto no basta; está el amor: el amor
al hombre que nos puso a parir -reíamos las tres a carcajadas- y al hijo que parimos y que nos representa.
-En definitiva -concluía Felisa- todo se reduce a un trueque: por su pene, su trabajo y su dinero, hemos
de darle al hombre admiración, obediencia y respeto. Pues vaya un panorama.
-¿Y no hay manera de escabullirse de este callejón?
-Una veo yo a la larga: que nuestros hijos varones dejen de ser masculinos al modo que fueron nuestros
abuelos, y que nuestras hijas dejen de ser frígidas y envidiosas de sus hermanos, y que se abstengan de
sacrificarse por entero a un hombre, y no se confundan mirando su feminidad con ojos masculinos. De esto
habría mucho que decir… Si no, la reciprocidad de los sexos seguirá siendo una utopía. Cada ser humano,
hombre o mujer, ha de reconciliarse primero con su cuerpo, con la vida y la muerte de su cuerpo; de no
hacerlo, jamás se reconciliará con otro ser humano, sea del otro o del mismo sexo. El hombre continuará
sin ver en la mujer un igual y un colaborador; no verá más que una enemiga en potencia hacia la que le
empuja el deseo, y de la que debe retirarse una vez satisfecho para ponerse a salvo. El hombre enamorado
sabe que es vulnerable, tan débil como al principio: no ha hecho nada, no ha adelantado nada; está desguarnecido,
enajenado (es decir, vendido), alterado (es decir, hecho otro), y ante esa circunstancia le sobreviene
el miedo. Sólo una reacción de frialdad, de alejamiento, de simulación, o sea, de cinismo, le devolverá
el sosiego; pero, en cambio, le arrebatará el amor… Ésa es la historia de muchos hombres y de bastantes
mujeres: prefieren la potencia económica, el estatus social y el predicamento sobre los otros al amor, y de
ahí que conviertan el amor, que es el único camino indefenso para salvarse, en un sentimiento de infelices
e incultas mujeres.
-¿Cómo te va con tu novio, Laura? -preguntó Felisa mientras atacaba la última pasta.
-Como comprenderéis, nunca he hablado con él de nada de esto.
-Claro, claro, claro -concluyó Felisa con la boca llena-: una cosa es predicar y otra, dar trigo.
Hoy me estremece pensar que haya pasado tanto tiempo desde entonces, aunque quizá quien haya
pasado tanto haya sido yo, o me ha pasado a mí.
Sea como quiera, de aspecto, el príncipe azul era exactamente Ramiro Ayerbe. Aquella tarde junto a la
ermita de San Jorge yo deduje que a Laura y a Felisa les gustaba a rabiar. Y que, si él hubiera manifestado
una vacilación prolongada, habría hecho papilla nuestra amistad. Pero no fue así; su intención al acercarse
a nosotras quedó clara en seguida: se había acercado por mí. Yo creo -ahora, desde lejos- que fue
esa elección suya la que me movió, unos años después, a casarme con él: ¿cómo iba yo a despreciar a un
hombre que les encantaba a las demás mujeres?
Respecto a él pude sentirme después decepcionada en ciertas cosas; pero su físico era aquél, y no
engañaba. Y si en algo no cambió nunca fue en lo que yo consideraba -y él- su principal virtud: era simpático,
con labia, con una bonita voz y unas manos espléndidas que movía lo necesario para resultar más
convincente. Poco después de dejar de charlar con él, su interlocutor caía en la cuenta de que, desde el
primer momento, el tema había sido él y lo que a él le interesaba, y que además el interlocutor se había
sentido en la gloria contestando que sí o que no según el gusto de Ramiro, y agradecido porque le hubiera
permitido- opinar. Nunca dejó de sorprenderme tal instintiva habilidad, sobre todo cuando pude admirarla
sin estar yo implicada; por ejemplo, cuando la ejercía para seducir a superiores y posibles clientes.
Si ahora mismo se me ocurriese preguntarme cuándo y cómo me declaró su amor Ramiro, no sabría
responderme. Pienso que no se me declaró nunca. Fue, insensiblemente, dando por hecho que éramos
novios. Y también mis amigas. Por más esfuerzos que hago, no recuerdo que un día les comentara: «Ya
me lo ha dicho», a pesar de que había entre nosotras la mayor confianza, de que nos contábamos todo, y
de que casi todo era ocasión para pasarlo bien.
Las veo ahora tal como eran… Cierro los ojos y las veo. Laura, la de más edad de las tres, aunque no
mucha, era pelirroja. Su pelo encendido y su cutis transparente, rosáceo, delicado y pecoso, le daban un
aire entre extranjero e infantil que ella explotaba. Felisa tenía una nariz descaradísima -muy chata, digo-,
una cara redonda y una terrible propensión a engordar. Ya por entonces probaba todos los adelgazantes
que veía anunciados en las revistas de farmacia, y creo que eso fue la causa de que se estropeara el estómago.
«Padezco del estómago y soy gorda: una contradicción», decía riéndose. Era, de las tres, la de mejor
humor; por ella sentía una especial inclinación, pese a que mi respeto era mayor por Laura, mejor preparada
y mucho más sensata. Las dos se casaron el mismo año: una en mayo y la otra en octubre, recién terminadas
las licenciaturas. Sus maridos, compañeros de universidad, se habían instalado un año antes en
Huesca, a instancias de ellas. Marcelo, el de Laura, era abogado laboralista; Arturo, el de Felisa, pediatra.
Ellas no tuvieron obstáculos para instalarse; sus familias eran acomodadas, y no hicieron más que cumplir
lo que más o menos tenían proyectado: Laura abrió una librería en una calle céntrica, no lejos del mejor
hotel; Felisa, una farmacia en un barrio nuevo de gente adinerada. Mi trayectoria, como era de esperar, fue
muy distinta.
Mi padre -a mi madre apenas si llegué a conocerla- había perdido su fortuna, que nunca fue muy grande,
hacía tiempo. Bastante esfuerzo hizo con pagarme los estudios fuera de la ciudad. Una vez concluidos, yo
sentía remordimientos por seguir viviendo a su costa. Me angustiaba no encontrar un trabajo que
respondiera a mi preparación. Di clases de literatura en un colegio de monjas; pero sólo duré allí un
trimestre: supongo que me encontraron demasiado moderna, puede que subversiva. Mi padre procuraba
animarme:
-Vente a la cerería conmigo. Yo necesito ya a alguien que me ayude.
Pero no era verdad; en la cerería, que había abierto cuando su familia se quedó sin dinero, cada vez
entraba menos gente, y yo no pintaba nada en ella mano sobre mano.
-Me siento torpe. Me es imprescindible tener una persona en casa -insistía mi padre, con la intención de
que yo me sintiera provechosa y no me desmoralizara.
-Gracias, pero no es cierto. He estado cinco años fuera, y tú te las arreglabas estupendamente sin mí.
Mi hermano Agustín había entrado también en los seguros, y vivía con su novia. Trabajaba a las órdenes
de Ramiro; aunque Ramiro no mandaba mucho todavía.
-Este Ayerbe tiene porvenir -decían todos-; mucho porvenir. Llegará donde quiera.
Quizá era él quien lo sugería y los demás se contentaban con repetirlo sin caer en la cuenta. Ramiro fue
siempre tomado como muchacho modelo: el ídolo de las madres con niñas casaderas y también de las
niñas casaderas. De ahí que yo me reprochara tantas veces mi frialdad con él, y alguna -he de decirlo- le
reprochara sin palabras su frialdad conmigo. La atribuía a su religiosidad: era muy devoto; iba a misa todas
las mañanas y me empujaba a ir a mí, y cada tarde hacía una visita a alguna iglesia antes de reunirse conmigo
o antes de que yo lo recogiera a la puerta de la que me indicara. En alguna ocasión me besó, pero
sólo en los labios, y, cuando nos despedíamos, en las mejillas. A menudo cogía mi mano entre las suyas y
hablaba de sus cosas, hasta que subrepticiamente yo retiraba mi mano, que se me estaba quedando dormida,
sin que él lo percibiera.
Después de un año de buscar un puesto de trabajo en vano, aburrida y humillada, un anochecer de
sábado, a la salida de misa en San Lorenzo -era noviembre y hacía ya frío-, Ramiro me preguntó, con una
naturalidad tan grande que parecía fingida, que por qué no nos casábamos. Yo tenía los ojos en el suelo,
que estaba lleno de hojas; con una mano contenía mi falda que el aire levantaba. Por la tarde estuvimos,
mientras el sol ardía en la copa oxidada de los castaños, en la rosaleda del parque, donde los novios solían
apartarse para estar juntos debajo de las rosas que ahora no había, y yo me preguntaba para qué Ramiro
y yo estábamos allí… Levanté los ojos del suelo, le miré a los suyos, y le dije también con naturalidad:
-Tienes razón, ¿por qué no nos casamos de una vez?
No me embargaba la menor emoción, y me lo eché en cara dentro de mí, porque todo coincidía en hacerle
creer que estaba enamorada. O por lo menos, todos los de alrededor, con sus palabras y con sus actitudes.
Las bodas, más cuanto más convencionales, son siempre un poco cursis. Ninguna resiste la prueba
pasados unos años. Es muy difícil resultar normal cuando se va disfrazada y se anda y se gesticula de una
manera totalmente insólita. Ramiro había organizado la boda más convencional del mundo. No quiso que
fuese en San Lorenzo, porque allí se casaba demasiada gente y él quería que fuese algo distinto. No quiso
que fuese en San Pedro el Viejo, que era mi parroquia, porque allí se casaban los intelectuales y los avanzados,
con cuyas ideas él no comulgaba.
Eligió la catedral, porque -eso decía- le proporcionaba una sensación de solidez y de fastuosidad que
subrayaría la importancia de la ceremonia. En el fondo, la sensación que le proporcionaba era la de haber
llegado ya donde aspiraba ciega y seguramente a llegar.
Pisando el atrio, antes de que empezaran los primeros acordes de la marcha nupcial, yo recordé, sin
saber la razón, la pila del agua bendita de San Lorenzo, plana, con sus once hoyitos alineados en curva y
uno más en cada extremo, donde el agua se refugiaba y en los que yo, de niña, en brazos de mi padre, me
mojaba casi enteras las manos. Y recordé el claustro de San Pedro el Viejo, tan severo y tan proporcionado,
en el que sólo se hundía lo añadido siglos después… Guando alcé la mirada ya se oía el órgano. Vi el
hirviente y aparatoso retablo de alabastro. Avanzaba entre los arcos apuntados igual que en un teatro; por
mucho que hurgaba dentro de mí, no sentía devoción ni exaltación. Me atraía el pasado, no el presente. Al
mirar a la izquierda porque una señora alzó la enano para saludar, vi la santa Lucía de mármol blanco, y
tropecé de pronto con la niña que fui como si se me hubiese puesto delante, sobre la alfombra, en el pasillo.
La niña de aquellas navidades en que mi padre me llevó a un pueblo de Somontano, no lejos de
Barbastro, donde había de entregar cirios y velas para la fiesta de la santa, y oí a las otras niñas, coloradas
y felices, que cantaban por el aguinaldo…
¿Qué había sido de aquellas pequeñas que vociferaban de puerta en puerta? Ahora yo estaba allí,
casándome, sin diferenciar unas de otras las enrevesadas historias del retablo. Me esforcé en concentrarme
y en desechar cuanto no formara parte de la ceremonia. Por fin me encontré frente a Ramiro y
pensé: «Qué guapo está». Por su expresión imaginé que él había pensado igual de mí.
Mi traje -regalo suyo y a su gusto- era para mi un poquito demasiado impresionante. Lo que con él
Ramiro había querido era sin duda impresionar y lo consiguió; excesivos perifollos y arrequives y una cola
excesiva. En lo único que me hice fuerte fue en el tocado porque no quería parecer esa tarde una mujer
distinta; vestida de rara, pase, pero yo misma.
Nos casó el padre Alonso, que era confesor de mi marido y que sólo nos llevaba unos pocos años. En
el discursito le dio la manía de hablar de cheques y de compararlo todo con efectos bancarios. Vino a decir
que el matrimonio es como un talón en blanco; pueden escribirse en él cantidades fabulosas, pero nada se
hará efectivo sin la firma del titular de la cuenta, que sólo es Dios.
-Este cheque de hoy-añadió- tiene esa firma por anticipado. El número de ceros lo aumentarán Des¡ y
Ramiro a medida que lo vayan necesitando, porque vendrán los hijos que son la flor y el fruto del matrimonio,
y también al ritmo que se pongan para todo cada vez más de acuerdo, porque desde hoy son dos in
caro una, en una sola carne.
Yo pensaba que, al fin y al cabo, el padre Alonso era el presidente del Monte de Piedad y que esas alegorías
económicas no le eran tan ajenas.
HOLAAAA
:X JUASJUAS JUAS
:0 hola
hola