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Desde la primera página aparecen los nombres de Eben Alb, Jotanoa y Albanoa. Para quienes no leyeron los dos libros anteriores les será útil la siguiente guía:
En el primer libro, los personajes son Jotanoa y Albanoa.
Después del encuentro, Albanoa lo conduce a Jotanoa por el sendero de la vida interior hasta que al final tiene la experiencia de oír la voz de su Alguien del Alma que se hace llamar Eben Alb.
Eben Alb, por lo tanto, es el ser interno de Jotanoa, con quien vive lo relatado en este tercer libro. En algunos pasajes se hace referencia a un Alguien del Alma, a una silueta llena de Alma, a una personalidad del Alma. Todas son expresiones con que se nombra a un mismo personaje, es decir, a Eben Alb.
El Autor
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Allí estaba el valle de Tulum, esperándolo con su enorme panorama de cielo abierto, de cielo abierto al infinito del universo. Cualquier lugar de la tierra le sirve a quien quiera ascender por el cielo de ese lugar hacia el infinito del universo. Jotanoa volvía a su valle de Tulum, trayendo la ausencia de Albanoa y la presencia de Eben Alb en su interior… ¡La tristeza de una ausencia ocupada por la presencia de Eben Alb!… Y era Eben Alb quien parecía cabalgar en la alegría del regreso, murmurando la canción de su amanecer espiritual:
Ya estoy de vuelta
sin haber partido.
De los días
que a millares he vivido
se destaca la silueta
de un hombre peregrino
que ha podido con los años
acercarme
a los sueños de su vida
donde reina la belleza,
donde gime la tristeza
donde ríe la esperanza,
donde todo está de vuelta sin haber partido.
Jotanoa,
en su débil estructura
me ha soñado y he nacido…
Mientras el Valle de Tulum iba al encuentro del sol, Jotanoa venía al encuentro de su valle, del que se había alejado por sentirse invadido por la soledad interior. Hoy volvía acompañado de quien estaba cantando la canción del regreso, presintiendo que la soledad interior se iría poblando con el universo de Eben Alb…
Jotanoa me ha soñado
y he nacido…
He nacido
porque el sueño
me dio vida…
Ya no era como en aquellos días. Acostumbrarse a que en lo invisible de su naturaleza espiritual alguien de nombre Eben Alb lo estuviera esperando, no era como en los días de Albanoa porque lo que Albanoa hizo fue conducirlo hasta donde hoy se encuentra, es decir, al comienzo de su viaje hacia el interior de su alma.
Además, iba a ser distinto, pues los acontecimientos futuros, las aventuras que lo aguardaban iban a tener la importancia de la enseñanza íntima en tibieza confidencial de su interior, donde Eben Alb se las arreglaría para vencer los hábitos de la superstición materialista.
El mundo de afuera sería el gran interrogante que Jotanoa tendría que ofrecérselo a Eben Alb, para que Eben Alb se lo devolviera comprensible y maduro en ideas y pensamientos, y terminara siendo el escenario de los ideales de su vida y donde, si fuera posible, vivir la misión de su existencia terrena, siempre que tuviera alguna misión que llevar a cabo. A medida que pasara el tiempo se le haría a Jotanoa necesario, casi imprescindible, lograr la unidad con su Eben Alb, para que todo lo vivido fuera compartido. Quería sentirse inseparable a pesar de los momentos en que Eben Alb se comportaba de una manera extraña y desconcertante.
Poco a poco, Jotanoa debió admitir que la inteligencia de Eben Alb estaba hecha para desconcertar, para desorientar, para hacer lo que hiciera falta en la tarea de alterar el orden material y físico de un cerebro atiborrado de datos, de datos venidos del exterior. No era porque los datos fueran falsos o de poco valor, sino porque tales datos los haría pasar por el filtro de la interpretación íntima, o sea que nada de lo amontonado en los recovecos de la mente objetiva sería admitido si antes no era revisado por Eben Alb.
Esto tenía que convertirse en hábito, en costumbre, para que nazca la cultura de la comprensión interna o mística…
Jotanoa se dio cuenta de la idea relacionada con el hábito de la comprensión interna después que la misma fuera dicha y repetida muchas veces por Eben Alb. Al comienzo la dijo como algo sin importancia, sin la intención de que sea escuchada. La repetición permitió que la idea quedara establecida en la mente y cuando quedó establecida en la mente y cuando quedó establecida, recién Jotanoa le prestó la atención debida. Al hacerlo, no hizo otra cosa que usar la contemplación como paso previo para que se produjera la meditación.
—¡Aleluya! —se dijo Jotanoa al descubrir la importancia de la contemplación como medio de fijar la atención sobre algo que más tarde, luego de la meditación, le daría el conocimiento necesario o la respuesta esperada. Lo importante de este hallazgo se convirtió en la clave para comprender el método usado por quienes en el pasado descubrieron algunas leyes fundamentales de la naturaleza, y esto lo consiguieron sin recurrir a ningún tipo de laboratorio físico.
El asombro fue creciendo en Jotanoa cuando se dio cuenta de que el método utilizado por aquellos genios del pasado lo usaban en su propio laboratorio Psíquico, en su cámara interior, donde la energía universal expresa la esencia de los fenómenos que luego serían descubiertos en el laboratorio exterior del mundo físico y terrenal.
Siguiendo este proceso se demostraba aquello que dice “así como es arriba es abajo”. Además, era algo que venía a sustentar lo que Jotanoa deseaba…
—¡El hábito de la comprensión interna! —Esa fue la idea expresada por Eben Alb. La repitió como si le agradara hacerlo. Luego le agregaba algo más y la decía usando otras palabras, esperando o provocando la reacción de Jotanoa.
—¡Costumbre o cultura de la comprensión mística! —La misma idea dicha con otras voces.
A Jotanoa le llamó la atención la palabra “mistica”
—¿Por qué “mistica”? —preguntó.
La respuesta no le iba a llegar como en la época de Albanoa. La encontraría establecida en su mente cuando menos la esperara, la descubriría palpitando, sintiéndola vivir después de haber madurado, como suele madurar en el silencio la presencia de la vida.
Si he nacido de tu sueño,
de tu sueño voy creciendo.
Voy creciendo
como crece en la semilla
el momento de ser árbol.
LA FIGURA ENCLENQUE
Algunos pensamientos aparecen en la mente sin que nada ni nadie los haya invitado. Son visitantes que se presentan porque encuentran el ambiente adecuado a su existencia, o mejor dicho, se pasean por un ambiente de tolerancia, donde no son rechazados ni perseguidos. Como ellos viven de su propia energía, aparecen y desaparecen sin avisar cuando llegan ni se despiden cuando se van… Hay ocasiones en que insisten en permanecer o se toman mayor tiempo que el acostumbrado en quedarse. Entonces, lo mejor es invitarlos a que se relacionen con los acontecimientos de nuestra vida, invitarlos a que nos acompañen y nos ayuden con sus experiencias. Poco a poco comienzan a ingresar al mundo de nuestros anhelos y a la intimidad de nuestras aspiraciones.
A veces los anima la falta de algo y tratan de crecer, de aumentar el caudal de sus ideas, buscan agrandarse porque han nacido con la levadura del crecimiento. Quieren llegar a ser los fundamentos de normas de vida y leyes de conducta, desean existir en las teorías de importantes descubrimientos. Una de las mayores aspiraciones sería la de darles vida a los movimientos revolucionarios basados en la justicia de los cambios, sin la acostumbrada violencia de las rebeliones, pero aún sueñan con la suprema conquista de ser el pensamiento de esa comprensión que se deslice en el alma de cada ser humano como un bálsamo de paz y de sabiduría, de paz en la convivencia y de sabiduría en la equidad de cualquier exigencia.
En la mayoría de los casos no sabemos de dónde vienen, si del mundo terrenal de la humanidad o del mundo espiritual de la misma humanidad, sin embargo, pueden venir del archivo de la memoria del alma individual, allí donde han quedado algunas lecciones bien aprendidas y los testimonios de aventuras extraordinarias que no tuvieron tiempo de madurar en ideas magistrales. De tales aventuras nos llega la urgencia de sus ruegos, en los que piden no dejarlos incompletos, inmaduros, por eso la insistencia en permanecer en la mente hasta que nos demos cuenta de lo que ellos necesitan. No piden nada específico, sólo desean ser admitidos a la espera de algún suceso que les dé la oportunidad de asimilarlo y crecer… Algunos pensamientos sufren la soledad de su vida detenida, postergada porque les incomoda a la gente de conducta deshonesta, sin embargo, a la misma, a la misma gente le sirven de consuelo en los momentos de angustia y de sufrimientos indeseables.
A Jotanoa lo impresionó la vida solitaria que llevaba uno de estos pensamientos. Era más bien una idea raquítica, debilitada por la falta de identidad, por ser una cosa desconocida hasta para ella misma.
Lo exacto sería decir que era la esencia que podría llegar a ser una idea si la llevamos por el camino de su propia creación. Lo que es esencia puede ser lo que uno quiere que sea. No es nada específico, solamente será si la impulsamos hacia la creación en que queremos que se convierta… De nuevo aparece la importancia de la responsabilidad, pues de nosotros depende si la esencia la hemos de utilizar en una idea, en un pensamiento, en una conducta o en algo superior que beneficie a su país. Comenzará a vivir cuando la experiencia la anime con el aliento de nuestro propósito o intención…
Volvía Jotanoa a su hogar una noche de verano. Venía de la calle y como suele suceder, amargado, pues nunca falta el motivo que nos amarga el regreso al hogar. Sabemos que de la calle vuelve uno saturado de impresiones desagradables porque nuestro semejante humano se encarga de envenenar las horas que deberían ser como la paz de la luz en medio de la oscuridad… Pero no es así, debido a que algunos pensamientos solitarios insisten en que se los tenga en cuenta y porque quienes los llevan encima los rechazan por intrusos, por indeseables. De semejante conflicto nacen las horas envenenadas que esparcen su influencia en muchas direcciones.
Pues bien, a Jotanoa lo alcanzó el aire envenenado de los pensamientos ajenos y llegó a su hogar creyendo encontrar alivio, pero el alivio no vino y los nervios seguían tensos, emitiendo agudas notas discordantes. Habíamos dicho que era una noche de verano y en el Valle de Tulum son a menudo calurosas, lo que hace que la gente duerma o descanse fuera de las habitaciones.
Aconsejado por el calor, Jotanoa tendió su catre en el patio, bajo un cielo que parecía descender de la mano de su belleza. Tendido cuan largo era se dejó adormecer por la posición adoptada. Se hizo el propósito de alejar de su ánimo la influencia que lo tenía inquieto. Miraba en un sentido, luego en otro, esperando que la distracción lo ayudara pero nada sucedió. Por ahí cantaba un grillo, por allá lejos un coro de ranas y sapos hacían lo mismo, por el aire que lo rodeaba pasaba el sonido de la calma nocturna. Las sombras se movían, se movían y parecían trapos de niebla oscura. Se movían y danzaban y Jotanoa se unió al movimiento de las sombras. Cuando lo hizo, no supo si se quedó dormido o pasó al estado subjetivo de los sentidos espirituales. Jotanoa ya no estaba en ningún sitio aunque le quedaba la sensación o impresión de estar en el espacio de su propia vida interior.
En ese espacio interior vio una silla o algo parecido. Como la silla estaba vacía, le llamó la atención y fijó la mirada en ella. No bien lo hizo apareció él sentado en esa silla, o sea, que él mismo se estaba viendo sentado allí, a la vez que ambos se veían enfrentados, pero el que se hallaba sentado tenía el aspecto de un magistrado o la apariencia de un maestro o de un juez. Se notaba la actitud de impartir una enseñanza o le preocupaba el deseo de comunicar algo importante como si el tiempo de Jotanoa se estuviera agotando. El silencio era un silencio alejado de toda manifestación terrena. La atención de Jotanoa hizo que el otro Jotanoa levantara un brazo y señalara hacia un rincón de ese recinto, donde apareció una figura delgada, apenas visible. Parecía que debido a su propia debilidad se ondulaba como una niebla. La mirada de sus ojos estaba en una lejanía imposible de percibir, de cuya lejanía parecía alimentarse para sobrevivir. Al parecer, era en lo único que se apoyaba para seguir siendo una presencia casi esfumada.
—¡Ven, ven! —le dijo el Jotanoa de la silla—. ¡No temas!.. ven, acércate que aún te queda un resto de vida… Aunque hayas olvidado tu nombre, yo te lo recordaré… ¡Es que tan olvidada te han tenido que no quieres moverte por miedo a desaparecer!… Si deseo preguntar tu nombre es para que puedas ubicarte en la posibilidad de recordarlo… Además, quiero hablar contigo para que mientras escuchas lo que te diga, abandones la debilidad que te amenaza con la muerte… No temas y dime tu nombre. ¿Te acuerdas de él?
La figura enclenque le respondió con un movimiento de su rostro. Le dio a entender que no sabía qué era ni quién era.
—Tú eres el amor —le dijo.
—¡No, no, no! —exclamó la figura, asustada por el nombre que se le venía encima—. ¡No, no soy eso que dices!… ¡Te has equivocado!…
—No niegues tu propia esencia, puesto que eres el amor, o si prefieres, eres la idea del amor aunque hayas vivido en el rincón de la indiferencia… ¡Deja que la experiencia te haga vivir lo que eres!…
—¡No… no… no! —gritó de nuevo, mientras una lágrima tras otra caían salpicando el piso.
—¡Estoy viendo lo que eres! —le dijo el Jotanoa de la silla—. Detrás de esa niebla, que puedes llamar la niebla del olvido, estoy viendo lo que eres… ¡Ven, acércate y te diré lo que puedes hacer para disipar el olvido que te envuelve!… Si ahora eres algo indefinido que en cualquier momento puede desvanecerse, aprovecha esta oportunidad para recuperar el propósito de tu esencia, diciéndome dónde has vivido y cómo es que has llegado a tal grado de raquitismo. Hablar te servirá de tónico.
Después de vacilar unos segundos, la figura enclenque le confesó:
—Allí, en aquel rincón. Allí he vivido siempre. Nunca pude abandonar ese lugar para saber quién era. Además, no supe encontrar el camino, y como nadie me tuvo en cuenta, creía que era una cosa inútil. Desde ese rincón donde me consumía sin hacer nada, veía pasar siluetas, sombras y figuras que luego aprendí a distinguir y a conocer. Todas ellas me consideraban un deshecho caduco y envejecido por el deslumbramiento que ellas manifestaban. Se acercaban a mi rincón para averiguar si yo había muerto, pero al comprobar lo contrario se preguntaban de dónde sacaba tanta energía para sobrevivir. Ni yo misma sabía.