El avatar

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Libro de Anderson Poul, "El avatar".

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Yo era un abedul, blanca esbeltez en medio de una pradera, pero no sabía designar lo que era. Mis hojas bebían de la luz del sol que fluía por ellas y hacía brillar su verde, mis hojas bailaban en el viento que convertía mis ramas en un arpa, pero yo no veía ni oía. La decadencia de los días me volvía dorado y quebradizo, el hielo me desnudaba, la nieve se arremolinaba a mi alrededor durante mi larga somnolencia, y luego Orión cazaba a su presa más allá de este cielo y el sol corría hacia el Norte para despertarme con su resplandor; pero yo no sentía nada de esto.
Y sin embargo, yo lo notaba todo, porque vivía. Cada una de mis células sentía de manera secreta cuando el cielo brillaba ruidosamente por vez primera y después se aquietaba, el aire pasaba en ráfagas, saltaba o descansaba soñando, la lluvia traía frío y risas, el agua y los gusanos hacían su trabajo para mis raíces extendidas, los pajarillos piaban donde yo los albergaba, susurrando, la hierba y los dientes de león me envolvían en riquezas, la tierra se estremecía, mientras la Tierra giraba entre las estrellas. Cada año, al partir, dejaba en mí un anillo, como recuerdo. Aunque no tenía conciencia, yo estaba aún en Creación y pertenecía a ella; aunque no comprendía, sabía. Yo era Árbol.

2

Cuando la Emissary atravesó el pórtico y Febo volvió a brillar en el firmamento, la mitad de la docena de tripulantes que habían sobrevivido se encontraban reunidos en la sala común, junto con el pasajero de Beta. Después de su larga ausencia, querían contemplar el regreso en las pantallas visoras más grandes que tenían y compartir una ceremonia, levantando copas del último vino de a bordo para brindar por un feliz regreso al hogar. Los que estaban trabajando hicieron llegar sus voces por el intercom. Salud. Proost. Skol. Banzai. Saude. Zdoroviye. Prosit. Mazel tov. Santé. Viva. Aloha. Cada palabra hablaba de un lugar muy especial.
Desde su puesto en el ordenador de enlace, Joelle Ky susurró, en nombre de los que habían quedado atrás para siempre, Zivio, por Alexander Vlantis, Kan bei, por Yuan Chichao; Cheers, por Christine Burns. No añadió nada propio, pensó que era una sentimental incurable y confió en que nadie la hubiese oído. Su mirada fue hacia una pequeña pantalla que podía proporcionarle datos visuales, en el caso de que fueran necesarios. Metida entre los contadores, los controles, los indicadores de carga y descarga que se amontonaban en la cabina, parecía una ventana abierta al mundo.
«Mundo», pensó, significaba «universo». La ampliación estaba en el punto uno, revelando simplemente lo que hubiese visto el ojo. Pero había tantas estrellas y tan brillantes, diamantes, zafiros, topacios, rubíes de brillo rojo, que la obscuridad que había alrededor y detrás de ellas era como un cáliz. Aun en el Sistema Solar, Joelle no hubiese podido distinguir constelaciones en semejante tropel. Pero la forma de la Vía Láctea cambiaba poco con respecto a las noches en América del Norte. Con ese brillo helado como guía encontró un resplandor fantasmal que era M31; tenía el mismo aspecto desde Beta, también, porque es hermana de toda nuestra galaxia.
Con todo, sintió la necesidad súbita de una visión más familiar. Su necesidad de la tranquilidad que le daría la sorprendió… ella, la holoteta, para quien todo lo visible era sólo un velo que cubría la realidad. Los últimos ocho años terrestres debían de haberla desgastado más de lo que suponía. Poco dispuesta a aguardar las horas, quizá los días, hasta ver nuevamente Sol, hizo correr los dedos por el teclado que tenía enfrente, dirigiendo la antena para que enfocara a Febo. Por lo menos le había echado una ojeada al salir y había visto incontables fotos suyas a lo largo de su vida.
El casco estaba ya en su cabeza, la conexión con el ordenador, el banco de memoria y el instrumental de la nave. En cuanto deseó esa zona celestial en particular, estuvo calculada. Para ella, esa operación era cotidiana; era como saber mover una mano para coger una herramienta, o como saber de dónde proviene un sonido. No tenía nada de mágico.
La escena enfocó un sector diferente. Apareció un disco ligeramente más grande que Sol observado desde Tierra o Luna, algo más amarillento, tipo G5. Luminosidad fotosférica diez por ciento mayor que la recibida por Tierra, que había sido detenida automáticamente para que no la cegara. Los resplandores menores no habían sido velados, de modo que distinguió manchas en la superficie, el nácar de la corona, esbeltas alas de luz zodiacal. Sí –pensó–; Febo tiene la misma clase de belleza de mi sol. Centro no la tiene, y sólo ahora siento cuan solitaria era esa carencia.
Sus dedos se adelantaron, pidiendo una imagen de De-méter. Ese problema lo hubiese podido resolver su cerebro, sin ayuda. Al haber efectuado el tránsito recientemente, la Emissary flotaba cerca del pórtico y tenía una posición Lagrange 4 con respecto al planeta, en la misma órbita, pero 60 grados más adelantado. La antena sólo debía recorrer la eclíptica para encontrar lo que ella deseaba.
A una distancia de 0,81 unidades astronómicas, sin ampliar, Deméter se parecía a las estrellas que había a su alrededor, más intensa que la mayoría y más azul que cualquiera. ¿Todavía estás allá, Dan Brodersen? –se preguntó Joelle, y después–: Oh, sí debes de estar. Yo he estado fuera ocho años, pero sólo han pasado unos pocos de tus meses.
¿Cuántos, exactamente? No lo sé. Fidelio no está seguro.
El anuncio general del capitán Langendijk interrumpió su ensoñación.
–Atención, por favor. Hemos registrado la presencia de dos naves en nuestros radares. Una es, obviamente, la embarcación de vigilancia oficial, que solicita circuito de comunicación. Dejaré el intercomunicador abierto, pero os ruego que no interrumpáis la conversación y no hagáis ruidos innecesarios. Será mejor que no sepan que estáis escuchando.
Por un momento, Joelle se sintió desconcertada. ¿Por qué tomaría precauciones, como si el retorno de la Emissary no fuera una razón para el regocijo universal? ¿Por qué aparecía esa nota de tensión en su voz? La respuesta le llegó desde dentro. Había sido indiferente a los problemas de las facciones, apenas existían para ella, pero cuando la reclutaron para esta tripulación, no pudo dejar de escuchar historias de disputas e intrigas. Brodersen le había explicado los hechos con bastante severidad, hechos que con frecuencia habían sido tema de conversación en Beta. Una considerable coalición dentro de la humanidad nunca había deseado esta expedición y no se alegraría de su éxito.
Dos naves, ambas presumiblemente en órbita alrededor de la máquina T. La segunda debe de ser la de Dan.
–Habla Thomas Archer, comandante de la nave de vigilancia Faraday, de la Unión Mundial –dijo una voz de hombre. Su castellano tenia el mismo acento que el de Joelle–. Identifíquese.
–Willem Langendijk, comandante de la nave de exploración Emissary –respondió su capitán–. Acabamos de pasar, camino al Sistema Solar. ¿Podemos comenzar la maniobra?
–¿Qué? Pero… –Evidentemente, Archer estaba atónito–. Bueno, en realidad parece que… ¡Pero todo el mundo suponía que el viaje duraría años!
–Así fue.
–No. Fui testigo de su tránsito. Eso fue hace… esto… cinco meses, no más.
–Aja. Por favor, comuníqueme la fecha y la hora de hoy.
–Pero… ustedes…
–Por favor. –Joelle podía imaginar muy bien la dureza de la expresión de la cara de Langendijk, a tono con su sequedad.
Archer leyó las cifras en un cronómetro. Ella solicitó al banco de memoria la hora exacta que era cuando, junto con sus compañeros, habían terminado de recorrer el sendero hasta aquí y se habían lanzado en espiral por el espacio-tiempo hacia su desconocido destino. La resta dio un intervalo de veinte semanas y tres días. Con la misma facilidad habría podido decir cuántos segundos o microsegundos habían transcurrido en la vida de Archer, pero sólo había suministrado información en minutos.
–Gracias –dijo Langendijk–. Para nosotros han pasado ocho años terrestres. Diríase que la máquina T es una especie de máquina del tiempo, además de un transportador espacial. Los betanos –los seres a quienes seguimos– calcularon nuestro derrotero para que llegáramos cerca de la fecha de nuestra partida.
El silencio vibraba. Joelle notó que tenía más conciencia de la habitual del ambiente que la rodeaba. En caída libre, un flojo arnés de seguridad sujetaba su cuerpo ingrávido. La sensación era agradable, y le recordaba los tiempos en que soñaba que volaba, cuando era joven. (Después sus sueños habían cambiado, con su mente y su alma, cuando se había transformado en holoteta.) El aire que salía de un ventilador murmuraba y acariciaba sus mejillas. Tenía un ligero olor a madera verde, a causa de las sustancias químicas recicladas, y, en la presente etapa de variación necesaria para la salud, era fresco y un poco picante, por los iones. Su corazón resonaba con fuerza en sus oídos. Y, sí, los calambres en su muñeca izquierda se habían transformado en un dolor constante; tenía que reforzar su tratamiento para la artritis, el tiempo pasaba, el tiempo pasaba. Probablemente ni los mismos Otros podían cambiar eso…
–Bueno –dijo Archer en inglés–. Que me aspen. Esto…, bienvenidos. ¿Cómo están?
Langendijk cambió al mismo idioma, en el que se sentía un poco más cómodo y que, de hecho, se usaba a bordo de la Emissary con tanta frecuencia como el castellano.
–Perdimos tres tripulantes. Pero por lo demás, capitán, puede creerme, traemos noticias estupendas. Además de estar deseando llegar a casa, usted lo comprenderá, estamos deseando contar nuestra historia a toda la Unión.
–¿Encontraron…? –Archer calló, como si temiera decir el resto. Era muy posible que sintiera temor. Joelle oyó como respiraba hondo antes de lanzarse–: ¿Encontraron a los Otros?
–No. Lo que encontramos fue una civilización avanzada, no humana, pero amistosa, que está en contacto con muchos mundos habitados. Están deseando establecer relaciones estrechas también con nosotros; nos ofrecieron tratos que a mi tripulación y a mí nos parecen fabulosamente buenos. No; no saben más que nosotros acerca de los Otros, pero conocen más pórticos que han aprendido a usar. Pero nosotros, las próximas generaciones humanas, tendremos bastante tratando de asimilar lo que los betanos pueden aportarnos.
»Y ahora, capitán, si me disculpa… comprendo que le gustaría oírlo todo, pero eso nos llevaría días y, de todos modos, tenemos órdenes de no demorarnos. El Consejo de la Unión Mundial ordenó esta misión y debemos informarle en primer término. Es razonable, ¿no? Por lo tanto, solicitamos autorización para proseguir hacia el Sistema Solar.
Nuevamente, Archer guardó silencio unos instantes. ¿Sentiría algo más que sorpresa? En un impulso, Joelle conectó los circuitos exoinstrumentales de la nave. La inmediata aparición de los datos la sedujo. No era una percepción completa, pero dentro de lo posible, ¡qué fácil, qué bendición comprender el cosmos en su totalidad, asimilarse a él! Resistiéndose, se concentró únicamente en el radar y la información de navegación. En menos de un instante calculó cómo hacer aparecer la Faraday en su pantalla.
No había ninguna razón especial para eso. Sabía qué aspecto tenia la nave de vigilancia: un cilindro gris, puntiagudo, capaz de aterrizar en un planeta, con el lanzamisiles y el proyector de rayos ocultos en su esbeltez… totalmente diferente de la enorme y frágil esfera erizada de aparatos que era la Emissary. Cuando la imagen cambió, no la amplió para hacer visible la nave situada a mil kilómetros. En cambio, la imagen de dos globos de brillo mate, rojo y verde, que aparecían en la pantalla contra las estrellas, se apoderó de ella. Eran balizas, cercanas a la máquina T. Los Otros las habían puesto allí. Sus sentidos ampliados le dijeron que otra similar se distinguía en la pantalla receptora: era de color ultravioleta.
Vagamente, escuchó a Archer:
–¿…Cuarentena?
Y a Langendijk:
–Bueno, si insisten, pero pasamos ocho años andando por Beta y tenemos con nosotros a un betano, y nadie ha enfermado. Pinski y de Carvalho, nuestros biólogos, estudiaron el tema y me dijeron que el contagio interracial es imposible. Bioquímicas demasiado diferentes.
Absorta por las balizas, dejó de escuchar por completo. Oh, seguramente, un día ella, la holoteta, podría comunicarse de mente a mente con sus autores, si alguna vez los hallaba.
Aunque, ¿qué harían con ella, quizá en más de un sentido? Quizá, aún la apariencia física no fuera totalmente irrelevante para ellos. Era una cosa rara para hacer en estas circunstancias, pero por primera vez en más de una década, Joelle Ky consideró brevemente su cuerpo como carne, no como maquinaria.
A sus cincuenta y ocho años terrestres de edad, sus ciento setenta y cinco centímetros se conservaban esbeltos, por no decir flacos, su piel clara y pálida, apenas arrugada. En eso y en los pómulos salientes, sus genes habían conservado algo de la historia que también recordaba su apellido: había nacido en América del Norte, en lo que quedaba de los Estados Unidos antes de que se federaran con Canadá. Sus rasgos eran delicados, sus ojos grandes y obscuros. Su cabellera, antes negra, cortada por debajo de las orejas, tenía la tonalidad del hierro. Vestía el uniforme de fajina de la nave, un mono con abundantes bolsillos y presillas; pocas veces llevaba algo más elegante cuando estaba en casa.
Sonrió fugazmente. Me estoy poniendo tonta. ¡Si algo es seguro, es que ninguno de los Otros vendrá a hacerme la corte! ¿Será el recuerdo de Dan, allá en Deméter? Más tonterías. Pero si en Beta me volví ocho años mayor que él…
Por alguna razón eso le recordó a Eric Stranathan, el primer y último hombre de quien se había enamorado plenamente. Atravesando un cuarto de siglo –más los ocho años de esta misión– volvió, sentado frente a ella en una canoa en el lago Louise, entre montañas, aire perfumado por los pinos, bajo un cielo nocturno casi tan vasto como el que rodeaba a la Emissary, y mirando hacia arriba, ella susurró:
–¿Cómo verán estos los Otros? ¿Qué significará para ellos?
–¿Qué son? –respondió él–. Animales que han evolucionado más que nosotros; máquinas que piensan; ángeles que moran junto al trono de Dios; seres o un ser de una clase que nunca hemos imaginado, que nunca podremos imaginar ¿o qué? Los humanos nos lo estamos preguntando desde hace más de cien años.
–Llegaremos a saberlo –aseguró ella con orgullo.
–¿Gracias a la holotética? –preguntó él.
–Quizá. Si no, por medio de… ¿quién sabe? Pero creo que lo lograremos. Tengo que creerlo.
–Quizá no deberíamos intentarlo. Me parece que no volveremos a ser los mismos. El precio puede resultar demasiado elevado.
Ella se estremeció.
–¿Quieres decir que renegaríamos de todo lo que tenemos aquí?
–Y de todo lo que somos. Sí; es posible. –Su querida silueta alargada se movió, meciendo la barca–. Y no me gustaría. Me siento tan feliz donde estoy, en este momento…
Esa fue la noche en que se hicieron amantes.
Joelle se sobresaltó. Basta. Sé sensata. Ya sé que los Otros me obsesionan. Al ver nuevamente su obra, al servicio de los humanos, se debe de haber destapado algún manantial en mi interior. Pero Willem tiene razón. Los betanos serán suficientes para muchas generaciones de mi raza. ¿Lo sabrán los Otros? ¿Lo habrán previsto?
Se escandalizó un poco cuando notó que hacía varios minutos que no atendía al intercomunicador. En general, no era dada a la introspección ni a las ensoñaciones. Quizá había sucedido porque estaba conectada al ordenador. En esas ocasiones un operador se transformaba, en orden de magnitud, en el matemático y lógico más grande que hubiese vivido nunca en la Tierra, antes de que se desarrollara esa conjunción. Pero el operador seguía siendo un simple mortal, lleno de necedad humana. Supongo que mi hábito de concentración total mientras estoy en este estado se apoderó de mí. Como no estoy habituada a tratar con emociones, me descontrolé.
Marginalmerite, sabía que estaba discutiendo. Prestó atención y oyó que Archer declaraba:
–Muy bien, capitán Langendijk, nadie previo que ustedes volverían tan pronto…, si volvían, para decirle la verdad… y, por lo tanto, no tengo órdenes concretas para este caso. Pero mis superiores me dieron instrucciones y orientaciones generales.
–¿Ah, sí? –replicó el capitán de la Emissary–. ¿Y cuáles son?
–Bueno…, ejem… Algunas personas muy influyentes están preocupadas por algo más que la posibilidad de que traigan un microbio raro a la Tierra. La cuestión es que no saben qué es lo que pueden traer. Mire, no estoy insinuando que un monstruo se haya apoderado de su nave y finja ser usted…, nada paranoico como eso.
–¡Mejor así! En realidad, señor, los betanos…, es el nombre que les damos nosotros, por supuesto…, los betanos no sólo son amistosos sino que están deseosos de conocernos bien. Por eso comerciarán con nosotros en condiciones que de otro modo serían increíblemente favorables. Consideran que saldrán ganando.
La cautela respondió:
–¿Qué?
–Sería largo de explicar. Hay algo vital que esperan aprender de nosotros.
La frase se enroscó en Joelle. Algo que yo misma nunca aprendí realmente y que posiblemente nunca aprenda.
La voz de Archer le arrebató el pensamiento de un golpe.
–Bueno; quizá. Aunque creo que eso confirma mi punto de vista; nadie puede decir cuál será el efecto sobre… nosotros. Y la Unión Mundial, como usted sabe, no es muy estable. Usted piensa informar directamente al Consejo…
–Sí –dijo Langendijk–. Seguiremos hasta las cercanías de la Tierra, llamaremos a Lima y pediremos instrucciones. ¿Qué tiene de malo eso?
–¡Demasiado público! –exclamó Archer. Y después de unos segundos–: Mire, no estoy autorizado a decir gran cosa. Pero los funcionarios que mencioné quieren, ejem, recibir su informe de forma privada, examinar sus datos, esa clase de cosa, antes de publicar un comunicado de prensa. ¿Entiende?
–Hum, tenía mis sospechas –retumbó Langendijk–. Siga.
–Bueno, considerando las circunstancias, etcétera, voy a interpretar mis órdenes así: lo acompañaremos por el pórtico, hasta el Sistema Solar. Por supuesto, trabaremos nuestros autopilotos por radio, para estar seguros de que saldremos simultáneamente. Usted no se comunicará con nadie más que con nosotros, por un canal sellado. Nosotros nos ocuparemos de todo lo demás… hasta que le digamos otra cosa. ¿Está claro?
–Demasiado claro.
–Por favor, capitán, no quiero ofenderlo, nada de eso. Debe entender que es un asunto importantísimo. Las personas que son, ejem…, responsables de millones de vidas humanas, tienen que ser cautelosas. Incluyéndome a mí, para empezar.
–Sí; admito que está cumpliendo con su deber, tal como lo entiende, capitán Archer. Además, tiene los medios.
La Emissary llevaba un par de cañones, pero casi como una idea de último momento; sus oficiales de control de fuego eran también los pilotos de lanzamiento. Aunque podía alcanzar grandes velocidades, si se le daba tiempo, su tope de aceleración, considerando la carga útil y la masa, era de menos de dos gravedades, y sus giroscopios o reactores laterales sólo la hacían girar con lentitud. Nadie había imaginado que fuera una nave de guerra, sino un bajel solitario, encaminándose hacia lo que podía ser una galaxia entera. La Faraday estaba diseñada para el combate. (No se había dado el caso, pero ¿quién sabía qué podía surgir un día de un pórtico?) Además, su gran maniobrabilidad la hacía adecuada para el trabajo de rescate y para transportar grupos de exploración.
–Estoy tratando de hacer lo más conveniente para nuestro gobierno, señor.
–Me gustaría que me dijera quién está en el gobierno.
–Lo siento, pero sólo soy un oficial astronáutico. No sería correcto que hablara de política. Esto… ha comprendido, ¿verdad?, que no tiene ninguna razón para preocuparse. Esto no es más que una precaución extra.
–Sí, sí –suspiró Langendijk–. Vamos allá.
Y la conversación se centró en los detalles técnicos.
La charla terminó. Langendijk se dirigió a su tripulación.
–Lo habéis oído, por supuesto. ¿Preguntas? ¿Comentarios?
La respuesta fue una explosión de indignación y consternación; la más furiosa era Prieda von Moltke:
–Hollenfeuer und Teufelscheiss!'  (Al carajo. N. del T.)

El primer ingeniero Dairoku Mitsukuri fue más moderado:
–Esto es quizá un poco prepotente, pero no creo que nos hagan perder mucho tiempo. El hecho de nuestra llegada generará una enorme presión popular para que nos liberen.
Carlos Francisco Rueda Suárez, el primer oficial, añadió con su tono más altanero:                                              
–Además, mi familia tendrá mucho que decir sobre este asunto.
Un temor que deseaba fuera ridículo se alzó en Joelle, heló su cuerpo y endureció su voz de contralto:
–Estás presuponiendo que se enterarán –dijo.
–Por Dios, no puedes decir eso –protestó el segundo ingeniero Torsten Sverdrup–. Los Rueda mantenidos en la ignorancia… eso es imposible.
–Temo que no –respondió Joelle–. ¿Os dais cuenta de que estamos a merced de esa nave de vigilancia? Y su capitán no se comporta como si solamente quisiera actuar correctamente. ¿Lo hace? No pretendo ser muy sensible cuando se trata de gente, pero he tenido algunos contactos con camarillas y cabalas de alto nivel político. Y además, la última vez que hablamos en la Tierra, Dan Brodersen me advirtió que, a la vuelta, podríamos encontrar no sólo la hostilidad de algunas facciones sino auténticos problemas.
–¿Brodersen? –preguntó Sam Kalahele, el artillero compañero de Von Moltke.
–El propietario de las Empresas Chehalis, en Deméter –explicó Marie Feuillet, química–. Se puede suponer que exageraba. Es un típico capitalista y, por lo tanto, desconfía del gobierno y quizá de la misma Unión.
–Pronto tendremos que iniciar la aceleración –declaró Langendijk–. Todos a sus puestos de vuelo.
–¡Por favor! –gritó Joelle–. Escúchame un momento, capitán. Admito que soy horriblemente ingenua ante muchas cosas, pero Dan… el capitán Brodersen me dijo que dejaría un robot cerca del pórtico, programado para aguardarnos, por si surgían problemas. Previó la posibilidad de que volviéramos en una fecha cercana a la de nuestra partida. Bueno, ¿qué otra cosa puede ser esa segunda nave en órbita allá lejos…? El radar la registró… ¿Qué otra cosa puede ser más que su robot?
La voz de Rueda resonó:
–Virgen Santa, Joelle, ¿por qué no lo dijiste nunca en todos estos años?
–Oh, él creía que no debíamos preocuparnos por algo que quizá no sucediera nunca. Me lo dijo, bueno… porque somos amigos, sabiendo que almacenaría la información en el fondo del cerebro. La puse en mi cinta resumen, para que vosotros pudierais oírla si yo moría.
–Pero, en ese caso, no hay problema –dijo Rueda, contento–. No pueden mantenernos incomunicados, si eso es lo que teméis. En cuanto el robot le informe, él lo comunicará al mundo. Tendría que haberlo imaginado. Quizá sepáis que es pariente mío, por su primer matrimonio.
Joelle meneó la cabeza. Los cables que entraban en el casco eran flexibles y permitían el gesto, aunque la masa añadida causaba un notable esfuerzo y, en la ausencia de peso, hacía que su torso tuviera que compensar ligeramente el movimiento.
–No –respondió–. Fíjate qué lejos está. Ninguno de los sistemas ópticos que ha construido el hombre puede distinguir a la Emissary de las… ¿son siete, no? naves similares a esta distancia. Después de todo, no es más que un transporte del tipo Reina modificado.
–Y entonces, ¿qué utilidad tiene aparcar un observador aquí? –dijo en tono cortante el contramaestre Bruno Benedetti.
–Lo que ha sucedido es obvio –replicó la planetóloga Olga Razumovski–. Pero dínoslo, Joelle.
La holoteta inspiró.
–Lo que Brodersen planeaba es esto –dijo–. Enviaría el robot con el pretexto de estudiar la máquina T durante un período de varios años, con la esperanza de obtener algunas claves acerca de su funcionamiento. En realidad, las naves de vigilancia no realizan un programa muy satisfactorio, de modo que difícilmente podrían prohibir su proyecto. Además no lo habrá hecho en su nombre. Habrá conseguido que la Fundación de Investigación de Deméter lo auspicie. Ha sido un generoso colaborador. Y de todos modos, la nave realizaría observaciones auténticas.
»Y entonces, ¿por qué un conjunto de instrumentos tan valiosos es obligado a mantenerse a más de un millón de kilómetros de lo que está investigando? Yo diría que las autoridades utilizaron el pretexto de la seguridad, de una posible colisión si una nave salía con vectores equivocados. La probabilidad de que eso suceda es de una entre diez a la décima potencia. Pero podrían haber impuesto la regla, si les interesaba.
»De modo que el hecho de que estén así las cosas muestra sus verdaderas motivaciones. No quieren perder el control de las noticias del pórtico… otra nave betana, quizá, o nuestro retorno, o cualquier cosa maravillosa. Quieren ejercer la censura.
»¿Nos censurarán a nosotros? Hay poderosos elementos antiestelares en la Tierra, en más de un gobierno nacional. Podrían haber ganado influencia dentro de la jerarquía de la Unión. Podrían tener planes que no han comunicado a sus colegas.
Maldiciones, gruñidos, un par de objeciones rascaron el intercomunicador. Solitario entre ellos se oyó el aflautado sonido de asombro de Fidelio: «¿Cuál es el problema? –cantaba el betano–. ¿Por qué no estáis alegres?»
Langendijk silenció los ruidos.
–Como capitán de la nave de vigilancia, Archer tiene autoridad sobre mí –dijo–. Preparaos a obedecer sus instrucciones.
–Willem, escúchame –rogó Joelle–. Puedo enviar un haz al robot sin que se enteren en la Faraday, y decir la verdad a Brodersen…
Langendijk la interrumpió:
–Obedeceremos las órdenes. Esta es una orden directa que haré constar en el diario de a bordo. –Su tono se suavizó–. No discutamos, después de haber hecho juntos un viaje tan largo y duro. Calmaos. Pensad en que hay muchísimas posibilidades de que muchos de vosotros estéis sobreexcitados, transformando en montaña un grano de arena. Archer se comunica secretamente, con la secreta complicidad del comandante en jefe del Sistema Solar…, se comunica en secreto con sus amos secretos que le ordenan llevarnos a un lugar secreto. ¿No es un poco melodramático?
Con la mayor seriedad agregó:
–Además, pensad… la ley del espacio está por encima de la política. Tiene que estarlo. Si no, el hombre no va a las estrellas y muere. Cada uno de nosotros ha jurado solemnemente defenderla.
Después de una pausa en la que sólo se oyó el aire del ventilador:
–Todos a sus puestos. Aceleramos dentro de diez minutos.
Joelle sintió que se derrumbaba. La desesperanza la abrumó. En efecto, podría haber enviado el imperceptible mensaje de que había hablado si sus conexiones con el ordenador se hubiesen extendido al sistema de comunicaciones externas, pero los conmutadores para eso no estaban en su cámara.
y Willem tiene razón en cuanto a la ley. Y probablemente también tenga razón cuando dice que la idea de un complot contra nosotros es una fantasía enfermiza. ¿Quién soy yo para juzgarlo? He estado demasiado alejada de la humanidad común durante demasiado tiempo para saber como funciona. La realidad esencial es más fácil de entender, si, es más fácil formar parte de ella, que de nosotros, chispas que cruzan el noúmeno.
–¿Lista, Joelle? –preguntó suavemente y algo contrito Langendijk.
–¡Oh! –Joelle se sobresaltó–. Sí. Cuando quieras.
–He transmitido a la Faraday nuestra intención de acelerar a una g a las 15 y 35 y están de acuerdo. Ellos marcarán el paso; están maniobrando para eso. Conectaremos los autopilotos a cien kilómetros de la baliza Charlie. ¿Tienes ya la información que necesitas? Ach… tienes que tenerla. Sólo un idiota olvidadizo lo preguntaría.
Deseosa ella misma de reconciliación, Joelle esbozó una sonrisa que él no podía ver y respondió:
–Es lógico que lo olvides, Willem. Estoy haciendo el trabajo de Christine. –Christine Burns, la computadora humana titular que había muerto en brazos de Joelle pocos meses antes de que la Emissary emprendiera el viaje de vuelta a casa.
–La navegación queda a tu cargo, entonces –dijo Langendijk en tono formal–. Lista para iniciar la maniobra.
–Sí.
Joelle se puso en acción. La información la inundó, vectores de situación, vectores de velocidad, inercia, empujes, fuerzas del campo gravitatorio, las derivadas temporales y espaciales de éstas, cambiando continuamente, suaves y poderosas. La información salía de instrumentos, transformada en números digitales, y, mientras tanto, el banco de memoria le proporcionaba, no sólo los hechos específicos del pasado y las constantes naturales que requería, sino la entera y magnífica estructura analítica de la mecánica celeste y los esfuerzos de tensión. Tenía instantáneamente a su disposición los conocimientos físicos de siglos y del punto único del espacio-tiempo en que se encontraba.
La información pasaba, desde su fuente, a una unidad que la traducía, en nanosegundos, convirtiéndola en las señales adecuadas. Después, entraban en su cerebro. La conexión no se hacía por medio de cables conectados con su cráneo; nada tan crudo. La inducción electromagnética era suficiente. A su vez, ella consultaba al poderoso ordenador al que también estaba conectada, a medida que surgían los problemas, momento a momento.
La relación era total. Había sumado a su sistema nervioso la inmensa potencia de entrada, la capacidad de almacenamiento y la velocidad de localización de la maquinaria electrónica, junto con la inmensa capacidad lógico-matemática para el volumen y la velocidad de operación que pertenecía a su otra mitad. Por su parte, ella aportaba la capacidad humana para percibir lo inesperado, para pensar de forma creadora, para cambiar de opinión. Era el único componente no metálico de todo el sistema, un programa que podía reescribirse continuamente; director de una enorme orquesta muda que podía tener que tocar jazz sin advertencia previa o componer una sinfonía enteramente nueva.
Los números y manipulaciones no fluían ante ella como objetos individuales. (Tampoco planeaba las incontables decisiones cinestésicas que tomaba su cuerpo cuando andaba.) Los percibía como una sensación de continua corrección, como una función. Su conciencia superaba, iba más allá del mecánico baraje de símbolos; daba forma al diseño continuo como un escultor moldea la arcilla con manos que saben, por sí mismas, lo que deben hacer.
Artista, científica, atleta en el breve pináculo del logro…, eso le parecía la conexión a Christine Burns.
A Joelle, no. Christine había sido una conexión corriente. Joelle era una holoteta que había trascendido esa experiencia. Quizá la diferencia fuera similar a la que hay entre un católico devoto, mientras reza, y San Juan de la Cruz.
Además, este trabajo era rutinario. Joelle sólo tenía que dirigir, con sus pensamientos, la maquinaria que impulsaba la nave a lo largo de un conjunto de curvas tipo, a través de un conjunto de configuraciones conocidas. El ordenador habría podido hacerlo sin ayuda, si hubiera valido la pena tomarse el trabajo de reajustar varios circuitos. El robot de Brodersen realizaba el mismo tipo de tarea.
Christine, la conexión, había sido contratada porque la Emissary se dirigía a lo totalmente desconocido, donde la supervivencia podía depender de una decisión relámpago, nunca prevista o programada. Ella misma, si hubiera vivido, hubiese considerado fáciles estas maniobras.
Joelle las encontraba sedantes. Se recostó en su silla, consciente de haber recuperado el peso, y disfrutó de su unidad con la nave. No podía oír ni sentir, pero percibía el susurro del impulso. Las células de migma generaban gigavatios de energía de fusión para dividir el agua, ionizar sus átomos, lanzar el plasma por los compresores a reacción a una velocidad cercana a la de la luz. Pero su eficiencia era soberbia, un triunfo tan grande como la catedral de Chartres; sólo se notaba un resplandor apagado, manando a popa durante unos kilómetros, y el movimiento hacia adelante del casco.
Movimiento… duraría varias horas, en direcciones siempre cambiantes, mientras la Emissary tejía su camino por el pórtico de estrellas, entre Febo y Sol. Sin embargo, ahora sólo había un impulso directo hacia la primera baliza. Joelle se movió y frunció el ceño. Con menos de la mitad de su atención comprometida, no podía ignorar por mucho tiempo su temor a ser aprisionada en la Tierra.
Pero entonces la pantalla captó la propia máquina T y fue arrebatada por un milagro que nunca perdía interés.
A aquella distancia, el cilindro era una rayita entre la multitud, las nubes de estrellas. Magnificó, y la forma se volvió más clara, aunque sus dimensiones seguían siendo una abstracción: unos mil kilómetros de longitud, algo más de dos kilómetros de diámetro. Giraba alrededor de su eje mayor a tanta velocidad que cualquier punto de su superficie viajaba a tres cuartos de la velocidad de la luz. No había nada en su superficie plateada y brillante que revelara eso al ojo desnudo, pero de algún modo, un resplandor apenas perceptible e interminable de colores cambiantes transmitían la sensación del torbellino de energía que había en su interior. Los humanos creían que el resplandor provenía de campos de energía que mantenían materia comprimida a densidades inimaginables. Había lunas que tenían menos masa que la máquina misteriosa que abría los pórticos de las estrellas.
Más atrás, brillaban dos de las balizas que la rodeaban, una púrpura y una dorada; por medio de los instrumentos, Joelle espió una tercera, cuyo color era radio.
Esta cosa que habían forjado los Otros y habían puesto en órbita alrededor de Febo, como habían puesto otra en Sol y una en Centro y una en… ¿quién se atrevía a suponer en cuántas estrellas, a lo largo de cuántos años y años-luz? ¿Qué cantidad de razas inteligentes las habían hallado en el espacio, habían obtenido la misma autorización impersonal para utilizarlas y habían deseado para siempre saber quiénes eran, en realidad, sus autores?
Y, entre ellas, ¿qué proporción se habrá mutilado como lo estamos haciendo nosotros? –se preguntó Joelle, en un arranque de amargura–. Oh, Dan, Dan, no sirvió para nada que trataras de dar la noticia que nos pondría en libertad…
Y entonces, como en un amanecer, vio lo que él había visto antes. Tenía que haberlo pensado; lo recordó diciendo: «Cada zorro tiene dos entradas en su madriguera.» Sintió renacer la esperanza. No se detuvo a observar cuan débil era, cuan fácilmente podía ser aventada. Por ahora, la chispa era suficiente.

 

14 comentarios en “El avatar”

  1. 987652369369236
    🙁 :angry: :0 :confused: :whistle: :huh: :unsure: 😛 🙂 :side: ➡ 💡 :X 😯 ❓ :cheer: :cheer: :cheer: :cheer: 👿 :woohoo: 😆 :kiss: 😀 :pinch: :s 😉

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