los_siete_cantares_de_merlin 1.16 Mb
A veces, durante las largas horas que preceden al alba, permanezco despierto en la cama escuchando el murmullo de las ramas de los chopos que se agitan con el viento. La gran lechuza crestada que ulula pausadamente. Y, en raras ocasiones, la voz de Merlín en susurros. Antes de que yo empezara siquiera a oír la voz de Merlín —y mucho menos oírla con la suficiente claridad como para narrar la historia de su juventud perdida—, necesitaba aprender un poco. Y desaprender mucho. Por encima de todo, debía escuchar con atención, utilizando algo más que las orejas. Porque este mago está lleno de sorpresas.
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Los años perdidos de Merlín, el primer volumen de esta serie, revelaba los extraños sucesos que marcaron el inicio de sus años perdidos en el tiempo. ¿Por qué habían desaparecido de la tradición popular, sólo para salir a la luz ahora, siglos más tarde? La respuesta quizá tenga algo que ver con los profundos cambios —y el terrible dolor— que el propio Merlín experimentó en ese período. No obstante, esos años resultaron ser excepcionalmente importantes para la persona que un día se convertiría en mentor del rey Arturo.
La historia de los años perdidos de Merlín empezó cuando todavía era un niño que, al borde de la muerte, fue arrastrado por las olas a las abruptas costas de Gales. El mar lo había despojado de todo lo que en otro tiempo conocía. Ignorando por completo que un día se convertiría en el mago más grande de todos los tiempos, yació atormentado por las sombras de cosas que no conseguía recordar.
Pues no tenía memoria. Ni hogar. Ni nombre.
Por las palabras del propio Merlín, podemos percibir el trauma permanente y las esperanzas ocultas de ese día:
Si cierro los ojos y respiro al ritmo acompasado del mar, aún puedo recordar aquel día, hace ya tanto tiempo. Crudo, frío y yermo era, tan vacío de promesas como vacíos de aire estaban mis pulmones.
Desde aquel día he visto muchos otros, más de los que me quedan fuerzas para contar. Y, a pesar de ello, ese día brilla más que ningún otro, radiante como el propio Galator, luminoso como el día en que descubrí mi propio nombre, o como el día en que acuné por primera vez a un niño que llevaba por nombre Arturo. Tal vez lo recuerdo con tanta claridad porque el dolor, como una cicatriz en mi alma, no desaparece. O porque significó el fin de tantas cosas o quizas, un principio, además de un final: el inicio de mis años perdidos.
Mas la historia del joven Merlín continúa. Es posible que haya resuelto el enigma del Baile de los Gigantes, pero le aguarda un misterioso entramado de acertijos. Que consiga desentrañarlos con éxito y a tiempo para cumplir su misión es algo que queda por ver. El reto es descomunal. Si bien es cierto que Merlín ya emplea toscamente sus poderes ocultos, ni por asomo los domina. Aunque conoce de oídas una parte de los conocimientos de los druidas, los griegos y los celtas, sólo ha empezado a comprenderlos. Y por mucho que haya descubierto su propio nombre, junto con un atisbo de su verdadero destino, aún tiene que indagar el secreto de su ser más íntimo.
En resumen, todavía no sabe lo que significa ser un mago.
Para hallar al mago que hay en él, el joven Merlín, aun habiendo perdido ya tanto, debe perder algo más. Por el camino tal vez recoja otras cosas. Quizás averigüe finalmente la verdad sobre su amiga Rhia. Tal vez intuya la diferencia entre visión y comprensión íntima. Puede que incluso descubra, muy a su pesar, que en su interior habitan a un tiempo la luz y la oscuridad, a la vez que descubre, para su alborozo, que también posee otras cualidades que a menudo se consideran opuestas: juventud y madurez, virilidad y feminidad, mortalidad e inmortalidad.
Los héroes legendarios ascienden en ocasiones por los tres niveles del propio ser, el mundo y el Otro Mundo. Primero deben descubrir los senderos ocultos del interior. A continuación, los héroes han de imponerse a los enemigos de la vida mortal en la Tierra. Por fin, deben afrontar los peligros y las posibilidades del espíritu. En cierto sentido, Merlín altera este esquema tradicional intentando el viaje al Otro Mundo en este libro, sólo el segundo volumen de la serie. Pero a este mago, como ya hemos visto, no se le da muy bien eso de seguir las reglas. La verdad es que, en este libro como en los demás, Merlín va explorando los tres niveles al mismo tiempo.
Sin embargo, es en el Otro Mundo, en el reino del espíritu, donde se encuentra la clave de su misión. Es un lugar misterioso, raramente visitado por los mortales, lleno de peligros y también de inspiración. Si Merlín consigue de alguna manera dominar los Siete Cantares de la Hechicería, derrotar a las mismas fuerzas que destruyeron a su abuelo y descubrir el secreto del Pozo del Otro Mundo, de hecho encontrará el camino hacia el reino espiritual. Si lo logra, podrá conocer al misterioso Dagda y también al traicionero Rhita Gawr… y lo que pueda quedar de su fiel amigo Problemas.
Y, de paso, quizá descubra algo más. Como escribió W. B. Yates: «Unir de nuevo la percepción del espíritu, de lo divino, con la belleza natural». Por eso el joven Merlín, que intuyó por primera vez sus poderes de renovación cabalgando sobre las ramas de un árbol durante una tormenta, se esfuerza por establecer dicha conexión mientras avanza por el tortuoso camino que conduce a la hechicería.
Esta parte del viaje de Merlín empieza donde concluyó la anterior, en la legendaria isla de Fincayra. Los celtas creían que era una tierra situada bajo las olas, un punto intermedio entre este mundo y el Otro Mundo. La mitología griega lo describe como un omphalos. Pero la mejor descripción de Fincayra se la debemos a Elen, la madre de Merlín, que la llamó simplemente un lugar intermedio. Como la bruma, que no es del todo agua ni del todo aire, Fincayra no es absolutamente mortal ni absolutamente inmortal. Es algo intermedio.
También Merlín es algo intermedio. En verdad no es un hombre y, sin embargo, verdaderamente no es un dios. En realidad no es viejo, pero tampoco joven. A Carl Jung le habría parecido un personaje fascinante, pues los míticos poderes de Merlín emanan a la vez del inconsciente y de la conciencia, al igual que su sabiduría procedía de la naturaleza y también de la cultura.
No es casualidad que los relatos más antiguos de Merlín le atribuyan una madre santa y un padre diabólico, metáforas de los aspectos oscuros y luminosos que todos combinamos. Y la mayor sabiduría de Merlín no consiste en rechazar o eliminar su lado oscuro, sino en abrazarlo, poseerlo como una parte de sí mismo. En definitiva, es esta comprensión de la debilidad humana, junto con las posibilidades del ser humano, lo que convierte a Merlín en el consejero adecuado para el rey Arturo.
Estoy profundamente agradecido a todas las personas mencionadas en la nota del autor del primer volumen, en especial a mi esposa y mi mejor amiga, Currie, y a mi inmensamente sabia editora, Patricia Lee Gauch. Además, quiero dar las gracias a Lloyd Alexander, cuyas obras siguen inspirándonos a todos; a Susan Cullinan, que entiende la sabiduría del humor, y a Sasha, nuestro afable perro de Labrador, que a menudo me calienta los pies mientras escribo.
Una vez más, Merlín susurra. Escuchemos, pero con mucha atención. Pues este mago, como sabemos, está lleno de sorpresas.
T. A. B.
Fui extraído de mi verdadero yo.
Era un espíritu y conocía…
los secretos de la naturaleza,
el vuelo de las aves,
los recorridos de las estrellas
y la forma de nadar de los peces.
Merlín, citado en el libro del siglo XII
de Geoffrey de Monmouth, Vita Merlini
Prólogo
Cómo han pasado los siglos, volando… Mucho más raudos que el valiente esmerejón que una vez me llevó volando en su espalda. Más raudos, de hecho, que el doloroso dardo que se clavó en mi corazón el día que perdí a mi madre.
Todavía me parece estar viendo el Gran Concilio de Fincayra, congregado en el círculo de piedras enhiestas, lo único que quedó del poderoso Castillo Velado después del Baile de los Gigantes. Desde hacía una eternidad no se convocaba al Gran Concilio en este lugar; hasta dentro de una eternidad no volvería a convocarse. Varias cuestiones arduas esperaban la resolución de los delegados, incluido cómo castigar al monarca derrocado y si elegir o no a un sucesor. Pero la cuestión más seria de todas era qué hacer con los Tesoros encantados de Fincayra, en especial con el Arpa en Flor.
No puedo olvidar cómo empezó la sesión. Ni tampoco consigo, por mucho que lo intento, olvidar cómo terminó.
Como un rosario de sombras más oscuras que la noche, el círculo de piedras se erguía sobre el risco.
Ningún movimiento, ningún sonido turbaba el aire de la noche. Un solitario murciélago se lanzó en picado hacia las ruinas, pero en el último momento varió el rumbo, quizá por miedo a que el Castillo Velado volviera a levantarse por arte de magia. Pero lo único que quedaba de sus torres y almenas era el círculo de piedras erguidas, silenciosas como tumbas olvidadas.
Lentamente, una extraña luz empezó a fluctuar sobre las piedras. No era la luz del sol, que todavía tardaría horas en salir, sino la de los luceros del firmamento. Poco a poco, el brillo de las estrellas fue aumentando sin remedio. Parecía como si estuvieran siendo atraídas hacia la tierra por alguna misteriosa fuerza y se aproximaran al círculo, imparables, observando con un millar de millares de ojos llameantes.
Una mariposa nocturna de anchas alas, amarilla como la mantequilla, se posó en una de las piedras. Pronto se le unieron un pájaro azul claro y una vieja lechuza crestada a la que le faltaban muchas plumas. Algo serpenteó por una columna derribada, buscando las sombras. Un par de faunos, con patas y pezuñas de cabra y el pecho y la cara de niño, salieron al claro correspondiente al interior del círculo haciendo cabriolas. A continuación, llegaron los árboles andantes, fresnos y robles, marjoletos y pinos, deslizándose por el risco como una marea verde.
Siete fincayranos, hombres y mujeres, penetraron en el círculo con ojos llenos de asombro, acompañados por un grupo de enanos de barba roja, un corcel negro, varios cuervos y un par de ninfas acuáticas que empezaron a chapotear y a salpicarse escandalosamente en un charco formado al pie de una de las piedras, un lagarto moteado, unos papagayos, unos pavos reales, una hembra de unicornio con el pelaje blanco y reluciente como su cuerno, una cierva con su cervato, un caracol enorme y un ave fénix que observaba constantemente a la multitud sin parpadear ni una sola vez.
Mientras iban llegando los delegados, uno de los fincayranos, un poeta de cabeza desgreñada, frente despejada y ojos oscuros y penetrantes, contemplaba la escena que se desarrollaba ante él. Al rato, saltó por encima de una columna caída y se instaló al lado de una robusta muchacha que se cubría con un vestido hecho de enredaderas entretejidas. Al otro lado de la joven se sentaba un muchacho que aparentaba más edad que sus trece años y empuñaba un cayado retorcido. Sus ojos, más negros que el carbón, parecían extrañamente distantes. Hacía poco tiempo había decidido llamarse Merlín.
El ambiente rebullía de graznidos y aleteos, zumbidos y siseos, gruñidos y bramidos. A medida que el sol ascendía por el cielo, pintando el círculo de piedras con tonos dorados, el alboroto iba en aumento. La cacofonía sólo remitió una vez, cuando en el círculo penetró una enorme araña blanca dos veces más grande que el corcel. Las demás criaturas callaron y se apartaron rápidamente, pues, por muy honradas que se sintieran al contar con la presencia de la legendaria Gran Elusa, también sospechaban que a la araña bien podía habérsele abierto el apetito en el viaje desde su caverna de cristal, en las Colinas Brumosas. No tuvo dificultades en encontrar un asiento.
En cuanto la Gran Elusa se encaramó a una pila de rocas desmenuzadas, se rascó la joroba con una de sus ocho patas. Con otra pata se descolgó de la espalda un gran saco marrón y lo depositó a su lado. Después, recorrió con la mirada todo el círculo, deteniéndose un instante en Merlín.
Vinieron muchos más. Un centauro con una barba que le llegaba casi a los cascos entró en el círculo con paso solemne. Un par de zorros con la cola en alto correteaban detrás de él, seguidos por una joven elfa de los bosques, de brazos y piernas casi tan finos como su cabello castaño. Una piedra viva cubierta de musgo rodó hasta el centro, rozando peligrosamente a un calmoso erizo. Un enjambre de enérgicas abejas se quedó suspendido muy cerca del suelo. Cerca del borde, una familia de ogros se mordían y arañaban mutuamente con saña para matar el tiempo.
Y seguían viniendo más, muchos a los que Merlín no pudo identificar. Unos parecían zarzas espinosas de ojos llameantes, otros recordaban palos retorcidos o montoncitos de barro, y otros habrían resultado invisibles de no ser por un tenue resplandor que proyectaban sobre las piedras. Vio criaturas de rostros estrafalarios, rostros peligrosos, rostros curiosos o sin rostro de ninguna clase. En menos de una hora, el silencioso círculo de piedras se había transformado en algo parecido a una fiesta de carnaval.
Cairpré, el greñudo poeta, procuraba responder como mejor sabía a las preguntas de Merlín sobre las extrañas y prodigiosas criaturas que los rodeaban. Aquélla, explicaba, era una gallina de las nieves, que resultaba tan esquiva como un rayo de luna. Y aquél, un glynmador, un ser que sólo come una vez cada seiscientos años, y aun así únicamente las hojas de la flor de tendradil. Algunas criaturas eran irreconocibles incluso para él, pero no para la joven cubierta de hojas, Rhia, que había vivido muchos años en el Bosque de la Druma. No obstante, eran unos cuantos los seres que ni Cairpré ni Rhia lograron identificar.
Eso no era de extrañar. Ningún ser vivo, con la posible excepción de la Gran Elusa, había visto a la totalidad de los variados habitantes de Fincayra. Poco después de que tuviera lugar el Baile de los Gigantes que derrocó al malvado rey Stangmar y destruyó su Castillo Velado, se habían escuchado voces en muchos lugares reclamando convocar un Gran Concilio. Por primera vez desde que se tenía memoria, se invitó a todos los seres mortales residentes en Fincayra, fueran aves, bestias, insectos o algo completamente distinto, a enviar representantes a una reunión.
Casi todas las razas habían respondido. Las pocas ausentes sólo incluían a los trasgos guerreros y a los espectros cambiantes, que habían sido empujados a las cuevas de las Colinas Oscuras tras la derrota de Stangmar; los arbólidos, que habían desaparecido de la faz de la tierra ya hacía mucho tiempo; y el pueblo mer, que habitaba en las aguas que rodeaban Fincayra, pero nadie logró encontrarlos a tiempo para hacerles llegar la invitación.
Después de estudiar a la multitud, Cairpré observó tristemente que las grandes águilas de las cañadas, una de las razas más antiguas de Fincayra, tampoco estaban presentes. En la antigüedad, el sobrecogedor grito de un águila de las cañadas siempre señalaba el inicio de un Gran Concilio. Mas no esta vez, pues las fuerzas de Stangmar habían cazado a aquellas orgullosas aves hasta provocar su extinción. Aquel grito, concluyó Cairpré, jamás volvería a resonar entre las colinas de esta tierra.
Merlín divisó a una pálida arpía de mirada despiadada y con la cabeza completamente calva y llena de protuberancias. Se estremeció al reconocerla. Aunque había adoptado muchos nombres a lo largo de las edades, era más conocida como Domnu, que significa Destino Oscuro. En cuanto detectó su presencia, ella se desvaneció entre la muchedumbre. Cairpré sabía que lo evitaba a él. También sabía por qué.
De pronto, un gran estrépito, más fuerte incluso que el bullicio de los congregados, sacudió el risco. Una de las piedras verticales se tambaleó precariamente. El ruido fue aumentando de volumen, hasta que la piedra se precipitó al suelo y estuvo a punto de aplastar a la cierva y a su cervato. Merlín y Rhia intercambiaron miradas, no de miedo, sino de comprensión. Porque ya habían oído antes las pisadas de los gigantes.
Dos figuras descomunales, cada una alta como el castillo que en un tiempo se irguió en este lugar, entraron a grandes trancos en el círculo. Venían de muy lejos, de las montañas, postergando la reconstrucción de su antigua capital, Varigal, sólo el tiempo necesario para asistir al Gran Concilio. Merlín estiró el cuello, esperando ver a su amigo Shim, pero el antaño pequeño gigante no se hallaba entre los recién llegados. El muchacho suspiró, diciéndose que Shim, probablemente, se habría dormido en la reunión.
El primer gigante, una hembra de cabello enmarañado, unos brillantes ojos verdes y los dientes cariados, gruñó y se agachó para recoger la piedra caída. Aunque, para moverla, se habría necesitado el esfuerzo máximo de veinte caballos, la giganta la devolvió a su posición anterior sin ninguna dificultad. Mientras tanto, su acompañante, un macho rubicundo con los brazos gruesos como troncos de roble, se puso en jarras y contempló la escena. Tras un largo momento, hizo un gesto de aprobación dirigido a la hembra.
Ella le respondió del mismo modo. A continuación, con otro gruñido, alzó ambas manos como si quisiera retener el curso de las nubes. Al verlo, Cairpré enarcó sus pobladas cejas, desconcertado.
En el cielo apareció un diminuto punto negro que describió una espiral descendente entre las nubes, como si lo hubiera atrapado un invisible remolino. Estaba cada vez más cerca, y todos los seres que componían el círculo mantenían la vista fija en él. La charla había dejado paso al mutismo entre los congregados. Incluso las irresponsables ninfas acuáticas guardaban silencio.
El punto fue aumentando de tamaño a medida que descendía. Pronto fueron visibles unas alas enormes, después una ancha cola, y luego un rayo de sol destelló en un pico ganchudo. Un repentino chillido taladró el aire, arrancando ecos que se perseguían de un risco a otro, hasta que la tierra misma parecía responder a la llamada. La llamada de un águila de las cañadas.
Las poderosas alas estaban extendidas en toda su envergadura como una vela. De improviso, las alas se doblaron hacia atrás, mientras unas enormes garras se extendieron hacia el suelo. Los conejos y los zorros chillaron al verlo, y muchas otras bestias se encogieron de miedo. Con un único y majestuoso aleteo, la gran águila de las cañadas se posó sobre el hombro de la giganta de cabello alborotado.
El Gran Concilio de Fincayra había empezado.
Como primer punto del orden del día, los delegados acordaron que nadie abandonaría la reunión hasta que se hubieran resuelto todas las cuestiones. Además, a petición de los ratones, cada delegado prometió no comerse a nadie en el transcurso de las deliberaciones. Únicamente los zorros plantearon objeciones a esta idea, alegando que sólo la cuestión de qué hacer con el Arpa en Flor ya podía tardar varios días en decidirse. Aun así, la norma fue aprobada. La propia Gran Elusa se ofreció amablemente a garantizar su cumplimiento. Aunque no dijo cómo planeaba hacerlo exactamente, nadie cayó en la tentación de preguntárselo.
En su siguiente acto oficial, la asamblea declaró que el círculo de piedras era un monumento sagrado. Aclarándose la garganta con la sutileza de una avalancha de rocas, la giganta de cabello enmarañado propuso que las ruinas del Castillo Velado recibieran un nuevo nombre: Baile de los Gigantes, o Estonahenjin en la antigua lengua de los gigantes. Los delegados refrendaron el nombre por unanimidad, aunque un pesado silencio sobrecogió al círculo. Porque aunque el Baile de los Gigantes significaba la esperanza de Fincayra en un futuro mejor, era el tipo de esperanza que sólo surge del pesar más hondo.
Con el tiempo, la discusión derivó hacia el destino de Stangmar. El malvado rey había sido derrocado, pero Merlín, su propio hijo, le había perdonado la vida. Aunque el propio Merlín, por ser sólo en parte fincayrano, no tenía voz para exponer sus opiniones ante la asamblea, el poeta Cairpré se ofreció a hablar en su nombre. Tras oír el alegato del joven de que no debían quitarle la vida a su padre, por muy infausta que hubiera sido, el Gran Concilio discutió durante horas. Finalmente, imponiéndose a las serias objeciones de los gigantes y el águila de las cañadas, la asamblea decidió que Stangmar debía ser encarcelado hasta el fin de sus días en una de las cavernas del norte de las Colinas Oscuras, de las que era imposible escapar.
A continuación, se planteó la cuestión de quién gobernaría Fincayra. Las abejas sugirieron que su reina podía regentar todo el mundo, pero esa idea no fue secundada por nadie. Tan reciente era el terror del reinado de Stangmar, que muchos delegados se pronunciaron apasionadamente en contra de tener gobernante alguno. Ni siquiera serviría un parlamento de ciudadanos, argumentaron, pues con el tiempo el poder siempre corrompe. Por su parte, Cairpré denunció que tal razonamiento era insensato. Citó algunos ejemplos de anarquía que había llevado a otros pueblos a la ruina y advirtió de que, sin algún tipo de gobierno, Fincayra caería de nuevo en manos de aquel atroz señor de la guerra del Otro Mundo, Rhita Gawr. Aun así, la mayoría de los delegados desestimaron sus preocupaciones. El Gran Concilio votó por abrumadora mayoría vivir sin dirigentes de ninguna clase.
Entonces llegó el turno de la cuestión más grave de todas. ¿Qué debían hacer con los Tesoros de Fincayra?
Ante la pasmada mirada de los congregados, la Gran Elusa abrió el saco que había traído y sacó el Arpa en Flor. Su caja de resonancia de roble, con incrustaciones de fresno y motivos florales esculpidos, resplandecía con una luz espectral. Una mariposa verde revoloteó por encima del instrumento y se posó en la cuerda más fina. Con un movimiento de barrido de una enorme pata, la Gran Elusa ahuyentó a la mariposa, haciendo vibrar suavemente la cuerda. Tras una pausa para escuchar, sacó el resto de los Tesoros: la espada Cortafondo, el Invocador de Sueños, el Orbe de Fuego y seis de las Siete Herramientas Mágicas (la séptima se perdió cuando el castillo se derrumbó).
Todos los ojos examinaron los Tesoros. Durante largo rato, nadie se movió. Las propias piedras parecían inclinarse para ver más de cerca. Los delegados sabían que, mucho antes del ascenso de Stangmar, estos renombrados Tesoros pertenecían a todos los fincayranos y se compartían libremente en toda la isla. Pero, de este modo, los Tesoros estaban expuestos al robo, como demostró Stangmar. Una liebre moteada sugirió que cada Tesoro tuviera un guardián, alguien responsable de su custodia, y de que se utilizara con prudencia. Así todos podrían compartir los Tesoros sin riesgos. La mayoría de los representantes se mostraron conformes y propusieron que la Gran Elusa designara a los guardianes.
La gran araña, no obstante, rehusó. Declaró que sólo alguien mucho más sabio que ella podía tomar decisiones tan importantes. Se necesitaba un verdadero mago, alguien como Tuatha, cuyos conocimientos eran tan vastos, se decía, que había encontrado incluso un pasaje secreto que comunicaba con el Otro Mundo, adonde acudía para conferenciar con Dagda, el más grande de los espíritus. Pero Tuatha había muerto hacía años. Al final, tras muchas presiones, la Gran Elusa accedió a vigilar los Tesoros en su caverna de cristal, pero sólo hasta que se encontrara a los guardianes adecuados.
Si bien eso solucionaba temporalmente el problema de los Tesoros, no resolvía la cuestión del Arpa en Flor. El paisaje circundante, arrasado por la Plaga de Rhita Gawr, no presentaba signo alguno de vida, ni siquiera una brizna de hierba verde. Las Colinas Oscuras, en especial, necesitaban ayuda, pues el daño había sido allí más grave que en ningún otro lugar. Sólo la magia del Arpa podía resucitar aquella tierra.
Mas ¿quién debía encargarse de utilizarla? El Arpa no se tocaba desde hacía muchos años, desde que el propio Tuatha la empleó para reparar el bosque destruido por el dragón de las Tierras Perdidas. Aunque ese bosque volvía a la vida progresivamente, Tuatha reconoció entonces que tocar el Arpa le había exigido mucha más habilidad que dormir al enfurecido dragón cantándole una nana mágica. Y advirtió que el Arpa sólo respondería al contacto de alguien que tuviera el corazón de un mago.
El más viejo de los pavos reales fue el primero en intentarlo. Desplegando las plumas de su cola en toda su extensión, se acercó a saltitos hasta el Arpa y bajó la cabeza. Con un rápido movimiento del pico, pinzó una de las cuerdas, que emitió una nota pura vibrante y prolongada. Pero no ocurrió nada más. La magia del Arpa permanecía latente. El pavo real lo intentó de nuevo, sin otro resultado que una única nota distinta.
Uno por uno, varios delegados más se adelantaron para probar suerte. La hembra de unicornio, con su blanco pelaje resplandeciente, deslizó su cuerno sobre las cuerdas. El resultado fue un arpegio conmovedor, pero nada más. Después, lo intentaron un inmenso oso pardo, un enano cuya barba rebasaba sus rodillas, una fornida mujer humana y una de las ninfas acuáticas, todos sin éxito.
Por fin, una rana de color canelo salió brincando de entre las sombras y pasó junto a los pies de Merlín en dirección a la Gran Elusa. Deteniéndose justo fuera del alcance de la gran araña, la rana dijo con voz áspera:
—Quizá no seas un mago, pero crrreo rrrealmente que tienes corrrazón de mago. ¿Quierrres prrrobarrr el Arrrpa?
La Gran Elusa se limitó a negar con la cabeza. Alzando tres de sus patas, señaló a Cairpré.
—¿Yo? —balbuceó el poeta—. ¡No hablarás en serio! Si tengo corazón de mago, entonces tengo cabeza de cerdo. Mi saber es escaso, mi consejo un fracaso. Jamás lograría que el Arpa respondiera. —Se acarició el mentón y se volvió hacia el joven que se hallaba a su lado—. Pero se me ocurre alguien más que quizá sí pueda.
—¿El muchacho? —gruñó escépticamente el oso pardo, mientras el aludido se revolvía con incomodidad.
—No sé si tiene el corazón de un mago —admitió Cairpré mirando de reojo a Merlín—. Dudo que ni siquiera él lo sepa.
El oso descargó un zarpazo contra el suelo.
—Entonces, ¿por qué lo propones?
El poeta estuvo a punto de sonreír.
—Porque creo que posee más de lo que ven los ojos. Después de todo, él destruyó el Castillo Velado. Que haga la prueba con el Arpa.
—Estoy de acuerdo —declaró una delgada lechuza, haciendo restallar el pico—. Es el nieto de Tuatha.
—Y el hijo de Stangmar —rugió el oso—. Aunque consiga despertar la magia, no podemos confiar en él.
La elfa de los bosques saltó al centro del círculo con un grácil movimiento que hizo ondular su cabello castaño como un arroyo. Dedicó una leve inclinación de cabeza a Rhia, quien le devolvió el gesto, y luego se dirigió al grupo con una melodiosa voz:
—No conozco al padre del muchacho, pero me han contado que, en su juventud, jugaba a menudo en el Bosque de la Druma. Y, al igual que el árbol torcido, podía haber crecido alto y recto, no sé si la culpa es suya o de los ancianos que no le ofrecieron su apoyo. Sin embargo, sí conocí a la madre del muchacho. La llamábamos Elen de los Ojos Zafirinos. A mí me curó una vez, cuando me consumía de fiebre. Su contacto era mágico, más de lo que ella misma comprendía. Quizá su hijo posea el mismo don. Digo que le dejemos probar el Arpa.
La aprobación de los congregados se propagó como una ola. El oso dio unos pasos nerviosos, adelante y atrás, rezongando para sí mismo, pero finalmente retiró sus objeciones.
Cuando Merlín se levantó de la columna caída, Rhia le rodeó un brazo con el suyo envuelto en hojas. Él se lo agradeció con la mirada y avanzó lentamente hacia el Arpa. Mientras la recogía con delicadeza, acunando la caja de resonancia en sus manos, los delegados guardaron silencio una vez más. El joven inspiró profundamente, levantó las manos y pulsó una de las cuerdas. Una profunda nota se mantuvo vibrando en el aire durante un largo momento.
Como no percibía que ocurriera nada destacable, Merlín se volvió hacia Rhia y Cairpré con la decepción esculpida en el rostro. El oso pardo gruñó con satisfacción. De repente, el águila de las cañadas, que seguía posada sobre el hombro del gigante, graznó sonoramente. Otros se unieron a su graznido, rugiendo y aullando y pataleando con entusiasmo. Porque allí, enroscada sobre la puntera de una bota de Merlín, había una solitaria brizna de hierba verde como un retoño empapado por la lluvia. El joven sonrió y volvió a tocar la cuerda, haciendo brotar nuevas briznas de hierba.
Cuando el tumulto se calmó por fin, Cairpré se acercó a Merlín con sus largas zancadas y le cogió las manos.
—Bien hecho, hijo mío, bien hecho. —Hizo una pausa—. Reparar la tierra es una gran responsabilidad, ¿sabes?
Merlín tragó saliva.
—Lo sé.
—Una vez iniciada tu labor, no debes detenerte ni para descansar hasta que termines. Incluso ahora, las fuerzas de Rhita Gawr están urdiendo planes para desencadenar una nueva ofensiva. ¡De eso puedes estar seguro! Las Colinas Oscuras, donde permanecen ocultas muchas de esas fuerzas, en cuevas y grietas profundas, son las tierras más asoladas por la Plaga…, y también las más vulnerables a un posible ataque. Nuestra mejor defensa es restaurar cuanto antes las Colinas para que las criaturas pacíficas puedan volver a morar en ellas. Eso desanimará a los invasores y garantizará, además, que el resto de Fincayra reciba un pronto aviso en caso de agresión.
Hizo una pausa y dio una palmadita al instrumento de roble.
—Por eso debes empezar en las Colinas Oscuras y quedarte allí hasta completar la tarea. Deja para más adelante el Llano Herrumbroso y las demás tierras que ansian volver a la vida. Las Colinas Oscuras deben sanar antes de que Rhita Gawr regrese o habremos perdido nuestra única oportunidad.
Se mordisqueó el labio pensativamente.
—Y una cosa más, hijo mío. Cuando regrese, Rhita Gawr te buscará para demostrarte su gratitud por la cantidad de problemas que le has causado. De modo que evita hacer nada que pueda llamar su atención. Limítate a tu trabajo: reparar las Colinas Oscuras.
—Pero ¿y si, cuando me aleje de aquí, no consigo que el Arpa funcione?
—Si el Arpa no responde a tu contacto, lo comprenderemos. Pero recuerda: si logras que funcione, pero te desentiendes de tu misión, nunca te perdonaremos.
Merlín asintió lentamente. Ante la mirada atenta de los delegados, empezó a pasar el brazo por la correa de cuero del instrumento mágico para cargárselo al hombro.
—¡Aguarda!
Era la voz de la arpía, Domnu. Adelantándose hacia el muchacho, lo miró con los ojos desmesuradamente abiertos, lo que creaba oleadas de arrugas en su desnudo cuero cabelludo. A continuación, alzó un brazo y señaló al joven con un nudoso dedo.
—El niño medio humano no puede usar el Arpa. ¡Debe abandonar la isla! Porque si se queda, Fincayra está condenada.
Casi todo el mundo se encogió al oír sus palabras, y nadie más violentamente que el propio Merlín. Tenían un extraño poder que penetraba más hondo que cualquier espada.
Domnu agitó el dedo.
—Si no se marcha, y pronto, todos pereceremos. —Una fría racha de viento barrió el círculo, haciendo estremecerse incluso a los gigantes—. ¿Ya habéis olvidado la prohibición, impuesta por el propio Dagda, de que nadie de sangre humana puede permanecer mucho tiempo en esta isla? ¿Habéis olvidado que, además, este muchacho nació aquí, desafiando una prohibición aún más antigua? Si le permitís usar el Arpa, sin duda reclamará que Fincayra es su hogar por derecho propio. Probablemente, no tiene intención de regresar al mundo del otro lado de la bruma. Este crío podría atraer sobre nosotros la ira de Dagda. O peor aún —añadió con una torva mirada—, podría ser un instrumento de Rhita Gawr, como lo fue su padre antes que él.
—¡No lo soy! —objetó Merlín—. Sólo quieres que me expulsen para no tener que devolverme el Galator.
Los ojos de Domnu llamearon.
—¿Lo veis? Habla ante el Gran Concilio como si fuera realmente uno de nosotros. No siente el menor respeto por las leyes de Fincayra, del mismo modo que no siente respeto por la verdad. Cuanto antes lo desterremos, mejor.
Muchas cabezas asintieron entre la multitud, cautivadas por el hechizo de las palabras de la bruja. Merlín fue a hablar de nuevo, pero alguien se le adelantó.
Era Rhia. Con los ojos grisazulados brillando, se encaró con la bruja calva.
—No te creo. Así de simple. —Tras una profunda inspiración, añadió—: ¿Y no eres tú quien ha olvidado algo? ¡Esa profecía, esa antiquísima profecía, que afirma que sólo un joven de sangre humana puede derrotar a Rhita Gawr y a sus servidores! ¿Y si se refería a Merlín? ¿Seguirías insistiendo para que lo expulsáramos?
Domnu abrió la boca, mostrando sus dientes ennegrecidos, pero luego la cerró firmemente.
—La joooven diiice la verdaaad —tronó la profunda voz de la Gran Elusa. Apuntalando su inmensa mole sobre sus ocho patas, escrutó atentamente a Domnu—. El muchaaa-cho deeebe quedaaarse.
Como si el hechizo se hubiera roto, los delegados de todas las especies patalearon, gruñeron o aplaudieron para mostrar su aprobación. Al verlo, Domnu compuso una fea mueca.
—Os lo he advertido —gruñó la arpía—. Ese muchacho nos traerá la ruina a todos.
Cairpré sacudió la cabeza.
—El tiempo lo dirá.
Domnu lo fulminó con la mirada. Después, dio media vuelta y desapareció entre la muchedumbre…, pero no sin antes lanzar una última ojeada a Merlín, quien sintió que su estómago se contraía.
Rhia se volvió hacia Cairpré.
—¿No vas a ayudarle a cargarla?
El poeta se echó a reír, y sus espasmos zarandearon su alborotada melena.
—Naturalmente. —Levantó la correa de cuero del Arpa por encima de la cabeza de Merlín y le colgó el instrumento en bandolera—. Ya sabes que es una gran responsabilidad, hijo mío. Todos dependemos de ti. ¡Pero incluso así puede ser divertido! Con cada sonido de esas cuerdas, puedes hacer que florezca un nuevo campo.
Hizo una pausa y observó pensativamente a Merlín. Bajando la voz, añadió:
—Y quizá puedas curarte a ti mismo, mientras curas la tierra.
Un rugido de satisfacción retumbó en el círculo sagrado. Después, el Gran Concilio de Fincayra se disolvió.
:Interesante