Sofía de los presagios

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Es de noche y el mundo está quieto. Hay que entrar de puntillas al Diriá, pueblo de brujos, pueblo que crece sobre el cerro que en lo alto se quiebra y baja hacia la inmensa laguna de Apoyo. Las luces están apagadas. El pueblo duerme apoyado en el reflejo del agua. Han callado los ruidos de feria del domingo. Los cirqueros han doblado sus carpas. Las marimbas se han marchado. Las puertas están cerradas y en el parque acampan los gitanos que vienen de la América del Sur, que vinieron antes de Europa, de Egipto y de la India y mucho antes del paraíso terrenal donde una gitana anterior a Eva encantó a Adán y parió una raza de hombres sin pecado original. Se hace el silencio en los carromatos. Los niños sueñan y las mujeres cansadas terminan de apagar el fuego, mientras los hombres fuman encendiendo los cigarros con los tizones aún rojos. Cerca de uno de los carromatos, una mujer y un hombre discuten como si contaran secretos. Dicen odiarse. Se irá, dice la mujer, no quiere verle más, no quiere oírle, se irá con los suyos, con los que no son gitanos, no quiere más la familia, los detesta a todos. El gitano fuma despacio y no le contesta. La mujer se levanta, entra al carromato, mira a la niña dormida dentro y sale sin que el gitano, de espaldas, se vuelva. La niña no está dormida, ha escuchado la discusión acobardada, con miedo. Ve la silueta de la madre desaparecer y se inclina, se pone los zapatos y decide seguirla. Sale al viento oscuro que sopla desde la laguna.

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Las casas del pueblo tienen paredes anchas. La calle principal sube hacia la iglesia, una calle de piedras y lodo. Nada de asfalto en este lugar perdido. Frente a la iglesia, hay un círculo de madera, un estadio rudimentario donde los domingos hay peleas de gallos y corridas de toro sin muertes, ni sangre; corridas de toro donde se monta al toro solamente y gana el que se queda montado más tiempo mientras el animal corcovea. Empieza a clarear y cantan las gallinas en los patios.

 

En el campamento de los gitanos duermen todos menos el hombre que piensa dónde estarán la mujer y la hija. No se mueve. Lo piensa y le enfurece estarse preocupando por los arranques de ella. No la irá a buscar. Aparecerá. No duda de que regresarán las dos, hasta que amanece y los hombres salen de los carromatos, las otras mujeres se levantan y él sabe que llegó la hora de partir. Los gitanos no esperan. No pueden esperar. Tienen que seguir camino. El, remolón, atrasa la partida. Los tíos ancianos vienen y le preguntan por la mujer y la hija, pero él no sabe y dice que no importa; ella decidió irse con los suyos, buscarlos. Se llevó a la niña. ¿Qué hacemos?, le preguntan y él contesta: ¿y qué vamos a hacer? En el camino las buscaremos. Hay que partir. Yo no atraso.


En los vericuetos del amor se pierde la niña; para siempre él creerá que se fue con ella; ella pensará que está con él.


El pueblo recién despierto ve pasar a los gitanos con sus carromatos. Ya ninguno es tan viejo para recordar los relatos de perdidos abuelos que hablaban del paso de los «húngaros» por Nicaragua. Piensan que son cosas nuevas que trajo la revolución, cosas raras que trajo la revolución, como el circo ruso y los cantantes búlgaros y los rubios que no son gringos. Los hombres y las mujeres del pueblo ven pasar a los hombres y mujeres gitanos. Temen las leyendas y la ausencia de raíces.

 

«Son como el judío errante» dice Patrocinio y se persigna; «pongámosle candelas a la Virgen», dice, «vamos a la iglesia». Y salen las mujeres del pueblo a rezar en el sereno de la mañana. Caminan despacio sobre el polvo que dejan las carretas que pasan por la calle principal. Van en fila caminando por la acera, volteando la cabeza para mirar los carromatos que se alejan, ven al hombre que va en el último carromato, volteando también la cabeza, mirando, buscando con la mirada, permitiéndose por fin la expresión de angustia, el dolor por la hija, y allá, apenas esbozada, la tristeza por la mujer que ama odiando.
Xintal, la bruja vieja que habita en el Mombacho, siente un aire de presagios en el ambiente y pone rajas de canela en la puerta de su casa. 
 
En la mañana del Diriá se abren las pulperías, las mujeres entran con las manos vacías y salen con las bolsas de leche, el bollo de pan envuelto en hoja de periódico. Pasan las carretas con la leña y el hombre arriando los bueyes sube por la vereda más allá de la iglesia a dejar leña en el patio de Julio que tiene un horno donde cocina ollas que vende en Managua para que la gente pueda sembrar plantas enjardines interiores. Los niños de la Lola, de la Nidia, de la Verónica, salen para la escuela con sus pantalones y faldas azules y camisas blancas, llega el periódico en la bicicleta de Fermín, salen los hombres a trabajar en la cantera, se acomoda el día entre las casas del Diriá y el sol va subiendo al cenit.

 

La niña viene bajando de la ermita en lo alto del mirador donde se durmió llorando porque no pudo encontrar a la madre. Viene con la mudada que tenía puesta cuando despertó por el pleito de los padres: la ajada y larguirucha falda roja, la camisa de flores heredada de su madre, y sus únicos zapatos negros. En lo alto de ' la vereda se detiene. Ya no se ve nada del campamento. No hay nadie. Sólo payos; sólo gente que no es gitana, gente que no conoce, gente que sólo vio el día anterior de lejos, mujeres a quienes las de la tribu les leyeron la suerte en la palma de la mano.

 

Su madre no era gitana. De noche, cuando estaban solas y el padre no podía oírlas, le contaba cómo ella se había ido de su casa detrás de él por amor. Era por no ser gitana, le explicaba, que la tribu no le permitía leer las manos, ni decir la suerte como hacían las otras mujeres. Para ella, su madre era un personaje que siempre parecía estarla protegiendo de peligros inminentes, y que a menudo lloraba mientras decía quererla mucho. La niña la busca, pensando que ella debe andar por allí buscándola también.

 

Camina y sigue bajando por la vereda y pasa al lado del taller de Julio, junto al hombre que empuja la carreta de bueyes. Se asoma a la iglesia de puertas cerradas donde ya no hay nadie y baja y mira dentro del redondel de madera donde se hacen las corridas de toro y sigue bajando hacia la calle principal del pueblo hasta que Eulalia, que está asomada a la ventana esperando al chavalito que vende tortillas, le ve la angustia en la cara, se acuerda que andaba con los gitanos, sale a la calle y le dice: Eh, muchachita, vení para acá.
La Eulalia le da tiste, le da una tortilla grande, redonda y caliente y le pregunta cómo se llama.
—Sofía —dice ella, y se pone a llorar.
—¿Cuántos años tenés?
Siete.


Entre sollozos dice que su padre es Sabino y su madre Demetria. No sabe de dónde vienen, ni para dónde van. Eulalia la mira. La niña tiene ojos de almendra, nariz recta y un pelo negro tupido y crespo. Es morena lavada. Bonita la muchachita, piensa, pobrecita. De la mano de Eulalia, Sofía recorre el pueblo, pero ni su madre ni su padre están por ninguna parte. Ella no puede entender que la madre la haya dejado. Su padre es otra cosa, pero su madre siempre se ha preocupado por ella. Regresan a la casa de Eulalia y la niña llora y está cansada.
Habrá que llamar a la policía, piensa la vieja, avisar que busquen a los gitanos. La niña se duerme al rato sobre la tijera de lona.


Eulalia sale sin hacer ruido y se cruza a la casa del alcalde, al otro lado de la calle. El alcalde está con don Ramón, el hacendado más rico de la zona. Cafetalero de altas polainas. Viudo. Todos lo quieren; su riqueza no inspira resentimientos porque es un hombre justo. Avisarán a Managua, dicen, y al poco rato todo el pueblo sabe lo de la niña. Se comenta en todas las casas: desnaturalizados, dicen, malos padres esos que abandonaron a su hija y pobrecita la muchachita y la quieren ver, la miran y le ofrecen hojuelas, dulce de alfeñique, elotes cocidos cuando la niña sale por la tarde y camina por el pueblo asomándose a las puertas de las casas.


Algunos se apartan y apartan a sus hijos de las puertas, les prohíben acercarse a la niña. Mal agüero, presagio extraño esa gitana apareciendo de la nada entre ellos. Parece cosa del diablo.


A la semana, el alcalde llama a Eulalia. Se hace concejo con los más viejos del pueblo, los más sabios. Los padres no han aparecido. En Masaya hay rumores de que se ha vuelto a ver la Carreta Nagua —la mujer fantasma que llora a los hijos perdidos—; en Chinandega se tuvo noticias del paso de los gitanos hacia El Salvador. Dicen que un gitano borracho se quiso robar una niña en el parque. Eso es todo.


—Pusimos anuncios en el periódico —dice don Ramón—, anuncios en las radios, avisamos a los bomberos por si llegaba alguien a buscar una niña perdida… nada.
—Nunca volverán —afirma misteriosa doña Carmen, cuyas predicciones mágicas respetan.


Se miran todos en silencio. Se mecen en las altas butacas de balancines de la casa del alcalde. La Eulalia no sabe por qué está contenta. Finge preocupación, pena, pero siente que la presión le está subiendo de pura excitación. Si no fuera porque sería incorrecto alegrarse, hasta podría subir al mirador y darle gracias a la Virgen de la ermita; besarle los piececitos romos de tanta caricia devota. Pero en el círculo de silencio, alguien más se alegra: el viudo don Ramón piensa que él podrá educarla, tener al fin la hija que tanto deseó, darle todo. Su corazón es muy grande para él sólo.
—¿Qué hacemos? —dice por fin el alcalde.


—Yo me puedo hacer cargo de ella —dicen la Eulalia y don Ramón al mismo tiempo.
Los demás callan. Se hace un silencio difícil. De reojo, unos a otros se miran. Piensan que la Eulalia es una buena mujer, pero todos conocen la estrechez de su vida, sus manías de vieja sola, las lloraderas que le agarran cuando se acuerda de sus dos hijos muertos en la guerra. Por días la Eulalia se encierra y nadie la ve, a la fuerza la tienen que ir a sacar del cuarto… aunque la Eulalia la encontró, la vio primero; pero don Ramón es solo, nunca tuvo hijos y con él la niña podría tener una buena educación, hasta podría ir al colegio si quisiera.

 

Don Ramón tiene una casa amplia y hermosa con jardines y loras y lapas y vacas que dan leche y la Sofía se pondría gorda y hermosa y sería una mujer alta. Se olvidaría que era gitana. Casi puede oírse el zumbido de los pensamientos. La Eulalia los siente y siente que la presión se le baja. Don Ramón no quiere mirarla. El también sabe por dónde va la cosa y le da pena la Eulalia.
Los balancines de las sillas marcan el tiempo, el silencio de los que se mecen y piensan. Nadie habla.


—La Eulalia la podría cuidar en mi casa —dice por fin don Ramón—, después de todo es cerca.
—Sí —dicen los demás, aliviados. La Eulalia la puede cuidar, porque la Sofía es mujer y necesitará una mujer que haya tenido experiencia.
Las caras recobran su expresión. Se aflojan los músculos del alcalde que se seca el sudor con un gran pañuelo a cuadros rojos y verdes.


No le toma mucho tiempo a la Eulalia reconciliarse con la idea. Hay que reconocer que es una buena idea. Una idea justa, igual que don Ramón.
—Pero hay que seguir poniendo anuncios en el periódico -dice el alcalde— a ver si aparecen los verdaderos padres.


Don Ramón asiente con la cabeza. Se agacha para ajustarse las polainas. Hacía tiempos que no le daban ganas de llorar y no quiere que le vean los ojos húmedos.
La niña, callada, se alegra porque va a andar de camino otra vez. No está acostumbrada a la oscuridad de las casas.

 

La Eulalia es buena y se ha preocupado porque nada le falte, pero ella echa de menos el carromato y la tribu. Su vida entera la ha pasado de un lugar al otro. Su vida es lo provisorio, los juegos en las calles, las ferias de los pueblos, el círculo alrededor de hogueras en las noches, la gran familia y su madre obligándola a acostarse temprano porque si no se quedará pequeña y nunca crecerá. Salen a la carretera y el jeep da tumbos sobre los hoyos en el pavimento mal mantenido. Es mayo y florecen los malinches, hay fuego de flores a orillas del camino.


La Eulalia va bien bañada y vestida. Se le ven los círculos de talco en el cuello y bajo los brazos. Hace tanto que no le daban ganas de arreglarse, piensa, ni talco se echaba ya y esta mañana sacó el vestido café, el pañuelo floreado de cabeza y hasta se pintó los labios. El chofer se llama Danubio.

 

Danubio como el río, como el Danubio azul, el vals con el que el papá y la mamá se enamoraron. Platica con la Eulalia sobre las primeras lluvias del invierno. Va a ser bueno, se esperan buenas cosechas, se van a mejorar las cosas, dice. Ojalá, contesta la Eulalia. La niña mira los carros, mira las caras en los carros, se fija en los caminos de tierra que salen a la carretera, todavía espera que la vengan a buscar, aunque recuerda lo que le decía Sabino, su padre, que para los gitanos era cuestión de vivir cada día sin pensar para atrás, ni para adelante. Eso era ser gitano, le decía, esa era la diferencia con los payos que tenían que estar siempre en un lugar porque eran esclavos de lo que había pasado y lo que debía suceder. Ellos no, nada los ataba.


Entran bajo el arco que anuncia el nombre de la hacienda. Sofía lo mira todo; mira los cafetales que se extienden lado a lado, los grandes árboles que les hacen sombra, mira los pastizales donde pacen las vacas y al fondo la casa-hacienda grande, de techo de tejas rojo y paredes celestes.


Don Ramón está esperando en la puerta de la hacienda El Encanto.
 
Al principio, Sofía demuestra con largos silencios su desconfianza, pero a medida que pasan los días, se acomoda a su situación y aprovecha el deseo de don Ramón y Eulalia de conquistarla para conseguir cuanto quiere.


Los gitanos no regresan, ni se vuelve a saber de ellos. La niña nunca comprende por qué su madre no volvió a buscarla si decía quererla tanto. Tenía razón su padre al decir que los payos no eran gente de confiar, pero tampoco él había vuelto. Crece con la identidad extraviada. A veces tiene sueños largos y detallados en los que se ve gitana bailando en un círculo o leyendo fortunas y de los que se despierta llorando porque no logra jamás verle la cara a la madre, pero la mayor parte del tiempo sueña que los gitanos la rechazan porque tiene sangre de payos. No puede decidir qué es y en los juegos infantiles cambia de rol con gran facilidad, asimilándose a los demás o amenazándolos con los poderes mágicos de su oscura raza de origen que podrían convertirlos en sapos o en príncipes encantados según cumplan o no con sus deseos.
Sus memorias de antes del Diría se compactan en un agujero negro que le deja para siempre horadado el corazón.


En el pueblo hay tres bandos: el que acepta su infortunio, el que sigue augurando desgracias para cuando ella crezca y las que acostumbradas a la magia deciden tomarla bajo su protección.


Don Ramón y Eulalia se dividen las responsabilidades de su crianza. Actuando como pareja, sin serlo, se ocupan de que a la niña no le falte nada. Cada uno se encariña con ella a su modo y, en poco tiempo, Sofía les cambia la vida y se les vuelve indispensable. Ella los quiere a su manera y juega el juego de ser la hija de ambos, aprovechando la silenciosa competencia de los viejos por su amor para lograr la mayor ventaja. Da muestras de cualidades femeninas y hacendosas en las largas tardes en que Eulalia le enseña a coser y cocinar; pero también hace la fiesta de don Ramón demostrando su capacidad de jinete en briosos caballos pura sangre y acompañándolo en las rondas del pago de planillas y en excursiones al Mombacho, el volcán trunco que es un mundo contenido en sí mismo.


La niña los seduce y los acompaña. Para ellos no importan sus incontables travesuras en las que se esconde, se disfraza y miente a más no poder, ni el hecho de que el primer año escolar que pasa en la hacienda, cuando don Ramón la lleva al internado de monjas más prestigioso de la zona —el colegio de María Auxiliadora en Granada— las monjas mandan a llamar al finquero a los tres meses y se declaran incompetentes para administrar la educación de la niña, argumentando que no tienen juicio para interpretar los problemas que se han presentado: Sofía parece tener doble personalidad, le dicen, es inteligente y hace las tareas, pero las normas y las reglas de la escuela no existen para ella. Llega tarde a las clases, se viste como le da la gana, furtivamente saca de la biblioteca libros que no son para su edad y no guarda en el baño las muestras de recato que se exigen de las internas.
—¡Viejas llenas de prejuicios! —maldice don Ramón, llevándosela e inscribiéndola en la escuela del Diría.


La educación de Sofía es complementada por maestros privados traídos de Managua quienes se encargan de elevar sus conocimientos. Resulta una alumna aceptable y don Ramón y Eulalia concluyen que el internado no le asentaba y cada uno para sus adentros, lo interpreta como una muestra de amor de la muchacha, que no quiere estar separada de ellos. Así envejecen felices creyendo cuidarla.


Sin ruido ha transcurrido el tiempo. Sofía está por terminar el bachillerato, ya es una mujer de diecisiete años y don Ramón dice que pronto tendrá que pensar en casarse. Quiere que se case con alguien que pueda manejar la hacienda, heredar junto con ella El Encanto.
—No esté pensando en morirse, papá —le dice Sofía.


Pero él sabe que la muerte se acerca. De noche la siente pasar arrastrando las faldas bajo su ventana. Él la espanta, le grita que se vaya, que aún tiene asuntos pendientes y no le está abriendo la puerta. Siente la urgencia de ver el futuro, arreglar las cosas para que la Sofía quede segura y feliz como él ha logrado mantenerla todos estos años. A la Eulalia la ha compensado de sus cuidados. Ya están altos los árboles de la casa que le construyó en la propiedad, para evitar que tuviera que viajar todos los días a cuidar a la muchacha.


Los dos, como un matrimonio distante, la han visto tomar estatura en las piernas, engrosar las caderas. La Eulalia le ha trenzado el rebelde pelo negro, don Ramón se ha encargado de los libros y de traerle los maestros especiales de Managua; le han consolado las pesadillas y le han abrazado los silencios hoscos de la adolescencia.
Sofía los llama padre y madre, aunque siempre que puede, pide que le vuelvan a contar cómo eran los gitanos que acamparon aquella noche en el Diriá.


«Son los fantasmas más vivos de mi vida» suele decirle Eulalia a su amiga Engracia. Quizás don Ramón y ella se equivocaron manteniendo vivo el recuerdo tenue en la niña, dice. Hubiera sido mejor que se olvidara de gitanos y carromatos. Pero ¡qué va! La muchachita lo llevaba en la sangre. Y para colmo, nunca más se había vuelto a ver gitanos por allí. Si hasta a ella le parecía estar hablando de un sueño cuando la muchacha, cada tantos meses, volvía a pedirle otra vez que le hablara de los gitanos. Ya está grande, ¿verdad?, decía la Eulalia; ahora don Ramón andaba con la obsesión de casarla. En un mes más se bachilleraba y él había decidido hacerle una gran fiesta. No paraba de llegar gente de Masaya y de Managua con encargos, que si las gallinas, los cerdos, los dulces de Diriomo, la orquesta de Managua, las sillas, la costurera midiéndole el vestido.


Sofía tiene un cuarto grande a la orilla del jardín. Las dos puertas de madera sólida, altas y pintadas de rojo color sarro se abren hacia el corredor y el espacio de luz y flores al medio de la casa. Su cama es de bronce con capiteles de reina y mosquitero. Para verse de cuerpo entero, su papá don Ramón le regaló en sus quince años un espejo de luna con arabescos y ángeles que buscan el techo por falta de cielo. A la orilla del espejo hay un ropero de tres cuerpos de donde Eulalia saca el vestido de organza amarilla. Sofía, sentada en la cama, la mira y se mira de reojo en el espejo.
—Qué lindo quedó —dice la Eulalia, acariciando la falda de volantes— vamos, mijita, no seas mala, ponételo, quiero ver cómo te queda…
—Va pues —dice la Sofía, y lo toma de los brazos de Eulalia y entra con él al baño, dando una voltereta.


En el baño se lo pone. Se mira al espejo y se acomoda el pelo hacia atrás para que se le vean los hombros. Le gusta cómo se ve. Está excitada con la idea de la fiesta, la idea de crecer y entrar al mundo real, el mundo de los adultos, atisbado apenas a través de la curiosidad de sus ojos oscuros. No tiene modales finos. Ella misma se pone las manos en la boca e imita el sonido de trompetas antes de salir del baño, caminando despacio como ha visto hacer a las mujeres espléndidas de las películas en el cine de Diriamba.


Eulalia deja ir un silbido imitando a cualquier mozo cortador de café. Sofía no ríe. Se contiene la risa y sigue caminando hasta llegar al centro, frente al espejo y hacer una reverencia a su propia imagen que se inclina. Luego se vuelve y responde al nuevo silbido de Eulalia con una carcajada.


«Ay, tenías que haberla visto, Engracia —diría la Eulalia a su amiga—, se veía tan vaporosa, tan fina y sin embargo, cuando se rió, fue como si toda la infancia hubiera desaparecido; era toda una gitana morena, con los ojos esos y aquel pelo ensortijado, el pelambre crespo cayéndole sobre media cara… Me dio miedo, Engracia. Nunca hemos visto nosotros nadie así. Parecía una artista de cine… ¿Cómo es que se llama una que es toda voluptuosa y que tiene cara de pecadora?… Lo tengo en la punta de la lengua… Sí, sí. La Sofía Loren. Esa misma. Esa misma.»


Don Ramón también tiene miedo de la Sofía. Hubiera preferido que fuera como Gertrudis, su mejor amiga: que tuviera la placidez ingrávida y mansa de una virgen morena. Últimamente, ya ni le gusta llevarla a recorrer a caballo las hondonadas donde crece el café o pedirle que lo acompañe los días de pago a la hacienda vecina que ahora le pertenece. Las miradas de los mozos no podrían ser más claras y eso que las disimulan por él. Hay que casarla pronto. De eso está convencido, incluso tiene ya varios candidatos, muchachos jóvenes y trabajadores. No son muchas las opciones; el país, con tantos años de guerra de por medio, no abunda en hombres casaderos pero hay unos cuantos y él se ha encargado de invitarlos a todos a la fiesta.


Con el almanaque Brístol fijan la fecha de la celebración del bachillerato, para asegurar que haya luna llena.


Los patios donde se seca el café, convertidos en escenario festivo, relumbran bajo la luz blanca y las ristras de bujías. A caballo, en jeep y a pie, van llegando los invitados de guayaberas de colores. La Nidia, la Lola y la Verónica brillan en sus vestidos satinados y espolvoreados de escarcha, otras llevan los guantes largos con que amadrinaron más de un casamiento. Hasta Fermín, el más humilde, se ha comprado ropa nueva para el bachillerato de la Sofía. La orquesta tiene violín, bajo, guitarras y trompetas. Intercala rancheras con merengues y cumbias. Hay cerveza de sifón y una mesa larga donde se ven en fila botellas de ron, platos de limones, picheles de agua, Coca-Colas y panas de aluminio colmadas de hielo. Del fondo del patio se viene el olor dúlcete de la carne asada y el chivo que se asa enterrado entre piedras y carbones. La Eulalia no se da abasto saludando a sus comadres, al alcalde, a todos los que han venido del Diriá a celebrar. Sentado bajo el gran chilamate, don Ramón preside la mesa de honor donde la muchacha sonríe a todos, mientras bebe Coca-Cola.


No avanza mucho la noche cuando el baile se pone en lo fino. La orquesta, ya entonada, suelta merengue tras merengue y ya en la mesa de honor sólo quedan los viejos que miran a los jóvenes bailando.


Baila Sofía y los hombres no pierden la ocasión de mirarla bailar. Sitúan a sus parejas de manera que puedan enfocar a la Sofía con los ojos entre vuelta y vuelta. El vestido amarillo de organza se convierte en vestido rojo de bailaora de flamenco. Nunca ha dejado de fascinarles la historia de la muchacha. Todos la conocen porque desde los juegos infantiles no dejaron de buscarle a la Sofía la magia de su nacimiento. Ahora creen comprenderla y los que pueden la asedian para que les conceda el don de tocarle la cintura menuda y ver si ella se deja apretar más que las otras. Las muchachas están inquietas y sienten que pierden la competencia. Se empeñan en demostrar sus habilidades y hay meneos violentos de hombros y movimientos de palo de mayo en medio de las cumbias. Las más osadas regañan a los novios; ¿y qué es lo que ves para allá? ¿Estás bailando conmigo o qué? Se carga la pista de murmullos y pisotones mal disimulados, pero Sofía no se da cuenta de nada. Para ella sólo existe ese momento triunfal e imagina que con las caderas y los brazos está lanzando al aire los libros y los cuadernos, los lápices y los maestros.


Rene deja de bailar y no le quita los ojos de encima. Se hace a un lado y la queda viendo dar vueltas con Rogelio. Aprieta los puños de celos y se seca el sudor. Es con él que se va a casar la Sofía, se promete a sí mismo. Y cuando sea su mujer, nadie más le va a tocar ni un pelo de la cabeza. Él mismo la va a acompañar a la iglesia los domingos y la va a mantener cargada como escopeta de hacienda, preñada, hasta que se le acabe la cinturita y se le pongan dulces y maternales esos ojos oscuros que brillan demasiado, que son un peligro para ella que ni cuenta se da cómo queda viendo a los idiotas que se derriten cuando ella los mira.


Bota el cigarrillo, lo apaga duro con el pie, y aprovechando el instante entre pieza y pieza, se acerca a Rogelio y le dice que lo deje bailar con Sofía. Rogelio intuye su determinación y se aparta, se aleja en busca de la mesa donde se diezma el ron.
—Sólo conmigo no has bailado —le dice René.


Y ella sonríe y le hace un gesto con el pelo y la cintura indicando que eso pronto se remedia porque la música empieza a sonar de nuevo.


Rene es un gran bailarín. En las fiestas en Jinotepe le hacen rueda los amigos y las muchachas se mueren por bailar con él. Con Sofía, se desata en sus mejores pasos. Le hace dar vueltas complicadas y pronto los dos bailan como pareja de competencia. Los demás se detienen a mirarlos. René fija los ojos en los de ella y la hace moverse a su ritmo. Hasta don Ramón, la Eulalia y los mayores de la mesa de honor, se acercan a la pista del patio de secar café a mirar qué bien bailan los muchachos. Sofía se siente eufórica porque René la lleva como ella habría llevado a su pareja si le hubiera tocado ser hombre. Le gustan los ojos intensos que no dejan de mirarla, igual que se miran las parejas que bailan en las portadas de los long-plays. Cuando el baile termina, siente que René le gusta. Se va con él a acompañarlo al ron con Coca-Cola bajo el mango y cuando la fiesta termina y todos se van, sabe que muy pronto tendrá novio.
 
El noviazgo no dura mucho tiempo. Seis meses y ya empiezan los preparativos para la boda. Hay urgencia de casar a Sofía en la última semana de abril, antes de las primeras lluvias.


Sofía quiere casarse porque el matrimonio para ella marcará el inicio de su vida adulta en la que ya no será necesaria la inocencia ni la sumisión. No sabe si está enamorada de Rene, pero desde niña sabe que el amor es engañoso y que lo importante es poder hacer lo que uno quiere.


Fausto, el único sobrino de don Ramón, llega de visita a la hacienda. Hace años que vive en París. El gobierno lo envió con una beca poco después del triunfo de la revolución, cuando sobraban becas para estudiar cualquier cosa, y él decidió quedarse trabajando en un estudio de cine.


Le fue bien como realizador y ahora regresa a la patria pequeña, hecho un francés de pantalones blancos y camisetas de lagartito pegadas al cuerpo. Sentada al lado de su papá Ramón, Sofía lo escucha hablar de Europa, los Campos Elíseos, el boulevard St. Germaine, el Louvre, las estatuas, los museos, la historia de la Revolución Francesa, la Guerra de los Cien Años. Fausto tiene gracia para contar la historia. Mueve las manos acompañando las palabras con delicados gestos de aire.
—Me hubiera gustado ser historiador —dice.
Sofía no necesita prestar atención a los chismes para percatarse de que Fausto tiene el sexo equivocado.


Sabe que por eso don Ramón lo deja hablar con ella hora tras hora por las tardes hasta que da la hora de la visita y Rene llega en su jeep y queda viendo a Fausto con desprecio, pero sin celos.


En las noches, Sofía sueña con Europa y el cuento que le contó Fausto de quién era Europa, la mujer raptada por Zeus disfrazado de toro.


Le pide a Rene que la lleve a Europa de luna de miel y Rene le dice que es muy lejos, muy caro y ninguno de los dos habla francés, inglés o cualquiera de esos idiomas raros. Sofía argumenta que mira a Fausto, él no sabía francés y lo aprendió y mira todo lo que sabe, lo bien que habla, las cosas interesantes que cuenta. Rene no quiere oír hablar de «mariconadas» y le cambia el tema, le pregunta cómo le fue en Managua, si ya encontró la tela para el vestido de novia.


Sofía se deja llevar por el novio hacia los detalles del casamiento. No le gusta discutir con él, verlo encenderse, verle los nudillos apretados; siente un eco en ella, un doblez de furia asomando en su cara, escurriéndosele entre los dientes que se envilan disimulando espectros iracundos en sonrisas. Es terrible Rene cuando se enoja y ella prefiere verlo contento, verlo reírse, verlo cuando la mira con cara de adoración, no vaya ella también a enfurecerse y estropear todos los planes.


—Así son todos los hombres, mijita —le dice Eulalia—, no hay que andarlos contrariando. Cuando están viejos se amansan, pero sólo hasta que están viejos. Entonces se vuelven como hijos de una. Pero cuando están como Rene, son dominantes. Esa es su naturaleza y ni con candelas a la Virgen se las cambias.


Rene es cariñoso y le lleva regalos de Managua. Un día la llevó a la ciudad a almorzar a un restaurante grande y elegante. Ella casi no comió por estar viendo a la gente que entraba, las mujeres de minifaldas, bien arregladas, con las uñas rojas. Rene casi no comió de lo molesto que estaba porque decía que todos los hombres, en vez de almorzar, se la estaban almorzando a ella con los ojos. Era celosísimo Rene. —Es que te quiere mucho —le dice Eulalia—, así son ellos cuando están enamorados.


Sofía le cree porque es más fácil. Está ilusionada con la boda, con las caras de niños que ponen ella y el papá Ramón. Los dos parecen haber recobrado la juventud ocupados en los preparativos. Andan con la espalda más recta y el día se les hace corto para surcarlo de un lado al otro, disponiendo dónde poner las mesas, qué comida servir, el alquiler de las sillas y manteles, la ropa de las damas de honor. Sofía disfruta la atención y sólo insiste sobre su entrada al Diriá: quiere entrar a caballo con don Ramón, en su caballo que se llama Gitano.


—Va a ser un poco escandaloso, hijita —trató de disuadirla don Ramón—, aquí nadie hace esas cosas.
—Pero va a ser lindo, papá Ramón; qué importa que nunca se haya hecho. Siempre hay una primera vez.


Y él la consiente porque, en fin, uno sólo se casa una vez en la vida.
Los preparativos siguen. Sofía no piensa más que en el momento en. que bajará del caballo, y Rene la recibirá en la iglesia bajo el olor de los sacuanjoches que formarán arcos en todo el camino al altar. Imagina que el padre Pío le cerrará un ojo porque se acordará de las cosas que ella le ha dicho en la confesión, cosas de sus pensamientos, de cuando imagina el amor y se ríe sola.


Las últimas noches, Sofía se desvela tratando de dormir, moviéndose en la cama con el cuerpo preso de una mezcla de excitación y miedo. Sólo con Gertrudis ha hablado de la famosa «noche de bodas». Han intercambiado nociones de anatomía y fragmentos de conversaciones dichas a media voz. En los juegos con los hijos de los mozos de la hacienda, la muchacha se ha iniciado hace tiempo en el conocimiento de los órganos sexuales. Ha visto el pene de los muchachos y se ha dejado tocar los senos, pero nada ha atravesado aún el velo de su virginidad.


Le han dicho que el cuerpo de la mujer es un pasaje cerrado que se abre a la fuerza y con sangre, pero de lo que le cuentan no sabe qué creer, no puede distinguir la realidad de los relatos y la fantasía. Cada uno de los que han vivido la experiencia, lo cuenta de forma diferente y le enreda aún más la imaginación.


Como regalo de boda, don Ramón le ha dado a Rene una casa a cinco kilómetros de la hacienda, para que ellos la remodelen a su gusto. Rene ha llevado arquitectos de Managua y una decoradora italiana, pero a la novia no la ha dejado ni acercarse. Dice que quiere darle una sorpresa. Sofía —asesorada por Fausto— ha insistido sobre la importancia de participar en el arreglo del lugar donde le tocará vivir, pero Rene no entiende razones.


-Que más querés —le dice— yo me estoy encargando de eso. Confía en mí.
Y así, cómodamente convencida, en nombre del amor, de no meterse en los preparativos de su boda, Sofía despierta a la mañana del día señalado.


Eulalia la espera a la salida del baño, la ayuda con el vestido, el tocado, que si tiene poco o mucho colorete en las mejillas. Sofía está nerviosa y le tiemblan las manos cuando se arregla la diadema con el velo sobre los ojos. Se siente extraña en el traje de novia. El satén la acalora. Tantos días deseando este momento y ahora que llega siente miedo y ganas de montarse en Gitano y no llegar a la iglesia; se pregunta qué va a hacer ella viviendo con Rene, pero don Ramón la espera con los dos caballos ensillados.
La despiden los mozos y el servicio de la hacienda; la despide Eulalia quien viajará en el jeep con Danubio. Don Ramón hunde las espuelas, le advierte de no ir al galope y los dos empiezan a caminar hasta salir a la carretera.


Se le hace difícil a Sofía aquel recorrido a caballo. Gitano mueve la cabeza para que ella le suelte las riendas, adivinándola, pero ella se contiene para no alborotar a la bestia del padre adoptivo que marcha despacio, con una lentitud desesperante.


—Déjeme ir adelante, papá Ramón —insiste. El dice que no; debían llegar juntos y juntos llegan a la puerta, pero no bajan juntos porque no bien las riendas del caballo de don Ramón quedan en manos del alcalde que los espera en la puerta de la iglesia, ella no puede más, aprieta las espuelas y sale al galope rumbo a Nandaime. La concurrencia no puede creer lo que está viendo. Algunas mujeres se persignan y los que estaban dentro de la iglesia, salen y alcanzan a ver el velo de la novia perdiéndose en el recodo de la carretera. Rene oye que la Sofía se fue y corre a unirse al grupo que habla y especula sin entender lo que está pasando, sintiéndose protagonista de un drama. Nadie se atreve a mirar a los ojos al novio. Se quedan desconcertados, esperando, porque la Eulalia y don Ramón no aceptan que se diga que la novia se marchó, y tratan de tranquilizar a los invitados.


Sofía galopa y galopa hasta que se siente más tranquila. Entonces endereza las riendas y todos la ven aparecer entre la polvareda, cuando ya creen que habrá que suspender la boda porque al fin ha podido más la sangre gitana. Nunca en el Diriá se han visto cosas semejantes, ni una novia más tierrosa. Sofía se baja del caballo, abraza a don Ramón y a Eulalia que casi no pueden hablar, se sacude el velo, lo vuelve a encajar sobre la cabeza, pide un pañuelo para sacudirse el vestido e indicando con la barbilla que ahora sí está lista para casarse, marca el inicio de la ceremonia aferrando el brazo de don Ramón y obligándolo a caminar sin despejar el asombro por el medio del pasillo con olor a sacuanjoches.


En silencio, los invitados, que han vuelto al interior de la iglesia, la ven pasar. Sofía lleva la espalda recta y sobre el vestido blanquísimo se ven las manchas del polvo. El sudor de las ancas del caballo ha ensuciado el ruedo y un lado de la ancha falda de satén, el pelo de la muchacha está desordenado.


Las mujeres piensan en cosas de mal agüero. Los hombres, que han envidiado a Rene todos estos meses, ahora tienen ánimos para sonreír porque piensan que se ha cumplido aquello de que quien ríe por último, ríe mejor.


A través del velo y de los sonidos de tambor de su pecho, Sofía ve a Rene junto al altar. Su cara de hombre guapo está aún alterada por la furia. No le perdonará jamás que ella se haya atrevido a provocar las dudas de los demás. La domará. Ya verá ella cómo se le acaban rápido esos bríos de yegua salvaje.


La doma empieza no bien termina la ceremonia y salen los novios oliendo a incienso y a candelas olorosas. Rene la toma del brazo y rotundamente se niega al regreso a caballo. Irán en jeep. Ahora manda él.


Por la noche, en el camino al hotel en San Juan del Sur, donde pasarán la luna de miel, Rene no habla. Ella trata de explicarle que no pudo controlar el deseo de galopar después de haber tenido que viajar tan despacio con el papá Ramón, pero él no oye nada. No olvida la humillación que sintió cuando la vio entrar sucia de polvo y viento a la iglesia, él, que quería una novia blanca e impecable para esponjarse de orgullo.
—Lo llevas en la sangre —le dice por fin— Todas las gitanas son putas.


Y esa noche encima de ella, como animal salvaje, la hace gritar y le jura que tendrá que pagarle muy caro lo mal nacida que es.


Sofía resiste la embestida del miembro enorme de Rene, hunde las uñas en las sábanas y siente furia por los gitanos que la abandonaron y por haberse casado con un hombre como aquél.
 
5
Lo primero que Sofía quiere hacer cuando llega a su hogar de recién casada y la luna de miel termina, es llamar a Eulalia y, otra vez, como cuando era niña y ella la encontró asoleada en la plaza, decirle su nombre y ponerse a Dorar. Apenas si le habla al marido. Frente a él no se permite un momento de debilidad, descartando su cara de asombro cuando en las mañanas, él ha despertado para encontrarla durmiendo en posición fetal con el pulgar en la boca.


Rene la lleva por la casa mostrándole cómo la decoró para ella, los muebles de mimbre que mandó traer de Granada, la cama enorme que compró a unos diplomáticos que se iban del país, las ventanas estilo francés que son lo mejor que se puede conseguir desde que, por los costos de importación, es imposible traer persianas o ventanas de paletas de vidrio del extranjero. Le va enseñando la cocina forrada de fórmica traída de El Salvador, la loza que encargó a Miami, las toallas Cannon… Le va enseñando a Sofía la nueva casa con lujo de despecho, desglosando detalladamente lo que le costó conseguir esto o aquello, la cantidad de viajes a Managua que tuvo que hacer, las once cartas que tuvo que mandar para poder proceder conforme lo determinaba la burocracia de ciertas oficinas. Finalmente, en la apoteosis de la rabia que parece no abandonarlo ni de día ni de noche, desde la mañana de la boda, abre las puertas dobles de celosía del dormitorio y le enseña la enorme cama, la pared y medio techo forrado de espejos desde donde la habitación se multiplica infinitamente y luego el baño con la tina redonda hundida en el piso.


—Y ahora te dejo y me voy a trabajar —le dice—. Me haces el favor de no salir. De esta casa no volvés a salir si no es conmigo.


Por la tarde llegan Eulalia y don Ramón. Sofía los recibe en el corredor que da al patio de la casa. Les ofrece refrescos servidos en los vasos nuevos que le regalara el alcalde del Diriá. Finge alegría y les cuenta del hotel en San Juan del Sur, el paseo en el barco de vela donde fueron atendidos por un matrimonio inglés, que viene viajando desde hace seis años en ruta a Oregon donde comprarán caballos pintos para mejorar el número acrobático con el que se ganaban la vida en las ferias de pueblo en Gran Bretaña. Los padres adoptivos la miran con adoración y ríen entre dientes, un poco avergonzados, cuando ella les enseña la casa y la habitación con los espejos.


Eulalia no deja de mirarla a los ojos adivinando con su sabiduría de mujer vieja que algo no anda bien, pero claro la niña no lo va a decir delante de don Ramón. Está segura que se trata de asuntos de mujeres y le dice a Sofía que regresará a la mañana siguiente y todas las mañanas hasta que ella aprenda a manejar la casa. Se abrazan los tres en el atardecer. Don Ramón también siente un rumor extraño en la manera en que Sofía lo abraza, pero lo descarta; seguro son los nervios de recién casada, se dice.


Sofía los ve .alejarse. Se queda sentada un largo rato en el corredor pensando cuan feliz fue con ellos en el mundo primigenio y claro que le hicieron a su medida, cediendo a todos sus caprichos. Se limpia las lágrimas porque pronto llegará Rene y no quiere que la vea llorando. Ya ha empezado a odiarlo.


Dentro de la casa, hay tres habitaciones. Aparte de la de los espejos, las demás tienen muy pocos muebles. Una de ellas tiene un par de ventanales hermosos desde donde se ve la carretera a través de las limonarias del jardín. Con la ayuda de Petrona, la doméstica, Sofía se pasa el resto de la tarde jalando mesitas y mecedoras de los otros cuartos y se hace un lugar para ella sola. Le dirá a Rene que es su cuarto de costura, piensa, y lo arreglará con plantas y con sus cosas para tener al menos una parte de la casa donde se sienta ella misma; un lugar para esconderse de la infelicidad y de Rene.
En la cena, mientras comen los dos callados, se lo dice. El se encoge de hombros.
—Es tu casa —le dice— aquí dentro podes hacer lo que querrás.


Eulalia llega a la mañana siguiente como lo ha prometido. Ya Rene ha salido a los negocios del día. Sofía la lleva a la cocina a saludar a Petrona. Se sirven café en pocillos esmaltados y hablan del manejo de la casa, los mejores días para hacer las compras en el mercado, la comida, cómo organizar la planchada y lavada de la ropa.
-Quiero aprender a bordar -dice Sofía.


Lleva a Eulalia a su cuarto y allí, finalmente, detrás de la puerta cerrada, mirando al jardín y llorando, le cuenta sus desgracias.


—Cómo vas a creer, hija, cómo vas a creer —repite Eulalia, escuchándola—, yo pensé que te ibas a meter en problemas con lo que hiciste. A mí casi me matas del corazón cuando te vi salir en guinda con el caballo, pero no es para tanto, no es para tanto… Por lo menos no te ha pegado… —y como cayendo en cuenta que no está segura de esto, pregunta—: no te ha pegado, ¿verdad?


—No —llora Sofía—, pero es peor. Si me pegara podría hasta matarlo…
—No digas eso, mi hija, no digas eso. La verdad es que el matrimonio no es ninguna ganga, pero, si no te pega, podes aprender a sobrellevarlo. Con el tiempo, se le va a pasar esto a Rene.


Nada podía hacer. Ni ella, ni Eulalia, piensa Sofía, eso era lo más triste. No había nada que hacer, a menos que fuera salir corriendo a caballo como el famoso día de su condenación, pero esta vez sin volver para atrás. Pero ¿qué pasaría con Eulalia y el papá Ramón? No podrían soportarlo. La Eulalia sentiría que se le volvían a morir los hijos y don Ramón sufriría callado y su espalda se doblaría con toda la vejez acumulada que se negaba a aceptar. Por ellos, tendría que esperar.


—¿Crees que doña Engracia me puede enseñar a bordar? -pregunta por fin Sofía, levantando la cabeza.


Por días, Sofía anda por la casa poniendo plantas aquí y allá. Rene se ve más tranquilo y menos agresivo. Conversa con ella sobre trivialidades de su trabajo. La trata como vieja conocida, sin permitirse un instante de enamoramiento o pasión. Por las noches, con callada determinación, se da vuelta hacia ella y copula como si se tratase de una parte impostergable del contrato matrimonial. Cuando termina, le da la espalda deseándole buenas noches, y duerme.


Ella inmóvil sigue pensando lo que piensa todo el día: cómo organizar su vida sin amor y sin perderse en marasmos de tristeza y lo que debió haber sido, y hay otro pensamiento que viene a su mente cuando Rene la ocupa: no le tendrá hijos. Si ya es demasiado tarde para evitarlo, visitará a las curanderas del Diriá, que conocen hierbas especiales. Si es más afortunada, logrará que Gertrudis le traiga de Masaya las famosas píldoras donadas por las Naciones Unidas y que, según el periódico, están en venta en todas las farmacias.


El problema principal, si está embarazada, será salir. Desde el regreso de la luna de miel, no ha salido sola. Rene la ha llevado dos veces a visitar a don Ramón e insiste en acompañarla las pocas veces que ella ha expresado deseos de ir de visita. Sin embargo, Sofía no ha intentado probar los límites de su encierro. Decide hacerlo la semana siguiente, cuando ya esté más acomodada en la casa.


Espera que Rene se vaya. Lo ve perderse en el polvo del camino de tierra que desemboca en la carretera. Luego, con parsimonia que no logra disfrazar el nerviosismo que siente, se mete al baño, se baña despacio y se viste. Ha decidido cabalgar hasta la hacienda El Encanto. No quiere tentar su suerte más allá de la casa de su padre adoptivo.


Sale al patio y manda a Petrona a llamar a Fernando, el mandador.
Fernando aparece con su camisa de cuadros y el sombrero lejano. Se lo quita frente a ella respetuoso.


—Sí, doña Sofía, ¿qué se le ofrece?
—Fernando —dice ella, calma y segura— me ensilla por favor un caballo. Voy a ir al Encanto.
El hombre baja los ojos y traza líneas con la bota derecha en la tierra.
—No hay caballos, doñita —dice.
—¿Cómo que no hay caballos? —dice Sofía— Mi papá Ramón dijo que me mandó a Gitano para acá…


—¿Usted no sabe, doñita? —dice el mandador sin levantar los ojos—, Gitano se desbocó recién regresó usted. Se quebró la pata y el propio patrón tuvo que matarlo. Los otros caballos se los llevaron lejos de aquí, a la otra hacienda. Aquí no queda más que un caballo y el patrón dio orden que nadie lo toque. Nadie. Ni yo. Sólo que él me lo autorice.


Sofía regresa a la casa y se encierra en el cuarto de costura.
—Allí ha estado desde hace horas —dice Petrona a Eulalia cuando ésta llega—. Yo me quedé oyendo detrás de la puerta cuando se metió allí y la oí llorando un buen rato a la pobrecita, pero ya se calló. Hace rato que ya no se oye nada. Yo le golpeé en la puerta pero no me abrió, ni me contestó. ¡Pobrecita! ¡Tanto que quería a su caballo! Y ella no sabe pero el patrón nos mata si la dejamos salir sola. Eso mismo nos dijo cuando regresaron «los mato si me doy cuenta que mi mujer salió sola».


La Petrona arruga y desarruga el delantal. Está muerta de nervios y Eulalia tiene que calmarla y con su autoridad de vieja hacerle que le cuente si verdaderamente Gitano se desbocó y se quebró la pata y la mujer por fin le dice lo que ya ella sospechaba desde que vio cuando pasaron por la hacienda los mozos de Rene arrastrando el caballo muerto por toda la carretera y ella hasta se persignó, pero no quiso decirle nada a Sofía.


—Él lo mató, ¿verdad?
-Sí, doña Eulalia. A mí me contó Fernando que lo agarró a balazos al pobre caballo. Lo dejó como pascón al pobrecito, todo lleno de hoyos. ¡Ni quiera Dios ese señor! Hasta que lo mató no tuvo calma.


—Abrime, Sofía, abrime mi muchachita —golpea Eulalia la puerta.
Sofía no abre. Llega la noche y no abre. Rene golpea la puerta dos veces y luego da la vuelta. Se encoge de hombros y se va a acostar.


—Allí se le va a pasar —le dice a Eulalia— Y usted no se preocupe y váyase a su casa, que estas son cosas entre marido y mujer.


Al otro día, cuando llega don Ramón, ya Sofía está vestida y cosiendo en el corredor. No fue nada, le dice, Gitano se quebró la pata y Rene tuvo que matarlo. A ella le afectó pero ya está bien, dice, no se preocupe, papá. Y don Ramón se tranquiliza porque ella sonríe y le cuenta de sus clases de costura y lo invita a almorzar con ellos el domingo siguiente. «Exagerada la Eulalia», piensa don Ramón, cuando se va de regreso con Danubio al Encanto.


Sofía sigue cosiendo callada. Está calma porque la noche anterior cuando lloraba de rabia, le bajó la menstruación.


Gertrudis no entiende por qué la Sofía no quiere quedar embarazada.
—Cuando estés embarazada te va a tratar mejor —le dice.
Sofía la convence de que no; ella tiene un plan para que se le'olvide lo del caballo el día del casamiento, pero no puede quedar embarazada todavía. Quiere que le compre doce sobrecitos de pastillas.


—¡Eso es un año! —se asusta Gertrudis.
—Por favor confía en mí, Gertrudis, yo sé lo que hago —le dice Sofía.
Cuando Gertrudis regresa con las pastillas, se encuentra la casa rodeada por un muro. En tres días, Rene mandó levantar un muro para proteger a su mujer de los ladrones.
 
Ya no le caben dudas a Sofía de que vivirá encerrada buena parte de su vida, su juventud entera quizás, pero nunca toda su existencia. Algún día, se dice, cruzará las puertas de metal del muro y saldrá de allí sin volver siquiera la cabeza. Mientras tanto no perderá su tiempo en llantos y lamentaciones. Ella no podrá tener lo que quiere, pero tampoco lo tendrá Rene.


Rene la observa y piensa que es orgullosa la mujercita, pero que el orgullo se le vencerá con el tiempo y con los hijos que tendrán que llegar porque él cumple religiosamente con su parte de hombre preñador, copulando con ella todas las noches aunque esté cansado, aunque ella no haga ningún ruido y sólo se quede inmóvil debajo de él con los ojos abiertos viendo para el techo como una estatua fría y bella.


Don Ramón acepta también la situación de la hija, resignado a que ya ella no le pertenece; es del marido celoso que tanto la cuida y que él, en el fondo, comprende. No puede reprocharle a Rene el momento de pánico del día de la boda y la forma en que el miedo le marcó y le hace ver fantasmas y temer que ella se le vaya. El vivió ese mismo miedo cuando la Sofía crecía; el miedo del posible regreso de las caravanas de gitanos y la Sofía saliendo detrás de ellos, siguiéndoles con ese brillo de los ojos que a él le preocupaba cuando la llevaba a Managua y la veía quedarse extasiada con las luces y el movimiento de la ciudad. Ahora sólo puede ayudarle a soportar mejor su encierro y rezar para que pronto quede preñada y tenga hijos que le hagan más llevaderos los días iguales de la hacienda.


—Dígale a Fausto que venga con usted y me traiga libros, papá —dice la muchacha.
Fausto llega con don Ramón a media mañana, cuando Rene no está. Le lleva una caja llena de libros de todo tamaño y una enciclopedia.


—Esta enciclopedia es El tesoro de la juventud -le dice—. Es para adolescentes, pero enseña muchas cosas.


Ella abre los libros blancos de marco dorado y mira el libro de los porqué, los personajes, los cuentos y abre la caja donde hay novelas de misterio, novelas de amor, revistas. —Me hubiera gustado traerte mejores libros —dice Fausto, pero esto es todo lo que pude conseguir por el momento.


Ella está contenta y lo abraza. Le da un beso en la mejilla, mientras don Ramón les dice que se queden platicando un momento porque él tiene que arreglar el traslado de unos cortadores de café con Fernando, el mandador.
—Así que te tiene encerrada ese cavernícola —dice Fausto cuando don Ramón desaparece.


Sofía le cuenta con rabia lo de Gitano, y cómo todos los empleados de la casa y de la hacienda, la vigilan con temor porque Rene los tiene amenazados si ella sale sola; le cuenta lo del muro que el marido mandó construir, la gran televisión que compró para tenerla entretenida después que ella intentó salir, le lleva a enseñar su cuarto de costura y está a punto de contarle lo de las pastillas anticonceptivas, pero se contiene.
 

7 comentarios en “Sofía de los presagios”

  1. jesus federico mejia rivera

    sofia de los oresagios
    :confused: lo que lei es todo el libro? no puede ser que te dejen a medias, o algo estoy haciendo mal. espero me saquen de dudas ya tienen mi correo.

  2. fernando mere escalante

    sofia de los presagios
    las primeras paginas estan interesantes, pero donde encuentro las restantes?

  3. donde esta lo que falta me dejaron a medias[s][s][s][s][s][s][s][s][/s][/s][/s][/s][/s][/s][/s][/s]:):):):):)

Los comentarios están cerrados.

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